Capítulo 17: No eres de hierro
He vuelto.
No os digo más, adelante, leed.
–Ah, Zoro-san –dijo Brook cuando le vio abrir los ojos– Nos preguntábamos cuándo despertarías…
El espadachín se sentó en la cama, algo desorientado.
Vaya, seguía vivo. La verdad, no se lo esperaba. Miró a su alrededor, intentando recordar los detalles de la huída. Descubrió entonces que estaba en una cama plegable en la enfermería de Chopper, y que Sanji ocupaba la cama grande, pálido, incosciente y con un gotero conectado al brazo.
–Veo que ese idiota sigue vivo… –comentó con voz ronca.
Brook se quedó callado unos instantes. Luego se atrevió a preguntar.
–¿Por qué lo has hecho? Volver a arriesgar tu vida, quiero decir…
Zoro no contestó.
–Era Tashigi-san a la que te enfrentabas –continuó el esqueleto–, pudiste haberla desarmado con facilidad… es buena, lo sé, pero tú eres mucho mejor… ¿O no?
Silencio. El joven se levantó y cojeó hasta la puerta.
–¿Zoro-san?
–Es mi deber proteger a mi capitán y a la tripulación –contestó –. Pero a quién mato y a quién perdono la vida... eso es asunto mío –se detuvo con una mano en el picaporte –. Además… necesitaba buscar algunas respuestas.
–Y… ¿Las has encontrado?
Zoro esbozó una sonrisa amarga.
–No lo sé.
…
–¡Oe, Usopp! –exclamó Luffy con la boca llena –. ¡Esto está buenísimo!
El tirador les dirigió una sonrisa orgullosa.
–¿Qué creíais? Yo, el gran Usopp-sama sé hacer de todo. Esto no es nada comparado con la vez que tuve que cocinar para los gigantes…
–¡¿De verdad?! –se emocionó Chopper
Nami se golpeó la frente con la palma de la mano.
–¿Por qué ese estúpido reno sigue creyéndose todo lo que Usopp dice?
Robin sonrió silenciosa a su lado. Franky se encontraba en ese momento rebatiendo las supuestas aventuras de Usopp, y los dos discutían acaloradamente sobre el tamaño que debía tener la sartén de los gigantes y la fuerza necesaria para manejarla. Brook se volvió hacia Zoro. El joven estaba en una esquina de la mesa más serio de lo habitual, en silencio, sin intervenir en ninguna de las conversaciones. Ni siquiera parecía darse cuenta de que Luffy le estaba robando la comida del plato.
La fiesta fue menos animada que de costumbre, porque todos eran conscientes de los dos sitios vacíos en la mesa. Y Zoro seguía callado, cuando cualquier otro día habría reído como el que más.
Luffy se separó del jolgorio un momento y se sentó a su lado.
–¿Estás bien? –preguntó.
Zoro asintió como ausente.
–Es por Tashigi… ¿Verdad? –volvió a preguntar Luffy, con el mismo tono de un niño curioso que ha oído algo por casualidad.
–No. Estoy bien.
Luffy se caló su sombrero de paja y sonrió por debajo del alero. Sabía que su amigo mentía, llevaba mucho tiempo viajando con él y notaba esa clase de cosas. Sin embargo, si Zoro no quería hablar de ello sus razones tendría.
–Bien –dijo –. Porque espero no volver a ver a ese Humitos en una temporada…
Zoro se levantó, serio.
–¿A dónde vas? –Usopp se dio la vuelta, apartándose de los fuegos de la cocina.
–Fuera –contestó Zoro, y no dio más explicaciones.
–No irás a entrenar, espero –dijo Chopper –. Tienes que descansar… ¡Y ni se te ocurra quitarte la venda de la pierna!
Se levantó para ir tras él, pero Robin le detuvo
–Déjale solo. Lo necesita más que tus cuidados médicos.
El pequeño reno dudó un momento. Finalmente se sentó de nuevo con un suspiro.
–No lo entiendo –Usopp dio una palmada en la mesa, frustrado –. Tashigi ha viajado con nosotros durante los últimos meses, ha compartido nuestras aventuras… ¿Por qué ha intentado matar a Zoro? Precisamente a él, que le ha salvado la vida unas cuantas veces. Yo creí que ellos dos…
–No sabemos si de verdad intentó matarle o no –interrumpió Chopper –.Yo… creo que si hubiese querido matarle no le habría apuñalado la pierna, habría ido directamente a por un punto vital. Lo único que hizo fue golpearle en un punto que sangraría mucho.
–Ella no es tan cruel como para torturar a su víctima antes de matarla –argumentó Brook –, no va con el honor de un espadachín, ni con su forma de ser.
–Entonces, ¿por qué lo ha hecho? –preguntó Nami –. Después de todo… Zoro y ella… quiero decir que… tenían algo ¿no?
–Tal vez quiso aparentar que lo mataba –apuntó Robin, acertada, como siempre –. Si un cadáver cae al agua no tienes forma de recuperarlo, se hace pasto de los tiburones.
–En este caso el submarino llegó antes que ellos –dijo Franky –. Demonios, cuando le recogimos pensé que la había palmado… hasta que vi que la sangre venía de la pierna.
–Tiene su lógica… aparenta un trato con Zoro, luego finge que lo mata y pone como excusa ante la ausencia de su cadáver el hecho de que cayó al mar –resumió Usopp –. Lo que no me cuadra es que no se viniera con nosotros. ¿Por qué se quedó con Smoker? Sabía que nosotros… que Zoro no podría estar con ella si volvía con los marines… y podría haber fingido que nos la llevábamos por la fuerza si quería conservar su reputación…
–Eso debe ser lo que tampoco le cuadra a nuestro espadachín –Robin señaló con el pulgar hacia la puerta –. Cuando nos dijo que nos fuésemos sin él… creo que, de alguna forma, la estaba esperando a ella. Creo que no quería forzarla a venir, simplemente esperaba su decisión.
Se quedó callada unos instantes.
–Creo –añadió –, que Zoro se culpa de haberla perdido. Cuando el tifón se nos echó encima… él logró rescatar a Chopper pero no a ella.
–Pero es lógico, ¿no? –expuso Nami, sin darse cuenta de que el reno bajaba la cabeza –. Tashigi podía nadar y Chopper no…
Usopp bufó y se cruzó de brazos:
–Conociéndole como le conozco diría que se está torturando por no haber sido más rápido. En todos los sentidos.
Todos asintieron, incluído Luffy, entendiendo a lo que se refería el tirador.
–Pobre Zoro –suspiró el Capitán.
…
Subió a su puesto en lo alto del palo mayor. Cogió las pesas, y se puso a entrenar. Necesitaba mantenerse ocupado, no pensar en nada. Absolutamente en nada. Ni en nadie.
A medida que pasaban las horas, los pensamientos ignorados se acumulaban, e iba subiendo la intensidad de los ejercicios.
Cuando por fin se dejó caer al suelo, las vendas que cubrían las heridas de la pierna y del pecho estaban manchadas de sangre.
"Chopper me va a matar"
Se sentó con la espalda en la pared y oteó el horizonte.
Nada. Sólo el mar, como un pedazo de vidrio, en calma como la superficie de un espejo.
El rostro de Tashigi volvía a él una y otra vez, aunque intentase dejar la mente en blanco.
Tenía que olvidarse de ella. La joven había elegido volver con los marines, y Zoro no podía culparla por ello: sabía que no podía pedirle que viviera como ellos, perseguida y en peligro constante. Pero aún así… dolía.
Dolía, porque de no ser por él, la joven seguiría con él, habría estado con ellos un poco más de tiempo.
Se cubrió con la manta y recordó la primera vez que la joven había subido allí. Sacudió la cabeza: Tashigi había elegido. Nada podía hacer él para cambiar su decisión. Él tenía que seguir persiguiendo su sueño… aunque por algún motivo ya no tenía tanta importancia como el espacio vacío que había dejado la joven.
De todas formas… ¿cómo podía haber esperado siquiera que la joven abandonase su vida por él? Al fin y al cabo, la Marina representaba algo muy importante en la vida de Tashigi, mientras que Zoro sólo ocupaba los últimos meses.
Y él la había dejado escapar.
No solo no fue capaz de sujetarla durante la tormenta, también la había dado por muerta.
Volvió a sacudir la cabeza y la golpeó levemente contra el marco de la ventana. Necesitaba dormir, probablemente estaba demasiado cansado y por eso tenía esos pensamientos.
…
Luffy estaba sentado en la cabeza de león del Sunny. Estaba preocupado, aunque no lo demostrase. Preocupado porque un miembro de su tripulación había estado muy cerca de la muerte. Preocupado porque Humitos había vuelto y la próxima vez que se lo encontrase ya no le dejaría marchar. Y preocupado por Zoro.
Era la primera vez que Luffy veía tan ausente al espadachín, y eso era grave. Intuía que no era algo que fuese a durar poco, aunque Zoro, cabezota como solo él sabía serlo, seguramente pretendería haberlo superado prácticamente al día siguiente.
En una pelea normal, las heridas recibidas no habrían parado al espadachín. Por lo que parecía, el joven había perdido su espíritu de lucha en cuanto vio a Tashigi.
Por encima del Sunny brillaba la luna. Se levantó y se dirigió hacia la puerta del camarote de Chopper. Le tocaba al reno montar guardia, y así él aprovecharía para pasar a ver cómo se encontraba Sanji.
Encontró a Nami sentada en una silla junto a la cabecera del herido. Estaba dormida. Intentando no hacer mucho ruido, despertó a Chopper. El reno se restregó los ojos con las pezuñas y salió afuera, bostezando, mientras Luffy se acomodaba en un rincón.
Había alguien más en cubierta. Una figura sentada en la barandilla, mirando al mar.
–¿Zoro? –preguntó, medio dormido.
El joven se volvió un momento y siguió observando las olas. Chopper tomó impulso y se sentó a su lado.
–¿Estás bien?
–Mira que sois pesados –bufó él –. Sí, estoy bien Chopper, así que vete a montar la guardia y no te preocupes por mí.
Chopper no se movió. Se caló el sombrero y se cruzó de patas.
–No puedes engañarnos, Zoro –dijo –. Somos nakamas, te conocemos perfectamente…
Se echó a reír. Se volvió hacia el pequeño reno y le caló aún más el sombrero.
–No quiero engañaros, Chopper. No os preocupéis por mí, estoy bien.
–No estás bien.
–Chopper…
–¡Todos creemos que Tashigi…!
–Ya basta.
Se hizo el silencio. Chopper se colocó bien el gorro, que su compañero le había encasquetado casi hasta la nariz.
–¿Cómo está el cocinero? –preguntó Zoro al cabo de un rato.
–Dormido. Son heridas muy serias –Chopper rascó con la pezuña la madera del barco –. No está fuera de peligro pero al menos no va a morirse de momento. Le pedí a Nami que buscásemos una isla rápidamente, pero el Log Pose… ¿Por qué ese cacharro no marca las distancias? –protestó.
–Ni idea, pero sería muy útil, la verdad…
Así que ya no había peligro inminente para el Cejas-Rizadas...
Menos mal.
–Jamás pensé que me alegraría tanto de que siguiese vivo –bromeó –. Aunque si el idiota se muere… ¿con quién me pelearía yo?
Chopper se echó a reír y se levantó.
–Puedes ir a verle, Luffy y Nami están con él ahora…
Zoro movió la cabeza.
–Creo que esperaré a que se despierte para poder insultarle adecuadamente –bostezó y se frotó un ojo –. Bueno, creo que ya me volvió el sueño… –se levantó y se dirigió hacia los camarotes –. Me voy a dormir.
Chopper se fijó entonces que el joven cojeaba. Corrió para alcanzarle.
–¿Va bien la herida? –preguntó.
Zoro apretó el paso.
–Sí, sí, va muy bien… Buen trabajo Chopper.
–¡Espera!
Chopper pasó a su forma "humana" y le retuvo por un brazo, obligándole a detenerse para examinarle la herida. Resignado, Zoro se sentó en el suelo y aguantó pacientemente la bronca de Chopper
–¡Te dije que no la forzaras! ¿Es que quieres desangrarte? ¡Te pongo tantas vendas para impedir que muevas demasiado la pierna! Eres un bruto, Zoro… –era curioso cómo le cambiaba el carácter a Chopper cuando tenía que tratar a un paciente. Cuando vio el estado de la herida del pecho, puso los ojos aún más serios –. Vamos ahora mismo a que vuelva a curarte…
–¿Y la guardia? –preguntó Zoro. Normalmente habría discutido con el reno, le habría dicho que las vendas le molestaban, que tenía que hacerse más fuerte. Pero no tenía ganas –. ¿Voy a despertar a Franky para que te reemplace?
–No, voy yo. Vete directamente a mi camarote y siéntate –ordenó el reno –. ¡No te muevas más que lo necesario!
Zoro entró en el cuarto y cerró la puerta tras de sí. El lugar estaba ya bastante lleno: Luffy roncaba sonoramente en un rincón, y Nami dormía apoyando la frente en el cabecero de la cama de Sanji. Notó una punzada en el pecho: no hacía mucho él había ocupado esa misma cama, y había sido Tashigi la que había pasado la noche a su lado. Se clavó las uñas en la palma de la mano al cerrar bruscamente el puño para intentar alejar los recuerdos de su mente.
Se sentó en el suelo, apoyando la espalda en la pata de la cama, a los pies de la misma. Luffy se removió, en el rincón, y farfulló algo acerca de un pulpo y unas onigiri. Le rugió el estómago. ¿Faltaría mucho para el amanecer?
–No me digas… que no habéis comido nada…
Alzó la cabeza. Sanji estaba despierto.
–Tienes un aspecto horrible –comentó Zoro.
–No creo que sea peor que esa jeta tuya que paseas por ahí tan orgulloso, maldito marimo.
Sonrió.
–Maldito cocinero…
Sanji se tanteó el pecho y los costados durante un rato hasta que cayó en la cuenta de que lo que llevaba sobre la piel eran vendas, no su camisa y su chaqueta. Suspiró levemente.
–No estará por ahí mi tabaco, por un casual…
Zoro le lanzó un paquete medio aplastado que había sobre la mesa de Chopper y el mechero que el reno utilizaba para esterilizar agujas. Sanji lo atrapó al vuelo y encendió un cigarrillo. Tumbado como estaba lanzó una nube de humo al aire.
–¿Por qué narices hay un agujero de bala en el paquete? –protestó. Luego se incorporó, despacio. A su lado, Nami se movió, dormida –. ¿Nami-san?
–Déjala dormir. Lleva contigo desde que Chopper acabó de curarte, estará agotada.
Los ojos de Sanji se iluminaron. Zoro bufó.
–Quita de tu cara esa sonrisa idiota, por favor… –le espetó.
–¿Y a ti qué te pasa? ¿Tienes algún problema, marimo?
En ese momento Chopper entró en el camarote.
–¡Sanji!
El grito despertó a Nami, que se incorporó, frotándose los ojos.
–Mierda –murmuró el cocinero, intentando ocultar el cigarrillo.
Era tarde, sin embargo. Tanto Nami como Chopper se le echaron encima.
–¿Pero cómo se te ocurre?
–¡No se puede fumar aquí!
–¡Tienes los pulmones dañados! ¿Estás loco? ¿Quieres morirte?
–¡Dame los cigarrillos, Sanji, ahora mismo!
–¿Por qué se lo has permitido, Zoro?
En su esquina, Luffy seguía roncando como un bendito.
...
–Sanji, ¿Seguro que Chopper te ha dejado levantarte?
Sanji se volvió tras dar una calada a su cigarrillo.
–Sí, estoy bien…
Usopp le miró, desconfiado mientras llenaba un vaso de agua.
–¿Seguro?
–¡Joder, Usopp! Digo yo que una semana es más que suficiente para recuperarse…
El cocinero había vuelto a los fogones. Se acercaba la hora de comer, y la verdad es que todos lo esperaban con ganas. Se habían ido turnando para hacer la comida y habían llegado a la conclusión de que tanto Luffy como Zoro lo hacían fatal. Los dos únicos incendios registrados hasta aquel momento en el Sunny habían sido los que esos dos habían causado.
Aunque Usopp fuese el que mejor cocinaba de los "Cocineros sustitutos", su comida no era comparable a la de Sanji.
La puerta de la cocina se abrió, y Chopper entró por ella con un pez que acababa de pescar Luffy del acuario. Sanji sumergió lo que le quedaba del cigarrillo en el vaso de Usopp y le alejó de sí de una patada antes de que pudiese quejarse. No sirvió de nada, el agudo olfato de Chopper ya había detectado la nicotina en el aire.
–¡Sanji! –exclamó, exasperado –. Te dije que no podías fumar aún...
No le golpeó porque ya estaba cansado de hacerlo y que no sirviese de nada. Mentalmente, y mientras Usopp vaciaba el vaso lleno de cenizas refunfuñando, llenaba otro y salía de la cocina, se dijo a sí mismo que tenía que descubrir dónde escondía el cocinero el tabaco para requisarlo.
Sólo cuando Usopp hubo salido de la cocina, tomó Sanji la palabra:
–¿Cómo está el marimo?
–Me preocupa –respondió el reno –. No por sus heridas, las ha tenido peores... pero es que está muy raro, y no quiere mi ayuda...
–Ya, es que Zoro no es la clase de persona que deja que le ayuden –resopló Sanji –. A veces me cuesta creer que pueda sentir algo.
Chopper negó.
–Eso no es verdad… –agachó la cabeza. Sanji se volvió hacia él, descuidando por un momento el puchero que se calentaba –. Claro que Zoro siente. Y ahora lo está pasando mal.
–Eso ya lo sé, Chopper. Lo que me molesta es que se empeñe en sufrir solo.
–Hay veces que puede parecer que todo le da igual… ¡Pero yo sé que lo siente como nosotros! –exclamó el reno –. A veces incluso más que nosotros… recuerdas cuando Usopp dejó la tripulación, ¿verdad?
El pelo de Sanji le cubrió la cara cuando éste agachó la cabeza. Sólo la punta del cigarrillo asomaba entre los mechones rubios.
–Cómo olvidarlo…–murmuró –. Fue uno de los peores días de mi vida.
–Zoro actuó como si nada, como si no le afectase.
–Sí, lo sé –aspiró y la punta de su cigarrillo se puso roja un instante. Luego expulsó el humo –. Él también lo pasó mal. Y cuando lo de Robin. Y con Merry…Y todas las veces que hemos estado con el corazón en un puño. Se empeña en hacerse el fuerte, por mucho que las situaciones le duelan. ¿Alguna vez le has visto llorar? –Chopper negó con la cabeza –. Yo una sola vez, cuando Mihawk le derrotó, la primera vez que le vi.
–Pero, ¿por qué lo hace? –preguntó el reno, aturdido.
Sanji apoyó el talón de las manos hacia atrás en la mesa y fijó la vista en sus zapatos. Un poco de ceniza cayó al suelo desde su cigarrillo.
–Para que tengamos algo en lo que apoyarnos –dijo al fin –. El día que Zoro demuestre que tiene miedo, que siente pena o dolor, en esta tripulación va a cundir el pánico. Piénsalo. ¿Qué harías si viniese a atacarnos un rival que consiguiese hacer que Zoro tiemble? –los ojos del reno se abrieron como platos –. ¿Lo ves? Yo también echaría a correr en dirección contraria hasta que se me desintegrasen las piernas.
El puchero empezó a burbujear y el cocinero se apresuró a apartarlo del fuego. Chopper bajó la cabeza.
–Es culpa mía –dijo el reno con voz queda –. Si te hubiese hecho caso y me hubiese quedado dentro no me habría caído. Y Tashigi seguiría aquí.
–Ni se te ocurra decir eso, Chopper –le regañó –. Fue un accidente –entonces, se dio cuenta de que el pequeño animal estaba llorando –. Eh, eh, tú no tienes la culpa de nada.
Chopper sorbió por la nariz.
–Si no me hubiese caído, Tashigi estaría aquí y Zoro no estaría tan mal… Y no quiere hablar conmigo…
–Bueno, se acabó –Sanji se levantó y fue hacia la puerta –. Voy a decirle un par de cosas a ese marimo idiota…
A Chopper se le cortaron las lágrimas de golpe.
–No irás a…
–¡Tranquilo, Chopper, sólo voy a hablar con él! –refunfuñó Sanji, y añadió por lo bajo –. Aunque debería darle un buen par de patadas así de entrada…
Salió a cubierta. Zoro estaba apoyado en la barandilla y miraba el horizonte. Como de costumbre, se percató de que alguien se le acercaba sin necesidad de mirar.
Sanji se apoyó junto a él, de espaldas al mar y encendió un cigarrillo.
–Así que estabas aquí, marimo –dijo.
Zoro no se inmutó.
–No es muy difícil encontrar a alguien en un barco tan pequeño, cocinero –espetó, molesto –. Si no has sido capaz de encontrarme es que tienes un serio problema.
Sanji sonrió.
–Creí que estarías levantando pesas a lo loco como haces siempre.
–Pues te has equivocado.
–Ya veo, ya…
Silencio. Sanji estudió cuidadosamente sus opciones. Al final se decidió y siguió hablando.
–Desde que no está Tashigi te veo raro.
–Son imaginaciones tuyas.
–No lo creo –dejó escapar un hilillo de humo –. Antes te pasabas el día durmiendo o entrenando, y nunca te perdías una pelea.
Zoro frunció levemente el ceño y Sanji supo que iba por buen camino.
–¿Qué te ha pasado para que pierdas tus ánimos tan de repente?
No contestó. Siguió con la vista fija en algún punto del horizonte. Sanji exhaló una bocanada de humo.
–Vamos hombre, no irás a decirme que la echas de menos…
Zoro no se volvió.
–¿Debería hacerlo? –contestó, pero a Sanji no se le pasó por alto que el tono de indiferencia con que lo dijo era fingido.
–No –se apoyó de espaldas en el mástil –. Tú no echas de menos a nadie, marimo –exhaló otra nube de humo hacia arriba –. Dudo incluso que tengas esa capacidad.
Las manos de Zoro apretaron la madera de la barandilla. Sanji advirtió que había dado en el blanco.
–Debes estar muy bien ahora que se ha marchado –insistió –. Ya puedes volver a dedicarte a tus cosas sin que ella esté por medio… Tampoco tendrás que rescatarla de situaciones en las que tú nunca caerías, ni tener que medir tus palabras para no ofenderla sin querer.
–Cállate –advirtió Zoro en voz baja.
–¿Por qué? ¡Si es lo que has estado diciendo desde que se fue!
Crack.
La madera de la barandilla crujió levemente.
–Además –continuó Sanji –, me imagino que ya te divertiste lo suficiente con ella. Porque eso era ¿no? Una mera distracción…
Zoro respiró hondo para calmarse. Si ese maldito cocinero no dejaba de decir chorradas no respondía de sus actos.
–No sé por qué pasabas tanto tiempo con ella si tan mal te caía –comentó el rubio. Sabía que no era verdad, pero tenía que encontrar la forma de que su compañero estallase –. Además, si querías que se quedara lo disimulaste muy bien.
–Sanji, cierra el pico…
¡Le había llamado por su nombre! Estaba peor de lo que pensaba…
–Pero bueno, era de esperar del famoso Cazador de Piratas –continuó –. Serás el mejor espadachín del mundo algún día, ya lo creo. Nada hace que pierdas de vista tus objetivos, hombre de hierro. Ni siquiera el amor.
La cara de Zoro estaba completamente inexpresiva, pero el cocinero sabía que el joven estaba a punto de explotar, así que decidió dar el toque final.
–Y si tanto te importaba, ¿Por qué la dejaste caer?
Comprendió que había logrado su propósito cuando tuvo que frenar un puñetazo de Zoro a pocos centímetros de su cara.
–¡Vaya! –se burló –. Parece que aún te quedan sentimientos…
–¡CÁLLATE!
Se enzarzaron en una violenta pelea. Zoro desenvainó las espadas y le atacó con todas sus fuerzas, utilizando, por suerte, la parte roma. Sanji le devolvió los golpes convertidos en patadas.
–¡No tienes ni idea de nada, maldito cocinero!
–¡Eres el hombre más tozudo que he conocido en mi vida, Zoro! –le gritó a su vez Sanji –. ¿Por qué te cuesta tanto reconocer que la echas de menos? ¡Por dios, si todos sabemos que estás enamorado de ella! ¡Hasta Luffy! ¿A quién quieres engañar? ¡Tengo a Chopper en la maldita cocina llorando porque cree que le odias!
Siguieron peleándose e insultándose mutuamente durante casi diez minutos sin que hubiese un claro ganador. Durante ese tiempo nadie salió a la cubierta, aunque si uno se fijaba bien podía advertir la presencia de una oreja en el timón y un ojo en el palo mayor, observándolo todo.
Al fin, Sanji alcanzó de una patada la herida en la pierna de su oponente. Aguantando un aullido de dolor, Zoro atacó con toda su rabia, todo su dolor y todas sus fuerzas. Las espadas cayeron al suelo mientras el puño del joven se hundía en el estómago del cocinero
Sanji rodó por la cubierta hasta quedar tendido boca arriba. Se le deformó la cara en una mueca de dolor y tosió, llevándose una mano a las vendas del pecho. Una mancha roja empezó a extenderse por ellas. Zoro se dejó caer de espaldas, cansado. Entonces cayó en la cuenta de que hacía tan solo una semana que Sanji había estado al borde mismo de la muerte, y que sus heridas aún no se habían curado del todo.
–Lo siento –dijo en voz baja –. Me he pasado, supongo.
–Da igual –Sanji se incorporó cerrándose la camisa y encendió un cigarrillo. En serio, ¿dónde los escondía? –. Si tienes que pegarte con alguien, mejor que sea conmigo. Pero la próxima vez, no te guardes tanta rabia dentro, maldito marimo.
Zoro no respondió. Ni siquiera se levantó. Se quedó de espaldas en la hierba del Sunny, con los ojos semicerrados para protegerlos del sol.
Sanji observó el horizonte, apoyando el brazo en la rodilla levantada.
–Por lo menos te he hecho estallar –comentó –. Ibas a volverte loco de seguir así…
Zoro se rió con amargura.
–¿Y de qué ha servido?
–Te has desahogado, ¿o no? Además sabes que, en parte, tengo razón.
No dijo nada. Sanji le miro, preocupado.
–No deberías exigirte más de lo que puedes hacer –comentó.
–¿Y eso qué quiere decir, cocinero?
–Que eres un ser humano, marimo –explicó él –. No puedes culparte de lo que ninguno fuimos capaces de predecir. Tampoco es culpa tuya que ella cayese. Y aunque te empeñes en ocultarlo, todos sabemos que lo estás pasando mal –se detuvo para ver si el otro reaccionaba, pero Zoro no se movió –. ¿Tan duro es para ti reconocer que no eres inalterable? –vio cómo la mandíbula del joven se tensaba. Nada más –. Maldita sea, Zoro –resopló –. Por una vez derrúmbate, deja que seamos nosotros los fuertes. Tienes ese derecho.
Tras unos minutos de silencio, Sanji se dio por vencido y se levantó con una mueca.
–Voy a ver en qué anda nuestro Capitán –cojeó hasta la puerta de la cocina –, a ver si averiguo de una maldita vez cómo abre la cerradura de la nevera. Y, oye –se detuvo antes de cerrar tras él –, deberías hablar con Chopper.
Zoro se quedó solo en la cubierta. Tal y como había hecho aquella vez en la que la espada de Mihawk le abrió en canal, se llevó la mano a la cara y la sombra cubrió sus ojos. Aun así, nada más sucedió.
Si su propio orgullo le hubiese dejado, se habría echado a llorar.
