Capítulo 3: Rescate

Seguimos con el fanfic!

Antes de nada muchísimas gracias de nuevo a los que comentáis, me subís la moral un montón y me dais más ganas de escribir! :)

Tashigi levantó la cabeza, alarmada. Abajo se oían voces y golpes. Bajó por las escaleras, preparada para cualquier cosa.

Abajo, en la cocina, unos veinte marines apuntaban a Roronoa con sus armas. El pirata tenía las katanas desenvainadas, y a sus pies yacía herido el primer marine que había osado atacarle en solitario. Tashigi vio cómo le temblaban los brazos; en esas condiciones no podía pelear, seguro que todavía tenía fiebre… además, había perdido mucha sangre. Estaba claro que en esos momentos no era rival para nadie.

En ese instante, Roronoa se tambaleó y cayó sobre una rodilla. Casi al mismo tiempo se le echaron encima la mayoría de los marines, desarmándole e inmovilizándole.

El pirata se encontró de pronto en el suelo, mientras alguien sobre él le retorcía el brazo herido a la espalda para ponerle unas esposas. Apretó los dientes intentando no gritar de dolor.

Una patada en el estómago le dejó casi sin respiración.

–¿Dónde está Tashigi? –preguntaron.

No pudo responder. Bastante tenía con intentar recuperar el resuello.

–¡Contesta, perro!

El siguiente golpe le dio en la cara. Fue como abrir la veda. Los marines empezaron a pegarle patadas, mientras exigían saber dónde estaba Tashigi, sin darle tiempo a responder.

Cuando Tashigi logró reaccionar ante tamaña injusticia, Zoro había recibido más golpes de los que pueden ser contados.

–¡Estoy aquí! –gritó. Bajó la escalera y se colocó de rodillas junto al pirata –. ¡Dejadlo ya! ¡Ya está, estoy bien y está desarmado! No tenéis por qué pegarle… ¿Quién os ha dicho que vinierais?

–Fue el Vicealmirante Smoker… recibimos un informe de que estabas prisionera…

–Pues no era cierto.

Zoro abrió el ojo y la miró, de nuevo desconcertado. Estaba haciéndose la ofendida. Intentó incorporarse, decir algo, pero Tashigi siguió hablando:

–Yo podía sola con él –afirmó, fingiendo indignación –. Ahora, espero que tengáis la capacidad suficiente como para que llegue vivo y de una pieza al cuartel de este pueblo. Aún hay información que sacarle…

Entre dos marines levantaron a Zoro y le obligaron a caminar. No eran los soldados del G-5, de haberlo sido habrían recordado que el pirata y su capitana habían derrotado juntos a Monet, la arpía de nieve. Tashigi fue todo el trayecto hasta el cuartel a su lado, evitando así más maltratos, cosa que Zoro agradeció en silencio.

Pero cuando llegaron a su destino, Tashigi fue llamada al den den mushi. Se llevaron a Zoro hasta las mazmorras y, esposado como estaba, le propinaron tal paliza que muchos se asombraron al ver que seguía vivo cuando le arrojaron de cualquier manera en su celda.

Zoro no se movió cuando le dejaron solo. Se quedó tendido de costado, intentando recuperar el resuello.

Tashigi suspiró.

–Está bien, Smoker-san. Me quedaré aquí y me aseguraré de que Roronoa no escapa…

El den den mushi se desconectó.

La joven preguntó el camino a las celdas, manifestando el deseo de vigilar personalmente al prisionero.

Bajó por las escaleras y luego fue por un pasillo largo, tras el cual había más escaleras. Las celdas estaban bajo el nivel del mar, y estaban todas vacías; hacía apenas dos días que había zarpado de allí un barco hacia Impel Down, y se había llevado con él a todos los presos.

Se acercó sin hacer ruido a la celda de Roronoa, ocultándose tras un saliente de la pared. El pirata estaba tendido en el suelo cerca de los barrotes. Tashigi sintió una rabia inmensa hacia sus propios compañeros de la marina cuando vio el estado en que se encontraba. ¿Qué clase de persona se ensañaría de aquella manera con un hombre herido y enfermo?

Roronoa abrió los ojos y se incorporó, ahogando un quejido.

–Sé que estás ahí –dijo.

Tashigi se sentó delante de la celda, sintiéndose muy culpable de repente. Ella servía a la justicia, pero ¿qué clase de justicia era aquella, que permitía semejante abuso?

–Lo siento mucho… –murmuró, apesadumbrada.

–No es culpa tuya.

–Sí que lo es, debería haberte encubierto…

–Ahora ya no tiene remedio, Tashigi. Déjalo estar.

Tashigi apoyó la frente en la reja de hierro, abatida. Al otro lado, Zoro intentaba conseguir una postura relativamente cómoda, aunque con las manos esposadas a la espalda poco podía hacer. Acabó apoyándose en la propia reja, de lado. La joven observó que evitaba siquiera rozar su costado derecho: debía tener una herida, o tal vez algo roto.

–Tengo que sacarte de aquí, Roronoa –dijo ella.

–No lo hagas. Como te pillen te la cargas… además, ¿desde cuándo te dedicas a liberar piratas? Ya tienes mi espada ¿no? ¿Qué más quieres de mí?

–¡Saldar mi deuda! –exclamó ella –. No quiero deberle nada a un pirata como tú…

El pirata sonrió:

–Cómo se nota que eres la subordinada de Smoker –dijo –. Pero la deuda ya está saldada, me ayudaste después de lo del puerto.

Se hizo el silencio. Tashigi metió una mano entre las rejas y la apoyó en el hombro del joven.

–Se te ha abierto la herida –comentó al separar la mano de la venda y encontrarla manchada de sangre –. Dios, jamás pensé que fuesen a maltratar así a un prisionero desarmado... Lo siento muchísimo, Roronoa.

–Olvídalo.

–Pero… como mínimo tengo que conseguir un médico…

Fue a limpiarle la marca de una bota en la frente pero él apartó la cabeza.

–Déjalo. Sabré apañármelas solo.

–Pero…

–¡Déjalo, Tashigi! –se exasperó Zoro –. No necesito que me salves, ¿Vale? Será mejor que vuelvas arriba con los demás marines, o acabarán por creer que tienes algo que ver conmigo…

Tashigi se separó de la reja, enfadada.

–No dijiste eso cuando casi ni te podías levantar por la fiebre –espetó –, cuando me confundiste con otra persona...

Zoro entrecerró los ojos.

–Eso está fuera de lugar. Además, por si no lo recuerdas, te salvé el pellejo en el muelle –se separó un poco de la reja –. Tus queridos marines dispararon contra ti, y no te oí ninguna queja cuando te salvé la vida.

–No me vieron, eso es todo…

–Aaaaah, muy listos… –la sonrisa sarcástica del joven lo decía todo –. Si ves un enemigo disparas ¿no? No se te ocurre mirar por si algún compañero sale herido. Si hubieses sido un rehén no estarías viva.

–¡Eso no tiene sentido! –Tashigi se levantó y continuó hablando a voces –. ¡Maldito pirata! ¡Ojalá te pudras en esa celda y no salgas nunca!

– Ahora soy un maldito pirata y hace dos minutos querías ayudarme a escapar. Eres tú la que dice cosas sin sentido…

Una explosión que hizo temblar las paredes y el techo ahogó la respuesta de Tashigi. Ambos miraron hacia arriba, preocupados.

–¡Capitán!

Un marine corrió escaleras arriba hasta el despacho de su superior. Abrió la puerta de un golpe y se apoyó jadeando en el quicio.

El capitán se volvió, alarmado:

–¿Qué pasa?

–Capitán… –resopló el hombre. Se irguió y se llevó una mano a la sien, a modo de saludo militar –. ¡Nos atacan!

–¿¡QUÉ!? –el capitán se levantó de golpe –. ¿Cuántos son?

–¡Piratas, mi capitán, un barco! Están bombardeando las celdas.

Tras unos instantes, el hombre se echó a reír.

–El único ocupante de esas celdas es Roronoa… si las destruyen, el agua empezará a entrar… ¡Y ya no habrá quien lo salve!

El soldado le miró sin comprender.

–Pero mi capitán… ¿Y la recompensa?

–¿No leíste lo que decía en el cartel? –preguntó con sorna el capitán –. Decía "Vivo o Muerto", soldado. Si confirmamos su muerte cobraremos igualmente… ¡Y le habremos ahorrado al pobre pirata la vergüenza de una ejecución pública! Aparte, no estoy dispuesto a bajar ahí abajo a rescatar a un cazarrecompensas, por mucho que valga su cabeza.

–Entonces… ¿Qué órdenes debemos seguir?

–A menos que empiecen a atacar la base manteneos al margen. No tenemos motivos para empezar una batalla. Enviad tropas a la playa por si deciden desembarcar… y disparadles, a ver si así se alejan.

Ninguno de los dos recordó que el prisionero no estaba solo ahí abajo.

Una bala de cañón abrió un agujero en el techo de una celda contigua. Otra más bloqueó las escaleras. El lugar empezó a llenarse de agua.

Asustada, Tashigi corrió hacia los casotes que bloqueaban la salida.

–¡Espera, no te muevas!

Se detuvo. Zoro se levantó y se pegó a la pared.

–Ponte junto a las paredes y los quicios de las celdas –dijo –. Esas zonas tardarán más en derrumbarse…

–¡Pero eso no sirve de nada si sigue entrando agua!

–¿Están por ahí mis katanas?

Tashigi corrió con los brazos sobre la cabeza hacia la entrada bloqueada. Por un milagro el cuartucho junto a la escalera aún no había sido aplastado por los cascotes.

Rescató de allí las tres katanas y corrió con ellas hasta la celda de Zoro, que se dio la vuelta.

–Bien, ahora ponme la blanca en la mano…

Tashigi obedeció.

El techo de la celda se desplomó y empezó a entrar agua.

En un abrir y cerrar de ojos, las esposas se habían roto y Zoro enfundaba su espada. Los barrotes cedieron y las paredes comenzaron a derrumbarse, mientras toda la habitación se inundaba poco a poco. Se sujetó las espadas a la haramaki y le tendió una mano a Tashigi.

–Vámonos.

–Pero… ¿Cómo?

–Sólo conozco a una persona lo suficientemente loca como para disparar contra un cuartel de la Marina –Zoro la atrajo hacia sí –. Bueno, más bien unas cuantas personas. Prepárate, cuando esto se inunde tenemos que nadar hacia arriba lo más rápido que podamos.

–¡Para, Usopp!

El tirador se detuvo, con la cerilla a un milímetro de la mecha del cañón.

–¿Qué demonios estás haciendo? –Nami le separó de allí de una soberbia colleja –. ¡Si sigues disparando vas a provocar que vengan a por nosotros!

Usopp no respondió. Se sentó y se tocó la cabeza donde ella le había golpeado, con cara de malas pulgas.

–Está todo bajo control, Nami-san.

Robin tomó la caja de cerillas y encendió una.

–¿Está fijado ya el objetivo, Usopp-kun? –preguntó.

–S-sí…

Otra bala salió volando. Nami la siguió con la vista. No cayó en el cuartel, sino en el trozo de mar que había enfrente.

–Has fallado, Robin –dijo.

La joven sonrió y le tendió de nuevo las cerillas a Usopp.

–En éste cuartel las celdas están a unos ocho metros bajo el mar –explicó –. Si bombardeamos el techo por el centro, Zoro podrá salir nadando. Además –añadió –, el capitán que lo dirige no saldrá a menos que le ataquen a él.

Nami asintió, comprendiendo. Robin había aprendido mucho más de los Marines y de sus bases principales en el tiempo pasado con la Resistencia. Luego le volvió a cambiar la cara.

–Espera… ¿Y si está encadenado cómo pensáis que va a salir?

–Sanji, Chopper y Franky van de camino en el MiniMerry. Hemos dejado que Luffy y Brook les entretengan un poco, por si deciden atacarnos.

–¡Gomu gomu no…!

Los marines que habían salido a defender su cuartel desde la playa retrocedieron un paso. Y no era para menos. Frente a ellos, un esqueleto que llevaba un violín parecía sonreírles por debajo de su pelo a lo afro. Y a su lado, un muchacho con un sombrero de paja hacía crujir sus nudillos.

–¡… PISTORU!

El puño de Luffy salió disparado hacia los marines, llevándose por delante a varios de ellos.

Los que quedaron de pie apuntaron con sus armas y dispararon.

Las balas entraron en el cuerpo del joven y fueron devueltas a los atacantes, ante las miradas atónitas de los mismos.

–¡No me afectan las balas! –rió alegremente Luffy –. ¡Soy un hombre de goma! ¡Gomu gomu no…!

Avanzó hacia ellos y disparó tal cantidad de golpes a tal velocidad que pareció que sus puños se multiplicaban.

–¡… GATORING-GUN! ¡Ahora, Brook!

El esqueleto asintió y se adelantó, mientras extraía una espada del bastón que llevaba.

–¡Yohohohooooo! –se rió.

El violín sonó de una manera extraña.

Nemure Uta –susurró el esqueleto.

Pronto, los marines que aún estaban despiertos se batieron en retirada desordenadamente, pidiendo ayuda a gritos.

Zoro había empujado a Tashigi a una esquina de la celda y se había colocado frente a ella, con las manos apoyadas en las paredes. El agua seguía entrando con tanta fuerza que apenas podían mantenerse de pie, pero el agujero aún no era lo suficientemente grande como para que pasasen ambos. Zoro había pensado la posibilidad de despejar la salida utilizando sus espadas, pero no podía arriesgarse a dañar aún más la estructura del lugar. Si una sola pared más se venía abajo, quedarían atrapados entre los cascotes y no podrían salir.

Gradualmente tuvieron que abandonar la esquina y nadar para mantenerse a flote. El agua subía de nivel rápidamente y el lugar empezaba a quedarse sin aire. Zoro intentó llegar al agujero abierto en el techo por la bala. Pese a la fuerza del chorro de agua que entraba, consiguió asirse al borde. La piedra cedió.

–¡Roronoa! –gritó Tashigi cuando éste se hundió.

Volvió a emerger, casi de inmediato.

–¡El agujero se está ensanchando! –jadeó. Se llevó una mano al costado –. Aguanta un poco más, saldremos de aquí pronto.

–Maldito marimo de mierda…

Sanji tiró al agua la colilla de su cigarro y empezó a desabrocharse los cordones de los zapatos.

Chopper miró hacia abajo. El agua estaba revuelta, pero podían distinguir el agujero en el techo de la cárcel.

–Es demasiado estrecho –se lamentó –. ¡No podrá salir por ahí!

–Franky, cuida tú del MiniMerry –dijo Sanji, y se lanzó de cabeza desde la barquita.

La fuerza del agua se dejó notar cuando se acercó al boquete, que le atraía como un sumidero. Sus patadas en el agua perdían parte de su fuerza, pero estaba seguro de que podría hacerlo, no en vano había pasado dos años huyendo del infierno. Sin embargo, sabía que después debía actuar rápido y sacar al estúpido espadachín de allí antes de que el techo se derrumbase del todo.

Tomó impulso y…

El golpe rompió el techo. El agua inundó definitivamente la celda. Tashigi braceó desesperada, intentando subir. Un cascote desprendido chocó contra ella y la envió al fondo. Su pierna quedó atrapada.

Una mano agarró su muñeca. Zoro utilizó su brazo para impulsarse hacia abajo, notó cómo apartaba los cascotes que la tenían atrapada. Se le escaparon unas cuantas burbujas, que subieron acompañadas por sangre; tenía la pierna herida, apenas podía moverla. Súbitamente el rostro del pirata apareció frente al suyo. Le rodeó la cintura con el brazo e intentó nadar hacia arriba, cargando con ella. Se sujetó a su hombro, aguantando el dolor y la respiración.

¿Por qué no la dejaba ahí y se salvaba él?

Una nueva nubecilla de sangre procedente del hombro de Zoro enturbió el agua. El rostro del espadachín reflejaba dolor, sin duda sus heridas habían vuelto a abrirse. ¿Cómo podía nadar con las lesiones que tenía? La llevó hacia arriba, agarrando una mano que parecía salida de ninguna parte.

Sanji tiró de Zoro para ayudarle a salir de la celda. Se le acababa el oxígeno, y suponía que a Zoro le pasaría igual. ¿Por qué se detenía? Ese maldito idiota…

Zoro tiró del brazo de Tashigi hasta que consiguió sacarla por el agujero. A Sanji se le escapó una bocanada de burbujas cuando la vio salir. Rápidamente la tomó por la cintura y se impulsó con el pie en el pecho de Zoro. Zoro dejó escapar una maldición ahogada en burbujas que el cocinero no pudo oír. Luego nadó hacia arriba todo lo rápido que pudo.

Las cabezas de los tres rompieron la superficie del agua con sólo unos segundos de diferencia, tosiendo y respirando profundamente. Chopper, en su Heavy Point, les ayudó a subir a bordo.

–¿Estás bien, Zoro? –preguntó, alarmado al ver la sangre aguada que le escurría por las vendas casi desprendidas.

–No es nada –rechazó él, todavía tosiendo. Se llevó una mano al costado, allí donde más golpes había recibido –. Ocúpate de ella, le cayó un cascote en la pierna.

Sanji se apresuró a incorporar a la joven.

–¿Estás bien, Tashigi-chan? –le preguntó.

Ella se apartó un poco, mareada.

–¡Tú, maldito cocinero! –gritó Zoro, agarrándole por el cuello de la camisa –. ¡Te olvidaste de mí ahí abajo!

–Podías salir solo –se defendió con tranquilidad el otro. Apartó la mano de su compañero y encendió un cigarrillo –. Las damas primero.

–¡Un día de estos te voy a…!

–Gente, mejor que veáis esto –avisó Franky, poniendo en marcha el motor del MiniMerry.

Todos, incluida Tashigi, volvieron la cabeza hacia el cuartel. Los marines estaban abandonando el lugar para dirigirse a la playa, donde dos puntitos apenas visibles se les enfrentaban.

–¡Son Brook y Luffy! –gritó Chopper –. ¿Qué hacemos? ¡¿Qué hacemos?!

Franky sonrió y condujo el MiniMerry hasta el Thousand Sunny.

Una vez a bordo, Usopp disparó una bengala al cielo.

Brook miró al cielo.

–¡Luffy-san, ya tienen a Zoro-san! –gritó.

–¡De acuerdo, vámonos!

–¿Vámonos? –se extrañó el esqueleto. Luego pareció entender. Se estremeció –. No, ah no… no, no ¡No!

–¡Gomu gomu no…!

El brazo de Luffy salió disparado hacia el Thousand Sunny y se agarró a la barandilla de proa. Con la otra mano atrajo hacia sí los huesos de su nakama. Ambos salieron disparados hacia el barco.

–¡… ROCKETTO!

Aterrizaron de cabeza en la cubierta.

Brook comenzó a gemir, hecho un ovillo en el suelo.

–Aaaaaaay, mi cabeza… me vas a matar como hagas esto más veces… aunque –se levantó –, no me puedes matar, ¡ya estoy muerto!

Se fue riéndose y balanceando el bastón.

Nami se hizo cargo enseguida de la situación.

–¡Franky, coge el timón y salgamos de aquí!

–¡Súper!

–¡Usopp, cúbrenos la retirada!

–¡Vo-voy!

–¡Luffy, Brook, desplegad las velas!

–¡De acuerdo!

Zoro se levantó, dispuesto a hacer algo, pero Chopper se lo impidió.

–¡Déjame, Chopper! –protestó –. Ya te he dicho que estoy bien…

–¿Quién es el médico aquí? –se impacientó el reno. Le golpeó el costado, no demasiado fuerte, pero lo bastante como para que el espadachín ahogase un quejido –. Tienes heridas por todo el cuerpo, y probablemente una costilla rota… –se volvió hacia Tashigi, que estaba sentada sobre la cubierta, empapada y con las gafas llenas de gotas, sin saber qué hacer –. ¿Puedes andar? –preguntó, preocupado.

Sanji apareció de ninguna parte y la levantó en brazos.

–¡Yo la llevo adentro! –exclamó. Le brillaban los ojos.