- Greg L.-
"Tu amiguito se quedará conmigo hasta que termine el juego"
Greg suspiró con pesadez y apagó la radio, dejándose caer después sobre el sofá, llevando sus manos a su rostro en gesto de desesperación. Su secuestro al parecer no había sido suficiente para sus captores y ahora la habían tomado con Anderson y seguramente con alguien más. Nadie estaba a salvo. Lo más probable era que ni siquiera él lo estuviese a pesar de estar en uno de los lugares más seguros de todo Londres. Bueno, realmente simplemente suponía que era uno de los lugares más seguros, pues no había visto una sóla cámara de seguridad, una alarma, una cerradura de seguridad. Parecía completamente normal, una casa de lujo completamente normal. Pero Mycroft no era normal, en el poco tiempo que llevaba ahí le había dado tiempo a comprobarlo, así que por ende su casa tampoco lo era. ¿Resultado? Cada minuto ahí le dejaba más confuso.
Suspiró de nuevo, comenzando a hartarse de su vida. Era demasiado desesperante estar encerrado en un paraíso de lo británico plagado de té, pastelitos y paraguas mientras el resto del universo seguía adelante sin él, mientras sus amigos se jugaban la vida y él no podía hacer más que sentarse en una cama que no era la suya a leer libros que no le pertenecían.
Quizás había llegado el momento de volver a intentar limpiar. La primera vez le había pillado el servicio del mayor de los Holmes y le había obligado a dejar el trapo y el plumero, pero ahora estaba completamente sólo en aquella gigantesca casa y podía hacer lo que le diese la gana. La verdad era un poco ridículo que lo único que se le ocurriese fuese ponerse a limpiar, pero bueno, menos es nada.
Dicho y hecho: se levantó del sofá y se dirigió al otro ala de la mansión, cogiendo por el camino un trapo para el polvo, y comenzó a limpiar algo que parecía una salita de estar. Realmente sólo imaginaba un lugar así poblado por mujeres que pasasen la cuarentena y se entretuviesen criticando a sus maridos y hablando de zapatos, a pesar de que eso apenas se llevase hoy en día, pero Mycroft tendría ese sitio por alguna razón. Quizás sólo para rellenar espacio, lógico con tantos metros cuadrados por cubrir.
Así que comenzó por la mesita de café, echando a un lado un florero para repasar por completo el cristal, seguido de las patas, un teléfono antiguo que seguramente estaba ahí sólo para decorar, las puertas, las ventanas… Y finalmente llegó a un armario. Era un armario de doble puerta, antiguo, elegante, a juego con toda la sala. Y tenía una cerradura dorada. Greg ya se imaginaba que estaría cerrado con llave, pero aún así decidió probar a abrirlo. Y se abrió.
Ante él apareció una increíblemente enorme y majestuosa colección de paraguas. Irremediablemente comenzó a reír. Ya se había dado cuenta de la "pequeña" obsesión con esos accesorios del señor Holmes, pero jamás imaginó que fuese una especie de coleccionista y experto en el tema.
Una vez se le acabó el ataque de risa, se pasó una mano por el cabello, sintiendose muchísimo más animado. La verdad es que le había hecho falta algo así, le había hecho falta reírse mucho más de lo que había pensado. En el fondo no era tan malo estar vivo.
Recuperado, tomó uno de los paraguas en sus manos y se permitió un instante para observarlo: empuñadura de cristal, tela brillante, estampado oscuro y elegante, madera buena… Una elegante obra de arte. Hora de limpiarla.
- Veo que le resulta cómica mi predilección por estas maravillas, señor Lestrade.
Las palabras de Mycroft le pillaron completamente por sorpresa y, sin quererlo, el paraguas resbaló de sus manos, precipitándose contra el suelo, pero por suerte los reflejos del mayor de los Holmes fueron lo suficientemente veloces como para permitirle recogerlo antes de que se estrellase contra el mármol.
- L-lo siento.
- No hace falta que se disculpe, después de todo lo único que ha hecho es tomar una de mis mas preciadas y privadas posesiones sin permiso y ha estado a un paso de destrozarla por completo, pero no hay problema.
Greg bajó la mirada avergonzado, y a la vez maravillado por la increíble capacidad de Mycroft para conseguir amenazar a alguien con tanta eficacia usando un tono de voz tan suave y agradable como el suyo. No se imaginaba a nadie más capaz de hacer eso con semejante elegancia. Era la viva imagen de un caballero británico, algo que él siempre había aspirado a ser pero que jamás se había propuesto a alcanzar.
- Pensé que podría ayudar, ya sabe, para pagar mi estancia aquí.
- Preferiría que no me pagase destrozando los regalos de su Majestad la Reina de Inglaterra, a ser posible.
Dicho esto, Mycroft devolvió el paraguas a su lugar y Greg soltó una palabrota por lo bajo, provocando una ligera carcajada por parte del mayor de los Holmes. Bueno, al menos los dos habían conseguido reírse aquel día, ¿no?
- No se preocupe… Mientras no destroce nada de valor no pasa nada, pero tenga más cuidado la próxima vez.
-Mycroft H.-
¿Podía ser la primera vez? Si. La verdad es que era bastante probable que esa hubiese sido la primera vez que no ardía de furia al ver a alguien tocar algo suyo sin permiso. Pero no podía tratar mal a un hombre que había sufrido tanto. Puede que supiese que los sentimientos hacían vulnerable, que preocuparse era una debilidad, pero aún así seguía siendo un imperfecto ser humano. Y como tal, se dejaba conmover. Lestrade era un humano roto, en plena reparación, y hasta que encontrase el adhesivo con el que volver a unir sus piezas, el deber de Mycroft con él y con su hermano era protegerle y soportar su lógica. Aunque eso significase que su colección peligrase, pero al menos ahora tenía la certeza de que sus amados paraguas estarían a salvo. Aunque solo fuese por un tiempo.
De todas formas no era capaz de apartar ese instante de su cabeza. Él era menos dado al contacto humano incluso que su hermano, pero a pesar de ello había sido capaz de mantener una conversación mínimamente cordial e incluso sonreír con sinceridad a alguien que había irrumpido en su vida sin avisar de la manera más caótica posible. Increíble, había llegado al punto de su vida en el que había dejado de avanzar para proceder a involucionar. Sabía que ese día llegaría, pero jamás esperó que llegaría tan pronto. ¿Quizás había calculado mal…? No. Simplemente es que la llegada del Inspector de Policia no había sido un factor a tener en cuenta. Ahora toda la ecuación se veía trastocada, al igual que su apacible vide entre los muros de su mansión, a solas con sus pensamientos.
Por eso no podía concentrarse en el periódico que tenía en las manos y sólo era capaz de mirar fijamente, perdido en sus pensamientos, la blanca chimenea del club diógenes mientras las hojas se doblaban lentamente entre sus manos, produciendo un susurro que rompía la calma y el silencio que siempre reinaba y debía reinar en aquel lugar diseñado para la paz y la intelectualidad.
Exasperado por su propia humanidad, Mycroft se puso en pie y salió de su club. Necesitaba saber qué estaba ocurriendo en su casa.
Y de nuevo la ecuación se había desestabilizado. Nada más atravesó las puertas de su hogar, escuchó ruidos en la cocina. Ruido. En su casa. No podía permitirlo.
Caminó hasta la cocina con paso firme, olvidándose de soltar su paraguas, de colgar su abrigo, y lo que vio al entrar le dejó momentáneamente paralizado. El inspector llevaba uno de los blancos delantales del servicio y sostenía una manga pastelera entre sus manos mientras decoraba una visiblemente deliciosa tarta de lo que parecía crema y fresas a la vez que su cocinera observaba orgullosa y con ojo crítico el progreso del que al parecer se había convertido en su aprendiz. ¿Desde cuando su casa se había convertido en una escuela de cocina?
- ¿Se puede saber que está sucediendo aquí?
- Ah, Mycroft, ¿ya has llegado? -¿de donde narices había salido ese buen humor y esas confianzas?- Estaba preparando una tarta para ti. Es una forma más segura de pagar mi alquiler, ¿no? Así no rompo nada.
El brillante cerebro de Mycroft se apagó durante unos instantes al ser incapaz de procesar semejante información de golpe. Lestrade estaba sonriendo, cocinando, y le tuteaba como si le conociese de toda la vida. Debía sentirse indignado. Y lo estaba, realmente estaba indignado, pero la tentación de probar aquella tarta estaba empezando a poder con todo lo demás.
Por Dios, Mycroft, eres un caballero, aprende a controlarte. Eso era lo que se decía a si mismo, pero sus ojos estaban clavados en la tarta y su tripa amenazaba con dar sonido a sus más primitivos deseos. Bueno, no pasaba nada por probar un trozo, ¿verdad? Además, sería descortés no probarlo…
- Deberías probarla, creo que me ha quedado bastante bien.
Sin abrir la boca para no arriesgarse a decir algo que le dejase en evidencia, Mycroft se acercó a la isla central de la cocina y se sentó en uno de los taburetes, dejando sus pertenencias en el contiguo mientras observaba su cada vez más bienvenido invitado cortar el delicioso pastel y dejar una porción en un plato. Para empezar se veía increíble. Había llegado el momento de probarlo…
- Por amor de Dios, Gregory, ¿se puede saber qué ha hecho?
Dejó caer el tenedor sobre el plato mientras alcanzaba una de las servilletas de tela y se la llevaba a los labios. Al parecer lo dulce del sueño se había quedado únicamente en la apariencia, pues el sabor era absolutamente nefasto. Una cosa era no ser descortés y otra muy distinta someter a sus papilas gustativas a semejante tortura sólo para complacer a un mal intento de cocinero.
- No se que ha podido salir mal…
- Oh, no me haga enumerar la cantidad de cosas que han salido mal.
Antes de darse cuenta de lo que hacía, Mycroft se levantó, se quitó la americana, dobló con cuidado las mangas de su camisa y alcanzó un delantal limpio, despidiendo con un gesto a la atónita cocinera, antes de empezar a abrir cajones y armarios, sacando de ellos todo tipo de artilugios y utensilios de cocina, seguido de una enorme cantidad de ingredientes especialmente caros. La buena calidad se pagaba, y si algo apreciaba Mycroft era la calidad, sobre todo si se trataba de pasteles. Había que saber tener prioridades, y estaba claro que después de la seguridad del país y de la Reina estaban los paraguas y las tartas. Sherlock adoraba mofarse de ese aspecto de su personalidad, pero lo consideraba un entretenimiento mucho más sano y elegante que los cadáveres.
- Si quieres que coma algo, que al menos no sea venenoso. Ahora mira y aprende.
Hey!
Aquí está el prometido Mystrade parte dos ^^
Espero que lo disfrutéis y que os riais tanto leyendolo como yo escribiéndolo :33
El siguiente capitulo volverá a ser sobre Sherlock y el lío en el que se ha metido
Nos vemos!
XOXO
