Capítulo 4: Nueva tripulante

Aquí va otro capítulo, como siempre, comentadme qué os ha parecido.

Arigató minna!

Esa noche hubo un plato más en la mesa. Sanji se había esmerado más que de costumbre en preparar la comida: había Takoyashi, onigiri, sushi, carne, grandes fuentes de ensalada…

Tashigi apenas había hablado desde que subió a bordo. Nadie le había preguntado si quería ir con ellos o quedarse en tierra, sin duda debido a las prisas por escapar. Prácticamente todos sabían quién era, pero no parecían darle importancia. Estaba sentada en la mesa entre Monkey D. Luffy y Nico Robin, comiendo de la comida preparada por Sanji Kuroashi. El reno la había curado sin preguntarle nada, la pelirroja le había dejado ropa seca, aquel extraño esqueleto se había ofrecido a tocar para ella, el tipo de la nariz larga que reconoció como la persona tras la máscara de Sogeking y el Cyborg intentaban hacerla reír…

Luego estaba Roronoa, también callado en un extremo del banco. El reno había vuelto a vendar sus heridas, pero se le notaba cansado.

–¡Chicos, tenemos que brindar! –exclamó de repente Luffy, sobresaltándola –. Hemos recuperado a Zoro y pateado el trasero a unos marines… ¡Y queda menos para llegar a Raftel!

Todos se echaron a reír, incluido Zoro. Alzaron las jarras.

–También podríamos brindar por nuestra nueva tripulante –sugirió Robin, sonriendo.

Al notar que todos la miraban, Tashigi enrojeció hasta la raíz del pelo.

–Pe-pero… yo no soy… –tartamudeó.

Luffy pasó un brazo por sus hombros y la estrujó alegremente.

–¡Por Tashigi entonces! –gritó, y volvió a alzar la jarra –. ¡Campai!

Todos respondieron con un estruendoso "¡Campai!".

Tashigi se ruborizó, abrumada por la cascada de simpatía de todos. Una media sonrisa se le colgó en la cara. Desde su esquina del banco, Zoro apuró su sake. También sonreía.

Tashigi salió a la cubierta, cojeando. Apenas sí podía apoyar el pie, pero entre Sogeking y el Cyborg le habían construido una muleta a la que éste último había añadido un soporte para la katana, un sujeta-vasos y diversos trastos más que aún no había tenido la oportunidad de probar.

Cerró la puerta tras ella, dejando atrás a la tripulación del alegre barco pirata, que cantaban una canción acerca de irse a repartir el sake de un tal Binks.

No entendía nada. ¿Por qué la trataban todos tan bien? Ella era del bando contrario… ¿Por qué Roronoa la había salvado?

Se apoyó en la barandilla y observó el mar. Tan azul, tan en calma… las estrellas se reflejaban algo turbias en la superficie, que apenas se movía. Las velas del Sunny estaban recogidas y el ancla echada. El barco descansaba entre las suaves olas, mecido por ellas.

–¿Estás bien?

Se asustó.

Roronoa.

No le había oído salir.

–S-sí –tartamudeó –. Estoy… bien, supongo.

–Me alegro.

Zoro fue hacia el palo mayor y empezó a trepar por las cuerdas hacia arriba. Ella se giró un poco y le miró. ¿No le dolía el hombro? ¿Y la costilla?

Debía de ser que sí, porque se detuvo y esbozó una mueca de dolor, pero luego siguió subiendo. Tashigi no pudo contenerse más.

–¡Espera! –exclamó y soltando la muleta empezó a intentar trepar por las cuerdas.

Zoro se detuvo y miró hacia abajo.

–¿Y ahora qué quieres?

–¿Por qué me tratáis tan bien? –preguntó ella, casi enfadada.

–Te vas a hacer daño –comentó él –. Mejor quédate abajo.

–No hasta que me contestes.

El espadachín suspiro y bajó un trecho. Le tendió una mano.

–Sube.

–Pero…

–Sube, yo te ayudaré –repitió, y prácticamente la llevó en brazos hasta arriba.

Poco después entraban en la especie de casa que Tashigi había visto al entrar al barco. Era como un puesto de vigía, en lo alto del palo mayor. Se parecía al que había en el barco de Garp.

–¿Duermes aquí? –preguntó.

Zoro abrió las ventanas y se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared.

–A veces. Aquí es donde suelo estar.

Tashigi se sentó a su lado, un poco separada y echó una mirada alrededor. Había pesas y cosas por el estilo en un rincón, parecía ser el sitio donde el joven se entrenaba. En un rincón había una manta y un par de almohadones.

–¿Tienes frío? –le preguntó él, al seguir la dirección de su vista.

–No… Sólo estaba mirando.

–Puedes cogerla, si quieres.

Tashigi sonrió tímidamente, pero siguió sentada. Estuvieron un rato en silencio, mirando por la ventana que había entre los dos.

–¿Por qué me has salvado? –preguntó ella por fin.

–¿Preferirías que no lo hubiese hecho? –preguntó él a su vez.

–¡No! –exclamó la joven, poniéndose roja de nuevo –. No… Al contrario, estoy muy agradecida, solo que…

–Solo que soy un pirata y, según lo que te han enseñado, no soy capaz de hacer nada bueno, ¿no es eso?

Había un deje burlón en la pregunta del joven. Bajó la cabeza, avergonzada.

¡Los piratas siempre serán piratas!

–Algo así…

Se echó a reír. Tashigi miró por la ventana, pensando qué decir.

–Te salvé porque tú y yo tenemos una batalla pendiente –dijo Zoro –. Y ya está. Te llevaremos hasta el próximo cuartel en condiciones que encontremos. En este barco no pelearemos. Si lo dañamos, Usopp y Franky nos matan.

Volvió a reírse.

–No lo entiendo… ¿Estáis ayudándome sólo por esa batalla pendiente?

No contestó. Ni él mismo tenía respuesta para eso.

Se levantó el viento de pronto. No muy fuerte, una simple brisa que les movió el pelo a ambos.

Ella se estremeció. De pronto estaba muy cansada y tenía mucho frío. Él pareció notarlo, porque se acercó a ella y le puso una mano en la frente.

–No tienes fiebre –dijo –. Pero será mejor que duermas un poco. ¿Quieres que te baje?

–No… si no te molesta preferiría quedarme… –contestó ella, muy bajito –. Me gustan las vistas desde aquí. El mar está precioso.

–¿Verdad? – sonrió él.

Se levantó y la cubrió con la manta.

–Duérmete.

Robin subió al puesto de vigilancia bien entrada la noche. La bandera pirata se había desprendido por una de las esquinas, y quería asegurarla para que no se la llevase el viento.

En la misma puerta de la "casa", cruzó los brazos.

Dos fleur –susurró.

Dos manos crecieron en el extremo del palo mayor y anudaron bien la bandera. Asintió, satisfecha.

Estaba a punto de bajar a dormir cuando algo llamó su atención en el interior del lugar:

Tashigi estaba dormida en el suelo, hecha un ovillo bajo la manta. Zoro, a quien en esos momentos no podría despertar ni una bomba, estaba tendido de espaldas junto a ella. La joven tenía la cabeza apoyada en el brazo bueno del espadachín.

Robin sonrió. Ignoraba si se habían dormido los dos así o si la joven se había movido en sueños, pero tampoco le importaba mucho. Hacían buena pareja.

–¡Vuelve aquí, ladrón de mierda!

Tashigi abrió los ojos, despacio. En alguna parte, por debajo de donde ella estaba, alguien corría de un lado para otro, y se oían gritos y maldiciones. Se incorporó frotándose la cara. Al principio no supo dónde estaba, todavía medio dormida. Recordó entonces su milagrosa escapada del cuartel de las celdas submarinas cuando a su lado Zoro se removió y rezongó algo que sonó como un "Callaos ya" bastante malhumorado, pero suavizado por la costumbre.

Buscó con la mirada su muleta, y entonces recordó que la había dejado abajo cuando Zoro la subió hasta el puesto de vigía. Por un momento pensó en pedirle al espadachín que la bajase, pero el joven había vuelto a dormirse, a pesar de los ruidos que venían de abajo. No se atrevió a despertarle

Fue a gatas hasta la puerta y la abrió, intentando no apoyarse en su pierna herida. Miró hacia abajo: había un buen trecho de bajada.

Detectó entonces el origen de los gritos y el ruido. Abajo, en la cubierta, una figura saltarina y escurridiza huía cargada con unos buenos pedazos de carne, sujetándose el sombrero con la otra mano. Tras Mugiwara, Sanji Kuroashi le gritaba improperios, sabedor de que no conseguiría pillarle.

–¡Como vuelva a verte hurgando en la nevera no comes! ¿Me has oído? ¡No comes!

Tashigi ahogó una risita y siguió contemplando desde arriba la vida en el barco. Sentada en una silla plegable, Nico Robin leía apaciblemente, ajena a todo lo que pasaba a su alrededor, o no tanto, ya que cuando Chopper pasó por su lado con una pila de libros a punto de caerse, unas manos surgieron de la nada para ayudarle a dejarlos en la mesita.

El cocinero volvió a meterse en la cocina, enfadado, y el capitán se subió al mascarón a disfrutar de su desayuno. No se veía rastro de nadie más.

Impaciente por bajar y enterarse del rumbo que llevaba el barco, Tashigi se sentó en el umbral y puso el pie sano en la primera cuerda de la escala. Lentamente, empezó a bajar. No había descendido ni dos tramos cuando se apoyó sin querer en la pierna herida y perdió pie. Se le resbalaron las manos por las cuerdas.

Alguien la agarró por la muñeca en el último segundo antes de que empezase a caer.

–¡¿Estás loca?!

Zoro la izó de nuevo hacia arriba y cerró la puerta. Tenía todavía ojos de sueño, pero había sido tan rápido al sujetarla que no parecía que acabara de despertarse.

–¡Estás completamente loca! –repitió –. Si querías bajar tenías que haberme despertado. ¡Te podrías haber matado!

Tashigi agachó la cabeza, como una niña pillada en falta.

–Lo siento… yo…

Zoro bufó levemente y movió la mano para restarle importancia.

–No lo sientas, no pasa nada –dijo –. Estás bien y es lo que cuenta… ¿Querías bajar?

–Sí pero… no quería despertarte…

Suspiró poniendo los ojos en blanco.

–Y por no despertarme casi te matas –comentó –. ¿Te has hecho daño?

Antes de que pudiese contestar él ya le había cogido las manos y examinaba las palmas. Las tenía un poco enrojecidas, pero afortunadamente el roce de las cuerdas al resbalarse no había sido demasiado.

En ese momento el estómago de Tashigi decidió protestar. La joven se puso roja y apartó las manos de las de Zoro.

Una mano apareció de pronto junto a ellos. Agarrada a la mano subió Robin.

–Buenos días –saludó –. Subía a despertaros ahora mismo… Ya está listo el desayuno.

Tashigi salió cojeando del cuarto de baño secándose el pelo con una toalla. Había recuperado su muleta y se había llenado el estómago con la comida preparada por Kuroashi. La Gata Ladrona le había dejado ropa otra vez, y le había indicado dónde podía darse una ducha.

Seguía extrañándole tanta amabilidad, pero recordaba haber oído a Smoker hablar de las rarezas de esa tripulación.

Hacía un hermoso y radiante día, todos estaban en cubierta.

Sentada junto a una mesita con sombrilla, Nico Robin estudiaba un mamotreto, utilizando varias manos para sostenerlo. La Gata Ladrona bajaba en ese momento del castillo de proa, donde había estado comprobando el rumbo. El Cyborg llevaba el timón. En la popa, Sogeking había montado una especie de taller, donde trabajaba en sus múltiples experimentos y objetos útiles. Roronoa dormía sobre la hierba con las manos tras la cabeza, y el reno y Mugiwara estaban sentados sobre la barandilla pescando.

–Buenos días, Tashigi-san

Se sobresaltó. El esqueleto había aparecido a su lado sin avisar.

–¿Cómo te encuentras? –preguntó Brook.

–B-bien… me has dado un buen susto… –comentó ella.

–Estoy muerto, claro que doy sustos.

Se echó a reír con esa risa tan peculiar que tenía.

–Por cierto… –dijo cuando dejó de reír, llevándose una mano al sombrero –, ¿te importaría enseñarme tus…?

Una espada silbó y se clavó en la puerta, peligrosamente cerca de su calavera. Tashigi se volvió. Zoro había abierto un ojo y en ese momento recuperaba su postura de siesta.

–Te estoy oyendo –amenazó.

Brook tragó y arrancó la espada de la madera.

–Podrías haberme matado… aunque no, porque ya estoy muerto… ¡Yohohohohoho!

Zoro extendió el brazo sin abrir los ojos y esperó a que el esqueleto le pusiese la empuñadura de su espada en la mano. Luego la colocó con las otras dos y volvió a dormirse.

La gaviota que llevaba los periódicos dejó caer uno sobre el barco. Nami lo atrapó al vuelo.

La puerta de la cocina se abrió y el cocinero salió con una bandeja llena de comida de aspecto exquisito.

–Mis queridas damas, os traigo algo para que no paséis hambre…

Robin sonrió y Nami simplemente alargó una mano para recibir su ración de lo que fuese que había cocinado el joven.

Arigató, Sanji-kun… –murmuró –. Ahora, ¿puedes quitarte de la luz? No me dejas leer el periódico…

Haaaaiiiii Nami-swan… ¡No! –exclamó de pronto, estampando la suela de su zapato en la cara de Mugiwara –. Esto es sólo para las señoritas…

–Pero Saaaanji, yo también tengo hambre…

–¡Déjale, Luffy! –dijo Zoro sin abrir los ojos –. Ese cocinero pervertido no te va a dar de comer nada extra por mucho que se lo pidas…

–¿¡Cómo me has llamado, marimo!?

Tashigi observó desconcertada cómo Roronoa echaba mano de sus espadas y se enfrentaba al cocinero.

Una mano le palmeó el hombro. Se dio la vuelta y se encontró con Sogeking.

–Será mejor que te apartes de ahí, van a empezar a pelearse –suspiró el tirador –. Espero que no rompan nada ésta vez…

Ambos tuvieron que agacharse cuando una espada pasó por encima de sus cabezas para ir a chocar contra la suela de un zapato que iba dirigido al estómago del espadachín.

Usopp se llevó las manos a la cabeza y empezó a gritarles que tuviesen cuidado con el barco.

Por supuesto, no le hicieron ni caso.

–¡Tashigi! –la Gata Ladrona agitó el brazo en su dirección –. ¡Acércate, también hay tarta para ti!

Sin saber muy bien qué hacer ni qué decir, Tashigi fue hacia ella esquivando a los dos que se peleaban en medio de la cubierta y se sentó en una silla plegable junto a las dos mujeres del barco. Nami la miró de arriba abajo.

–Te queda un poco grande esa camiseta mía… –comentó –. Tu ropa estaba bastante destrozada, pero podemos bajar en el siguiente puerto para comprarte algo, si te sientes más cómoda…

–N-no, da igual… es decir… gracias, pero no hace falta –tartamudeó ella.

–Vamos, no tienes por qué ser tan tímida, Tashi-chan –Nami le guiñó un ojo –, no te vamos a comer…

Sonrió tímidamente.

"Smoker tenía razón", se dijo. "No se parecen a ninguna otra banda"

No sé a vosotros, pero a mí me hace mucha gracia que ahora Robin diga "Gigantesco Mano" y salgan dos pies… jajajaj era sólo un comentario.

Bueno, espero que os esté gustando y que sigáis opinando :)