- John W.-
Un ángel de la guarda... Al parecer el cielo se había apiadado de él y le había mandado un ángel guardián en forma de inquietante encapuchado. Ya era la segunda vez que le veía esa noche, la primera fue en el bar, era el tipo que le había arrastrado hasta el cuarto de baño, la segunda fue en su apartamento. Ahí estaba, sentado en el alfeizar de la ventana, observándole con ojos felinos. John sabía que había sido aquel tipo el que le había metido en la cama, el que le había velado. También sabía que debería asustarse, llamar a la policía, pero no lo hizo. No iba a hacerlo. Principalmente porque el cuerpo le pesaba demasiado para moverse. Pero también porque una parte de él le decía que podía confiar en aquél siniestro ángel guardián.
Al parecer el encapuchado no se había dado cuenta de que estaba despierto, sino seguramente se habría ido al instante, igual que pasó en el baño del bar cuando alzó la vista para verle. No quería que le descubriese. Parecía un superheroe o algo parecido. John no pudo evitar sonreír al pensar que tenía a su propio superheroe, como un Iron Man o un Batman privado. Quizás mas Batman que Iron Man, después de todo iba de negro.
Lo siguiente que John recordaba era despertarse en su cama a la tarde siguiente, casi al anochecer. Su piso seguía tan desastroso como siempre, pero el se sentía diferente, más renovado. Aún así siguió costándole levantarse de la cama, pero era obvio después de lo machacado que tenía el cuerpo.
Hizo un pequeño trato consigo mismo: ya que el desconocido se había molestado en ayudarle la noche anterior no iba a dejar que su trabajo fuese en vano. Se duchó, se afeitó, se puso la única ropa limpia que tenía y fue a la nevera en busca de un pequeño premio para su castigado estomago.
Entonces él volvió a su mente. Sherlock, cabezota como siempre, diciéndole que no necesitaba comer, que se trataba de algo irrelevante, innecesario. Era irónico que ahora el que tuviese que ser obligado a comer algo fuese él. Dios... Como le echaba de menos. Añoraba hasta esos momentos suyos en los que le desesperaba a sobremanera, pero es que su vida ahora resultaba demasiado aburrida, demasiado plana sin él. Le necesitaba. Su exasperante droga, Sherlock Holmes.
Finalmente se dignó a comer un sandwich empaquetado que llevaría allí desde a saber cuando junto a un vaso de agua. Por poco lo vomita, pero logró reprimir la arcada, lo que era todo un progreso, la verdad. ¿Podría progresar? ¿De verdad podría seguir adelante sin él? ¿Sin Sherlock? Sherlock... Cada vez que le recordaba le dolía el pecho, le oprimía impidiéndole respirar y sólo conocía una solución para ello.
-Necesito una copa.
Para las 7 de la tarde ya estaba sentado en la misma barra de bar con su cerveza delante. La iba a costar salir de esa rutina. Por un momento había conseguido la determinación para abandonarla gracias a aquel desconocido, pero en el instante en que había recordado a Sherlock todo se fue directamente a la mierda. Dios, ¿como era capaz de desesperarle tanto, de seguir influenciandole, desde la tumba?
Pero eran aquellos pensamientos, los de Sherlock muerto, los que mas le afectaban, los que mas intentaba alejar y los que antes regresaban a su cabeza. Y junto a ellos el rostro de Jim Moriarty. Lo odiaba. Nunca había odiado nadie hasta tal punto y la furia que le invadía en esos momentos le era completamente desconocida. Ni siquiera había sentido ese tipo de adrenalina en la guerra.
Y no era capaz de controlarla.
Le veía en todas partes, cada vez que se giraba, en cada lugar, con aquella estúpida sonrisa suya, con sus profundos ojos negros, tan diferentes a los de Sherlock, mirandole, riéndose de él, de su desgracia.
Le vio allí, en el bar, tras la barra, en el espejo junto a las botellas de vodka. No lo pudo evitar; cogió su jarra de cerveza y la lanzó directamente contra su cara. El estrepito de los cristales rotos le hizo volver a la realidad. El local se había quedado en silencio, todos le miraban. Acababa de lanzar un vaso contra un espejo y este se había roto junto a las finas baldas que sujetaban decenas de botellas. Perfecto John Watson, te habías convertido en un completo desequilibrado mental.
Un momento después estaba tirado en la calle, con la cartera vacia y sin abrigo. Era lo único que habían podido sacar de él en compesación por los destrozos y, la verdad, era un verdadero milagro que le hubiesen dejado conservar los pantalones.
Por supuesto tenía la entrada a ese local prohibida para los restos, pero habría mas bares en la ciudad en los que le sirviesen alcohol sin importar cuantas copas llevase encima ya.
- Sherlock H.-
Era un imbécil. John Watson era un imbécil sin remedio y aun así él no era capaz de abandonarle, no sabiendo que todo aquello era culpa suya, no sabiendo que su mejor amigo, el único que había tenido jamás, se estaba destruyendo a si mismo por una mentira. Su mentira. Jamás se había sentido tan culpable por nada como lo hacía por ello. Había arruinado la vida a la única persona que había soportado todo de él, todo lo malo que tenía, todas sus rabietas de niño pequeño, sus malas costumbres, su asocialidad, sus experimentos, su falta de educación, su secretismo… Quizás si que merecía haber muerto al caer desde esa azotea en Barts, pero de haberlo hecho ahora no tendría la oportunidad de arreglar todo ese mal que había causado. Aunque aún hubiese peligro, aunque la gente de Moriarty aún pudiese estar rondando por ahí, salvaría a John. Sherlock no era un héroe, no era un ángel, pero seguía estando de su lado.
Por eso se había quedado sentado toda la noche en los cubos de basura al pie de su ventana, rogando por la aparición de algún cigarrillo para calmarle, pero obviamente aquello no sucedió. Llegó un punto en el que empezó a morderse las uñas inconscientemente, solo para tener algo que hacer, solo para no caer en la desesperación y en la tentación de volver a subir, a atravesar la ventana y a meterse en la cama con John, a abrazarle y no volver a abandonarle jamás.
Pero aguantó. Ni siquiera supo cómo lo hizo, pero logró soportar toda la noche y prácticamente todo el día sin verle, hasta que John salió de la puerta. Lucía bien: afeitado, ropa limpia y tenía la comisura de los labios algo sucia, lo que significaba que había comido algo. No pudo evitar sonreír, quizás no estuviese tan cerca del colapso como había imaginado…
Le siguió, pero no hizo falta ni doblar dos calles para saber a dónde se dirigía: al bar. El cambio solo había sido momentáneo, seguía en aquella espiral de odio y autodestrucción. Pero aquél día las cosas fueron a peor: le echaron del local. John había lanzado una copa con toda su furia tras la barra y Sherlock no tardó en darse cuenta de por qué: los recuerdos le atormentaban. Moriarty seguía metido en su cabeza y le hacía perder el control.
Rápidamente salió tras él, encontrándose a un lamentable John Watson tirado en la puerta del local, sin su abrigo, sin su cartera, solo con la poca ropa limpia que le quedaba y la palma de la mano llena de cortes causados al apoyarse en la barra en la que habían caído cristales del vaso y el espejo. Sherlock soltó una palabrota por lo bajo antes de quitarse su cazadora, quedando solo con la sudadera, y dejarla caer encima de él, tapándole el rostro.
Sabía que John seguía lo suficientemente mareado como para no molestarse en apartar la cazadora, sino que seguiría ahí, mirando al vacío, mientras un impaciente Sherlock Holmes le quitaba los cristales de la mano como podía y después envolvía la herida con un pañuelo de tela que había sacado del bolsillo de John. Siempre llevaba uno.
Una vez terminó se levantó y se fue calle abajo. John no se iba a molestar en seguirlo, simplemente se pondría la chaqueta y se iría a otro bar mientras tenía algo nuevo en qué pensar: ¿quién narices era el tipo que le cuidaba?
Al menos eso era mejor que que siguiese dándole vueltas a lo que pasó tres años atrás…
- Mycroft H.-
Ya habían pasado tres años desde que Sherlock, su hermano menor, había saltado desde la azotea de Barts al parecer por propia voluntad. No fue hasta unos meses después de ello que John Watson se había presentado en el Club Diógenes para contarle la última llamada del menor de los Holmes, lo que en ella decía, y para recalcar que él no creía nada de ello. Que él seguía creyendo ciegamente en Sherlock, en todo lo que le había visto hacer, en todo lo que había compartido con él desde el primer día que le conoció en el laboratorio de Barts. Y también dejó bastante claro que le cargaba a él gran parte de la culpa. El honorable Mycroft Holmes, una de las personas más importantes para la estabilidad de Inglaterra, no sólo no había sido capaz de proteger a su hermano pequeño, sino que además se lo había puesto en bandeja de plata a su mayor enemigo.
El Hombre de Hielo, así era como le había llamado Moriarty, y sin embargo no podía haber estado más equivocado. La culpa le había ido devorando desde aquella última vez que vio a John Watson. Cada día pensaba en qué habría pasado si hubiese mantenido la boca cerrada, cada noche se la pasaba en vela con la imagen del duro rostro de su hermano, un chico mucho más frágil de lo que aparentaba. Desde fuera ambos Holmes parecían seres no humanos, máquinas sin sentimientos, incapaz de saber lo que es el amor, la decepción, el dolor, el necesitar proteger a alguien, pero no era así. Mycroft amaba a su hermano pequeño igual que todo hermano mayor y sabía que Sherlock no se había suicidado por propia voluntad, sino que había sido ese sentimiento de protección el que le había llevado a ello. Protección hacia John Watson. Eran incontables las veces en las que habían negado que tuviesen una relación, pero también eran incontables las veces en las que se habían protegido el uno al otro. John había matado por Sherlock y Sherlock había muerto por John. Ambos hermanos Holmes habían descubierto que tenían un corazón latiendo demasiado tarde.
Aquella noche salió con Harry, su amigo que tenía el "placer" de trabajar en el Palacio de Buckingham, bajo las órdenes directas de su Majestad. Había ocasiones en las que ambos necesitaban evadirse de sus respectivas obligaciones, y esa noche era una de ellas. Los recuerdos estaban atormentando a Mycroft más de lo normal y Harry… Bueno, no había mucho más que decir, bastaba con mencionar que trabajaba para la Familia Real para comprenderlo.
Decidieron encontrarse en un elegante local del centro de Londres. La entrada no era exclusiva, pero simplemente con ver el porte y elegancia del local la mayoría del mundo se echaba atrás antes siquiera de acercarse a la puerta, por lo que podían gozar de una mínima intimidad para tratar sus problemas, a pesar de que Mycroft jamás comentaba nada sobre la muerte de Sherlock. Ni sobre él mismo. Se limitaba a sentarse ahí, a escuchar todo aquello que Harry tenía que decir, era lo único que necesitaba para poder silenciar su ruidosa mente por unos instantes, para callar la culpa a base de problemas ajenos y alcohol, aunque sabía que nada más volviese a cruzar la puerta del local todos volverían a él con muchísima más fuerza que antes.
No había tenido siquiera el valor para asistir al entierro de su hermano tres años atrás, no había encontrado la valentía para mirar a los ojos a la dichosa Señora Hudson, que parecía la segunda madre de Sherlock, pero sobretodo no había sido capaz de enfrentarse a la acusadora mirada de John Watson, no hasta que apareció en su oasis de paz para perturbarle para siempre. Y sabía que John tenía razones para odiarle, no le culpaba por ello, simplemente había tenido la esperanza de que el dolor en vez de fuerza para enfrentarle le hubiese hundido lo suficiente como para que le hubiese dejado en paz. Tenía que haberlo visto venir… Lo que había habido entre su hermano y el Doctor Watson había sido demasiado fuerte, demasiado intenso como para que el exmilitar se hubiese quedado de brazos cruzados.
Aún así no había vuelto a verle hasta esa noche.
- Mycroft… - borracho. John Watson estaba en uno de los locales más snob de la ciudad completamente borracho - Tú… hijo de la gran puta, tú me robaste a Sherlock.
