Como cada mañana desde que estudiaba en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, Rose Weasley era la última en despertar entre todas sus compañeras de habitación.
Hacía ya 16 años que luchaba contra el hecho de quedarse dormida en cuanto cerraba sus ojos. Maldita sea, se repetía. Algún día terminaré llegando tarde a clases. Pero ese día nunca llegaría, porque su subconsciente no se lo permitiría. Aunque la hiciera pasar un mal rato teniéndose que arreglar a las carreras, nunca haría que llegase tarde a una clase.
En diez minutos había logrado colocarse el uniforme decentemente y amarrar sus incontrolables rizos en una coleta. Con la mochila en el hombro y un pequeño libro entre sus brazos, bajó la escalera como si su vida dependiera de ello. En el camino, no encontró a ninguno de los Ravenclaw que había en su familia. Ni Dominique, ni Lucy estaban en la Sala Común.
En menos de cinco minutos llegó al salón de Transformaciones. Le habría encantado que, como en tiempos de sus padres, la maestra fuese la profesora McGonagall. No se llevaba bien con la señorita Eletti. Y parecía que era la única que la despreciaba, puesto que todos sus compañeros la adoraban.
Entró en el aula y se sentó en el banco que desde la primera clase del año había ocupado. Ya casi habían llegado todos, y la profesora estaba muy concentrada en un montón de pergaminos regados que sabía que, de alguna manera, tenían que tener sentido.
—Llega tarde, señorita Weasley —como si tuviese ojos en el cuero cabelludo, la profesora habló. Ocupó un tono arrogante que sólo se ahorraba para dedicarle algunas frases a Rose. ¿Por qué? Nadie lo sabía.
—He tenido un pequeño retraso, señorita Eletti —dijo Rose, con el mayor respeto que pudo sacar de su pequeño corazón.
—Un retraso que ha tenido durante todo el año escolar. No quiero más excusas. Próxima clase a la que llegue con tan sólo un minuto de retraso y se quedará afuera —el tono de la profesora no cambió. Seguía siendo seco y falto de respeto.
La pequeña pelirroja tan sólo se escondió en su silla. Con temor a ser vista por cualquiera, con temor a que la juzgaran por haber recibido un regaño.
Si compartiese clase con Slytherin, si Lily estuviese en sexto año, o, si simplemente Dominique no menor que ella, tendría a alguien para comunicarse por medio de miradas, como siempre solían hacerlo. Pero estaba sola, con los Gryffindor de sexto año, y, como en cada clase de Transformaciones, detestando a su profesora por tratar siempre de dejarla en ridículo en frente de todos sus compañeros.
Un par de minutos después, la clase comenzó. Hechizos de conjuración, necesarios para sus exámenes ÉXTASIS. Vaya, eso iba a ser bueno.
La clase comenzó común, corriente y sin contratiempos. La lección fue dada y los ejemplos fueron puestos. Riley McKinnon, un muchacho de Ravenclaw que había visto un par de veces en la Sala Común, tuvo que conjurar un alfiler. Fue el primero en intentarlo. Lo logró. Los Ravenclaw sonrieron, incluyendo a Rose.
El segundo ejemplo fue Amélie Brown, de Gryffindor. Tuvo que conjurar un fósforo. Lo logró, causando la misma reacción en los rostros de los leones.
Seguía el tercer ejemplo, y el último, porque así acostumbraba a enseñar la señorita Eletti. Teoría, ejemplos, tarea. Simple y efectivo.
—La señorita Rosebud Weasley —el tono arrogante y falto del suficiente respeto volvió a sus cuerdas vocales. La profesora le dedicó la sonrisa más falsa que había visto en años a Rose, indicándole que se parara en frente a ella—. Tendrás que conjurar una caja de cerillas.
Todos rieron por lo bajo. A los primeros dos, se les había encargado un minúsculo objeto, y a la pelirroja se le habían encargado no dos, ni tres objetos, sino una caja completa, que podría tener, por lo menos, 50 cerillas.
Suspiró y se puso en pie, ignorando las risas de los Gryffindor y los abucheos de los Ravenclaw. Con su varita en mano, le dedicó la misma sonrisa a la maestra e hizo su primer intento. El hechizo indicado salió varias veces de sus labios, pero, simplemente, no pudo lograrlo. Estaba claro que no había entrenado jamás ese hechizo.
—Siento decirle que de su madre no ha heredado el talento —dijo la profesora, sonriéndole de la misma manera en la que lo había hecho tantas veces desde el inicio del año. ¡Cómo fastidiaba!
Volvió a intentarlo. Una, dos, tres veces. Sus compañeros comenzaban a burlarse, y los Ravenclaw buscaban maneras para no ver la desdicha que uno de ellos estaba viviendo.
—Dese por vencida, señorita. Ya vemos que su inteligencia y su capacidad para las Transformaciones no es tal cuál pensábamos —la profesora conjuró la caja de cerillas y se la enseñó a la clase, sin evitar una risa cínica—. Cualquier estudiante que hubiese estudiado lo suficiente durante las vacaciones de navidad habría sabido conjurarla. Diez puntos menos para Ravenclaw, Weasley, por ser un intento de sabelotodo.
Rose no lo pensó dos veces. Tomó su mochila y le arrebató la varita a la maestra. Eso le costaría otros diez puntos a Ravenclaw, pero le daba igual. A paso rápido salió del aula, con una cara que podría espantar a cualquiera que la viese. Algunos de los Slytherin y de los Hufflepuff de sexto año estaban caminando por los jardines del colegio. Probablemente tendrían una hora libre.
Siguió caminando, evitando ser vista por cualquiera.
En cuanto llegó a los jardines más alejados, en donde nadie se sentaba, suspiró. Su banco de siempre estaba vacío, dispuesto a confortarla. Pero, en cuanto iba a sentarse, se chocó con un aparente ser invisible. Un miedo la invadió por un par de segundos, pero éste se desvaneció al ver que tan sólo era Scorpius Malfoy, cubierto por la capa de invisibilidad de los Potter.
—¿Rosie? ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en Transformaciones? —el chico hacía todas sus preguntas seguidas, temeroso de la respuesta. Conocía a la profesora Eletti y tenía claro lo mucho que despreciaba a Rose.
—Debería, muy bien dicho —suspiró la pelirroja, alegre de haber encontrado a alguien que la confortase—. Déjame que te explique.
Le contó cada detalle en tan sólo diez minutos. Al finalizar, abrazó su mochila, triste, como sólo ella podría estarlo por un comentario de una maestra.
—No seas tonta, Rose —el chico apartó los mechones que le caían sobre las sienes y le dedicó una de sus tan conocidas sonrisas—. Tengo claro que tu mayor problema es la inseguridad, pero, también tengo claro que eres la bruja más brillante de tu edad. Y no porque una maestra envidiosa lo niegue, dejarás de serlo —las palabras del chico eran dulces, tal y cual ella las necesitaba.
En esos pocos minutos que les quedaron antes de que se acabara el primer período, ambos se abrazaron, como los amigos que eran. Rose tenía claros sus sentimientos por el muchacho desde su quinto año, pero se dejó abrazar por él, pensando que él la veía tan sólo como una hermanita.
Sin embargo, él la veía como algo más que eso.
Se cubrieron con la capa de invisibilidad por si algún intruso quería interrumpirlos. Más bien, Scorpius lo hizo. Y, decidiendo tomar el primer paso por primera vez en su vida, recorrió las mejillas llenas de pecas de Rose. La acercó a ella. Y, por primera vez, unió sus labios. Fue un beso corto, pero excelentemente tierno para ellos dos.
—Mi pequeña insegura —susurró Scorpius. Y selló los labios de la pelirroja, antes de que pudiese volver a pronunciar algo, con otro beso.
