NdT: Aquí está el tercer capítulo de este AU, un millón de gracias a mi primera (y ya muy querida) beta: Kristy SR por corregir varias cosas!
Este capítulo al igual que el anterior tiene un fanArt para una escena, el link es el siguiente:
dogsunderfoot (punto) livejournal (punto) com /pics/catalog/261/3512
Disclaimer: Harry Potter y todos los personajes, lugares, objetos, ideas y material relacionado son propiedad de JK Rowling y sus diversas entidades editoras. Ni el autor, ni los artistas de alguna manera están recibiendo una ganancia monetaria por esta publicación.
Mientras seguían avanzando, Sirius comenzó a recordarle cosas a Remus y a personas que ambos conocían en Londres y lo que había sido de ellas en estos últimos cinco años. Estaban cerca de su destino, cuando Sirius mencionó a la madre de James.
—Le ha dejado la finca a James, obviamente, pero no sabe que es lo que hará con ella —dijo Sirius—. Está muy vieja y calada, y está demasiado lejos de la ciudad para que viaje todos los días.
—Es una pena que no pueda simplemente aparecerse mágicamente de un lugar a otro —musitó Remus—. Los jardines son increíbles, y a los niños les encantaría crecer allí.
—Como nosotros ¿eh, Lunático? —sonrió Sirius con picardía—. ¿Te imaginas la expresión de Lily si Harry saltara del techo del granero como solía hacer James? ¿O si a Katie se le ocurriera comerse todas las manzanitas verdes que pudiera, como hiciste tú aquella vez?
—¿Esas que me enfermaron por dos días? —Remus negó con la cabeza—. No creo haberme enfermado nunca tanto en mi vida como aquella vez.
—No creo que James, Peter y yo hayamos ayudado al llevarte chocolates y patatas fritas para animarte.
—No ayudaron en absoluto —sonrió Remus con una suavidad que era bastante incongruente con el tema. Y se explicó un momento más tarde cuando dijo—. La señora Potter llamo a mi madre adoptiva para decirle que me dejara quedarme ahí. Se sentó al lado de la cama, cuidándome.
—Ella hizo lo mismo conmigo cuando por primera vez comí azafrán y tuve una reacción alérgica.
—Era una persona muy tranquila y amable.
—Lo era —estuvo de acuerdo Sirius. Se aclaró la garganta—. Tu carta estuvo perfecta, por cierto.
El alivio se hizo evidente en los ojos de Remus.
—Tenía que decir algo.
—Sabes que hay una razón por la cual ella te dejó esos tres tomos de la primera edición de "Grandes Expectativas", ¿verdad?
—¿Además del hecho de que James no sabría qué hacer con ellos, y que a ti te gustaría márcalos con tinta roja? —dijo Remus con una forzada sonrisa.
—Ella tuvo una larga conversación sobre ti con James y conmigo justo antes de que falleciera.
Remus se masajeó la sien con los dedos.
—Estoy seguro que la decepcioné enormemente.
—No, no lo hiciste. Ella estaba más preocupada de ti que decepcionada.
—¿Vio el artículo?
—Sí, lo vio. Y quería que supieras que estaba muy orgullosa de ti y de todo lo que has logrado. Excediste todas las expectativas que cualquiera tuviera de ti. Es por eso que te dejó esos libros.
Remus no dijo nada.
—Me dijo que siguiera llamándote y que no te permitiera alejarte de m... nosotros nuevamente.
Remus lo miró.
—¿De verdad?
—Lo dijo. Y Remus…
—¿Qué?
—No voy a decepcionar a la única mujer que fue lo más cercano a una madre de verdad que ambos tuvimos.
Sirius dejó la pregunta, "¿Y tú?" en el aire, pero Remus aparentemente pudo sentir las palabras entre ellos.
Susurró.
—No lo harás.
—Está a la vuelta de esta esquina. No es gran cosa —advirtió Remus mientras el Jeep se deslizaba por la carretera de grava.
Una ardilla de color gris correteó cruzando la carretera y se sentó a un costado, agitando su cola por la intromisión.
—¿Que otro tipo de criaturas tienes por aquí? —preguntó Sirius, empezando a imaginarse lo peor.
—Los típicos animales de bosque: ciervos, mapaches, zarigüeyas, ardillas…
—¿Osos?
Remus le dio una mirada divertida.
—No estarás asustado de algún osito viejo, ¿verdad, Sirius?
El acento de Pensilvania había regresado y Sirius soltó una carcajada.
—¿Debería estarlo?
—No he visto ni uno —dijo Remus—. Aunque suelen venir de vez en cuando. Aquí es.
La casa era un bungalow de tejas de cedro con un techo negro y ribete verde oscuro alrededor de las ventanas y la puerta. Un profundo porche recorría toda la longitud de la casa, y solamente se podían ver árboles en cualquier dirección a la que se mirase. La primera impresión que tuvo Sirius fue de paz… y refugio.
—¿No te aburres aquí afuera? —preguntó en voz alta.
—¿Aburrirme? —Remus aparcó el vehículo y miró a su alrededor, sonriendo—. No.
De pronto, un enorme perro negro llegó corriendo, saliendo del bosque con la lengua afuera y la cola agitándose furiosamente.
—¡Ahí está mi chico!
Remus empujó la puerta para abrirla y se acuclilló para recibir con los brazos al canino.
—¡Dios mío, Remus, se parece a un Grim! —comentó Sirius asombrado—. ¿Es tuyo?
Remus terminó de acariciar las sedosas orejas y se puso de pie.
—Simplemente apareció una noche hace dos años. Viene y va.
El perro trotó hacia donde Sirius y empezó a olfatearlo, intentando averiguar si el hombre de cabellos negros era amigo o enemigo.
—¿Cómo se llama?
Remus se rascó la parte posterior de su cuello y miro hacia las copas de los arboles mientras respondía casi demasiado rápido para que Sirius pudiera entender.
—Canuto.
—¿Nombraste así al perro por mí?
—No, llamé al perro así por la criatura legendaria. El hecho de que tú tengas ese apodo es mera coincidencia.
Los ojos azules finalmente se encontraron con los grises y Sirius vio la risa en el fondo de los zafiros.
—¡Sí que nombraste al jodido perro por mí!
Remus se rio, dando una carcajada real a todo pulmón.
—Bueno, parecía apropiado. Y no estabas aquí para quejarte.
El perro, habiendo concluido que Sirius debía de ser un pariente lejano perdido hace mucho, de repente se irguió sobre sus patas traseras y puso las delanteras en el pecho del hombre para poder lamer la mejilla de Sirius. Entonces, con un salto feliz, volvió donde Remus, deteniéndose solamente para dejar que él le acariciara el pelaje de su cabeza antes de desaparecer entre los árboles.
—Probablemente ahora tenga rabia —murmuró Sirius mientras seguía a Remus dentro de la cabaña.
La risa de Remus le dejó claro que le había escuchado.
Pasaron la noche bebiendo frías cervezas y recordando el pasado. Al principio, Sirius hizo un esfuerzo consciente para evitar decir algo que pudiera generar desconcierto en Remus. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche perdió la necesidad de proteger su lengua. La conversación se volvió menos rebuscada, y la risa sonó libremente por la pequeña casa.
Ya era tarde cuando Sirius finalmente bostezó demasiadas veces y Remus sugirió que fueran a la cama. Él lideró el camino a la parte posterior de la pequeña casa en la que estaban los dos dormitorios y señaló la habitación de la derecha.
—Gracias por dejar que me quede —dijo Sirius, atrayendo a Remus para darle un rápido abrazo. Se dio cuenta de que Remus no estaba tan rígido e incómodo como lo había estado la primera vez que se habían abrazado el día anterior.
—Gracias por obligarme a dejar que te quedes —respondió Remus con una sonrisa de lado.
—Es un hermoso lugar —dijo Remus al dueño de la posada.
El hombre se enorgulleció.
—Gracias, estoy bastante orgulloso de cómo quedó, sobre todo porque no tenía experiencia en carpintería o en decoración cuando empecé.
—No puedes decir lo mismo ahora, ¿verdad? —bromeó Sirius.
Bob rió.
—No, en absoluto. Y nunca volveré a hacer otro proyecto como este, te lo aseguro.
Remus se detuvo para escribir otra nota en su libreta mientras Sirius se dirigía hacia el pequeño bar que el hombre había instalado en lo que antes había sido un salón. Bob lo siguió.
—¿Qué tal unas cuantas Guinness?
Sirius se volteó, despertando su interés.
—¿Tienes Guinness?
—Sí. Es una de mis favoritas, así que siempre tengo para mí. A muchos de mis clientes no les gusta, pero puesto que tú eres del otro lado del mar…
Abrió un pequeño refrigerador que estaba debajo del mostrador y miró hacia Remus, quien estaba caminando lentamente hacia la habitación, admirando las molduras talladas a mano que estaban en todo el perímetro del techo.
—¿Qué hay de tu pareja?
Sirius miró sobre su hombro.
—¿Pareja?
—¿No están ustedes dos… saliendo?
La actitud confiada de Bob vaciló ligeramente.
—¿Saliendo? —la voz de Remus era cortante, su mirada reveladora—. Solamente somos amigos, nada más.
—Oh.
Sirius pudo ver que Bob estaba pensando rápidamente, tratando de cubrir su error de una manera que no le hiciera ver peor de lo que ya lo estaba haciendo, y arruinara el artículo que supuestamente Remus estaba escribiendo.
—Mira, está todo bien —dijo Sirius con rapidez—. La gente comete ese error todo el tiempo —se rió—. Tenemos un amigo, James, y cuando estábamos en la universidad, la gente estaba constantemente emparejándonos entre nosotros. Dios, si realmente hubiéramos hecho lo que esas personas pensaban que hacíamos, necesitaría rehabilitación física por el resto de mi vida.
Bob rió, aunque le lanzó una mirada dudosa a Remus. La expresión del escritor era oscura, casi enojada.
—El hombre tiene Guinness, Lunático —dijo Sirius—. ¿Bob?
Bob le entregó las dos botellas a través de la barra a Sirius, quien le entregó una a Remus.
—Fue un error —dijo Sirius con suavidad.
Por unos segundos, Remus simplemente observó la botella. Justo cuando Sirius estaba a punto de ordenarle que tomara la jodida Guinness y que dejara de actuar como un idiota, Remus aceptó la botella, asintiendo indecisamente. Sirius y Bob se encontraron más tranquilos cuando destapó la cerveza y empezó a beberla. Dijo poco después de eso, concentrándose en sus apuntes mientras Sirius y Bob hablaban de temas más diversos. Después de unos cinco minutos, Remus dejó caer pesadamente su botella en la barra, interrumpiéndoles.
—Creo que tengo todo lo que necesito para escribir un artículo decente. Si tengo alguna pregunta, te llamaré, si te parece bien.
Bob asintió y se apresuró a decir:
—Por supuesto, no hay problema. Sin embargo, estoy seguro de que cualquier cosa que escribas estará bien.
Después de eso, fue como si Remus no pudiera salir del lugar lo suficientemente rápido. Sirius apenas había puesto su trasero en el asiento del Jeep, cuando Remus ya estaba manejando hacia la salida. Sin embargo, Sirius esperó a que hubieran estado a unos dos kilómetros por la carretera antes de preguntar:
—¿Qué demonios fue lo que sucedió allá?
—Fue un error, ¿no es así? —replicó Remus con dureza—. Eso fue lo que dijiste.
—Muchas veces nos han dicho que parecíamos pareja, ¿y ahora te ofendes porque digan que lo somos?
Remus no dijo nada.
—Una vez fuimos a un club gay y nos divertíamos pretendiendo ser pareja.
No comentó nada.
—Remus, háblame.
El musculo de la mandíbula de Remus estaba tan apretado que Sirius se preguntó si el hueso se le rompería. Aun así, el otro hombre no dijo ni una palabra.
Sirius miró por la ventana lateral, una extraña comprensión se formó dentro de su cabeza.
—Es por mí, ¿no es así? Es lo que nosotros… es lo que dije aquella noche.
Remus ni lo confirmó ni lo negó, pero una rápida mirada reveló un rubor en sus mejillas.
—Pensé que habías superado eso —dijo Sirius suavemente—. Que no te importaba.
—¿Te puedes callar, joder? —explotó Remus—. No me importaba. No me importa. Es solo que…
—¿Qué? ¡Joder, Remus! Estuvimos bien durante años después de que te dije que… después de aquella noche. ¿Por qué te molesta ahora que alguien piense que somos novios?
—Simplemente me molesta, ¿está bien? —gruñó Remus—. Ahora cierra la boca antes de que me detenga y te haga caminar de regreso a Pittsburgh.
Sirius cerró sus ojos.
Nota mental: Decirle a Remus que aún estoy enamorado de él quizá no sea lo mejor en este momento.
—¿Lily? ¿Dónde está James?
—¡Sirius! ¿Cómo estás? ¿Cómo está Remus? ¿Cómo están las cosas?
—Bien. ¿Dónde está James?
—Oh, lo siento, ha salido a un pub con algunos compañeros de trabajo.
—Mierda.
—¿Qué ha sucedido?
—¿Recuerdas cuando Remus se iba y paseaba por la ciudad cuando estaba molesto?
—Oh, Dios, Sirius, ¿Qué has hecho?
—He convertido a uno de mis mejores amigos en un homofóbico paranoico.
Cuando Sirius escuchó ruidos en el porche delantero, no estaba seguro de que si debía o no entrar en pánico. Podía haber sido Remus, pero también podía haber sido un oso, por lo que sabía. Cuando lo que fuera arañó la puerta, Sirius se planteó dos cosas: en primer lugar, eso no era Remus, porque él simplemente hubiera entrado; y en segundo lugar, eso no era un oso, porque el arañado no hubiera sido tan suave.
Con el corazón en la boca y sintiéndose un poco tonto por estar tan asustado, —¡Deja de actuar como una jodida niña de cinco años, Black!— fue hacia la puerta y la entreabrió.
Un hocico negro empujó a través de la brecha con un suave:
—Woof.
—¡Canuto! —jadeó Sirius, sintiendo que su corazón volvía a su lugar correcto en su pecho. Abrió la puerta del todo, permitiendo que el perro entrara y echase un vistazo a la oscuridad—. No has visto a Lunático por ahí, ¿verdad?
El perro movió su cola, sin darle respuesta alguna.
Sirius se puso de pie junto a la puerta, pensado que hacer a continuación. La sensación de vacío en su estómago lo hizo decidirse.
—¿Que te parece si cenamos, Canuto?
Remus entró en la casa una hora más tarde para encontrar a Sirius en el sofá con el enorme perro negro durmiendo a su costado.
—Hice la cena —dijo Sirius, manteniendo sus ojos en la televisión. Sus dedos no pararon de acariciar la cabeza peluda que estaba descansando en su pierna.
Remus sintió la tensión del otro hombre, sabía que Sirius se estaba tambaleando entre la preocupación y la ira.
Al igual que cuando éramos más jóvenes. Él nunca pudo comprender que hay veces en las que yo no puedo lidiar con las cosas afrontándolas de frente.
Aun así, el hombre había venido de Londres a verlo. Él quería la amistad de Remus. No se merecía la cobardía de Remus.
Estúpido imbécil. Debió quedarse con James y Peter. Ellos son mucho mejor para él. ¿Qué le puedo ofrecer yo? Estoy demasiado dañado. No merece lo poco que le puedo ofrecer.
Y ese era el problema. Habían pasado tantas cosas, tantas cosas que fueron provocadas por una simple declaración hecha hace siete años… y Remus no sabía cómo hacer frente a la confusión y culpa que llevaba en su interior…
Era mucho más fácil cuando él no sabía dónde estaba.
Sin ninguna palabra, porque no sabía que decir, se dirigió a la cocina. Sirius siempre fue mejor cocinero que Remus, a tal punto que acordaron que Sirius siempre cocinaría y él sería el que limpiaría. No pudo evitar la sonrisa que se formó en sus labios cuando se dio cuenta que los platos estaban apilados ordenadamente junto al fregadero esperando a que él los lavara.
Y hemos caído, nuevamente, al dónde y qué que éramos nosotros.
Abrió la llave del agua para llenar el fregadero y empezó a arremangarse las mangas.
—Remus.
No había escuchado a Sirius entrar en la habitación. Canuto, por supuesto.
—¿Qué, Sirius?
—Si hubiera sabido que venir aquí te heriría tanto, no hubiera venido.
Miró detrás de él y vio la sinceridad y el miedo escrito en cada línea del rostro de Sirius.
Él siempre ha sido tan fácil de leer. ¿Cómo no pude ver lo tan obvio?
—Está bien. No es tu culpa, Sirius. Es… soy yo.
Sirius rió, pero amargamente.
—Bueno, sí, eres tú. No soy yo quien se escondió durante cinco años. No soy yo quien tomó un comentario inocente y lo convirtió en un insulto. No soy yo quien luego salió corriendo para evitar hablar del tema. Dios, Remus, nunca tuviste un problema con mi orientación sexual antes y vivimos juntos por años.
Se quedó en silencio, sintiéndose sorprendido por haber dejado escapar tanto. Una expresión de dolor apareció repentinamente en sus ojos grises.
—Es esto, lo que soy… ¿va arruinar nuestra amistad? ¿O lo arruiné todo cuando te dije que te amaba?
El arrepentimiento y la tristeza inundaron a Remus. Nunca quiso herir a Sirius. Por supuesto, sabía que Sirius estuvo molesto y triste cuando Remus se fue, pero supuso que pronto estaría muy ocupado en su trabajo de editor y en sus novios como para notar su ausencia.
Sin embargo, ahí estaba rogando por una explicación, y había una mirada en sus ojos que le recordó a Remus la noche en la que Sirius había volteado su vida patas arriba con una ligera borrachera, pero aun así completamente sobria, declaración.
Él se merece una explicación. Si alguien la necesita, es Sirius.
Habían sido amigos por años. Nadie más había compartido igualmente las alegrías y tristezas de la vida de Remus como Sirius.
Sirius había sido uno de los pocos que le habían ofrecido una presencia sólida y reconfortante cuando fue llevado de una familia adoptiva a otra. Él era el único que se dio cuenta que estaba siendo físicamente abusado por su cuarto padre adoptivo… y había proporcionado constantemente mentiras y coartadas; y luego fue él quien llevo a Remus a refugiarse donde los Potter cuando las cosas habían ido mal y corrió la sangre. Mientras que los amigos de Remus solamente lo visitaron al hospital, había sido Sirius quien principalmente lo había animado a través de todas las sesiones de rehabilitación, viendo las lágrimas, la frustración y la cólera.
Sirius había pasado tantas horas en su primer libro como él mismo. Lo había empujado a escribir y reescribir hasta que casi cada palabra fue perfecta. Sirius se compadecía con él en cada carta de rechazo. Había sido él quien compró la botella de champagne, y no fue una barata, cuando Luna Vieja fue aceptada por una editorial.
Él me ha visto en las peores situaciones y nunca ha renunciado a mí. Siempre me permitió mis triunfos sin escatimar ni uno de ellos. He tratado de alejarlo. He tratado de olvidarlo… pero él está aquí.
No le quedaba escapatoria. Ellos iban a tener la conversación que Remus había evitado durante años. Sirius sabría ahora la razón principal por la cual él se fue de Inglaterra.
¿Estoy listo para esto? ¿Está él listo para esto?
Sirius vio los hombros de Remus caer resignados.
—¿Podemos… sentarnos?
La mirada derrotada en los ojos azules apuñaló el corazón de Sirius con la misma eficiencia que una daga.
—¿Deberíamos tener una botella de vino? —preguntó, refiriéndose a la costumbre que habían tenido cuando eran más jóvenes de sólo permitir que una discusión o charla seria durara solamente hasta que se hubiera tomado el último sorbo de vino.
Remus le dio una media sonrisa.
—Puede que necesitemos dos para esto.
Se acercó a un armario, mientras le hacía un gesto a Sirius para que regresara a la sala de estar.
Canuto, el perro, se había apropiado de todo el sofá, pero de mala gana se desplazó a un extremo cuando Sirius le dio un golpecito.
—Nunca es tan dócil —comentó Remus, saliendo de la cocina con una botella de vino y dos copas en las manos.
—Él y yo tenemos un acuerdo —dijo Sirius—. Le di mi hamburguesa, él me da parte del sofá.
—Suena lógico, supongo.
Remus sirvió el vino y puso la botella en la mesa de café.
—Somos tíos razonables —mantuvo Sirius, sorbiendo el vino.
Remus le dio una mira escéptica, pero no dijo nada en respuesta. En cambio, preguntó:
—¿Recuerdas que dos meses después de que Dora y yo nos casamos, ella cambió… drásticamente?
—No soportaba verme —dijo Sirius—. Nunca pude averiguar qué es lo que la enfureció. Tú me dijiste que tampoco sabías.
Remus inhaló profundamente.
—Mentí.
—Bueno, ¿que bicho le picó en el culo, entonces?
Tomó un sorbo de vino y sin mirar a Sirius, respondió:
—Le dije lo que sucedió… sobre lo que me dijiste una semana antes de la boda.
—¡Joder, Remus! —gruñó Sirius, poniendo su mano libre sobre sus ojos en consternación.
—No iba a contarle, pero hubieron… ciertas circunstancias.
— "Ciertas circunstancias"… Me estás jodiendo. ¿Qué tipo de extraña circunstancia podría llevarte a que le digas a tu esposa que un hombre… tu mejor amigo, no menos, se te haya confesado una semana antes de tu boda?
Remus se inclinó hacia adelante para que sus antebrazos descansaran en sus piernas.
—Estaba celosa de nuestra amistad. No me di cuenta hasta que una noche nos fuimos a una fiesta, una especie de banquete hecho por Snell. Se había puesto un vestido que no dejaba nada a la imaginación, y bueno, el regreso en el coche a casa había sido interesante. Pero, yo había estado pensado en algo que quería decirte; y cuando llegamos a casa, en vez de subir las escaleras con ella, le dije que te iba a llamar —le dio una mirada a Sirius y sonrió de lado—. Había estado bebiendo y sabía que se me iba a olvidar decirte lo que sea que era… Dios, ni siquiera recuerdo que era ahora.
Sirius rió.
—Yo lo recuerdo. Querías contarme que el bastardo que contrataron en vez de a mí se iba a ir a América.
Remus negó con la cabeza.
—¿Cómo puedes recordar eso? El caso es que te llamé, y luego subí las escaleras para encontrarme que ella se había encerrado adentro del dormitorio, tuvimos una pelea y me reclamaba que te amaba más a ti que a ella.
Tomó un trago de vino, como si estuviera fortaleciéndose a sí mismo para lo que iba a decir a continuación.
—Le dije que tú habías estado conmigo por años, que habías estado para mí en los momentos buenos y malos… y que no estabas celoso de ella.
Sirius estiró una mano para rascar a Canuto detrás de las orejas.
—Voy a suponer que eso tampoco fue bien.
—No. Y una cosa llevó a la otra, y ella nos acusó de ser amantes. Le dije que no lo éramos, pero que tú te habías confesado y…
Tomó una respiración profunda antes de continuar
—…y que quizás debería haberte aceptado porque besabas mucho mejor que ella.
Los ojos de Sirius se salieron de sus órbitas.
—¡Mierda! ¡¿Le dijiste eso a tu esposa?!
—Y me iré al infierno por ello.
—¡Bueno, no me sorprendería, joder!
—Me tomó muchas disculpas y humillación antes de que volviera a hablar conmigo otra vez. Fue ahí cuando nos fuimos a París.
—Siempre me pregunté porque ella parecía tan satisfecha de ese viaje —dijo Sirius—. Parecía bastante entusiasmada de que la llevaras… y me dejo claro que no llamara.
—Lo siento, Sirius. Sé que no debí decirle. Sé que las cosas fueron horribles.
—Las cosas mejoraron cuando ella se enteró de que estaba embarazada de Teddy —señaló Sirius.
—Tú empezaste a salir con Alice, entonces, eso también ayudó —dijo Remus—. Dora no se sentía tan amenazada, supongo.
—Bueno, ¿Qué carajos creía que iba a hacer? ¿Robarle a su esposo?
—Creo que eso es exactamente lo que pensó.
Sirius gruñó.
—Era una idiota.
—No, no lo era. Ella… —Remus se encogió de hombros—. Ella solamente quería a alguien que la amara completa y totalmente. Tú y yo siempre fuimos cercanos, y siempre tuvimos esa especie de amistad que la gente envidia. Estaba asustada de que te escogería a ti antes que a ella.
—Pero, el hecho de que tú te casaras con ella debió de demostrarle que tú la escogiste a ella antes que a mí.
—Debería haberlo hecho, pero ella estaba enfadada y disgustada. Estaba asustada. Luego, cuando Alice te dejó…
Sirius hizo una mueca.
—Dora y Alice eran cercanas. ¿Alice le contó a Dora porque me dejó? ¿Qué yo le admití que no la amaba porque aún me importabas tú?
Remus vació la copa de vino.
—Sí.
—Oh, joder
—Dora me dijo que si incluso pensaba en pasar más tiempo contigo del que ya pasaba, se divorciaría de mí y le diría a todos los periódicos que escucharan que estaba teniendo una aventura contigo. Ella me dijo que no habría ningún tribunal que me permitiera tener a Teddy cuando yo era culpable de tener un amorío homosexual con mi mejor amigo.
—Pero no lo tenías.
—No, pero uno no necesita ser culpable para que la prensa te crucifique.
Sirius tuvo que reconocer la veracidad de eso. Aun así…
—Nunca me dijiste que sabías el motivo por el cual Alice me dejó.
—Supuse que me lo dirías si lo necesitabas. Además, pensé que estabas avergonzado de ello, o asustado de que eso pudiera abrir una brecha en nuestra amistad.
Fue el turno de Sirius para vaciar su copa.
—No lo hice a pesar de todo. Nunca supe que sabías toda la verdad.
Remus se encogió de hombros.
—Así que, sabiendo que aún me importabas… tres años después de que te lo confesara, ¿cómo pudiste irte sin decirme nada después de que Dora y Teddy fallecieran? Considerando nuestra amistad, merecía una respuesta por la cual no querías hablar conmigo.
Remus se sirvió otra copa de vino para él y luego llenó la de Sirius.
—Tenía la esperanza de que no me preguntaras.
—Bueno, ya lo hice, y tienes que responder a la pregunta.
—Te conté que había peleado con Dora antes de que ella se fuera esa noche.
—Sí.
Remus entrelazó sus dedos alrededor de la copa y, mirando al contenido, le susurró:
—Habíamos peleado sobre ti, nuevamente.
Sirius abrió su boca para hablar y luego la cerró de nuevo, sin saber que decir.
—Mi editor me llamó y me dijo que un estudio de cine se había comunicado con ellos para hablar sobre los derechos de Luna Vieja.
—Tú nunca…
—Lo sé. Le dije a Dora, y luego cometí el mayor error que pude haber cometido.
Remus tragó saliva y puso la copa sobre la mesa de café. Sus manos estaban temblando.
—Le dije a Dora que te iba a llamar, y me empezó a gritar.
—¿No quería que lo supiera?
—Ella quería que lo celebrara con ella, salir a cenar y champagne… Le dije que lo haríamos en cuanto te lo contara a ti.
—Esa historia era tan mía como tuya —protestó Sirius—. Ella sabía eso.
—Pensé que lo sabía. Dios, Sirius; las cosas que nos dijimos el uno al otro. Le dije que era una perra manipuladora que no podía soportar verme feliz. Ella me llamó maricón insatisfecho, que era incapaz de satisfacerla de alguna forma. Nos insultamos mutuamente hasta que finalmente me dijo que se llevaría a Teddy a la casa de su madre. Me dijo que yo podía decidir si quería mi familia de vuelta o si te quería… a ti.
Titubeó lo suficiente para que Sirius comprendiera que Remus había cambiado lo que Dora realmente había dicho. Sin embargo, no dijo nada al respecto, para que Remus no tuviera que decir la cruda conclusión:
—Y fue entonces cuando ella se fue… y se estrelló.
Remus asintió, cubriéndose el rostro con las manos.
—Maldita sea, Lunático —respiró Sirius—. No me extraña ahora que te molestara lo que dijo Bob.
—Realmente no me importa —dijo Remus, sus manos amortiguando su voz—. No es como si estuviera casado ahora. Yo… soy capaz de escoger el tipo de relación que quiera, sea con un hombre una mujer… o con Canuto.
El perro alzó su cabeza y la ladeó a un lado, mirando al hombre que bajó las manos para sonreír débilmente al animal.
—Cada vez que te veía, Sirius, recordaba sus palabras —continuó Remus—. Sé que no he sido justo contigo, pero no podía evitar pensar que si hubieras dejado de... de preocuparte por mí, o si hubieras luchado por Alice un poco más, quizás…
—Quizás no hubiera habido razones para que Dora estuviera celosa —terminó Sirius—. Y quizá ella no hubiera tenido ese accidente.
—Y aun tendría a Teddy —susurró Remus, con lágrimas en sus ojos.
Sirius no hubiera sido capaz de detenerse incluso si hubiera querido. Se cambió de su asiento al sofá donde estaba sentado Remus, lanzando sus brazos alrededor del cuello de su amigo.
—Lo siento, Lunático. Lo siento —lloró.
Su toque derrumbó a Remus. El hombre comenzó a sollozar en voz alta y su cuerpo temblaba casi violentamente. Sirius no dijo nada, sólo porque sabía que nada de lo que dijera podía ayudarle. Después de un momento, sintió como los brazos de Remus lo rodeaban despacio, y él se movió un poco más cerca. Era, en cierto modo, lo que había querido hace muchos años. Su esperanza había sido que Remus estuviera en sus brazos de una manera más egoísta y romántica.
Pero si Remus puede encontrar consuelo en este fuerte abrazo, pensó, eso sería más que suficiente para mí.
Después de unos minutos, el gran perro negro que estaba en el sofá, saltó y fue hacia ellos gimiendo. Su nariz rozó la mejilla de Sirius, haciendo que el hombre de cabellos negros gritara repentinamente por la humedad.
—¡Argh, Canuto!
El perro, viendo una pequeña debilidad, metió la cabeza debajo de los brazos de Sirius y se impulsó más en su abrazo hasta que su nariz golpeó la mandíbula de Remus.
Los sollozos se convirtieron en carcajadas cuando el perro lamió la mejilla salada y húmeda.
—¡Canuto!
Los brazos de Remus se envolvieron en el perro, y Sirius sintió frío al perder los brazos del otro hombre que estaban alrededor de él.
—¿Qué hay de mí? —se quejó Sirius— ¿Ayudaría si te doy un lamido también?
Remus se secó los ojos rojos con su manga y rió.
—No, no puedo decir que lo haría.
—Bueno, no hay agradecimiento para ti —murmuró Sirius.
Remus "inesperadamente" puso una mano detrás de la cabeza de Sirius y lo atrajo hacia él. Por un segundo, Sirius pensó que Remus tenía la intención besarle. En cambio, el escritor apoyó su frente en la de Sirius.
—Tú ya has hecho por mí más de lo que jamás pensé que pudieras hacer —dijo suavemente—. No te diste por vencido en mí, incluso cuando eso fue lo que yo quería.
—Nunca voy a renunciar a ti —prometió Sirius.
Una comisura de los labios de Remus subió ligeramente, el comienzo de una media sonrisa.
—Eres un cabrón persistente, ¿no es así?
—Sabes que lo soy, y me amas por ello.
Remus sintió una sacudida pasar por su cuerpo al escuchar el comentario casual de Sirius. Sin embargo, antes de que el hombre de cabellos negros pudiera disculparse por su improvisado comentario, Remus sonrió y dejó que su mano se deslizara hacia el hombro de Sirius.
—Esa es una de las muchas razones por las cuales lo hago. ¿Ya comiste?
Y con eso, Remus se distanció un poco y se puso de pie.
—Hay hamburguesas en el refrigerador. Yo ya comí, pero puedo repetir —dijo Sirius con aire ausente, mirando al otro hombre dirigirse a la cocina. Canuto fue detrás de él. Pudo escuchar a Remus decir algo sobre las hamburguesas, pero su mente estaba repitiendo la respuesta de Remus a su comentario.
"Una de las muchas razones por las cuales lo hago". ¿Qué quiso decir con eso? ¿Qué demonios, Remus?
A la mañana siguiente, Sirius se tambaleó con cara de sueño a la cocina para encontrar a Remus en la mesa, escribiendo furiosamente en su ordenador portátil, y su cuaderno abierto en la mesa a un lado de él.
—Hey.
Remus gruño algo en respuesta, con sus ojos sin despegarse de la pantalla.
Sirius sonrió por la concentración del hombre.
Esto me trae recuerdos.
Mientras se hacía una taza de café instantáneo, miró hacia la mesa. La omnipresente taza de té estaba al alcance de Remus, pero no había señal de que hubiera comido algo. Sacudiendo su cabeza, Sirius se puso a trabajar.
Veinte minutos después, un plato de tocino y huevos apareció mágicamente debajo de la nariz de Remus y éste se echó hacia atrás, sorprendido.
—Ahora, no me puedes decir que no sabías que estaba cocinando el desayuno —amonestó Sirius, viendo la mirada de sorpresa en el rostro de su amigo.
—Estaba concentrado —dijo Remus en su defensa, tomando el plato en sus manos.
Sirius rió suavemente y se sentó con su propio plato de comida.
—Este café instantáneo es una mierda —anunció—. Necesitas comprarte una cafetera.
Remus inclinó su cabeza hacia un lado.
—No tomo café.
—Yo sí.
El hombre de cabello castaño dio un mordisco a un trozo de tocino mientras miraba a Sirius pensativo.
—¿Estás planeando venir aquí más seguido para hacer que valga la pena comprar una cosa así?
—Si compras una cafetera, puede que sí.
Los ojos grises y azules se encontraron, pero ninguno apartó la mirada del otro.
—Es un largo camino para venir a por una taza de café.
—Es cierto —concedió Sirius—. Quizás voy a tener que pedir que me transfieran a la oficina de Filadelfia.
—Acabas de conseguir un ascenso increíble. Dudo que tus jefas, por más maravillosas que sean, te lo permitan.
—Sólo obtuve el ascenso por dos razones.
—Tu encanto y tu apariencia, sí, lo sé —dijo Remus, rodando los ojos.
—No, no, de verdad. Hay razones. La primera es porque querían a alguien que patee en las pelotas a Malfoy.
Las cejas de Remus se alzaron.
—Oh, ¿en serio? No me contaste que fuiste tan violento en despedirlo.
—Estuve tentado a hacerlo, sí, pero me contuve.
—Muy noble por tu parte
—Sí, bueno. Había otra razón también, aunque todavía no la he discutido.
—¿En serio? Que descuidado de tu parte aceptar algo sin consultarlo completamente.
—No, no. Tú y yo tenemos que discutir la otra razón.
Remus cogió otro trozo de tocino y se la metió a la boca.
—Suena inquietante.
—Julia y Di quieren publicar tus libros.
—Tengo un contrato con Snell.
—Lo sé, pero los contratos se puede romper o comprar.
—No he escrito nada en cinco años. No hay garantía de que vaya a escribir algo en los próximos cinco.
La respuesta fue dada casualmente, lo que significaba que Remus estaba escondiendo algo.
Sirius señaló al ordenador con su tenedor.
—Mentiroso.
—Escribir para un periódico no cuenta.
—¿Quieres decir que si busco en los archivos de ese ordenador encontraré solamente artículos para periódicos?
Sirius mantuvo sus ojos en los de Remus mientras preguntaba. Estuvo satisfecho al ver como Remus dejaba de masticar por un momento.
—Vamos, Remus. Quizás hayas dejado a un lado la serie, pero te conozco. Sé que tienes otras ideas. No me sorprendería encontrar que ya tienes otra novela ya escrita, lista para salir.
Remus empujó algunos trozos de huevo con su tenedor deliberadamente sin mirar a Sirius.
—Incluso si tuviera algo… Y no estoy diciendo que sí —añadió firmemente—, no estaría listo.
—Déjame leerlo, entonces —ofreció Sirius.
Remus alzó su cabeza rápidamente.
—Dije que yo no…
—No me puedes convencer con esa mierda. Te conozco.
Remus suspiró y volvió su atención a su comida.
—Dios, eres un cabrón terco y testarudo.
—Prefiero cabrón persistente —respondió Sirius con una sonrisa.
Los ojos azules se encontraron con los suyos de nuevo.
—Apuesto a que sí. Toma, entonces.
Remus volteó el ordenador para que Sirius pudiera ver la pantalla.
—Dime qué opinas de esto.
—¿No tienes un editor en esa editorial tuya? —preguntó Sirius. Sin embargo, presionó las teclas necesarias para comenzar a leer el artículo.
—Lo tengo. Pero estaría bien ver si aún trabajamos bien juntos, ¿no crees? Antes de siquiera pensar en llamar a Snell y darles la oportunidad de que se deshagan de mi no productivo ser.
Sirius lanzó una sonrisa a su amigo y luego empezó a leer.
—Si jugamos nuestras cartas correctamente —dijo Remus en sotto voce—, podemos conseguir una maravillosa cena esta noche.
Sirius le permitió a su amigo mantener abierta la puerta de la oficina del periódico para él.
—Hazte a un lado, Macduff.
—Dios, eso te haría a ti Macbeth —murmuró Remus, dejando que se cierre la puerta—. ¿Debería esperar una daga en mis costillas?
Un hombre delgado con el cabello fino de color rojo levantó la vista de su escritorio mientras Remus se dirigía a través del área de recepción.
—¡Remus!
—Hola, Arthur. Tengo escrito ese artículo sobre la posada.
El alivio se propagó por las facciones del hombre.
—¡Gracias a Dios! Estaba justo tratando de encontrar algo en línea que valga la pena ser publicado. ¡Percy!
Casi inmediatamente, una versión más joven del hombre apareció del cuarto de atrás. Sirius se sorprendió al ver una cautelosa expresión en los ojos de Percy cuando vio a Remus allí de pie.
—Arthur, este es un amigo mío, Sirius Black. Es un editor de la editorial Vernon-Gray. Él ya ha revisado mi artículo, confía en mí cuando te digo que no habrá nada más que puedas cambiarle a mi escrito para hacerlo mejor.
Sirius y Arthur intercambiaron un apretón de manos y algunas cortesías.
—Este es mi hijo, Percy —dijo Arthur señalando al joven hombre—. Se está especializando en periodismo en la universidad local. Me ayuda durante el verano y en sus descansos.
—Percy es el tercero de los hijos de Arthur —añadió Remus—. Tiene siete hijos en total.
—¡Siete! —gritó Sirius—. ¡Por Dios, hombre!
—Solo cuatro viven en casa ahora —dijo el hombre—. Bill, el mayor, trabaja para un museo, en el departamento de adquisiciones. Charlie es un banquero en Dakota del sur.
—¿Un banquero? —repitió Sirius.
—Un banquero honesto a Dios —dijo Remus.
—Luego está Percy, y los gemelos, Fred y George. Después está Ron, y la ultima es nuestra única hija, Ginny.
Arthur pausó para entregarle el sobre con la historia de Remus a su hijo.
—Eso irá en la primera portada de esta última sección. Ordénalo ¿sí?
—Ustedes son como un reality show —comentó Sirius.
Arthur rió.
—Mi esposa adora ver esos programas. Le he dicho que no se haga ilusiones para tener más. Siete es todo lo que puedo manejar.
Miró a Sirius y luego a Remus, y luego a él nuevamente.
—¿Está aquí por negocios o por placer señor Black?
—Llámame Sirius, por favor —sonrió Sirius—. Tuve unos asuntos en nuestra oficina de Filadelfia, pero Remus y yo hemos sido amigos durante años. Pensé que estaría bien visitarlo y ver qué es lo que lo retiene aquí.
Remus interrumpió lo que sea que Arthur estuviese a punto de decir.
—Estaba pensando en llevarlo a la posada Hazlett esta noche para cenar una comida hecha en casa.
—¿Hazlett?
Arthur empezó a negar la cabeza con desesperación.
—Remus, ¿no te he enseñado nada? La mejor comida hecha en casa es la que se cocina en casa.
—Bueno, dudo que a Sirius le guste la consistencia de mi puré de patatas —dijo Remus con una sonrisa.
—Espera —dijo Arthur—. Sólo espera un momento.
Alzó el teléfono y después de algunos titubeos con los botones y una larga pausa, dijo:
—¿Molly? ¿Tienes espacio suficiente para dos personas más esta noche?
—Arthur, nosotros no podríamos… —empezó Remus
El periodista le hizo un gesto con la mano.
—Remus está aquí, y tiene una visita de Inglaterra. Dice que quiere que su amigo tenga una comida hecha en casa antes de que se vaya. Espera un minuto —dijo Arthur rebuscando en su escritorio por un trozo de papel y un lápiz—. Está bien, patatas. Sí, leche, y… Listo, lo tengo. ¿A eso de las seis, está bien?
Unos minutos más tarde, Sirius se subió dentro del Jeep y miró a Remus con una sonrisa pícara.
—Eres una obra de arte ¿lo sabías? Un bastardo más manipulador no existe.
—Podrás agradecerme más tarde —dijo Remus.
