- Sherlock H. -

Tras tanto tiempo soportando la distancia, esperando a que todo volviese a su lugar, a que el peligro desapareciese, no había podido aguantarlo más y había vuelto a caer en la adicción. Sólo con una pequeña probada de John, con un ligero contacto había destrozado todo, había mandado toda su determinación a la basura. Le había seguido hasta Baker Street, había dejado que le golpease y secretamente había deseado que aquello hubiera ido más lejos, pero no dijo nada. Simplemente entró con él al apartamento que habían compartido y le besó. Ni siquiera comprendía por qué lo había hecho, pero sintió esa necesidad. Era como si el mundo fuese a terminar si no lo hacía. Su corazón se habría detenido si no hubiese probado aquellos labios, llenos de llagas por culpa del frío, del alcohol y de la tristeza, pero igualmente deliciosos, especiales. Eran los labios de John y eso bastaba para que fuesen inigualables.

La reacción de John era de esperar, lo que no imaginaba era que el puñetazo que le dio le dejara inconsciente. Por suerte para cuando volvió en si, John se había quedado dormido a su lado y pudo huir sin ser descubierto.

Tenía que volver a abandonarle, a alejarle del peligro antes de que de verdad las cosas se le fueran de las manos a Sherlock. Había seguido un complicado y doloroso plan durante años, uno en el que la única ayuda había venido de la joven Molly Hooper, a la cual tampoco veía desde la caída. Pero le había servido para llevar todo eso adelante, le debía muchísimo y seguramente algún día le compensaría por todo aquello. Pero por el momento lo importante era alejarse de nuevo de todos, pero sobretodo de John. Un John Watson que le odiaba desde el fondo de su corazón y lo peor de todo es que le había dado razones más que suficientes para hacerlo, lo cual sólo hacía que doliese aún más. Debía irse y John quería que se fuera. Sencillamente perfecto.

Aunque en parte aquello lo había hecho más sencillo. A pesar de todo, aún había algo que les unía y cuanto más se alejaba más dolía aquella unión. Era irónico que él estuviese sufriendo por algo tan abstracto como aquello, después de todo se había pasado toda la vida huyendo de los sentimientos, ignorando lo que, como solía decir la gente, su corazón le decía. Los sentimientos como el amor solo eran una reacción química, algo totalmente lógico y nada "mágico", pero era en esos momentos en los que se daba cuenta de por qué las personas hacían ciertas cosas. Realmente el amor era un motor fuerte, pero aún desconocía qué clase de amor era el que sentía. ¿Amor de hermanos? No podía saberlo, ya que Mycroft no valía para comparar. ¿Amor entre amigos? Bueno, de nuevo sin referencias. ¿Amor romántico…? En ese sentido no es que no hubiese referencias, es que no quería recordarlas. Oh sí, el asocial y frío Sherlock Holmes ya sabía lo que era tener pareja. Una experiencia realmente contraproducente desde su punto de vista, por eso había abandonado aquella idea años atrás. Idea que no había vuelto a él hasta cierto día en Baker Street. El destino se la jugaba, si es que había algún destino.

Fue esta extraña mezcla de pensamientos, situaciones y dudas la que hizo que de nuevo se saltase el siguiente paso de su plan para terminar haciendo algo completamente diferente. Por eso deslizó un pequeño regalo en el bolsillo de John antes de huir por la puerta, no sin antes echar un último vistazo a aquel médico exmilitar que tantos quebraderos de cabeza le producía. Memorizó su imagen, su rostro tranquilo por primera vez en años, sus hombros con aquella tensión que jamás desaparecería de ellos por culpa de Afganistán, la ligera sonrisa en aquellos labios que pocas horas antes se había atrevido a besar, con dolorosas consecuencias. Sonrió. Daba igual cuantos puñetazos le diese, volvería a hacerlo, solo por aquel maravilloso estallido de emociones descontroladas en los ojos de John. Y en los suyos propios, pero eso ni siquiera Sherlock podía saberlo.

De nuevo se convirtió en una sombra más entre las miles de ellas que habitaban Londres. Un completo desconocido en un mar de vidas anónimas, vidas que no tenía sentido analizar, curiosidades que no tenía sentido descubrir, no si no tenía a alguien para escucharlas. A alguien que le halagase o que le mandase a la mierda, pero al final alguien. Y Sherlock no quería admitirlo, pero ese alguien tenía nombre, apellidos, familia y una extraña forma de saludar a los viejos amigos. ¿Amigos? Sería un completo hipócrita si aún dijese que eran amigos. Realmente lo era, pero más que por hipocresía por miedo a perder algo tan verdadero. Aunque ya lo había perdido.

Antes de darse cuenta siquiera, había llegado a su apartamento, aquel alquilado bajo un nombre falso gracias a la capacidad de mover ciertos hilos que otorgaba un nombre que una vez fue secreto, pero que ahora era casi tan famoso como el suyo. Mycroft era más útil cuando no sabía que lo era, aunque si de verdad no le había descubierto en tres años era que su hermano mayor había perdido prácticamente todas sus facultades. ¿La edad? Eso pensaba Sherlock. ¿La pérdida? Quizás lo más cercano a la verdad.

Subió al dormitorio, se deshizo de aquella ropa a la que se había acostumbrado a la fuerza y se dejó caer sobre la cama. Intentó concentrarse en el techo, como siempre hacía, para hallar la respuesta a preguntas que ni siquiera se había hecho aún, pero no pudo aguantar la tentación. Tomó su ordenador portátil y lo buscó, pero lo que vió le hizo saltar de la cama, sin importarle que la máquina cayese al suelo haciéndose añicos, y salió corriendo a la calle. Lo había hecho. Había tirado por la borda todo el sufrimiento de los últimos años, todo por no haber sido capaz de soportar su adicción.

- John W.-

Por un instante se sintió igual que años atrás. Sentado en un coche desconocido junto a una preciosa chica de la que tampoco sabía nada y sin saber a dónde iba. Exactamente igual que la vez que conoció a Mycroft, la vez que le llevó al Club Diógenes, la vez que descubrió que Irene Adler seguía viva. John sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando recordó a aquella mujer. Sentía un odio completamente irracional hacia ella y se negaba a admitir que aquello era culpa de los celos. Simplemente aceptaba que le había molestado que aquella mujer se hubiese metido en sus vidas, que hubiese acaparado la atención de Sherlock y que les pusiese en peligro sin oportunidad de escapar.

Pero no era momento de pensar en Irene Adler, sino en qué querría esa vez Mycroft Holmes. Aunque, visto lo que pasó la noche anterior, seguramente querría devolverle el puñetazo o algo parecido. Y John admitía que se lo merecía, pero no le apetecía demasiado que aquel estirado le golpease con su paraguas.

Suspiró mientras miraba por la ventana, pero apenas le dio tiempo a ver el paisaje, pues entraron en un túnel. Desapareció toda luz del ambiente, excepto la pequeña iluminación de la pantalla del móvil de la chica junto a él. ¿Es que Mycroft siempre contrataba mujeres adictas al Whatsapp? Para cuando salieron del túnel estaban en una zona de la ciudad por la que no había vuelto a pasar en años: estaban frente a la escuela de Estudio en Rosa.

Sintió que la boca se le secaba, que se quedaba frío mientras sus ojos recorrían el edificio nerviosamente. No podía estar allí, no quería. Y Mycroft no era tan cruel como para llevarle al lugar donde se forjó su amistad con Sherlock, donde le salvó la vida por primera vez, donde comenzaban todos sus recuerdos. Algo iba mal.

Y cuando se giró lo tuvo completamente claro.

El cañón de la pistola estaba apoyado sobre su frente y no supo decir si estaba más frío el metal o él. ¿Jamás terminarían los peligros? Al parecer no. Simplemente tragó y dejó escapar un pequeño suspiro, relajándose. No tenía sentido ponerse nervioso, no solucionaría nada y tampoco es como si fuese la primera vez que estaba al borde de la muerte, pues Sherlock se había encargado de que tuviese experiencia en ello.

Sherlock… Recordó lo que ocurrió en esa escuela, como le vio desde el edificio de enfrente, a punto de tragarse una pastilla que con toda seguridad le mataría. Recordó cómo sacó el revólver, como apuntó al taxista, como disparó para salvar la vida a quien por aquel entonces era un completo desconocido. Ese fue el instante en el que empezaron a ser amigos.

El coche finalmente se detuvo y un hombre abrió su puerta. Salió sin necesidad de que le dijeran nada y caminó junto a la mujer del teléfono hasta el edificio en el que entró Sherlock años atrás. Sentía el cañón del arma clavarse en su costado, pero no dejó que eso le molestase, simplemente se dejaba llevar pues, ¿qué otra cosa podría hacer? Cierto que no le sería complicado reducir a aquella chica que rondaría los 25 años, pero fuese quien fuese el que le quería allí, sabía que John tendría la suficiente curiosidad como para ir a donde le llevasen sin oponer resistencia. Dios… Era realmente previsible, pero también era listo y sabía que aquello tenía que ver con Sherlock. Y por supuesto, que si huía entonces, encontrarían la forma de volver a arrastrarle hasta ellos y de forma mucho menos delicada, eso seguro.

Le guiaron hasta la sala donde se llevó a cabo del juego entre el taxista y el detective consultor, pero allí entró solos. Suspiró antes de avanzar hacia la única fuente de iluminación de la sala, una lámpara cuya luz se concentraba en una única mesa, y se paró frente a ella.

- ¿Podríais enteraros de una vez de que tengo teléfono móvil? Parece que os ponéis de acuerdo para hablar conmigo todos de la misma forma.

Fue entonces cuando un hombre avanzó un paso, entrando en el área iluminada. Era un hombre poco mayor que él, de pelo oscuro y una barba corta y cuidada. Sus ojos eran color avellana, fríos y serios, y su postura era militar. Puede que tantos años con el detective hubiesen dado sus frutos, pues con un solo vistazo consiguió bastante información, pero no lo que más le interesaba:

- ¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mi?

- Oh, tranquilícese Señor Watson, no hay por qué alterarse.

Sintió un escalofrío al escuchar su voz. Era calmada y suave como la de Mycroft, pero había algo en ella que no estaba bien, que resultaba realmente perturbador.

- Disculpe pero creo que tengo derecho a alterarme cuando un desconocido me trae a punta de pistola hasta uno de los lugares más apartados de la ciudad.

Aquel hombre rió, antes de apoyar un bastón de marfil en la mesa, desabrochar la chaqueta de su traje y sentarse, haciendo un gesto a John para que le imitase. El exmilitar aceptó y se situó frente a él, mirando fijamente el bastón antes de volver sus ojos de nuevo a él cuando habló.

- Permítame decirle Doctor que no somos desconocidos. Es más, nos hemos encontrado las suficientes veces como para considerarnos amigos cercanos.

Las cosas estaban tornándose de una forma que a John no le gustaba nada, pero antes de que pudiese abrir la boca para hablar, aquél hombre comenzó de nuevo con su perturbadora actuación.

- ¡Oh! Disculpe mi descortesía. Soy el General Sebastian Moran, un placer.

Le tendió la mano, pero él no la estrechó, sino que se limitó a mirarle completamente frustrado hasta que finalmente tuvo oportunidad de hablar.

- Dejé el ejército. ¿Qué puede querer un General de mí? Y sigo insistiendo en que no le he visto jamás.

- Pero yo a usted si, Dr. Watson.

El General Moran se inclinó hacia adelante y bajo la luz pudo ver la falsedad de su sonrisa, la locura en sus ojos y la marca en su gesto de los cientos de muertes que había dejado a sus espaldas, con las que había manchado sus manos.

- ¿Recuerda el Juego? ¿Los pitidos? ¿Las bombas? ¿La piscina?

John si que recordaba, pero no respondió, no hacía falta para saber quién era.

- Así es , soy el francotirador que tuvo su vida en las manos. Solo me hacía falta mover un dedo para terminar con usted. Tuve infinitas oportunidades y sin embargo aquí está, vivito y coleando.

- ¿Qué quiere de mi?

- Estoy seguro de que ya lo sabe.

- Sherlock Holmes está muerto -sintió algo romperse dentro de él al pronunciar esas palabras- se suicidó por culpa de su jefe.

- Ambos sabemos que eso no es cierto.

Y John sabía que el era horrible mintiendo. Se mordió el labio desesperado y se inclinó hacia adelante, mirando a los ojos a aquel hombre, resistiendo el miedo que le provocaba aquella mirada, y habló, completamente sincero.

- No se dónde está Sherlock Holmes, ahora deje que me vaya de aquí.

Se levantó y caminó hasta la puerta, dispuesto a irse, a escapar de aquella locura, pero alguien se interpuso entre él y su libertad.

- Cuánto tiempo, John.


Hey!

De nuevo Lady B a pedir disculpas :33

Siento haber tardado tanto esta vez en subir el capítulo, pero he tenido que hacer un trabajo para la uni y no he tenido tiempo.

También creo que me ha quedado más corto de lo normal, pero quería dejaros con la sopresa para el siguiente capítulo :P

¿Quién creeis que le ha cortado el paso a Jawn? ewe

Volveré con el próximo capítulo pronto ^^

¡Espero que os guste!

XOXO