Disclaimer: Todo es propiedad de Nakaba Suzuki.

Summary: Cinco veces en las que Helbram besó a Harlequin, y una en la que fue Harlequin quien inició el beso.

Pareja: Helbram/Harlequin|King. Ban/Elaine secundario y menciones King/Diane. Algunas otras ships implicadas.

Advertencia: Universo alterno. OoC gratuito.

Notas: Como sabrán si leyeron la parte anterior, originalmente éste fic iba a ser de dos partes, pero por temas del largo de los capítulos he decidido hacerlo de tres partes. Así que sepan que éste no es el final de la historia.


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IV.

La cuarta vez que ocurre es un par de meses después de que hubiesen empezado su segundo año en el instituto. Varias cosas han cambiado desde el último beso, siendo dos de ellas las que más se podrían destacar.

En primera está el hecho de que Elaine y Ban habían comenzado a salir. Desde cuándo, Helbram en realidad no tiene la más mínima idea, sólo sabe que un día —poco después del tercer beso— Harlequin y él habían salido, y, cuando regresaron a la casa del castaño, los encontraron besándose en el sofá. La expresión que puso Harlequin en ese momento no tuvo precio, igual que lo roja que se puso la cara de Elaine, Ban apenas reaccionó en realidad; se limitó a sonreír con esa sonrisa afilada que posee y a lanzar una risita, diciéndole a la rubia que tal parecía que al final iban a tener que decírselos de una vez. Al parecer Elaine le había pedido que ocultaran su relación pues no quería tener que lidiar con la reacción de su hermano, lo cual era comprensible.

Sin embargo Helbram no comprendía porqué su amigo reaccionó tan sorprendido, como si creyera que sus ojos lo traicionaban o algo así. Es decir, ya era bastante obvio desde hace tiempo que esos dos se traían algo. Tan obvio como que era Meliodas el que le hacía esas bromas a Elizabeth de "tomar prestada" su ropa interior cuando se cambiaba en gimnasia; como que el presidente del consejo estudiantil, Gilthunder, y la primogénita del director eran posiblemente la pareja más popular y conocida dentro del instituto; como que Jericho nunca sería correspondida por Ban y que ya era hora de que asumiera su crush en Guilla; que Harlequin estaba completamente enamorado de Diane, así como Helbram lo estaba de él y—

Sí. Eso es, la segunda cosa que había cambiado.

O bueno, cambiado no, no en realidad. Porque ahora que lo ve con claridad, que ha dejado de negarse las cosas y tratar de engañarse, puede darse cuenta de que ya llevaba un buen tiempo mirando a su mejor amigo de otro modo. Lo cual le hace preguntarse si es que acaso nadie más lo había notado antes, a veces —aunque no está seguro de si será pura paranoia o no— casi puede jurar que Elaine lo mira de una forma extraña cada vez que están los tres juntos, especialmente cuando el tema de Diane sale a flote; le mira casi como si le diera su pésame y Helbram tiene miedo de preguntarle sus razones.

Lo único que espera y realmente desea es que Harlequin se mantenga ignorante del asunto, ya tiene suficiente con que últimamente se ruborice un poco de más ante su cercanía (al final sí había pasado lo que tanto había temido, era de esperarse sin embargo considerando el contexto de su beso pasado) como para tener que soportar un rechazo de su parte. Porque era obvio que así sería, después de todo le conoce bien e, incluso sin considerar sus sentimientos por su compañera de clases, no existe modo alguno en el que Harlequin llegase a quererlo más que como a un mejor amigo, aquel con el que prácticamente había crecido. Simplemente es imposible.

Duele, especialmente después de que de una vez por todas Helbram había terminado por asimilar esos sentimientos. Sin embargo cree que puede acostumbrarse a aquel dolor; que puede vivir con él hasta que, tal vez dentro de unas semanas, meses o hasta años, finalmente pueda superarlo; que puede mantenerse firme y seguir apoyando a su mejor amigo en la conquista de la chica de sus sueños, incluso si eso le desgarra el corazón ahora.

Simplemente debe seguir adelante.

(…)

Vale, hablando en serio, definitivamente no había estado en sus planes que aquello volviera a ocurrir, y esta vez no tiene a nadie ni nada a quien culpar; ni a su ingenuidad infantil, o al pánico de Harlequin y su nula capacidad para tranquilizarlo, o a que fuera su propio amigo quien se lo pidiera. Así que—

La cosa es más o menos así:

—Eh, Elaine, ya apenas y te vemos desde que estás saliendo con Ban. Me imagino que la pasarán muy bien, ¿verdad? —suelta Helbram de improviso, una tarde en la que los tres habían coincidido para regresar a casa juntos del instituto. Esboza una sonrisa ladeada al ver el ceño de la rubia fruncirse levemente.

—No es como si me la pasara todo el tiempo con él, no exageres —se cruza de brazos, dirigiendo una mirada a su hermano—. ¿Cierto?

—Honestamente; creo que ya ni siquiera te vería de no ser porque vivimos bajo el mismo techo —responde el castaño, encogiéndose de hombros, fatalmente sincero.

— ¡No es así! —Exclama Elaine a la defensiva— No del todo —añade bajito, casi insegura.

—Ya hasta parece que terminaste por reemplazarnos —comenta Helbram dramáticamente, fingiendo estar herido—. Pero descuida, ya me imagino como estarán las cosas cuando Harlequin se confiese con su "lindura alta". Al final seré el único en quedar soltero y totalmente abandonado —suspira en un gesto exagerado, antes de comenzar a reírse del rubor que comenzó a apoderarse del rostro de su amigo.

—Q-qué estás diciendo… Si Diane y yo no estamos ni cerca de tener esa clase de relación —replica tartamudeando ligeramente, ajustándose la correa de la mochila sobre el hombro a pesar de que no había necesidad de hacerlo.

Se veía tan nervioso de súbito, y Helbram no puede más que morder levemente el interior de su mejilla porque de repente no puede dejar de pensar en lo lindo que se ve así, con el rostro tan sonrojado y los ojos brillosos. Y no entiende porqué se le ha vuelto cada vez más difícil el controlar esos pensamientos. Es una molestia.

—Sí. Sí. Ya sé. Ya lo has dicho. Que no son pareja ni nada. Ya —interrumpe, picando una de las mejillas del más bajo con un dedo para disipar aquellos pensamientos de su cabeza—. Pero yo también te he dicho que sólo es cuestión de tiempo —le sonríe, o al menos hace el esfuerzo.

—Ya —Harlequin emite una corta risa, apartando su dedo de su rostro.

—Y, de todos modos —dice Elaine sonriendo ante la escena—, ¿por qué aseguras que quedaras soltero y abandonado? ¿No te parece un poco fatalista?

Esta vez es el turno de Helbram de encogerse de hombros, con una expresión despreocupada en el semblante.

—Es la verdad. Después de todo no estoy interesado en nadie —trata de disimular el que su mirada se hubiera paseado inconscientemente sobre su mejor amigo al decir aquello, como si esperase una reacción de su parte. Y también que no fuera muy obvio el que mentía—, y nadie está tampoco interesado en mí.

— ¿Y qué pasa con esa chica del consejo? ¿Recuerdas? ¿No te había entregado una carta de confesión o algo así? —pregunta Harlequin con una ceja alzada y una mirada que no es capaz de describir.

—Pues sí, ¿pero no recuerdas tú que al final resultó ser una de esas tontas cartas de cadena de mala suerte? —ríe al recordarlo.

Aquello había pasado a mediados del año anterior, y, aunque en realidad apenas conocía a la chica en cuestión y mucho menos estaba interesado en ella, sí admite que se había emocionado bastante por aquella carta, claro que eso fue antes de descubrir su contenido. Después de todo habría sido la primera "carta de confesión" que hubiera recibido en la vida y, aunque hubiese terminado por rechazar a la chica de haber sido una confesión real, fue un poco decepcionante ver de lo que en realidad se trataba. Incluso recuerda haber intentado vengarse mandando cartas de ese tipo a todos los alumnos del instituto como desquite, arrastrando a Harlequin en el proceso, claro que las cosas no resultaron como lo planeó.

—Ah, sí, ya lo recordé. Nos castigaron casi dos semanas porque Guilla nos vio poniendo las cartas en los casilleros y creyó que estábamos espiándolos —menciona Harlequin en un suspiro—. Ni siquiera ahora sé por qué acepté ayudarte.

— ¡Porque te necesitaba! ¡Ni loco iba a poder escribir tantas cartas yo solo! Sin mencionar que Elaine se negó a ayudarme cuando vio lo que estaba haciendo —reclama haciendo un mohín con los labios.

—Fue porque sabía que te meterías en problemas y no quería verme metida en eso. Eso de las cadenas de mala suerte es tan inmaduro y horrible —dice la chica colocando sus manos en sus caderas, en esa pose que suele poner cuando los regaña y que ellos conocen tan bien. Casi la hace parecer como si ella fuera la mayor entre los tres, cuando en realidad es todo lo contrario.

—Di lo que quieras, pero yo sé que te negaste a ayudarme porque preferiste irte con Ban —la molesta, provocándole un sonrojo que no sabe si es de vergüenza por verse atrapada, o porque se le empezaba a agotar la paciencia—. Incluso desde antes lo empezaste a preferir a él sobre nosotros, ¿no?

—Vale. Vale. Ya entendí —se da por vencida, dejando caer sus brazos a los costados. Se queda pensativa por unos momentos y, al ver que ya están a poco de llegar a sus destinos, se decide a proponer algo—. En ese caso, si creen que estoy pasando tan poco tiempo con ustedes dos, ¿qué les parece si aprovechamos que aún no entramos en exámenes y hacemos una noche de películas este viernes?

Helbram sonríe ladeando la cabeza, aquello le parece una idea interesante. Entonces mira al castaño y nota que él también se ve interesado en la propuesta de Elaine, y aquello hace que su sonrisa se ensanche un poco.

— ¡Suena bien para mí! —exclama como respuesta.

—Para mí también —asiente Harlequin.

—Bien, ¡entonces está decidido!

Antes de llegar a sus respectivos hogares acordaron la hora de reunión, y ambos hermanos quedaron en pedir permiso a sus padres para utilizar la televisión de la sala de estar ese día. Finalmente se despidieron de Helbram, ya ansiando que llegara ese día.

(…)

Al finalizar, de una vez por todas, aquella semana escolar, finalmente pudieron reunirse en casa de los hermanos para realizar su tan esperada maratón. Los tres se instalaron en la sala de estar, enfrente de la televisión, agradeciendo que los dueños de casa les hubieran dado el permiso para utilizar esa habitación. Con una buena colección de películas de géneros variados y diversos dulces y frituras para pasar la noche, dieron inicio a aquella reunión.

Así pasarían varias horas; emocionándose con los filmes de acción y aventura, riéndose a carcajadas (en especial el de pelo verdoso) con las de comedia; y muriéndose de miedo con las películas de terror que, sinceramente, ninguno de ellos esperó que tuvieran tan buenos efectos. O que les asustasen tanto. En serio, hasta hubiesen preferido poner una de esas películas pastelosas que ni a Elaine le gustaban, que ver como ese asesino-endemoniado-loqueseaquefuera asesinaba a esa gente de forma tan gráfica. De hecho, es en una escena de esa misma película, en donde Harlequin de algún modo termina aferrándose al brazo de Helbram como si su vida dependiera de ello, a la vez que se esconde instintivamente detrás de él, sin mucho resultado. Todo ello a costa de su vergüenza y de que el corazón de Helbram le latiera a mil por segundo ante aquel contacto tan repentino.

Casi le pareció que le iba a dar un ataque cardiaco. O algo peor.

—Di-disculpa —musita al darse cuenta de la posición en la que los dejó, con una sonrisita temblorosa y las mejillas coloreándose.

—N-no importa —responde Helbram y la voz le tiembla por más que trate de evitarlo, afortunadamente cree que ha podido disimularla echándole la culpa a la sorpresa.

Harlequin se separa de él, rehuyéndole la mirada y volviendo a su pose anterior. Y él suspira ligeramente, sintiendo como si alguien le estuviera viendo y vuelve su rostro hacia Elaine, quien los mira a ambos con una ceja alzada; mas antes de que él pueda hablar o siquiera reaccionar ante su aparente escrutinio, ella devuelve su vista al televisor como si nada hubiera ocurrido. Y es que ella ha vuelto a mirarle como si supiera.

Luego de eso, la verdad es que no es consciente del todo de cuánto tiempo pasa hasta que los tres terminan por quedarse dormidos. Y no es sino después de un par de horas que él termina por despertarse, gracias al brillo de la pantalla del televisor aún encendido. Lanza un bostezo y se acomoda en el sofá, dirigiendo un par de miradas a su alrededor y viendo que a su lado aún se encuentra Harlequin, durmiendo profundamente; al igual que Elaine quien se abraza entre sueños a Oslo, ambos acomodados en el sillón contiguo. Finalmente se inclina para recoger el control remoto y apaga la televisión, quedando así las luces que se colaban a través de las ventanas como la única iluminación dentro del cuarto.

Helbram apoya su espalda contra el respaldar del sofá, buscando situarse en una posición más cómoda para poder seguir durmiendo. Sin embargo, lo único que logra es que, al girar el rostro hacia un lado, termine quedando frente a frente con el de Harlequin. Tiene que esforzarse por evitar echarse hacia atrás por la sorpresa, pues podría despertarlo si hacía algún movimiento brusco— aunque, pensándolo mejor, no tiene de qué preocuparse en ese aspecto; no si considera que una de las pocas características que ambos hermanos comparten es lo ridículamente pesado que tienen el sueño.

Traga saliva involuntariamente y parpadea un par de veces, mientras sus ojos terminan de ajustarse a la poca iluminación.

Y es que, mientras duerme, a sus ojos el semblante de Harlequin muestra tal serenidad que llega a embelesarle. Siente que no puede dejar de verle, por más que sepa que debe. No puede evitar detenerse en sus rasgos; ni pasear su mirada sobre lo largo de sus pestañas y en lo casi libre de imperfecciones que luce su piel o en cómo, incluso mientras duerme, un ligero rubor sigue asomándose en sus pómulos, y no puede evitar tampoco el preguntarse qué le provocará aquello, con qué estará soñando— o, mejor dicho, con quién soñará (se lo pregunta por más que sabe la dolorosa obviedad de la respuesta). Simplemente pareciera que no puede no mirarle, y fijarse en la delicadeza casi elegante con la que los mechones cortos de su cabello caen sobre su frente, o en lo brillantes y suaves que lucen sus labios desde aquella distancia.

Y ha pasado tanto tiempo desde la última vez que lo había tenido así de cerca y—

(Aún puede recordar la expresión que puso ese día al pedirle ayuda y, como por cosa de un segundo, casi le pareció que había llegado incluso a olvidarse por completo de Diane; volviéndose únicamente capaz de enfocarse en él: en Helbram, en su mejor amigo, aquel que le había robado su primer y segundo beso. Y aquella sensación, de saberse dueño de sus pensamientos aunque hubiese sido sólo por un instante, le había gustado.

Le había gustado mucho.)

Apenas logra reaccionar y detenerse, al darse cuenta de que, de manera inconsciente, se había acercado al contrario. Empero, incluso tras percatarse de ello, no vuelve a su posición inicial, no se aleja. Quizá sea que aún está algo aturdido por el sueño— al menos eso trata de decirse, porque se supone que no debería—

Que no debería estar haciendo esto.

De repente, se encuentra a sí mismo presionando de manera descuidada y superficial sus labios contra la comisura de los de Harlequin, tocando más su mejilla que sus propios labios. El contacto dura apenas unos segundos, y el castaño no parece siquiera haberlo notado, sumido en su aparentemente imperturbable sueño.

Helbram suspira y ahoga un quejido, recorriendo su rostro con la punta de los dedos hasta llegar al nacimiento de su pelo, y comenzando a tirar de este ligeramente. Se reprende porque, sin importar cuánto se convenza y se decida a que lo mejor es superarlo de una vez por todas, se le vuelve imposible una vez que vuelve a toparse con él. Simplemente no puede. Y es tan estúpido y frustrante.

Repentinamente siente un peso caer sobre su hombro, y al volver la vista se da cuenta de que Harlequin se había inclinado hacia su lado, recargando su cabeza contra su hombro en la inconsciencia de su sueño. Sus cabellos desordenados le provocan leves cosquillas contra su cuello, y está tan cerca que jura poder percibir su aroma; de un tono dulce pero a la vez masculino. Puede volver a sentir su corazón descontrolarse. Maldición, si sigue ocurriéndole eso en su presencia definitivamente terminaría por sufrir un infarto.

Traga saliva nuevamente, tratando de deshacerse de aquel nudo que se le ha formado en la garganta, y dirige sus ojos a donde se encuentra Elaine quien también sigue dormida, termina por volver a fijarse en Harlequin y acomoda sutilmente unos mechones de su cabello. Entonces, lentamente, termina por recargarse también contra Harlequin, cerrando los ojos con fuerza, esperando poder volver a dormir pronto.

Dormir y olvidarse por unas horas de todo, excepto de la calidez que emana el cuerpo de Harlequin contra el suyo.


V.

No pasan sino varias semanas hasta la siguiente ocasión.

Todo empieza debido a la aproximación del festival anual de la ciudad. Aquella celebración se realizaba en conmemoración al aniversario de la fundación de la ciudad, por lo que era uno de los eventos más grandes y ansiosamente esperados por sus habitantes; una noche al aire libre en el parque más grande de la zona, lleno de atracciones, juegos, puestos de comida deliciosa, espectáculos musicales y, por último, pero no menos importante, un grandioso show pirotécnico que pintaba el cielo momentáneamente con explosiones de todo tipo de colores.

Harlequin se encuentra notoriamente emocionado por eso, Helbram no lo culpa; él mismo se encuentra algo entusiasmado. El año pasado no había podido asistir debido a un resfriado, y tuvo que aguantar el escuchar como todos en clase comentaban acerca de lo divertido que había sido y de lo hermosos que se habían visto esa ocasión los fuegos artificiales escogidos. Así que está decidido a no repetir esa experiencia.

Mas, también sabe, no es precisamente a causa del festival por lo que su amigo está tan entusiasmado; sino por la oportunidad que se le puede presentar allí. Después de todo, Diane, al igual que el noventa por ciento de la población, va a asistir. De hecho, según tiene entendido, todo el grupo de amistades del castaño había decidido ir juntos ese año.

Helbram casi puede ser capaz de verlos, de imaginárselos. Harlequin aprovecharía la ocasión y trataría de pasar la mayor parte del tiempo con ella, observando los puestos de ventas, participando juntos en los juegos; y después, en algún punto de la noche, le pediría que le acompañara a un lugar más apartado y sería ahí y entonces, con el cielo estrellado como única luz y compañía, que finalmente se haría del valor que tanto necesita para decírselo. Se le confesaría.

(Casi puede verlo, de pie y con el rostro sonrojado, los ojos resplandecientes con nerviosismo, y los labios temblorosos pronunciando aquellas palabras que él mismo tanto se guarda para sí— un «me gustas» que se le atora en la garganta y que no se ve capaz de decirle, que teme llegar a decirle.)

Y Diane bien podría corresponderle; él no ve motivos por los que no, incluso si sigue sin estar nada seguro de lo que pensará aquella chica de su amigo, en ese sentido. Se harían pareja en ese mismo instante, ambos desbordando una felicidad que sería fácil de envidiar. Quizá incluso llegaran a besarse en el preciso momento en el que los fuegos artificiales comenzaran; tal y como en una escena cliché de alguna vieja película de amor.

Y, entonces—

Entonces…

(…)

— ¿Por qué no vienes con nosotros al festival Helbram? —Propone Harlequin un par de días antes del evento— Elaine también va a ir, acompañando a Ban. Y creo que Gowther invitó a su novio a que se nos uniera. ¿Qué dices?

Helbram dirige su vista hacia su acompañante un par de segundos, para después volver a posarla en el cielo abierto sobre ambos. En ese momento se encuentran en la azotea de su escuela, disfrutando del aire fresco durante los pocos minutos de receso que poseen. Helbram recostado de espaldas sobre el suelo pavimentado, con los brazos detrás de su cabeza y Harlequin sentado a su lado, mirándolo en espera de su respuesta.

—Suena bien para mí. De todos modos no quería tener que ir solo, y no pienso faltar otro año —esboza una sonrisita, antes de girarse y apoyar un codo contra el suelo—. Supongo que me necesitarás allí, ¿no? ¿Tratas de reunir todo el apoyo moral que puedas para la noche de la gran confesión? —inquiere en tono jocoso.

El castaño lanza una corta y ligera risa, rascándose la mejilla con uno de sus dedos en un gesto tímido.

—Tal vez —musita, y el simple hecho de que no respondiera con una evasiva ya es suficiente sorpresa.

Se ve tan decidido, pero (y tal vez sea cosa de su imaginación; sí, lo más seguro es que sólo fuera su mente jugándole una mala broma) sus ojos ya no parecieran brillar tanto como las veces anteriores en que se planteaba la idea de confesarse a Diane, o en que simplemente hablaba acerca de ella.

— ¡Pues ya era hora! —Exclama, intentando esbozar una sonrisa sincera— ¡Felicidades, Harlequin!

El susodicho lanza una carcajada, sus cabellos revoloteando con el viento y el corazón de Helbram saltándose un latido.

—No me felicites aún, ni siquiera sé todavía qué irá a responderme —replica, aunque sin el mismo tono lleno de pesimismo de las veces anteriores.

—De todas formas, el que finalmente tengas el valor para hacerlo es suficiente razón para felicitarte —vuelve a colocarse de espaldas, cerrando los ojos.

—Sí, claro.

Harlequin vuelve a reír y, tras eso, se coloca de pie. Al escucharle moverse, Helbram vuelve a abrir los ojos y lo primero que observa es la mano de Harlequin extendida hacia él.

—Vamos Helbram, ya hay que volver a nuestros salones —le dice, con una pequeña sonrisa en los labios.

Siente que sus manos le tiemblan y sudan repentinamente, pero sólo puede esperar que él no lo note mientras toma su mano y se impulsa hasta poder levantarse. Y durante su clase siguiente no puede evitar distraerse de la lección, rememorando el escalofrío que sintió en el momento exacto en que sus manos se entrelazaron, sin segundas intenciones de por medio.

Realmente está perdido. Pero, supone, pronto todo eso acabaría, de todas formas.

(…)

El lugar está sobrecargado de colores llamativos, aroma a algodón de azúcar y manzanas dulces y, sobre todo, de personas sosteniendo charlas entre sí, riendo, divirtiéndose. Helbram observa maravillado a su alrededor, sin importar que no fuera ni de lejos el primero de aquellos festivales a los que él hubiera asistido; siempre había algo en ese ambiente que lo hacía sentir como un niño nuevamente, como si aquella fuera la primera vez en que presenciara un espectáculo así.

En ese momento incluso se siente capaz de ignorar el hecho de saber que Harlequin se encuentra a no menos de algunos metros de él, hablando animadamente con Diane, quien luce especialmente preciosa esa tarde con aquel vestido fucsia con pompones. Incluso podría olvidar que, en cualquier momento, aquella confesión tan aplazada y esperada por ambos (aunque por motivos completamente opuestos) ocurriría, pero eso sería demasiado pedir.

Al poco tiempo de haber entrado juntos al recinto, su grupo se había encontrado con las hermanas de Elizabeth, Gilthunder, Griamore y Howzer, quienes también habían concordado en ir juntos. Además de con Jericho y Guila que habían ido juntas a su vez, pero que no estaban en una cita, no, para nada (o al menos eso alegaba Jericho ruborizada hasta las orejas, cada vez que Ban o el mismo Helbram hacían alguna insinuación acerca de ello). Por lo que al final terminaron uniendo los grupos para pasar el rato allí, en una multitud curiosamente numerosa.

Así que trata de mantenerse distraído, ya sea charlando con Guilla y Jericho o uniéndose a Ban para molestar a Elaine hasta ponerla roja; todo con tal de no mirar más a Harlequin competir indirectamente con Howzer por la atención de Diane.

Y en eso está cuando llegan a una zona más o menos despejada en la que han levantado un juego nuevo, una pista de carreras con autos go-kart que les llama la atención a casi todos inmediatamente. El encargado se les acerca, dándoles una explicación rápida del modo de juego e invitándoles a participar. Aprovechando que el juego no es muy caro, el grupo decide participar en duplas, a excepción de la mayoría de las chicas que realmente no estaban interesadas en el juego.

Helbram se sube rápidamente al primer auto que alcanza y Harlequin le imita, sentándose detrás de él. El de cabellos verdes trata de no pensar en lo decepcionado que su amigo debía estar de que Diane tampoco hubiese querido participar de la carrera, de otro modo hubieran podido hacerlo juntos; pero, claro, su cerebro termina traicionándolo de todas formas.

La carrera da inicio y, luego de un par de vueltas por el circuito; el dúo de Ban y Meliodas se proclamaría vencedor, seguidos de cerca por Gilthunder y Howzer, quedando Helbram y Harlequin en el tercer lugar (y, en su defensa, Helbram debe decir que perfectamente pudieron haber llegado, al menos, en segundo lugar, de no ser porque la sensación de los brazos de Harlequin aferrándose a su torso ante los cambios bruscos de velocidad, fue mucho más de lo que su corazón pudo haber soportado). Dejando así a Guilla y Jericho, y a Griamore y Verónica en los últimos lugares.

Pese al resultado todos se entusiasmaron y quisieron participar en otra ronda, sin embargo Helbram nota inmediatamente como el castaño no luce tan convencido y se le acerca, preguntándole si ocurría algo.

—N-no es nada, sólo que… —responde, desviando la mirada hacia la figura de cierta muchacha y—

Entonces Helbram lo sabe— simplemente lo sabe.

Harlequin ha decidido que ya ha llegado el momento.

—Bueno —Helbram carraspea, tratando de recomponerse—, ¿y qué estás esperando? —cuestiona, esforzándose por sonreírle.

—C-creí que tú querrías volver a competir y… —se relame los labios, divagando.

— ¡No te preocupes por eso! Esto es mucho más importante que un juego —le asegura, colocando una mano en su hombro—. Es ahora o nunca, Harlequin.

—Sí —asiente y esboza una sonrisa.

—Buena suerte —musita Helbram y su amigo se lo agradece, dirigiéndose con pasos aun un poco vacilantes a donde Diane charlaba con las otras chicas.

Helbram los ve hablar unos momentos antes de que ambos se separen por completo del grupo, a un lugar más privado donde los demás no fueran a inmiscuirse en lo que sea que fuera a ocurrir. Sin poder evitarlo, se queda viendo el camino por el que se marcharon por cosa de unos segundos más de los que debería, sabiendo que era tarde incluso si desde el principio no tuvo oportunidad alguna.

Ahoga un suspiro y se vuelve a ver la nueva ronda de la carrera para distraerse lo más que pueda por el resto de la noche, hasta que Elaine se le acerca curiosa y con el ceño ligeramente fruncido, en un gesto de extrañeza.

— ¿Dónde se metió mi hermano? —le cuestiona observando los alrededores.

Helbram se encoge de hombros, tratando de deshacerse de cierta opresión en la garganta, antes de responder:

—Se llevó a Diane para hablar con ella en privado —fuerza una sonrisa que le sale casi de forma natural—. ¿Lo ves? Nuestro Harlequin finalmente se decidió a hacerlo. No creí que viviría lo suficiente para ver este día —lanza una carcajada sin humor, que se gana una ceja alzada de parte de la rubia.

— ¿Y tú estás bien con eso? —le pregunta directamente, después de asegurarse de que el resto estuviera demasiado ocupado viendo la carrera como para escucharles.

— ¿Por qué no debería estarlo? —pregunta él a su vez, empezando a sentirse nervioso. ¿Acaso Elaine…?

—Si todo le sale bien a mi hermano; él y Diane se harán pareja —Helbram no puede evitar desviar la mirada ante esto último—. ¿Realmente vas a decirme que no tienes ningún problema con eso?

El de cabello verdoso muerde ligeramente el interior de su mejilla, Elaine parece negarse a dejar de verlo directamente a los ojos mientras espera su respuesta, casi como si fuera capaz de leer sus pensamientos y su corazón.

—Para nada —musita, buscando creérselo de verdad—. Estoy feliz por él. Soy su mejor amigo, ¿hay una razón por la que no debería estarlo?

—Estás mintiendo —declara Elaine sin una pizca de duda en su voz—. Te conozco Helbram. Sé que no estás siendo del todo sincero.

Sí, lo sabe. ¡Lo sabe, maldita sea! Sabe que no está siendo ciento por ciento honesto; porque sí, sí se siente genuinamente feliz por Harlequin, porque sabe que el estar con Diane le haría inmensamente feliz. Pero no puede evitar que duela, no puede evitar sentirse herido y con miedo, porque si termina siendo así y ellos se vuelven pareja; entonces él… él lo perdería. Y es hasta gracioso el pensamiento ¿acaso es posible de por si el perder a alguien cuando nunca lo has tenido en primer lugar?

—Helbram —ella lo llama, con un tono mucho más suave esta vez. Casi como si ciertamente sí fuera capaz de leer sus pensamientos y darse cuenta del desastre que era su mente en esos instantes.

—Eso ya no importa —murmura, sin voltear a verla—. Incluso si fuera así, ya no importa en realidad. Harlequin quie… ama a Diane y yo…

Siente una mano pequeña posarse sobre su hombro y se muerde el labio inferior con fuerza.

(…)

Transcurren aproximadamente unos veinte minutos cuando recibe un mensaje de texto de parte de Harlequin. Helbram se queda mirando la pantalla de su teléfono sin terminar de procesar el contenido de aquel mensaje, por más simple que éste sea; nada más que un escueto "estoy en la salida del parque, por favor ven a buscarme" que literalmente detiene su corazón unos momentos.

Harlequin iba a irse y le necesitaba, aquello simplemente no podía ser una buena señal. Si las cosas hubieran ido bien con Diane, ellos estarían pasando el resto de la velada apartados del resto, disfrutando de lo que bien podría convertirse en su primera cita oficial de pareja en medio de aquel aún animado festival. Empero, allí estaba Harlequin pidiéndole que fuera a verlo.

Esto simplemente no estaba bien. Nada bien.

— ¿Ocurre algo? —Elaine voltea a preguntarle, cargando aun entre sus brazos el conejo de felpa gigantesco que Ban ganó por ella en uno de los juegos (con trampas, probablemente).

—No lo sé —responde vagamente, le muestra el mensaje a Elaine de forma superficial—. C-creo que Harlequin necesita ayuda.

La expresión de la rubia muta a una de preocupación, captando inmediatamente sus sospechas y, probablemente, compartiéndolas.

—Deberías ir, si alguien pregunta les daré una excusa —le dice, mirando a su alrededor a sus amigos distraídos—. Ve, él probablemente te necesita ahora.

Helbram asiente y le agradece en un susurro, antes de dirigirse a la salida a paso rápido. Lo que fuera que hubiera ocurrido en aquel lapso de tiempo no importaba, ni siquiera lo hacían Diane y la dichosa confesión; lo único que importa es que Harlequin pedía su ayuda y él iba a dársela, iba a tratar de hacer lo que fuera para apoyarle, tal como antes y como siempre lo haría.

Después de todo, para eso están los mejores amigos.

(…)

Lo encuentra justo donde el mensaje decía; a las afueras del parque, con la espalda recargada contra los barrotes de una de las rejas que protegen el lugar. E incluso contando con la iluminación de la calle y del festival como única fuente de luz próxima, es completamente capaz de darse cuenta del leve tono rojizo de sus ojos. Y eso es suficiente prueba para saber cómo resultaron las cosas con Diane.

Antes de poder darse cuenta, se encuentra a si mismo envolviendo sus brazos alrededor del castaño y abrazándolo con fuerza.

—Oye, está bien Harlequin, ya estoy aquí —murmura casi sin poder contenerse, lo siente asentir contra su hombro y toma por una buena señal el que no lo oye sollozar, ni nada por el estilo.

—Gracias por venir —musita y Helbram siente su aliento cálido hacerle cosquillas en la piel de su cuello—. Lo siento si te arruiné la noche, es que no quería irme solo y…

—No te preocupes por eso —Helbram rompe el abrazo, para que así puedan hablar más cómodamente, y se encoje de hombros—. ¿Quieres hablar acerca de… lo que pasó?

Harlequin se relame los labios como si estuvieran secos, bajando la mirada. Tarda unos momentos en reunir las palabras pero Helbram no lo apresura. Finalmente, le responde:

—Yo… lo hice. Me le confesé a Diane —dice, con dificultad, como si le doliera pronunciar aquellas silabas—… Ella se disculpó conmigo y… dijo que no me correspondía.

El de cabello verdusco se queda sin palabras al oírle. La verdad es que, antes, para él era difícil considerar que fuera una posibilidad que Diane no sintiera nada hacia Harlequin. Entonces creyó que era porque hacía esfuerzos de no hacerse ilusiones, pero ahora ve que lo hacía porque —incluso sí le rompía el corazón a él— realmente deseaba que el primer amor de su mejor amigo y objeto de sus propios afectos fuera una experiencia feliz, reciproca; todo porque no quería tener que ver a Harlequin del modo en que le ve ahora, cargando con los pedazos trizados de su corazón.

Él no se merece algo así, piensa Helbram amargamente, volviendo a abrazar al castaño como único recurso de expresarle consuelo. Realmente no lo merecía, pero tampoco puede culpar a Diane, eso lo sabe. No es culpa de ella después de todo, de ninguno de los dos; nadie puede forzar los asuntos del corazón y ella sólo había actuado honestamente. Harlequin tendría que aceptarlo y, él sabe, tarde o temprano terminará por hacerlo, por ser capaz de rearmar su corazón y secar sus lágrimas y volver a sonreír, volver a amar.

Pero, por ahora Harlequin está en su completo derecho de derrumbarse, de expresar su frustración, su dolor.

Y él— él lo sostendría y lo apoyaría del único modo en el que tiene el derecho de hacerlo. Como su amigo.

Sin embargo—

—Todo estará bien Harlequin —dice contra su cabello.

—Realmente no debí haber esperado nada, ¿no es así? —Harlequin deja salir una risa amarga que lo desconcierta— ¿En qué estuve pensando? ¿Cómo pude creer que podría llegar a gustarle? ¿A gustarle a cualquiera? Soy un imbécil…

—Oye, ¿qué te he dicho acerca de que hables de ti mismo de esa forma? —Lo agarra de los hombros frunciendo el ceño— No eres un imbécil Harlequin. Eres una persona increíble. Y sí, es verdad que Diane terminó por no corresponderte, pero eso no quiere decir que no habrá más chicas después —añade, y si la voz se le quiebra un poco al decir lo último, finge que nada ha ocurrido—; que no habrá alguien que sí guste de ti.

— ¿Cómo puedes saberlo? —Replica Harlequin, con la voz ligeramente ronca— Sé que sólo quieres hacerme sentir mejor Helbram, pero se honesto, ¿qué tengo yo que podría enamorar a alguien? ¿Eh?

— ¡Lo tienes todo! —exclama en un arrebato, zarandeando levemente al castaño en el proceso— Lo tienes todo, Harlequin. Tú— a pesar de que seas un flojo eres tan listo y siempre te esfuerzas en lo que quieres lograr, siempre te preocupas por Elaine y por tus amigos e incluso por mí, y eres amable y quieres protegerlos a todos, aunque sigas siendo un pequeño llorón. Y también eres tan talentoso, realmente no conozco a nadie que pueda confeccionar ropa o cosas como tú lo haces. Y— y la forma en que te brillan los ojos cuando ves algo que amas es única, ¡única Harlequin!

La respiración se le termina agitando por la rapidez con la que habló. Harlequin lo observa atónito y con las mejillas levemente sonrosadas por sus palabras, y Helbram casi podría querer golpearse a sí mismo por, al parecer, haber hablado un poco más de la cuenta. Ya da igual, sin embargo.

—Así que, por favor, no hables sobre ti tan duramente —termina por suspirar, desviando los ojos a cualquier otra parte.

—Helbram —su nombre escapa tan suavemente de la boca de su amigo que ahora es su turno de ruborizarse—, lo que dijiste… ¿realmente lo piensas? ¿No… no lo dices sólo para alegrarme?

El aludido traga saliva y finalmente termina por volver la mirada hacia Harlequin nuevamente. Niega lentamente, sus manos aun posadas en los hombros del castaño.

—Gracias… —musita Harlequin en voz baja, el fantasma de una sonrisa emergiendo en su rostro— Pero, ¿cómo puedes estar seguro de que otras personas podrán ver eso?

—Porque yo lo veo —responde automáticamente, sabiendo que no hay vuelta atrás, que ya está por decirlo, que ya no puede seguir guardándoselo para sí—. Sé que habrá alguien que guste de ti porque…

— ¿Helbram…? —lo escucha hablar, con tono extrañado (casi ansioso), pero no se detiene, no se detiene, no.

—Porque a mí me gustas Harlequin —concluye, un peso horrible siendo removido finalmente de su pecho, permitiéndole respirar luego de tanto tiempo—. Me gustas mucho.

Entonces, como para darle sentido a sus palabras, se inclina hacia Harlequin y atrapa sus labios contra los suyos (y ya ha perdido cuenta de cuantas veces han estado en una situación similar, honestamente) suavemente. Es un beso lento esta vez, Helbram se toma el tiempo de sentir la textura y el sabor de la boca de Harlequin por lo que, está seguro, será la última vez. Porque ya lo ha dicho, finalmente lo ha dicho y ya nada será igual entre ambos. Harlequin se congela y no hace nada para apartarlo, pero tampoco hace amago de corresponder y Helbram es incapaz de fingir que eso no le duele. Sigue besándolo, empero, y no separa hasta que no siente que han pasado horas aunque no deben de haber sido más de dos o tres segundos.

Harlequin se toca la boca con la punta de los dedos, lo mira fijamente, incrédulo y estupefacto. Helbram le regresa la mirada, resignado y con sus sentimientos a flor de piel, por una vez en su vida.

Le sonríe, tristemente.

—Realmente me gustas, Harlequin.


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Supongo que debería de disculparme por tardar tanto en actualizar, eh…

Hasta el próximo capítulo, si tenemos suerte estará listo antes del 2019.