Capítulo 18: Al rescate

Nami abrió la puerta de su cuarto y salió afuera estirándose, aún en pijama.

Buen tiempo, olas tranquilas, presión razonablemente estable…

Un ligero vientecillo inflaba las velas.

Ya iba siendo hora de levantar a todos y ponerse en marcha.

Como de costumbre, Robin ya estaba despierta, sentada en cubierta con un libro bien gordo, así que Nami se dirigió al camarote de los chicos. Abrió de un portazo.

–¡Buenos días!

Un coro de ronquidos le dio la bienvenida. Nami se acercó a la primera hamaca y le dio la vuelta.

Una especie de bola peluda cayó al suelo. Chopper se incorporó, aturdido, tocándose el chichón que le estaba saliendo en la cabeza.

Nami fue hasta la siguiente hamaca, pero no le dio tiempo a voltearla: el ocupante de la misma le lanzó un almohadón que le dio en la cara.

–¡Uso-Pillow!

–¡Ya es hora de zarpar! –gritó la navegante (tras el pertinente capón al tirador), y golpeó con los nudillos otro de los bultos que, para su mal, estaba hecho de metal.

Franky se incorporó medio dormido.

–¿Alguien me ha tocado? –farfulló.

Apretándose una mano con la otra para calmar el dolor, Nami se lió a patadas con las hamacas restantes. Luffy resbaló de la suya, rebotó y quedó enganchado en la de Sanji, que cayó sobre el todavía durmiente Brook. La estructura de madera se dio la vuelta y ambos se estamparon contra el suelo.

–¡Mierda, Brook! –gritó Sanji levantándose de golpe –. ¡Me he clavado todas tus costillas, jodido huesudo!

–¡Es culpa tuya por caerte encima de mí! –contestó el esqueleto –. No me rompas ni una, que son lo poco que me queda…

Sanji ya no le escuchaba. Su "radar" acababa de detectar la presencia de Nami en el camarote, y el cocinero ya estaba babeándole las sandalias. Chopper le dirigió una breve mirada a través de los ojos semicerrados por el sueño. Se había recuperado muy rápido, todavía no hacía ni un mes que había logrado escaparse de la muerte. Sin embargo estaba bien, igual que Zoro.

Zoro.

El pequeño reno miró a su alrededor y no vio al espadachín por ningún lado.

–¿Zoro? –llamó.

Franky se desperezó bostezando.

–Estará fuera –dijo –. Le oí salir a eso de las cuatro…

–¿A las cuatro? –Nami separó a Sanji de ella con un ademán cansino –. ¿Qué narices quería hacer en cubierta a las cuatro de la mañana?

–Hoy no le tocaba guardia… –contribuyó Usopp.

Sanji y Luffy cruzaron una mirada de preocupación, pero no se movieron. Fue Chopper el que salió afuera mientras los demás acababan de desperezarse.

Zoro estaba en el tejado de la casita del palo mayor, despierto.

–Buenos días –dijo cuando vio el sombrero del reno asomar por el borde del tejado.

–¿Has dormido algo esta noche? –preguntó Chopper, yendo al grano

–Algo he dormido, sí…

Chopper se sentó a su lado y bajó la cabeza. La visera del gorro le tapaba los ojos. Se hizo el silencio, sólo roto por el rítmico golpeteo de las olas contra el casco, muy por debajo de ellos.

–Chopper, ¿Estás bien?

–Sí, ¿Por qué lo preguntas?

–No, por nada.

Volvió a hacerse el silencio. Zoro le miró por el rabillo del ojo. Era anormal en Chopper estar tan callado. Ni siquiera le había preguntado por la herida.

–Estás enfadado conmigo, ¿verdad? –musitó el animal tras un largo silencio.

–No. ¿Por qué iba a estarlo?

–Por nad… bueno, sí, porque tuviste que rescatarme en vez de a… –se interrumpió y se abrazó las rodillas. Zoro le miró, incrédulo.

Al final iba a tener razón el idiota de Sanji y resultaba que el reno se sentía culpable.

–¡Claro que no estoy enfadado contigo! –exclamó –. Tú no tienes la culpa de nada, Chopper, y no quiero ni que lo pienses.

Chopper le miró con ojos llorosos.

–¿De verdad?

–De verdad.

Se secó las lágrimas con las pezuñas y sonrió.

–Menos mal…

A Zoro se le escapó una carcajada. La primera sincera desde hacía mucho tiempo.

Cada día que pasaba, dolía menos.

Dolía.

Pero menos.

...

–... Así que tendremos que... Tashigi, ¿me estás escuchando? ¡Tashigi!

La Capitana levantó bruscamente la cabeza al oír su nombre y se encontró con los ojos de Smoker y de los cabecillas del G-5 que la miraban fijamente.

No, no estaba escuchando. Nada más sentarse y ver que los mapas correspondían de nuevo a la ruta de persecución del barco de los Mugiwara, había desconectado.

Hacía tiempo que aquella caza no le interesaba lo más mínimo.

–Tashigi, es la décima vez que te llamo la atención –Smoker estaba enfadado. Ya casi había pasado un mes desde que la banda de Monkey D. Luffy se les escapase por última vez, y Smoker estaba harto de esperar a que su subordinada volviese a ser la que era, porque tal y como estaba no le servía para nada.

"Como te coja, maldito Cazador de Piratas" se juró, "haré que tu pelo no sea lo único de tu cuerpo que se parezca a un alga marchita."

Tashigi se sentó erguida y fingió escuchar, pero las palabras de su superior le entraban por un oído y le salían por el otro sin dejar ningún tipo de impronta en el interior de su cabeza.

No quería seguir con aquello.

¿Para qué? No iba a poder levantar su espada contra sus enemigos. Porque si lo hacía…

Imágenes del Thousand Sunny destrozado y sus nueve tripulantes encarcelados le cruzaron la mente, y la última de ellas –un joven de cabello verde y tres pendientes en la oreja izquierda dirigiéndose al cadalso– se le quedó grabada en la mente.

No podía ver vencidos a ninguno de los Mugiwara.

No podía ver morir a Zoro.

Ahora comprendía, después de tanto tiempo, por qué el espadachín nunca había podido pelear contra ella.

Finalmente, harto, Smoker decidió dejarla en el Cuartel durante aquella expedición. Lo dijo delante de todo el mundo, sorprendiendo a los marines del G-5; Smoker confiaba en Tashigi más que en ninguno de sus subordinados. ¿Cómo podía dejarla atrás?

Muchos protestaron, pero ella no dijo nada. Incluso se alegró.

Smoker lamentaría más tarde haber tomado esa decisión. No era mala, pero lo que ocurrió después la convirtió en pésima.

Y es que, mientras la nave del G-5 partía, dejando en el muelle a Tashigi y a un oficial de rango inferior viéndoles marchar, otro barco aguardaba tras los acantilados.

Un barco adornado con un Jolly Roger.

...

La noticia llegó al barco casi una semana después, y ni siquiera llegó por la mañana. La gaviota apareció extenuada a las ocho de la tarde, con un extra del periódico matutino, cuando ya empezaba a oscurecer.

Mientras Sanji daba de beber a la pobre criatura, Usopp desplegó el finísimo ejemplar del periódico que acababa de llegar.

Sólo había una noticia.

ATAQUE DIRECTO AL CORAZÓN DE LA MARINA

Desde hacía días, el Gobierno Central era incapaz de establecer contacto con una de sus bases del Nuevo Mundo. Hoy, hace apenas unas horas, se ha abierto un canal de comunicación mediante den-den mushi: una voz, que dice pertenecer al Capitán R. K. Saust, anuncia que ha tomado el fuerte con todos sus habitantes, y que no dejará a ninguno con vida a menos que se le entregue cierta cantidad de dinero sin especificar. Saust, a quien el Gobierno ha reconocido como el Capitán de los bien denominados "Piratas Wip", conocidos por su habitual práctica de despellejar a sus víctimas utilizando un látigo tras su captura, ha enviado al Gobierno Central fotografías de los rehenes, haciendo así saber que siguen vivos.

Varias unidades, entre ellas la comandada por el Vicealmirante Smoker, se hayan ya en las cercanías para tratar de negociar con Saust.

El ejemplar incluía fotos del fuerte que había sido atacado, una descripción detallada de lo beneficiosa que era su presencia en la isla en la que se encontraba. Nami lo pasó de largo y miró sin demasiado interés las fotografías de los miembros encargados de la negociación y el rescate.

–¡Mira, Luffy! –dijo, tendiéndole el periódico al muchacho. La mayor parte de la tripulación estaba esperando su cena, con la excepción de Zoro, que seguía entrenando –. Smoker tendrá que dejar de perseguirnos una temporada…

Luffy, que escasas veces había cogido un periódico, se vio de pronto con un montón de páginas sin grapar que se le descolocaron, cayendo algunas al suelo. Mientras el muchacho se reía de su propia torpeza, Chopper recogió una que se había deslizado bajo su silla.

Instantes más tarde, la estampaba en la mesa para que todos pudieran verla, ahogando una exclamación. La risa de Luffy se detuvo de inmediato, como si nunca hubiese existido.

Había unas veinte fotos de marines, ordenadas por rangos y con el nombre escrito debajo. A la cabeza de todas ellas, Tashigi miraba fijamente a la cámara. Indudablemente era una foto oficial, pues salía perfectamente uniformada y muy seria.

Sin embargo, lo preocupante era lo que había escrito debajo de las fotografías:

Gracias a las fotografías enviadas por Saust, hemos identificado a veinte de los marines que se encontraban en el fuerte en el momento del ataque. Podemos garantizar, por tanto, que están vivos.

Debido a lo impactante de las imágenes, no nos está permitido publicar las enviadas por el pirata.

–"I-identificado" –balbuceó Usopp –. P-pone "identificado"…

–Probablemente les hayan amputado algunos miembros –aventuró Robin, bastante más alterada de lo que solía estar cuando decía alguna frase de ese estilo.

–¿Cuántos días lleva secuestrada? – Franky se bajó las gafas de sol, realmente preocupado.

–N-no lo especifica –Chopper volvió las pocas hojas varias veces, intentando encontrar algo que se les hubiese pasado por alto.

–Ni siquiera dice cuánto pide Saust… –Nami se tanteó el bolsillo, como valorando la cantidad de dinero que tenía disponible. A ninguno le cupo la menor duda de que estaría dispuesta a pagar si no encontraban otra salida. Probablemente después les subiese a todos las deudas, pero pagaría.

Luffy se levantó y se caló el sombrero.

–Vamos a ir a salvarla –decidió.

Sanji levantó el periódico de la mesa, reorganizó las páginas y volvió a hojearlo:

–Estupendo, Luffy –dio una calada a su cigarrillo y soltó una nubecilla de humo –. ¿Cómo piensas hacerlo? No podemos colarnos así como así en todos los cuarteles del Grand Line hasta que encontremos en cual la tienen… no han dado información del lugar exacto para evitar más problemas…

–¡Pero no podemos abandonarla!

–Y no lo haremos –Robin echó un vistazo al artículo –. No han mencionado el nombre de la isla, pero se les ha escapado la suficiente información como para saber de cual se trata. Además, reconozco el edificio –señaló una de las fotos del cuartel –. Estuve allí durante un asalto del Ejército Rebelde. Se desvía unas horas de nuestro rumbo, pero nos resultará fácil llegar.

Nami estudió el mapa de los alrededores.

–Hay unos rápidos aquí… –murmuró, pensativa –. Ahora no se verán las corrientes, pero de día será pan comido. Si nos ponemos en marcha al amanecer, podríamos estar allí hacia el mediodía –comunicó –. Fletaremos el MiniMerry y el submarino, partiremos en cuanto salga el sol. Y por favor, ¡Zoro no debe enterarse de esto!

–¿No debo enterarme de qué?

Se volvieron, sobresaltados. Zoro acababa de abrir la puerta de la cocina y esperaba una respuesta con los brazos cruzados. Rápida como el rayo, Nami deslizó el mapa entre los demás, y Sanji ocultó el periódico tras su espalda.

Automáticamente todas las miradas se clavaron en Usopp. Éste carraspeó e intentó inventarse sobre la marcha una mentira lo suficientemente convincente como para que el joven no hiciese más preguntas.

–Bueno, es que… –tartamudeó –. Queríamos hacer… queríamos… ¡Coger tus katanas! Eso, tus katanas… porque… eeemmm… esto… queremos aprender a utilizarlas y eso, pero sabemos que a ti no te gusta que las toquemos y…

–Usopp, mientes fatal –cortó Zoro. Alargó la mano hacia Sanji, al que se le cayó de la boca el cigarrillo –. Dame ese periódico.

–¿Qué periódico?

–¡No quieras parecer más idiota de lo que ya eres, cocinero!

Sanji ocultó mejor el periódico tras su espalda y Zoro trató de arrebatárselo. Ambos rodaron por el suelo. Al fin, de tanto tirar, el periódico se rompió, y cada uno se quedó con una mitad. Y, por desgracia, lo que leyó en su mitad (que incluía la fotografía de Tashigi), le dio al espadachín toda la información que necesitaba. Todos fueron testigos de la forma en que le cambió la expresión del rostro. Y por eso, Robin tuvo tiempo de reaccionar.

Dándose la vuelta con rapidez, Zoro dejó caer su trozo de periódico al suelo y fue a levantarse. Un montón de manos que crecieron de pronto en su cuerpo le sujetaron piernas y brazos, impidiéndole cualquier movimiento.

–¿A dónde piensas ir, Zoro?

–¡A buscar a Tashigi! –estaba enfadado, e intentaba liberarse con todas sus fuerzas –. ¡Suéltame, Robin!

–¡Tranquilízate un segundo! –exclamó Nami –. Estábamos pensando planes y estrategias, no podemos presentarnos así sin más… ¡Estamos hablando de rehenes, por amor de dios! ¡No podemos irrumpir así como así, la matarían!

–¡¿Y qué planeáis hacer, eh?! –gritó Zoro desde el suelo –. ¡Si nos quedamos ahí sentados la matarán igual!

Nadie en el Sunny fue capaz de contestar durante unos minutos. Era la primera vez que veían a Zoro tan alterado. Ni siquiera la vez que se enfrentó con Mihawk estaba así.

–¡Zoro, por favor, cálmate! –gritó Nami, y le puso el mapa frente a la cara –. Mira, esto es de lo que estábamos hablando… ¡Podemos llegar ahí en cuestión de horas!

–Pero no podemos salir ahora –secundó Franky –. Va a caer la noche, y esta zona es peligrosa.

– Una vez allí, podremos estudiar el terreno, robar unas llaves y entrar y salir sin ser vistos –continuó Nami. Plantó ambas manos en la mesa –. Estamos haciendo lo que podemos, ¡así que no nos acuses de no estar haciendo nada!

Zoro apretó los puños. En algún lugar sobre él, alcanzó a oír al cocinero tarareando algo que sonó como "qué guapa cuando se enfada".

–Mañana en cuanto salga el sol saldremos –determinó entonces Luffy –. Y es una orden del capitán.

Era una orden del Capitán, y Zoro había jurado lealtad a Luffy, había demostrado esa lealtad repetidas veces, y era la última persona que traicionaría su confianza. Tras Thriller Bark había llegado a pensar que esa promesa estaba por delante de su propia vida.

Pero ahora comprendía que otras vidas valían más que aquella promesa.

Todo parecía estar en su contra: Nami se había llevado el mapa y el Log-Pose, Franky había cerrado con llave la bajada a la bodega del Dock System y Robin vigilaba la cubierta para impedirle escapar.

No podía quedarse tendido en su hamaca.

Se levantó, se sujetó las espadas a la cintura y, con las botas en la mano para no hacer ruido, salió del camarote de los chicos.

–Sabía que intentarías huir –dijo una voz tras él.

Zoro se asustó. No, no se asustó, Roronoa Zoro nunca se asustaba… dejémoslo en que le sorprendió.

–¿Qué haces aquí, cocinero?

Sanji le miró un momento y se acercó a él con las manos en los bolsillos:

–Ve delante –dijo –. Toma, le he robado el mapa a Nami-san, he relevado a Robin y Franky me dejó las llaves de la bodega antes de irse a dormir. Aquí las tienes.

–¿Por qué haces esto? –preguntó Zoro, sorprendido.

–Porque, mal que me pese, te conozco como si te hubiera parido –respondió Sanji con un bufido –. Sabía que ibas a intentar ir tú solo, y (no te atrevas a llevarme la contraria) ambos sabemos que la brújula que tienes en ese cerebro tuyo lleva rota muchos años. No he podido quitarle el Log a Nami-swan, pero confío en que por una vez en tu vida sigas las indicaciones que se te dan. Y cálzate, idiota.

Zoro hizo lo que se le decía y bajó a la bodega.

Al cabo de un rato, salía de la panza del Sunny pilotando el MiniMerry.

Antes de soltar del todo la amarra, no obstante, se volvió a mirar a la figura que le observaba partir desde la cubierta.

–¡Oi, Cocinero! –gritó, y Sanji levantó la ceja –. Gracias.

Su compañero movió la mano para quitarle importancia y se dio la vuelta para encenderse un cigarrillo.

...

–No vamos a salir de aquí –dijo el hombre junto a ella –. Vamos a morir todos.

Días antes, Tashigi le habría regañado por su falta de fe en el Gobierno y en sus compañeros marines. Le habría dicho que no debía perder la esperanza y habría soportado con mirada desafiante todas las torturas a las que era sometida por los infames piratas que les tenían secuestrados.

Ahora, en cambio, ya no le quedaban palabras de ánimo ni aliento en las cuerdas vocales, inflamadas de gritar de dolor.

Habían pasado los días, y cada tarde, Saust bajaba a las mazmorras y arrastraba a la celda contigua a uno de los rehenes. Nunca volvían, y los gritos de dolor retumbaban en los oídos de los demás prisioneros durante el resto de la noche. O durante una hora. Dependía de cuanto tardase la víctima en morir.

Ya sólo quedaban aquel hombre y ella. No recordaba cómo se llamaba ni su rango, sólo que tenía familia y que siempre lloraba pidiendo volver a verles una última vez.

El ataque había sucedido tan rápido que apenas pudieron defenderse. Durante días (Tashigi perdió la cuenta al cuarto) fueron azotados, golpeados y torturados, para después tomarles fotos, casi irreconocibles y cubiertos de sangre.

Tashigi no sentía en la espalda más que las marcas de fuego que había dejado el látigo. Tenía un ojo morado, los labios agrietados, el cuello con marcas de dedos que habían apretado tratando de estrangularla. Le habían quitado a Shigure, pero antes había conseguido matar a unos cuantos de ellos. Había tratado de escapar, y por eso el propio Saust se había encargado de romperle las piernas. Durante días y días rezó para que Smoker volviese.

Al final, acabó rezando por que fuera Zoro.

Nunca vino nadie.

La puerta se abrió, y Tashigi supo que era su turno. No se despidió del pobre soldado, que gimoteaba aterrado en un rincón. No lloró ni se debatió, porque no iba a servir de nada.

Iba a morir.

Ya lo habían perdido todo así que, ¿para qué conservar también la esperanza?

Comenzó la tortura, frente a una cámara de video que probablemente estaría retransmitiendo al Gobierno. Ella no lo sabía, pero el G-5 acababa de llegar a la bahía, y trataba de burlar las defensas de los "Piratas Wip".

–Grita para mí, muñeca –gruñó Saust frente a ella –. Me gusta oír vuestros gritos, sucios marines.

Pero ella no podía gritar. Ya había gritado demasiado, y las fuerzas no le alcanzaban. Tirada en el suelo como estaba, lo único que pudo hacer fue intentar hacerse un ovillo para protegerse. Los jirones de su camisa se deslizaron por su espalda tras el último chasquido del látigo.

Entonces la puerta se rompió con estrépito. Tashigi oyó cómo algo cortaba limpiamente las tablas de madera y luego la carne de su torturador.

Oyó el sonido de dos aceros envainándose, y casi al instante alguien se arrodilló junto a ella, soltó la cuerda que le unía las muñecas y la incorporó.

–Tashigi…

No era posible que él hubiese venido. No era posible… ¿o sí?

Casi al borde de la inconsciencia, abrió los ojos.

–¿Zo… ro?

Él la abrazó con un suspiro de alivio, tan fuerte que ella emitió un gemido ahogado.

–D-duele...

Zoro reparó entonces en la espalda de la joven. Aflojó el abrazo, pero no la soltó.

–Joder… –maldijo –. ¿Qué te han hecho?

La cubrió con la chaqueta del pirata al que acababa de matar y la cogió en brazos.

–Voy a sacarte de aquí, ¿de acuerdo?

No respondió. Había perdido el conocimiento.

Se levantó con ella en brazos y cruzó el umbral.

He vuelto.

Ahora sí os lo puedo decir con seguridad, quedan dos capítulos para terminar el fanfic… a ver si para antes de que llegue junio puedo tenerlo terminado.

Gracias a los que seguís aquí, leyendo.