- Sherlock H. -
A pesar de su espectacular intelecto, Sherlock aún no era capaz de creerse lo que estaba viviendo. Para empezar el simple hecho de estar vivo de nuevo le resultaba extremadamente inverosímil. Jamás pensó que de verdad pudiese regresar a su vida, volver a Baker Street, recaer en su mayor adicción: John Watson. Pero no solo había podido recuperar lo que una vez había tenido, sino que había conseguido mucho más, aunque a un alto precio. Estaba claro que si retomaba su anterior existencia la gente de su alrededor, toda la gente a la que había intentado proteger, correrían un enorme peligro, pero la situación se había extendido mucho más, pues no solo su gente estaba en peligro, sino al parecer todo Londres. Y él, el grandioso y único detective consultor, estaba en muy baja forma. Primero John había estado a punto de ser asesinado por el que parecía ser la mano derecha de Moriarty, y justo después la esposa del inspector Lestrade había aparecido muerta. Por suerte había sido lo bastante rápido para salvarle a él, pero no tenía ni la menor idea de cual sería el próximo movimiento de sus actuales enemigos. Estaba completamente perdido, y cuanto más lo intentaba menos capaz era de pensar con claridad.
- Buenos días…
Y ahí estaba el principal motivo de su reciente estupidización, abriendo los ojos, tumbado de forma despreocupada sobre el colchón, con una mano enredada en sus rizos y la otra dibujando círculos de forma distraída sobre su codo. No se había movido en toda la noche. Ni en todo el día, habían dormido como nunca, pues había vuelto a anochecer. Sherlock sabía lo mucho que se movía John por culpa de sus pesadillas, le había oído cada noche y cada noche había deseado encontrar una forma de calmarle. Pero esa vez no se había movido, ni un solo milímetro. Y todo porque estaba haciendo las veces de almohada para Sherlock, porque le estaba abrazando, porque el menor de los Holmes necesitaba saber lo que era sentir el calor de otra persona, despertarte y no estar sólo. Jamás habría pensado que el despertar y encontrar a John dormido junto a él fuese a ser mucho más relajante que un cigarrillo. La cabeza le daba vueltas, la preocupación y a la vez la adrenalina que le causaba el no saber que iba a pasar a continuación le había hecho un nudo en la garganta, el miedo le oprimía el pecho… Pero la voz ronca de John, rasgada al despertar, mandó todos esos sentimientos al rincón más apartado de su palacio mental y la sala quedó completamente vacía excepto por ellos dos. Era una sensación a la que le gustaría acostumbrarse, pero que a la vez le aterraba.
- Buenos días.
Sabía que tenía que apartarse, que tenía que dejar ir a John, pero no era capaz, su cuerpo no respondía. Tenía la cabeza sobre su pecho, sus rizos oscuros contrastaban con la camiseta blanca, y su mano estaba aferrada a la tela de esta, agarrándola como si fuese lo único que pudiese mantenerle con vida. Y probablemente lo era.
- Creo que es la primera vez que te veo dormir tanto.
Tras decir eso, John rió. Se estaba riendo de él, y no le importaba en lo más mínimo. Lo único que hizo fue encogerse, hacerse un ovillo avergonzado por la situación, pero a la vez deseando escucharle reír por siempre. Todo aquello era nuevo para él, completamente nuevo, y cuando recordaba lo que había sucedido la noche anterior sentía escalofríos, se echaba a temblar.
- ¿Sherlock? ¿Estás bien?
- …
- Si no estás hablando es que te pasa algo, no callas nunca.
Sintió que la mano que un instante antes había estado rozando su brazo se colocaba ahora sobre su frente. ¿Por qué narices tenía una mano en su frente?
- Tienes algo de fiebre… Voy a buscarte algo.
De golpe su cabeza rebotó contra el colchón y sintió frío a pesar de estar completamente vestido. John se había levantado de la cama y se estaba poniendo una camisa de cuadros por encima de su camiseta interior. El vendaje estaba completamente manchado de sangre, pero no parecía importarle. Por su parte Sherlock no pudo evitar dejar escapar un gruñido de desagrado al verse sólo sobre el colchón mientras abrazaba la almohada y hundía el rostro en ella como un niño enfurruñado al que no le quieren comprar dulces. Aún así, la única respuesta que obtuvo fue una pulla de un John Watson que bajaba alegremente las escaleras hacia la cocina.
Una vez que estuvo solo, apartó la almohada y derribó las sábanas de una patada mientras se llevaba un par de dedos a sus labios. Anoche John y él se habían besado. Y había estado bien. No había nada malo en ello, si peligroso, pero no malo como él habría pensado que sería, sino que había estado bien, era algo bueno.
No había sido su primer beso, eso habría sido demasiado ridículo hasta para él, pero puede que si que hubiese sido el más especial, el único que le había hecho sentir verdaderamente algo. Y que aún le hacía sentir, era como si sus labios recordasen el tacto de los de John. Eran pequeños, agrietados, pero a la vez suaves, gentiles. Eran amables, igual que lo era su dueño.
Después de aquello Sherlock se había puesto nervioso, no había sabido que responder, se había sentido como un adolescente frente a su primera vez, completamente perdido y agobiado. Pero John había sabido como calmarle; le había abrazado, le había susurrado al oído que durmiese, que todo estaba bien, y le había dedicado infinitas caricias hasta que el detective había caído en los brazos de Morfeo, completamente agotado por todos esos años de soledad y autocompasión camuflada como egocentrismo.
Entonces escuchó a John llamarle desde la cocina. Solamente dijo su nombre, una sola palabra. Pero no la pronunció como a él le habría gustado escucharla: con calidez, con cariño; sino que era una llamada urgente, preocupada. Y eso solo podía significar una cosa.
Se levantó de un salto de la cama con energías renovadas y llevó sus manos a su cabello para revolverselo mientras saltaba las escaleras y llegaba en un instante a la cocina, en el mismo momento en que John arrancaba una daga que había clavada sobre la mesa y cogía una carta. Un As de Picas. Antes de que el doctor pudiese decir nada, Sherlock le arrebató la carta y fue hacia la lampara de la sala para poder verla mejor. Blanca, con esquinas redondeadas, una línea discontinua a modo de marco para el dibujo de la pica que recordaba el centro de la carta. El dorso era un entramado de líneas de color azul oscuro, sencillo y elegante. Era la típica carta que venía en cualquier baraja, sin nada especial o que sirviese para distinguirlo.
- 97.7.
- ¿Eh?
- Lo pone aquí, en la carta.
En el centro del dibujo aparecía escrito 97.7. No estaba escrito a mano, era impreso, por lo que no se podía distinguir si provenía de un hombre o una mujer, al igual que también era imposible intentar adivinar su edad. Tampoco le hacía demasiada falta, era obvio de quien provenía, al igual que era obvio el significado de aquél número.
Sin decir nada, le devolvió la carta a John que se había acercado a él para poder observarla, y caminó de nuevo hacia la cocina. Allí cogió una radio que estaba ahí desde antes que se mudase al 221B, pero que sabía que funcionaba. Rápidamente la encendió y llevó la aguja hasta el 97.7, tras una pequeña interferencia, la voz de Bruno Mars salió por los anticuados altavoces.
- ¿Ahora te gusta la música actual?
- Calla.
El médico obedeció mientras se acercaba a Sherlock, con el ceño fruncido por la orden y por la curiosidad a partes iguales. Nada más terminó la canción, los pitidos de Greenwich inundaron el silencio que reinaba en Baker Street, pero en lugar de sonar los 9 que correspondían, sonaron solamente cuatro. No hizo falta más para que los dos hombres se pusieran en guardia. De nuevo una interferencia, y al instante siguiente se empezaron a escuchar una respiración agitada, un hombre.
- Ho-hola señor Holmes… ¿Cómo está…?
- ¿Anderson?
- Shh.
Era obvio que era Anderson, era obvio que era una imitación del juego en el que le obligó a participar Moriarty la primera vez que se vieron y por supuesto que era obvio que utilizaban una radio pública para que estuviese obligado a participar y toda la red criminal de Inglaterra supiese que Sherlock Holmes había vuelto al trabajo. Pero eso no era importante, no aún; lo esencial era escuchar el mensaje.
- A estas alturas… ya debe saber quién… quién habla… Y a qué estamos… jugando… ¿no?
Sherlock vio como John se giraba totalmente cabreado mientras juraba en voz baja. Nunca había comprendido algunas reacciones que tenía la gente frente a lo que podía pasarle a otras personas, pero ahora comenzaba a entenderlo, pues él también lo sentía. Cierto que Anderson y él jamás habían sido grandes amigos, más bien todo lo contrario, pero se sentía responsable por lo que le estaba pasando y era obvio que no se trataba de nada agradable.
- La partida se repite… Como es el primer intento tendrá 12 horas… Mucho, ¿no? Y la pista está a punto de llegar… Buena suerte, señor Holmes…
El sonido se cortó casi antes de que pudiese siquiera terminar de pronunciar su nombre y la emisora regresó a su programación normal, esta vez llenando el lugar con la alegre melodía de Happy de Pharrell Williams, no podía haber sido una canción menos oportuna.
Sherlock apagó la radio automáticamente y se giró. John estaba sentado en su sillón, con la mano sobre los labios igual que siempre que estaba preocupado. Habían secuestrado a Anderson y había habido cuatro pitidos, lo que significaba que tres personas más serían secuestradas. Y no podrían evitarlo.
- John…
Pero no pudo terminar la frase, pues una bala atravesó el cristal y pasó rozando el cabello de Sherlock ante de clavarse en el trozo de pared que separaba la sala de la cocina.
- Y ahí está a pista… - John se levantó del sillón y se giró para mirar a Sherlock mientras movía los dedos nerviosamente - Vamos Sherlock, empieza.
Se había enfadado con él. No hacía falta ser un Holmes para verlo, era completamente obvio. John sabía que era culpa suya que toda Scotland Yard y San Barts estuviese en peligro. Posiblemente toda la ciudad lo estaba y era porque él había decidido regresar. Lo que había pasado la noche anterior, la felicidad, el saber lo que era un verdadero abrazo había desaparecido. Aún desde la tumba, Moriarty continúa destrozando su vida poco a poco.
-John W.-
Sherlock y él habían dado un paso adelante. Y en menos de 12 horas habían vuelto a la casilla anterior. No era directamente su culpa, pero John no podía evitar pensar que, de no ser por Sherlock, en ese instante Anderson no estaría encerrado a saber donde, seguramente con una pistola apuntándole o con una bomba alrededor del cuerpo mientras tenía que repetir palabras mientras luchaba por mantener la calma. Era cruel, un destino que no le deseaba a nadie, y ahora alguien que no tenía la culpa de nada, que sólamente había estado en el lugar menos adecuado en el momento menos oportuno, estaba envuelto en toda esa horrible situación.
Y para colmo tenían un nuevo agujero de bala en la pared. La señora H. no tardaría en aparecer por ahí, subiendo alterada las escaleras mientras les decía que les descontaría aquello del alquiler. Pero la señora Hudson no apareció por allí. Sin embargo el resto de la rutina si que continuó: Sherlock cogió su portátil y se sentó frente a él, comenzando a rastrear la red en busca de algún crimen que tuviese como protagonista una bala. Era algo de lo más subjetivo, podía tratarse de cualquier asesinato, robo, cualquier cosa. Pero Sherlock sabía donde buscar, siempre sabía qué era importante y qué no. Bueno, casi siempre.
- Voy a por un periódico…
No se sentía orgulloso de culpar a alguien tan frágil como lo era Sherlock, pero no podía evitarlo. Acababa de descubrir cuánto le necesitaba realmente, lo falto que había estado de un poco de cariño, lo mucho que le sorprendía ser tratado con suavidad, ser amado, y ahora le devolvía al mundo cruel y frío que había dejado atrás. Tenía que arreglarlo, tenía que mostrarle que las cosas no iban a ser así, que no se había olvidado de aquel beso, de la sensación de dormir juntos, pero no podía dejar de pensar que otros estaban en peligro, que no podían continuar con ello.
Por eso lo principal era encontrar el caso, resolverlo, y llevar a Anderson de vuelta a casa. Pero para cuando llegó a la puerta, Sherlock ya estaba trotando por las escaleras, con el abrigo puesto y atándose la bufanda al cuello. Debería haber sabido que no le necesitaba para encontrar el caso, pero, ¿le necesitaría para resolverlo…?
- Vamos. Tenemos que llegar al New London Theatre.
Una sonrisa apareció en el rostro del Doctor Watson mientras cogía su cazadora y se la ponía mientras salía del edificio tras su compañero, que hacía uso de su increíble habilidad para convocar taxis siempre que le hacía falta. John nunca se lo había confesado, pero desde el día en que resolvieron su primer caso juntos había sentido desconfianza hacia los taxistas, no podía evitarlo, pero de alguna manera sentía que cualquiera podía ser un asesino. Realmente podían llevarle a cualquier sitio y asesinarle. Pero estaba con Sherlock Holmes, el hombre que había sobrevivido a la muerte. Y además llevaba una pistola, lo que ayudaba bastante, la verdad.
- ¿El teatro?
- Si. Un mago ha sido asesinado en medio de una actuación.
- ¿Con una bala?
- El número consistía en atrapar una bala con los dientes, solo que no lo consiguió.
- Pero puede haber sido un accidente.
- No. Es asesinato.
Podría intentar replicarle, pero John sabía que sería malgastar el tiempo. Él estaba seguro de que era un asesinato y lo más probable era que lo fuese así que, ¿por qué insistir? Había cosas mejores sobre las que hablar, como por ejemplo lo que había pasado la noche anterior. No habían hecho nada, sólo había sido un beso y compartir cama. Completamente vestidos, nada sexual, ni siquiera la intención de ello, pero por alguna razón sentía que eso era demasiado para Sherlock. En el fondo era muy inocente, casi un adolescente, y aunque estaba seguro de que no era virgen, también estaba seguro de que le costaba asimilar ese tipo de sentimientos. Porque tenía que tener sentimientos por él, ¿cierto?
- Sherlock…
- Hemos llegado.
Genial. Sherlock no quería hablar. Y ninguna de las dos opciones de por qué no quería hacerlo no le gustaban nada. La primera porque su orgullo estaba herido, por tanto no hablaría del tema; y la segunda porque ahora tenía un caso con el que entretenerse y eso era más interesante que hablar con John sobre un tema que siempre había despreciado. Sencillamente perfecto.
Pero se mentalizó de que tenía que concentrarse en el caso, era su trabajo después de todo, ¿no? Así que salió del taxi y, como siempre, pagó al conductor, antes de seguir a Sherlock al interior del teatro, pasando por completo del control de Scotland Yard, quienes ya estaban acostumbrados a ello. Y realmente parecía como si les estuviesen esperando. Por supuesto que Lestrade no estaba, en ese instante estaría lidiando con el insoportable prepotente de Mycroft Holmes, pero el inspector que apareció en su lugar ya les era conocido, pues era el mismo con el que tuvieron que trabajar en el caso del banquero. Al menos se ahorraban las presentaciones.
Tras una explicación a la que sólo estuvo atento John, subieron al ecenario, donde el cuerpo del mago permanecía tirado en el suelo con la bala incrustada en la nuca. Realmente le había entrado por la boca. A pesar de estar acostumbrado a ese tipo de visiones, le causó impresión, sobre todo por el hecho de que se había enfrentado a una pistola de forma voluntaria y lo hacía prácticamente cada noche.
- Lo más lógico sería que lo hubiese hecho su ayudante, ¿cierto?
- Precisamente por eso, esa no es la solución a nuestro problema.
Vio cómo sacaba su cuentahilos del bolsillo y comenzó a examinar el cadáver, mientras, él se puso a analizar la herida, aunque no había mucho misterio: la bala le había atravesado y había acabado con él frente a las atónitas miradas del enorme público que había llenado el teatro hacía apenas hora y media.
- ¿Y bien?
- Quiero hablar con su mujer.
- ¿Con su mujer?
- Si. Está casado y lo más probable es que la ayudante sea la mujer, así que quiero hablar con ella.
- Pero has dicho que eso es lo más obvio, así que no puede ser la mujer.
- No, pero si su amante.
- ¿Eh?
Ahí estaba el cerebro de Sherlock, trabajando a toda velocidad para lucirse como siempre hacía y dejar confundidos a todos mientras John era el único capaz de hacer las preguntas correctas en un intento de seguir sus deducciones, lograndolo cada vez más a menudo.
- La mujer es la que ha apretado el gatillo, pero sería muy obvio que la asesina hubiese sido ella, así que tiene que ser otra persona que quiera quitarle de en medio. ¿Un rival? No, aunque sería poético si fuese un rival querría ser él mismo quien perpretase el crimen, así demostraría que ha gando. Así que tiene que ser otra persona, ¿y quién más puede querer quitarle de en medio? El amante de su mujer. Es un obstáculo para su relación, así que si desaparece los dos podrían ser felices.
- Increíble.
- Lo increíble es que sigas sorprendiendote.
Ambos sonrieron. Puede que las cosas no estuviesen tan mal después de todo. Pero Sherlock bajó la mirada y se fue del escenario, así que John no tuvo más remedio que seguirle mientras se acercaban a la recién enviudada ayudante del mago. Y como siempre, Sherlock tuvo el mínimo tacto a la hora de hablar con ella.
- Señora Wiggins, siento mucho lo de su marido.
- Era un buen hombre…
- ¿Cómo su amante?
- ¿Disculpe?
John pudo leer la sorpresa y la furia en los enrojecidos ojos de la mujer, pero aún así se negó a intervenir en aquello, pues su mente era incapaz de concentrarse en el caso, estaba demasiado ocupada haciéndose preguntas sobre Sherlock.
- Su amante. ¿También es un buen hombre?
- Yo… Yo no tengo un amante, yo amaba a mi marido…
- Oh, claro que lo tiene. Ahora mismo ni siquiera lleva la alianza, seguro que porque ha quedado con él para verse. Y va muy arreglada para ser alguien de su edad, no se ofenda, pero se supone que con 40 años y casada no tiene por qué impresionar a nadie, mucho menos cuando la función se termina, ¿verdad? Así que ahorreme trabajo y dígame quién es y dónde está su amante.
La mujer se quedó en blanco. Siempre lo hacían cuando el detective mostraba sus grandes dotes, pero esa misma confusión era la que les hacía confesar antes de que pudiesen siquiera pensar qué era lo siguiente que iban a decir.
- Samuel Tennant… E-está en el aeropuerto… Acaba de llegar de una conferencia en San Francisco.
- ¿Entonces no ha estado aquí?
- No, se marchó hace un mes…
- Así que no ha sido ni la esposa ni el amante… Oh, esto se pone interesante.
- ¿Perdón?
Pero aquella mujer había dejado de ser relevante y Sherlock la dejó atrás mientras sonreía como un niño el día de su cumpleaños. Tenía los regalos frente a él, unas macabras sorpresas, y estaba desando abrirlos todos para ver qué se encontraba. John no podía dejar de pensar qué era lo que había visto en él.
- Vamos John, tenemos que descubrir quién más odiaba a nuestro Merlin particular.
Hi! Lady B de vuelta con Nicotine :33
Espero que os guste este capítulo, me ha costado bastante poner mis ideas en palabras ^^U
¿Quién creeis que ha sido el asesino? Seguro que no os lo imaginais ewe
Espero volver pronto con el siguiente capitulo
XOXO
