¡Y aquí está *redoble de tambores* el segundo capítulo traducido de este conmovedor fic hecho por dogsunderfoot!
¡Disfrútenlo! Como yo disfruté de haberlo leído y ahora disfruto de traducirlo para ustedes.
Nota: A lo largo de este capítulo hay un fanArt que hicieron para una de las escenas el link es el siguiente:
dogsunderfoot (punto) livejournal (punto) com / pics / catalog / 261 / 3648
(Quiten espacios y remplacen los puntos en paréntesis por verdaderos puntos)
Disclaimer: Harry Potter y todos los personajes, lugares, objetos, ideas y material relacionado son propiedad de JK Rowling y sus diversas entidades editoras. Ni el autor, ni los artistas de alguna manera están recibiendo una ganancia monetaria por esta publicación.
Fue un mes más tarde cuando Sirius se sentó mirando el teléfono nuevamente, el papel cuidadosamente doblado una vez más entre sus dedos, mientras se debatía que es lo que debería hacer.
Él simplemente va a tener que lidiar con esto, joder.
El teléfono timbró dos veces y después hubo un sin aliento:
—¿Hola?
Sirius habló rápidamente para poder decirlo todo antes de que Remus colgara, por si no toleraba la llamada.
—Remus, pensé que deberías saber que la madre de James ha fallecido.
Esperó un momento, pero no hubo un click, no hubo tono de llamada. Parecía como si Remus aún estuviera al otro lado de la línea. Decidió comprobarlo.
—¿Sigues ahí?
—¿Que sucedió? —fue la respuesta ahogada.
—Cáncer. Lo encontraron muy tarde y no había nada más que hacer que darle analgésicos durante el último mes.
—Oh, Dios. ¿Cómo está James?
—Jodidamente miserable.
Hubo una pausa, y luego dijo:
—¿Cómo estás tú?
Sirius parpadeó las lágrimas que asomaban sus ojos y río amargamente.
—Jodidamente miserable.
—Lo siento mucho, Canuto.
Sirius casi se pierde en el sobrenombre que con suavidad soltó la voz, pero cuando se dio cuenta de que es lo que Remus había dicho, el otro hombre ya estaba diciendo:
—Fue una mujer maravillosa.
—Más que una madre para mí que la mía —dijo Sirius con sinceridad.
—Sí, lo sé.
Había más que simple reconocimiento de la relación de la madre de James con Sirius en esa oración. Fue más cómo un acuerdo empático y Sirius escuchó como el remordimiento coloreaba las sencillas palabras. Sin embargo, no señaló que la madre de James había estado devastada por la desaparición de Remus tanto como ellos mismos. Y tampoco señaló que la señora Potter consideró a Remus un tercer hijo. Por el arrepentimiento que había en la voz de él, Sirius pensó que quizá eso era lo que estaba pensando Remus.
—Er, me tengo que ir. Tengo que terminar un poco de trabajo, porque me voy a tomar un par de días de descanso.
—Sí, por supuesto.
Un incómodo silencio cayó al medio de ellos, y finalmente Remus dijo:
—Gracias por llamar, Sirius.
La ira estalló por un momento, y Sirius —quien no se podía llamar el hombre más paciente en primer lugar— habló antes de pensar.
—Entonces, ¿está bien si te llamo para decirte que alguien ha muerto, pero no está bien que te llame solamente porque somos amigos y quiero que sepas que te he extrañado?
Hubo un suspiro, y casi pudo imaginar a Remus frotarse la sien con dos largos dedos. Él mismo se frotó los ojos con su pulgar e índice cansadamente.
—No respondas eso, Remus. No quiero pelear sobre esto ahora mismo.
—¿Te gustaría pelear sobre esto más luego, entonces?
—Definitivamente —Sirius sonrío un poco por eso—. Gracias por no colgarme.
—No hagas de esto un hábito —le advirtió Remus.
—¿Qué cosa no hago un hábito? —preguntó Sirius, escuchando como el resentimiento aumentaba en su propia voz, pensando que Remus iba a renegar sobre sus llamadas.
Remus no respondió de inmediato, pero Sirius esperó.
—No hagas un hábito el llamarme para darme malas noticias —dijo finalmente el otro hombre—. Podría ser agradable escuchar algunas buenas. De vez en cuando.
Sirius sintió como algunos de sus músculos en sus hombros se liberaban de la tensión, y alzó su puño en el aire. ¡Sí!
—Cuando tenga algunas, te llamaré de nuevo, entonces.
—Está bien.
—Cuidate, Lunático.
—Dale a James mis condolencias.
—Por supuesto.
Colgaron sin decir nada más, pero Sirius se echó hacia atrás sonriendo. Remus quizá aún podría perdonarle.
—¿Sirius Black?
—¿Sí?
—Cornelia Stewart.
—Ah, la encantadora señorita que fue tan servicial conmigo.
—Sí, bueno. Acabo de llamar a tu oficina, y me dijeron que no ibas ir a trabajar. Me preguntaba si podrías pasar por mi oficina el día de hoy.
Sirius miró su reloj e hizo unos cálculos rápidos.
—¿Puedo preguntar por qué?
—Tengo algo aquí... algo inusual que estoy segura que te encantará.
Una hora después se encontró sentado en una incómoda silla de madera al otro lado del enorme escritorio de Cornelia Stewart.
—Permíteme ofrecerte mis condolencias por la pérdida de la señora Potter —dijo la mujer de blancos cabellos.
Sirius sintió sus cejas bajar en confusión.
—¿Cómo sab...?
—Antes de que te explique, déjame agradecerte también por lograr hacer algo que estaba empezando a temer que sería imposible.
—¿Qué cosa?
Sus ojos marrones se mostraron brillantes.
—Has logrado que él vuelva a escribir.
Sirius esperó hasta estar en su coche antes de abrir finalmente la carpeta manila. Encima había una sencilla portada escrita a mano para un fax. Sirius pasó un dedo por encima de la familiar media-imprenta/media-cursiva escritura que formaban las simples oraciones:
Para: Cornelia Stewart
Para Sirius Black. Su madre, Abigail Potter, falleció ayer. Él sabrá qué hacer con esto.
Por favor, disculpa la molestia.
RJL
Sirius cerró sus ojos para evitar que las lágrimas cayeran. "Su madre, Abigail Potter". Como de costumbre Remus había tomado unas cuantas palabras y las había convertido en minas emocionales. Tragó saliva para desalojar el nudo en su garganta, abrió los ojos, parpadeó un par de veces, y movió la hoja de la portada a un costado.
La vista de la escritura a mano, hace tanto perdida para él, hizo que la sangre viajara salvajemente por sus venas. Era todo lo que Remus era: no completamente organizada, ocasionalmente apresurada, llena de contradicciones. Una "s" podía estar imprenta en un lugar, pero cursiva en otro, dependiendo de qué tan rápido estaba Remus pensando y escribiendo, y lo absolutamente absorto que estaba en lo que hacía.
Por todo eso, sin embargo, había unos cuantos errores o correcciones.
Él siempre decía que pensaba mejor con un lápiz y un papel que con una computadora.
Sus ojos recorrieron las páginas. Cuando llegó al final, sus lágrimas caían sin control. Se había preguntado si Remus sabía lo devastada que estaba la señora Potter por su desaparición, y si se habría dado cuenta de que ella lo consideraba un tercer hijo. Por las obvias palabras que salieron de su corazón, Sirius tenía ahora su respuesta.
Cuando le leyó la carta a James veinte minutos después, el otro hombre también lloró y estuvo de acuerdo con Sirius que había solamente una cosa que podían hacer con lo que Remus había escrito.
Sirius se acercó al podio y se aclaró la garganta.
—Hoy día, recibí una carta que James pensó que debería leerla a todos ustedes. Es de un buen amigo nuestro, uno que está muy lejos para estar aquí el día de hoy. De lo contrario, no tengo dudas de que estaría aquí.
Abrió la carpeta manila, pasando los dedos suavemente por encima de la escritura a mano de Remus.
Espero hacerle justicia a esto, Remus, por tu propio bien.
Se aclaró la garganta nuevamente y empezó a leer:
—"Querido James, Lily, Harry, Katie y Sirius. Quiero decirles lo mucho que siento su pérdida, pero sé que pequeñas son las palabras, 'lo siento', cuando piensas lo mucho que has perdido. Son un par de palabras sin importancia, palabras incapaces de expresar el dolor y la tristeza que existe cuando alguien tan querido se nos va. Nunca podrá haber una palabra adecuada para describir como me siento al saber que la mujer más elegante y amable que he conocido ya no está aquí con nosotros los simples mortales."
—"Sé que habrán muchas personas en el funeral, quienes recordarán a tu madre por sus hermosos jardines. Nunca habrán rosas más rojas o peonías más vivas en ningún lugar como en el jardín trasero de tu madre. Nunca veo una lila sin pensar en cómo ella me hizo recortar ese arbusto en la esquina de la casa solamente porque yo era lo suficientemente alto como para alcanzar las ramas de arriba. La pequeña fuente en el medio del jardín siempre fue un refugio contra el caos de un mundo enloquecido."
—"Habrán otros en el funeral que la recordarán por las fiestas que ella organizaba, y por su extraña elección para sombreros inusuales, lo que llevó a más de una broma sobre que ella era la 'Sombrerera loca'. Otros la recordarán por su devoción a sus causas. La sociedad histórica por fin será capaz de llamar a un ala del museo local como tu madre, ahora que ya no está aquí para protestar en contra de la idea."
Sirius se detuvo, medio sonriendo, mientras permitía que unas pocas risitas disimuladas de carcajadas terminaran. La siguiente parte iba a ser complicada, sin embargo, se armó de valor para las palabras brutales y las imágenes que conjuraría.
—"Pero yo recordaré a tu madre como la mujer que me enseñó que hay más que una madre que se induce comas en alcohol y usa el alcohol como combustible para peleas. Ella me enseñó que una madre no tiene porqué ser abusiva o hiriente, que una madre no necesita golpear o insultar. Ella me enseñó que el amor de una madre no exige lágrimas y disculpas después de moretones o huesos rotos. A través de tu madre, yo descubrí un nuevo mundo: uno de paz, calidez y seguridad. Anhelaba sus sonrisas de aprobación, sentía tristeza bajo sus miradas de descontento, y saboreaba la palmada en mi hombro que significaba que ella estaba orgullosa de mí."
La voz de Sirius se rompió y se aferró a los costados del podio mientras parpadeaba varias veces para volver a ponerse bajo control. Tenía que lograr esto sin llorar. Por Remus, por nadie más.
—"Nunca le dije como me sentía, y me arrepiento de eso profundamente. Espero que ella haya comprendido que mi respeto y amor por ella podía ser encontrado en cosas sencillas como ayudarle a recortar arbustos de lilas, pelar patatas, y pintar esa jodida habitación tres veces hasta que estuvo satisfecha con el color. Espero que haya comprendido que la única razón por la que mi nombre existe en las portadas de libros es porque ella me dijo una vez: 'Tienes un don. No lo desperdicies'. Y yo no quise decepcionarla."
—"Me hubiera gustado que ella hubiera sido mi madre también, James. Ella realmente fue una mujer increíble y yo la adoraba."
Sirius cerró cuidadosamente la carpeta y miró hacia James. El otro hombre sonrío a través de sus lágrimas y asintió en señal de aprobación.
Sirius lanzó una mirada sobre la afligida multitud llorando, realizando algo que solamente había reconocido a la mitad hasta ahora. Tú sabías, Remus. De alguna manera, sabías que yo quería expresar que es lo que significó la señora Potter para ti y para mí... y nunca hubiera sido capaz de encontrar las palabras correctas. Siempre ha sido de esa manera entre nosotros, y extraño eso. ¿No lo extrañas tú también?
Las puertas del elevador se abrieron, y los pasos de Sirius hacia adelante vacilaron cuando Emmeline súbitamente apareció frente a él.
—Las señoritas desean verte —anunció, luciendo curiosa y preocupada a la misma vez.
La mente de Sirius inmediatamente empezó a buscar que cosas había hecho, que cosas no había hecho y lo que pudo haber salido mal mientras estuvo fuera de la oficina durante los últimos cuatro días. Ninguna de las cosas que imaginó parecían lo suficientemente drásticas como para ser llamado a las oficinas de Julia y Diana. Asintió con la cabeza a Emmeline y pulsó el botón para ir a la siguiente planta.
Oh, Dios, espero que no sea sobre Fred Hoskins quejándose de que no le devolví la llamada telefónica el otro día. Le dije a Emmeline que llamara y le explicara que estaba en el funeral de la señora Potter y que lo llamaría el día de hoy. El hijo de puta seguramente aún está enfadado porque le dije que su último capítulo era una basura y está buscando una razón para que me despidan.
Pensaba en Fred Hoskins, sus pasos haciéndose más firmes y sonoros mientras caminaba. Estaba murmurando algo sobre autores arrogantes y viejos tontos hasta el momento en el que abrió la puerta de la oficina de la señorita Diana.
—...fuera de su contrato —estaba diciendo Di, con los ojos fijos encima de la pantalla de su ordenador portátil—. ¿Cuánto crees que nos costará?
¡No puedo haberlo enojado tanto para que me quiera fuera de su contrato! Por el amor de Dios, ¿no era lo suficientemente adulto como para lidiar con un poco de crítica?
Julia estaba casualmente hojeando a través de una revista de editoriales.
—No lo sé. Ciertamente un par de miles. Sirius dijo...
Echó un vistazo al hombre parado en la puerta y sonrío abiertamente
—Hablando del diablo.
Di levantó la vista de la pantalla y lo observó por un momento antes de decir:
—Bonita corbata.
Sirius miró hacia abajo, incapaz de recordar cual era la que escogió esta mañana. No era nada del otro mundo, simplemente una masa moteada de rojos y grises.
—Lo que quiso decir es que ese traje se ve increíble en ti —tradujo Julia.
—Encaja tan bien
Di dibujó la última palabra, acentuándola con una sonrisa salvaje.
—No se te permite pensar ese tipo de cosas —dijo Sirius, sacudiendo un dedo frente a la mujer de cabello castaño—. Estás casada.
—Oh, puedo pensar en esas cosas —protestó Diana— Solamente no puedo hacer lo que estoy pensando que me gustaría hacer.
—¿Se dan cuenta ustedes dos que les puedo presentar cargos por acoso sexual? —advirtió Sirius.
Julia y Diana intercambiaron miradas y luego se echaron a reír.
—Siéntate, Sirius, y tengamos una pequeña charla, ¿de acuerdo? —dijo Julia, señalándole otra silla idéntica a la cual estaba ocupando ella.
—¿Cuánto jodido tiempo puede tomar que un correo electrónico cruce el océano? —murmuró Di malhumorada, mirando el ordenador portátil, una vez más.
—Te lo dije, probablemente ni siquiera ha escrito una carta de renuncia aun. Quiere ver qué es lo que sabemos primero —reprendió Julia a su amiga ligeramente.
—No sé porque demonios puede pensar que despediríamos su trasero.
—Porque es estúpido, cariño. Increíblemente estúpido.
Sirius esperó pacientemente, dando sorbos a su café de la tienda a la vuelta de la esquina. Si bien parecía que algo interesante estaba sucediendo, él sabía que ellas no le contarían nada a menos que lo consideraran necesario.
—Sirius, ¿aún sigues pensando que necesitas unas pequeñas vacaciones? —preguntó de repente Julia.
Él suspiró.
—No ahora mismo, no lo creo.
Sus ojos estaban llenos de simpatía.
—El señor Wolfe, er, Lupin ¿aún no quiere hablar contigo?
Sirius suspiró.
—Por fin accedió a dejar que lo llame de vez en cuando. Sólo tomo tres meses y la muerte de la señora Potter para llegar tan lejos. Si le anunció que voy a visitarle, seguramente me mande a las selvas de Canadá o de Tombuctú o algo similar.
Diana se echó para atrás en su silla, mordiendo el interior de su mejilla pensativamente.
—¿Cómo reaccionaría si le dices que tienes que discutir una propuesta de negocios con él?
Las cejas de Sirius se alzaron ligeramente.
—¿Qué clase de propuesta de negocios?
—Lo queremos —respondió sin rodeos. Miró a Julia y una sonrisa malvada apareció—. En más de un sentido, en realidad…
—Dos chicos ardientes bajo un mismo techo puede que sea demasiado difícil de lidiar para nosotras —dijo Julia, su expresión copiando la de Di—. Pero tomaremos el riesgo.
—Tú lo conoces, has trabajado con él, y sin importar lo que sea que pasó en estos últimos cinco años, estoy dispuesta a apostar de que él confía en ti y en tu trabajo.
Algo en la pantalla de la computadora captó la mirada de Di, haciéndole hacer una pausa. Deslizó su dedo sobre el touchpad, murmurando:
—¡Por fin!
Julia retomó el hilo de la conversación que su socia de negocios había empezado.
—¿Qué tan feliz ha estado con Snell?
Sirius se encogió de hombros.
—Nunca se quejó sobre ellos.
—¿Crees que podamos convencerlo de firmar para nosotros? ¿Hay algún conjunto específico de condiciones o algo que podamos usar para convencerlo?
—Realmente no lo sé —exhaló ruidosamente Sirius—. Tendrás que hablar con él o hablar con Snell. No ha escrito nada durante cinco años. Puede que estén dispuestos a soltarlo ya que no ha hecho nada recientemente.
—Me pregunto cuanta presión le habrán puesto al pobre muchacho —divagó Di, volteando la laptop y acercándosela a Julia.
Sirius esperó hasta que Julia leyó lo que fuera que estaba en la pantalla. Empezó a retorcerse un mechón de cabello alrededor de su dedo como solía hacer.
Debe ser grave.
—¡Que mentiroso de mierda! —exclamó de pronto.
—Lo mismo pensé yo —aprobó Diana— ¿Sirius?
Ella esperó hasta que los ojos grises se encontraron con los de ella y luego dijo:
—Felicitaciones. Has sido ascendido. Discutiremos tu salario y toda esa basura más tarde, pero ahora, necesitamos que tomes un avión a Estados Unidos.
Sirius lentamente se enderezó, parpadeando rápidamente en estado de shock. Sabía que sus jefas hacían cosas locas y enloquecedoras a veces, pero esto era bastante imprevisto.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué tipo de ascenso? ¿Y por qué tengo que ir a Estados Unidos?
Julia rodó sus ojos como si todo fuera evidente.
—Para firmar a Lupin, por supuesto. Y para resolver el lío que hay en nuestra oficina en Filadelfia.
—¿Qué lío?
—Él maldito estúpido de Lucius Malfoy ha decidido que quiere empezar su propia editorial y está tratando de llevarse a algunos de nuestros mejores autores americanos con él. En su contrato está mencionado que no se le está permitido iniciar su propia compañía y robarse a nuestros autores, pero está tratando de hacerlo detrás del nombre de otra persona —explicó Di con rapidez— Él maldito lo niega todo, jodida rata escurridiza.
Sirius ahogó una risita.
—¿Y qué es lo que haré, exactamente?
—Pegarle en la nariz —sugirió Di.
—Darle una patada en las pelotas —contrarrestó Julia.
—Eso me gusta más —admitió Di, con un apreciativo movimiento de cabeza— No nos interesa. Solamente hazle entender que se puede ir, con nuestras bendiciones y demás, pero si trata de llevarse a alguien con él lo demandaremos por todo lo que posee, incluyendo esos mocasines italianos increíblemente pretenciosos que le gustan.
Sirius sonrió. Se había reunido con Lucius Malfoy en distintas ocasiones y nunca le había caído bien. Esto podría ser bastante divertido.
—No le vamos a decir que estás yendo —advirtió Julia.
—Así que estate preparado para cualquier cosa —dijo Di— Un cuchillo en la espalda, veneno en el café…
—Haremos una carta para que se la entregues que explicará que tienes nuestra autorización para lidiar con él como mejor te parezca.
—Y si él siquiera tiembla sin tu consentimiento después de que le hayas entregado la carta, despide su estúpido trasero.
Sirius no pudo contener la risa por más tiempo. Después de un momento, Julia y Diana se unieron a él.
—Dios, amo trabajar para ustedes dos —dijo finalmente Sirius— ¿Cuál es el título oficial de mi nueva posición? Debo saberlo antes de irme a patearle los huevos a Lucius.
Las dos mujeres se miraron a los ojos, extrañamente sin palabras.
—No sé cómo se le llama aquí —reflexionó Di— ¿Supongo que eres nuestro jefe de operaciones?
—¿Una especie de ejecutivo general de operaciones?
Julia se encogió de hombros.
—Tendremos que llamar a alguien y obtener tu título oficial, supongo.
Un brillo travieso apareció en la mirada de Diana
—¿Qué te parece 'El Boy Toy de Di y Julia'?
—¿El musculoso de Di y Julia?
—¿El Dios de la edición?
—¿El Dios de las operaciones?
Di bajó los hombros.
—Nos las ingeniaremos.
—Sólo pon tu precioso culo en un avión y empieza a moverte —dijo Julia firmemente.
Los neumáticos del taxi chirriaron cuando se alejó, dejando a Sirius de pie fuera del edificio que albergaba la sucursal de Filadelfia de la editorial Vernon-Gray.
Sirius había estado en la oficina de Filadelfia tres o cuatro veces, enviado a ayudar con algún tipo de problema de edición, o porque Julia y Di necesitaban entregar un manuscrito o documento en persona. Había sido tratado lo suficientemente bien, pero desestimado en cuanto su misión había sido cumplida. Esta vez, entró al vestíbulo principal con su más costoso traje de lana y abrigo de cachemira negro. Cada centímetro de él se veía ejecutivo, y sintió un placer culpable por las miradas que ya estaba recibiendo.
Se dirigió al mostrador de recepción, que servía a todos los negocios que compartían el edificio y se inclinó en él, guiñándole un ojo a la mujer que parecía incapaz de hacer otra cosa que no sea mirarle.
—Cariño, ¿podrías decirme si Lucius Malfoy de Vernon-Gray está adentro ya?
—Uh, sí, acaba de llegar hace cinco minutos.
—Perfecto. —Sirius se enderezó— Que tengas un día maravilloso, ¿sí?
—Gracias —respondió débilmente, mostrándose confundida— Tú también.
Él le sonrío.
—Oh, sin duda lo tendré.
Las puertas del elevador se abrieron en el noveno piso, y Sirius entró en la zona de recepción de la editorial Vernon-Gray. Las dos recepcionistas lo miraron, sus mandíbulas cayendo flojamente.
Maldita sea, que bien debo de verme.
—Señoritas —dijo— Estoy aquí para ver a Lucius Malfoy.
La mayor de ellas miró rápidamente el libro de citas.
—¿Tu nombre?
—Sirius Black, pero mi nombre no estará ahí —respondió— Es posible que desees apuntarme por el resto del día, sin embargo.
Lucius Malfoy dobló lentamente la carta y la volvió a meter en el sobre.
—Bueno, felicitaciones por tu ascenso, Black.
—Gracias —Sirius dio un sorbo a su café y se estremeció— ¡Santo Dios, Malfoy, este es el peor café que he probado en meses!
—Bueno, gracias por venir desde Londres para dejarme saber eso —dijo Lucius, inclinando un poco la cabeza, invitando a Sirius a que le diga porque exactamente estaba él aquí.
Sirius se inclinó sobre el escritorio, volteó el teléfono de Malfoy y presionó el botón para llamar a la asistente administrativa del hombre.
—¿Sí, Señor Malfoy?
—En realidad, soy el señor Black. ¿Crees que podrías hacerme un favor y encontrarme una verdadera taza de café?
—Pensé que…
—Stacey… tu nombre es Stacey, ¿verdad? Stacey, me gusta mi café tan fuerte que una cuchara pueda estar de pie en él. ¿Crees que pues conseguirme algo como eso por mí?
—Veré que es lo que puedo hacer, señor Black.
—Eres un ángel.
Sirius presionó el botón nuevamente, pero se quedó sentado mirando el teléfono pensativamente.
—¿Hay algún problema, Black?
—Bueno, puede que haya uno pequeño. Verás, Julia y Diana están un poco preocupadas sobre unos rumores que han escuchado hace poco.
—¿Oh? ¿Qué tipo de rumores?
—El 'él está planeando empezar su propia editorial y robarse algunos de nuestros autores de Vernon-Gray' tipo de rumores.
—¿En serio? No he escuchado nada de eso —dijo Malfoy con calma, sonriendo levemente.
—¿En serio? Bueno, que alivio —Sirius puso su taza de café sobre la mesa, dándole un empujón extra para alejarla de él—. Estaba absolutamente sorprendido cuando las chicas me lo contaron.
El editor ejecutivo de la sucursal de Filadelfia se echó hacia atrás en su silla y cogió una pluma de plata elegante.
—Admito estar igual de sorprendido también.
—Puedo verlo.
Malfoy golpeó la pluma contra su labio inferior.
—Es horrible como empiezan los rumores.
—¿Cómo supones que empezaron estos rumores?
—Sólo Dios sabe.
—Sí, estoy seguro de que lo hace. Estoy aquí para encontrar los orígenes de esos, pequeños y viciosos rumores.
Con una sonrisa Sirius metió la mano en el bolsillo interior de su traje.
—Llamemos a Alastor Moody, ¿sí? Él es uno de los autores que ellas dicen que te estás llevando a tu nueva editorial. Veamos qué es lo que sabe de aquello, ¿de acuerdo? ¿Cómo puedo obtener una línea externa?
La sonrisa de Malfoy disminuyó ligeramente y sus ojos estaban más duros que hace unos minutos atrás.
—Moody es muy temperamental. Molestarle con esta clase de rumor puede que lo lleve a creer que nuestra compañía está en problemas y en riesgo a colapsar desde adentro.
—¿En serio? —Sirius levantó el auricular— ¿Presiono aquí, donde dice, 'Línea 1'?
El rubio frunció el ceño.
—Sí, pero te advierto que si Moody toma esta llamada para mal, llamaré a Londres después de esto.
Sirius asintió y empezó a presionar los dígitos de acuerdo al papel que había desdoblado y apoyado en el escritorio. Vio como Malfoy trataba de leer los otros nombres que estaban en el papel debajo del de Moody, así que intencionalmente volteó el papel al revés.
El ceño fruncido se convirtió en una mirada, pero Sirius sonrió.
—El teléfono está sonando. Ah, aquí estamos. Sí, señor Moody, soy Sirius Black. Trabajo en la editorial Vernon-Gray… No, no hay ningún problema, solamente llamo para aclarar un detalle… Bien. El señor Malfoy quería que le pregunte si ha pensado mejor su proposición sobre firmar con su nueva editorial.
Al otro lado del escritorio, Malfoy se puso rígido, y sus ojos se estrecharon.
—Esto es totalmente inexcusable —dijo— Estás tergiversando todo.
Sirius llevó un dedo a sus labios y luego señaló a Malfoy.
—Lo siento, señor Moody. ¿Decía? Sí, estoy seguro de que él escuchó su preocupación sobre que la compañía quizá no podría ser capaz de competir con los porcentajes que ya se le están concediendo. Tu fama y tu talento precederán, sin embargo, y estoy seguro de que las ventas de tus libros serán igual de maravillosas en su nueva compañía… Bueno, sí, yo trabajo para Vernon-Gray, pero la nueva editorial del señor Malfoy suena increíblemente interesante —hizo énfasis en la última palabra, sus ojos grises puestos en los fríos ojos azules de Lucius—. Le diré algo, señor Moody. ¿Qué le parece si le pongo en contacto con alguien en unos días para que le ayuden a decidir? Espléndido. Estoy deseando trabajar con usted.
Sirius desconectó la llamada, pero su dedo se movió por encima del botón que le daría acceso a la línea exterior.
—¿A quién llamo ahora, Malfoy? ¿Cornelius Fudge? ¿Marlene MacKinnon? O debería llamar a Tom Riddle ahora mismo y preguntarle sobre la compañía que está organizando ahora mismo y preguntarle: ¿Cómo, después de que la cláusula en tu contrato expire, planea vendértela por una absurda cantidad de dinero?
—No tienes ni una prueba —gruñó Malfoy, tirando la pluma de plata sobre la mesa.
—Tengo todas las jodidas pruebas que necesito —dijo Sirius, recogiendo la pluma y guardándosela en el bolsillo de su camisa—. Considera tu trasero despedido.
Tomó dos días ordenar calificaciones y personalidades de editores para encontrar a la persona correcta que tome el lugar de Lucius Malfoy. En realidad, le tomó a Sirius solamente tres horas para decidir que encontró a la persona adecuada. El resto del tiempo se la pasó entrevistando a los que sentía que tenían una razón justificable para obtener el trabajo y también para calmar plumas erizadas cuando se dieron cuenta que Sirius ya había tomado una decisión.
Sirius también aprovechó el tiempo para hacer algunas investigaciones. Dos mañanas después de instalar a Kingsley Shacklebolt como el jefe de la sucursal de Filadelfia, Sirius subió a un avión con destino a Pittsburgh.
—¿Estás seguro de que estás haciendo lo correcto? —preguntó James.
Sirius exhaló con fuerza.
—¿Qué otra cosa puedo hacer, James? Sabes que si le digo que estoy yendo a verlo, él se escapará nuevamente. O esconderá.
—Se siente como si le estuvieras tendiendo una emboscada.
—Bueno, sí, es porque es una emboscada. Tengo que entregarle estos libros de tu madre. No quiero dejarlos en su escalera de entrada sin ni una explicación, especialmente considerando lo costosos que son.
—Eso suponiendo que tiene una escalera de entrada. Él podría estar viviendo en una cueva por lo que sabemos.
—Teniendo en cuenta el paisaje que he visto en el camino desde el aeropuerto, creo que es probable.
—¿Es realmente tan horrible?
—No, no lo es —admitió Sirius—. En realidad, lo que he visto es muy bonito. Mi habitación del hotel es muy cómoda, también. Nada arrastrándose entre las sábanas, solo yo en la noche.
James hizo un par de insinuaciones sexuales a las cuales Sirius respondió con unas más sucias aún, y luego se despidieron.
Perdido en sus pensamientos, Sirius distraídamente abrió y cerró su celular varias veces. Sólo tendría una sola oportunidad, y tenía que lograrlo.
La contestadora tomó su llamada, y él respiró profundamente antes de decir delicadamente:
—Remus, estoy en Pittsburgh. Bueno, no técnicamente en Pittsburgh… Estoy en un hotel no muy lejos del aeropuerto. Me gustaría verte, y tengo algo para ti de parte de la madre de James. Antes de que me digas que me largue, déjame advertirte que tengo tu dirección en mis manos. Sí. La tengo. Tengo formas de conseguir información, ya sabes —hizo una pausa para hacer una risa malvada—. También tengo mi laptop y acceso a internet, así que podría conseguir indicaciones para llegar a tu casa con sólo un par de toques de mis dedos. Así que, aquí están tus opciones: Al igual que como dijo el jefe de recepción, trae tu trasero aquí en dos horas. Ahora, sé que puedes estar ocupado ahora mismo, así que no voy a contar con que estés aquí en dos horas desde este momento en el que grabo el mensaje. Sin embargo, si no me has honrado con tu presencia a la hora de la cena, alquilaré un coche e iré a buscarte. Te advierto que aún conduzco igual de rápido y tan mal como nunca. ¿Crees que seré capaz de recordar que debo conducir del lado derecho de la carretera durante todo el trayecto a tu casa? El reloj está marcando la una de la tarde, Lunático. La cuenta hacia atrás ha comenzado.
Sirius miró el reloj antes de hojear su teléfono celular abierto. Habían pasado casi dos horas desde que había llamado a Remus.
—Sirius Black.
—Por el amor de Dios, Sirius, quédate donde estás. No hay necesidad de poner en peligro a gente inocente. ¿Dónde estás exactamente?
Triunfante, Sirius le dio a Remus el nombre del hotel y el número de su habitación, y luego se acomodó para esperarlo.
Tocó la puerta, y el sonido fue sorprendentemente común. No fue un llamado tímido, como si Remus no quisiera que Sirius lo escuchara, y no fue demandante, como si Remus estuviera intentando romper la puerta para darle una patada en el culo por su arrogancia. Fue un simple llamado: tres golpes secos y rápidos, hechos con los nudillos contra la puerta hueca de acero.
Y aun así, hicieron que el corazón de Sirius se detuviera.
Se acercó a la puerta y la abrió con impaciencia. La alta figura de pie en el pasillo era tan familiar, y a la vez tan extraña. Tenía la misma altura y tenía la misma complexión delgada que Sirius podía recordar; pero la barba y la larga cabellera, recogida en una cola que colgaba justo ligeramente debajo de los hombros caídos, hacían parecer a Remus como alguien nuevo. No fue hasta que miró hacia el azul familiar de los ojos de Remus, sin embargo, que la sonrisa que Sirius llevaba desapareció. Podía ver el mismo dolor que había visto en la fotografía de la revista, pero saber que estaba viendo el dolor en carne propia hizo que lágrimas aparecieran de repente en sus propios ojos.
—Dios, Remus.
Se lanzó hacia adelante, envolviendo sus brazos alrededor de los hombros de Remus, ajeno a la tensión que él emanaba.
—Te extrañé.
Remus torpemente le palmeó en la espalda.
—Eres un jodido imbécil, entonces.
Sirius se echó hacia atrás, ahora sintiendo los músculos tensos y los vagos tirones desesperados que Remus estaba haciendo en contra de su abrazo.
—Entra, Lunático. Échale un vistazo a mi habitación.
Remus siguió a Sirius dentro de la habitación, sus ojos obedientemente revisándola.
—En cuanto a cómo son las habitaciones de hotel, yo diría que esta está bastante agradable.
—¿Un refresco? —ofreció Sirius— O, mejor aún, ¿qué te parece si vamos a cenar?
Remus sonrió de lado.
—Eres un pozo sin fondo como siempre, ¿no?
—Debe ser agradable saber que algunas cosas nunca cambian. Pensé que la cena podría darnos la oportunidad perfecta para ponernos al día.
—Así que, realmente, solamente me llamaste aquí porque quieres que sea un chofer que te lleve a lugares para comer.
Sirius se encogió de hombros.
—Alguien tiene que hacerlo. ¿Por qué no tú? Puedo pagarte por las molestias —sonrío— Tengo una tarjeta de crédito corporativa.
—¿Qué es lo que ha poseído a tus jefas para que te den eso?
—Lo mismo que las poseyó para que me den un ascenso y aumento de sueldo.
—Ellas saben que estás loco —fue más una declaración que una pregunta.
—Eso es lo que aman de mí. Bueno, eso y el hecho de que relleno un traje bastante bien.
Remus resopló divertido
—¿Alguna preferencia? ¿Carne? ¿Comida marina? ¿Italiana?
—Estoy tan hambriento, que todo suena bien.
El hombre de cabellos castaños sacó las llaves de su bolsillo.
—Vamos, entonces.
Llevó a Sirius hasta el aparcamiento y sin palabras señaló a un SUV de color azul.
—Nunca habría elegido este vehículo para ti —dijo Sirius mientras se trepaba en el lado del pasajero.
Remus lo miró, inclinando un poco la cabeza.
—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?
—Tú eras el que se preguntaba cuántos libros tendrías que vender para comprarte un Aston-Martin.
Al principio, Remus no dijo nada, moviendo el Jeep fuera de su lugar del estacionamiento y dirigiéndolo a la carretera que estaba al frente del hotel.
—Un Aston-Martin nunca sería capaz de ir por las carreteras llenas de lodo o nieve. En realidad, decir carretera es hacerle un cumplido. No es nada más que baches con grava.
—¿Vives tan alejado de la civilización?
—No —dijo Remus secamente. Apretó su mandíbula por un momento y luego suavizó su tono de voz— Es un área pobre. No hay mucho dinero para pavimentar todos los caminos de la selva virgen. Apenas tienen dinero suficiente para mantener los caminos existentes decentes.
Sirius no se molestó en ocultar la larga mirada que le dio a su amigo. Habían pasado cinco años desde que dejó de leer los sutiles gestos y expresiones de Remus, pero recordaba lo suficiente para darse cuenta de lo que estaba viendo.
—Estás muy enojado porque te he llamado.
—¡Bueno, a la mierda, Sirius! ¿Qué es lo que esperabas? —explotó Remus, golpeando el volante con la palma de la mano—. Es tan jodidamente típico: llamas y esperas que todos dejen todo para atender cada uno de tus caprichos.
Sirius se echó hacia atrás tanto como el asiento se lo permitía.
—Eso no es lo que…
—Así que, ¿'te voy a dar dos horas para que traigas tu trasero aquí, o conduciré en una manera terrible para invadir tu casa y hogar' no te suena vagamente familiar?
—Si estabas tan enojado por eso, ¿por qué simplemente no me pediste que me largue?
—¡Amenazaste con venir de todas formas! Además, sé cómo eres. Has encontrado mi teléfono, mi dirección, y sí, no tengo dudas de que hubieras conseguido indicaciones en el internet, si hubieras tenido que hacerlo. Probablemente hubieras ido a comprar un jodido sistema de GPS, si hubieras pensado que te sería de ayuda.
—Si ibas a estar así de enojado, debiste pedirme que me vaya —dijo Sirius—. Yo tenía ganas de verte, pero no las suficientes como para querer pasar un par de horas siendo gritado e insultado.
Remus otra vez se quedó en silencio mientras maniobraba al Jeep a través de una concurrida intersección para luego moverse al otro carril.
—La verdad es que, Remus, me querías ver de la misma manera en la que yo quería verte —continuó suavemente Sirius, de alguna manera intuyendo que es lo que estaba fastidiando a su solitario amigo—. Estás molesto por eso. No quieres estar feliz de verme, porque si lo estás entonces tendrías que pensar en lo que estás haciendo, escondiéndote en el medio de la nada.
Deliberadamente, miró por la ventana, para no ver la ira de Remus en un destello aún mayor. Un minuto pasó, y luego un segundo. Sirius se movió un poco en su asiento, sólo parcialmente consciente de todas las tiendas y restaurantes que estaban pasando. ¿Estaba Remus tan ocupado conduciendo que no podía gritarle?
El coche se detuvo y miró hacia arriba para ver la luz del semáforo en rojo. Aprovechó el momento para preguntar.
—¿Debería salir y caminar de vuelta al hotel ahora?
—No.
El musculo de la mandíbula de Remus estaba tenso, pero se estaba frotando la sien con el dedo índice y medio como solía hacer cuando pensaba o cuando estaba en conflicto y buscaba palabras que decir. Sirius no dijo nada más. Recuerdos olvidados estaban ahora empujando su camino hacia la superficie: recuerdos de Remus calcinándose en cólera, acaloradamente... y luego volviéndose tranquilo e introspectivo mientras consideraba si la acusación contra él tenía validez. Era entonces cuando él aceptaba completamente el criticismo con calma, ofreciendo justificaciones de porque la otra persona estaba equivocada en sus pensamientos o palabras.
Probablemente sea mejor no preguntarle nada ahora mismo, considerando el tráfico, todas las intersecciones, las calles y todo… además solamente tiene una mano en el volante.
El Jeep giró en dirección a un restaurante y se detuvo bruscamente. Los dedos de Sirius buscaron a tientas la manija de la puerta, pero se detuvieron cuando Remus dijo de pronto en voz baja:
—Tienes razón.
Sirius parpadeó. Era raro que Remus admitiera tan rápidamente algo tan cargado de emoción, y no estaba seguro de cómo manejar la situación.
—¿La tengo?
—No totalmente —dijo Remus, mirando al frente— Yo… me alegro de verte y no pensé que lo estaría. O que debería estarlo.
Sirius sonrió triunfalmente.
—Eso no significa que me voy a estar cuestionando porque estoy aquí —advirtió Remus—. Tengo mis razones y no estaría aquí si no hubiera pensado en todo completamente. No esperes que me sienta culpable por mi decisión.
Y con esas palabras, empujó la puerta y salió del vehículo.
—Así que me senté ahí… en su silla de cuero, que conste, mirándolo empacar sus cosas personales. Fui bastante útil, también, recordándole que la engrampadora y los lapiceros eran propiedad de la compañía. Él agradeció mi ayuda.
Remus tomó un sorbo de su cerveza e inclinó su cabeza ligeramente a un costado.
—Y sabes que agradeció tu ayuda porque dijo… —dejó que su voz se apagara, esperando a que Sirius termine la oración.
—Bueno, porque lo dijo —Sirius alzó el tono de su voz hasta que sonó misteriosamente como Malfoy—. "Has sido de mucha ayuda, Black."
Remus sonrío y echó un vistazo a la etiqueta de la botella.
—He escuchado que Lucius Malfoy es un poco hijo de puta.
—¿'Un poco hijo de puta'? Mi querido Lunático, esa es una mentira total y absoluta. Él es un grandísimo hijo de puta.
El hombre de pelo castaño se río entre dientes y Sirius sonrío ante el hecho de que fue él quien hizo a Remus reír. Había sido difícil, trabajó a través de entradas y aperitivos hasta que Remus se vio lo suficientemente relajado para que ellos pudieran tener una conversación real. Finalmente estaba viendo más del Remus que él conocía, incluso si se trataba de una versión más apagada y triste.
—Ahora, he estado hablando de mí durante los últimos cuarenta y cinco minutos. ¿Qué hay de ti?
Remus se encogió de hombros.
—No hay nada que contar.
—¿Qué es lo que haces en el día?
—Un poco de esto, un poco de aquello —Remus pareció considerar algo con mucho cuidado antes de decir—. He estado ayudando a mi vecino con su negocio hace poco.
—¿Qué clase de negocio es ese?
Nuevamente, Remus vaciló antes de contestar.
—He estado escribiendo algunos artículos para su periódico.
El shock atravesó a Sirius. Remus le había mentido de plano por el teléfono, negando que había estado escribiendo. No había pensado que Remus estaba escribiendo en absoluto; y tampoco la agente de Remus. Aun así, debió haberse dado cuenta de que Remus no podía dejar de escribir por completo. Era algo muy profundo en el alma del hombre. De hecho, un par de veces había dicho que Remus sangraba tinta.
—¿Qué tipo de artículos?
—Mayormente piezas pequeñas. 'Los tejedores de tal-y-tal iglesia están teniendo una subasta para recaudar dinero para una organización u otra'; ese tipo de cosas.
Sirius tuvo mucho cuidado de asegurarse de que estaba sonriendo cuando preguntó:
—¿Se dan cuenta que es R. J. Wolfe quien escribe estos artículos?
—Mi vecino sabe. Es el dueño de la casa que estoy alquilando, y tuve que proporcionarle todo tipo de información antes de que me deje alquilar el lugar. Él ha sido un gran apoyo… y perspicaz.
Una pequeña punzada de celos atravesó a Sirius, y escuchó la voz de James tan clara como si el otro hombre estuviera sentado a su costado: "¿Qué es lo que planeabas hacer con tu vida? Él permitió que dejaras tu sueño por el de él…"
—¿Te gusta escribir para el periódico?
Remus frunció el ceño.
—Es… escribir. Me da algo que hacer; una manera de pasar el tiempo.
—Tu agente no pensaba que estabas escribiendo.
—No estoy escribiendo nada que ella considerara importante o valioso —dijo bruscamente Remus—. No al menos que ella quisiera ir a la cena de espaguetis de una niña de siete años que tiene leucemia. ¿Ya acabaste? —se estiró para coger la cuenta, pero Sirius fue más rápido.
—Te dije que yo pagaría.
Remus se rindió con bastante facilidad. Sirius se preguntó si él estaría pensando que una cena gratis era lo mínimo que Sirius podía hacer por exigir su presencia de tal manera.
Mientras caminaban por el restaurante, un hombre se acercó a ellos.
—Disculpa, ¿eres R. J. Wolfe?
Remus negó con la cabeza.
—No, lo siento.
—Te pareces mucho a él.
—Pobre hombre si se parece a mí —comentó Remus. Sirius se dio cuenta que el acento de Blackpool de Remus había desaparecido, dejando un amplio acento del suroeste de Pensilvania.
—Es casi increíble lo mucho que te pareces a él —insistió el otro hombre de nuevo.
—¿Quién es R. J. Wolfe de todos modos? —preguntó Remus. Sirius le había visto hacer esto a menudo: pretender ser ignorante de la identidad de R. J. Wolfe, era a menudo la manera más efectiva de que la gente los deje solos.
Las cejas del hombre se alzaron.
—¿Nunca has escuchado de R. J. Wolfe? ¿El autor de Luna Vieja? Un libro maravilloso. Uno de los mejores que he leído.
Remus meneó su cabeza, dándose la vuelta y dirigiéndose a la puerta.
—Supongo que tendré que darle un vistazo alguna vez. No se me da mucho leer.
—De alguna manera me había olvidado de él hasta que vi ese artículo en esa revista hace un mes —murmuró el hombre, siguiéndoles.
Remus volteó lentamente.
—¿Qué artículo? —en su sorpresa, el acento británico se había filtrado de nuevo en sus palabras, pero el otro hombre no pareció darse cuenta.
—Oh, uno sobre autores que han dejado de escribir por un motivo u otro. Dios, ¿estás seguro de que no eres él? Te ves exactamente como la fotografía de él: mismo cabello, misma barba…
Los ojos de Remus se abrieron en sorpresa y Sirius vio los principios de la ansiedad y confusión dar revuelo en los ojos azules de su amigo.
—Oye, lo siento por esto, pero vamos a llegar tarde —dijo él, concentrándose en uno de sus actores favoritos americanos y tratando de decir la línea como pensó que el actor lo haría. Le dio al extraño una sonrisa amigable y se despidió con una mano mientras empujaba a Remus no muy gentilmente hacia la puerta.
Afuera, Remus se volvió para mirarlo.
—No te ves muy sorprendido. ¿A qué artículo se refería?
—Tal como dijo él, fue un artículo sobre autores que no han escrito nada recientemente, mostrando que es lo que están haciendo.
—¿Y yo estoy ahí?
Sirius respiró profundamente.
—Al igual que otros diecinueve, sí.
—¿Qué revista era?
—Es 'El punto de vista del escritor' en Gran Bretaña. Tiene un homólogo americano, también, pero no recuerdo el nombre ahora mismo. El artículo quizá también estuvo ahí.
Remus murmuró una maldición entre dientes. No fue hasta que estuvieron en el Jeep y en el camino de vuelta al hotel que finalmente le preguntó:
—¿Qué tan terrible estaba?
Sirius jugueteó con el cinturón de seguridad.
—Pudo haber sido peor.
—Mencionó que había una fotografía…
—La había.
—No recuerdo a ningún fotógrafo…
—Eso es porqué la tomaron con un lente teleobjetivo. Es bastante obvio que no te hayas dado cuenta que la tomaron.
—Hijos de puta —murmuró Remus. Sus dedos se tensaron en el volante y Sirius se preguntó fugazmente si el coche no empezó a moverse un poco más rápido.
—Deberías estar agradecido que les tomó cinco años encontrarte —comentó Sirius, manteniendo su tono tan ligero como pudo.
—¿Cómo me encontraron, sin embargo? ¿Y por qué querrían encontrarme? —Remus parecía desconcertado.
—Dios, Remus, no escribiste solo uno, sino tres libros aclamados por la crítica, y de repente, por razones que la mayoría de la gente no sabía, desapareciste. Las personas no pueden evitar preguntarse qué es lo que pasó.
—¿Y no me pueden dejar en paz? Si quisiera ese tipo de atención, aún seguiría escribiendo los jodidos libros —los músculos de su mandíbula se tensaron—. ¿El artículo mencionaba dónde estoy? ¿Debería estar esperando a todo el jodido mundo golpeando a mi puerta?
—Si no lo han hecho hasta ahora, no lo van hacer —Sirius dijo con desdén— El artículo que yo vi fue publicado hace cinco meses.
Remus le lanzó una mirada.
—Me llamaste hace cinco meses.
—Está bien, Remus, lo confieso. Vi el jodido artículo con la jodida foto y me preocupé por ti. Ahí fue cuando insistí a tu agente para que me de tu número.
—Mierda —susurró Remus—. Jodida mierda.
Un silencio incómodo cayó en medio de ellos. Nuevamente, Remus se frotó las sienes; y Sirius se masajeó la parte posterior de su propio cuello, sintiendo la tensión asentarse ahí. No se le ocurría que decir. No conocía a Remus lo suficientemente bien ahora, como para saber qué cosa le tranquilizaría o que cosa le haría explotar.
No fue sino hasta que Remus detuvo el coche en el hotel cuando finalmente miró a Sirius y preguntó con brusquedad:
—¿Qué es lo que hubo en el artículo que te hizo decidir empezar a buscarme? Tuviste cinco años, Sirius, en los cuales pudiste haberme intentado buscar…
—No, detente ahí —dijo Sirius, el resentimiento explotando en su corazón—. Traté de encontrarte. Volé hacia Francia buscándote, pero te habías ido el día anterior. Por meses, pregunté a tu editor por noticias nuevas, y él solamente me decía que no sabía nada tampoco, que habías dejado instrucciones generales para que te depositen tus cheques y que los llamarías por si había mensajes. Luego traté de hablar con tu agente, pero él dijo que no tenía ni la más mínima idea de donde te habías ido. Cuando él se retiró, fue cuando las cosas cambiaron, y se volvieron más estrictos con la confidencialidad. No sabía que más hacer para encontrarte. No sabía siquiera donde empezar a buscar.
Golpeó su cabeza contra la cabecera.
—Maldición, Remus, quisiste desaparecer, y lo lograste. Estuve tratando de respetar tu necesidad de alejarte, de ser libre de… de lo que sea que necesitaras ser libre. Odiaba no saber dónde estabas. Odiaba cada cumpleaños y cada navidad que pasaba porque tú no estabas ahí. Quería verte y estar contigo y hablar contigo y…
Se detuvo y miró hacia el hombre que lo estaba observando con los ojos abiertos en sorpresa.
Antes de que pudiera detenerse a sí mismo, Sirius se acercó y con delicadeza enmarco el rostro de Remus entre sus manos.
—Quería saber que estabas bien. Quería hablar contigo y saber que habías encontrado algún tipo de felicidad nuevamente —su pulgar suavemente trazó la barbuda quijada de Remus—. Cuando vi esa fotografía en la revista, supe que no la habías encontrado.
Remus se apartó mansamente.
—No, Sirius. Por favor.
—¿No? ¿Que no te toque? ¿Que no te diga que es lo que estoy pensando? ¿Qué no te grite por ser un loco de mierda que desapareció de nuestras vidas durante cinco años? —su voz se suavizó— ¿O que no te grite por desaparecer de mi vida durante cinco años?
Remus miró por la ventanilla del lado del conductor, sin decir nada.
Sirius suspiró.
—Lo siento, no sé…
Negó con la cabeza, incapaz de poner en palabras sus sentimientos de miedo y preocupación y de querer que se arremolinaban dentro de él.
—No quiero joder esto. No quiero que desaparezcas de nuevo.
Aun así, reinó el silencio.
—Remus, háblame. Di algo. Incluso si es para decirme que mantenga mis jodidas manos lejos de ti.
Por último —por fin— Remus se volvió hacia Sirius y le entregó una débil sonrisa.
—Debe de haber sido una terrible fotografía.
Se sentaron en la habitación del hotel de Sirius, mientras Remus leía el artículo. Sirius contuvo su aliento cuando Remus volteó la página, revelando las fotos de él y del accidente. Por extraño que parezca, Remus no reaccionó hasta que termino de leer todo el artículo.
—Me siento como si fuera una gran decepción —dijo finalmente Remus. Se deslizó a la primera página y señaló a un autor que había decidido convertirse en trabajador social—. No he sido tan abnegado.
Sirius sonrío.
—Apuesto a que compraste un ticket para esa cena de espaguetis de la niña con cáncer.
Remus sonrío.
—Por supuesto. Y también envié una donación anónima.
Cuando Sirius se despertó, le tomó un momento recordar donde estaba.
Muchas habitaciones de hotel en la última semana.
Su siguiente pensamiento le hizo voltear rápidamente hacia su izquierda, a la otra cama en la habitación.
¡Él todavía está aquí!
Un estremecimiento de emoción atravesó a Sirius. Le había tomado todas sus habilidades de persuasión lograr que Remus pasara la noche ahí. Después de que Remus leyera el artículo, pasaron la noche en el bar del hotel donde, para alivio de Sirius, encontraron familiares y cómodos los temas de conversación que tuvieron años atrás. Como resultado, se quedaron más tiempo que ni uno de los dos hubiera previsto. Remus accedió, a regañadientes, que era muy tarde y había bebido demasiado como para conducir la hora y media de regreso a su casa.
De alguna manera, Sirius había medio previsto que el hombre se iría durante la noche. El hecho de que Remus estuviera ahí, acurrucado debajo de las duras mantas y sábanas blancas del hotel, le hizo saber a Sirius que él podría no querer estar solo al fin y al cabo.
Sirius se quedó dónde estaba, estudiando el pequeño fragmento del rostro de Remus que podía ver. Era demasiado fácil para él imaginarse despertar en la misma cama que Remus, e inhaló profundamente cuando sintió la agitación en su estómago y partes bajas, que le dejaron claro que él aún estaba muy atraído por su amigo.
No debo tocar. No debo pensar en ello. No debo pensar en lo mucho que deseo meter mi lengua…
Los ojos de Remus se agitaron al abrirse. Vio a Sirius y frunció ligeramente el ceño.
—¿Canuto? —su voz estaba profunda y rasposa por haber dormido y se dirigió directamente a la ingle de Sirius, haciendo que ciertas partes de su anatomía se retorcieran incómodamente.
—Hola, Lunático.
Sirius se sentó y deseó que su erección se calmara lo suficiente para que Remus no la notara.
—¿Qué hora es? —mientras preguntaba, Remus levantó su brazo izquierdo para mirar con ojos legañosos su reloj.
—¡Hora de desayunar! —anunció Sirius— Estoy muerto de hambre.
—Tú siempre estás hambriento —gruñó Remus, enterrando su cabeza en su almohada.
—Oh, vamos, Lunático.
En un movimiento fluido, Sirius salió de la cama y arrancó la almohada del ligero agarre de Remus.
—¡Mierda, Canuto!
Remus intentó recuperar su almohada y falló estrepitosamente.
—Voy por una ducha, si no te molesta —dijo Sirius con un aire de suficiencia—. Y después vamos a desayunar, ¿de acuerdo?
Remus suspiró y cruzó los brazos sobre su rostro.
—No puedo conducir hacia casa con el estómago vacío, supongo.
—¿No me vas a llevar a pasear en el coche y mostrarme los paisajes? He oído que el paisaje que hay al entrar a Pittsburgh a través de un tipo de túnel es algo digno de contemplar.
—Dios, Sirius, ¿estás pensando seriamente que me gustaría pasar el día contigo en Pittsburgh?
—¿No hay ahí museos? ¿O alguna tienda pintoresca o algo por el estilo? Tengo que llevarle algo a Harry y Katie.
Remus no respondió inmediatamente, y Sirius se preocupó de que quizá su amigo se volvió a quedar dormido.
—¡Oy, Remus! —gritó, tirando la almohada de vuelta a la cabeza de Remus.
—¡Pendejo!
Remus se lanzó de la cama con una almohada en la mano, y golpeó a Sirius con ella.
—¡Estaba pensando!
—¡Guerra de almohadas! —cantó Sirius, intentando alcanzar un arma para él mismo.
Después de unos cuantos golpes duros y algunos cuantos casi accidentes de cosas rompibles, los dos hombres se derrumbaron sin aliento en la cama de Remus.
—Ha pasado tanto tiempo desde que hemos hecho eso —dijo Sirius, riendo suavemente.
—Al menos diez años —estimó Remus, mirando hacia el techo.
Los ojos de Sirius se deslizaron por el perfil de su amigo, tomando en cuenta detalles que había extrañado durante tanto tiempo: las pequeñas pestañas, la nariz ligeramente larga, los labios que se arqueaban hacia un lado cuando Remus estaba sorprendido...
Remus repentinamente volvió la cabeza y sus ojos se encontraron con los suyos.
James tenía razón. Aún sigo enamorado de él. ¿Qué clase de idiota soy?
—Sirius...
Había una cautelosa y aprehensiva luz en los ojos de Remus como si sospecharan lo que estaba pensando Sirius.
—Ese soy yo, y tú eres Remus. Ahora que tenemos eso claro...
¿Sabe él que sus ojos me acaban de dejar más sin aliento que la estúpida pelea con almohadas? Gracias a Dios que durmió en sus vaqueros anoche, o estaría avergonzándome increíblemente a mí mismo en estos momentos.
Remus se sentó con rapidez y se estiró a alcanzar sus zapatos.
—Necesito un cigarrillo.
—¿Fumas?
Remus le dirigió una mirada de perplejidad.
—Siempre lo he hecho.
—Pensé que lo dejaste… —Sirius casi se ahogó antes de decir—: …cuando nació Teddy.
La tensión repentinamente llenó el aire entre los dos hombres.
—Empecé de nuevo —dijo Remus bruscamente, levantándose y dirigiéndose a la puerta, deteniéndose sólo para agarrar su camisa de botones de la silla en la que la había tirado la noche anterior—. Estaré afuera cuando estés listo para irnos.
Sirius se golpeó a sí mismo en la frente y maldijo varias veces en voz baja cuando la puerta se cerró detrás de su amigo.
—Lo siento mucho —dijo Sirius más tarde cuando se dirigían al restaurante al cual Remus estaba llevándolos para desayunar. Esas fueron las primeras palabras que habían hablado desde que Sirius se metió al Jeep.
Remus le lanzó una mirada rápida.
—¿Qué? ¿No me puedo disculpar por ser un imprudente?
Sus largos dedos se envolvieron con más fuerza alrededor del volante.
—Es que muy raras veces lo haces.
Sirius hizo una mueca cuando Remus giró hacia el carril izquierdo para adelantar a otro coche.
—No sé cómo diablos te acostumbraste a conducir así —comentó en vez de mencionar el comentario que hizo Remus—. Me daría un ataque al corazón si tratara de conducir de esta forma.
—Te acostumbrarías más rápido que yo —dijo Remus después de un momento. Antes de que Sirius pudiera pensar en otra cosa que decir, Remus preguntó—. ¿Aún tienes a Esmeralda?
Sirius sonrió abiertamente al pensar en su clásica motocicleta.
—¿Cómo crees que podría deshacerme de mi mejor chica?
—¿Cuántas multas te has ganado en estos últimos cinco años? —soltó maliciosamente.
—Sólo una —Sirius no pudo evitar reírse—. Hubieran sido dos, pero estaba yendo demasiado rápido como para que me alcancen.
Pensó que Remus estaba tosiendo y luego se dio cuenta que el hombre en realidad estaba tratando de ahogar su risa.
Con eso, la tensión entre ellos disminuyó una vez más, pero Sirius mantuvo sus comentarios y preguntas solamente a sus alrededores y sobre los edificios que pasaban.
Estaban cerca del restaurante cuando el celular de Sirius sonó.
—Aquí Sirius Black.
—¡Sirius! Soy Diana.
—¡Di! ¡Mi dama, mi amor!
—¿Ya has visto a la cosa preciosa?
—La veo siempre que me veo en el espejo.
—¡Oh, muy buena! Esa aumentará tu bono de Navidad.
—¿Tendré un bono este año?
—Dependiendo de tu respuesta a mí pregunta.
—La respuesta es: Sí, pero aún no tengo una respuesta.
—¿Se lo has preguntado al menos? ¿Lo está considerando?
—Bueno…
Diana suspiró.
—Está bien, te daré un día más o dos. Por cierto, Kingsley llamó esta mañana para avisar que acaba de contratar nuevamente a Lockhart. Odio esos malditos libros de Lockhart, pero si se venden.
—Lo amarás a él y a sus malditos libros cuando tú y tu esposito estén en una góndola en Venecia el próximo verano.
—Hmm. Sí. De todos modos, danos una llamada cuando hayas hablado con Remus.
Sirius le aseguró que lo haría y luego cortó.
—¿Está todo bien? —preguntó Remus.
—De maravilla —dijo Sirius con una sonrisa—. Una de mis jefas llamando para verificar como estoy.
—Estoy sorprendido que te dejen fuera de su vista.
—Soy muy fiable, ya lo sabes.
Sirius supuso que la mirada dudosa de Remus la hubiera mantenido más tiempo si no hubiera estado conduciendo.
Sirius esperó hasta que casi habían terminado de comer antes de preguntar.
—¿Estás contento con tu editorial?
Remus inclinó su cabeza a un lado.
—Yo no creo que son muy felices de tenerme, esperando otro libro.
Sirius metió el último pedazo de tostada en su boca y masticó pensativo por un momento.
—¿Puedo preguntarte algo terriblemente personal que quizá logre que nunca quieras hablarme de nuevo?
—Sirius, solías preguntarme diariamente dos terribles preguntas personales. Y aún sigo hablándote, ¿no es así?
Considerando el hecho de que no hemos hablado en cinco años, me preocupa que las reglas quizá hayan cambiado.
—¿No hay libro nuevo porque simplemente no has conseguido plasmarlo a un papel? ¿O tu musa se largó a algún lugar desconocido?
El silencio que recibió la pregunta de Sirius fue más introspectivo que enojado, así que esperó por la respuesta.
—No lo sé —dijo finalmente Remus—. Creo que...
—¿Qué es lo que crees?
Remus cogió otro pedazo de tostada y abrió un pequeño paquete de jalea de uva.
—¿Recuerdas que al final del tercer libro, tuve a Sara y Jasper inseguros de su relación? ¿Y Sara estaba presionando a Jasper a un compromiso que él no quería?
—Sí. Se suponía que se irían a casar en el cuarto libro —dijo Sirius, sorprendido por la cantidad de la historia que podía recordar
—Creo que…
Nuevamente Remus se interrumpió.
—¿Qué? ¿No me irás a decir que después de todo lo que le has hecho pasar a Sara, Jasper no se casará con ella?
Remus mantuvo sus ojos en su plato mientras decía:
—Creo que Jasper puede que esté enamorado de otra persona.
Los ojos de Sirius se abrieron sorprendidos.
—¿En serio? ¿De quién? No tienes otro personaje femenino principal además de Sara y Bridget, quien está casada con Colin. No lo harás enamorarse de aquella chica desconocida de la bufanda, ¿verdad?
Remus lo miró y apartó la vista con la misma rapidez.
—Sybill. Su nombre es Sybill, y no, no está enamorado de ella. Sabes, la curiosidad mató al gato.
—Entonces podemos estar agradecidos que tengo un carácter perruno. Vamos. Dime a quien ama Jasper, entonces, si no es Sara
Remus negó con la cabeza.
—Aún estoy trabajando en ello. Pero si estoy en lo correcto, entonces disgustará casi todo el quinto libro.
Sirius pensó rápidamente, tratando de recordar que es lo que Remus había esbozado en el quinto libro.
—¿Y no me lo vas a contar?
Nuevamente, Remus negó con la cabeza.
—No hasta que esté seguro de que será de esa forma.
Sirius sintió la firmeza en las palabras de Remus. Sabía que no tendría sentido seguir intentando sacarle una respuesta al hombre en ese momento. También parecía un mal momento para mencionar la oferta de Diana y Julia, así que Sirius decidió cambiar el tema por completo.
—¿Qué haremos hoy día?
—¿Haremos? —repitió Remus—. Tengo una entrevista el día de hoy…
Sirius explotó por el shock.
—¿Darás una entrevista?
—No. Estoy escribiendo un artículo para el periódico sobre un hombre que restauró un antiguo hogar victoriano en una posada. Se supone que me reuniré con él esta tarde.
Sirius ahogó un eructo y tomó otro trago de café, pensando su próximo movimiento.
—¿Puedo ir, verdad?
—No, no puedes venir. El lugar no está tan lejos de donde vivo.
—¿No me vas a llevar a que conozca tu lugar? Compartí mi alojamiento contigo. ¿No deberías devolverme el favor?
Remus parpadeó lentamente hacia él, como si no pudiera creer lo que Sirius acababa de sugerir.
—Sirius…
—Vamos, Remus. Me dará algo que contarle a James y Peter cuando regrese. No seré mucha molestia. Rentaré un coche para regresar al aeropuerto cuando te canses de mí.
Remus ya estaba sacudiendo su cabeza en negación.
—Vivo en el medio de la nada…
—¿Tienes un segundo dormitorio? ¿Un sofá? He dormido en peores lugares. Estabas algunas veces conmigo cuando lo hice. Sólo una noche o dos. Vamos, Remus —persuadió—. Será como en los viejos tiempos. Aún nos queda mucho para ponernos al día.
—Te aburrirás demasiado.
—¡No, no lo haré! Y seré tan bueno como el oro
Pudo ver la indecisión en los ojos de Remus incluso la quijada estaba obstinadamente tensa.
—No tengo que estar en ningún lugar… y afrontémoslo, Lunático, me has extrañado terriblemente.
Bateó sus pestañas a Remus, quien no sabía si mostrarse horrorizado o entretenido.
La camarera de repente apareció en su mesa.
—¿Puedo hacer algo más por ustedes muchachos?
—De hecho, sí puedes —dijo Sirius con una sonrisa insinuante—. Convéncelo de que lleve a este pobre, miserable, y sin hogar Inglés a su casa por un par de días.
La mujer le dio una mirada lasciva a Sirius y luego dijo:
—Si él no te quiere, patearé a mi esposo fuera de casa y te tendré adentro por una o dos noches.
Sirius abrió sus manos hacia afuera ligeramente, como si dijera: "¿Lo ves?" y se echó hacia atrás en su silla, dándole a Remus un sutil guiño.
Remus lo miró por un momento antes de sacudir su cabeza, obviamente dándose cuenta de que había perdido.
—Tú pagas por el desayuno, entonces. Y comprarás los alimentos. Sé lo costoso que es alimentarte.
—¿Cómo demonios lo convenciste de eso?
La voz de James se levantó un tono por su incredulidad.
—Tengo mis maneras, Cornamenta.
—Lo has drogado.
—Usé mi encanto.
Sirius miró hacia atrás para ver si Remus ya había salido del baño.
—Una vez más, yo digo que lo has drogado. Él siempre fue inmune a tu encanto.
—Nadie es inmune al encanto de Sirius Black, todos caen: ancianas, niños, literarios ermitaños…
Una suave voz en el fondo interrumpió el comentario que James estaba por hacer.
—Lily dice que te comportes y que no lo espantes.
—¿Pero qué carajos creen que…oye, ahí viene. Hablamos más tarde.
—Los dos ríos forman el río de Ohio en Pittsburgh. Es por eso que lo llaman 'Tres ríos'.
Remus sacó una mano del volante para dibujar los ríos en el aire.
—El hombre que estaba sentando a mi costado en el avión dijo que Pittsburgh tiene más puentes que Venecia, ¿es eso cierto?
Remus lo pensó por un rato.
—Si no es así, puede que esté muy cercano.
—¿Crees que cuando me traigas de vuelta al aeropuerto, podemos tomar un desvío para que pueda verlo?
Las cejas de Remus se alzaron.
—Pensé que rentarías un coche para regresar.
Sirius extendió una mano sobre su pecho.
—Honestamente, Remus, ¿podrías confiarme un coche a mí en estas carreteras?
Remus se frotó la barbilla con un lado de su dedo.
—No, supongo que no.
—¿Me llevarás a Pittsburgh, entonces?
Remus le lanzó una mirada divertida, entonces recogió un maltratado bloc de notas con cubierta de cuero que estaba escondido entre su asiento y la consola. Lo tiró al regazo de Sirius.
—Encuentra la última página que tiene un escrito mío y encontrarás un número telefónico de un hombre llamado Bob. Llámalo y pregúntale si puedo cambiar la entrevista para el día de mañana.
Sirius y Remus pasaron el día recorriendo Pittsburgh. Sabiendo lo mucho que le gustaba a Sirius el arte Pop, Remus lo llevó al museo de Andy Warhol antes de llevarlo a algo que Remus llamaba el Distrito de Strips (que no tiene nada que ver con las mujeres que bailan semidesnudas) por uno de los mejores sándwich que Sirius nunca había probado. En esa zona, investigaron también varias tiendas pequeñas que proporcionaron a Sirius suficientes recuerdos baratos que harían a los niños Potter, y a James también, felices.
—Dios, este ha sido un día maravilloso —suspiró Sirius mientras se dirigían hacia el sur esa noche.
—Eres como un niño —dijo Remus con una sonrisa.
—¿Te has olvidado con qué frecuencia Lily me dice lo mismo?
Remus rio entre dientes.
—No, no lo he olvidado.
—¿Entonces porque pareces tan sorprendido?
Remus miró hacia afuera por la ventanilla del lado del conductor antes de contestar.
—No me había dado cuenta lo mucho que te había extrañado.
Estuve recibiendo unos cuantos reviews con respecto a la historia, todos los que reciba se los traduciré a Di (la autora)
¡Así que siéntanse libres de comentar!
La historia se tornará un poco más tristona posiblemente en el siguiente capítulo, pero les aseguro que el final es precioso!
Un abrazote a todos los que están siguiendo este fic :3
Lilu.
