Capítulo 5: Vaikai
¡Estoy de vuelta!
No he subido caps antes porque estoy entrando en ese hermosísimo periodo en el que tienes menos de un mes para salvar el curso… Además, llegados a este punto mi trama empieza a tener lagunas que requieren más trabajo… así que probablemente actualice cada más tiempo, al menos hasta julio.
He intentado que fuese un poco más largo como compensación, espero que os guste…
Como siempre, ¡muchísimas gracias a todos los que comentáis, en serio, me animáis muchísimo!
Y volvamos a bordo del ThousandSunny…
–¿Una aldea pirata? –exclamó Tashigi, sorprendida –. Es la primera vez que oigo hablar de ella…
–No es exactamente una aldea –explicó Robin –. En Vaikai se crían los huérfanos de algunos piratas muertos a manos de los marines.
Llevaban un par de días en alta mar, sin ningún percance. Las tres mujeres estaban sentadas en unas sillas plegables en cubierta, bajo una sombrilla y disfrutando de un postre riquísimo.
En ese momento Nami acababa de enseñarle el Log Pose a Robin para indicarle el rumbo (aprovechando que Luffy estaba demasiado ocupado molestando a Sanji en la cocina). Desplegando un mapa, Robin había señalado una isla pequeña un poco al oeste de donde ellos se encontraban.
–Por lo visto la idea surgió a raíz de la muerte de Portgas D. Ace –comentó la arqueóloga –. Cuando estuve en la resistencia me comentaron acerca de ella. Las familias de los piratas caídos buscaban refugio, tanto de los marines como de la horda de barcos que zarpó al saber que el One Piece existía de verdad.
A Tashigi le dio un escalofrío. Le vino a la mente la imponente figura de un hombre de pie, sangrando, con la alabarda en la mano, en medio del caos de Marineford.
¡El One Piece existe!
Sin duda Shirohige sabía muy bien el lío que iba a provocar con esa simple frase.
Robin continuaba explicando la historia de la isla:
–... es un secreto tan bien guardado que la mayoría de los piratas no lo conocen. Para los marines es un completo misterio el hecho de que las familias de muchos piratas desaparezcan como si nunca hubiesen existido…
–Entonces será mejor que no sepan quién es Tashigi –comentó Nami bebiendo un sorbo de su copa de zumo –. Esos pobres niños deben odiar a los marines… Tú no irás a contar nada de esto a la Marina, ¿verdad? Vendrían a capturar a esos pobres niños…
Tashigi negó con la cabeza.
–El Vicealmirante Garp siempre decía que un niño no tiene la culpa de lo que hizo su padre –recordó –. No os preocupéis, no diré nada.
–¿Estáis hablando del abuelo?
Nami ahogó un grito y volcó el contenido de su copa sobre la cabeza de Luffy, que de pronto estaba junto a ella.
–¡Luffy! –exclamó –. ¡Maldita sea, no tienes que darme esos sustos!
El Capitán sólo se rió, chorreando zumo.
–¿Estáis hablando del abuelo? –insistió.
Nami suspiró.
–No, Luffy, sólo lo hemos mencionado –Tashigi advirtió cómo ocultaba "casualmente" el Log Pose de la vista de Mugiwara –. Nos dirigimos hacia la isla Vaikai, llegaremos esta noche.
Mientras Luffy se alejaba dando saltos al grito de "¡Isla! ¡Isla!", Nami volvió a ponerse el Log Pose en la muñeca y dobló el mapa. Al advertir que Tashigi la miraba, guiñó un ojo:
–Si dejamos que Luffy vea las agujas, siempre va a elegir la que apunte en la dirección más peligrosa –explicó –. Y en el momento en que el Capitán ordena seguir un rumbo no hay nada que hacer. Pero si no las ve –se bajó de la frente las gafas de sol y se recostó en la silla, dejando una mano extendida hacia un lado –, soy yo la que decide hacia dónde va el barco.
Antes de que Tashigi pudiese responder, un borrón negro y amarillo que despedía corazoncitos rosas en todas direcciones pasó como un torbellino junto a ella y volvió a desaparecer a la misma velocidad a la que había llegado, haciendo un ruido que sonó algo así como "¡mellorine!".
En la mano antes vacía de la Gata Ladrona había otra copa llena de zumo.
…
Zoro se despertó cuando su hamaca se dio la vuelta y le envió al suelo con un golpetazo. Se incorporó masajeándose el hombro herido.
–¿Qué demo…?
–Mueve el culo, cerebro de musgo. Nami-san nos necesita en la cubierta
Sólo podía ser el cocinero. El espadachín dejó escapar un gruñido y se levantó, sacudiéndose los pantalones.
Una nariz larga asomó por encima del borde de madera de la hamaca junto a la suya.
–¡Son las tres de la madrugada, Sanji! –se quejó Usopp –. ¿Qué pasa ahora?
Luffy seguía roncando como un descosido, pero no se veía rastro de los demás; debían estar ya fuera.
Sanji dio unos golpecitos con el nudillo al armazón de madera suspendido sobre la cama de Zoro.
–Oe, senchou –llamó –. Hemos llegado a una isla.
Fue visto y no visto. Un brazo elástico se enganchó al quicio de la puerta, otro se las arregló para recoger al tiempo sus sandalias y el sombrero de paja, y Luffy ya estaba fuera, brincando por la cubierta.
Estaba diluviando, y hacía algo de fresco, pero no demasiado. Sin duda habían llegado a una isla de primavera
Nami, vestida con un impermeable rosa, empezó a darles órdenes desde su puesto en la proa del barco. Estaba asomada, mirando fijamente el agua frente al Sunny.
–¡Franky, necesito que lleves el barco a las dos en punto muy despacio! –gritó. Luego siguió murmurando para sí misma –. Maldita sea, esto no me gusta… ¡Zoro, Chopper, recoged la vela! ¡Robin, voy a necesitar que me ilumines el camino, con esta lluvia no veo bien las corrientes!
–Sanji, coge el timón –dijo entonces Franky –. ¡No te preocupes, Nami, ya me encargo yo de la iluminación!
Desde su sitio en la cabeza del león, Luffy se giró hacia él, sujetándose el sombrero:
–¿Cuándo le has puesto luces al Sunny?
–¡Mejor que eso! ¡Voy a utilizar mis…!
Nami se llevó la mano a la frente:
–Otra vez no…
–¡… Nipple Lights!
–En serio, Franky –Usopp hizo visera con la mano para ver a través de la repentina luz –, ¿no tenías otro sitio para colocarte las malditas luces?
Franky se limitó a entrechocar sus antebrazos cuadrados, haciendo coincidir la estrella pintada en ellos.
Inclinada sobre la barandilla, Nami escrutó los escollos.
–Esos corales… –murmuró, pensativa –, tienen un color un tanto extraño…
–Son corales selenitas –explicó Robin tras un breve vistazo –. Son una especie muy rara. Reflejan la luz de la luna cuando está llena. Posiblemente esto sea un laberinto que únicamente sea visible tres noches al mes, si hay suerte y está despejado.
–Pues vamos listos… –bufó Usopp. Había hecho crecer una planta con forma de paraguas en lo alto de su sombrero, para evitar mojarse. Apuntó con un dedo al cielo –. Esto está más negro que el alma de Akainu (No he podido evitarlo, le odio).
–Hoy tampoco había luna, Robin-san –comentó Brook –. Usopp-san, ¿Puedo pedirte el paraguas? Estoy calado hasta los huesos…
–Brook, eres sólo huesos… –refunfuñó el tirador pasándole otro paraguas vegetal que sacó de su bolsa.
…
–¿¡Que ha desaparecido!?
La voz al otro lado del den-den mushi tembló, mientras su dueño se apresuraba a buscar una explicación que no cabrease aún más al Vicealmirante.
–S-s-s-s-eñor, Smoker-san, nosotros…
–¡Sois un grupo de gallinas cobardes! –vociferó el hombre desde su auricular –. ¡Sólo os pedí que retuvieseis a Roronoa Zoro una noche! ¡Una puta noche, Capitán! ¿Y venís y me contáis, dos días después, que no sólo ha huido sino que se ha llevado a Tashigi?
El Capitán comenzó a oír más voces al otro lado del den-den mushi, aparte de la del Vicealmirante Smoker:
–¿Dónde está la Capitana?
–¡Vamos a sacarte las entrañas por perderla!
–¡Pobre Capitana-chan!
El hombre alcanzó a oír un "¡SILENCIO!" antes de que Smoker volviese a hablar por el aparato.
–¿Sabes por lo menos hacia dónde se dirigieron?
Los marines del G-5 habían sido expulsados a patadas del camarote de Smoker, pero permanecieron en la puerta, peleándose en silencio por un hueco para poner la oreja. Por eso oyeron perfectamente cómo el Vicealmirante Smoker soltaba una maldición de las más gordas que le habían oído nunca y colgaba el teléfono tan fuerte que el caracol se quejó.
Dentro, el Vicealmirante desplegó un mapa y lo escrutó atentamente. En esos momentos no podía ir a buscar a su subordinada, tenía órdenes directas de Akainu y ni siquiera él podía desobedecerlas.
Tendría que pedirle a alguien más que fuese a rescatarla, al menos hasta que pudiese ir él en persona.
Dando un suspiro, volvió a coger el den-den mushi, pero lo único que oyó al otro lado del auricular fue un largo pitido.
Otra maldición; se había cargado el maldito teléfono.
…
La playa estaba vacía, aunque bien mirado no era nada extraño. Era normal que a las seis y media de la madrugada todos estuviesen durmiendo.
Brook se asomó por la borda.
–Es un sitio precioso –admiró –. Apenas puedo creer que mis ojos vean tanta tranquilidad en una isla pirata… aunque no tengo ojos…
Había dejado de llover, y el cielo poco a poco se había despejado.
Cuando decidieron desembarcar y acampar en la playa, bajo las estrellas, Robin fue a buscar a Tashigi. No habían querido despertarla antes, no porque no confiaran en ella, sino porque Chopper había pedido que la dejasen descansar, ya que con la pierna herida no habría sido de mucha ayuda. Él mismo, en su forma a cuatro patas, la llevó sobre su grupa hasta la orilla.
Franky echó el ancla y Usopp y Luffy bajaron un buen taco de mantas. Hacía algo de frío, y el cielo aún estaba muy oscuro.
Tashigi se envolvió en una de las mantas y observó pensativa el barco anclado en la orilla. Según le había contado el esqueleto, casi nunca viajaban de noche, pero al parecer la entrada a aquella isla entre todos aquellos arrecifes sólo era visible a la luz de la luna. Estaban todos reventados. Sortear todos los espolones, picos y corales sumergidos había sido todo un reto para Nami y su conocimiento de las corrientes, pero también para los tripulantes del Sunny, que habían tenido que maniobrar durante horas entre los escollos.
"Y todo ello mientras yo estaba dormida"Se recordó, algo avergonzada.
Se había sentado algo apartada del fuego. Seguía sintiéndose rara con la tripulación y no quería hacerles sentir incómodos a ellos.
Zoro pasó junto a ella y fue a tumbarse unos metros más allá, entre Luffy y Chopper. El reno, que había estado escrutando con miedo las sombras del bosquecillo cercano, pareció muy aliviado de encontrarse entre el espadachín y el cocinero, que en esos momentos estaba atizando el fuego con una ramita.
Apenas hablaron unos con otros. Estaban demasiado cansados, y se durmieron enseguida.
…
–¡Mirad! ¡Es Roronoa Zoro, el Cazador de Piratas!
Zoro abrió un ojo. Había alguien a su lado. Niños, a juzgar por sus voces. Siete… o tal vez ocho.
–¿Seguro que es él?
–¡Claro, tonto! Tiene el pelo verde y es igual que el del cartel…
–Mirad qué espadas…
Se levantó de golpe y puso sus katanas lejos del alcance de los pequeños.
–¡Oe, estaros quietos!
Los niños le miraron un momento y se dirigieron al siguiente bulto, sin hacerle ni caso.
–¡Halaaaa, es la mascota! –exclamó uno.
–Parece muy blandito ¿lo podré abrazar? –preguntó una niña
Zoro bostezó y fue tras ellos. ¿Qué hora sería? No más de las diez de la mañana, a juzgar por la posición del sol…
–¡UUUUAAAAAAAAAAHHHH!
Los niños habían despertado a Chopper, que había ido a esconderse tras Tashigi, con el pelo erizado.
¿Tashigi?
La joven estaba sentada tranquilamente, intentando calmar al reno. Se había levantado la primera, al fin y al cabo ella sí que había dormido toda la noche.
–¿Por qué no nos has despertado? –le gruñó.
–Se os veía agotados, y ellos no suponían ninguna amenaza –replicó ella apoyando una mano tranquilizadora sobre el gorro del reno –. No esperarás que utilice mi espada contra siete críos, ¿verdad?
–No, supongo que no… –refunfuñó el joven.
Se volvió al sentir un tirón en el abrigo, justo a tiempo de apartar las espadas del alcance de un crío rubio de unos cinco o seis años.
–No son juguetes, chaval –bostezó.
–¡Pero quiero verlas! –protestó el niño hinchando los mofletes.
Zoro sonrió y le revolvió el pelo.
–Luego tal vez… ¡Oe, Luffy!
Tres niños estaban dedicándose a estirar la piel de la cara del Capitán, que dormía como si nada.
Zoro fue a apartarles, pero una exclamación de sorpresa hizo que se diese la vuelta. Dos mujeres venían corriendo por la playa, una de ellas llevando un bebé en una bolsa a la espalda. Inmediatamente los niños empezaron a hacer gestos con los brazos y a gritar de alegría:
–¡Son los Mugiwara! ¡Han venido!
Llegados a ese punto, todos los que aún dormían se despertaron. Zoro se adelantó hacia las dos mujeres, que inmediatamente se pusieron en guardia. Pudo oler el metal de las dagas que llevaban ocultas antes incluso de que las sacasen a la luz.
–Eh, eh, tranquilas, no queremos causar problemas… –dijo levantando las manos, manteniéndolas lejos de sus katanas –. Sólo hemos parado a ajustar el Log.
Las dos mujeres le miraron con cautela, pero guardaron sus armas
Tashigi se acercó cojeando:
–¿Son vuestros hijos? –preguntó.
–Todos no –dijo una, la mayor –. La mía es aquella. ¡Miriam, ven a saludar!
La pequeña que había intentado abrazar a Chopper se acercó con las manitas a la espalda y saludó con una graciosa inclinación. Luego señaló al reno:
–Señor Cazador de Piratas, ¿él es un perro?
La carcajada de Zoro ahogó la respuesta airada de Chopper (¡Soy un reno!).
Cuando hubieron recogido el improvisado campamento, los niños y las dos mujeres guiaron a los piratas hacia la pequeña aldea.
Estaba compuesta por diferentes cabañitas en las que dormían grupos de cinco a diez niños, con sus camitas y todo. Había un edificio algo más grande donde estaban las cocinas, un comedor común. En el piso de arriba había una enfermería.
No había hombres, sólo algunos chicos jóvenes que sin duda pronto abandonarían la isla para establecerse en otro lugar como adultos. Los demás habitantes de la isla eran niños y mujeres, tanto las madres de los niños como ancianas que habían elegido retirarse allí para ayudar.
Tan pronto como pusieron un pie en la aldea, los niños empezaron a salir de las casas y a arremolinarse a su alrededor. Comenzaron a hacerles preguntas, a admirarse entre ellos y a intentar subirse por encima de Franky, emocionados. Cuando llegaron a la plazuelita que marcaba el centro del lugar, Nami llevaba una niña de unos tres años en brazos, Robin a tres de seis o siete de la mano (tres manos, no olvidemos la Hana Hana no Mi) y Luffy tenía unos diez críos estirándole la piel mientras andaba. En los anchos y metálicos hombros de Franky iban cuatro chavales, turnándose para apretarle la nariz y cambiarle el peinado y un grupito de veinte escuchaba alguna historia que Usopp inventaba sobre la marcha. ¡Incluso algunos se habían acercado a Brook y trataban de trepar por sus costillas!
Tashigi se mostró sorprendida al ver que el pequeñajo que había intentado robarle las espadas a Zoro, Daniel, iba ahora sobre sus hombros, visiblemente satisfecho.
A ella no se había acercado nadie. La miraban con curiosidad, pero no se acercaban. Temió que la hubiesen reconocido como marine, pero no podía ser. Llevaba el pelo suelto, en vez de recogido como siempre, y la ropa que le habían prestado no se parecía en nada a las que solía llevar.
–¿Puedes andar, Tashigi-chan? –el cocinero había aparecido de pronto junto a ella, con otro niño montado a caballito sobre su espalda.
Negó con la cabeza, distraída. Esa faceta de los Mugiwara no la sorprendía tanto, puesto que les había visto proteger a los niños de Punk Hazard. Pero se le hacía raro ver a la temible banda que estaba siendo buscada por medio Grand Line comportarse de una forma tan cuidadosa con los pequeños.
Los niños les guiaron hacia el edificio del comedor.
Las paredes de aquella habitación estaban forradas con carteles de "se busca", como si fuese una especie de museo. Los niños arrastraron la tripulación hasta un rincón, donde se veían claramente sus carteles.
–¡Mira, estáis aquí! –exclamó un chiquillo rubio, que a Luffy le recordó a Sabo –. Solo que… Sanji Kuroashi… no se parece…
–¿A que no? –sonrió el aludido, feliz –. Por lo visto no consiguieron hacerme una foto. Tuve que arreglarle la cara a un desgraciado que se parecía más al cartel que yo…
Los niños se rieron, y uno de ellos sacó una cámara de fotos.
–¿Podemos hacerte una? –exclamó –. Así tendremos un cartel único…
Sanji hinchó el pecho, lleno de orgullo.
No le duró mucho.
–Un cartel único para un único idiota –murmuró Zoro, lo suficientemente alto como para que le oyese el niño que llevaba a hombros.
Por supuesto, el crío se echó a reír a carcajadas. Sanji, que también lo había oído se volvió, escupiendo al suelo su cigarrillo.
–¿¡Qué has dicho, pasto para vacas!?
–¡Sanji-kun, Zoro! –exclamó Nami –. ¡Aquí no!
–Déjales, Nami –se rió Luffy –. A los niños les gusta.
En efecto, los pequeños que les rodeaban se estaban empezando a dividir en dos bandos y apostándose saquitos de piedras y conchas a ver quién ganaba.
–¡Está bien, está bien! –exclamó la navegante –. Pero salid a pelearos fuera. Cada cosa que os carguéis os la voy a hacer pagar.
–Haaaaaaaaaai Nami-swaaaaaan
–Maldita bruja…
–¿¡Qué es lo que le has llamado a Nami-san!?
…
Como siempre, la pelea entre Sanji y Zoro terminó en empate, con ambos lanzándose miradas airadas desde los extremos de la mesa donde les ofrecieron un buen desayuno.
Tanto los niños como sus cuidadoras estaban entusiasmados con la presencia de los piratas allí. No solo traían noticias del exterior (la gaviota del correo no pasaba por la isla, dado que Vaikai figuraba en los mapas del Gobierno como un peñón desierto y prácticamente inaccesible), sino que eran los ídolos de muchos de los niños que vivían allí.
Les llevaron a todas partes. Les enseñaron las casitas donde dormían, la cala donde se bañaban, las barquichuelas con las que jugaban a piratas e incluso la maqueta del Grand Line que estaban haciendo.
Nami se quedó con esos pequeños, compartiendo la información de sus mapas, señalándoles aquí y allá cosas que debían corregir e islas que faltaban. Las más grandes, como Arabasta o Water 7 las tenían, pero les faltaba, por ejemplo, Little Garden.
Chopper se dirigió a la enfermería y las cocinas, a echar una mano con los enfermos, acompañado por Robin. Según les contaron, había habido una epidemia de gripe recientemente. No había sido nada serio, pero les faltaban medicamentos.
Por supuesto Brook trabó amistad enseguida con el nieto de uno de sus nakamas de los Rumbar Pirates, y acabó contándole todo sobre su abuelo.
Sanji tardó poco en meterse entre los fogones a darles una lección de cocina a algunos de los mayores, y acabaron preparando tal cantidad de comida que podría haberles durado meses… si no fuera porque, bueno, los piratas tenían a Luffy.
Mientras comían, la madre de Miriam, Sarah (me gustan los nombres bíblicos, ¿se nota?), les propuso una pequeña excursión al bosque después de comer. Al parecer los niños estaba empeñados en enseñarles todos los rincones de la isla, en especial un lugar que ellos llamaban "El Catalejo".
Luffy aceptó enseguida, y con él Usopp y Robin. Zoro no se mostró muy interesado, pero tampoco hizo un gran esfuerzo por no ser convencido por el pequeño Daniel.
Tashigi, no muy segura de lo que debía hacer, dijo que iría con ellos. Chopper comprobó sus vendas con gesto serio.
–No te esfuerces mucho o se volverán a abrir las heridas –le aconsejó –. Le diré a Zoro que te eche una mano si te cansas.
–¿Por qué tengo que cuidar de ella? –el espadachín lo había oído y protestó rápidamente –. ¡Ya tengo un niño a mi cargo, no quiero dos!
Antes de que Tashigi contestase, indignada, Chopper tiró de la manga de Zoro:
–No tienes que cuidar de ella, sólo procurar que no le pase nada. Por favor –añadió.
Soltando un bufido, el joven asintió y se alejó, buscando un sitio donde echar una corta siesta antes de ponerse en marcha. Vio, antes de cerrar los ojos cómo Sanji se acercaba a Tashigi y le murmuraba algo, señalándole con la cabeza.
"El Catalejo" resultó ser un punto de la isla desde donde se veía perfectamente todo el terreno, incluyendo el laberinto de coral. Los excursionistas pasaron la tarde fuera de la aldea y volvieron cuando faltaban pocas horas para anochecer.
Las cuidadoras hicieron un recuento de los niños a medida que iban entrando al comedor. Una de ellas buscó a su alrededor, alarmada.
–¡Falta Daniel!
Identificando mentalmente al tal Daniel con el niño que se había pegado a Zoro como una lapa, Sanji echó un breve vistazo a los miembros de la tripulación.
–¡Luffy! –llamó, poniendo los ojos en blanco –. Dile a esa pobre mujer que el crío está con el idiota del marimo. Se habrá perdido, el muy…
–¡Pero eso no es bueno! –intervino Sarah –. Hay animales salvajes en el bosque…
Sanji movió la mano en un gesto tranquilizador.
–El marimo será un idiota, pero pelea bien. Tranquila, al niño no le pasará nada.
Luego se dio cuenta de algo más.
–¡Ay madre! –gritó –. ¡Tashigi-chan está con ellos!
…
–Genial –bufó Tashigi –. Sencillamente genial.
Se dejó caer sentada en un tocón. Zoro se volvió, enfadado.
–¿Qué pasa? ¿Tienes algún problema?
–¡Tú eres el problema! –gritó ella –. ¡Estamos perdidísimos! –se llevó una mano a la frente –. Esto me pasa por no escuchar a Kuroashi…
El espadachín frunció el ceño.
–¿Y qué te dijo el cocinero?
–Que tenías menos orientación que un niño de dos años –replicó ella –. ¡Y creo que se quedó corto!
Mentalmente, Zoro decidió que ya mataría al estúpido cocinero cuando le viese. Mientras tanto tenía que lidiar con una mujer bastante pesada y un crío hiperactivo que no paraba de tironearle de la haramaki, colgársele de los pantalones o intentar sacar las katanas de sus fundas.
–¿Acaso tú sabes cómo salir de aquí? –espetó.
–¡Lo sabía antes de que me dijeses que te siguiera!
–¿Estás insinuando que es culpa mía?
–¡No sabes distinguir el norte del sur! ¡Es obvio que es culpa tuya!
–¡Pues vete sola!
–¡Eso voy a hacer! –Tashigi se levantó y golpeó el tocón con la muleta –. Y me llevo al niño de vuelta. Piérdete tú solito. ¡Vámonos, Daniel!
El crío no contestó. Tashigi de pronto se dio cuenta de que el niño no estaba con ellos.
–¿Daniel?
Zoro soltó una maldición.
–Ha debido de alejarse cuando no le mirábamos –protestó –. ¡Qué peste de crío!
Oyeron un grito agudo y un rugido.
Se olvidaron de la discusión y de estaban perdidos. Zoro echó a correr hacia donde sonaba el ruido, y Tashigi le siguió a duras penas.
Llegó al lugar a tiempo de ver cómo Zoro, rápido como el rayo, apartaba al crío del alcance de las garras de un oso enorme, retrocediendo peligrosamente cerca de un barranco. Un pedazo de la manga del joven quedó enganchado en la zarpa del animal.
Daniel, demasiado asustado como para llorar, se agarró de la camiseta del joven. Zoro se levó una mano a la espada mientras con la otra sostenía al niño.
No llegó a desenfundarla. El oso, enfurecido, se alzó de patas y tras un rugido ensordecedor se dejó caer. El suelo retumbó, y el borde del precipicio se resquebrajó y se rompió.
Daniel gritó mientras el suelo se hundía bajo los pies de Zoro, que, mientras caían, logró agarrarse a duras penas a una roca que sobresalía del borde.
Tashigi se llevó ambas manos a la boca y ahogó un grito.
–¡Roronoa!
Dejó caer la muleta cuando intentó echar a correr hacia el barranco, llevándose la mano a la espada.
–¡ZORO!
El gigantesco oso pardo dejó de intentar atrapar al joven y al pequeño, colgados del mismísimo borde, y se volvió hacia ella. Abrió las fauces y rugió.
Zoro se sujetó con más fuerza al borde de la roca.
–Ni se te ocurra soltarme –le susurró al crío, que asintió, asustadísimo.
El joven empezó a izarse a pulso, con cuidado y más despacio de lo que hubiese querido. Algunas piedrecillas se desprendieron del borde. Daniel ahogó un grito y se agarró con fuerza al hombro de Zoro, pateándole sin querer la costilla rota.
El espadachín ahogó una maldición y reprimió las ganas de matar al pequeñajo. Dios, teniendo dos hombros el niño había ido a agarrarse en el que tenía herido… se le resbalaron momentáneamente los dedos, pero consiguió agarrarse con más fuerza y seguir subiendo.
Tashigi rechazó las garras del oso con facilidad, intentando a la vez espantar al animal sin apoyar demasiado su pierna, en la que sentía como si alguien estuviese clavándole hierros candentes.
Por el rabillo del ojo vio a Zoro que se agarraba al borde, casi a punto de salir. Si conseguía poner en fuga al maldito oso, todo estaría resuelto.
Una vez en tierra, Zoro tuvo que forzar al niño a soltar su camiseta, porque éste estaba tan asustado que no podía ni moverse.
Apenas alzó la vista, se topó con el enorme corpachón del oso, inmóvil. Daniel dio un grito y escondió la cabeza en la camiseta del espadachín.
Zoro permaneció en tensión un momento antes de darse cuenta de que el animal estaba muerto. Soltó un suspiro de alivio:
–Dios, Tashigi, qué susto…
Rodeó el cuerpo del animal y encontró a la joven en el suelo, tocándose con cuidado la herida de la pierna. Su espada permanecía clavada en la carne del oso, unos pasos por delante de ella.
–¿Está bien el niño? –preguntó contrayendo la cara en una mueca de dolor.
–Está bien, pero ¿y tú? –se acuclilló a su lado –. Oe, te sangra la pierna.
–N-no es nada…
No le hizo caso. Sin pedir permiso le remangó el pantalón hasta la rodilla. Las vendas se habían medio desprendido, pero la herida no tenía un aspecto demasiado malo.
–¡He dicho que no es nada! –exclamó Tashigi, y se apartó, algo turbada.
El niño la miró, le miró a él y se acercó algo temeroso al cadáver del oso.
–¿Lo has matado? –preguntó. Cuando Tashigi asintió con la cabeza, la cara del crío se iluminó con una sonrisa, y Daniel se apresuró a subir al cuerpo peludo del animal, gritando de alegría.
Zoro le miró un momento y se dejó caer sentado con un bufido que era a la vez de incredulidad y alivio.
–Hace dos segundos estaba casi llorando y mírale ahora –resopló. Entonces se fijó en que el crío tenía sangre en la camiseta.
"El oso le ha herido" pensó, preocupado.
Se levantó y fue hacia el niño.
–¡Baja un momento, Daniel! ¿Estás herido?
El chiquillo asomó el cuerpo entre el pelo del oso.
–¡No! –se cogió la camiseta por donde estaba la sangre y se la enseñó –. Me manché.
Zoro se detuvo, perplejo. No les había salpicado sangre del animal en ningún momento… ¿Entonces cómo…?
Sintió una mano que le rozaba el antebrazo y súbitamente notó una punzada de dolor. Tashigi se había levantado trabajosamente, apoyada en su muleta. Cuando el joven la miró, ella bajó la vista hasta su brazo y terminó de deshacer el nudo de su pañuelo.
Entre el hombro y el lugar donde solía llevar el pañuelo había dos heridas de profundidad considerable. La manga de la camiseta estaba medio arrancada y la sangre había empezado a resbalarle por el brazo.
Tashigi extendió el pañuelo y lo anudó de nuevo en torno a las heridas, a modo de venda.
–¿Cómo has podido no darte cuenta de que el oso te alcanzó?
–No es más que un arañazo –respondió él, pero no se apartó.
–¿Arañazo? ¡Pero si está sangrando una burrada! –Tashigi apretó tan fuerte el nudo que Zoro contrajo bruscamente el brazo.
–¡Ay!
–¡Estate quieto, Zoro!
Acabó de vendarle la herida y se volvió para recuperar su Shigure.
–¿Zoro? –preguntó entonces él –. Creí que me seguirías llamando Roronoa de por vida…
Algo incómoda, Tashigi contestó:
–Si voy a viajar con vosotros no puedo seguir llamándoos como si os fuese a capturar.
Zoro se rió.
–Tienes una respuesta para todo, ¿eh?
Daniel pasó corriendo a su lado, y Zoro le agarró por el cuello de la camiseta.
–¿A dónde vas? –le regañó –. No te alejes o te comerán los osos.
–Sé volver a casa –dijo el niño.
–¡¿Y por qué no lo has dicho antes?! –exclamó Tashigi, algo enfadada.
El niño se metió las manos en los bolsillos y se rió con algo de malicia.
–Era divertido ver cómo os peleabais.
Zoro y Tashigi se miraron, pillados en falta. Mientras el niño empezó a retorcerse, intentando que el joven le soltase la camiseta. Al final se escurrió, dejando la prenda vacía en la mano del espadachín.
–¡Eh, vuelve aquí! –gritó Zoro. Le atrapó y se lo cargó debajo del brazo –. Ya que sabes por dónde se va, guíanos.
La situación era tan cómica que Tashigi no pudo evitar soltar una carcajada. Zoro se adelantó.
–Mira tú por dónde –se dijo –, la marine sabe reír…
¡Y fin del capítulo!
Tres cositas: Primero, Vaikai significa "niños" en lituano, para quien le interese (no hay nada como meter palabras en el Google Traductor a ver en qué idioma quedan mejor jajaja).
Segundo: En el Sunny he visto imágenes de los cuartos, y duermen en una especie de camas que cuelgan del techo. No es una hamaca de las de tela, pero tampoco una cama propiamente dicha… al menos eso me pareció a mí.
Y tercero: para los posibles entendidos en biología y bichología lo de "coral selenita" me lo he inventado like a boss, así que no busquéis si existe o no, ni intentéis encontrarle sentido ;)
