Aquella que fue una noche de llanto para Rose Weasley quedó en el olvido. Sus encuentros nocturnos con el rubio siguieron dándose. Podían hablar de todo aquello que no podían mencionar cuando Albus Potter, el mejor amigo de ambos, se encontraba por la zona, o cuando Alice Longbottom y Cassandra Lowell se paseaban, "casualmente", por todos los lugares a los que Rose y Scorpius acudían. A la pelirroja le causaba gracia que fuesen tan poco disimuladas.
Se acercaban los exámenes finales. Scorpius había tenido una mala semana, con tantos resúmenes por hacer, pergaminos que releer y libros que buscar. No daba abasto. Y su querida pelirroja no hacía nada más que sonreír en la biblioteca, en el salón de clase, debajo de su árbol preferido, en la Torre de Astronomía, en todo lugar en el que estuviesen juntos: estaba desconcentrándolo. Cada vez que ella se reía, eran dos minutos de estudio perdidos, en los cuales el chico se preguntaba cómo una chica tan preciosa podía estar en frente de él.
Para la hija de Ron Weasley, este trabajo no era una molestia, puesto que, a diferencia de sus amigos, había estado estudiando desde abril. Tomaba resúmenes de cada tema nuevo que los maestros implementaban en sus clases, y su trabajo actual era tan sólo leerlos, memorizar algunos datos importantes y recordar fechas. Como su trabajo era más liviano, empleaba la mayoría de las tardes ayudándole a Scorpius y a Albus, que no tenían una carga tan ligera. Albus solía decir que, si pudiese elegir de nuevo las materias que cursaría a partir de tercer año, en la lista no entrarían ni Aritmancia ni Runas Antiguas. Sus amigos tan sólo se reían en su interior con cada comentario quejumbroso del azabache.
Sin embargo, cuando menos lo esperaron, esas tardes de estudio, las noches de desvelo por no ir bien preparado a un examen y las preocupaciones por las notas llegaron a su fin. Scorpius le agradecía a Merlín que hubiese puesto fin a su tortura. Había tenido que aprender los cinco usos de cada uno de los tipos de planta que veían en Herbología, aprender de memoria cuatro pociones y prepararlas, memorizar las fechas en las que los elfos dejaron de hacer sus trabajos para armar revueltas y, por si no fuera poco, su deber como prefecto le obligaba a abandonar su estudio en la noche para hacer las rondas por los pasillos más desiertos del castillo. Sin embargo, ahora era oficial. Habían terminado su sexto año en Hogwarts. Un solo año más y podría estudiar para ser un auror, como siempre lo había querido.
Malfoy recordaba cada una de sus noches de estudio mientras estaba recostado contra un frondoso árbol. Sobre sus piernas, yacía la pequeña cabeza de Rose Weasley. Le sonrió a la chica, que tenía unas ojeras de un tamaño impresionante, puesto que durante las últimas semanas no había dormido muy bien por ayudar a sus dos amigos. Scorpius se lamentó de haberla hecho pasar eso, mas no le dijo nada, puesto que sabía que si mencionaba el tema tan sólo le diría "no te sientas culpable, lo habría hecho aunque ustedes no me lo hubiesen pedido", y le dedicaría otra vez una de las sonrisas que lo mandaban a su propio mundo.
—Extrañaba poder venir a los jardines. Esos exámenes ocupaban todo mi tiempo —dijo Rose, de repente. Sus ojos permanecían cerrados—. Sin embargo, estoy feliz de que los hayamos terminado, porque lo más probable es que obtengamos una buena nota —la pelirroja dibujó una sonrisa sobre sus pequeños labios.
—De eso estoy segura. Tuvimos a la mejor maestra —musitó Scorpius, sonriéndole a Rose, aunque ella no pudiese verlo. Apartó los mechones de cabello que el aire soltaba de la deshecha coleta que tenía la chica—. Sin ti, no habría sido posible obtener unos resultados buenos. Vas a ver que tú serás la primera en todo, y nosotros te seguiremos —aunque con sus notas y las de Albus no estaba tan seguro, lo dijo con la mayor confianza del mundo, valorando el trabajo de la chica Weasley.
—Si tú lo dices, Scor —la chica levanto su cabeza de las piernas del muchacho y le sonrió, de la misma manera en la que él lo había hecho segundos antes. Acomodó su cabello y se quedó ahí, sentada, justo a su lado—. ¿Por qué crees que Albus no ha venido con nosotros? —preguntó Rose con un tono de duda. El azabache se había negado a ir a la reunión en los jardines. Dijo que tenía que hablar con alguien.
Scorpius comenzó a reír, recordando los motivos. La noche anterior, Potter le había dicho que iría a verse con Cassandra. Estaba muy emocionado. Se notaba que la metamorfomaga lo traía bocabajo. Malfoy agradecía que su amigo estaba fijándose en una chica, porque eso le daría más momentos a solas con Rose. Sin embargo, a esta última no podía contarle la situación amorosa de Albus, puesto que le había prometido que guardaría silencio hasta que la situación fuese formal.
—Supongo que estará ocupado con alguna cosa —fue lo único que el rubio contestó, con una pequeña sonrisa cruzando sus labios. Al sentir el pequeño peso en el bolsillo derecho de su pantalón, recordó qué llevaba para la muchacha.
De su bolsillo, sacó una pequeña snitch dorada. Estaba cerrada y lucía como si no hubiese pasado mucho tiempo desde que la pulieron por última vez. Se la entregó a Rose, y, en cuanto esta lo miró extrañada, volvió a hablar.
—Fue la primer snitch que atrapé. La profesora Hooch me la dio por mi buen desempeño como capitán del equipo. Quise que la conservaras, como… Como un recuerdo mío para cuando no estemos juntos —las mejillas del rubio comenzaron a colorearse. Rara vez se sonrojaba y no entendía por qué tenía que hacerlo justamente en ese momento.
—Oh, Scor… —fue lo único que la chica dijo. A cambio, le dedicó una sonrisa que se veía bastante dudosa y rodeó la pequeña pelota con ambas manos.—. No tenías por qué hacerlo. En serio… —comenzó a hablar, pero Scorpius la interrumpió en cuanto iba a comenzar con una nueva oración.
—Lo hice por un solo motivo. Cuando sientas que me extrañas y cuando no puedas escribirme o no puedas conjurar un patronus para comunicarte conmigo, piensa en mí. Sólo hazlo y verás qué pasa —Scorpius le sonrió, indicando que no se hablaría más del tema. Al ver que la expresión de duda no se borraba del rostro de Rose, rodeó el rostro de esta con ambas manos y la besó de lleno. Fue un beso lento, cálido y suave; como siempre eran los roces de sus labios.
No hubo más palabras después de ese beso. Cruzaron par de miradas, porque eso les bastaba para dejar de hacer que el silencio fuese incómodo y volverlo un silencio necesario, pero bonito. Rose volvió a su posición inicial, recostada sobre las piernas de Scorpius, que estaban extendidas por el pasto.
Sin palabras, sin nada que decir, pero, sin embargo, no compartían un silencio incómodo. A través de los años, habían aprendido a estar juntos por horas sin compartir una sola palabra, y sin sentir la necesidad de entablar una conversación. Con un par de miradas les bastaba para entender que su silencio era más cómodo que una conversación extensa.
En esos momentos, Scorpius podía ver lo bonita que para él era Rose. En la carta, no había mentido. Su cabello seguía siendo como el fuego y sus ojos como el océano. Era irónico cómo ambas cosas podían congeniar también en ella. Pero no era tan irónico como la valentía que irradiaba su corazón y la necesidad de actuar siempre cuando todo tenía fundamentos lógicos que rodeaba su mente. Ella, una chica que pudo haber sido una perfecta Gryffindor, y que terminó en Ravenclaw. El rubio a veces se decía a sí mismo que el Sombrero Seleccionador consideró colocarla en la casa, pero que ella había preferido ir a Ravenclaw. Lo único que no entendía eran las razones.
Suspiró. Muchas cosas en la vida no tenían sentido. Y no necesitaba darle más vueltas al asunto. Volvió a pensar en lo bonita que era, en la carta que a inicios de su sexto año escolar había escrito y en cómo su relación había evolucionado.
Recordó, también, cómo se había deshecho del miedo a las espinas que rodeaban a su rosa. Cómo había aprendido a pasar entre ellas. Ah, el amor. ¡Cuántas cosas habría hecho por Rose! Si hubiese sido necesario, la hubiese rescatado de cualquier cosa, llevándose de la pelirroja una oración del tipo "no soy ninguna princesa de un cuento muggle para que estés salvándome", y después de eso, un beso.
Pero ahora que lo pensaba, sí que la había salvado. En varias ocasiones le hizo entender que su inseguridad, la base de todos sus miedos; nunca sería nada más que una molestia. Y ella había intentado cambiar eso y lo estaba logrando. En los últimos meses, había visto, cada vez, a una chica un poco más segura de sí misma que el día anterior. Y eso era lo que más le gustaba de todo.
Le sonrió a Rose, quien ahora estaba mirándolo a él y ella le devolvió la sonrisa. Para mí, eres endemoniadamente preciosa, pensó. Y no mentía.
