- John W. -

La luz entraba por la ventana, apuntando directamente sobre sus ojos. Los recuerdos eran borrosos en su mente, excepto ciertos detalles horriblemente nítidos. Por suerte o por desgracia, la llegada a aquella cama y cuanto tiempo llevaba en ella no formaban parte de esos recuerdos claros.

John tardó unos momentos en darse cuenta de que no estaba en su piso, sino en Baker Street. En su habitación de Baker Street, tirado sobre una cama que una vez fue suya, en el centro de un dormitorio vacío casi por completo. Una ligera sonrisa, más nostálgica que otra cosa, cruzó su rostro por un instante, al igual que el recuerdo de una voz, una frase que marcó el principio de todo: "Me llamo Sherlock Holmes y la dirección es Calle Baker 221B. Buenas tardes".

Cerró los ojos, haciéndose un ovillo sobre la cama, abrazándose a si mismo buscando un poco de calor por culpa de la falta de mantas. Necesitaba reflexionar un poco, aceptar todo lo que le había pasado en los últimos días y buscar una forma lógica de reaccionar a ello. ¿Pero cómo puedes resolver lógicamente algo completamente ilógico? Nada tenía sentido. ¿Sherlock? ¿Adler? ¿Moran? Todo aquello parecía sacado de una novela del más imaginativo de los escritores y de ninguna manera podía ser cierto. Debía tratarse de una horrorosa pesadilla, una de la que debía despertar lo antes posible antes de enloquecer por completo. Porque eso es lo que le pasaría si se dejaba llevar por ello, por el abrumador sentimiento que le inundaba cada vez que pensaba en que Sherlock estaba vivo.

Pero no lo estaba. Sherlock se había suicidado y no había vuelta atrás.

Entonces lo sintió. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas, que no era real. Pero la segunda vez que lo notó, esa brisa sobre su nuca, supo que era completamente real. Al instante se giró en el colchón y a punto estuvo de soltar un grito al verle. Estaba tumbado junto a él, dormido placidamente, aunque con el ceño fruncido. Sus rizos estaban aplastados contra su rostro por culpa de la almohada y su boca estaba cerrada en una tensa línea. No descansaba, no del todo.

No pudo evitar soltar una pequeña risa al darse cuenta de que en vez de cabrearse por la invasión estuviese pensando en lo abatido que lucía Sherlock.

Apenas pasaron unos segundos cuando Sherlock abrió los ojos. Aquella vez sus iris eran del mismo azul del hielo, claros y penetrantes, que se hundían en la mirada de John, buscando dentro de él como siempre hacían. Ya no le resultaba molesto, más bien todo lo contrario. Era una sensación cálida, familiar. Hacía tiempo que no le parecía que invadiese su intimidad cuando le miraba así, sino que compartían algo secreto, especial entre ellos dos, único. Una conversación sin palabras. Pero aquel silencio no duró demasiado.

- John…

- Hola, Sherlock.

- ¿Esta vez no vas a darme un puñetazo?

- Si no te lo buscas no.

Ambos sonrieron, Sherlock algo menos que John, pero igualmente fue una sonrisa y al exmilitar aquello le bastaba, al menos de momento.

- ¿Es real?

- ¿El qué?

- Tú… Todo.

- Si.

Los minutos pasaron mientras se miraban el uno al otro. Era la primera vez que Sherlock guardaba un silencio tan generoso. Estaba esperando a que John asimilase todo, a que aceptase de una vez lo que le estaba ocurriendo y a que, quizás, volviese a él como había estado una vez. El orgullo del exmilitar le quería impedir que cediese, pero su corazón le empujó a pronunciar aquellas palabras.

- ¿Cuándo empezamos?

Sherlock sonrió. Pero esta vez de verdad, la sonrisa que Sherlock ponía cuando estaba realmente emocionado por un caso. Se volvía un niño en el día de Navidad, cuando veía todos sus regalos y no era capaz de decidir por cual comenzar, pues todas las opciones lucían fantásticas a sus brillantes ojos.

Se levantó de un salto de la cama y sacó de Dios sabe donde su bata. La que siempre llevaba. Se la puso sobre la camisa y juntó las manos frente a sus labios pero, ¿cuándo había vuelto a sus camisas ajustadas y pantalones negros? Tampoco importaba, pues el detective había comenzado a divagar en voz alta, repasando todo lo ocurrido y la verdad John no era capaz de concentrarse en sus palabras, pues sus pensamientos estaban centrados en la felicidad que había vuelto a él a la vez que la normalidad en su vida. Y tampoco fue capaz de evitar la carcajada que salió de sus labios al darse cuenta de la ironía de su vida cuando la normalidad para él era lo extravagante para el resto del universo.

Se tomó su tiempo para levantarse de la cama y antes de que se diese cuenta, Sherlock había salido de la habitación y estaba en la cocina, despotricando en voz alta sin importarle nada. Entonces, otra frase familiar llegó a su oídos.

- ¡Ah, Señora Hudson! No me vendría mal un té, gracias.

Entonces la Señora Hudson diría: "No soy tu criada, Sherlock". Pero la frase no llegó. Hubo un silencio y después un portazo.

John bajó corriendo hacia la cocina, pero estaba vacía, igual que el salón, el baño y todo el piso. Baker Street estaba vacío y de nuevo él estaba solo.

Se dejó caer sobre el sofá y hundió el rostro en sus mano, dejando escapar un sollozo desesperado

al darse cuenta que de verdad todo había sido un sueño. Nada era real, habían sido alucinaciones causadas por el exceso de alcohol. Los recuerdos habían podido con él y finalmente había caído en la locura, aquello que siempre había temido.

Entonces lo oyó. Un simple pitido. Un móvil. Pero él no tenía móvil. ¿Alucinaciones? No. Las alucinaciones no iban acompañadas de vibraciones en el bolsillo. Tenía un móvil, uno que conocía muy bien. Estudio en Rosa. ¿Seguía envuelto en el remake de el primer caso que vivió con Sherlock? Al parecer así era. Tenía un mensaje, una foto. Sonrió. Habían llegado al segundo caso.

Observó la imagen atento y automáticamente los recuerdos llegaron a su cabeza, como si jamás se hubiesen desvanecido, como si nunca hubiese ocurrido nada que le hubiese hecho desear olvidarlos. La foto era la misma que él había sacado años atrás, cuando perseguían a la banda de contrabandistas chinos. Era el muro junto a las vías en el que estaban pintados con spray amarillo los números del código que les llevó al túnel del tranvía. Bueno, más bien lo que llevó a Sherlock hasta allí, a él le habían arrastrado junto a Sarah. Sarah… ¿Qué habría sido de ella?

Su relación nunca había avanzado, principalmente por la culpa de Sherlock, pero aún sin él no habría funcionado. Con el paso del tiempo John se había dado cuenta de que no había nacido para tener algo serio con una mujer, pues de una forma u otra siempre terminaba destrozándolo todo. Con o sin la ayuda de Sherlock. Y la prueba de ello era que en los últimos años, con su amigo "muerto", tampoco había sido capaz de tener algo que durase más de un par de meses. Era incapaz de soportar más tiempo; se había vuelto arisco, asocial, solo añoraba la compañía de Sherlock. Era lo único que necesitaba, lo que ocupaba su mente día y noche, lo que le había empujado a destrozarse en cuerpo y alma. Pero ahora estaba de vuelta.

Aquello era algo que realmente le asustaba si lo pensaba friamente. Su mejor amigo había vuelto de entre los muertos y se comportaba como si el tiempo no hubiese pasado pero, ¿y él? ¿Qué pasaba con el triste y solitario John Watson? Había perdido todo y no se veía capaz de recuperarlo. No le quedaba nada, sólo Sherlock, ¿era esa la vida que tendría? ¿sólo él, un exmilitar devastado por completo, y Sherlock, un verdadero sociópata con un claro síndrome de asperger?

Tampoco tuvo tiempo de pensar mucho más en ello, pues otro mensaje llegó al teléfono rosa mientras se ataba los zapatos. Siempre se sorprendía a si mismo haciendo lo mismo: siguiéndole sin preguntar. No había aprendido nada en los últimos años.

"Hay un cadáver. No avises a la policia.

-SH"

Eso era lo único que decía el mensaje. John sintió que se quedaba sin aire. Una mujer había sido asesinada y Sherlock le pedía que no dijese nada. ¿Cómo podía ser así? El inspector tenía derecho a saber lo que había ocurrido, después de todo había un cadáver sin identificar en la ciudad. Haría caso a Sherlock respecto a lo de no llamar a la policía, pero nada le impediría avisar a su amigo. Su amigo… Después de todo aún le quedaban cosas por las que luchar.

Buscó en la agenda del teléfono y no le sorprendió ver que el número de Lestrade estaba guardado en los contactos, junto al de Mycroft, Sherlock, la Señora H. y Molly Hooper. Ahí estaba su vida, no necesitaba más. Sonrió, y se sintió horrible por sonreír en aquellas circunstancias, pero no podía evitar sentirse feliz al darse cuenta de que no había perdido todo, de que había cosas que jamás dejaría atrás, personas que nunca le abandonarían.

Pulsó el botón de llamada y esperó a que Lestrade cogiese el teléfono, poniéndose más y más nervioso a cada tono que sonaba, resonando en su cabeza, atormentándole. La llamada se cortó. Probó por segunda vez y ocurrió lo mismo, al igual que la tercera y la cuarta. Algo ocurría, no podía contactar con Lestrade y él nunca olvidaba su teléfono, siempre lo llevaba encima, siempre alerta. Le había pasado algo, algo grave.

Decidió ir a buscarlo por su propia cuenta. Sherlock podía arreglarselas solo con un cadáver, así que lo principal era encontrar al inspector, asegurarse de que estaba bien, pero John no llegó a abandonar Baker Street, pues lo que vio en el pavimento frente a su casa le dejó helado.

- Sherlock H. -

Puede que John Watson no fuese precisamente un genio, mas bien estaba dentro de la media, pero Sherlock confiaba en que su influencia hubiese despertado las capacidades dormidas de su compañero. Por eso sabía que la imagen que le había mandado bastaría. Desde el momento en que coló el teléfono móvil en el bolsillo de John, el detective estaba completamente seguro de que le serviría de algo más que de localizador GPS, y ahí estaba su segundo caso para confirmárselo.

No se preocupó más por las habilidades de su compañero y simplemente se adentró en aquel tunel que tan conocido le resultaba ya. Los recuerdos llegaron veloces a su cerebro: John atado, la mafia china empeñada en que él era el detective asesor, una de sus novias amenazada por un arma perteneciente al espectáculo de un circo... Cualquier persona diría que aquello era demasiado fantástico para ser real, sin embargo formaba parte del día a día de Sherlock Holmes. Una rutina que había echado mucho de menos, pero no tanto coma su bloguero, su compañero de aventuras, su mejor amigo.

Lo que le había llevado ahí era el contenido del paquete que le había entregado la Señora Hudson. Cuando Sherlock le reveló que seguía vivo la pobre mujer se puso histérica y terminó desmayándose, pero una explicación bastó para que entrara en razón y las cosas volviesen a la normalidad en Baker Street. Sherlock sabía que de alguna manera la Señora Hudson le comprendería, por eso no tuvo miedo al mostrarse ante ella, el único encuentro que le había aterrado era el que tuvo con John.

El paquete contenía nada más y nada menos que la horquilla de Jade que habían recuperado en el caso del Banquero Ciego, como John lo había titulado en su blog. La única diferencia era que esta vez la horquilla estaba manchada de sangre, aún fresca.

No perdió el tiempo y salió corriendo en busca del cuerpo al que pertenecía esa sangre. Las posibles víctimas cruzaron su mente una tras otra, haciendo que su corazón se acelerase más y más a cada nombre que leía en su cabeza, pero finalmente la posibilidad que menos esperaba y la que vergonzosamente más atractiva le era fue la que se dio.

En el centro del túnel había una mujer tumbada boca arriba. Tenía una profunda herida en el pecho, obviamente causada por la horquilla de jade, y el pelo se extendía suelto y manchado de sangre bajo su cabeza. Su ropa denotaba que era una mujer perteneciente a la clase media: blusa blanca y pantalones negros, de buena calidad pero no de lujo. Los zapatos eran de tacón bajo, lo suficiente para intentar aumentar algo su elegancia y estilizar su cuerpo, quizás en busca de una ilusión de juventud.

La alianza en su mano era una muestra de que estaba casada. Felizmente casada desde haría unos 10 años, 15 como mucho. El matrimonio se había ido deteriorando en los últimos años, pero aun así no había odio, al igual que tampoco había pasión, simplemente una confortable rutina fácil de llevar. Sherlock sacó su teléfono móvil y mandó un rápido mensaje a John. No tardaría en llegar, pero lo mejor sería que estuviese sobre aviso, llevaba demasiado tiempo sin encontrarse con algo así y, después de ver en las condiciones en las que se encontraba su amigo, no le serviría de nada con arcadas y al borde del desmayo.

El bolso de a víctima estaba a su lado, intacto, por lo tanto no había sido un robo, sino un asesinato a sangre fría. No había nada raro en ella, el único misterio era el móvil, el por qué la habían asesinado si no significaba nada para Sherlock, pues estaba claro que el juego consistía en acabar con él.

Entonces comenzó a revisar el bolso de la victima: un pequeño estuche de maquillaje, chicles de sabor a clorofila, lima de uñas, un paquete de pañuelos, funda de gafas de lectura y, finalmente, la cartera. Llevaba cincuenta libras en billetes, varias tarjetas de crédito, su carnet de identidad, un calendario de bolsillo de una cafetería y, en el bolsillo oculto, una fotografía de carnet de un hombre.

De no haber estado agachado en el suelo, Sherlock se habría caído de la misma forma en la que la fotografía se resbaló de sus dedos enguantados. Ya no solo estaban atacándole a él, no querían destruirle, sino exterminar todo su mundo. Primero causarían el sufrimiento de las personas de su alrededor para extender aún más la tortura.

Se puso en pie, jadeando. Aquello se le estaba yendo de las manos antes de que siquiera hubiese tenido la oportunidad de intentar atraparlo. De todas formas no tuvo tiempo para atar cabos, pues una profunda voz resonó a su espalda.

- ¡Las manos en la nuca!

Sherlock se giró, sabiendo lo que había tras él sin siquiera necesitar verlo. Veinte policías armados le apuntaban directamente y no hacía falta ser un genio para saber lo que ocurría.

- ¡Las manos en la nuca, ahora!

El detective obedeció y dejó la horquilla en el suelo antes de llevar sus manos a su nuca, entrelazando sus dedos tras ella mientras uno de los agentes guardaba el arma y se acercaba tranquilamente a él a la vez que el que hacía las veces de portavoz seguía hablando.

- Procederemos a arrestarle. Se le acusan de los cargos de asesinato y secuestro. Le recomiendo que nos acompañe tranquilamente a Scotland Yard, señor.

- No lo creo.

Al instante siguiente el hombre encargado de esposarle estaba de rodillas en el suelo, rodeandose el estómago con los brazos mientras el detective corría hacia el interior del túnel. Sonaron un par de disparos, pero el líder del pelotón fue lo suficientemente inteligente para ordenarles que se detuvieran antes de que alguna bala rebotase en las curvadas paredes y acertase en uno de los agentes.

De nuevo Sherlock Holmes se había convertido en un fugitivo huyendo de la justicia, el juego avanzaba mucho más rápido que la última vez.


Hey! Lady al habla :3

Siento mucho, mucho, MUCHO la tardanza de este capítulo ;-;

Cierto que ya son vacaciones de Navidad y eso, pero precisamente porque es Navidad ando sin tiempo para nada e_eU regalos, estudiar, comidas, cenas... You know what I mean (?)

Pero como siempre intentaré actualizar tan rápido como pueda, promise *guiño* (?)

Feliz Navidad!

XOXO

Lady 3