-Sherlock H.-
Un nuevo caso, una nueva dosis. Era justo lo que necesitaba para evitar pensar en la noche anterior, en aquello que siempre le había parecido completamente irrelevante, y que de golpe se había tornado extremadamente complicado. Irónicamente aquello que formaba parte del día a día del resto del universo era el mayor de los quebraderos de cabeza para él, la mente mas brillante que seguramente jamás había pisado ese teatro en el que ahora se encontraba junto a su doctor, el culpable de su auténtica enfermedad. Sabía que tarde o temprano iban a tener que hablar de ello, pero no estaba para nada preparado. Por una vez Anderson había hecho algo inteligente al dejarse secuestrar, así su mente podía pasar el rato reuniendo las piezas de aquel rompecabezas que seguramente volvería a llevarle a Moran y La Mujer. Le gustaba jugar, si, pero estaba deseando atraparles de una vez por todas. Aquel jueguecito carecía de originalidad, de aliciente, de encNto. Era una simple réplica de lo que había hecho Moriarty, pero aunque la idea era buena, la ejecución carecía de elegancia, de brillantez. Por primera vez Sherlock deseaba huir, deseaba escapar de aquel cuento de amateurs y de Baker Street para regresar a su burbuja de soledad, donde ni dominatrix ni doctores jugaban con su mente y sus sentimientos.
Pero cuanto mas intentaba concentrarse en el caso que tenía ante él, en el mago con la bala incrustada en la cabeza, mas se cruzaba su propio drama en su mente, haciendole confundirse entre sus recuerdos y la realidad en la que vivía. Por suerte el factor romántico había sido eliminado por completo del caso, pues no habían sido ni la mujer ni el amante, lo que reducía considerablemente las posibilidades de encontrar algún detalle del caso que pudiese relacionar con él mismo. Tenía que concentrarse, tenía que resolver el misterio y salvar al idiota de Anderson. Era lo que él hacía, su trabajo.
Y para hacer bien su trabajo, necesitaba ciertos datos. Por eso fue a la zona entre bastidores, seguido por su fiel cronista, al que no se veía apenas capaz de hablar, y se puso a buscar una forma de la que el asesino hubiese podido entrar ahí, cambiar las balas, y salir sin que nadie se diese cuenta. Estaba entre bastidores de un famoso y enorme teatro, aquel sitio nunca estaba vacio, así que no era tan fácil como entrar sin más y cambiar unas balas, cualquiera se habría dado cuenta de que algo raro pasaba. Así que tenía que ser alguien que tuviese que estar allí, que trabajase allí.
-Necesito una lista de empleados, de todos los que tienen permiso para estar entre bastidores antes y durante la función.
-Pero eso son decenas de personas, Sherlock.
Y ahí estaba John, la voz de la cordura, haciéndole ver que era incapaz de darse cuenta de las cosas más insignificantes. Tenía que aprender a disimular mejor su falta de concentración… Pero era un problema fácil de remediar, sólo necesitaba un instante para analizar todas las variables, hacer un pérfil, descartar ideas y…
- Sólo de los que hayan sido contratados hace unos tres meses.
Dicho esto salió por la puerta trasera del teatro, directo a unos contenedores. No necesitó mirar a su espalda para saber que John le seguía. Por muy extraña que fuese la situación, él siempre le seguiría. Y por eso sonrió antes de hacer su siguiente movimiento.
Sin previo aviso, saltó al interior del contenedor más cercano y empezó a lanzar bolsas de basura, de todos los tamaños y colores, fuera de él.
- Sherlock, en serio…
Vio por el rabillo del ojo como John suspiraba antes de remangarse e inclinarse frente a una de las bolsas para abrirla, antes de que él mismo saltase fuera de nuevo y se agachase a su lado, rasgando las bolsas y dejando caer todo el contenido en la calle.
- ¿Qué buscamos?
- Una caja de balas de fogueo.
- ¿En la basura?
De nuevo no hubo respuesta, ahora que había conseguido centrarse en algo, aunque fuese en revolver desperdicios ajenos, no iba a regresar a la cruda realidad en la que no tenía la menor idea de cómo enfrentarse a John Watson. El caso más difícil de su vida.
Apenas pasaron 10 minutos hasta que Sherlock se alzó triunfante con la caja de balas en su mano. Había acertado con el modus operandi, cosa no muy complicada, pero estaba seguro de que no encontraría nada en esas balas. Seguramente el autor del crimen se había molestado en llevar guantes. Si ves a alguien caminar con guantes de látex en un teatro, por mucho que le conozcas, vas a preguntarte qué pasa, por lo que la mejor forma de disimular este hecho es que se hubiese puesto en la piel de alguien que debe llevar guantes si o si en un teatro, y eso reducía las posibilidades a…
- Montadores o limpiadores.
- ¿Crees que la señora de la limpieza se ha cargado al mago?
- No. Creo que tenemos a un técnico de luces furioso que decidió vislumbrar su espectáculo desde un lugar donde no pudiesen molestarle.
Hasta John era capaz de saber a donde quería llegar Sherlock, por eso no hizo falta que le dijese nada y se encaminó rápidamente a la parte superior del teatro, donde se encontraban los focos, en busca de algo que pudiera llevarle a suponer que ahí había estado el asesino en algún momento.
Mientras tanto el detective se sentó en la butaca central de la primera fila, a ver pasar a los trabajadores del lugar. La mayoría tenía contratos temporales o viajaban de un teatro a otro, por lo que la lista seguía siendo enorme, un trabajo sencillamente aburrido, pero rápido de hacer.
- No, no, no, no, noooo…
Suspiró aburrido, ahora tenía la certeza de que sus suposiciones eran correctas: el asesino no estaba ahí, se había ido, y nadie notaba la falta de ningún empleado, sin embargo era alguien a quien no les había extrañado ver por el backstage. ¿Por qué?
Entonces apareció John, con un par de guantes de electricista metidos en una bolsa de plástico, que dejó caer sobre su regazo con una sonrisita satisfecha.
- Técnico de luces.
-John W.-
Quizás no era tan difícil perdonar a Sherlock. Bueno, realmente nunca le había sido difícil perdonarle, lo que pasa es que siempre había sido demasiado sencillo enfadarse con él. Realmente entendía lo que sucedía, que Sherlock no sabía realmente como tratar a la gente, que era incapaz de discernir cuando hacía algo mal o algo bien, cuándo se comportaba como debía y cuándo no. Pero eso no evitaba que John fuese humano y sus sentimientos le dominasen, como había pasado momentos antes en Baker Street. Fue ese sentimiento de culpabilidad por herir a alguien que estaba destrozado lo que le llevó a obedecer, otra vez, sin rechistar las órdenes que el detective le daba. Realmente quería ayudarle, quería encontrar alguna evidencia para poder salvar a Anderson. Ciertamente nunca había tenido demasiado contacto con él, pero no dejaba de ser un amigo, un compañero, y no iba a abandonarle cuando estaba en peligro.
Bajó las escaleras lo más rápido que pudo cuando encontró allí abandonados los guantes de electricista. No era realmente una prueba que pudiese usarse en un juicio, era lógico que ahí hubiese guantes de un técnico de luces, pero a él y a Sherlock les eran suficientes para poder continuar con su teoría y juntar a todos los técnicos de luces que trabajaban ahí, pero de nuevo se enfrentaban a un problema:
- ¿Cómo que la empresa de iluminación es externa?
Esa fue su respuesta cuando el director del lugar les dijo que los técnicos de luces no trabajaban directamente para el teatro, sino que formaban parte de una empresa de iluminación externa al local que mandaba trabajadores para montar las luces y se iban al acabar el espectáculo. Lo cual era realmente una mierda. Los trabajadores variaban constantemente, la mayoría eran autónomos que aceptaban encargos de esa misma empresa. Resumiendo: un gran problema.
John escuchó a Sherlock murmurar una maldición y alejarse con las manos juntas frente a sus labios, el gesto que siempre hacía cuando necesitaba concentrarse para encontrar una solución. Siempre encontraba una solución.
- Está bien, deme el nombre de la empresa.
Dicho esto echó a andar fuera del teatro y le tocó a John tomar la tarjeta de la empresa de iluminación mientras le seguía andando con rapidez para alcanzarle. Para cuando salió por la puerta, Sherlock ya había conjurado un taxi y abría la puerta, dejando que entrase el doctor primero y sentandose después él a su lado, cogiendo la tarjeta de entre sus manos mientras John se encargaba de dar la dirección al taxista y después se quedaba mirando a su compañero. Realmente su perfil era hipnótico, sobretodo sus brillantes ojos multicolor, pero por una vez no fue eso lo que le llamó realmente la atención, sino que sus ojos se desviaron a sus labios. No podía ignorar el hecho de que le había besado, de que la persona más fría que conocía le había permitido besarle, y además habían pasado la noche en la misma cama, abrazados. ¿Cómo sería cuando volviesen a casa? ¿Qué pasaría de ese momento en adelante? Apenas habían pasado unos días desde que Sherlock regresó de entre los muertos y ese hecho ya parecía haber pasado a la historia, como si fuese una anécdota sin importancia, habiendo ocupado su lugar nuevos casos, la extrema protección de Lestrade y un drama homosexual del que la señora H. estaría realmente feliz cuando se enterase. Desde el principio ella había pensado que ambos eran pareja, pero John siempre lo negaba. Y en ese momento el exmilitar se dio cuenta de que Sherlock, el hombre que siempre respondía a todo, jamás había negado el hecho de que fuesen pareja. Nunca había dicho una sola palabra en contra de esa afirmación.
¿Acaso él…?
- Hemos llegado.
La voz del taxista interrumpió el hilo de sus pensamientos y se vio obligado a descender del vehículo para seguir a su compañero, amigo, ¿novio? No. A Sherlock, al interior de la empresa. Se encontraron frente a una recepcionista increíblemente guapa, que no llegaría a los treinta años, tan entretenida en su ordenador que no se percató si quiera de la presencia de John y Sherlock hasta que este último puso una placa de policía que le había robado a Lestrade sobre el mostrador. Ella miró la placa, después a Sherlock, alzó una ceja y sonrió. Y en ese instante John sintió una punzada de celos.
- ¿En qué puedo ayudarle, inspector?
John vio como Sherlock le dedicaba una de esas sonrisas que conseguían que todas las mujeres se derritiesen nada más verle y una segunda punzada le atacó, con tanta fuerza que tuvo que poner todo su empeño en no asesinar con la mirada a ninguno de los dos. Que por cierto, estaban claramente flirteando.
- Necesito ver la lista de sus empleados, los que hayan sido contratados en el último mes. Al igual que los autónomos que hayan conseguido algún trabajo por medio de la empresa en el mismo periodo de tiempo.
- Con mucho gusto.
Y sin necesidad de una palabra más, la mujer dejó sobre el mostrador una carpeta llena de papeles coronada por un post it con un número y un corazón escritos en él. Viva el disimulo.
Pero el detective cumplió con las espectativas de John y nada más salieron del sitio tiró a la basura el post it y volvió a entrar al taxi mientras abría la carpeta.
No hubo explicación de lo que ocurría, no hubo monólogo sobre el hilo de pensamientos que estaba siguiendo para dar con la persona que necesitaban, pero entonces sacó una ficha de la carpeta y se la pasó a John que observó todos los datos sin encontrar nada demasiado extraño.
- Oliver Blythe. ¿Por qué crees que es él?
- No lo creo, lo es.
Normalmente aquellas demostraciones de superioridad podían con él, pero en aquella ocasión le hizo sonreír. A pesar del tiempo que había pasado, de todo lo que había ocurrido, Sherlock seguía siendo el mismo. Y él realmente también lo era.
- Está bien, ¿por qué es él?
- Ahora lo verás.
Y de nuevo su sonrisa regresó. Aquella sonrisa que siempre mostraba cuando estaba realmente emocionado por algo, cuando conseguía llegar al fondo de un caso con éxito, cuando estaba completamente satisfecho con su trabajo, sobretodo cuando le habían sobrado tantísimas horas. Había sido demasiado fácil, ¿no?
- Dame tu móvil.
John obedeció la orden de nuevo y le dio el teléfono que Sherlock mismo le había entregado. Vió como el detective tecleaba un número y se llevaba el móvil al oído. El doctor no tenía la menor idea de a quién podía estar llamando, pero seguro que no iba a pedir comida china para cenar.
- Hola, ¿es el 97.7? Llamo desde Scotland Yard, necesitamos hacer un anuncio.
No podía creerselo. Ahora estaba haciéndose pasar por Lestrade para lanzar un mensaje desde una emisora de radio, sencillamente increíble. El motivo estaba claro: si se habían comunicado con él por ese método ahora tenía que responder del mismo modo, pero la capacidad de Sherlock para saltarse la normas según le conviniese seguía pareciéndole de lo más inverosímil.
- Oliver Blythe. Venganza por humillación en público. Cambió la bala de fogueo por una real -colgó el teléfono y se lo devolvió a John antes de hablar con el conductor- encienda la radio, 97.7.
Seguramente el conductor estaba asustado de lo que un hombre aparentemente tan perturbado como había parecido Sherlock con sus palabras podía hacerle, por eso encendió rápidamente la radio con el volúmen bien alto. Al principio sólo se escuchó música, pero tras una ligera interferencia, volvió a escucharse la voz de Anderson.
- Muy bien, Sherlock… Pero las cosas no van a ser tan fáciles… Tu amiguito se quedará conmigo hasta que… termine el juego… - Se oyó una palabrota por lo bajo, proveniente de Sherlock, y tras una interferencia más, el mensaje se cortó.
- Mierda… -dijo John por lo bajo- se supone que tenían que liberarle, que el juego terminaba…
- No. El juego no termina hasta que yo falle y muera.
YAY! :'D
Lady B ha vuelto con otro minicapítulo de Nicotine :33 aunque tarde en actualizar no me olvido, que conste :P
¿Que creéis que pasará con Anderson? Me gusta saber vuestra opinión ^^
Por cierto, el siguiente minicapitulo será de la vida en casa del mayor de los Holmes. Aviso por si a alguien no le gusta esa parte de la historia :c
XOXO!
