Capítulo 15: De vuelta

Chopper abrió los ojos.

¿Qué había pasado?

Se incorporó y miró a su alrededor: estaba en su pequeña enfermería, tumbado en la cama.

–Buenos días –dijo Nami desde la silla –. ¿Qué tal estás?

–Creo que bien… –dijo el animalito, frunciendo el ceño –. ¿Qué ha pasado?

–Casi te perdemos en la tormenta. Hace un par de horas que conseguimos alejarnos del tifón. Ahora estamos anclados.

Tenía la camiseta levantada hasta la línea del sujetador, mostrando un enorme moratón allí donde le había golpeado la polea, pero parecía estar bien. Chopper se sentó en el borde de la cama, con las patitas colgando:

–¿Cómo están los demás? –preguntó –. ¿Ha-hay algún herido?

–Estamos bien.

Estaba muy seria. Demasiado seria. Además, tenía los ojos enrojecidos y olía salado, como si hubiese estado llorando.

¿Tan grave había estado? ¿O acaso ocurría algo más?

–Nami, ¿qué ha pasado?

La joven tomó aire y lo soltó, despacio, antes de atreverse a hablar:

–Cuando te barrió la ola, Tashigi y Zoro consiguieron cogerte antes de que te cayeras. El barco dio un bandazo y…

Se detuvo.

–¿Le ha pasado algo a Zoro? –apenas si tuvo el valor de preguntarlo. Por cómo le miró Nami, temió la respuesta, porque la otra opción tampoco era buena.

–No… –la navegante jugueteó con la pulsera que le había regalado Nojico –. Tashigi cayó por la borda. La hemos perdido.

Silencio. Chopper la miraba con los ojos como platos, llenándose de lágrimas poco a poco.

–Quieres decir que… está…

–No lo sabemos –interrumpió ella. Se secó los ojos; no quería volver a empezar a llorar –. Pudo haber sobrevivido, no tenemos ni idea. Ahora lo único que nos queda es ver si aparece en el periódico. De la forma que sea.

Chopper se echó a llorar. Nami se levantó de la silla y le abrazó, intentando a la vez aguantar las lágrimas. Acarició el pelaje del pequeño doctor hasta que se tranquilizó un poco. Finalmente, el reno la apartó un poco, sorbiendo por la nariz y con los ojillos anegados.

–¿Do-dónde está Zoro? –preguntó

–No se ha separado de ti. He tenido que obligarle a que se fuese a descansar –le contó Nami –. Si me ha hecho caso, estará en el camarote.

Saltó de la cama y fue hasta la cubierta con paso rápido. Cuando abrió la puerta, se encontró de bruces con toda la tripulación.

Ninguno de ellos tenía buena cara, pero ninguno dejó de acudir corriendo a ver qué tal se encontraba él.

Salvo uno.

Aguantándose las ganas de echarse a llorar otra vez, Chopper intentó abrirse paso hacia el camarote de los hombres.

No hizo falta ni que llegase hasta allí: la puerta se abrió y Zoro salió por ella, ojeroso y tremendamente serio. El pequeño doctor se acercó y le miró desde su escasa altura. Fue a decir algo, pero entonces el espadachín hincó una rodilla en el suelo y le atrapó en un abrazo de gigante. Nami le vio cerrar los ojos con fuerza, un momento antes de levantarse y trepar hacia el puesto de vigía, sin decir una palabra.

Ésa fue la única muestra de dolor o tristeza que vieron en él.

El pescador estaba colocándole un pañuelo mojado en la frente cuando Tashigi despertó. Tenía la boca seca, un fuerte dolor de cabeza y apenas podía mover los brazos y las piernas.

–Qué… –trató de preguntar, pero apenas le salió la voz.

El hombre le acercó un vaso de agua:

–Tranquila, bebe despacio –le dijo –. Llevas casi dos días inconsciente, no te fuerces.

–Dos… días…

–Te encontré tirada en la playa. ¿Naufragó tu barco? –al ver que negaba, el pescador descartó una de las teorías que se había formulado –. Entonces debiste caer por la borda…

Tashigi asintió, y luego miró a su alrededor, buscando su Shigure.

–Tranquila –repitió el hombre –. Si buscas tu espada, mi mujer la está limpiando. No te preocupes, sabe lo que hace.

Volvió a recostarse contra la almohada. Diablos, estaba realmente agotada… parecía casi un milagro que hubiese conseguido nadar hacia tierra firme, pero al parecer lo había conseguido. No recordaba nada más allá de luchar por que las olas no la arrastrasen, buscando a lo lejos la silueta del Sunny.

–Descansa un poco, ¿de acuerdo? –le aconsejó el pescador –. Luego ya habrá tiempo de que nos digas de dónde vienes.

Obedeció al instante, pero las casi doce horas que durmió se le antojaron segundos, tan cansada como estaba.

La siguiente vez que abrió los ojos era una mujer la que estaba junto a la cama. Le tendió un cuenco de algo que parecía caldo de pescado, con una sonrisa. No le preguntó nada, y cuando acabó, se limitó a recoger el plato y dejarla dormir otras doce horas.

Pasaron dos días más hasta que pudo ponerse de pie. Reparó entonces en que llevaba un sencillo vestido gris por debajo de las rodillas. La mujer del pescador le dijo que habían tenido que tirar su ropa –la ropa de Nami, recordó apesadumbrada –, porque estaba destrozada. Fue el pescador el primero en preguntarle quién era y de dónde venía.

Dudó, pero acabó dando su nombre, su rango y su división; casi al instante comprendió que sus días de pirata habían terminado.

–Por favor, si pudiesen dejarme un Den Den Mushi, con el que ponerme en contacto con el G-5…

–Aquí no hay, pero hoy mismo iré al pueblo y me encargaré de que sepan que estás aquí –la tranquilizó el pescador –. ¿Alguien más a quien quieras avisar de que sigues viva?

"Zoro" pensó, pero no dijo nada.

Si sabían dónde estaba irían a buscarla, y no estaba segura de poder mirarle a la cara otra vez. Decidió que les haría saber que estaba viva una vez estuviese de vuelta en la nave de Smoker. Así, todos podrían pasar página.

Tres días más tarde, el Vicealmirante Smoker desembarcaba en la pequeña aldea de pescadores y entraba en una de las cabañas más pobres. La ovación y las lágrimas de alegría por parte de los muchachos del G-5 alcanzaron niveles insospechados cuando la vieron salir de la casa, sujeta al brazo del pescador, todavía convaleciente. Mientras los marines subían a bordo a su Capitana y se aseguraban de que no le faltaba de nada, Smoker ofreció una recompensa a la pareja que había salvado la vida de la joven, pero ninguno de los dos quiso aceptarla.

Mientras tanto, el Sunny paraba en todos los puertos que encontraba, esperando recibir noticias de la suerte corrida por Tashigi. Por mala fortuna o por descuido, jamás llegaron a pasar por la pequeña aldea de pescadores.

Zoro desembarcaba con todos los demás, estaba presente cuando preguntaban aquí y allá mostrando una fotografía vieja que Nami había sacado de un periódico de antes de la batalla de Marineford. Pero nunca dijo nada, ni siquiera mostró la más mínima señal de que todo aquello le importase un ápice. Cada vez que alguien les decía que no había visto a la joven, simplemente inclinaba la cabeza a modo de agradecimiento y se alejaba. Ninguno de los demás Mugiwara consiguió nada más que eso de él.

Una semana después de la tormenta, Nami se acercó a Sanji mientras fregaba los platos tras el desayuno. Con la excusa de ayudarle a ordenar la cocina, la navegante esperó a que todos los demás salieran para confesarle que estaba preocupada por el espadachín.

"Maldito bastardo con suerte" pensó el cocinero, pero luego dijo:

–No te preocupes, Nami-san. Acabará por explotar tarde o temprano.

–Precisamente es eso lo que no quiero –dijo ella –. Escucha, no soy solo yo, también Robin está preocupada. Y los demás.

"Y yo, por desgracia"

Jamás lo admitiría en voz alta, pero era verdad. Sanji, para quien el funeral del Going Merry había sido la experiencia más cercana a la muerte de un ser querido que había vivido nunca, no podía ni imaginarse lo que tenía que estar sufriendo el espadachín. Joder, si hasta él había llorado la noche de la tormenta, cuando Zoro, pálido, consiguió llegar hasta la cubierta con Chopper.

Se quedaron ambos en silencio, terminando de fregar. Por fin, cuando parecía que nadie iba a decir nada más, Nami añadió:

–Habla con él, Sanji-kun

El cocinero se sobresaltó:

–¿Por qué?

–Porque… bueno… los dos sois hombres. A ti te escuchará más que a Robin o a mí…

–No quiero ofenderte, Nami-san, pero ¿por qué yo? Tienes cuatro hombres más a bordo, cinco si contamos a Chopper.

–¿Ah, sí? ¿Crees que Luffy, por ejemplo, es el más adecuado para hablar con él?

–Sabrá cómo sacar el tema, él perdió a su hermano en… –se detuvo cuando cayó en la cuenta –. Oh. Claro. No quieres que se encierren los dos a llorar a moco tendido.

–Eso suponiendo que Zoro sea capaz de llorar. Pero sí, eso no les hará ningún bien. Ni a él ni a Luffy.

– ¿Y Usopp? ¿Franky? ¿Brook? ¿Chopper?

–Sanji-kun, todos sabemos lo que es perder a alguien, pero no por ello Zoro va a dejarse consolar por ninguno de nosotros.

–Entonces ¿por qué tengo que ser yo? Yo no voy a consolar al marimo, no soy su pañuelo.

–Sólo quiero que hables con él. Tenéis la misma edad, tal vez de ti acepte algo de comprensión… A veces tengo la impresión de que os entendéis mejor que nadie en este barco.

Sanji no dijo que todo aquello le parecía una tontería sólo porque lo estaba diciendo Nami-san, y Nami-san nunca decía tonterías, ¡faltaría más!

Sin embargo no encontró ocasión de abordar al marimo hasta la noche siguiente, cuando le oyó removerse en su hamaca, a las tantas de la madrugada.

–¡Pst! –le llamó, incorporándose –. ¿Estás despierto, marimo?

–Duérmete, cejas rizadas –fue la respuesta.

Sanji se asomó por el borde de su hamaca y miró hacia la oscuridad que había justo debajo de la hamaca de Chopper: el escaso brillo de las estrellas en el exterior permitían intuir el bulto que formaba Zoro en su cama.

–¿Quieres hablar? –preguntó, rezando para que todos los demás estuviesen dormidos.

– ¿De qué?

–Yo qué sé. De lo que sea. De algo –Sanji cruzó los brazos sobre la madera de su cama y apoyó la barbilla en ellos–. Hemos perdido a un miembro de la tripulación, ¿de verdad no quieres hablar?

–No era un miembro de la tripulación. No quería seguir con nosotros.

–Bueno, ya, pero eso no significa que no le cogiésemos cariño.

Silencio. Al parecer, Nami-san se había equivocado, después de todo.

–Escucha, pedazo de alga –si iba a tener que consolarle, por lo menos se daría el gusto de insultarle un poco –, sé que eres un ser con plantas marinas en lugar de cerebro, pero estoy convencido de que tienes algo más que roca viva por corazón. ¿Seguro que estás bien? Porque nosotros… los demás… –ah, no. No pensaba reconocer que él también había llorado. La situación era triste, pero no quería darle motivos al espadachín para que se riese de él –. Quiero decir, ayer hablé con Nami-san, y estaba llorando y…

–Claro –le interrumpió la voz de Zoro desde abajo –, porque eso es lo que a ti te importa. Que Nami llore.

–¡No! –exclamó –. Es decir, sí que me importa, ¡por supuesto que me importa! pero eso no viene a cuento. Lo que trato de decir es que no pasa nada por sentirse triste.

–¿A quién intentas convencer, a mí o a ti?

Sanji dejó escapar un suspiro.

–Estamos testarudos, ¿eh?

–No. Intento dormir.

–Bien –el cocinero se dejó caer de vuelta en su hamaca con un bufido de disgusto –. Buenas noches, marimo.

No obtuvo respuesta.

Al día siguiente llegó la gaviota del periódico: en portada aparecían el Almirante Kizaru y el derrotado capitán de una tripulación pirata que había intentado sin éxito cruzar la Red Line en el Archipiélago. Nami pasó las páginas casi con ansia: había un breve artículo sobre una especie de feria en Arabasta, una estupidez acerca de un simulacro de ataque pirata en una isla del South Blue, algo sobre unas redadas en la ciudad de Mocktown en Jaya…

Por fin, casi al final del ejemplar, un titular llamó su atención:

EL G-5 ENCUENTRA LO QUE HABÍA PERDIDO

El pasado jueves, un pescador llamó a Marineford pidiendo que se le pusiese en contacto con el Vicealmirante Smoker. Al parecer, había encontrado a una joven que decía ser miembro de su tripulación. El Vicealmirante partió de inmediato hacia la pequeña isla desde donde se recibió la llamada para confirmar su veracidad.

La Capitana Tashigi, que llevaba casi dos meses en paradero desconocido, llegaba hoy al Cuartel de la Marina más cercano, en la isla de Nayá, acompañada por su superior y sus subordinados. El pescador que dio el aviso la encontró hace una semana en la playa, con claros signos de agotamiento, deshidratación e hipotermia. Sin embargo, tras varios días de recuperación, la Capitana salía de la cabaña de sus salvadores por su propio pie. El médico de Nayá ha confirmado que su estado de salud es bueno y que se recuperará en pocos días.

Pese a la insistencia de la prensa, la Capitana Tashigi se ha negado a hablar de estos dos meses que ha pasado desaparecida, y el Vicealmirante parece respetar su decisión. Fuentes externas afirman que…

A Nami se le saltaron las lágrimas. El artículo venía sin foto alguna, pero al fin y al cabo eran buenas noticias, con o sin imagen.

Alzó el periódico en alto y lo agitó en el aire mientras gritaba:

–¡Tashigi está viva! ¡Está bien!

Pronto, todos se arremolinaban alrededor del periódico, arrebatándoselo de las manos los unos a los otros.

Incluso Zoro se acercó a echar un vistazo a la hoja. No lo dijo, ni siquiera lo pensó, o por lo menos no se dio cuenta, pero la esperanza de que la joven aceptase volver al barco y convertirse en una de ellos prendió de nuevo.

Tal vez Tashigi pudiese perdonarle por no haber sido lo suficientemente fuerte y haberla dejado caer.

Aquel día por fin hubo algo que celebrar a bordo del Sunny.

–Tashigi.

Levantó la cabeza del montón de papeles que decoraban su mesa, como hojas de otoño. Eso era algo que no había echado nada de menos en el Thousand Sunny: la burocracia. Las toneladas y toneladas de formularios, de órdenes y de permisos que había que rellenar, clasificar y archivar para emprender cualquier misión o ejecutar cualquier orden. Eso sin contar con las largas parrafadas que había que redactar tras concluir un trabajo.

Smoker estaba en la puerta de su pequeño despacho, a bordo del barco del G-5.

–¿Cómo te encuentras?

Le extrañó esta pregunta. Aunque sabía que Smoker se preocupaba por ella, no solía ser tan directo; la mayor parte de las veces se limitaba a dejarle su espacio.

–Mejor… Gracias.

– ¿Lo suficiente como para entrar en combate?

Arqueó las cejas y no dijo nada. ¿Desde cuándo el Vicealmirante le preguntaba a nadie sobre si podía o no pelear? Él siempre ordenaba, no aceptaba sugerencias.

–Tashigi, deja de mirarme con cara de idiota y contéstame –la voz de su superior interrumpió sus pensamientos –. Han localizado el barco de los Mugiwara un poco por delante de nosotros, anclado. Podemos llegar a esa isla en poco más de dos o tres horas y atraparlos. ¿Puedes pelear o no?

Tashigi apretó los puños.

–Por supuesto que puedo, Smoker-san. El médico dijo…

–Al diablo con el médico, sabes que no me refiero a eso… Hace unas semanas viajabas con ellos –comentó su superior.

A la joven le dio un vuelco el corazón.

– ¿Cómo has…? –empezó a decir.

Smoker puso los ojos en blanco.

–Limítate a contestar, Tashigi.

–Puedo pelear –dijo finalmente –, pero ¿cómo has sabido que…? –se detuvo, cayendo de pronto en la cuenta –. Aokiji.

Smoker ignoró esto último y se dirigió hacia la puerta.

–Deja el papeleo para luego, prepárate y avisa a las tropas –ordenó antes de marcharse –. Como tenga que mover yo solo a esta pandilla de imbéciles, seguro que mato a alguno…

Cerró la puerta, y Tashigi oyó alejarse las pisadas por el pasillo.

La joven se levantó y fue hacia la pared en la que estaba colocada Shigure, en un soporte de madera. Tardó unos minutos en atreverse a adelantar el brazo y tomar la espada por la empuñadura. Contempló la hoja en la que se reflejaba un ojo violeta; Shigure parecía devolverle la mirada desde su cuerpo de metal, inquisidora.

–Y ahora ¿qué? –le preguntó, como si la katana fuese a responder.

Smoker ya había dejado muy claro con aquella visita que lo ocurrido en aquel barco no era asunto suyo. Tashigi sabía que no iba a preguntarle nada; su superior confiaba plenamente en su buen juicio.

Nadie tenía por qué saber nada.

Pero, ¿cómo iba a atacar a aquellos que le habían salvado la vida? ¿Con qué cara podría mirarse luego al espejo? ¿Cómo iba a enfrentarse a Zoro?

Pero era su deber, debía cumplirlo y lo haría. Shigure volvía a estar en su mano, sirviendo a la Justicia, como de costumbre. Pero la espada no parecía estar a gusto, y ella misma tampoco.

Robin tenía razón: las cosas al final se habían solucionado solas. Entonces ¿por qué no estaba contenta?

Habían desembarcado en aquella isla aunque no estaba en los planes de Nami detenerse allí. ¿El motivo? Luffy y su condenado estómago elástico. Sanji juraba y perjuraba que había cerrado la puerta bajo siete llaves, pero la nevera volvía a estar vacía y, aunque podrían sobrevivir un par de días más gracias al acuario, decidieron aprovechar aquellos días de calma para abastecer las despensas.

Dejaron a Chopper y a Robin cuidando el Sunny y marcharon hacia el pueblo.

Se sorprendieron al no ver a nadie en las calles. Todas las puertas parecían cerrarse a su paso, y las tiendas parecían cerradas a cal y canto.

De pronto, mientras paseaban por la avenida principal, desierta, Luffy se tensó y se volvió, repentinamente serio.

–Zoro –dijo.

Su Segundo ya tenía la mano en la empuñadura de Sandai Kitetsu.

–Lo sé.

Miró hacia atrás, pero no vio al cocinero. Maldijo por lo bajo; ¿dónde se habría metido?

–Zoro, ¿qué pasa? –preguntó Nami.

–Sigue andando –respondió el joven –. Nos están siguiendo.

Usopp llevó con disimulo la mano a la bolsa de las municiones, Brook apretó los dedos huesudos alrededor de su bastón y Franky revisó su depósito de Cola.

No habían avanzado ni cinco metros, cuando sus perseguidores salieron de entre las casas y les rodearon.

–Maldita sea, ¡Nos han emboscado! –exclamó Usopp al ver que no había salida

–Por eso no había nadie en las calles –cayó en la cuenta Nami, visiblemente molesta –. Joder, ¿no pueden los marines dejarnos ir de compras tranquilos?

Zoro recorrió con los ojos las gorras marcadas con la gaviota del Gobierno. Por un momento creyó ver un abrigo de Capitán de color rosa entre la gente, pero cuando volvió a mirar se dio cuenta de que la vista le había engañado.

Sin embargo…

Fue Usopp el que le puso voz a sus pensamientos:

–Son todos soldados rasos.

–¿Dónde estará el Capitán? –se preguntó Brook. Se llevó la mano a la boca y gritó –. ¡Oi, Capitán-san!

–¡No le llames, imbécil! –exclamó el tirador, espantado.

La risa del esqueleto rebotó en las calles en completo silencio. Los marines estaban inusualmente callados, como esperando órdenes.

Zoro metió el pulgar bajo la guarda de Sandai Kitetsu, listo para empujar hacia arriba y desenvainar.

–Atentos –murmuró, y todos se pusieron inmediatamente en guardia.

De pronto, un cañonazo.

Los instantes que tardaron en darse cuenta de lo que estaba ocurriendo se hicieron eternos, mientras el eco de la explosión llenaba el pueblo.

–¡Están bombardeando el Sunny! –gritó Usopp.

–¡Todo el mundo al barco! –exclamó Luffy, y la tripulación volvió grupas y comenzó a abrirse camino entre los marines.

En contra de lo que pueda parecer, no fue un gesto de cobardía o debilidad. Para un pirata, un hombre que vive por y para el mar, y que aún tiene un largo viaje por delante, proteger su transporte es lo más importante. Más aún tratándose de un barco tan especial como el Sunny en manos de una tripulación tan especial como aquella.

Los marines sabían que esto iba a ocurrir, y ya les habían cortado hábilmente la retirada.

Zoro y Luffy se colocaron delante del resto de los Mugiwara y, como aquel lejano día que abrieron un agujero en las olas del mar desde el Rocketman, atravesaron con un increíble ataque combinado las filas de soldados, formando una abertura por la que escaparon los piratas.

Lejos de darles por perdidos, los marines, en un movimiento que claramente había sido ensayado muchas veces, cargaron los rifles y las pistolas y apuntaron.

No al cyborg, sabían que tenía buenos reflejos y se daría la vuelta para evitar con su placa de metal las balas. No al Capitán, los proyectiles rebotarían en su cuerpo de goma. No al esqueleto que, al fin y al cabo ya estaba muerto. No a Roronoa Zoro, que podía desviarlas con sus espadas. No al tipo de la nariz larga que se parecía sospechosamente a Sogeking, porque se encontraba hábilmente oculto tras el enorme corpachón del cyborg.

–¡Nami, cuidado! –gritó alguien.

Nami, que corría en último lugar, volvió la cabeza sin detenerse.

El primer movimiento de defensa que le vino a la cabeza fue gritar, cubrirse la cabeza con los brazos y echar a correr más rápido.

El ensordecedor estallido de las balas al abandonar los cañones de las armas fue lo último que oyó.

Eso, y el sonido de unos pasos corriendo hacia ella, a toda velocidad.

De momento os lo dejo aquí (No me matéis, por favor…).

El siguiente capítulo lo tengo más desarrollado… sí, sé que siempre digo eso, pero esta vez os juro que es verdad.

Deben quedar unos tres o cuatro capítulos para terminar.