Capítulo 19: Sacrificio
En todas las pantallas del Gobierno Central y de los barcos agrupados frente a la base, pudo verse con claridad meridiana al Infame Cazador de Piratas, uno de aquellos problemáticos "Supernovas", entrar en la estancia en la que torturaban a la Capitana Tashigi y matar a Saust con un solo movimiento de sus katanas. Después, la cámara cayó hacia un lado y sólo se vieron los pies del hombre abandonar la estancia.
En el barco del G-5 se desató el apocalipsis.
Smoker no fue capaz de detener a sus marines, en parte porque no quiso. Desobedeciendo las instrucciones enviadas por el Gobierno Central, aquel barco de maleantes y bandidos que habían jurado lealtad a la bandera con la gaviota se adelantó, preparando sus cañones.
Los demás, demasiado obedientes o demasiado cobardes, no se movieron de sus puestos.
…
Zoro salió de la celda de tortura con su preciada carga en brazos.
Miró a su alrededor.
No sabía cómo salir de allí.
Había pasado por todas las puertas, por algunas de ellas hasta tres veces, y sólo había encontrado al desconsolado marine que había sido el compañero de Tashigi aquellos días. Mirándole con compasión, Zoro había dejado su puerta abierta para facilitarle la huida.
Llevaba media hora en aquellos pasillos subterráneos. Me corrijo, en AQUEL pasillo subterráneo. El trayecto, aunque se bifurcaba en un par de ocasiones, estaba bien indicado e iluminado, como cabía esperar de una base de la marina. Si un preso hubiese logrado escapar, habría hallado el camino de salida más sencillo que el mecanismo de un chupete.
Pero no olvidemos que estamos hablando de Roronoa Zoro, la brújula rota por excelencia.
El Cazador de Piratas echó a correr en una dirección aleatoria y, pese a que el pasillo no volvía en círculos, se encontró al cabo de un rato en el mismo lugar.
Para su mal, algunos de los piratas de Saust acababan de encontrar el cadáver de su Capitán, y le esperaban en mitad del pasillo, cortándole la salida.
Cortó los látigos, manejando a Wadou con una mano y sosteniendo a Tashigi con la otra, pero tuvo que retirarse al interior de una celda para evitar la lluvia de flechas que se le vino encima. Cerró la puerta de una patada y dejó a Tashigi en el suelo, para así poder desenvainar todas sus espadas.
Cuando sus atacantes abrieron la puerta, el espadachín les estaba esperando.
No mucho más tarde, Zoro salía de la celda con Tashigi en brazos. Tras él quedó una habitación llena de maleantes derrotados.
La joven gimió débilmente y a duras penas consiguió abrir los ojos. Se encontró de pronto en brazos del espadachín, que corría con ella por un pasillo interminable.
–Zoro… ¿Qué…?
–Hemos venido a sacarte de aquí –contestó él. ¿Hemos? Si se había escapado literalmente del Sunny… Se detuvo antes de doblar una esquina y se arrodilló. Sus espadas tintinearon dentro de las vainas –. ¿Cómo estás?
–¿Por… qué… has venido? –preguntó ella.
–No podíamos… –se interrumpió y rectificó –. No podía dejarte morir aquí, Tashigi.
Ella esbozó una sonrisa y levantó la mano para acariciarle la cara.
–Toda la Marina está fuera… –susurró –. Te van a atrapar…
Zoro bajó la cabeza y la besó.
–Escucha –dijo cuando se separó de ella –. Voy a sacarte de aquí, ¿de acuerdo? Cuando estés a salvo, podremos preocuparnos por la Marina.
Ella sonrió, sin poderlo evitar.
Él volvió a cogerla en brazos y dobló la esquina.
El pasillo estaba vacío, pero se dividía otra vez más adelante. Con un bufido, Zoro se rindió a la evidencia:
–Tashigi, ¿tú sabes por dónde se sale de aquí?
Ella levantó la cabeza y señaló a la izquierda.
–Si viniste en barco… por ahí se va… al muelle.
Echó a correr en esa dirección y de nuevo tuvo que detenerse al doblar una esquina.
Más piratas.
Muchos más piratas.
Muchísimos más piratas.
Muchísimos más piratas armados, uno de ellos con un arco.
Se parapetó tras la esquina y dejó de nuevo a Tashigi en el suelo, apoyada contra la pared.
–Quédate aquí –le dijo.
Lo que salió del parapeto para enfrentarse a los piratas no era humano.
Seis ojos sobre tres cabezas les fulminaban con una mirada, cada boca mordiendo la empuñadura de una espada blanca. Seis brazos sostenían seis espadas cruzadas sobre el pecho, y un aura oscura emanaba de él como una densa niebla.
–Kyutoryu…Ashura!
Incluso la propia Tashigi, asomada tras la esquina, sintió reptar el miedo en su interior. De no ser porque aquellos piratas habían visto ya muchos horrores innombrables a lo largo y ancho del Grand Line, habrían huido de allí como si el mismísimo demonio les persiguiera.
Aunque esa metáfora no era del todo errónea en este caso.
Y así, pese a que nadie abandonó su puesto, el arquero fue el único que no se inmutó.
Nueve piratas perdieron la vida con el primer giro de sus espadas, ninguna de las hojas errando su objetivo.
La sangre tiñó pronto las paredes y el suelo.
Y el arquero no se movió.
Nueve más hallaron la muerte al siguiente paso dado por el temible Cazador de Piratas, que ahora más que nunca hacía honor a su apelativo.
Y el arquero no se movió.
No se movió ni siquiera cuando la mitad de sus compañeros yacieron muertos en el suelo.
Sus manos tensas sostenían el arco y una flecha lista, otra más descansando, atrapada contra el talón de su mano por los dedos meñique y anular.
Sus ojos estaban fijos en el recodo, esperando…. esperando…
Y por fin, cuando la cabeza de Tashigi volvió a asomar por el borde, el arquero soltó la primera flecha.
El proyectil zumbó junto a la oreja de Zoro y fue a clavarse en el otro lado del recodo, pasando tan cerca de la cara de Tashigi que le hizo un rasguño en la mejilla. La joven dejó escapar un grito de sorpresa y se ocultó de nuevo.
Zoro se volvió un segundo, sólo un segundo, para ver si estaba bien.
Ese segundo bastó.
El arco tañó de nuevo y la segunda flecha silbó en el aire antes de atravesarle la muñeca, arrancándole un grito de dolor. El pasillo replicó el sonido del metal contra la piedra cuando Sandai Kitetsu cayó de su mano.
Ashura se disolvió como si nunca hubiese existido.
Al instante, los piratas que quedaban, que no eran pocos, se precipitaron sobre el joven.
Se cubrió como pudo, pero su brazo derecho, desprovisto de protección recibió varias heridas.
El arco volvió a tañer y otras dos flechas volaron por el aire, clavándosele en el hombro.
Y Tashigi lo veía todo desde el recodo, sin poder levantarse, sin poder hacer nada. La rabia y la impotencia que sentía hicieron que las lágrimas le desbordasen los ojos.
Le estaban haciendo daño.
Quería correr en su ayuda, hacer de escudo, ponerle a salvo, pero su cuerpo se negaba a responder.
Mientras tanto, Zoro contraatacaba. Tras cortar de un mandoble las astas de las flechas que tenía clavadas para que no molestasen, el joven espadachín recogió su espada. Apenas sí podía cerrar la mano alrededor de la empuñadura, pero de alguna forma lo consiguió.
–¡Sanyuu roku pondo ho! –gritó, y el ataque salió proyectado contra los enemigos como un cañón inmenso.
Volvió a caérsele la espada de la mano herida: debía haberse roto algún tendón. Envainó entonces a Sandai Kitetsu y a Shisui. Wadou Ichimonji quedó en su mano derecha, desenvainada.
De sus enemigos sólo uno quedaba en pie; el maldito arquero, que no parecía afectado por su ataque a larga distancia. Se había movido tan deprisa que el ataque ni siquiera le había rozado.
Zoro valoró sus opciones, y no encontró otra solución mejor que retroceder, volver a guarecerse en el recodo. El otro pirata podía ir a buscarle, pero estaría muerto en el preciso instante en que doblase la esquina y lo sabía.
Igual que el joven sabía que jamás podría llegar hasta el otro lado del pasillo utilizando sólo una espada.
Retrocedió un paso.
No, no retrocedía, sólo se preparaba para el siguiente ataque, se dijo.
Dos pasos.
El arquero habló por primera vez, disparando una flecha que chocó contra el acero:
–Te creía más fuerte, Cazador de Piratas.
Ztong.
Otra flecha se le clavó en el muslo, un poco por encima de la rodilla.
Apretó las mandíbulas y dio otro paso atrás, cubriéndose con Wadou.
–Has matado a Saust, pero él no era el hombre más fuerte del barco –volvió a decir el arquero, y disparó otra flecha. Zoro la desvió con el filo de su katana, pero una segunda se hundió en su abdomen.
–No nos han presentado, Roronoa Zoro –dijo de nuevo el arquero con voz calmada –. Me llaman Strongbow.
Otro paso atrás. Otra flecha desviada y otra clavada.
–Soy el Segundo de Saust. O lo era hasta que decidiste matarlo.
Otra flecha clavada, otra desviada.
Ya casi estaba junto al recodo.
–He oído que te enfrentaste a Ojo de Halcón y sobreviviste –continuó diciendo el hombre –. O los rumores mienten o Mihawk se está haciendo viejo.
Zoro desapareció tras la esquina y cayó sobre una rodilla. Tashigi se precipitó a ayudarle a romper las astas de las flechas.
–¿Estás bien? –le preguntó en un susurro. El joven asintió y escuchó.
No se oía nada, sólo la voz del arquero.
–No hago esto por venganza, créeme. El idiota de Saust está mejor muerto. Veo en ti la misma necesidad de probar que eres fuerte.
–Tashigi –murmuró. La joven levantó la cabeza –. Átame a Kitetsu a la mano con mi cinturón.
Asintió.
Strongbow seguía hablando:
–¿Crees que puedes derrotarme, Cazador de Piratas?
Con dedos torpes, Tashigi desató el pedazo de tela roja que rodeaba la cintura de Zoro, que sujetó rápidamente las fundas de sus espadas a la haramaki. Luego, ató la tela alrededor de la muñeca del espadachín, pasándola por entre los dedos y sujetando la Sandai Kitetsu a la palma de su mano. Zoro esbozó una mueca de dolor cuando notó el peso de la espada en su mano herida, pero hizo un esfuerzo y cerró los dedos alrededor de la empuñadura de su arma. La sangre resbaló hasta la punta y de ahí goteó al suelo.
–Te reto, Roronoa –proclamó con la misma voz calmada el arquero –. Sal de ahí y derrótame si puedes. Y que sólo el mejor de nosotros salga con vida de esta isla.
Y Zoro obedeció.
Si antes había parecido un demonio, ahora no sabría con qué monstruo infernal compararle; cubierto de sangre, con astas quebradas saliéndole de la piel y una mirada de depredador que habría hecho temblar al mismísimo dios de la muerte, parecía más amenazador que nunca.
–Muy bien –contestó.
Y dio un paso adelante.
Se oyó el golpeteo de las botas de Zoro por el suelo y el tañer del arco tantas veces como pasos.
Flechas y gotas de sangre volaron en todas direcciones.
Las espadas de Zoro desviaron, uno tras otro, cincuenta proyectiles y, con un último grito de batalla, cortó el arco con Sandai Kitetsu y hundió el filo de Shisui en el pecho de Strongbow.
La espada bebió sedienta la sangre que resbalaba por su filo, y Strongbow sonrió.
–Has… perdido –barbotó, y se echó a reír.
Zoro soltó la empuñadura de Shisui, que permaneció clavada en el pecho del hombre, y le sujetó por el cuello de la camisa.
–¿Qué quieres decir? –gritó, pero no obtuvo respuesta; la risa de Strongbow se ahogó en sangre en su garganta y la oscuridad cubrió sus ojos.
Tashigi, que se asomaba en ese instante por la esquina, vio a uno de los piratas que Zoro había dado por muertos alzar una mano temblorosa y apuntar con su pistola.
Click.
–¡Zoro, cuidado!
Un disparo.
Algo le atravesó la espalda entre el omoplato y la columna vertebral, quemando la carne a su paso. Se dejó caer de rodillas, jadeando, intentando respirar.
Juntando sus últimas fuerzas, Tashigi se lanzó hacia el hombre, desviando el brazo con la mano extendida.
La bala, que estaba destinada a la cabeza de Zoro, se alojó en la pared.
El pirata enemigo se retorció y estrelló el cañón del arma contra la sien de la joven, pero no lo suficientemente fuerte como para hacerle perder el conocimiento. Parpadeando para apartar las estrellas de dolor de sus ojos, Tashigi trató de hacerse con la pistola, y ambos rodaron por el suelo.
La pelea no duró más que un par de segundos; ambos estaban heridos, pero el pirata no había tenido que soportar días y días de tortura continuas y no tuvo ningún reparo en utilizar las heridas de su rival en su propio beneficio. Tomándola por los hombros, la estrelló de espaldas contra el suelo.
Tashigi gritó de dolor, pero el hombre había hecho justo lo que ella quería: al estar sobre ella, dejaba al descubierto un puñal en su cinto.
Rápida como el rayo, la joven marine tiró de la empuñadura y se lo clavó al pirata en el pecho, pasando entre las costillas y atravesando el corazón.
El pirata cayó muerto sobre ella y la aplastó bajo su peso. Gimió de dolor y empujó, pero ya no le quedaban fuerzas.
–Tashigi…
Giró la cabeza, parpadeando para alejar las lágrimas de dolor.
Zoro, pálido como un muerto, venía hacia ella. No dijo nada, sólo apartó el cadáver del pirata y la cogió en brazos.
–Zoro, espera…
No respondió. Se tambaleó al incorporarse y su hombro chocó contra la pared.
–¡Zoro!
Sus ojos estaban vacíos, su respiración era pesada y la sangre no paraba de manar de la herida en el pecho.
Pero no la soltó.
"Tengo que sacarla de aquí."
Se dirigió hacia la salida de los sótanos. No sabía de dónde sacaba las fuerzas para poner un pie delante del otro, pero lo hizo. Subió por las escaleras igual que un zombie y recorrió otro pasillo, avanzando por pura inercia, hasta que su cuerpo decidió que ya le habían forzado bastante.
Nada más cruzar la puerta, le fallaron las piernas y cayó de rodillas. Tuvo el acierto, ya fuese por instinto o por reflejos, de adelantar el brazo para no caer sobre el cuerpo de Tashigi, pero para su mal apoyó la mano izquierda.
Zoro intentó ponerse de pie, apoyando en el suelo la otra mano. Tashigi quedó entonces justo debajo de él.
La sangre que se derramaba desde la herida goteó sobre ella.
El mundo empezó a dar vueltas en torno a Zoro. Le empezaron a temblar los brazos de tal forma que tuvo que poner en juego lo que le quedaba de fuerzas para no caer sobre la joven. Quedó tendido junto a ella, de costado.
"He perdido mucha sangre" notó.
Se maldijo a sí mismo por ser tan débil.
–¡Zoro!
Tashigi se incorporó y empujó levemente su cuerpo hasta dejarle boca arriba. Apoyó la mano sobre el pecho de Zoro y presionó la herida, intentando frenar la hemorragia.
Inútil: la bala había entrado por la espalda y había salido limpiamente por el pecho. A juzgar por el tono oscuro de la sangre, algún órgano interno había resultado dañado.
–Zoro… aguanta –rogó –. No… te mueras.
Una mano férrea sujetó su muñeca, apartándola de la herida:
–Vete –jadeó él. La sangre le llenó la garganta cuando intentó respirar.
Ella negó y entrelazó los dedos con los suyos.
–No sin ti.
No se le ocurrió que no podía ponerse de pie, mucho menos correr.
Zoro intentó decirle que la Marina estaba muy cerca. Que podía llegar hasta ellos. Que podía salvarse. Que no se preocupase por él.
Pero la oscuridad le alcanzó antes.
…
–¡… perdiendo! ¡Chopper, haz algo!
–¡Ya lo sé, lo sé! ¡Deja de gritarme, Sanji, así no puedo hacer nada!
–¡Pero se va a morir, maldito reno canijo!
Oía voces.
Gritos.
Gente corriendo de un lado para otro.
Dolor.
¿Le estaban atravesando con un hierro al rojo o era sólo su impresión?
¿Quién estaba gritando?
¿Qué estaba pasando?
Alguien se moría…
No.
No podía ser.
No podían estar hablando de ella.
Abrió el ojo tan de golpe que la persona (bueno, el animal) que se inclinaba sobre él, intentando ajustarle una mascarilla de oxígeno, retrocedió sobresaltada.
–Tash… –fue capaz de articular. Le sabía la boca a sangre.
Una oleada de dolor le recibió cuando intentó incorporarse. Dos manos y dos pezuñas le empujaron contra la cama, pero se resistió.
–Ta… shi…
Hizo un esfuerzo sobrehumano y apartó a los que intentaban sujetarle. Su visión desenfocada pasó por alto la pequeña forma astada y el manchón rubio que intentaban frenarle, y localizó una única figura, yaciendo en una cama algo más allá.
–Ta… shi… gi…
Tropezó; las piernas no le sostenían.
–¡Zoro!
Una mano le sostuvo por el brazo, impidiendo su caída.
–¡¿A qué estás jugando, marimo?!
Rechazó de nuevo la mano, sin reconocer a quien intentaba retenerle. Dio otro paso y cayó de rodillas justo delante de la cama.
–¡Está en shock, Sanji, no sabe lo que hace! –oyó gritar a alguien, una voz aguda, como la de un niño –. ¡Hay que volver a tumbarle o se desangrará!
Alargó la mano y encontró la de la joven. La apretó.
Todo le daba vueltas.
Los bordes de su campo de visión empezaban a difuminarse y a ennegrecerse.
Ella estaba tendida en la cama, con los ojos cerrados y cubierta de sangre.
–No… mueras… –consiguió decir en un murmullo.
Y se derrumbó.
Chopper gritó y Sanji se precipitó junto a él.
–¡Zoro!
Un charco de sangre comenzó a formarse bajo el joven, que intentó volver a levantarse.
–¡Sujétale, Sanji!
–¡Maldito marimo, ella estará bien! ¡No te atrevas a rendirte ahora que la has recuperado!
Fue en el momento en el que oyó aquello, en el momento en el que perdía completamente la conciencia, cuando cayó en la cuenta de que no era Tashigi la que se estaba muriendo.
Era él.
Soy una mala persona y una criatura miserable y abandonada por las musas (al menos en lo que a éste fic respecta).
No, no ha terminado, sólo queda un capítulo más, y voy a obligar a mis musas a trabajar como si se nos fuese la vida en ello.
Nos vemos pronto, espero.
