Capítulo 13: No es difícil de imaginar.

Muchísimas gracias a todos los que seguís comentando, a cada review que me encuentro se me pone cara de Chopper (¡No vais a hacerme feliz con eso, idiotas! ~ *.* ~). No es un capítulo muy largo, lo sé, pero así os dejo algo que leer mientras acabo con los exámenes.

–¿Que ya ha pasado? –preguntó Usopp nada más sentarse a la mesa –. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Quién lo consiguió?

Era temprano, sólo él, Sanji, Nami y Robin estaban ya preparados y en la cocina, esperando a que los demás terminasen de levantarse y lavarse un poco para desayunar todos juntos.

–Ayer, cuando les dejamos solos en la enfermería –Robin contestó a la pregunta del tirador –. Parece ser que no hizo falta ningún plan esta vez.

–¿Y nadie lo vio? –se sulfuró Nami–. Podría haber chantajeado a Zoro durante años con eso…

–Espero que la trate como se merece una dama –refunfuñó Sanji mientras ponía en marcha la cafetera –. En cuanto se despierte, voy a decirle a esa especie de lechuga con patas que…

–No digas nada de momento –interrumpió con voz suave Robin. Mientras el cocinero caía a sus pies proyectando corazones en todas direcciones, la arqueóloga les contó la conversación mantenida con Tashigi la noche anterior.

–Vamos, que es cosa de espadachines tener un honor tan irracionalmente férreo –concluyó Nami –. Mira que pueden llegar a ser testarudos… ¿Qué posibilidades tiene nuestro cabeza hueca de que ella elija quedarse? Apuesto a que no lo sabe ni ella.

–¿No sabe quién el qué?

–Buenos días, Chopper –Nami saludó al pequeño doctor del barco, que se sentaba con ojos de sueño –. ¿Qué tal está Zoro?

–Durmiendo. Hoy podrá volver a su rutina habitual. Le diría que evitase coger cosas pesadas con la mano herida, pero no me va a hacer ni caso… ¿de qué estabais hablando?

Sanji se sentó a su lado, secándose las manos en un trapo de cocina:

–Una pregunta, Chopper, ¿Qué te parece Tashigi?

El reno le miró sin comprender.

–¿Tashigi? –repitió, y entonces se sonrojó –. En Arabasta dijo que yo era muy mono… siempre me ha tratado bien, y… Zoro sonríe más a menudo desde que está aquí.

–Mira, eso es cierto… –murmuró Nami. El espadachín había vuelto muy serio de aquellos dos años de separación. Más serio, más fuerte y más desconfiado. La joven echaba de menos al Zoro de antes de Sabaondy, al Zoro que, al igual que todos ellos, no se había dado cuenta aún de lo peligroso que era el Nuevo Mundo, al Zoro despreocupado que lo arreglaba todo yendo de cabeza hacia el peligro, sin dudar y con las espadas desenvainadas –. A mí me cae bien.

–Y a mí –asintió Robin.

–Espera, es como si fuese a quedarse definitivamente –intervino Usopp.

–¿Va a quedarse con nosotros? –exclamó Chopper, radiante.

–No lo sabemos –Sanji pasó por su lado y le caló la gorra, tirando de la visera hacia abajo –. Depende de ella. Y de que el estúpido marimo no lo estropee todo.

–¿Qué me has llamado, cocinero pervertido?

Zoro acababa de entrar. No había escuchado nada de la conversación, solamente las últimas palabras.

Sanji se llevó el cigarrillo a la boca:

–¿Te lo repito? –le retó.

–¡Sanji-kun, ahora no! –le regañó Nami.

Zoro se sentó junto a Chopper que, cumpliendo con su cometido de médico, empezó a preguntarle cómo se encontraba y a regañarle por haber salido de la enfermería tan pronto y por haberse quitado la venda de la mano sin permiso.

–¡Aokiji te atravesó la palma! –le recordó –. Ven después del desayuno a la enfermería y te pondré otra…

Luffy entró rebotando, como siempre y se sentó entre Zoro y el sitio vacío de Sanji, y tras él aparecieron Franky y Brook.

Sólo faltaba una persona por llegar.

Nami obligó a su Capitán a levantarse y sentarse entre Robin y ella "para que podamos vigilar que no te comas la comida de los demás". Tenía que quedar un sitio libre junto a Zoro.

Cuando Tashigi abrió la puerta, la navegante la miró, expectante. Tenía mala cara, como si no hubiese pegado ojo.

"Probablemente se ha pasado la noche dándole vueltas a las cosas" pensó Robin, examinándola sin ninguna discreción. Junto a ella, Nami parecía estar esperando que los dos espadachines protagonizasen una escena de novela romántica.

Tashigi cruzó una mirada con Zoro, se puso colorada como un tomate y, sin decir palabra, fue a sentarse… en la silla donde tendría que haber estado Sanji si no fuese porque aún estaba de pie tras los fogones. Ninguno de los dos espadachines dijo nada, aunque Zoro sonrió levemente, volviendo su atención a su plato. Cuando el cocinero terminó de ordenar un poco la cocina se sentó en el hueco vacío, sin darse cuenta de la mirada asesina que le dirigió la navegante.

Sanji y Zoro pasaron todo el desayuno discutiendo, Tashigi callada y Nami golpeándose mentalmente con la mano en la frente.

–Esta chica es tonta –le susurró a Robin.

La arqueóloga, como siempre, simplemente sonrió.

Divisaron una isla poco antes de comer. No era muy grande, y no parecía estar habitada, aunque Robin les explicó que era una especie de coto de caza para las gentes de un archipiélago a un día de allí.

El cielo estaba despejado, pero el aire olía a tormenta, y con el clima del Nuevo Mundo nunca se sabía, así que Nami decidió que esperarían a que ésta llegase y pasase antes de volver a levar anclas. Luffy estuvo de acuerdo tan pronto como Usopp le convenció de que podían hacer un enorme castillo de arena.

Comieron allí mismo, en la playa.

Los tres más jóvenes del barco empezaron a levantar su fortaleza, siguiendo las instrucciones de Usopp. Franky volvió a bordo enseguida para revisar el casco del Sunny y limpiar un poco los cañones y los engranajes del Soldier Dock System, que necesitaban un cuidadoso mantenimiento. Sanji se fue a lavar los platos ayudado por Brook y Zoro –cómo no– se puso a entrenar. Las demás simplemente se esparcieron por la playa a disfrutar del buen tiempo mientras durase.

No había necesidad de salir a cazar, ya llevaban las despensas llenas, así que los Mugiwara tenían tiempo libre para hacer lo que quisiesen.

Horas después, Zoro terminó su entrenamiento y subió a bordo a darse una ducha. Cogió su toalla, ropa para cambiarse y fue hacia el baño. Al intentar bajar el picaporte de la puerta, notó que el pestillo estaba echado desde dentro. Apretó la oreja contra la madera y oyó correr el agua de la ducha.

Alguien se le había adelantado.

Reparó en que había un pañuelo colgado del picaporte y lo identificó inmediatamente como uno de los que solía ponerse Brook en el cuello.

Molesto, golpeó la puerta con el puño:

–¡Eh, tú, termina rápido!

No obtuvo respuesta, sólo el agua saliendo del grifo.

–¡Brook, sal ya!

Nada.

–¡MALDITO ESQUELETO, SI NO TIENES PIEL QUE LAVARTE!

Le pegó una patada a la puerta, haciéndola crujir.

–Ah, pero lleva trabajo cuidar del afro, sobre todo si lo tienes lleno de arena de playa –oyó una voz detrás de él. Se volvió y se encontró de frente con cierto muerto viviente con la cadera envuelta en una toalla azul, y un patito de goma en la mano –. ¡Anda, aquí estaba! –exclamó Brook cogiendo el pañuelo del picaporte –. Lo había estado buscando… ¿Quién hay dentro?

Zoro le miró, desconcertado.

–Creí que eras tú…

Se giró de pronto al oír el ruido que hacía la puerta al abrirse.

–¡Ah, por fin! –refunfuñó –. Ya era hora de…

Tanto él como Tashigi –que era la que salía del baño– se quedaron con la palabra en la boca.

La joven le miró, se puso colorada y trató de escurrirse entre Zoro y la pared, sin conseguirlo.

–¡Espera, Tashigi! –exclamó éste, sujetándola por la muñeca–. No sabía que eras tú la que estaba dentro, lo siento…

–No pasa nada –murmuró ella sin mirarle. Por suerte (o por desgracia, según se mire), estaba vestida. Volvió a intentar escabullirse y de nuevo el espadachín la retuvo:

–¿Te encuentras bien?

–Sí, sí, es solo que… –tartamudeó –. Sanji nos estaba llamando…

–El cocinero no ha dicho nada –contestó Zoro, extrañado –. Tashigi, ¿te pasa algo?

Se volvió sobresaltado al oír cómo se cerraba la puerta del baño.

–¡Serás…! –dejó ir a Tashigi, que salió casi corriendo, roja como un tomate, y golpeó la puerta con ambos puños –. ¡Brook, estaba yo antes!

Desde dentro le llegó un burlón "yohohohohohohohohohoho" y el correr del agua.

Cuando por fin consiguió ducharse, fue directo a buscar a la espadachina. Llegó a la cubierta a tiempo de verla saltar a tierra, cargada sólo con su Shigure. El joven ignoró completamente la mirada burlona de Sanji, que estaba fumando apoyado en la barandilla, y la llamó:

–¡Tashigi!

La joven no dio muestras de haberle oído. Zoro maldijo y volvió a llamarla. De nuevo ni caso, Tashigi siguió avanzando hacia el bosquecillo. Junto al espadachín, Sanji sonrió maliciosamente.

–¿Acaso la vas a dejar sola, marimo?

–Cierra el pico, cocinero.

Sanji se quitó el cigarrillo de la boca y exhaló el humo hacia arriba.

–Te creía más valiente, la verdad –comentó.

Zoro amagó un puñetazo en su dirección que Sanji esquivó sin esfuerzo.

–¡Vete a buscarla, idiota! –exclamó el cocinero.

–Cállate de una vez –espetó el otro, algo picado, pero le hizo caso. Saltó del barco y fue tras ella.

El cocinero del Sunny le dio otra calada a su cigarrillo y sonrió para sí.

–Que sepas, marimo, que es la primera mujer que dejo escapar –murmuró –. Más te vale no cagarla.

–¡Tashigi!

Zoro apretó el paso cuando dejaron de estar a la vista del Sunny. ¿Por qué la joven fingía no oírle? Sólo quería hablar con ella…

–Tashigi –dijo cuando la alcanzó –. ¿Me estás evitando?

–No, sólo quería dar un paseo –contestó ella esquivando su mirada –. Dice Robin que los cazadores del pueblo vienen aquí en temporada de caza y que tienen cabañitas para esperar a las presas y para dormir si les lleva mucho tiempo… –Zoro arqueó una ceja. Ella se puso roja –. Está bien, te estoy evitando. No es nada fácil ¿sabes?

Le dio la espalda, dispuesta a echar a andar, pero él la detuvo, sujetándola por la muñeca.

–¿Es por lo de la otra noche? –preguntó.

Ella esquivó su mirada, intentando soltarse. Zoro no la agarraba con fuerza, pero sí con firmeza.

–No es eso…

–Es por lo de la otra noche –comprendió él.

Tashigi intentó por todos los medios no mirarle a los ojos. No lo consiguió. Fue apenas un segundo, pero bastó para desarmarla.

–Está bien, es por lo de la otra noche –bufó –, ¿Contento?

Se soltó y echó a andar. Zoro la siguió.

–¿Exactamente qué es lo que te molestó de la otra noche? –preguntó.

–No… no es que me molestase…

–¿Entonces qué te pasa?

–Nada.

–Mientes fatal.

–¡No miento!

Bajó la cabeza y se dio la vuelta, intentando seguir su camino. Zoro no la soltó. Adelantó la mano con la que no la sujetaba y la colocó en la mejilla de Tashigi, haciendo que girase la cabeza hacia él.

–Si de verdad no te pasa nada repítemelo ahora –dijo con una media sonrisa –, sin apartar la vista.

Tashigi tragó saliva y se ruborizó.

Ay, ¿por qué estaban tan cerca? Ella había salido a dar un paseo sola para reflexionar… ¿por qué la había seguido?

Un momento. ¿Se estaba acercando más aun o era sólo su impresión?

"Ay madre, ay madre, ay madre… ¿Y ahora qué hago?" pensó.

Para qué nos vamos a engañar, una parte de ella estaba deseando que se acercase más. La misma parte que le decía que tal vez no fuese tan malo quedarse en el Sunny.

Pero la parte de Tashigi que pertenecía a la Marina en cuerpo y alma, se echó hacia atrás, bajó la cabeza y se volvió para que el pirata no le viese la cara.

Sonó un trueno.

Ambos se volvieron hacia el cielo, que se había oscurecido poco a poco a medida que caminaban.

La lluvia empezó a caer como si estuviesen justo debajo de Skypiea y Gan Fall, los shandrian y todos los angelitos de la isla en el cielo se estuviesen dedicando a volcar cubos de agua hacia abajo, desde las nubes.

Ambos echaron a correr, buscando un sitio donde refugiarse.

Encontraron una cabaña en lo alto de un árbol, y consiguieron entrar en el instante en que empezaban a caer del cielo unas bolas de granizo como huevos de avestruz. Zoro cerró la pequeña puerta tras ellos.

Robin tenía razón, era una cabaña de cazadores. Además de una pequeña despensita con lo básico para sobrevivir un par de noches, había varias mantas y cartuchos gastados de balas.

Tashigi se quitó las gafas empapadas y las dejó en una pequeña repisa, junto a unos vasos de metal polvorientos. Luego se soltó de la cintura la vaina de Sigure y la dejó apoyada en la pared para escurrirse el pelo y el borde de la camiseta.

Zoro también apartó sus espadas, pero se limitó a pasarse una mano por la cabeza, salpicando gotitas en todas direcciones.

–No sé cómo no se ha derrumbado esta cabañita con este tiempo –comentó la joven.

Zoro levantó la mano y golpeó el techo, que era bastante bajo, con los nudillos. Parecía madera hueca, pero ambos espadachines reconocieron el sonido del metal tras ella. Estaban bien protegidos del granizo y de lo que fuese a caer del cielo.

La joven extendió una de las mantas y la sacudió para quitarle el polvo. Luego, tiritando, se la echó por encima y se sentó.

–No me has contestado –dijo entonces el joven.

–¿El qué? –dijo Tashigi, haciéndose la loca.

–No me has dicho por qué llevas todo el día evitándome.

–Yo… ¡No lo sé! ¿Vale? –exclamó –. ¡Deja de mirarme con esa cara!

–¿Qué cara? –preguntó él, desconcertado –. Es la mía de siempre.

Vio cómo Tashigi entrecerraba sus ojos de miope y levantaba la mano para tantear la repisa, buscando sus gafas. En dos zancadas, Zoro llegó hasta ella y las cogió primero. Tashigi se dio cuenta.

–Devuélvemelas –dijo, extendiendo la mano. Él se acuclilló frente a ella, con las gafas en la mano. La escena se parecía mucho a la de la primera vez que se vieron, allá en Loguetown.

–No hasta que me expliques qué te pasa –contestó.

–Zoro…

–No.

–Por favor, no veo nada…

–Pues habla y te las devolveré.

–¡No tengo por qué darte explicaciones!

–Pues yo no tengo por qué devolverte las gafas.

–¿Así que éste es tu estilo, no? Chantajear a los más débiles…

–No cuela, Tashigi, tú no eres débil.

Le dio un vuelco el corazón y se quedó sin palabras. Tuvo que taparse la cara con las manos, fingiendo estar muy frustrada, para ocultar la sonrisa de boba que le había aparecido en la cara. Al mismo tiempo se le formó un nudo en la garganta.

–Dame mis gafas, Zoro –repitió, sin levantar la cabeza.

–Dime qué es lo que te pasa.

Tashigi le miró, inspiró hondo….

… y se echó a llorar.

Zoro se quedó de una pieza. Rápidamente volvió a dejar las gafas sobre la repisa porque no descartaba el romperlas sin querer y la abrazó. Al notar que la joven se dejaba caer, la sostuvo hasta que consiguió sentarse. Tashigi quedó arrodillada entre sus piernas extendidas, llorando a mares contra su pecho. Finalmente, levantó la cabeza:

–¡No sé qué me pasa! –dijo entre sollozos –. Primero Luffy me pide que me una a la tripulación, luego tú me besas… ¡no sé qué hacer! Ojalá las cosas fuesen más simples, porque quiero volver con el G-5… ¡pero no quiero dejaros! Este tiempo con vosotros ha sido una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida y…

Estaba empezando a hablar muy deprisa, y el espadachín no sabía si lograría hacer que se calmase. Además, ni siquiera se estaba enterando de lo que decía. Solamente la veía mover los labios.

Sin pensárselo demasiado, Zoro agachó la cabeza y la besó. Las últimas palabras de la frase se perdieron en la boca de la joven, que respondió al beso con los ojos cerrados. Duró sólo unos minutos, pero cuando terminó, ambos estaban sin aliento. Zoro apoyó la frente en la de la espadachina y tomó su cara entre las manos, apartándole el pelo empapado:

–Ahora que te has tranquilizado –dijo con una sonrisa –, ¿qué estabas diciendo?

Tashigi se aferró al cuello de su abrigo, atrayéndole hacia ella.

–Ya da igual –dijo, y esta vez fue ella la que le besó.

No tenía que ver con ninguno de los dos anteriores. Ni punto de comparación. Ésta vez, Tashigi no se limitaba a recibirlo, sino que lo estaba exigiendo, casi con desesperación. Por supuesto, Zoro no iba a quedarse atrás. Se encontraron de pronto tumbados en el suelo, ella con la espalda contra la madera y él sobre ella, cuidando de no aplastarla.

Al darse cuenta de hacia dónde se encaminaba la cosa, ambos se detuvieron, jadeando, y se miraron.

El pelo negro de Tashigi, aún mojado, se abría en abanico tras su cabeza como una aureola. Una gota de agua le resbalaba por el cuello. Despacio, Zoro se inclinó para poder seguir con los labios la trayectoria de la gotita hasta la clavícula de la joven, arrancándole un suspiro. Al mismo tiempo, deslizó los dedos por debajo de la camiseta de la joven.

Sintió entonces las manos de Tashigi contra la piel del estómago, desatándole el abrigo empapado poco a poco. Extendió un brazo, tanteando el suelo a su alrededor, y les cubrió a ambos con la manta que había utilizado ella momentos antes.

Lo que sucedió bajo la misma no es difícil de imaginar.

–Saaaanji, tengo hambre… –gimió Luffy. Su estómago le dio la razón con un fuerte rugido.

El joven Capitán estaba desplomado sobre la barandilla, con brazos y piernas colgando hacia fuera.

–Espera otro poco, Luffy –replicó Nami –. Aún falta gente por llegar a bordo…

–Si te refieres a Tashigi-san y al marimo podemos cenar sin ellos –se burló Sanji desde dentro de la cocina –. No creo que vuelvan hasta mañana.

Algo preocupada aún, Nami echó un último vistazo a la playa y subió la escalerilla.

Cuando Sanji sacó del horno una fuente con carne de jabalí, y su aroma llegó hasta la cubierta, Luffy se precipitó hacia la cocina con la lengua fuera, seguido casi al instante por Chopper y Usopp, casi arrollando al pobre Brook, que salía en esos momentos a llamarles a cenar.

Me extraña mucho que Oda no haya incluido alguna vez alguna pelea por el cuarto de baño… es un problema muy típico cuando convives con mucha gente, imaginaos el jaleo que debe montarse en el Sunny cada mañana…

En fin, espero que os haya gustado el capítulo a pesar de la brevedad… sigo sin prometer nada sobre la frecuencia de subida, sólo puedo deciros que lo terminaré, aunque tarde mil años (¡espero que no sean tantos!).