Después de aquella tarde en los finales del invierno, ni Rose ni Scorpius quisieron mencionar los besos que se dieron a su grupo de amigos, y mucho menos a la familia Weasley. Rose les conocía, y armarían una escena de celos. Probablemente, Malfoy acabaría con unos veinte moretones y un ojo de un (para nada bonito) color morado. La pelirroja se reía con sólo imaginarse las bonitas facciones que tenía el rostro del muchacho, deformadas por los golpes que le propiciarían sus primos, "defendiendo" a su prima.

Sin embargo, seguían viéndose a escondidas. De vez en cuando, Scorpius tomaba la capa de invisibilidad de los Potter, tal y como lo había hecho el día de su primer beso. Albus nunca lo había notado, y tenía claro que si lo hacía, no se molestaría. A media noche, cada sábado, corría hasta la sala común de Ravenclaw, donde Rose le esperaba con una sonrisa. Bajo la capa de invisibilidad, llegaban a los jardines o a la Torre de Astronomía, y disfrutaban de un par de horas de charlas llenas de temas de interés para ambos, besos, abrazos y palabras de cariño. Pero esas horas terminaban, y tenían que pasar otra semana como si nada sucediese entre los dos.

Era el quinto fin de semana consecutivo en el que se escabullían a mitad de la noche. Sólo que ese sábado, algo era distinto. Rose no tenía la misma sonrisa en cuanto saludó a Scorpius. En cambio, su sonrisa parecía fingida y sus ojos demostraban que había llorado.

—Hey, Scorp —dijo Rose, haciendo su mejor intento de una sonrisa.

—Rosie —el chico asintió, haciendo una mueca—. No haré ninguna pregunta hasta que lleguemos a nuestro destino —dicho esto, pasó la capa de invisibilidad por los hombros de ambos. No se dirigieron la palabra hasta que llegaron a las escaleras que conducían a la Torre de Astronomía. Una vez allí, Scorpius volvió a hablar—. ¿Qué ha sucedido?

—N-No ha sucedido nada... —Rose hipó. Las lágrimas se acumularon en sus ojos. Al ver la mirada insistente del rubio, suspiró—. Scorpius, ¿querrías creerme, por primera vez en tu vida? —aunque su tono demostraba seguridad, su mirada no decía lo mismo.

—Me encantaría poder creerte e imaginar que no te sucede nada y que estás feliz, pero, te conozco demasiado. Esas lágrimas no son por felicidad ni emoción —masculló Malfoy, tomando las pequeñas manos de Rose. Entrelazó sus dedos y, buscando constantemente su mirada, continuó hablando—. ¿Querrías contarme?

—Yo... Te burlarás de mí... —el chico sonrió ante lo que había dicho la bonita chica de ojos azules. Era una sonrisa melancólica, pero lo hizo—. Antes de entrar a la sala común, casi a las seis de la tarde, la señorita Eletti me mandó a llamar a su oficina —Rose pronuncio aquel apellido con todo el odio posible—, me hizo volver a intentar el hechizo de las cerillas. Ha pasado un mes y medio, pero sigue fastidiándome con el tema. Cuando lo hizo, y vio que fallé de nuevo, me dijo que no debería hacerme ilusiones con igualar a mi madre, que jamás lograría lo que ella ha hecho... Burlándose de mi miedo de ser comparada con mis padres, o con mi tío.

Scorpius mantuvo la calma lo mejor que pudo. Sus dientes comenzaban a rechinar al pensar en aquella maestra. Tenía el cabello marrón claro y un par de ojos del color de la madera. Era guapa, claramente. Y para ser maestra, debía ser buena en Transformaciones. Pero desde que había entrado en Hogwarts, tenía cierta afición con burlarse de Rose. Siempre le asignaba algunos ensayos de hechizos más complicados, y al ver que no podía lograrlo, ya que nunca había practicado, la tomaba como objeto de burlas, causando que aquella bonita pelirroja que siempre le sonreía a los demás, tomara un carácter muy triste.

—Tienes que hablas con la profesora McGonagall. No puedes permitir que siga haciendo ésto. Por Dios, Rose, ¡es una falta de respeto! —las palabras salieron con total desprecio de los labios de Scorpius, y por poco gritó.

—No... No puedo hacerlo. ¡No me creerán! Y la profesora Eletti la tomará con mucha más razón contra mí —dijo Rose, aún en la misma postura, abrazando sus rodillas—. A mí no me molesta que la profesora se burle de mí. Lo que me molesta, es que siempre trate de compararme con mi madre. Yo no soy ella, tiene que entenderlo.

—No debería importarte si te creen o no. Lo que debería importarte es que vas a decir la verdad. Si no te creen, no será porque dices una mentira —Malfoy trató de alentarla—. Sólo quiero que se enteren de la grandísima arpía que es esa maestra —susurró entre dientes, con un odio entre sus palabras que sólo podría ser comparado con el odio que le tenía a las mañanas de los lunes.

Se quedaron callados. Rose, por primera vez desde las seis de la tarde, le dedicó una pequeña sonrisa a aquel rubio que le había robado el corazón. Le encantaba su manera de animarla, incluso cuando estaba en el borde de la depresión y no quería ver a nadie. Le encantaba cómo hablaba entre dientes cuando se trataba de alguien que no le agradaba. Le encantaba cómo revolvía su ordenado cabello rubio platinado y le dedicaba una tímida sonrisa cuando lograba ponerlo nervioso. En general, le gustaba todo lo que hacía Scorpius Hyperion Malfoy.

Al ver la sonrisa, Scorpius también le sonrió a aquella pelirroja que lo traía cabeza abajo. Le encantaba su sonrisa, que nunca enseñaba sus dientes, y sus ojos, que aunque aún mostraban un toque de tristeza, se veían muchísimo más felices que antes. Le gustaba que se riera de él, sin necesidad de hacerlo sentir inferior o de estarse burlando. Le gustaba que jugueteara con su cabello y analizara un mechón de esos bellos rizos color fuego cuando se apenaba. No había nada en Rosebud Jean Weasley que no le gustara.

Juntaron sus miradas, y como sólo ellos dos sabían hacerlo, se hablaron con sus miradas. Cada uno podía sentir lo que el otro sentía. Podían mantener una charla tan sólo mirándose. Se sonrieron nuevamente. Y, hecho esto, Rose le robó un corto beso.

—Gracias por ser como eres —le susurró, dejando varios besos, muy cortos pero dulces, sobre los delgados labios del rubio. El chico sólo le sonrió y se encargó de abrazarla, mantenerla junto a él y hacerle entender que siempre estaría para ella, estuviese en las situaciones más tontas o en las peores. Todo con un abrazo.