Capítulo 12: Tendrás que elegir

¡Ya estoy de vuelta! No digo más, bienvenidos de nuevo y volvamos con el fic:

–¡Luffy!

Chopper venía corriendo por el bosque, directo hacia el Sunny. Sanji apartó la carne del fuego (y del alcance inmediato de Luffy) y se volvió hacia el reno. Los ojos del capitán se despegaron de la comida.

–¿Qué pasa, Chopper? –preguntó.

El pequeño médico llegó jadeando de tal forma que apenas entendieron lo que decía.

–Zoro… Hielo… en el bosque… ayuda… ¡Rápido!

Tashigi se levantó, sacudiéndose la arena del pareo, temiéndose lo peor.

–¿Dónde está? –gritó, corriendo a buscar su espada.

Chopper no pudo hablar más, simplemente señaló, y Tashigi echó a correr, espada en mano.

–¡Espera, Tashigi-chan! –exclamó Sanji, pero otro grito le detuvo antes de que pudiese seguirla.

Robin volvía de su paseo.

– ¡Luffy! ¡Aokiji está aquí! –gritó mientras corría hacia ellos –. ¡Su bicicleta está en la playa!

Luffy no esperó más información; le hizo una señal a su cocinero y ambos salieron tras Tashigi.

–¡Quedaos y proteged el barco! –ordenó el Capitán antes de desaparecer en la espesura.

Esquivó de milagro la espada helada del ex-Almirante. Conocía de sobra el estilo de lucha de Aokiji, y sabía que si alguna parte del cuerpo del hombre le rozaba, quedaría congelado. Por ello sólo podía recurrir a los ataques a distancia.

Detuvo la espada a un centímetro escaso de su costado y su ropa se llenó de escarcha. Soltando una maldición lo rechazó y trató de retroceder, pero sirvió de poco; la mano del ex-Almirante agarró su brazo izquierdo. Logró zafarse, pero ya tenía el hombro congelado. Conteniendo una mueca de dolor, proyectó el corte de Shisui hacia delante, cortando en pedazos el hielo del cuerpo del ex-Almirante.

Fue un triunfo muy breve, porque en vez de derretirse al sol como debería, se dispersó, rodeándole. Detuvo un brazo de hielo a la altura de su nariz, otro cerca del estómago, otro a milímetros del pecho. Se dio la vuelta para destrozar una ola congelada que amenazaba con enterrarle vivo. Los fragmentos de hielo volaron a su alrededor y, de pronto, bajaron de golpe hacia el suelo. Segundos más tarde, la mano helada de Aokiji sujetaba su tobillo.

Antes de poder darse cuenta tenía congelada la pierna hasta la cadera. Se apartó de su oponente como pudo, pero al tener una pierna rígida, perdió el equilibrio y cayó al suelo.

El Ex-Almirante se alzó de nuevo y dirigió una mano hacia él. Rechazó el ataque con Shisui y rodó por el suelo para evitar que el pie del hombre patease su pierna congelada.

Se arrastró hasta una palmera y, envainando a Kitetsu utilizó su tronco para incorporarse. Entonces la espada helada del hombre le clavó la mano derecha a la corteza. Gritando de dolor, Zoro apartó al ex- Almirante empujándole el pecho con la bota y arrancó el filo de un tirón, quemándose de frío la palma de la mano sana. La sangre bañó la empuñadura de Sandai Kitetsu cuando la desenvainó y se puso en posición de ataque.

–¡Sanjuu roku pondo Hoo!

Lanzó un ataque directo a su enemigo, haciéndolo volar en mil pedazos.

Creyó haberlo derrotado, por lo menos el tiempo suficiente como para salir de allí, pero se equivocaba; la mano de hielo de Aokiji atenazó su garganta y le levantó en el aire.

Se le cayó la espada de la boca. Soltó sus otras dos katanas para sujetar la muñeca de su oponente con ambas manos.

La escarcha y el hielo cubrieron los brazos de Zoro. Aokiji apretó su presa.

Ice Time –proclamó lentamente, mientras el hielo cubría el cuello, los hombros, la boca y el pecho de Zoro.

Y habría seguido avanzando de no ser por la voz que exclamó un suplicante "¡Detente, por favor!".

Zoro hubiese querido gritarle a Tashigi que se alejase, pero el hielo que le cubría la boca y la nariz se lo impedía. Además, estaba empezando a tener serios problemas para respirar.

Aokiji se volvió hacia la joven, sin soltar su presa.

–Ah, Tashigi… Te estaba buscando.

–Lo sé. Por favor Almir… Kuzan –se corrigió –, suelte al espadachín.

El ex-Almirante alzó una ceja

–¿Te encuentras bien? –preguntó Aokiji –. Me han pedido que te lleve de vuelta. Smoker anda bastante preocupado.

–No puedo marcharme ahora –dijo ella. No había desenvainado a Shigure, pero parecía dispuesta a hacerlo en cualquier momento –. Lo siento pero no le diré más.

Tenía la esperanza de que el hombre creyera que estaba ganándose la confianza de los piratas para luego arrestarlos o algo así, pero sabía que era casi imposible.

Aokiji la observó un rato. Luego soltó al espadachín. Zoro cayó al suelo, no con la suficiente fuerza como para que sus miembros congelados se rompiesen, pero sí como para darse un buen porrazo.

–No voy a discutir contigo –dijo, como si hubiese comprendido algo –. Al fin y al cabo, no estoy obligado a nada… Ararara, siempre me envían a mí a molestar a esta tripulación… ¡si ya hasta me caen bien! –se rascó la cabeza –. Voy a dejar esto así, y diré en el cuartel que no… que no… ¡vaya! Lo diré… que no te…

–¿…que no me encontraste? –aventuró la joven, intentando completar la frase.

–Eso mismo. Les diré que no te encontré… pero Smoker no va a dejar de buscarte, y lo sabes.

Observó cómo Tashigi dirigía una mirada preocupada hacia el pirata, que intentaba respirar a pesar del hielo que le cubría parte de la cara. Suspiró y se dio la vuelta para marcharse.

–Sabes que tendrás que elegir, ¿verdad? –dijo, tan bajo que sólo ella pudo oírle.

Y después se fue.

Apenas lo perdió de vista, Tashigi corrió hacia Zoro.

–¡No te muevas! –exclamó, dejando la espada en el suelo –. Voy a intentar derretir el hielo.

"Como si pudiese moverme" pensó él, pero no dijo nada.

Tashigi echó el aliento sobre la nariz y la boca del joven y después las frotó con la tela de su pareo. Los ojos de Zoro la siguieron durante todo el proceso.

La capa helada era fina, por lo que no pasaron más que unos segundos antes de que el espadachín pudiese volver a respirar con normalidad.

Luego, la joven le examinó con más detenimiento; Las partes del cuerpo de Zoro que no habían sido cubiertas por el hielo estaban azules de frío.

Tashigi le quitó las espadas de la cintura, se desanudó el pareo y lo dejó todo con su Shigure para poder arrastrar el cuerpo del joven hasta la orilla y luego dentro del agua. Lentamente, el hielo comenzó a derretirse.

Cuando por fin logró eliminar el hielo, Zoro intentó levantarse, llevándose una mano a las katanas, pero le fallaron las piernas. Aún estaba temblando de frío y tenía todos los músculos agarrotados.

–¿Y los demás? –preguntó. Le castañeteaban los dientes.

–Nos estarán buscando. Te alejaste mucho del Sunny

–Ya…

Tashigi se forzó a sonreír.

–Te perdiste, ¿verdad? –intentó bromear.

No pudo ni responder. Temblaba tanto que apenas sí podía respirar.

La joven se pasó un brazo del espadachín por los hombros y le ayudó a salir del agua, a duras penas. El joven pesaba mucho para ella, así que apenas salieron del alcance de las olas le dejó caer en la arena lo más suavemente que pudo.

Tashigi le quitó el abrigo empapado y se sacó por la cabeza la camiseta de tirantes, que chorreaba agua salada, con lo cual se quedó sólo con el traje de baño. Al menos eso tardaría menos en secarse.

Estaba anocheciendo y ambos estaban empapados, sin contar con que Zoro prácticamente acababa de salir de un bloque de hielo.

Hizo una hoguera y extendió su pareo. Se lamentó de no haber traído más cosas, pero ¿cómo iba a saber ella lo que iba a pasar? Se lo echó por encima a Zoro y se encogió lo más cerca que pudo del fuego.

–Espera, T-Tashigi –el joven se incorporó y le tendió la prenda. Esbozó una mueca al apoyarse sobre la mano herida –. N-no lo necesito… Cógelo tú.

Al acabar la frase estornudó y se encogió, tiritando.

–No seas cabezota, Zoro –rechazó ella –. No soy médico, pero seguro que Chopper diría que tienes que entrar en calor.

El fuego crepitaba, pero apenas calentaba. No había mucha leña seca en la playa, y Tashigi no se atrevía a adentrarse sola en el bosque y dejar al joven en su estado.

Despertó poco más tarde, sin recordar en qué momento se había quedado dormida.

Junto a ella, Zoro seguía tiritando. Estaba despierto.

–¿E-estás bien? –le preguntó. Ella asintió con la cabeza.

–No te preocupes por mí… Sigues temblando –observó –. Debería haber traído una manta o algo así…

Zoro no contestó.

"Mierda… " maldijo para sí "Si no tuviese el cuerpo tan agarrotado podríamos llegar al Sunny en poco tiempo… Pero Tashigi no puede cargar conmigo todo el camino…"

Se sobresaltó. La joven había pasado los brazos alrededor de sus hombros y le abrazaba desde atrás

–Tashigi, ¿Qué…?

Notó la nariz y los labios de ella pegados a su espalda. A pesar de que tenía la piel casi insensible notó su aliento. Agradeció que estuviera oscuro, porque se estaba poniendo rojo.

Tashigi ahogó una exclamación cuando su piel tocó la del joven: estaba helado.

Empezaba a clarear por el Este cuando la fogata se apagó del todo. Poco después, Zoro perdió el conocimiento. Tashigi se abrazó a él con más fuerza, intentando trasmitirle algo de calor, aunque ella también estaba muerta de frío.

–Maldita sea…

Sanji pateó un tronco que bloqueaba el camino. Ya casi amanecía y aún no habían encontrado a Zoro ni a Tashigi. Sospechaba que andar siguiendo a Luffy por media isla tenía algo que ver al respecto.

El tiempo en el Nuevo Mundo era fastidiosamente desconcertante. Cuando habían llegado hacía un sol radiante y un calor abrasador, y ahora el cocinero lamentaba no haberse puesto una chaqueta. El humo de su cigarro se confundía con el vaho de su aliento.

–¿Ves algo, Luffy? –gritó por enésima vez, mirando hacia arriba.

–¡Sí! –exclamó el joven desde algún lugar entre las ramas más altas –. ¡Árboles!

Sanji maldijo de nuevo y encendió otro cigarrillo.

–Maldito marimo… ¡Oe Luffy! ¿Seguro que no ves nada en las playas?

–¡Espera, creo que sí!

Sanji bufó.

–Como vuelvas a decirme que ves árboles…

–¡No, en serio! –Luffy descendió a toda prisa –. Sube una columna de humo de la playa.

Ambos jóvenes echaron a correr hacia el lugar de donde procedía el humo. Junto a la hoguera ya extinta había dos bultos. Sanji se puso las manos alrededor de la boca y gritó:

–¡Marimo!

Tashigi levantó la cabeza. ¿Sanji? ¿Les habían encontrado por fin? Sí, allí venían él y Luffy corriendo.

Se inclinó de nuevo hacia Zoro; el joven tenía el cuerpo helado, y seguía inconsciente.

–Tashigi-chan, ¿estás bien? –Sanji se arrodilló a su lado, preocupado.

–Y-yo sí… –demonios, qué frío hacía en aquella maldita isla –. Zoro…

–Yo me encargo de él –dijo Luffy –. ¡Mira Sanji! ¡Zoro tiene los labios azules!

–¿¡Azules!?

Sanji le apartó de un empujón y examinó de cerca al espadachín.

–Maldita sea, se nos va a morir de frío… –frunció el ceño, seriamente preocupado –. Luffy, hay que llevarle al barco a toda velocidad para que Chopper pueda atenderle. Tashigi… ¿Puedes andar?

Sin esperar a que contestase la alzó en volandas. Luffy se cargó a la espalda el cuerpo inerte de Zoro y le lanzó a Sanji las katanas. Luego echó a correr.

Tras recoger el pareo y la camiseta de Tashigi, Sanji le siguió.

–¡Aaaaah! ¡Un médico, un médico!

–¡El médico eres tú, pasmao!

Franky le dio una colleja a Chopper, que se calmó un poco y dejó de correr de un lado a otro. Ayudado por Usopp, Luffy tendió a Zoro en la cama de la enfermería. Tras un rápido examen, Chopper dijo que era hipotermia y les mandó a buscar mantas.

–Decidle a Sanji que prepare algo caliente; sopa, té, café… ¡lo que sea pero rápido! –añadió. Luego se volvió hacia Tashigi, que se había cambiado de ropa y llevaba puesta la chaqueta de invierno de Nami –. ¿Te encuentras mejor?

–Sí

–Pues sal de aquí.

–Pero está… se pondrá bien, ¿verdad? –preguntó ella, angustiada.

–Tiene bastantes quemaduras debido al frío pero parece que no perderá ningún miembro –diagnosticó Chopper–. Cuando entre en calor va a dolerle, su cuerpo lleva frío demasiado tiempo, pero no hay más remedio. Tiene todos los músculos agarrotados y será un milagro si no le da una pulmonía o algo así…

Mientras hablaba fue empujando a la joven fuera del cuarto, y al final le cerró la puerta en las narices.

Fue la media hora más larga de la vida de Tashigi. Durante ese tiempo el Sunny permaneció anclado en la playa. La joven se desesperaba cada vez que algún miembro de la tripulación pasaba por allí y le preguntaba por el estado de Zoro.

Cuando por fin Chopper abrió la puerta, ella casi se le echó encima.

–¿Cómo está?

–Recuperándose –contestó el reno –. He conseguido hacerle entrar en calor, y no parece que vaya a enfermar, sólo tiene algo de fiebre. Además… ¡Espera Tashigi! –la detuvo antes de que entrase –. Está dormido, necesita descansar. Puedes entrar a verle, pero no le despiertes. ¡Ah, una cosa! –dijo cuando la joven giraba el picaporte–. Quítale las mantas a medida que deje de tiritar.

Ella le dio las gracias y entró.

Zoro descansaba sobre la cama. Temblaba ligeramente, pese a que habían almacenado sobre él todas las mantas que habían encontrado por el barco. Aún tenía marcas de congelamiento en la nariz, y los labios cortados. Una leve mueca de dolor le cruzaba la cara.

–Menos mal que estás vivo –suspiró ella como para sí. Rozó con los dedos la mejilla del joven y sintió la piel ardiendo bajo las yemas. Retiró la mano. Zoro era fuerte, no cabía duda, y saldría de aquello con facilidad. Pero aún así no podía evitar preocuparse.

Se puso de rodillas junto a la cama y apoyó la cabeza en las mantas.

Las siguientes horas las pasó en un estado de duermevela del que salía el tiempo justo para comprobar cómo se encontraba Zoro y retirar una a una las mantas, dejándole dos por si acaso. Durante ese tiempo nadie de la tripulación entró en la enfermería.

Tuvo la suerte de estar despierta cuando Zoro se removió y abrió el ojo con esfuerzo.

–Hola –susurró ella con emoción contenida –. ¿Cómo te encuentras?

Zoro se incorporó despacio, aún dolorido.

–He estado mejor –respondió. Abrió y cerró la mano vendada para asegurarse de que no había perdido movilidad –, pero estoy bien. Al menos ya no estoy helándome el culo en un bloque de hielo.

Estornudó.

Tashigi hizo un ademán de echarle encima otra manta pero él se lo impidió.

–No me hace falta, no estoy enfermo –afirmó. Luego sonrió –. Seguro que alguien estará hablando de mí…

Tashigi notó entonces que estaba a punto de echarse a llorar de alivio. Agachó la cabeza, con la esperanza de que él no se diera cuenta.

Una lágrima cayó sobre las sábanas. Zoro se incorporó del todo y le puso una mano –la vendada– en el hombro.

–Tashigi, ¿te encuentras bien?

Ella intentó enjugarse las lágrimas con la mano, pero no pudo.

–Eh… ¿estás llorando?

–¿Tú qué crees? –le espetó ella con voz temblorosa–. Podrías estar muerto…

Él le puso la mano bajo la barbilla y le hizo levantar la cabeza.

–Eh, tranquila… Estoy bien, ¿ves? No me ha pasado nada…

Tashigi le echó los brazos al cuello y rompió a llorar con más fuerza. Zoro se quedó en blanco. No supo qué decir, peor aún se le puso la cara como un tomate. Sin saber apenas lo que hacía, rodeó a la joven con los brazos.

–Aokiji podría haberte matado… –sollozó ella, tan bajito que le costó entenderla.

–Estoy bien, Tashigi… –rebatió –. Estoy vivo, no me ha pasado nada… ¡Eh! –la tomó por los hombros y la miró a los ojos –. Estoy bien, ¿vale? No te preocupes por mí…

Poco a poco, Tashigi se fue calmando.

–L-lo siento… –murmuró, avergonzada –. Yo…

Zoro no fue capaz de decir nada. Ignoraba qué le había dicho Tashigi al ex-almirante para que éste se marchase sin más. Estaba un poco harto de aquel hombre: siempre que aparecía, alguien terminaba congelado, pero nunca les había hecho daños serios. Siempre se marchaba. Y aquella vez había sido gracias a Tashigi.

–Llevas aquí bastante tiempo y sigo sin saber en qué piensas –comentó.

Ella alzó una ceja, extrañada.

–¿Qué quieres decir?

Oh, mierda. ¿Había dicho eso en voz alta?

"Ya no tiene remedio" dijo una voz en su cabeza "Será mejor que contestes."

–Que no sé qué es lo que te mueve a hacer lo que haces.

–Ya te lo dije, quiero hacerme más fuerte.

–No me refiero a eso. Hablo de Aokiji. ¿Por qué has intercedido por mí? ¿Por qué me has ayudado en otras ocasiones?

Por fin lo había dicho. Hacía tiempo que sabía que no era solo agradecimiento lo que sentía hacia ella, pero…

No se daba cuenta de que lo que intentaba negar era algo que el resto de la tripulación sabía ya con claridad meridiana.

–¿Y tú? –preguntó ella a su vez, sin contestar –. ¿Por qué me salvas tú a mí?

Desvió la vista. No tenía respuesta para eso. O sí que la tenía, pero no era la que él buscaba, ni la que estaba dispuesto a dar.

–Dentro de poco llegaremos a un pueblo con una gran base de los Marines –comentó Zoro, cambiando de tema.

Tashigi se sentó en la cama y se abrazó las rodillas, pero no dijo nada. Sabía a lo que se refería el joven.

Se hizo el silencio.

Al cabo de un rato, Zoro volvió a hablar.

–Respecto a la propuesta de Luffy… ¿Qué quieres hacer?

–Mi deber es volver. Creí que ya lo sabías.

–Al cuerno con el deber, Tashigi. Te he preguntado qué quieres hacer tú.

Paseó la vista por el horizonte que se veía desde la ventana durante un buen rato antes de contestar.

–No lo sé –dijo, y era verdad.

"Preferiría quedarme" pensó, y al instante se reprochó a sí misma haberlo hecho "eres una marine, Tashigi. Tu lugar esta con el G-5 y Smoker"

"Preferiría que te quedases" se encontró pensando el joven. "Pero ¿qué demonios? Ella es una marine y tú un pirata. ¿En serio esperas que deje su vida por ti?"

Se quedaron callados un rato. Al final, Tashigi se atrevió a preguntar:

–Zoro… ¿Me hiciste ir a hablar con Luffy para que me contase lo de Ace?

–Puede…

–¿Por qué?

–No lo sé. Creí que debías conocer las dos versiones de la historia.

–Estuve presente, Zoro, sé lo que pasó.

–Entonces supongo que sólo quería que vieses la perspectiva de Luffy.

–¿Sabías lo que iba a proponerme?

–No. Esa clase de cosas salen de Luffy y de nadie más. No es la clase de persona que se deja aconsejar sobre quién debe o no debe ser miembro de la tripulación.

Tashigi asintió cabizbaja y luego se llevó las manos a la cara, frustrada.

–Esto es desesperante –dijo –. Yo me alisté en la Marina para luchar contra la justicia, y no te ofendas, pero los piratas estáis fuera de ella en todos los manuales.

–Ése era el plan desde el principio –comentó Zoro, burlón –. Haceros creer que estamos al margen de la ley ¡para luego derrotaros y apoderarnos del mundo! –Tashigi ahogó una risita –. Juro que en mi cabeza tenía sentido.

Ambos soltaron una carcajada. Zoro volvió a estornudar, y esta vez aceptó la manta que le tendió Tashigi.

–Creo que no te he causado más que problemas desde que me salvaste en aquel puerto –sonrió tristemente la joven.

–No –le miró, esperanzada, y tropezó con una mirada divertida –. Di más bien desde Loguetown.

–¿Cuándo me rompiste las gafas o cuando limpiaste el cuartel general? –contestó ella sin dejarse amilanar.

–Cuando te vi la cara, imitadora.

–¡Vaya! No me llamabas así desde Punk Hazard… qué nostalgia…

–Puedo volver a hacerlo, si lo echas de menos.

Tashigi le golpeó el hombro con el puño, riendo. Luego bajó las piernas de la cama y se agarró al borde del colchón, mirándole de reojo.

–Entonces… ¿Cambiarías el hecho de haberme rescatado? –no sabía por qué estaba preguntando aquello.

Zoro esbozó una sonrisa.

–Por la de líos en que nos has metido, no sé yo… –bromeó.

Ella le miró, muy seria.

–¿Lo cambiarías? –repitió.

Sin pararse a pensar, Zoro respondió:

–No.

Hubo un silencio.

–No sé si cambiaría algo de mi vida de poder volver atrás –añadió Zoro –. Puede que cambiase la muerte de Kuina… no sé, estar cerca en el momento del accidente para poder evitarlo o algo así… pero entonces, ¿Habría puesto tanto empeño en salir del dojo bien preparado? ¿Habría conocido a Luffy y a los demás? Es algo que no sabré nunca y que prefiero no saber.

Tashigi se quedó callada. Tenía mucho sentido, pero… ¿qué pasaba si ella había estado en el bando equivocado durante todo ese tiempo? ¿De qué servía su vida si todo por lo que había peleado no era más que una sombra, algo que solamente personas como Smoker, Garp o el joven Coby respetaban aún?

–Creo que yo sí cambiaría algo –dijo en voz baja –. A veces me gustaría no haberme alistado en la Marina. Es un sistema tan corrupto que no sé cómo no me he dado cuenta hasta ahora de que estoy bajo el mando de un puñado de ladrones y asesinos.

–Vamos, no digas eso…

–Tú no estuviste en la masacre de Marineford –agachó la cabeza, apesadumbrada –. Yo sí. Y Luffy también. No fue justo. Quiero decir, Ace murió, ya habíamos ganado… ¿qué sentido tenía seguir masacrando piratas sin dejarles huir? Además, si nunca hubiese entrado en la Marina… ahora no sería un problema que me quedase con vosotros.

Él la miró sin entender. Entonces, ¿quería o no quería quedarse?

–¿Por qué es un problema?

–Porque siento que me he comprometido con algo, y que debo cumplirlo aunque haya poca gente que crea en ello, aunque me encuentre sola. Si abandono… estaré traicionando todo en lo que he creído hasta ahora, y eso sería… como una derrota.

Zoro sonrió. Eso sonaba muy parecido a lo que él mismo le había dicho a Mihawk frente al Baratie, hacía tiempo.

Todos los miembros de aquel barco sentían lo mismo respecto a sus sueños. Todos eran sueños locos que habían ido fortaleciéndose y fortaleciendo a sus propietarios a medida que pasaban los años, hasta cobrar un sentido mayor que el que tenían en un principio.

–Te entiendo –dijo –. Pero no creo que haberte unido a los Marines sea algo de lo que debas arrepentirte… Yo al menos no lo cambiaría.

Tashigi le miró, algo confundida.

–¿Te habrías alistado a la Marina también?

–Me has entendido mal… –Zoro dirigió la mirada hacia el horizonte que se veía a través de la ventana –. Yo no cambiaría el hecho de que tú te alistases.

Se hizo el silencio, un silencio un tanto incómodo.

–No sé si defender la justicia es algo que pueda hacer fuera de la Marina –dudó Tashigi, cambiando rápidamente de tema –. Es algo que ni siquiera me había planteado antes de conoceros, y es algo en lo que pienso mucho desde que te conocí en Logetown y desde lo de Arabasta… –se abrazó las rodillas –. Me enseñaron que los piratas eran la escoria, los ladrones, asesinos y bandidos que provocaban que este mundo tuviese tantas guerras. Y entonces una de las bandas piratas más buscadas salva un país del desastre… defendiéndolo de alguien que se suponía que colaboraba con el Gobierno. Es algo que no llegué a entender, ¿por qué lo hicisteis?

–Por una nakama –contestó, sin mirarla.

–¿Una nakama?

–Lo que le importa a un nakama nos importa a los demás. Vivi estuvo poco tiempo en este barco, pero la consideramos una más.

Se rozó la muñeca derecha, donde una vez pintó una cruz negra.

–Y en cuanto a Punk Hazard… –continuó Tashigi.

–Peleaste muy bien aquella vez –interrumpió él. Cerró un momento los ojos, cansado. Tashigi pareció notarlo, porque le puso una mano en la frente, preocupada.

–Te está subiendo la fiebre…

–Estoy bien –la tranquilizó él –. En cuanto duerma un poco estaré como nuevo.

Se quedaron callados. Tashigi empezó a juguetear con la esquina de la manta.

–Zoro…

–Dime.

–¿Por qué has dicho antes que no cambiarias el hecho de que yo me hubiese alistado?

El joven dudó antes de contestar.

–Si no te hubieses alistado en la Marina no estarías aquí –dijo finalmente –. Puede que nunca hubieses pisado Logetown y jamás nos habríamos conocido.

–Pero… ¿Y si yo hubiera estado en alguno de los sitios por los que habéis pasado y hubiese decidido unirme a vosotros?

–Quién sabe…

Fuera se oía el ruido de las olas al chocar contra en casco del Sunny. El barco se mecía lentamente, amarrado al fondo por el ancla. Desde la ventana vieron bajar a Brook del puesto de vigía y subir a Sanji, medio dormido.

Zoro apartó la vista de la ventana.

–Quién sabe… –repitió –. Puede que nos hubiésemos encontrado en circunstancias diferentes, pero estas… tampoco están tan mal ¿no? Si el hecho de que estuviésemos en bandos opuestos, ha provocado que estemos ahora en el mismo barco, tal y como estamos ahora –se incorporó y le pasó un brazo por la cintura. Tashigi se sobresaltó, pero no se apartó –, entonces me alegro de que te alistases.

Ella cerró los ojos. Los brazos de Zoro le rodeaban la cintura, abrazándola desde detrás, y notaba la mejilla del joven pegada a la suya, casi ardiendo. Empezó a girar la cabeza, despacio, con el corazón latiéndole a toda velocidad.

Sintió el aliento del joven rozarle la comisura de la boca e instantes después él la estaba besando.

Fuera, las olas seguían meciendo el barco.

La joven agachó la cabeza, tímidamente. Zoro le puso la mano en la barbilla y le hizo levantar la vista. No dijeron nada, solamente se miraron, y él volvió a besarla.

Al cabo de un rato, Zoro se dejó caer sobre la almohada, vencido por la fiebre y el agotamiento. Cuando ella se inclinó sobre él ya se había dormido.

Robin llevaba un par de horas despierta leyendo. Habría estudiado el volumen que tenía en las manos (cuatro manos, para ser exactos) unas mil o dos mil veces, pero era el mejor tratado acerca de los Poneglyphs que había encontrado en toda su vida. Tenía tablas, gramáticas, incluso estudios de fonética que aparentemente no servían para nada, dado que la lengua en la que estaban escritos los Poneglyphs era una lengua muerta hacía miles de años. Sin embargo, para alguien tan versado en ese campo como era Robin, un estudio fonético podía llevar a descubrir una evolución de aquella lengua tan antigua. Gracias a eso, podría determinar en qué orden fueron escritos los Poneglyphs, si pertenecían al Río Poneglyph o eran indicadores del paradero de armas como Pluton o Neptuno.

En ello estaba cuando oyó cerrarse la puerta de la enfermería y pocos segundos más tarde, Tashigi entró en la biblioteca. Pasó junto a ella sin verla y se dejó caer en el sofá que había junto a la enorme pecera. La sombra de un banco de peces que Luffy y Usopp habían pescado hacía varios días cruzó sobre ella. La luz intermitente que atravesaba entre los peces permitió a la arqueóloga ver que algo no marchaba bien con la joven.

Robin cerró el libro y se adelantó.

–¿Te encuentras bien, Tashigi? –le preguntó

Tashigi se sobresaltó y desenterró la cara de las manos. No estaba llorando, pero parecía muy angustiada.

–¿Está bien Zoro? –preguntó de nuevo Robin, algo preocupada.

–S-sí… se acaba de dormir –balbuceó ella.

–¿Ha pasado algo? Estás muy pálida.

La joven negó con la cabeza.

–Estoy bien, sólo algo cansada…

Robin se sentó junto a ella y volvió la cabeza para admirar una enorme medusa iridiscente que flotaba un poco por encima de ellas. Tashigi, en cambio, clavó la vista en el suelo y empezó a retorcerse las manos.

–¿Alguna vez has tenido un dilema moral, Robin? –preguntó de pronto –. ¿Sentir que estás traicionando a los tuyos y a ti misma?

–A veces –contestó la arqueóloga.

–Y… ¿cómo lo resuelves? Quiero decir… ¿Cómo sabes qué camino tomar?

Robin dejó de contemplar la medusa para mirar fijamente a la joven que se sentaba junto a ella.

–Elijo.

–Ya, ¿pero cómo?

Tashigi estaba al borde de un ataque de ansiedad, podía notarlo. Robin sonrió y apoyó la espalda en el cristal de la pecera.

–Las encrucijadas son duras, Tashi-chan, pero no eternas –dijo –. Puedes estar segura de que, elijas lo que elijas, vas a poder contar con nosotros si lo necesitas. Sin embargo, nadie puede decirte el camino que debes tomar. No tienes ninguna obligación de tomar ningún camino, pero no puedes quedarte para siempre en un cruce.

Se levantó para volver a sus libros, con una amable sonrisa.

–Zoro tampoco puede elegir por ti, y no va a forzarte a hacerlo. A veces es mejor ver cómo se desarrollan las cosas para tomar una decisión.

Tashigi levantó la cabeza, alarmada. ¿Sabía la mujer lo que había ocurrido en la enfermería?

–¿Cómo has…?

Robin se limitó a sonreír y la dejó sola con sus pensamientos. Una enorme sombra de angustia y culpabilidad atenazaba el corazón de la joven, podía sentirlo.

Pero, como le había dicho, ésa era una decisión que tendría que tomar ella sola.

Siento muchísimo no haber subido capítulos antes. He tenido un par de meses bastante difíciles, y los próximos no pintan mejor. Esto va a ir con calma un tiempo, pero tranquilos, que yo también tengo ganas de tener la historia completita. Me parece que me deben quedar por lo menos cinco o seis capítulos más, aún tengo que reorganizar fragmentos…

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