Capítulo 20: Adiós

Sanji esperaba en el pasillo, sentado en el suelo, fumando como un carretero. Había empezado su segunda caja de cigarrillos y Chopper aún no había salido. Junto a él, el resto de la tripulación estaba en el mismo estado de nerviosismo que él.

Aquella era una situación muy recurrente; alguien resultaba gravemente herido, Chopper pedía ayuda para llevarle hasta la enfermería y luego les echaba a todos a patadas, dejándoles en el pasillo, convertidos en míseros manojos de nervios hasta que terminaba.

Nadie hablaba, nadie decía nada. Sólo Usopp paseaba arriba y abajo del pasillo, sin dejar de echar cortos vistazos a la puerta. Los demás seguían sentados.

Anochecía ya cuando Chopper salió, agotado.

–Está estable –dijo –. Los dos se recuperarán.

La tensión que había espesado el ambiente las pasadas horas se disolvió. Nami se llevó una mano a la boca y ahogó con ella un sollozo, al que siguieron con rapidez las lágrimas, aunque estas quedaron relegadas a un segundo plano por las de Franky y Brook. Usopp se dejó caer al suelo y enterró la cara en las rodillas. Robin le apoyó una mano en el hombro y se secó los ojos con la mano. Luffy dejó escapar de golpe la respiración que llevaba conteniendo desde el principio.

Poco a poco, todos se fueron marchando.

Había mucho que hacer en el barco, y tenían que salir de allí antes de que el G-5 (que había estado peleando contra algunos de los piratas de Saust en la playa) se diese cuenta de que ya no había nada que rescatar en los calabozos y que Tashigi volvía a estar "desaparecida".

Solo Sanji permaneció sentado frente a la puerta, acabándose el último cigarrillo. Cuando lo terminó, lo tiró por la ventana y entró a la enfermería. Dedicó una breve mirada a las camas de los heridos y luego cogió una silla y se sentó entre ambas.

Observó durante largo rato la cara de Tashigi y la cantidad de vendas que envolvían su espalda. Apretó los dientes; si él hubiese estado allí…

Luego se volvió hacia Zoro.

–Es la última vez que nos das un susto así –dijo en voz alta –. Cuando te recuperes, maldito imbécil, voy a darte tal patada que será un milagro si no te envío de vuelta más allá de la Reverse Mountain.

Cuando Zoro abrió el ojo a la tarde siguiente, lo primero que hizo fue intentar quitarse la mascarilla de la boca. Al no poder levantar los brazos, giró bruscamente la cabeza para hacerla caer. Para su disgusto, alguien volvió a colocársela.

–Tómatelo con calma, bro. Chopper tuvo que atarte porque intentabas levantarte inconsciente todo el rato –Franky ajustó con cuidado la mascarilla para que no volviera a caerse y se cruzó de brazos –. ¿Cómo estás?

Miró hacia abajo y vio las correas que sujetaban sus muñecas y sus tobillos. Tenía la mano izquierda casi insensible y envuelta en vendas, así como el pecho, la cabeza, el estómago y las piernas. Todo él era un puro vendaje. Como una momia.

Apenas se dio cuenta de que le habían hecho una pregunta, así que otra pregunta fue lo que salió de su boca cuando la abrió:

–¿Tashigi está…?

No la veía desde donde estaba, pero parecía que la cama plegable, donde la había visto por última vez, estaba vacía.

–Tranquilo, está bien –dijo el cyborg levantando las manazas –. Despertó hace un par de días. Nami-sis le pidió a Chopper que la llevara al camarote de las chicas. ¿Tú cómo estás?

Le miró alzando una ceja, e incluso eso le dolió.

–¿Tú… qué crees? –espetó, y tuvo que apretar los dientes cuando, al alzar demasiado la voz, hinchó el pecho y los puntos tiraron de la piel herida.

–Hecho una mierda, lo sé –se rió Franky –, pero por lo menos estás vivo.

–¿Cómo…? –siguió preguntando.

Aún sin acabar la frase, su nakama comprendió.

–Tiene las dos piernas rotas y la espalda llena de heridas –dijo –. Tendrás que preguntarle a Chopper si quieres más detalles, pero parece que se recuperará sin problemas. Igual que tú.

Zoro cerró el ojo y respiró hondo. El olor metálico del oxígeno embotellado le llenó la nariz y la boca, pero en aquel momento no le importó.

Tashigi estaba viva.

Fuera se oían gritos y risas. Dos personas corrían por la cubierta mientras eran perseguidas por un tercero.

Luffy y Usopp han vuelto a robar comida, adivinó con una media sonrisa iluminándole la cara. Y ese cocinero idiota…

Se sintió cansado de pronto. Muy cansado. Abrió el ojo con esfuerzo, pues sentía el párpado muy pesado.

No le dio tiempo a decir nada, Franky ya se alejaba hacia la puerta.

–Chopper me pidió que le avisase si despertabas, pero creo que lo entenderá si te dejo dormir –explicó ante su muda pregunta –. Por la cantidad de sangre que perdiste, creímos que no lo contabas, así que haces bien en querer descansar.

Zoro bufó divertido, pero no hizo ningún comentario.

Él no quería descansar. Quería romper esas malditas correas, quitarse esa maldita máscara y salir de allí para buscar a Tashigi.

En cualquier otra ocasión lo habría hecho sin pestañear pero, tras todo lo ocurrido, tras saber que Tashigi estaba bien, no encontró fuerza alguna en su cuerpo.

Así que, tras oír cómo la puerta se cerraba tras Franky con un clic, Zoro volvió a hundir la cabeza en la almohada y, para cuando Chopper llegó, ya estaba dormido.

A la mañana siguiente, y tras varias visitas por parte de sus compañeros, le costó al menos dos horas que el doctor del Sunny accediera a dejarle marchar, pero lo cierto es que el corazón del pequeño reno era demasiado grande como para ignorar el anhelo de su nakama. Tras un último examen, y concluyendo que, si no se forzaba demasiado no tendrían por qué reabrírsele las heridas, Chopper le dejó marchar.

–Una cosa más –le dijo el reno antes de que el espadachín cerrase la puerta –: ya que probablemente no me vayas a hacer caso y se te acaben abriendo las heridas, al menos cuida de que a Tashigi no se le abran las suyas. Bastante tengo con un cabezota descuidado, no me hacen falta dos.

Debía ser la primera vez que, al salir de la enfermería, Zoro no iba derecho a por sus pesas o a echarse a dormir la siesta en cubierta.

Cuando llegó ante la puerta del camarote de chicas, Nami salía de allí llevándose una bandeja llena de platos vacíos.

–Está dormida –dijo con una sonrisa –. Entra, que ha preguntado por ti muchas veces y seguro que querrá verte cuando despierte.

Luego, tras guiñarle un ojo, se alejó por el pasillo.

Sin pensárselo mucho, Zoro entró y cerró la puerta tras de sí, en silencio.

Tashigi yacía boca abajo dormida, tal y como había dicho la navegante. Las sábanas la cubrían hasta la cintura, dejando la espalda desnuda. En la cara de Zoro se dibujó una mueca al ver las vendas manchadas de sangre que la cubrían.

Adelantó la mano y le apartó un mechón de pelo de la cara para poder verla mejor. Entonces, la mano de Tashigi se movió y sujetó la suya, reteniéndola.

–¿Estás despierta? –preguntó Zoro, aun sabiendo que era una idiotez de pregunta.

Ella sonrió y abrió los ojos.

–Es mejor que no te levantes –advirtió el joven cuando intentó incorporarse –. Chopper me ha pedido que no lo hagas…

–¿Desde cuándo le haces caso a Chopper? –se burló ella.

–Desde el momento en que tu vida dependió de su habilidad.

Tashigi le miró como si le hubiese salido un brazo en la frente. Alzó un poco la cabeza y le apretó la mano. No de forma cariñosa, porque le clavó sin quererlo una uña.

–¿Mi vida? –repitió, incrédula. La uña se hundió un poco más en su carne –. Zoro, eras tú el que… cuando te desmayaste yo… creí que estabas…

No se atrevió a terminar la frase. Se le llenaron los ojos de lágrimas que intentó ocultar hundiendo la cara en la almohada. Guiado por un impulso, Zoro se inclinó sobre ella y la rodeó con los brazos. Ella encogió los hombros, sintiendo una leve punzada de dolor, pero no dijo nada ni hizo nada por apartarle, al contrario. La mano que hasta entonces sujetaba la de Zoro aferró con fuerza el brazo del joven.

Permanecieron así durante varios minutos, sin decir nada. Habían estado demasiado cerca de perderse el uno al otro como para desperdiciar ese momento hablando.

Al fin, Tashigi levantó la cabeza de la almohada, donde había dejado una huella húmeda bastante grande.

–No tendrías que haber ido a rescatarme… –murmuró –. Podrías haber muerto.

–Me preocupabas más tú.

Se separó de ella y le pasó la mano con cuidado por las vendas de la espalda.

–Estás sangrando otra vez –observó, algo preocupado –. Creo que debería avisar a Chopper.

–Oh, vamos, si se trata de cambiar las vendas puedes hacerlo tú… –exclamó ella, burlona –. Aquí debajo no hay nada que no hayas visto ya.

Zoro, que ya había llegado hasta la puerta, se detuvo con la mano en el picaporte.

–Creo que ya deberías saber que yo no…

–… no tienes ni idea de medicina, sí, lo sé. –Tashigi sonrió –. Pero confío en ti.

No añadió más. Se sentó en la cama y empezó a cortar los vendajes con la ayuda de unas tijeras. La espalda de la joven quedó poco a poco a la vista.

–Joder… –Zoro dejó escapar una maldición en voz baja pero se mordió el interior del carrillo antes de decir nada más. Buscando a su alrededor la palangana con agua limpia, hundió en ella un paño y empezó a limpiar la sangre, procurando no tirar de ninguno de los puntos.

Tashigi sintió que al joven le temblaban las manos.

–¿Estás bien? –preguntó.

–¿Bien? Tashigi, tu espalda parece un maldito mapa de carreteras –bufó él. También la voz le temblaba –. Creo que maté demasiado deprisa a ese hijo de…

–Eh –Tashigi se incorporó y le tomó la cara entre las manos. Varios puntos tiraron de la piel como anzuelos, pero ocultó el dolor y le miró a los ojos –. Estoy viva gracias a ti, y eso es lo que importa.

Zoro la atrajo hacia sí y la estrechó con fuerza, olvidando por un segundo que estaba herida. Tashigi no se quejó, pese a que le dolió bastante. Enterró la cara en el pecho del joven y cerró los ojos.

–No vuelvas a hacerme eso –oyó que decía el joven, en voz muy baja –. No vuelvas a alejarme de ti con la excusa de salvarme la vida. Nunca.

Sorprendida, Tashigi notó el pecho de Zoro estremecerse, y algo pequeño y mojado resbaló despacio por la piel de Zoro hasta la suya.

No podía ser. Zoro nunca lloraba. No recordaba haberle visto llorar. Nunca. Jamás.

Se apartó un poco de él para mirarle a la cara, y vio el rastro húmedo en su mejilla, la misma humedad que empañaba su ojo.

–Estás…

Sin darle tiempo a hablar, Zoro la besó y volvió a estrecharla contra sí. Profundamente conmovida, Tashigi le abrazó con fuerza.

Las lágrimas fluyeron libremente y ninguno de los dos se molestó en desmentirlas.

No supieron cuánto tiempo permanecieron así. Tampoco merecía la pena contar los minutos. En algún momento, ambos acabaron tumbados en la cama; el de espaldas, ella apoyando la cabeza en su pecho y los dedos de Zoro enroscándose abstraídamente en sus mechones negros. De vez en cuando un sollozo contenido sacudía el pecho de alguno de los dos, pero el otro se apresuraba a hacerlo desaparecer con un beso, una caricia…

"Se supone que ibas a cambiarme las vendas…" murmuró Tashigi al cabo de un rato.

Zoro pasó los dedos entre las heridas, acariciando los pocos espacios de piel intacta.

"¿Te duele ahora mismo?" preguntó. Ella negó con la cabeza, rozando la cicatriz de su pecho con la yema de los dedos. "Entonces que lo haga Chopper."

Tashigi sonrió y rozó su mejilla con la nariz, insistente. Cuando el joven giró la cabeza, atrapó su boca en un beso dulce y lento.

–Quédate conmigo –le pidió cuando se separaron –. Al menos hasta que te eche Chopper.

Zoro la miró y sonrió cariñosamente.

¿Cómo iba a negarse?

Horas más tarde, mientras Chopper hacía su rutinaria visita a la paciente, Zoro se encontró en cubierta, reuniéndose con sus queridas pesas. Sabía de sobra que no debía hacerlo, pero ya sabía que Chopper sabía que le daba igual.

Así le encontró Sanji cuando salió de la cocina a fumarse un merecido cigarro.

Al principio el cocinero no hizo ningún comentario, se limitó a quedarse mirando cómo Zoro levantaba pesas durante un rato.

–Como te vea Chopper… –comentó, medio en broma.

Zoro esbozó una media sonrisa pero no dejó las pesas. Sanji también sonrió, y apartó la mirada para dirigirla hacia el cielo, al tiempo que soltaba un anillo de humo hacia lo alto.

–Es bueno verte recuperado.

–Es bueno estarlo.

–Te debo una patada, imbécil –le dijo el cocinero –. No nos puedes dar esos sustos…

–Oh, ¿estabas preocupado por mí? Qué enternecedor… –bromeó el espadachín.

Para su sorpresa, en lugar de responder con una frase ingeniosa o con una patada, Sanji suspiró y se sentó junto a él.

–Normalmente lo negaría, pero sí, estaba preocupado por ti –confesó –. Ya es la segunda vez que te veo a las puertas de la muerte, ¿sabes?

Zoro no respondió. Fijó la vista en el horizonte y siguió levantando la pesa que tenía en la mano sana. Con cuidado, probó a cambiarla a su mano herida, comprobando si ya estaba lo suficientemente curada como para aguantar el ejercicio.

Al cabo de un rato, el espadachín rompió el cómo silencio que se había establecido entre ambos.

–¿Cómo nos sacasteis de allí? No recuerdo gran cosa después de que me dispararan…

–Fue pan comido –Sanji le dio una calada a su cigarrillo –. En cuanto supimos dónde estabais, Luffy abrió camino con su Gear Second y Chopper os sacó de allí. Franky fletó el MiniMerry para llevaros y a los demás… nos subió Luffy –dijo señalándose un esparadrapo parcialmente cubierto por su flequillo –. Con eso ya te lo digo todo. Tashigi-chan estaba bien… bueno –se corrigió –, quiero decir que no estaba en peligro inminente. Espero que hicieses sufrir enormemente al cabrón que le dejó la espalda como un Pollock.

Una sonrisa amarga se extendió por la cara de Zoro al escuchar de labios de su nakama lo mismo que había pensado él un par de horas antes.

A su lado, sin darse cuenta del cambio de ánimo de Zoro, Sanji continuó su relato.

–La parte difícil fue impedir que te murieses. Y, joder, parecías empeñado en palmarla.

Zoro sacudió la cabeza:

–Supongo que no soy tan fuerte como me creía –comentó.

–No digas chorradas –le increpó el cocinero dándole otra calada al cigarrillo –.No creo que esto tenga que ver con ser o no ser fuerte. Si algo he aprendido en el Grand Line es que la fuerza es relativa. Estoy convencido de que podrías haber salido de allí sin ayuda y sin un rasguño, pero tú no eres así.

La imagen de Tashigi apoyada contra la pared de piedra en aquel corredor apareció en su mente. Dejando a un lado la pesa, Zoro cerró ambos puños y desvió la mirada al suelo, rezando para que Sanji no se volviese hacia él, que no se diese cuenta de que...

–¿Estás llorando, marimo?

Mierda.

–No seas idiota –respondió, pero tuvo que pasarse la manga por la cara.

Por supuesto que estaba llorando. No había podido parar del todo desde que empezase en la enfermería. Sabía que Sanji no era tonto, y que probablemente se habría dado cuenta de que mentía. Se preparó para las burlas del cocinero, pero nunca llegaron. En su lugar, el joven estiró sus largas piernas, apoyó la espalda contra la madera de la pared y se limitó a quedarse allí tranquilamente, fumando en silencio.

Una media sonrisa empezó a torcer hacia arriba la comisura de la boca de Zoro, pero fue capaz de detenerla antes de que nadie la viera.

Maldición, si alguien le pescaba siendo amable con el cocinero, jamás le dejarían olvidarlo.

Las siguientes semanas se sucedieron en perfecta calma, casi como unas pequeñas vacaciones. Por extraño que pareciese, no encontraron problemas en todo el tiempo que estuvieron navegando, con la excepción de alguna escaramuza en algún puerto remoto debido a la torpeza de su Capitán.

La espalda de Tashigi mejoró con rapidez, al igual que sus piernas. Aún tenía que caminar apoyándose en unas muletas, pero los huesos ya estaban casi soldados.

Zoro, obviamente, estaba completamente recuperado. Era ya prácticamente imposible ver al uno sin el otro, y todavía más frecuente no ver a ninguno de los dos. Cuando esto último sucedía, los Mugiwara restantes procuraban hacer mucho ruido antes de entrar a cualquier habitación o llamar varias veces ante una puerta cerrada. Luffy había llegado a la conclusión de que era más fácil atravesar el umbral de cualquier habitación con los ojos cerrados y cantando a voz en cuello para no tener que ver ni oír nada inapropiado. Por supuesto, lo que para él era una maravillosa idea, para la pareja que solía encontrarse tras ese umbral era totalmente bochornoso.

Y es que se acercaba el día en el que Tashigi debía regresar con el G-5, y ninguno de los dos quería perder ni un minuto de tiempo juntos.

Habían hablado del futuro, por supuesto que lo habían hecho, y la única conclusión a la que habían llegado era que no había nada que hacer: Tashigi debía volver con la Marina, y Zoro debía quedarse con los Mugiwara.

La mañana de la despedida les sorprendió a los dos en el palo mayor, bajo la ventana de la cofa, exactamente donde habían pasado aquella primera noche juntos, meses atrás.

Ninguno de los dos recibió al sol con buena cara porque, ¿cuánto tiempo iba a pasar hasta que pudiesen estar así otra vez? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que volviese a sentir los dedos de Zoro enredados en su cabello? ¿Cuánto tiempo antes de que el joven pudiese volver a perseguir aquellos labios, a oír su risa, sus suspiros, sus gemidos?

¿Cuánto tiempo?

Ni siquiera sabían si habría una próxima vez, aunque ambos estaban más que dispuestos a encontrar la forma de verse.

En aquel momento, mientras el barco bajo ellos empezaba a despertar, Zoro parecía decidido a aprenderse de memoria cada curva, cada tramo de piel, cada cicatriz, y Tashigi quería llevarse el recuerdo de los labios del espadachín cosido al paladar.

Cuando por fin se hizo la calma dentro de aquel pequeño refugio, cuando ambos oyeron a Sanji gritar desde abajo que el desayuno ya estaba listo, ninguno de los dos de movió, tan fundidos el uno en el otro que no sabían si les sería posible existir por separado.

Zoro besó el cuello de la espadachina, subiendo despacio hasta que alcanzó el lóbulo de la oreja:

–Quédate conmigo –le murmuró al oído.

Ella sonrió tristemente e hizo tintinear sus pendientes con el dedo.

–Ven conmigo –susurró por toda respuesta.

Zoro se incorporó sobre los codos, apoyando todo su peso en los antebrazos.

–Sabes que no puedo.

La sonrisa de Tashigi permaneció, triste, nostálgica.

–Sabes que yo tampoco.

Otro beso se hizo necesario, un beso que sabía a despedida, a planes a medio hacer, a sueños que sólo eran sueños.

A realidad.

–Te quiero –dijo de pronto Zoro –. Lo sabes, ¿verdad?

Ella le volvió a besar, una vez, y otra, y otra, y otra, y las lágrimas fluyeron tan deprisa como los besos, bajando por las mejillas de ambos amantes.

–Lo sé –respondió Tashigi con un nudo en la garganta en el que se mezclaban cosas tan contradictorias como la tristeza y la felicidad –. Yo también te quiero.

Zoro sonrió y cerró los ojos, apoyando la frente en la suya.

–Te quiero –volvió a repetir, y sonó nuevo en su boca, así que se apresuró a compartir el sabor de aquellas palabras –. Te quiero –dijo, y la besó una vez más –, te quiero –beso –, te quiero –beso –, te quiero.

Y Tashigi hizo eco de sus palabras, riendo y llorando a un tiempo, deslizando los dedos por sus mejillas, acariciándole el pelo.

Pero por desgracia, incluso los momentos más bonitos deben terminar, y pronto ambos se encontraron vestidos, desayunados y de pie en cubierta, observando con aprensión el lejano puerto que se acercaba poco a poco.

Nami había hecho una llamada "anónima" al G-5 apenas una semana antes, proponiendo un lugar en el que devolver a la Capitana a sus soldados. La bandera del Sunny era blanca en señal de parlamento, y todos los miembros de la tripulación se encontraban junto a ella en cubierta.

Cuando echaron el ancla aún quedaban algunos metros para llegar al espigón; eso era todo lo lejos que Franky estaba dispuesto a acercar su barco a una base de la Marina.

El primero en despedirse fue Luffy, con una sonrisa imbatible.

–Si alguna vez cambias de idea –fueron sus últimas palabras –, hay un hueco para ti en el Sunny.

Después Nami y Robin la abrazaron con fuerza, las dos a la vez, deseándole muchísima suerte. Tashigi correspondió los buenos deseos con otros similares, y pasó a abrazar a Sanji, que por poco no muere desangrado. Apenas comprendió las instrucciones médicas ahogadas en sollozos de Chopper, pero tomó de sus manos la bolsa de medicinas y se la pasó a Franky, que era el que debía llevarla hasta el espigón. Usopp y Brook fueron los últimos en despedirse, también llorando, y después…

Solo quedaron Zoro y ella.

Sin importarle un pimiento que el resto de la tripulación estuviese mirando, Zoro la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza.

–Voy a echarte de menos… –la oyó murmurar contra su cuello.

Zoro le acarició el pelo y juntó su frente con la suya.

–Cuando todo esto acabe pienso buscarte donde quiera que estés –prometió.

Ella sonrió tristemente, sin apartarse.

–Esto nunca va a acabar, Zoro. Sigo siendo una marine…

–En el mismísimo instante en que Luffy consiga el One Piece –matizó él –, y yo me convierta en el mejor espadachín del mundo, pienso volver a por ti. Y ya veremos si el Gobierno puede impedírmelo.

Tashigi se puso de puntillas para besarle.

–Eres un engreído, ¿lo sabías? –le dijo, sin separarse demasiado.

–Y tú una cabezota –respondió él, y volvió a besarla.

–¡Eh! ¿Acabáis ya? –exclamo Franky, que ya estaba subido al MiniMerry.

Aún tuvo que esperar un rato largo mientras los dos espadachines se abrazaban por última vez.

Luego, Tashigi subió al MiniMerry y Franky pilotó la barquichuela hasta el puerto, donde esperaban un par de miembros del G-5 que iban a servir de escolta para su querida Capitana. La dejó en el muelle, incapaz de abrazarla a modo de despedida por miedo a aplastarla con su enorme corpachón, llorando a lágrima viva y dejando que ella chocase con suavidad su pequeño puño con el suyo.

Antes de cojear hacia sus hombres, una vez con los pies en las tablas de madera del espigón, la joven se volvió y agitó la mano. Zoro alzó levemente el brazo, con los dedos extendidos a medias. Cuando la espadachina le mandó un beso, se sonrojó y bajó la mano cerrada en un puño, sin dejar de mirarla.

El Thousand Sunny se puso en marcha entonces. Acodados en las barandillas de popa, todos los Mugiwara agitaron los brazos a modo de despedida, prometiendo imposibles tales como volver a verse pronto, o escribirse todas las semanas. Fiel a su costumbre, Zoro permaneció inmóvil, con la vista clavada en el horizonte hasta que la isla desapareció entre la bruma. Después, bajó los ojos y contempló absorto su puño cerrado.

Cuando creyó que nadie le veía, movió un poco el brazo hasta apoyar los nudillos en el pecho, dejando escapar una respiración lenta y pesada por la nariz.

–Oooooohhhh… –arrulló alguien a su lado –. ¡Mirad, chicos! Al marimo idiota se le ha derretido ese corazón de hierro que tiene –Sanji se acodó junto a él en la barandilla y le palmeó el hombro –. No te preocupes, hombre. Tengo un paquete de pañuelos en la cocina reservados sólo para ti por si te hacen falta…

Con la misma mano que instantes antes había estado sobre su corazón, Zoro se dio la vuelta y le envió de espaldas contra la pared de los camarotes de un soberbio puñetazo.

FIN

*Se levanta de la silla* *Salta por la habitación* *Se deja caer de espaldas al suelo mientras de fondo suena el Mesías de Händel*

¡Fin! ¡Bwahahahaaaaaa, por fin!

Bueno, ¿Qué os ha parecido? No está mal sólo he tardado cuatro años en escribir veinte capítulos… [léase con ironía]

Tengo que decir que me ha encantado escribir esta historia, aunque haya tardado tanto en hacerlo. Confieso que es la primera vez que acabo algo con tantas páginas.

Ha sido un placer compartir mi primer fic multichapter con vosotros. Si sabéis inglés creo que pronto empezaré un AU de Inuyasha ambientado en Pacific Rim, por si os interesa. En principio se va a llamar "In My Mind."

Buenas noches, buena suerte y cuidado con el telón, que baja.

Hasta pronto:

Drake Rhapsody