- John W. -
Aún no podía creer lo que tenía frente a él. Definitivamente estaban metidos en algo grande, algo enorme, y tenía claro que no habría forma de escapar, sino que debían enfrentarse a ello. Tanto si querían como si no. Por eso se dio media vuelta y volvió a entrar en Baker Street. Era hora de trabajar. Nada más entró al apartamento sacó el teléfono que Sherlock había dejado en su bolsillo y sacó una fotografía a aquello que le había dejado helado desde la ventana. Eran nada más y nada menos que la carretera frente al apartamento llena de los números chinos que habían resuelto en el caso del banquero ciego. Estaban pintados en color rojo sangre en la calzada, en grupos de dos, al igual que la última vez, lo que significaba que seguía siendo un código de libro.
Le mandó la foto a Sherlock y después volvió a colar el teléfono en su bolsillo antes de ponerse a revolver como loco todas las baldas del piso, que de nuevo estaban repletas de libros, como si el tiempo no hubiera pasado jamás, como si Sherlock y él nunca se hubiesen ido. No tardó en encontrar lo que buscaba: el A-Z de Londres. Después buscó la hoja con la traducción de los números. Tras diez minutos diciendo palabrotas mientras ponía el apartamento patas arriba, finalmente la encontró, arrugada entre un montón de papeles y libros, aunque no estaba seguro de si había terminado así por culpa de Sherlock o suya. Tampoco le importaba demasiado, lo que tenía que hacer era ponerse a traducir rápidamente.
Pero tras media hora probando todas las combinaciones y órdenes que se le ocurrieron con las palabras que había recibido, terminó por lanzar el libro contra la puerta del apartamento, completamente enfurecido, desesperado. No había logrado sacar nada claro, aquel no era el libro, era imposible, pues esas palabras no tenían ningún sentido.
Pero nada más el libro golpeó la puerta, esta se abrió y Sherlock entró al apartamento. Jadeaba, había llegado corriendo hasta allí, pero antes de que John pudiese siquiera levantarse, decir nada, el detective caminó hacia el centro de la habitación y miró ansioso a su alrededor.
- ¿Dónde está?
- ¿Dónde está el qué?
John vio como Sherlock caminaba hacia la cocina, y le siguió, esperando que le respondiese a su pregunta, pero como siempre él estaba en su propio mundo, ignorando a todos los de su alrededor. Ya había aprendido a soportar esas cosas, pero en el fondo seguían molestando, era normal, a nadie le gustaba sentirse ignorado, pero tarde o temprano Sherlock volvería a hablar, lo que le daría otra oportunidad. Y dos segundos más tarde, mientras Sherlock se ponía de pie sobre la mesa de la cocina para ver encima de los armarios, esta llegó:
- ¿¡Dónde está!?
- ¿Dónde está qué, Sherlock?
- ¡El libro!
John rodó los ojos y agarró a Sherlock de la manga para obligarle a bajar de donde estaba e intentar llevarle al salón, asunto difícil, pues no se movería sin una explicación.
- Está en el salón, tirado en el suelo. Ya lo he intentado Sherlock, no es el A-Z de Londres.
- ¿Quién ha hablado del A-Z? ¡El libro de cuentos!
Aquello era nuevo. Le soltó mientras le miraba con incredulidad y Sherlock bajó de un salto antes de correr de nuevo hacia el salón, donde empezó a fisgar entre el desastre que el médico había creado momentos antes.
-¿Un libro de cuentos?
- ¡No, EL libro de cuentos!
- ¿Te importaría explicarmelo?
Entonces se detuvo, como siempre lo hacía cuando alguien rozaba la línea límite de estupidez que había creada en su cabeza, y le miró con los ojos abiertos como platos.
- ¿Explicarte qué? ¡Es obvio!
- ¡Si fuese obvio no te lo preguntaría!
Sherlock suspiró y se acercó a su amigo y compañero de piso, que seguía tan perplejo como cinco minutos antes, o puede que incluso más confundido pues, ¿qué tenía que ver un libro de cuentos en todo ese asunto? Era muy poco probable que una mafia china usase un libro de cuentos para crear un código secreto. Después de todo, tenía que ser un volumen que cualquiera pudiese tener en su casa, algo que no levantase sospechas, algo muy normal y ordinario, pero un libro de cuentos…
Pero entonces una bombilla se iluminó en su cabeza.
No estaban tratando con la mafia china, sino con Moran, con Irene Adler. Estaban tratando con Moriarty, y si había un libro de cuentos sólo podía ser…
- Los cuentos de los hermanos Grimm - dijeron al unísono.
- Pero hay cientos de ediciones, ¿cómo sabrás cuál es la correcta?
- Tengo la correcta - sentenció el detective mientras sacaba de debajo del cojín de uno de los sofás un sobre marrón cerrado con un sello rojo - Siempre la tuve.
John no tardó en darse cuenta de que aquel libro era el que había aparecido en el baúl de la niña que secuestraron, aquella que gritó cuando vio a Sherlock, la pieza que hizo que el mundo pensase que el menor de los Holmes era un farsante, que todo había sido una enorme y bien preparada mentira, una obra de teatro en la que todos eran los participantes sin saberlo, los peones de una partida de ajedrez que había jugado Sherlock contra él mismo. Pero ese libro no debía estar ahí.
- ¿Has robado una prueba a Scotland Yard?
- La cogí prestada sin permiso.
Y dicho esto, Sherlock sacó su teléfono móvil para ver la fotografía con los números y comenzó a buscar las palabras rápidamente a través de las páginas del libro.
- "Vaya"
- ¿Eh?
- "Ha" "Descubierto"
Nada más se percató de que estaba dictándole las palabras que encontraba, John cogió un bolí y tras el mismo papel arrugado donde él había mirado la traducción de los números, comenzó a escribir lo que Sherlock iba diciendo. ¿Pero cómo podía encontrar las palabras sin traducir los números? Ah, si, él lo recordaba todo. Seguro que en algún lugar de su palacio mental había un armario con un cartelito que pusiera "Chino antiguo" o algo así en el que tenía archivados todos aquellos números.
En menos de 5 minutos tuvieron todo el mensaje escrito. Ahora si tenía sentido, ahora si era una pista que podían seguir. John cogió la hoja y recitó el mensaje en voz alta.
- "Vaya, ha descubierto el juego del Diablo. Muy bien. Encontrará a lo que busca en su segunda cita". ¿En tu segunda cita? ¿A qué se refiere con eso?
- El circo chino.
Y dicho esto, Sherlock Holmes echó a correr fuera de Baker Street, seguido por su fiel amigo John Watson.
- Sherlock H. -
Durante la carrera que había echado desde el túnel hasta el apartamento había tenido tiempo de sobra para deducir que en esa ocasión el libro era el de los cuentos de Grimm. Nada más le llegó la fotografía que le envió John supo que sería un volumen distinto, después de todo el juego era diferente, era un cuento en el que él debía hacer de héroe y Moriarty de villano. Al instante adivinó que eran los cuentos de Grimm, era completamente obvio, después de todo era el único libro que Moriarty le había dado en vida y estaban repletos de historias sangrientas y seres malvados. Eran perfectos para ellos.
Entonces descubrió el mensaje. "Vaya, ha descubierto el juego del Diablo. Muy bien. Encontrará a lo que busca en su segunda cita". Era una burla, siempre lo era con él. Estaba claro que se refería a él y a John. Si la primera cita había sido el caso del taxista, el restaurante, la segunda tenía que ser el circo. No había demasiado misterio, era increíblemente fácil, pero también una amenaza. Sabía perfectamente cuáles eran sus debilidades, siempre lo había sabido, y estaba atacando a las tres personas con las que juró acabar si él no saltaba. Sherlock no saltó y ahora John, Lestrade y la Señora Hudson debían morir. El juego solo terminaría si conseguían llegar vivos al final de la partida. Era la única forma de ganar.
El taxi apenas tardó en dejarles en el recinto en el que una vez estuvo el circo chino al que habían ido años atrás acompañados de una de las chicas con las que John había salido, una de muchas. ¿A caso ese hombre nunca se rendía? Pero Sherlock se dio cuenta de que si se había rendido, se dio cuenta de que se dejó ir por completo cuando el desapareció. Ese fue el fin de John, pues no solo abandonó el intento de conseguir una pareja, sino que se abandonó a si mismo. Una punzada de culpabilidad atravesó el pecho de Sherlock, pero la ignoró por completo. No tenía permitido sentir, no si estaba en juego la vida de la gente que quería. Tenía que aislarse, pensar fríamente, no dejarse llevar.
Sherlock abandonó el taxi y camino hacia el interior del lugar. Allí llegó a la arena, perfectamente ambientada como un circo oriental, exactamente igual que lo estuvo la última vez. Allí estaba el inspector Lestrade, inconsciente, atado a una silla. Frente a él se encontraba la ballesta cargada con la lanza que se usaba para el número de escapismo. sobre esta, el saco de arena.
Nada más puso un pie dentro del círculo que hacía las veces de escenario, Irene Adler apareció de entre las sombras, vestida con una elegante falda de tubo negra y una blusa blanca de tela vaporosa, su pelo recogido y su rostro maquillado. Siempre igual de perfecta, siempre igual de artificial.
- Bienvenido, Señor Holmes.
- Es una extraña forma de darme la bienvenida - respondió señalando con un gesto de la cabeza a Lestrade. Ella rió -.
- Bueno, es una manera original de hacerlo, ¿no cree?
El detective se percató de la daga que llevaba en una funda de muslo bajo la falda, en el lado en que la raja de esta subía hasta dejar ver la punta de la funda de cuero negro. Así que el juego era aquel, hacerle ver morir a su compañero de la forma más teatral posible. Hacerle revivir los casos que había resuelto como si no hubiese sido capaz de salvar a las víctimas. Sencillamente cruel, simplemente brillante.
- ¿Original? Plagia los métodos que ya han usado contra mi, me parece que eso es pecar de falta de imaginación.
- Siempre tan hiriente, Señor Holmes.
La Mujer se acercó a él lentamente, estudiandole, pero Sherlock sabía que eso solo era una fachada. Estaba claro que aquello estaba ensayado, que era una coreografía que debía reproducir a la perfección, y que al mas mínimo fallo ella moriría. Había un arma apuntándolos. Un mínimo vistazo hacia las telas que ocultaban el backstage le bastó para ver el cañón del arma asomando entre ellas. Aquello empezaba a resultar aburrido, no había dificultad, bastaba con que desarmase a La Mujer.
- ¿En qué piensa?
- En que tiene formas muy extravagantes de exigir una cita.
Ella bajó la mirada, herida. Hacía tiempo que Sherlock sabía que su punto débil era él mismo, era una buena forma de debilitarla lentamente, pero también de enfurecerla.
- Debería tener más cuidado con sus palabras.
- ¿Por qué?
- Porque podría no volver a pronunciarlas jamás.
Entonces alguien apareció a su espalda y enrolló una tela en su cuello. Sintió la falta de aire, sintió sus rodillas temblar, pero no dejó de luchar, no iba a morir ahí, no sin vencer a Moriarty en su propio juego, pero La Mujer rasgó la bolsa de tierra.
Entonces su propio juego comenzó. Escuchó el primer disparo y vio como La Mujer se tensaba y miraba a su espalda. El cañón del arma había desaparecido. Pero el hombre a su espalda no cesó en su agarre, sin importar lo mucho que le golpease Sherlock.
Ella se acercó al final del escenario, pero se detuvo al ver de nuevo el arma. Se congeló, aterrada, pero el tirador era diferente, al igual que el objetivo.
Segundo disparo. acertó en una de las patas de la silla en la que Lestrade se encontraba, pero solo la rozó, y los segundos pasaban demasiado rápido. Sherlock sintió su vista nublarse, su cuerpo ceder. Escucho el ruido de un golpe en la lejanía. Y luego oscuridad.
Hey!
Nicotine ha regresado, bieeeeen -lanza fuegos artificiales (?)-
Ok ahora en serio, siento tardar tanto con este fic ;-; Intentaré escribir más y más a menudo
Ahora... ¿Qué creeís que ha pasado cuando Sherlock se desmayó? ewe
¡Hagan sus apuestas! (?)
Nos vemos en el siguiente capitulo ^^ o fic :P
XOXO
