- Mycroft H.-
Tenía lo que se merecía. Nunca había sido compasivo, al igual que su hermano pequeño jamás había permitido que sus sentimientos interfirieran con su día a día. Cuando Irene Adler le dijo cómo le llamaba Moriarty, El Hombre de Hielo, supo que acertó de lleno. Nunca había sentido remordimientos por nada, siempre había mantenido la sangre fría en todas sus acciones sin dejar que le afectase ninguno de sus actos. Nunca hasta que su hermano pequeño había saltado desde la azotea de Barts. Aún seguía culpandose por aquello y siempre lo haría. John Watson tenía razón, había sido él quien le había empujado desde aquel tejado. Le había traicionado y no se lo perdonaría jamás. Pero como siempre, no mostraba aquellos sentimientos, sino que se mantenía frío e indiferente, concentrado sólo en su trabajo, pues no tenía nada más. Inglaterra dependía de él y él dependía de Inglaterra.
Pero había algo que no cuadraba en esa historia. Cierto que su hermano nunca había sido alguien con estabilidad emocional, pero John Watson había proporcionado algo de equilibrio a su vida. Además de que se quería demasiado a si mismo como para suicidarse. Tenía que haber una muy buena razón para que saltase y no había que ser un lince para ver que Moriarty le había amenazado, seguramente con hacer daño al Dr. Watson. Y esa había sido su perdición. El desarrollar un vínculo con alguien le había traído de vuelta al mundo y también le había apartado de él para siempre.
Aún así no conseguía asimilar un Sherlock muerto, no. Había algo más tras esa historia, algo por desenterrar. Su hermanito pequeño no se habría ido dejando tantos cabos sueltos. Algo debería haber que aún no había visto, pero tenía paciencia. Sabía que aún faltaba un acto más de aquella obra dramática en la que se habían convertido sus vidas.
Después todo, se sentía responsable del Dr. Watson después de haberle robado así a Sherlock, así que, inconforme con la nariz rota y haberle llevado de vuelta a casa, decidió echar un vistazo al 221B de Baker Street. Era cierto que John ya no vivía allí, sino que residía en un apestoso apartamento en el que apenas había sitio y mucho menos higiene. Pero estaba claro que no iba a enviarle de vuelta a ese desastroso lugar, le vendrían mucho mejor los cuidados de la dichosa Señora Hudson. Mycroft nunca llegó a soportarla, pero sabía de sobra el aprecio que le tenían su hermano y el doctor, así que era algo con lo que lidiar.
Fue ese inconformismo el que le llevó a activar de nuevo las cámaras del piso en el que una vez residió su hermano menor para comprobar que John seguía bien. Bueno, todo lo bien que podía estar…
Una vez tomó su botella de Whisky y su vaso con hielo del cajón de su escritorio, los colocó sobre la mesa y encendió su ordenador portátil. Era la primera vez en tres años que activaba aquel antiguo mecanismo de vigilancia y necesitaría un poco de "ayuda" para pasar esa noche. Por eso llenó el vaso mientras la imagen cargaba. Se lo llevó a los labios, dispuesto a tomarlo de un solo trago, pero el vaso resbaló de sus manos, estrellándose en el suelo, nada más la imagen apareció en pantalla.
No podía creer lo que veían sus ojos. Tenía que ser alguna grabación antigua o algo parecido, porque aquello era imposible. Pero pronto comprendió que lo que estaba viendo era en directo: no sólo la fecha y hora de la grabación lo confirmaban, sino que las ropas que llevaba Sherlock, el aspecto de John, el estado del piso… Todo era completamente distinto a como había sido en los días en los que su hermano aún vivía.
Dejó escapar una irracional carcajada al darse cuenta de lo irónico que era pensar en los días en los que Sherlock aún seguía vivo cuando lo estaba viendo, mejor que nunca, en aquella pantalla. Estaba tirado en el suelo, de rodillas frente a un John Watson que le sujetaba de la sudadera, una prenda con la que jamás pensó ver a su hermanito, seguramente amenazándole por alguna razón. No le culpaba, la verdad. Después de todo por lo que el doctor había pasado encontrar al causante de toda su desgracia debía haberle enfurecido.
Ignorando por completo la bebida derramada en la moqueta de su despacho, apoyó los codos en el escritorio y la barbilla sobre sus nudillos mientras cerraba los ojos, asimilando lo que estaba sucediendo: Sherlock realmente seguía vivo, lo que confirmaba innecesariamente la teoría de que se había lanzado al vacío coaccionado por Moriarty. Quedaba una incógnita en el aire: cómo se había salvado. John Watson había presenciado su muerte en vivo y en directo, no habría forma de engañar a ese hombre respecto a su hermano pequeño, así que tendría que haber habido otro método. Pero eso no era relevante en ese instante; lo que importaba era que su deuda con el doctor ya estaba saldada y que ahora aquel extraño par de Baker Street volvía a tener que arreglárselas solos. Lo que también significaba que habría que entrar a reparar los micrófonos estropeados…
Abrió los ojos, aún algo confuso, solo para comprobar que no eran alucinaciones suyas, pero no hizo falta ver lo que presenció para tenerlo claro. Rápidamente cerró la tapa del ordenador y se levantó con una sonrisa en los labios. La "resurrección" de su hermanito significaba que un nuevo juego comenzaba en la ciudad. O puede que fuese la continuación de una antigua partida…
- Sherlock H. -
Quería llorar. Las lágrimas ardían en sus ojos mientras veía a un furioso John Watson a apenas un par de centímetros de él. Era cierto que estaba enfadado, pero eso no era lo que hería a Sherlock, sino ver que sus manos temblaban mientras le agarraba, que las ojeras de sus ojos se veían mucho más oscuras desde tan cerca, que estaba magullado y, sobretodo, que lloraba. Parecía no darse cuenta de ello, pero las lágrimas bajaban por su cara a toda velocidad, estrellándose contra sus pantalones y el suelo.
No pensó en lo que hacía, su cuerpo se movía por si solo para tomar las temblorosas manos de John y alejarlas de su cuello. El exmilitar no opuso resistencia, se limitó a observarle, al parecer sin comprender.
Sherlock tardó un par de segundos en hacer el siguiente movimiento, pero finalmente acarició con ternura la mejilla del mayor, apartando con el dedo pulgar las traviesas lágrimas que seguían escapando de sus cansados ojos. Después le atrajo hacia él, despacio, acariciando su nuca mientras tiraba de él para poder apoyar la frente en la suya. Le había echado muchísimo de menos, tanto que hasta dolía. Y eso que él había podido verle, no quería ni imaginar el dolor que debía haber sufrido John al pensar que el ya no estaba, que de verdad había muerto, que no volvería a verle…
Tragó, abrumado por su propia imaginación al pensar en un mundo en el que no pudiese ver jamás a John, en el que tuviese que despedirse de él para siempre y no pudo soportarlo un segundo más. En un solo movimiento le abrazó con fuerza mientras sus labios se posaron sobre los de él.
Lo siguiente que sintió fue un doloroso golpe en la mejilla y que todo se tornó negro.
- John W. -
Sherlock holmes siempre había sido un completo imbécil y nunca iba a cambiar. De todas formas no había sido su intención dejarle inconsciente con aquel último puñetazo… Pero se lo había ganado. ¿En qué parte de su enloquecida mente se escondía la razón de que besarle era una buena idea? No había cambiado nada en esos últimos tres años, seguía siendo el mismo genio pedante que no tenía la más mínima idea sobre las cosas más básicas.
Pero aún así, a pesar del cabreo y del puñetazo, John sonreía como un idiota. Y se daba asco a si mismo por ello. De todas formas él seguía siendo un médico y Sherlock seguía siendo su mejor amigo. Daba igual que le hubiese mentido por tanto tiempo, que seguramente no fuese a ser capaz de perdonarle jamás, era su amigo. Por eso mismo le levantó como pudo y le tumbó en aquel sofá, ahora lleno de polvo, en el que tantas veces se lo había encontrado pensando en cosas que para él no tenían ninguna conexión, al menos hasta que él se las explicaba. Siempre había sido así: Sherlock se aislaba, ignoraba al resto del universo hasta llegar a la conclusión que buscaba y por último se dignaba a explicarle todo a los idiotas, como el los llamaba. Hacía mucho que John había dejado de molestarse por esa palabra, incluso a veces se la había tomado como un cumplido. Viniendo de Sherlock uno nunca sabía qué pensar…
Caminó hasta el cuarto de baño, rezando porque la Señora Hudson hubiese mantenido allí el botiquín. Agradeció a Dios que así fuese. Ninguno de los elementos que tenía que usar había caducado, así que se arrodilló junto al resucitado Holmes y comenzó a atenderle las heridas del rostro que él mismo le había hecho.
Fue entonces cuando una voz que creía olvidada regresó a su mente: "Alguien le quiere. Si tuviese que golpearle evitaría la nariz y la boca". La maldita Irene Adler. Aquella mujer que había jugado con él y con Sherlock. Aquella que consiguió robarle, al menos durante un tiempo, a su mejor amigo. Pero lo que su cerebro quiso recordarle no fue la figura de La Mujer, sino esa frase en concreto. "Alguien le quiere" dijo. En ese momento se dio cuenta de que en el rostro de Sherlock no había ni una sola magulladura en los labios y boca. ¿Eso significaba que le quería…? Bueno, estaba claro que debía quererlo, después de todo era su mejor amigo, pero sabía perfectamente a qué se refería Irene Adler con esa frase. Quien no lo tenía tan claro era John.
Durante los últimos años había dejado que el recuerdo de Sherlock le abrumase, se había dejado destruir por la adicción que tenía a él, por la necesidad de su presencia y su insoportable pedantería. En ocasiones se había visto a si mismo como al detective cuando estaba falto de algún caso o de nicotina. Desesperado y a la vez deprimido; más activo que nunca y a la vez sin ganas de nada. ¿Se podía ser adicto a una persona? A pesar de que él mismo era médico no tenía respuesta a esa pregunta, pero por alguna razón, viendo a Sherlock con los ojos cerrados, calmado por una vez en su vida, si pudo imaginarle como una droga.
Antes de que pudiese darse cuenta de ello, John cayó dormido. Aún tenía un algodón en la mano derecha y su cabeza descansaba sobre el brazo de Sherlock. Pero lo que le despertó fueron unas suaves caricias en su cabello. Medio adormilado aún, sonrió sin abrir los ojos. Puede que Sherlock fuese un completo imbécil, pero era un imbecil adorable. Era como un niño pequeño: tenía una mente increíblemente despierta, pero no sabía nada del mundo y necesitaba aprender. La pena es que normalmente tenía que aprender por las malas.
- ¿Sherlock…?
Murmuró lentamente mientras al fin se dignaba a abrir los ojos. Pero lo que vio no fue lo que había deseado. No era Sherlock el que le despertaba suavemente a base de caricias, sino la adorable Señora Hudson.
Su primer impulso fue gritar, levantarse, romper algo. Pero no lo hizo. Se quedó donde estaba y simplemente suspiró mientras se erguía despacio. La Señora H. no le había hecho nada malo y no se merecía que pagase su cabreo con Sherlock con ella. Así que se levantó y dejó caer el algodón dentro del botiquín abierto.
- Hacía mucho que no la veía Señora Hudson. ¿Cómo se encuentra?
- Muy bien cielo, gracias por preguntar - dijo con su amable sonrisa antes de dirigirse a la cocina - Hace tres años que no pasas por aquí… ¿Un poco de té?
- Si, por favor - John la siguió despacio - Llegué anoche por casualidad. Siento si la he molestado.
- Oh no, cariño, nunca molestas.
Una de las cosas que más había odiado de esos tres años era la compasión que la gente le mostraba. Cierto que lo pasaba mal, pero saber que se notaba tanto era aún peor. Completamente insoportable. Pero la Señora Hudson siempre le había tratado bien, con el mismo cariño. Por eso se sentó en la mesa de la cocina y observó cómo le preparaba un té. Empezaba a notársele la edad en sus movimientos, pero su sonrisa seguía siendo tan brillante como siempre, igual que su forma de ser.
Un par de horas y una buena charla más tarde, salió de Baker Street con dos nuevos propósitos: el primero dejar la mala vida en la que se había visto envuelto por los últimos años; y el segundo encontrar a Sherlock y pedirle explicaciones. Y quizás darle otro puñetazo, era un perfecto desestresante.
Pero sus planes se habían visto truncados por el destino. Bueno, más bien por Mycroft Holmes, pues nada más la puerta del 221B de Baker Street se cerró a su espalda, un lujoso coche negro aparcó frente a él y una preciosa chica le abrió la puerta. Se sorprendió al ver que no era la misma mujer de siempre, pero no hacía falta ser un lince para ver la huella del mayor de los Holmes en todo aquello.
También sabía que no tenía el más mínimo sentido resistirse a ello, así que saludo a la mujer y entró en el asiento trasero del coche. Tendría que recordarle de nuevo a aquél tipo que tenía un teléfono móvil y que podía llamarle como la gente normal.
Holiiiii! :33 Lady B a vuestro servicio (?)
Lo primero muchas gracias a tod s los que seguís Nicotine y el resto de mis fics, es genial saber que a la gente le gusta lo que haces *o* Lo segundo, gracias en especial a mi pelirroja Titxu, que me obliga a seguir escribiendo a base de latigazos (?) ok no xD y a mi oppa Dany que aunque no lo vaya a leer aquí lo pongo (?)
Se que con Nicotine voy más lenta de lo que fue con Víctima de la Rutina, pero es que me cuesta más trabajo escribirlo, ya que es un estilo completamente distinto. Además, a la vez estoy escribiendo otro fic que empezaré a subir cuando se me ocurra un título. Creo que esa es mi mayor frustración xD
No se cuanto se alargará este fic, pero espero que lo sigáis hasta el final ^^
¡Gracias! 3
