Capítulo 7: Nubes de tormenta

–¿Y os acordáis de cuando Zoro se quedó atrapado en una chimenea en Water 7? –se rio Chopper –. Sigo sin saber cómo hizo para perderse tanto y acabar ahí.

Hacía ya dos días que habían zarpado de Vaikai, dos días que se habían sucedido en perfecta calma y sin ningún contratiempo. El mar permanecía tranquilo y el cielo despejado. La tripulación se reunía en la cocina para cenar. Habían empezado hablando de los niños de Vaikai y sin darse cuenta habían acabado rememorando el "incidente" de Water 7 y Enies Lobby (con la excepción de Brook y Tashigi, que simplemente escuchaban y se reían).

–¡Eso fue mala suerte, joder! –protestaba en ese momento Zoro, intentando a la vez defender su plato de la voracidad de su Capitán –. Salté y el viento me arrastró… Una, ¿vale? Había UNA maldita chimenea en toda la zona y fui a caer en ella… ¡Joder, Luffy, eso es mío!

Tashigi reprimió una risita maliciosa. Desde luego, todo lo que contaban sólo podía pasarles a ellos. En la Marina habían vivido aquella situación como un caso de alerta máxima, pero a ellos no parecía importarles que la entrada de Impel Down hubiese sido destruida por una Búster Call convocada por accidente.

Robin estaba con ellos, y podían navegar juntos de nuevo. Eso era todo lo que les importaba.

–Pues yo me reí más cuando Franky amenazó con autodestruirse y Spandam casi se lo hace encima –se rio Usopp, elevando la voz por encima del ruido que hacían el Capitán y su segundo al pelearse por un muslo de pollo.

–¿Y tú cómo sabes eso si no estabas allí? –le preguntó extrañadísimo Luffy, que mientras tanto había ganado la batalla y se había tragado el pollo con hueso y todo.

Todos los Mugiwara se golpearon la cabeza con la mano.

–Luuuuffy, te hemos explicado ya que Sogeking y Usopp son la misma persona –suspiró Nami.

–¡Aaaaaah, ya sé, ya sé! –recordó entonces el capitán.

–Supongo que oirías hablar de nuestra actuación estelar, ¿Eh, Tashi-neechan? –sonrió orgulloso Franky.

La aludida, que estaba reprimiendo un ataque de risa, sonrió aún más:

–Bueno, nunca había oído vuestra versión, y es mil veces más interesante que todos esos malditos informes que tuvimos que leer, copiar y reenviar… ¿Y tú, Robin? –preguntó –. ¿Qué parte prefieres?

–Sin duda alguna, cuando Luffy y los demás desafiaron al mundo para rescatarme. Fue uno de los momentos más felices de mi vida.

–¿Cómo no íbamos a rescatarte, Robin-chan? –exclamó Sanji.

–Pues tú no hiciste mucho, cejas rizadas –incordió Zoro desde su esquina –. Nami tuvo que vencer a tu oponente.

–¡Pero luego vencí a Jabura, el lobo! –protestó ofendido el cocinero –. Además, no importa lo que me pase, ¡Jamás golpearé a una mujer, ni aunque…!

–… ni aunque te cueste la vida, ya –le imitó Usopp con voz cansina –. ¿Sabes, Sanji? A veces es preferible sobrevivir.

Tashigi empezó a hablar antes de que Sanji pudiese decir nada, así que el cocinero, por respeto, tuvo que tragarse su respuesta.

–Creí que todos estabais de acuerdo con eso de no enfrentaros a mujeres –comentó la joven.

–Nah, sólo Sanji piensa así –respondió Usopp restándole importancia con la mano –. Es verdad que no está bien golpear a una mujer, pero si esa mujer te está atacando, entonces es mejor escap… enfrentarse a ella –se corrigió inmediatamente –. ¿Qué te ha hecho pensar que todos pensábamos igual?

Tashigi dirigió la mirada hacia Zoro, que no se dio ni cuenta de por dónde iban los tiros.

Los demás sí.

–Ah, ¿lo dices por Zoro? –intervino Franky –. ¿No venció a la mujer pájaro de Punk Hazard?

–No, perdona, a ésa la derroté yo –le interrumpió ella, algo molesta –. Yo me enfrenté a ella y yo le di el golpe final.

Volvió a mirar hacia el espadachín, que parecía muy ocupado descorchando una botella con los dientes y bebiendo un buen trago de ella.

Entonces resolvió dirigirse directamente a él:

–Sigo sin entender por qué no quieres pelear contra mí

Zoro se atragantó con el sake.

–¿Q-qué? –farfulló cuando se le pasó el ataque de tos –. ¿Aún sigues con eso?

Tashigi se encogió de hombros.

–Me debes una pelea y sigues sin querer concedérmela –dijo simplemente –. ¿Tú qué harías si estuvieses en mi lugar?

–Dejarlo estar de una vez, para empezar –gruñó el joven –. No voy a pelear contra ti. Y punto.

–¿Es eso cierto? –preguntó Luffy –. ¿Le debes una pelea?

Zoro gruñó algo ininteligible contra la boca de su botella de sake, pero no aclaró nada.

–¿Pero por qué? –volvió a preguntar Tashigi –. ¿Acaso no crees que esté a tu altura?

–No estás a mi altura, eso es un hecho.

El ambiente, hasta entonces alegre y desenfadado se puso tenso. Los dos espadachines se encontraban frente a frente, y ninguno desviaba la mirada.

Brook carraspeó y levantó el violín, con la idea de aflojar la tensión que casi podía cortarse y comerse con cuchillo y tenedor.

–Espera un segundo, Brook –dijo Tashigi sin mirarle. El esqueleto de detuvo. Luego, la joven se dirigió a Zoro –. ¿Qué es lo que has querido decir con eso? ¿Qué soy débil?

–Exactamente eso –contestó él –. Y no me merece la pena pelear con débiles de los que luego puede que ni me acuerde.

Se arrepintió casi al instante de haberlo dicho, pero ya no tenía remedio.

Tashigi se levantó golpeando la mesa con ambas manos.

–¡Maldita sea, ERES UN MALDITO MACHISTA, RORONOA! –gritó, y casi tirando la silla al suelo, salió de la cocina y cerró de un portazo.

El comedor quedó en silencio.

–¿Pero tú eres tonto? –Nami le dio una colleja –. ¡Ve ahora mismo a pedirle perdón!

–¿Cómo se te ocurre decir eso? –la pierna de Sanji se estrelló contra su hombro –. ¿No tienes cerebro, maldito espadachín idiota?

–Pero, ¿qué he dicho? –intentó defenderse Zoro, pese a que era perfectamente consciente.

–Zoro, sal ahí fuera y pídele perdón –dijo Luffy, muy serio –. Son órdenes del Capitán.

Zoro se levantó, sintiéndose observado por todos. Salió por la puerta y fue a buscarla. Luffy y Usopp intercambiaron una mirada… y se precipitaron hacia la ventana empujándose para llegar primero.

–¿Tashigi?

No se dio la vuelta. No quería que viese lo mucho que le había dolido. No iba a darle esa satisfacción.

–Tashigi, lo siento…

No contestó. Se secó una lágrima de rabia y siguió mirando el mar con gesto impasible.

–Oye… Lo dije sin pensar, de verdad…

Nada. Ni la más mínima reacción.

–Tashigi, te estoy hablando –dijo, molesto por su silencio.

–¿Qué, ya te han obligado a que vengas a disculparte? –habló, sin darse la vuelta –. No pases el mal trago, estoy bien.

–Oye, lo siento –insistió él –. Ya te lo he dicho, no sé qué más quieres…

–No quiero nada. Quiero que me dejes en paz.

Desde la ventana de la cocina, siete caras se disputaban el hueco para mirar, empujándose unas a otras.

–¡Aparta! Tú ya has visto mucho…

–¡No me empujes!

–¡Quita tu cara de goma, que no eres transparente!

–¡Aaaaaay eso era mi pie!

–¡Eh, estaros quietos, que no se oye!

–No me estoy enterando de nada…

–¡Psst! ¡Robin! ¿Qué han dicho?

Robin sonrió desde su sitio. En el timón, muy cerca de donde discutían los dos espadachines, había crecido de repente una oreja.

Zoro bufó, algo molesto.

–Escucha, no iba en serio –le puso una mano en el hombro –. Son cosas que se dicen sin pensar…

Tashigi le apartó la mano y se volvió. Estaba muy enfadada.

–¡Pues para variar podrías pensar un poco! –le gritó –. Sabes que tengo tanto derecho a ser espadachín como tú… ¡Y sigues riéndote de mis esfuerzos, como si no valieran nada!

Zoro sintió una punzada de culpabilidad y remordimientos cuando a la joven se le escapó una lágrima. Tashigi se la secó con el dorso de la mano y siguió gritándole.

–¡No tienes ningún derecho a decirme que soy débil! –le empujó hacia atrás y se enfadó aún más cuando él no solo no se movió un ápice sino que se cruzó de brazos –. Sé que es cierto, que el brazo de una mujer tiene menos fuerza que el de un hombre… ¡Pero esa clase de verdades duelen! ¿Sabes? Duelen mucho…

–Te acabo de decir que no iba en serio…

–Claro que iba en serio. Es lo que piensas. Que soy una inútil, una torpe y que no valgo nada.

–¡Mentira! –Zoro empezaba a enfadarse –. Yo no pienso eso.

–Lárgate, Roronoa.

–Genial, ahora soy otra vez Roronoa… –ironizó él.

–¡Vete al infierno! –le gritó ella –. ¡No sé por qué te ayudé en el puerto! ¡Sólo eres otro idiota que cree que el mundo es suyo por ser hombre y tener una espada! ¡No tienes ningún derecho a…!

–No sabes nada de mis motivos, así que mejor cállate –le increpó Zoro, bastante cabreado.

–¡Tú tampoco tienes ni idea de los míos y no has dejado de reírte de ellos! –contraatacó Tashigi –¡Cuando lleguemos a puerto voy a demostrarte de lo que soy capaz, y tendrás que luchar! ¡Me importa un bledo si me parezco a esa amiga tuya, suponiendo que ella existiese de verdad!

–¡CIERRA ESA MALDITA BOCA! –estalló Zoro –. ¡No sabes nada sobre…!

Un golpe de viento movió las velas e hizo que el barco cabecease. Tashigi perdió el equilibrio y cayó sentada en el suelo.

Inmediatamente después, Nami ya había salido al exterior.

–¡Se avecina una tormenta! –gritó tras sentir el viento en la piel.

Zoro le dirigió una última mirada asesina a Tashigi y trepó por el palo mayor para arriar la vela. Fue Sanji el que la ayudó a levantarse.

Franky se dirigió al timón e intentó dirigir el barco.

–Será mejor que entres dentro, Tashigi-chan –le dijo Sanji –. Aquí puedes caerte al agua si no tienes cuidado…

–Quiero ayudar –le salió un tono de voz más frío de lo que pretendía –. No soy ninguna inútil.

–No quería decir…

–Da igual –se dirigió hacia Nami –.¿Puedo ayudar en algo?

La tormenta llegó. Tashigi había presenciado muchas tormentas a lo largo de sus viajes con el Capitán Smoker, pero nunca en barcos con tan pocos tripulantes como el Sunny. Cada minuto que pasaba era como si el mar quisiese hundirlos con todas sus energías, y cada vez que salvaban un remolino, una ola o evitaban un choque contra rocas y corales sumergidos era una pequeña victoria.

Nami dirigía desde el puente las maniobras, que con la lluvia se hacían realmente difíciles.

–¡Luffy, sube y despliega las velas! –gritó de pronto.

–¡Si hago eso van a romperse! –rechistó el joven sujetándose el sombrero.

–¡Hazme caso! ¡Va a venir un golpe de viento que puede que nos saque de aquí!

Luffy subió al palo mayor y desplegó la enorme vela con ayuda de Zoro. De pronto el barco dio un bandazo. Intentaron sujetarse, pero la madera estaba empapada y se les resbalaron las manos.

Zoro chocó de espaldas contra la cubierta. Luffy no tuvo tanta suerte: cayó al mar.

–¡Luffy se ahoga! –gritó Tashigi. Se dirigió a toda prisa hacia la borda pero Zoro llegó antes que ella. Sacudiéndose de encima el aturdimiento del golpe, el espadachín saltó por encima de la barandilla y se lanzó al mar tras su capitán.

Le vieron nadar un trecho y sumergirse.

Sanji, agarrando un rollo de cuerda, se ató un extremo a la cintura y se lo tendió a Tashigi.

–Átalo a alguna parte, voy a por ellos –se descalzó, aunque para lo mojados que tenía ya los zapatos no merecía la pena –. Las olas son demasiado fuertes para abrir la escotilla, y no creo que tenga fuerzas para…

Algo golpeó el casco del barco. Se asomaron ambos. Sanji resopló cansinamente y deshizo el nudo de la cuerda.

–Cierto, estamos hablando de ese maldito espadachín cabezota…

–¡Lanza la escalerilla, cocinero idiota! –gritó Zoro desde abajo.

A duras penas conseguía mantenerse a flote y al mismo tiempo sostener la cabeza de Luffy por encima del agua.

Antes de que Sanji lograse echarles la escalera, el barco dio otro bandazo. El casco golpeó a los dos jóvenes, que por unos segundos se hundieron entre la espuma. Zoro volvió a emerger, tosiendo e intentando agarrarse a las maderas del Sunny con las uñas, sujetando a Luffy con el otro brazo.

Sanji lanzó la escalera y el joven comenzó a subir por ella. Cuando la mano de Zoro se agarró a la barandilla, Tashigi y el cocinero le sujetaron por la ropa, tirando de él para evitar que se cayera. Le quitaron el peso de Luffy de encima y le ayudaron a subir. Pronto se encontró a gatas en la cubierta, tosiendo y escupiendo agua.

Luffy, a quien Chopper había tendido boca arriba, se incorporó, también tosiendo.

–Gracias, Zoro –dijo con su eterna sonrisa.

Zoro sacudió la cabeza, restándole importancia.

No hubo tiempo de hacer o decir nada más. La vela, que aleteaba suelta, fue sujeta por las manos florecidas de Robin y atadas por Brook a su lugar en la parte de abajo del mástil, y los demás corrieron a ayudar a sus compañeros a asegurar el barco.

Poco a poco, la tormenta fue amainando.

Cuando el sol salió por el este, los primeros rayos descubrieron un magnífico barco con un león como mascarón de proa, y a diez personas agotadas tiradas de cualquier manera en cubierta. Franky se incorporó a regañadientes para echar el ancla.

Apenas se hubo levantado, Chopper empezó a examinarles a todos. No había habido daños graves, a lo sumo algunos moratones o pequeñas rozaduras producidas por el correr de las cuerdas.

Tashigi se fijó de pronto en Zoro, que se había quitado a regañadientes la camiseta para que Chopper pudiese ver si estaba herido. Se había destrozado los dedos de la mano derecha al agarrarse a la madera del Sunny, y tenía la espalda y los brazos llenos de morados debido a la caída desde el mástil. Un golpe así podría haberle matado, pero era como si nadie excepto ella le diese importancia. Todos conocían muy bien al joven, sabían que una caída no era suficiente para matarle.

Tras comprobar que todo estaba en orden, se metieron en los camarotes.

Durmieron hasta el atardecer, pues estaban tan agotados que no habrían podido mover ni un solo músculo de no haberlo hecho. Al fin y al cabo, la tormenta les había mantenido toda la noche en vela.

Cuando Zoro abrió los ojos se sorprendió al ver que nadie más estaba levantado. Normalmente era él el último en despertar.

Salió a cubierta.

La única en pie parecía ser Tashigi. Estaba apoyada en la barandilla, mirando cómo se ponía el sol.

Vaciló antes de acercarse. Por alguna razón ya no estaba tan enfadado con ella, y sentía que tenía que disculparse. Inspiró hondo.

Ella notó su presencia, pero no se volvió.

–No quiero discutir contigo –dijo –. Lárgate.

Zoro hizo un amago de irse, pero no había dado ni dos pasos cuando se dio la vuelta y volvió.

–Tashigi, lo siento muchísimo –por primera vez su disculpa sonó sincera –. Te juro que no quería herirte ni mucho menos reírme de tu sueño. Sé que cualquier cosa que te diga ahora va a sonar a excusa barata pero… muchas veces nos reímos de lo mal que pinta Luffy o lo cobarde que es Usopp o de mi orientación y… –se detuvo –. Da igual, supongo que intenté hacer una broma y me pasé. Lo siento, de verdad. Te considero tan capaz de ser una espadachina insuperable, como cualquier hombre.

Tashigi se dio la vuelta con la cabeza gacha.

–No pasa nada… Yo también siento lo que te he dicho –intentaba disimular, pero Zoro se dio cuenta perfectamente de que estaba llorando –. Sé que perdiste a alguien y que yo te recuerdo a ella… no tengo derecho a insultar su memoria por esa tontería… No sé por qué le doy tanta importancia… al fin y al cabo… Mierda, ¿Por qué estoy llorando? –se tapó la cara con las manos.

Zoro la abrazó.

Sanji se había despertado al oír cerrarse la trampilla del camarote. Había subido a la cocina a preparar algo de comer, porque sabía que la tripulación despertaría con un hambre de lobo.

Efectivamente, al entrar en la cocina se encontró el cepo para ratas cerrado sobre la nariz de Usopp.

–¿Cuántas veces –le regañó mientras abría la trampa –, os he dicho que no robéis comida de la nevera?

–A mí ninguna, normalmente se lo dices a Luffy –se quejó el tirador frotándose la dolorida nariz –. ¿De verdad no tienes otro método para proteger la comida? ¡Eso duele!

Sanji resopló, enfadado.

–Desde que Luffy aprendió a abrir la cerradura de la nevera, el candado no vale para nada… Me gustaría saber qué utiliza para abrirlo…

Usopp se escondió disimuladamente una horquilla de pelo en la muñequera. Era mejor que Sanji no descubriese que habían saqueado el neceser de Nami, o se cabrearía mucho.

Para cambiar de tema miró por la ventana. Le hizo una seña a Sanji.

–Psst. ¡Mira!

Tashigi separó la cara del pecho del joven. Fijó la vista en el suelo mientras se secaba las lágrimas con la manga.

–Te he dejado la camiseta empapada… Lo siento –se disculpó.

Zoro se echó a reír.

–¿Qué más da? Estaba ya empapada por la tormenta, no creo que pase nada por unas gotas más…

Se dio la vuelta, sorprendiendo las caras de Sanji y Usopp pegadas al cristal.

–¡¿Qué hacéis vosotros ahí?! –gritó, enfadado.

Los dos jóvenes se apartaron del cristal y fingieron hacer otra cosa. En el momento en el que Zoro abría la puerta para pedirles explicaciones, Luffy le pasó por encima sin ningún cuidado.

–¡Saaaanji, tengo hambre! –gritó.

Nadie tenía sueño, así que la fiesta que se inició después de cenar se prolongó hasta bastante tarde. Alrededor de las cuatro de la mañana decidieron repartirse los turnos de guardia y se fueron a dormir.

Sólo quedaron en cubierta Zoro, que le había tocado la primera guardia, y Tashigi, que por alguna razón estaba haciendo tiempo en la cocina, ordenando algunos de los cacharros que Sanji había puesto a secar.

Cuando acabó, salió afuera, encontrándose con el espadachín tumbado en el césped, aparentemente dormido.

Aparentemente, porque no lo estaba.

–Oye… ¿seguro que estás bien? –dijo ella.

Zoro abrió un ojo.

–¿Por qué no iba a estarlo? –preguntó a su vez.

–Hace unas horas te has caído de lo alto del palo mayor… ¡podrías haberte matado!

Para su sorpresa, el joven se echó a reír. Algo confusa, tuvo que esperar a que las carcajadas del espadachín cesasen para poder entender la causa. Al cabo de un rato, Zoro se incorporó:

–A lo largo de mi vida me han pateado, golpeado, apuñalado, abierto en canal, agujereado, lanzado por los aires, convertido en un muñeco de cera, quemado, casi cortado en pedazos, desgarrado con alambre de espino, electrocutado, casi ahogado, atravesado por una lluvia de agujas, envenenado y aplastado. He estado a punto de morir tantas veces que ya ni me molesto en contarlas. De hecho, creo que me he dejado alguna... ¿De verdad piensas que una caída iba a matarme?

–Los más fuertes suelen morir de las formas más simples –debatió ella.

La sonrisa desapareció de la cara de Zoro. Giró la cabeza hacia el horizonte.

–Los más fuertes… –murmuró.

Pasaron los minutos sin que se atreviese a decir nada más. Zoro se levantó y se fue con las manos en los bolsillos, dejándola con la sensación de haber dicho algo que no debía. Repasó mentalmente su conversación, pero no encontró nada.

–No debiste decir lo de los más fuertes.

Se volvió, sobresaltada. Robin se apoyó en la barandilla y la miró con su eterna media sonrisa.

–¿Por qué no? –preguntó Tashigi, confundida –. Era sólo un comentario… no hay nada de malo en ello.

–Para ti tal vez no, pero para Zoro significa algo más que lo que pretendías decir.

Tashigi se acodó en la barandilla, a su lado.

–Explícate –reclamó.

–Ése fue el caso de Kuina –dijo ella, lisa y llanamente –. Ya sabes, su amiga de la infancia. Se cayó por una escalera y se rompió el cuello. Ella era… el objetivo de nuestro espadachín, era la persona que siempre iba un paso por delante de él, su eterna rival… y sospecho que su mejor amiga.

–No lo sabía… –murmuró Tashigi, apesadumbrada. Y pensar que había llegado a acusarle de inventarse a aquella persona sólo para no pelear con ella…

Robin sonrió, comprensiva.

–No tenías por qué saber que no le gusta hablar de ella –la consoló –.Ve a hablar con él. No creo que esté enfadado contigo, pero esa clase de pérdidas nunca se olvidan.

No tuvo que buscarle mucho. Estaba subido al tejado de la casita del palo mayor, con unas pesas en la mano derecha.

–Zoro…

La miró de reojo sin detenerse. Tashigi se sentó a su lado.

–Lo siento.

No dijo nada, pero dejó a un lado las pesas.

–De verdad que lo siento –insistió ella –. No sabía que… bueno… que…

–No es nada.

Zoro se puso de pie y le tendió una mano para ayudarla a bajar.

Por primera vez desde que se conocían (en Punk Hazard había permitido que Zoro se la cargase al hombro sólo y únicamente porque se había desmayado y no estaba en pleno uso de sus facultades mentales), Tashigi aceptó la ayuda del espadachín y bajó a cubierta, seguida por él. Luego, cada uno se dirigió a su camarote, sin decir nada más.

Entrando en el de las chicas con cuidado de no despertar a Nami, Tashigi cayó en la cuenta de una cosa:

Llevaba más de tres años persiguiendo a aquel hombre para arrebatarle su Meitou y sabía tan poco de él como la primera vez que se encontraron en Longuetown.

Esta vez he intentado tardar menos en subir… espero que os esté gustando, gracias de nuevo a todos los que comentáis, alzo mi copa por vosotros Campai!

Errores y preguntas en los reviews. Arigató!