Capítulo 9: Absolutamente nada

Tal y como pidiera Sanji en el capítulo anterior, Nami guió al Thousand Sunny hacia una isla a la que llegaron pasados dos días y la mañana del tercero.

En el momento en que la voz de Zoro, medio dormida, avisó por los altavoces que se veía tierra, Luffy ya estaba sacando un pie del barco con la lengua fuera, sin poder controlar la emoción. Nami lo detuvo haciendo gala de unos reflejos bien entrenados para un solo propósito: cazar al loco de su capitán por el cuello de la camisa antes de que hiciese alguna barbaridad. Tras ella, Usopp sacó, resignado, las gastadas pajitas que utilizaban para sortear quién se bajaba con el Capitán, ocupándose de vigilar que no rompiese nada y probablemente teniendo que huir, y quién se quedaba a salvo en el barco.

Como siempre, la mala suerte seguía pegada a las espaldas del tirador cual indeseable garrapata; él, Brook y Zoro fueron los elegidos para sacar a Luffy de paseo.

Nami esperó pacientemente a que Sanji dijese cuán feliz estaba de quedarse con las tres mujeres a bordo, pero el cocinero no dijo nada, solamente extendió la mano para darle a Brook la lista de la compra. Ni siquiera se quejó cuando Robin decidió por su cuenta que le apetecía bajar a explorar y estaría de vuelta en dos horas. Miró extrañada al cocinero, que estaba bastante pálido, pero no le dio tiempo a preguntarle nada: Franky apareció en su campo de visión para pedirle dinero:

–Necesitamos más cola y algunos materiales, Nami-neechan –explicó –. Prefiero comprarlos yo mismo.

Zoro se acomodó en la parte central del Mini Merry y se dispuso a echar una cabezada hasta que llegasen a la orilla. Abrió el ojo justo para ver a Tashigi bajar por la escalerilla, vestida con una camisa de Robin y unos pantalones de Nami.

–Necesito algo de ropa –explicó cuando Usopp le preguntó si no prefería quedarse a bordo. Le dirigió una mirada de reojo a Zoro, que pasó olímpicamente de ella para gritarle alguna burla a Sanji que, para extrañeza de Nami, no contestó.

Tashigi se sentó en el bote, algo frustrada. No entendía al espadachín ni las razones que podría tener para ignorarla de ese modo; en Vaikai y al terminar la tormenta había sido hasta amable con ella, ¿por qué ahora se comportaba de un modo tan distante?

Al final sólo Sanji, Nami y Chopper permanecieron a bordo.

Nami, decidiendo que hacía un día soleado y maravilloso, sacó todos sus mapas y los apiló en la mesa bajo la sombrilla, sujetos con uno de los tomos de Robin a modo de pisapapeles. Luego empezó a dibujar el contorno de la isla a la que acababan de llegar, comparándolo con viejos mapas del Grand Line que había "tomado prestados" en diferentes lugares.

Chopper se sentó junto a ella a hojear un viejo manual de medicina experimental que Zoro había encontrado por casualidad en otra isla. Los "por casualidad" que se aplicaban al espadachín solían ser más bien un "me perdí y en vez de encontrar la carnicería acabé metido en una librería antediluviana".

Sanji, en cambio, se metió en los dormitorios murmurando que estaba cansado y que había dormido mal. Era extraño, pero Nami lo dejó estar.

Zoro dobló una esquina y entró en una calle bastante concurrida en la que había una serie de puestecillos. Como de costumbre, Luffy se había perdido de vista en el instante en que puso la suela de la sandalia en tierra. Sabían que aparecería tarde o temprano, lo preocupante era intentar intuir cuántas cosas habría roto y cuanta gente armada, del Gobierno o simples funcionarios de la aldea, lograría llevar pegados a los talones. El espadachín había hecho una apuesta con Franky y Usopp poco antes de que todos se separaran para buscarle y a la vez comprar los suministros necesarios para embarcar durante por lo menos dos semanas más: El cyborg sostenía que intentarían atraparle tres tenderos y dos guardias. Zoro, que le perseguirían quince marines y un anciano veterano de guerra. Usopp, que vendría delante de una trouppe de diez titiriteros, dos carniceros, una vendedora de artículos de vidrio, un mendigo borracho y un número indefinido de transeúntes enfurecidos.

Zoro no tenía prisa ninguna por volver al barco: aunque a ojos de cualquier extraño pareciese un tipo antisocial y hosco, le encantaba el alegre bullicio de las pequeñas aldeas.

Para su disgusto, no había marines a la vista, ni en barcos en la costa ni en cuarteles en el pueblo. Eso echaba por tierra su oportunidad de ganar la apuesta.

Había pensado pasear un rato por entre los puestos del mercadillo cuando su recientemente mejorado Kenbunshoku Haki detectó a alguien que le seguía.

¿Amigo? ¿Enemigo? ¿Un simple curioso?

A juzgar por los pasos era una sola persona.

Resopló cuando, al pasar por un puesto de espejos, vio quién era.

Aceleró el paso y se metió por una bocacalle. Luego saltó sobre un toldo, trepó sin apenas esfuerzo por una pared y subió por el tejado inclinado de la casa, cuidando de no soltar ninguna teja (Assassins Creed Time!). Saltó por el otro lado y corrió por los callejones, intentando volver a la calle principal, seguro de que había burlado a su molesta perseguidora.

Acabó en el claro de un bosquecillo, completamente convencido de que al pueblo le habían crecido patas y había huido de él. ¿Y lo peor? Su Haki sintió la presencia de la joven antes de que sus oídos oyesen los pasos en la hierba.

Se volvió, bastante frustrado:

–Creí que la ventaja de tenerte en nuestro bando –espetó –, era que dejarías de seguirme a todas partes.

Tashigi apoyó una mano en la empuñadura de Shigure y se colocó bien las gafas.

–Me debes una pelea, ¿recuerdas? Y ya no estamos en el barco.

–¿Otra vez con eso? –se quejó –. No quiero pelear contigo.

–No tiene por qué ser a muerte, ni siquiera a primera sangre –intentó convencerle ella –. Sólo quiero practicar un poco, hace tiempo que no utilizo la espada…

–Mataste al oso de Vaikai, eso es suficiente.

Se dio la vuelta para marcharse, justo en dirección contraria de donde pretendía ir, como siempre. Tashigi suspiró:

–Es por ahí –apuntó a su espalda. Él se volvió soltando una maldición –. Eres una persona difícil de analizar, ¿lo sabías?

Zoro arqueó las cejas, no sabiendo si tomárselo como un insulto o como un cumplido.

–Explícate.

–No logro comprender por qué no quieres pelear conmigo –dijo ella –. Primero pensé que no peleabas con mujeres, pero después de Punk Hazard tuve que rechazar esa teoría. Y sin embargo, cada vez que nos encontramos, o huyes o no presentas batalla como es debido.

"Y siempre me vences" pensó, pero eso no lo diría en voz alta. Jamás.

Zoro se la quedó mirando, y ella le sostuvo la mirada. Al final el espadachín resopló y desenvainó a Sishui. Tashigi extrajo su Shigure de la funda, pero no se puso en guardia.

–¿Te importaría no tratarme como a una cría otra vez? –espetó, molesta –. Enfréntate a mí con todo lo que tengas, sé lo que hago.

Zoro bufó, pero desenfundó a Wadou Ichimonji y se la puso en la boca.

–Como quieras –dijo a través de la empuñadura. Sandai Kitetsu relampagueó al salir de su funda, tan ávida de sangre como siempre –, si te hiero no quiero oír ninguna queja.

–Descuida –contestó ella, y se lanzó hacia delante.

La puerta que llevaba a los camarotes de los hombres se abrió, y Sanji salió por ella, sin chaqueta ni corbata y con la camisa arrugada y abotonada a medias.

Nami levantó la cabeza de los mapas que estaba estudiando:

–¿Sanji-kun?

El cocinero fue hacia un lado de la cubierta y se desplomó sobre la barandilla. Alarmada, Nami saltó de la silla y llegó hasta él al mismo tiempo que Chopper.

Tras un breve reconocimiento, el médico diagnosticó:

–Es gripe, como la de los niños de la isla. No es grave, pero tiene que ser tratado inmediatamente.

Nami ayudó a Sanji a llegar hasta la enfermería. Ahora entendía por qué llevaba actuando raro desde por la mañana.

Chopper hizo un par de mezclas con sus medicinas y separó el resultado en varios vasos. Uno de ellos se lo pasó a Nami. La joven fue a dárselo al enfermo, pero el médico la detuvo.

–Ése es para ti.

–¿Para mí?

–Es una medida preventiva –explicó –. Puede que te cause un ligero malestar esta noche, pero evitaremos el contagio.

Nami olisqueó el medicamento y finalmente apuró el vaso de un trago.

–Qué asco… –comentó.

Franky salió de la tienda de costado y agachando la cabeza, para que sus enormes hombros pudiesen pasar por el quicio. Había tenido problemas para pasar las manazas, pero lo había conseguido.

Estaba de bastante buen humor, el cielo estaba claro, el sol brillaba y no había un solo marine en todo el pueblo (exceptuando a la que llevaban con ellos). Dando por supuesto que Zoro no podía ganar su apuesta, y que la de Usopp era demasiado exacta para cumplirse, todo indicaba que Franky el Cyborg había ganado.

Todo el mundo le estaba mirando, y unos cuantos chiquillos le seguían tímidamente desde el principio de la calle. Sonrió y se subió las gafas con el pulgar

–¡Qué pasa, chavales! –exclamó, y apretó el botón bajo su nariz. El pelo azul pasó de estar casi rapado a despuntarse en todas direcciones como un erizo.

Exclamaciones de asombro, un "mira, mamá, un señor con el pelo raro" y un par de manitas que se adelantaron para tocarle.

Justo lo que esperaba.

Adoptó su "Súper Pose", arrancando más exclamaciones de sorpresa y, dejando las bolsas en el suelo, ayudó a unos cuantos niños a subirse a sus hombros, e incluso les dejó que pulsaran su nariz para cambiar el peinado las veces que quisieran.

Entonces un griterío que venía del otro lado del pueblo asustó a las madres, que se llevaron a sus hijos a toda prisa.

Desde lejos, Franky vio venir a tres personas a la carrera.

–¡Yohohohohohohohoho! ¡Franky-san, tenemos problemas! –exclamó una de ellas, la más alta. Tras ésta, otros dos jóvenes corrían todo lo rápido que podían, el primero casi llorando, el segundo partido de risa.

Como Brook era el que tenía las piernas más largas fue el primero en llegar hasta Franky y detenerse a explicarle la situación:

–Cuando encontramos a Luffy-san se había metido en dos carnicerías y traía la boca llena de carne. Para huir de los carniceros se metió en un teatro por una ventana y rompió el decorado. Tropezó conmigo al escapar de allí y chocó contra el expositor de una tiendecilla de objetos de cristal, dándole de paso un golpe a la botella de sake de un mendigo que pasaba por ahí, derramando todo el contenido encima de unos cuantos pobres ciudadanos. ¡Huye, porque nos persiguen! –dijo de un tirón y casi sin respirar.

Franky parpadeó y movió la cabeza, sin acabar de creerse lo que había oído:

–¿Qué?

–¡Que he ganado la apuesta! –gritó Usopp pasando por su lado sin detenerse –. ¡Ahora corre!

Aún llegó a oír la carcajada de Luffy antes de ver una enorme polvareda doblar la esquina, tras ellos.

Maldiciendo a los cuatro vientos, Franky agarró sus bolsas y puso pies en polvorosa.

Tashigi desvió a Sishui y tuvo que esquivar un golpe de la Kitetsu. Empujó su espada contra la de su oponente para alejarse un poco y recuperar el aliento. Por encima de Wadou, los ojos de Zoro parecían retarla a que volviese a intentar esa táctica. El espadachín lucía una sonrisa burlona que ni la empuñadura de la espada podía cubrir.

"Décimo asalto" pensó mentalmente Tashigi, y se lanzó de nuevo al ataque.

Creyó haber visto una abertura, pero fue una ilusión momentánea: cuando dirigió allí su espada encontró el acero de Zoro en su camino. Al mismo tiempo vio venir el filo de Kitetsu hacia su cara.

Zoro se detuvo cuando ella ahogó un gemido de dolor y se dejó caer en la hierba, de espaldas a él. Bajó las espadas, súbitamente preocupado:

–¡Oi! ¿Estás bien? –se agachó junto a ella, intentando ver a través de los dedos con los que se cubría la cara.

Entonces Tashigi se incorporó de golpe, haciéndole levantarse como un resorte y trastabillar hacia atrás. La joven se lanzó contra él, espada en ristre. Zoro alzó a Sandai Kitetsu para rechazarla, pero en el último momento ella hizo un quiebro y el espadachín dio de espaldas contra el tronco de un árbol.

Estuvo a punto de alcanzarle. Logró reaccionar a tiempo, haciendo un rápido movimiento con Sishui. Shigure salió volando y chocó contra el suelo unos metros más allá.

Tashigi perdió el equilibrio y tropezó. Adelantó la mano para agarrarse a algo y topó con el pecho de Zoro.

Las caras de ambos se quedaron muy cerca, tan cerca que cuando alzó la cabeza, la nariz de Tashigi rozó la empuñadura de Wadou Ichimonji.

Se quedaron mirando un momento. A Zoro le dio la impresión de que el corazón se le iba a salir del pecho, y algo empezó a mariposearle en el estómago.

Tashigi apartó la vista, azorada. Se separó con un murmullo de disculpa y fue a recoger a Shigure. Al darse la vuelta no vio cómo Zoro se llevaba la mano al pecho, más extrañado que preocupado. ¿Qué había sido ese vuelco de hacía un momento?

–Me vuelvo al Sunny –dijo de pronto, y enfundó sus katanas.

–Zoro…

Se volvió hacia ella con el ceño fruncido:

–¿Qué? –espetó, molesto e incómodo.

Tashigi señaló hacia otro lado:

–Es por ahí.

Ahora hasta la joven pudo darse cuenta de cómo enrojecía hasta la raíz. Soltando una maldición por lo bajo empezó a alejarse en la dirección que ella le señalaba. Tashigi le siguió, pensando qué podía decir para romper aquel silencio tan incómodo.

–¿Sabes? No creí que el viejo truco de fingir que me había hecho daño iba a funcionar contigo –dijo, algo burlona –. Creí que no te importaba si me herías o no.

–Cállate –fue la seca respuesta.

–¡Dios, Chopper, esto es asqueroso!

Usopp se aguantó una arcada y secundó la queja de Zoro.

–¡Es peor que lamer el casco de un barco encallado!

Luffy se echó a reír

–¿Y tú como sabes eso, Usopp?

El tirador no estranguló al joven porque era su mejor amigo. Habían llegado a la carrera hasta el Sunny, descubriendo entonces que ni Robin ni Zoro ni Tashigi habían llegado. Mientras Nami les gritaba que ni se les ocurriese llevar la pelea al barco, tuvieron que encargarse en la misma playa de todos los que perseguían al muchacho del sombrero de paja y a su banda.

La única ventaja era que había ganado la apuesta. A regañadientes, Franky y Zoro tuvieron que desembolsar algunas monedas con las que pagar al triunfador.

–¿Se puede saber qué mierda nos has dado? –protestó Franky –. Soy un cyborg, ¡no puedo ponerme enfermo!

–Nunca he tratado a un cyborg con gripe, pero nunca se sabe –insistió el reno –. Si no estáis infectados del virus, esto impedirá que Sanji os contagie…

Robin dejó su vaso en la mesa, sin ningún comentario acerca de su sabor. A su lado, Tashigi arrugó la nariz pero tampoco dijo nada. Si era necesario beberse aquello, pues se hacía y punto. No quería ser una carga en el barco, bastante habían cuidado de ella hasta el momento.

Sanji estuvo el resto del día con fiebre alta. Según Chopper, aquella enfermedad podía durar una semana o más, y tenía peligro de recaídas.

–No lo notamos hasta ahora porque el virus tarda unos días en incubarse –explicó al resto de la tripulación –. Quiero haceros una revisión uno por uno, y si durante éstos días os encontráis mal quiero que me lo digáis enseguida.

Todos asintieron. Usopp le dio un codazo a Tashigi y le enseñó tres dedos. La chica leyó la cuenta atrás en los labios del tirador mientras bajaba cada dedo. Apenas hubo cerrado la mano completamente, Luffy preguntó:

–¿Y la comida?

–Necesito un favor

–[…]

–Es Tashigi. Desapareció hace quince días del cuartel donde se vio por última vez a la banda de Monkey D. Luffy.

–[…]

–Ya lo sé, por eso te estoy pidiendo a ti que la busques, yo no puedo marcharme de aquí aún.

–[…]

–Sí, órdenes de Akainu…

–[…]

–Sí. Asegúrate de que está bien.

–[…]

–No seas imbécil, podría ser mi hija. Pero es una buena Capitana y una muchacha que sabe pensar por sí misma. Además, es muy valiosa para los cabrones del G-5. La quiero de vuelta antes de que se amotinen y tenga que darles una paliza.

Smoker colgó el den-den mushi y abrió la puerta, donde volvió a encontrarse a algunos de sus "cabrones" escuchando.

–¡Vicealmirante! Nosotros…

–Apartad, idiotas –escupió el hombre –. Ya he enviado a alguien a buscarla, ¡así que sacad vuestros culos de aquí y poneos a trabajar, panda de inútiles!

No dijo quién era su interlocutor, y los marines del G-5 tuvieron el suficiente tacto para no preguntarlo.

No debía ser alguien de la Marina, si el Vicealmirante lo mantenía en secreto.

–¿Qué quieres que te examine? –preguntó Chopper, sorprendido –¿Quién eres y qué has hecho con Zoro?

–Vamos, Chopper, dijiste que si había algún problema acudiésemos a ti… –replicó el joven, molesto.

–Tú nunca me haces caso… –refunfuñó el animalito. Recuperó enseguida su profesionalidad y preguntó, preocupado –. ¿Te encuentras mal?

Zoro dudó antes de contestar:

–Últimamente el corazón se me acelera sin motivo aparente.

Chopper se precipitó a por su fonendoscopio.

–¡Eso es grave, podrían ser taquicardias! –empezó a auscultarle meticulosamente –. ¿Hace cuanto que te pasa?

–No lo sé –contestó –, desde hace unos días. Me he dado cuenta hoy después de una lucha con Tashigi.

Chopper repasó mentalmente el cuadro de síntomas de la gripe y comprobó que las taquicardias no estaban entre ellos. Tendría que hacerle un análisis por si acaso, pero no creía que el espadachín hubiese sido contagiado.

Zoro no era idiota. Sabía perfectamente que a su corazón no le pasaba nada, pero sólo quería asegurarse. Esperó pacientemente a que Chopper terminase de auscultarle y de sacarle una muestra de sangre, y luego salió a cubierta y se tumbó en el césped.

"Y ahora ¿qué?" pensó. Chopper no le había encontrado nada raro, así que no le quedaba otra que empezar a aceptarlo.

Era cosa de la joven marine.

La primera noche que Tashigi había pasado a bordo, ella había dormido prácticamente encima de él. Robin se lo había comentado, pero él le había restado importancia. Estaban ambos muy cansados aquella vez, se justificó. También había pasado tiempo con ella en Vaikai, pero se dijo que había sido cosa de Chopper, que la había dejado a su cargo.

Sin embargo, no fue hasta después de la tormenta cuando se dio cuenta de lo que pasaba: cada vez que veía a Tashigi el corazón le daba un vuelco y tardaba unos minutos en recobrar su ritmo habitual. No podía herirla, pero eso no era novedad. Lo que sí lo era el hecho de que tampoco quería verla herida por nadie más.

Y cuando la miraba le costaba cada vez más pensar en Kuina, aunque siguiesen pareciéndose como si fuesen hermanas.

Frunció el ceño. ¿Desde cuando llevaban las cosas así sin él enterarse?

Aproximadamente… ¿desde Punk Hazard?

No lo sabía y tampoco le importaba. ¿En qué puñetas estaba pensando? Él tenía que ser el mejor espadachín del mundo, no un cualquiera babeando por una mujer, ah no, eso le hacía demasiado parecido al cocinero… ¡Además, por el amor de dios, esa mujer quería quitarle su meitou!

Tras la tormenta había confiado en que alejarse un poco de ella, evitarla, ayudaría a dejar de pensar en tonterías. Joder, era sólo una mujer, una mujer entre cientos de ellas en todo lo largo y ancho del mundo, estaba seguro de que la olvidaría en cuanto lo intentase con un poco más de empeño. Debía centrarse en su objetivo: derrotar a Mihawk.

¡Pero la condenada mujer no paraba de seguirle a todas partes!

¿Por qué había aceptado la estúpida pelea en el bosque del pueblo? No había hecho más que empeorar las cosas.

Se llevó las manos a la cabeza y resopló.

–¿Te encuentras bien, Zoro?

Abrió un ojo para encontrarse con Robin mirándole desde arriba.

Maldición, la arqueóloga podía leerle con tanta claridad como al resto de la tripulación. Precisamente por eso se llevaba bien con ella, porque entre ellos no era necesario hablar para saber, en eso eran muy parecidos.

Pero ahora mismo no le venía nada bien la habilidad de percepción de su nakama.

Ella se sentó junto a él y, como siempre, simplemente sonrió. Zoro maldijo mentalmente: seguro que ya sabía lo que pasaba.

–Os vi en el bosque esta mañana –dijo Robin de pronto –. Es buena chica.

–¿Y? –dijo, sin incorporarse –. ¿Qué pasa con eso?

Robin le miró un momento y volvió a sonreír misteriosamente, entendiendo.

–Nada –contestó suavemente –. Absolutamente nada.

Esto está siendo complicado… intentar poner a Zoro "adorable" es como ponerle lacitos a un tiburón para que vaya guapo a la fiesta de la Sirenita: ridículo. No quiero convertir al temible Kaizoku-gari no Zoro en una criaturita enamoradiza y arrastrona que vaya por detrás de los talones de su "chica" besando el suelo que pisa. Ése es el papel de Sanji (y mira que me río con él, pero sencillamente a Zoro no le pega). Por eso es difícil describir a un Zoro enamorado que, por si no se nota en el fic, no quiere ni pensar en la posibilidad de estarlo.

Y en cuanto a la persona a la que ha llamado Smoker… si todo va bien llegará en el capítulo 11 (chan-chan-chaaaaannn)