- John W.-

Mycroft Holmes. No podía haberse encontrado con otra persona, con cualquier otro ser humano de los miles que viven en Londres, no. Tenía que ver a Mycroft Holmes, sentado tranquilamente frente a un vaso de Whisky de malta, perfectamente arreglado con su traje de tres piezas, sus zapatos italianos, su apurado afeitado… Sencillamente perfecto, como si no hubiese sucedido nada, como si la muerte de Sherlock no hubiese significado nada para él. No podía soportar tanta indiferencia por parte del hombre que había empujado a Sherlock al suicidio, sentía la ira hervir dentro de él empujada por el alcohol.

Antes de darse cuenta siquiera de lo que hacía, le agarró de la solapa de su magnífico y caro traje, le alzó del sillón en el que estaba sentado y le dio un potente puñetazo en su maldita nariz de caballero inglés.

Vio a Mycroft dar un par de pasos hacia atrás, tapándose con una mano el rostro y mirándole perplejo. Pero no hizo nada, no buscó devolverle el golpe ni tampoco protegerse. Y John estaba lo suficientemente bebido como para no darse cuenta de lo que ocurría y simplemente le dio otro puñetazo, esta vez en la mandíbula, haciéndole retroceder de nuevo. El mayor se tropezó con una de las mesas bajas del local y cayó de espaldas junto a un montón de cristalería cara. El local enmudeció. Y antes de que pudiese seguir desahogandose con el imbécil del hermano mayor de Sherlock, alguien le sujetó con fuerza los brazos, inmovilizándole, impidiéndole que avanzase por mucho que lo intentase. John forcejeó, buscando librarse de su cárcel, pero no podía. Aquel hombre sabía exactamente cómo sujetarle, cómo reducirle. Tenía las de perder.

Terminó rindiéndose. Dejó de insistir y cayó de rodillas al suelo, sollozando. El tipo que había estado sujetándole se alejó de él para ir hacia Mycroft, ayudándole a levantarse y poniéndole un pañuelo en la nariz que sangraba incontrolablemente por culpa del acertado golpe que le había dado el exmilitar. Pero a John todo aquello le daba igual. Ahora estaba hecho un ovillo en el suelo, llorando, incapaz de moverse de allí. No podía controlarse, ahora no. Todos aquellos sentimientos que había estado guardando por tres años, el dolor, la ira, la decepción, la tristeza… Todo estaba saliendo en aquél instante, imposible de reprimir. Era un potente río de emociones que no se detendría.

Oyó bullicio a su alrededor, sintió a gente moverse junto a él, agarrarle, pero al final todos se alejaban de él, aunque le seguían mirando. Todos observaban al violento y zafio borracho que, aparentemente sin razón alguna, había agarrado a uno de los más respetables clientes del lugar y le había golpeado sin que el otro tuviese siquiera la oportunidad de defenderse. Pero finalmente hubo alguien que se agachó frente a él, que le puso una mano en el hombro y le empezó a susurrar con voz calmada.

- John… - dijo - John, mirame.

John alzó la vista y vio a Mycroft delante de él. Tenía el rostro manchado de sangre y magullado, pero no se sentía culpable. Realmente tenía ganas de golpearle de nuevo solo por intentar hacerse el amable con él.

Mycroft y el tipo que estaba con él le levantaron y le llevaron fuera del local, allí le metieron en un taxi y le dieron unas cuantas libras. De alguna manera se sentía como algo entre un mendigo y una prostituta. Imposible más humillación. Bueno, realmente no. Aquel taxi le llevó nada menos que al 221B de Baker Street. Tenía suficiente dinero para pedirle al taxista que le llevase a su apartamento, que le alejase de ahí lo antes posible, pero no lo hizo. Se bajó allí y caminó hasta la puerta, pero no pudo avanzar más. Se plantó frente a la entrada, mirando el brillante número que tanto había llegado a significar para él una vez. 221 B. Su hogar, su verdadero hogar, el que compartió una vez con Sherlock y al que había sido incapaz de regresar por el pánico a su simple recuerdo. Pero a pesar de todo su recuerdo había seguido atormentándole, cada día y cada noche. No había podido dejar ir a Sherlock y jamás podría hacerlo.

Suspiró. Aquello estaba siendo demasiado para él, demasiados sentimientos para un solo día. No podía más, le dolía el pecho, más que nunca y le aterrorizaba que su corazón se resquebrajase y se rompiese en miles de minúsculos pedazos, imposibles de volver a reunir. No poder recomponerse jamás, no poder volver nunca a lo que una vez fue.

Se giró, dispuesto a irse a su minúsculo apartamento, a intentar terminar aquella horrible noche de una vez por todas. Pero no pudo. Pues ahí estaban aquellos magníficos ojos grises, verdes y azules, aquel alocado cabello oscuro y rizado, aquella pálida y fina piel… Sherlock.

Parpadeó un par de veces, incapaz de creer lo que sus ojos veían. No podía ser posible, se dijo, Sherlock está muerto. Pero los muertos no hablaban.

- Hola, John.

Su voz. Era la misma voz que recordaba, igual de profunda, de inteligente y a la vez desesperante solo por el recuerdo de todas sus prepotentes palabras. Pero aun así amaba aquella voz y necesitaba al hombre al que pertenecía. Un hombre que había visto caer desde una azotea tres años atrás, al que había creído muerto, que había destrozado su vida, hundiéndole en la más plena de las miserias. Le había engañado, y ahí estaba, de pie frente a él, mirándole, sonriendo como si no hubiera pasado el tiempo, como si nunca hubiese sucedido nada.

Le odiaba.

Caminó hacia él, lleno de furia, y el inteligentísimo detective asesor no tardó en deducir lo que se avecinaba. Lo vio en sus ojos, en la forma en que dio un paso atrás, pero no se cubrió el rostro cuando John le dio el primer golpe en la mejilla izquierda. Ni el segundo. Ni los siguientes. No supo cuánto tiempo estuvo golpeandole, pero si cuando se detuvo. Cuando sus propios nudillos estaban magullados, cuando las lágrimas le impedían siquiera distinguir si lo que tenía delante era el verdadero Sherlock o una alucinación de su perturbada mente, cuando los dos estuvieron tirados en el suelo incapaces de moverse, de sostenerse sobre sus piernas. Cuando su voz resonó de nuevo en sus oídos, con una ternura de la que siempre creyó incapaz a Sherlock.

- John...

Sus brazos le rodearon. A pesar de la paliza que acababa de darle, el le abrazó, le sostuvo contra su pecho, una mano en su nuca y la otra en su espalda, aferrándole con fuerza, como si tuviese miedo de que se fuese a ir, de perderle; pero a la vez había delicadeza en su agarre, como si por sujetarle demasiado fuerte pudiese romperle. Lo que era bastante probable teniendo en cuenta su estado, la verdad.

Sintió como Sherlock ocultaba el rostro en su cuello. Estaba temblando. Entonces algo húmedo rozó su piel y lo supo: lloraba. Sherlock Holmes, el hombre sin sentimientos, estaba llorando. John llevó una mano hacia su cabello, aun confundido, pero en cuando acarició aquellos familiares rizos supo que de verdad era él. De verdad era Sherlock, su Sherlock.

Siguió acariciándole, despacio, esperando a que dejase de llorar, aunque el mismo era incapaz de detener las lágrimas que descendían a toda velocidad por sus mejillas, cayendo sobre la sudadera del menor. ¿Desde cuando llevaba sudaderas? La verdad es que no importaba, lo único que era relevante, como el diría, en ese momento era que había vuelto. Que volvían a estar juntos. Pero aún así John no iba a perdonarle por esos tres años, jamás lo haría. No podía.

- Sherlock H.-

Apenas podía creer lo que habían visto sus ojos: John había golpeado a Mycroft. Haciendo eso te exponías a la mayor de las penas, además de que su hermano mayor tenía a todo un ejército de personas dispuestas a asesinar solo con que él chasquease los dedos. Pero en lugar de ello, Mycroft ayudó a John a levantarse y le llevó a un taxi. Ni amenazas, ni insultos, ni golpearle de vuelta. Sherlock no podía creerlo. ¿Tanto habían cambiado las cosas en los tres últimos años? Bueno, más bien, la cosas habían cambiado por lo sucedido tres años atrás. Jamás pensó que su muerte pudiese influenciar de esa manera a su hermano. No parecía él, no era el Mycroft que recordaba, no del todo.

Aún así no quiso quedarse a comprobar que era lo siguiente que haría su dramático hermano, sino que tomó otro taxi y siguió a John. Sabía que su hermano no conocía la nueva dirección del exmilitar, pero deseaba estar equivocado y que no le hubiese llevado a donde pensaba que iría. Y de nuevo acertó, maldita su inteligencia…

Allí estaba John, de pie frente al 221B de Baker Street y él era incapaz siquiera de bajar del taxi. Estaba deseando hacerlo, correr hacia John, abrazarle, pedirle perdón. Pero aquello no era propio de él, sabía que no podría, ni su cuerpo ni su mente estaban hechas para aquello y así debía ser. Tenía que mantenerse alejado, como siempre. Cinco metros. No podía volver a saltarse la regla, porque si lo hacía podían pasar dos cosas: o se destruiría o destruiría a John. Y aunque lo sabía, no quería admitir cuál le daba más pánico de las dos.

Pero antes de tomar conciencia de lo que hacía, abandonó el coche y se plantó tras él. Simplemente le miró, observó su espalda, su cabello, sus manos destrozadas. John estaba destruyéndose y todo por su culpa. No sabía como arreglarlo, no podía volver atrás.

Entonces se giró. Sherlock no huyó, no esa vez. Decidió que iba a enfrentarse a él pues quizás eso fuese lo que necesitaba. Saber que estaba vivo, quizás eso evitaría que se rompiese.

Tal y como supuso, fue hacia él. Sabía qué iba a hacer, pero aun así su cuerpo no obedeció a su mente y retrocedió. Solo un paso. Tras el primer golpe no volvió a moverse, no intentó cubrirse la cara, pero a cada puñetazo que recibía un recuerdo se iba haciendo más y más claro en su mente. "Hay alguien que te quiere. Si tuviese que golpearte evitaría la nariz y la boca." La Mujer tenía razón, John estaba evitando golpearle la nariz y la boca a pesar de que estaba guiado por la ira. No quería herirle, no seriamente, solo hacerle entender, hacerle sufrir lo mismo que había sufrido él y Sherlock lo entendía y lo quería. Sabía que merecía ese castigo y lo aceptaba. Lo aceptaba sólo por John.

Cayó de espaldas al suelo y John cayó frente a él, aún pegándole, pero sin fuerza. Apenas sentía los golpes de sus destrozadas manos. Tenía los nudillos amoratados, la mano que se había cortado volvía a sangrar y las lágrimas caían por su rostro de forma incontrolable. Por un momento pensó que lloraba por las heridas, pero luego recordó que había sido soldado. Un militar no lloraría por algo así, ¿entonces por qué?

Sólo era una suposición, pero él había vivido el dolor del corazón, las lágrimas que salían aunque no tuvieses ninguna verdadera herida. Lo vivió instantes antes de fingir su muerte y ahora lo veía en John: los ojos hinchados, la mandíbula apretada, la figura encorvada, el dolor en el pecho.

No pudo resistirlo, no pudo aguantar más la distancia y lo abrazó, lo abrazó con fuerza, temiéndo el volver a perderlo, temiendo que alguno de los hombres de Moriarty aún rondase por ahí, dispuesto a hacerle daño, pero el no lo permitiría, no dejaría que John sufriese más, pues había pasado por suficiente dolor para toda una vida.

Ocultó el rostro en el cuello del mayor y respiró. Ahí estaba, el familiar olor de John, aquél suavizante de marca blanca que usaba siempre, el gel de ducha de olor indefinido, la piel de John… Lo había echado de menos, muchísimo, y antes de darse cuenta el mismo volvió a llorar. Sintió como su cuerpo temblaba, pero no tenía frío, no lo comprendía. No hasta que sintió las cálidas manos de John posarse sobre él. Entonces el temblor se detuvo, dando paso a una increíble calma. Por primera vez se sentía tranquilo.

No se molestó en estar pendiente de cuánto tiempo se mantuvieron así, era irrelevante. Sólo se separó de él cuando las lágrimas se agotaron para poder mirarle a los ojos.

- John, yo…

- ¿Como lo hiciste? - su voz sonaba rota, dolida - Mejor dicho, ¿por qué? ¿Por qué me hiciste pensar que estabas muerto?

Sherlock tragó. Había llegado el odiado momento de las explicaciones. No entraba en sus planes tener que revelarlo todo tan pronto, realmente no había esperado ni siquiera tener que revelarlo, pero debía hacerlo. Tenía que contarselo, sólo a John. Sólo por ser John.

Sin responder se levantó, sujetando a su mejor amigo para que hiciese lo mismo. Sin soltarse de su cazadora, tiró de él y abrió aquella puerta que había permanecido tanto tiempo cerrada para ellos. John le siguió sin preguntar, igual que siempre había hecho, pero esta vez notaba la duda en sus pasos. No podía culparle, tenía todo el derecho del mundo a desconfiar de Sherlock. Y Sherlock sabía que quizás jamás pudiese recuperar esa confianza.

Entraron en su antiguo apartamento. Estaba vacío, la Señora Hudson se había desecho de todo, solo se conservaba el mobiliario.

Guió a John hacia uno de los sillones y le hizo sentarse en él, pero en lugar de ir hasta el otro asiento se arrodilló en el suelo a su lado. Ahora que había vuelto a acercarse no era capaz de alejarse de nuevo, no podía dejarle, no tan pronto.

- Tenía que protegerte - comenzó en un susurro - si no saltaba no podía garantizar tu seguridad, así que simplemente lo hice.

Pasaron unos momentos hasta que John habló, totalmente desconcertado.

- ¿Mi seguridad? Sherlock, ¿qué pasó en esa azotea?

Fue entonces cuando el detective se dio cuenta de que estaba agarrando la pernera del pantalón de John. Dios… Era como un niño pequeño, incapaz de alejarse de su madre, pero era realmente lo que le sucedía. Necesitaba tanto a John, se había vuelto tan adicto a él que cualquier mínimo contacto era suficiente para calmar el dolor que sentía.

- Irrelevante. Lo que importa es que estás con vida y yo tengo que volver a desaparecer.

Antes de que pudiese darse cuenta, John estaba en el suelo frente a él, agarrándole por el cuello de la sudadera y con el rostro a apenas un par de centímetros del suyo. Había furia en sus ojos, ocultando un sentimiento más profundo, algo que fue incapaz de ver.

- No, Sherlock. No vas a volver a hacerme esto.