¡Ya estoy aquí otra vez! He tardado poco en reorganizar ésta parte, pero a medida que va avanzando el fic tengo las cosas más caóticas… de todas formas espero no tardar mucho en subir cada capítulo, a lo máximo dos semanas J

One Piece no me pertenece, no tengo imaginación suficiente como para sacarme tanto Grand Line de la manga… (Alabada sea la mente de Oda)

Por cierto, muchísimas gracias a los que me habéis dejado reviews! Cuento con vuestra opinión ;)

Capítulo 2: Convaleciente

Tashigi tropezó y cayó de bruces en el empedrado. Se levantó y volvió la vista a la calle por la que acababa de venir. Aquel pirata acababa de salvar su vida… ¿Y ella iba a huir?

"Tiene la espada que juré arrebatarle" se dijo, pero no volvió sobre sus pasos.

Cuando decidió volver al puerto ya no quedaba nadie de pie allí. Un par de barcos yacían encallados y completamente astillados en los muelles. Los soldados se amontonaban entre los toneles rotos y los jirones de las velas. Y en medio de todo aquel caos había un cuerpo tirado en medio de un charco de sangre. Sin duda alguna, había sido el último en caer.

El cielo nublado eligió ese preciso instante para empezar a llover.

Apartándose el pelo empapado de la cara, Tashigi se agachó junto al cuerpo del pirata. Aún sostenía en las manos las dos espadas malditas. Wadou Ichimonji había caído de la boca de su dueño para ir a estrellarse un poco más allá. Se acercó hasta ella.

Un sonido la detuvo. Un quejido apenas audible.

Se volvió. ¿Era posible que un hombre que había perdido tanta sangre siguiera vivo?

Evidentemente, la marine no le conocía lo suficiente.

Se arrodilló junto al cuerpo del pirata y puso dos dedos en su cuello. Aún tenía pulso, aunque muy débil.

Vaciló.

Luego alargó el brazo hacia la empuñadura de Wadou Ichimonji.

Ahogó un grito de sorpresa cuando la mano llena de sangre del pirata la agarró fuertemente por la muñeca, haciéndole daño; Roronoa Zoro había levantado un poco la cabeza y la miraba, respirando pesadamente.

–Esa… no… –farfulló, y volvió a perder el conocimiento. Tashigi liberó su mano y se frotó la muñeca, asustada.

Pasaron unos minutos en los que el único sonido que se oía era el de la lluvia cayendo.

Finalmente, y con un suspiro, recogió la hermosa espada blanca y la Kitetsu del suelo y las metió en sus fundas, en el cinto de Roronoa. Separó los dedos del pirata de la empuñadura de la otra espada y la guardó en su sitio.

Se pasó un brazo de Roronoa por los hombros y le levantó del suelo, trabajosamente.

–Hay que ver –resopló –, lo que tiene que hacer una para ganarse el respeto de un hombre.

Kuina…

¿Era Kuina?

Veía un rostro cerca del suyo, difuminado, como si lo observase a través de una neblina. Un rostro que creía que no volvería a ver. ¿Estaría muerto él también? No, sentía dolor. Se sentía vivo, aunque por poco.

Entonces… ¿estaría muriéndose? ¿Estaba Kuina con él realmente?

La llamó.

Le había costado un montón llegar hasta la casa que le habían asignado en aquella ciudad y subir el peso muerto del pirata por las escaleras pero lo había logrado. Seguía con vida, a pesar de que no se había movido un ápice.

Tumbándole en la cama, Tashigi apartó los restos del abrigo manchado de sangre y barro del joven para poder vendarle la herida del hombro. Al hacerlo dejó su pecho al descubierto.

Además de la enorme cicatriz que lo cruzaba desde el hombro izquierdo a la cadera derecha, tenía heridas de balas por todas partes, y varias quemaduras provocadas sin duda por los estallidos de las bombas. Había sacado la mayor parte de las balas de la carne y había lavado y vendado las heridas del joven como mejor había podido. Sin embargo, sus conocimientos médicos dejaban mucho que desear.

Justo cuando salía por la puerta para ir a buscar agua y ropa limpia, él se había movido y había hablado.

Se acercó a él. Estaba llamando a alguien. Sin saber qué hacer le apretó la mano. Él entreabrió el ojo.

Intentó hablar y le falló la voz. Tashigi estaba segura de que tenía demasiada fiebre como para ver con claridad. Su mano se movió tanteando su cintura, donde debieran estar sus armas.

–Tranquilo –le dijo, no muy segura de ser escuchada –. Están enteras. Te las devolveré cuando despiertes del todo.

El espadachín volvió a perder la conciencia. Bajo él, la sábana llena de sangre reclamaba un cambio urgente.

Bajó a la cocina.

Las paredes sostenían varios carteles de busca y captura, los más urgentes: el Pelirrojo Shanks, Shirohige, miembros fugados de Barroque Works… y por supuesto los miembros de la banda de Monkey D. Luffy y Roronoa Zoro.

La puerta se abrió al recibir una violenta patada desde el exterior. Tashigi se giró en redondo y tendió la mano hacia su katana. Mugiwara no Luffy entró como un tornado en la habitación.

–¡¿Dónde está Zoro?! –exclamó. Tashigi tomó su arma y apuntó con el filo al joven.

–Monkey D. Luffy… No deberías estar aquí –dijo.

–¡Deja de decir tonterías! ¿Dónde está Zoro? ¿Está bien?

–Está bajo custodia de la Marina –mintió ella, intentando poner su mejor cara de póker –. Tienes tres segundos para salir de aquí o acabaré contigo.

Luffy miró hacia todas partes, tomó aire y gritó:

–¡ZOOOOOOOROOOOOO!

Tashigi se interpuso entre él y la salida, katana en ristre. Luffy la miraba, muy serio.

–Sé que me estás mintiendo –dijo –. ¡Como si Zoro fuese a dejarse atrapar por la Marina! ¡Él va a convertirse en el mejor espadachín del mundo, puede con todos vosotros!

Tashigi bajó el arma, pillada en falta. Luffy la apartó de la puerta y subió escaleras arriba.

–¡Espera! –gritó ella, y subió tras él.

Lo alcanzó en la puerta de su cuarto. Se había quedado parado en el umbral con los ojos desorbitados.

–¿Q-qué le ha pasado? –preguntó señalando la cama.

Tashigi no respondió. Envainó la espada y le agarró por la camisa.

–Vamos, sal de aquí –ordenó –. Te lo contaré abajo, ahora necesita descansar.

Algo reticente, Luffy se apartó del umbral y dejó que la joven cerrase la puerta.

–Así que te salvó la vida…

Tashigi se abrazó las rodillas y asintió. Luffy y ella estaban sentados en el pequeño porche de la entrada.

–Ya veo… Entonces estás cuidando de él –Luffy suspiró, aliviado –. ¡Menos mal! –se levantó con una amplia sonrisa –. Voy a avisar a los demás de que está bien… creo que Chopper tendría que echarle un vistazo…

–¿Chopper?

–Sí, es nuestro médico… Espero que no te importe que le traiga hasta aquí…

Tashigi dudó. Si traía más piratas a su casa y la descubrían estaba perdida… pero Roronoa necesitaba atención médica, y ningún doctor querría atender a un pirata… a excepción de uno que ya lo fuera.

–Está bien –concedió –. Pero… que no os vean venir aquí, ¿vale?

–¡De acuerdo! –exclamó Luffy, y echó a correr.

Tashigi se quedó un momento sentada, mirando la calle por la que había desaparecido el Sombrero de Paja.

Luego subió al piso de arriba.

Roronoa seguía como le había dejado. Las dudas acerca de si vivía aún se disiparon al acercar la mano a su boca: un tenue aliento rozó sus dedos.

Suspiró aliviada.

–Si es verdad lo que dicen de tu encontronazo con Kuma y Kizaru –le dijo, sin esperar respuesta –, entonces esto no te matará. No sé cómo lo haces, Roronoa. Tienes más vidas que un gato.

Le observó atentamente. El joven tenía muy mal aspecto, desde los pantalones rotos y manchados de sangre hasta la cara llena de cortes. ¿Y desde cuándo tenía esa cicatriz en el ojo? No ayudaba mucho el fantasma de la fiebre que sobrevolaba su cabeza.

Casi sin darse cuenta, apoyó el dorso de la mano en su mejilla; estaba ardiendo.

En ese momento, el joven se movió y abrió los ojos.

–Kuina… –llamó. Tenía la mirada perdida y la respiración pesada. Deliraba, sin duda –. ¿Dónde… estoy?

Tashigi tardó un rato en darse cuenta que el joven se dirigía a ella.

–No soy… –empezó a decir, pero se detuvo –. No te preocupes, estás a salvo. El chico del sombrero de paj… Luffy –se corrigió –, viene hacia aquí con un médico. Te pondrás bien.

Él la miró todo lo fijamente que puede mirar alguien cuya vista se nubla por la pérdida de sangre. No dio muestras de reconocerla.

Abajo sonó un ruido.

–¿Espadachina?

Mugiwara.

Tashigi salió al pasillo y se asomó a la escalera. El joven subió sonriente, seguido por un pequeño animal que llevaba pantalones, un sombrero rosa y una mochila azul.

–¿Para qué has traído un mapache? –preguntó –. ¿Dónde está ese médico tuyo?

–¡NO SOY UN MAPACHE, MALDITA SEA! –gritó la criatura –. Soy un reno, ¡Cualquiera podría saberlo!

Se enfurruñó y le dio la espalda al subir la escalera.

–Éste es nuestro médico –aclaró Luffy.

Anonadada, Tashigi les dejó entrar en el cuarto. Inmediatamente el pequeño reno –que la joven identificó entonces como la mascota de los 60 Belis, el mismo animalito que había curado a los niños de Punk Hazard– abrió su mochila y extrajo varios útiles médicos.

–Zoro, ¿Puedes oírme? –preguntó.

El espadachín volvió a abrir el ojo.

–¿Chopper? –dijo con esfuerzo –. ¿Qué…?

A una señal del reno, Luffy sacó a Tashigi de la habitación.

–Creo que tendrá que operar –explicó –. No es algo agradable, créeme…

–Pero… ¿estará bien?

–¡Por supuesto que sí! –parecía que nada haría a Luffy perder su sonrisa –. Él es fuerte, ha pasado por cosas peores. Y Chopper es un médico insuperable.

Hacía ya una hora que el reno y Mugiwara se habían marchado. Según el primero no convenía mover al herido por el momento.

–Si se mueve, sus heridas podrían volver a abrirse –había advertido. Luego le había tendido un frasquito de medicina –. Dale esto para que le baje la fiebre, y procura que no se levante… aunque probablemente eso sea lo primero que haga…

–Nosotros nos vamos –se había despedido Mugiwara –. Volveremos mañana.

–¿Por qué confiáis en mí? Soy del otro bando…

Mugiwara había ampliado su sonrisa y se había cruzado de brazos.

–Si no se pudiera confiar en ti, Zoro no te hubiese salvado la vida –había dicho –. Como su Capitán, confío en que sabe lo que hace. Mañana volveremos a por él.

Tashigi puso la mano sobre la frente de Roronoa. Parecía que la fiebre había bajado. Ahora parecía que el joven descansaba tranquilo, sin delirios.

Arrodillada como estaba, apoyó la cabeza en el colchón, en las sábanas recién cambiadas, con la idea de cerrar los ojos un momento y luego ponerse a hacer cosas.

Pero se quedó dormida.

Se despertó de pronto, sin razón. Tal vez ya había dormido lo suficiente, o tal vez el ruido de la lluvia que volvía a caer había llegado hasta él.

Se incorporó, dolorido. Apenas sabía dónde estaba. Recordaba vagamente el morro peludo de Chopper, el sombrero de paja de Luffy y… ¿a Kuina? Imposible.

Un breve vistazo abajo disipó las dudas.

Tashigi dormía con la cabeza apoyada en el colchón, arrodillada en el suelo.

Al principio la miró, desorientado. Luego recordó lo ocurrido en el muelle. No le costó deducir lo que había pasado después de perder la conciencia.

Se levantó y se dirigió a la puerta todo lo sigilosamente que pudo. Tenía que encontrar sus katanas y salir de allí cuanto antes…

–¿A dónde vas?

Se detuvo en la puerta, con una mueca.

"Me pilló" se dijo. Dio media vuelta, cansino. Tashigi se había levantado.

–Vuelve a tumbarte ahora mismo, Roronoa –ordenó con voz firme –. Deberías estar muerto con esas heridas, así que, por favor, no te muevas.

–Yo no puedo morir –contradijo él con una mano en el picaporte –. Aún no.

–Pues es lo que vas a conseguir si no descansas.

Zoro fingió no haberla oído. Salió del cuarto.

–¿A dónde vas? –repitió Tashigi. Atravesó la distancia que la separaba de la puerta y le cogió del brazo –. Vuelve a acostarte, has estado muy mal…

Zoro se la quito de encima, o lo intentó, porque cuando movió el brazo vio las estrellas. Ella lo notó, pero no le soltó.

–Te lo dije –tiró de él hacia la cama –. Vuelve a tumbarte, el médico de tu tripulación dijo que no te movieras…

–¿Y desde cuándo los marines se preocupan por la salud de los piratas? –dijo él –. ¿Qué habéis hecho con Luffy, Chopper y los demás?

–¿Habéis? ¡Ah! –comprendió Tashigi –. No… no eres ningún prisionero, estás en mi casa porque te he traído yo. No voy a arrestarte, al menos de momento. Recuerda que me debes una pelea.

Zoro se sentó y se llevó una mano a la herida del hombro.

–A ver si lo he entendido… –reflexionó –. Dices que me has traído a tu casa para curarme, que le pediste ayuda a Chopper y que no vas a arrestarme, pese a que estoy en vuestras malditas listas de buscados. ¿De verdad pretendes que me crea eso?

Tashigi fue a decir algo, pero se calló. Tenía razón, carecía de toda lógica…

–Me da igual que me creas o no, no estás bajo arresto –dijo al final –. Pero no puedes irte de aquí. Todavía no, al menos.

Zoro sonrió sarcásticamente.

–¿Me lo vas a impedir tú?

–No tienes tus espadas, Roronoa, y yo sí voy armada –observó ella, preparándose para desenvainar.

Zoro se levantó de nuevo, casi desafiante. Tan rápido como pudo, Tashigi desenfundó y le puso el filo en el cuello. Zoro se echó hacia atrás y luego fue hacia ella como una bala. Antes de que la joven pudiese darse cuenta, el espadachín la había empujado contra la pared y apretaba los dedos en torno a su muñeca, con tanta fuerza que tuvo que soltar el arma. Zoro la atrapó al vuelo. Ahora era ella la que tenía una espada en la garganta.

Se quedó quieta, asustada y a la vez furiosa. Había vuelto a perder, como aquella vez en Longetown…

Entonces Zoro dejó escapar una mueca de dolor y se apoyó en la pared, llevándose una mano al hombro herido. Tashigi evitó el arma y se colocó a su lado.

–Te dije que te estuvieses quieto… se ha abierto la herida –le empujó de nuevo hacia la cama y le obligó a sentarse –. Tengo que volvértela a vendar, aunque no sé si seré capaz de hacerlo tan bien como el reno…

Sacó algunos rollos de vendas del botiquín y empezó a quitar las que llevaba puestas, ya manchadas de sangre. Zoro se dejó tratar, un poco mareado y bastante dolorido. La joven vendó el hombro herido como mejor supo, y luego se levantó a recuperar su katana, que el espadachín había dejado caer sin darse cuenta. Examinó la hoja para comprobar que no estaba mellada y enfundó.

–No sé qué más pruebas tengo que darte para que me creas –bufó, enfadada –. Si de verdad fuese a arrestarte ni me molestaría en curarte, dejaría que te fueses desangrando hasta la celda de Impel Down.

Zoro no respondió.

Tashigi salió un momento del cuarto y volvió con las katanas del espadachín. Se las dejó sobre la cama sin muchos miramientos.

–Ya está, ahora sí que puedes irte cuando quieras –le espetó, y salió de la habitación.

Zoro no se movió. Estaba algo aturdido aún. No le veía ningún sentido a aquello… ¿Desde cuándo los Marines ayudaban a los piratas? Bueno, Aokiji había dejado marchar a Robin de pequeña y una vez más en Wather 7, y el mismo Smoker había renunciado a detenerles en una ocasión… por no hablar de la ayuda masiva recibida por parte de los Marines en Alubarna, o la alianza casi forzosa del G-5 con Law y con ellos mismos en los laboratorios de Caesar.

Pero habían sido situaciones específicas. El incidente de Enies Lobby y la Búster Call de Ohara no cuadraban con la idea de justicia del ex-Almirante, Smoker habría muerto de no ser por ellos, en Arabasta salvar el país había cobrado más importancia que detener a un puñado de piratas, y en Punk Hazard todos habían peleado hombro con hombro, bajo las instrucciones del Shichibukai.

¿Qué excusa tenía Tashigi para actuar así? Vale, Zoro había salvado su vida, pero al llevarle a su casa y traer más piratas a ella estaba poniéndose en peligro.

Se levantó y sujetó sus katanas en la haramaki. Había un par de cosas que necesitaba aclarar.

Encontró a su "anfitriona" abajo, en la cocina, con un libro. Ella fingió no haberle visto y siguió leyendo. Zoro observó los carteles de "se busca" sin mucho interés y se sentó en una silla junto a la ventana.

Viendo que no podía seguir ignorándole, Tashigi cerró el libro.

–¿Y bien?_ preguntó.

Zoro se encogió de hombros y cruzó los brazos.

–Me gusta tu cocina –comentó, sarcástico a más no poder –. Bonitos pósteres.

Ahogó un grito cuando el libro de Tashigi le acertó en el hombro herido.

–¿¡Pero a ti qué te pasa!? –exclamó.

–Basta ya de sarcasmos, maldito desagradecido –espetó ella –. Me estoy jugando bastante teniéndote aquí, y no veo ni una sola muestra de gratitud por tu parte.

–¡Pero no tienes que ser tan bruta!

Tashigi se levantó, recogió su libro y salió de la habitación, muy digna.

–Tus nakamas vendrán a recogerte más tarde –dijo desde el pasillo.

Ninguno de los dos se fijó en la gorra blanca que asomó a la ventana un segundo y luego echó a correr.

–¡Capitán Smoker!

El hombre levantó la cabeza del periódico. Seguía enfurecido por la huida de los Sombreros de Paja y por la desaparición de Roronoa Zoro, al que supuestamente habían acorralado en el puerto el día anterior. Tampoco había rastro de Tashigi, y el hombre empezaba a preocuparse.

–Informa_ ordenó con brusquedad.

–¡Señor, Roronoa ha encontrado la casa de Tashigi! –el hombre se llevó una mano a la sien.

Smoker se levantó como un bólido… y se volvió a sentar. Maldición, había recibido órdenes estrictas de permanecer esperando una llamada del Cuartel General, y esas no podía pasárselas por el forro.

–Organiza una partida de rescate y captura –ordenó –. ¿Cuál es la situación del pirata?

–Está herido de gravedad, capitán –contestó el subordinado –. No será difícil arrestarle si inutilizamos sus espadas.

Smoker se llevó una mano a la cabeza, tratando de pensar un plan adecuado… Pobre niña, ¿cómo habría hecho ese perro para encontrar su casa? ¿La habría derrotado?

–¿Está Tashigi bien?

–No presentaba rastro de heridas, mi capitán.

Suspiró aliviado. Debía tenerla de rehén, era lo más lógico… pero no cuadraba con el perfil del espadachín el hacer rehenes…

–Llévate un escuadrón bien completo –decidió sobre la marcha –. No gastéis munición y atacad en grupos grandes. Capturadlo y traedlo. Si lo creéis absolutamente necesario disparad a matar. Es probable que ni yo ni el G-5 estemos aquí cuando volváis, pero dejaré a alguien al mando. Y decidle a Tashigi que me llame, tengo órdenes que darle.

Mientras el soldado salía, sonó el den den mushi. Smoker lo cogió, sabiendo que iban a interrumpir su persecución del nieto de Garp y a destinarle provisionalmente a otro sitio. Confiaba lo suficiente en su subordinada como para saber que sobreviviría.

¡Y esto es todo por hoy! Espero no estarlo alargando mucho…

Lo de siempre. Si veis que hay errores o demás ruegos y preguntas, onegai, serán bien recibidas J