Dos caras de una moneda
Capítulo 6. Oscuridad antes del alba
Poca gente quedaba en la oficina cuando Jubal volvió a entrar en su despacho. El día ya tocaba a su fin, coloreando la estancia de luz anaranjada. La encontró sentada a su mesa, aún revisando papeles. Esta vez no se asomó dando un par de leves golpes en el marco de la puerta como solía hacer; simplemente se acercó y, con un movimiento lento y deliberado, dejó ante Isobel sobre la mesa la tablet con el expediente abierto.
Se la quedó mirando fijamente.
Ella, con el estómago convertido en plomo, leyó la portada del archivo, aunque ya sabía de lo que se trataba. El informe del motín de Hazelton. Isobel se quedó muy quieta.
—Estabas dispuesta a quedarte atrás con tal de que los demás saliéramos de Green Haven —intentó provocarla Jubal.
Isobel alzó los ojos y clavó la mirada en él de un modo que lo hizo querer huir.
—Lo has leído —dijo ella por toda respuesta, con un tono de amargo reproche, casi rencoroso.
—No. Iba a hacerlo. He estado a punto —confesó Jubal llanamente—, pero no lo he hecho.
Simplemente estaba seguro de que fue traumático. Se dolía por Isobel solamente elucubrando qué pudo ser. Ella falló completamente al disimular que se sintió muy aliviada, y eso hizo vacilar a Jubal, por lo que implicaba. Pero al final decidió atreverse.
—¿Vas a contármelo?
El largo silencio que siguió, duro como un muro de piedra, habló por sí mismo. La expresión terca de Isobel fue más elocuente aún. No le permitió a Jubal siquiera insistir. Él tuvo que apartar la mirada, los ojos húmedos; tragó con dificultad y asintió, un rictus de profunda decepción en su boca.
Isobel necesitaba ayuda, pero no iba a consentir que él se la diera. Jubal no sabía si se sentía más herido o enfadado. Una parte de él no podía creerse que había perdido por completo la confianza de Isobel, la cual había atesorado con tanto fervor.
Quizás nunca la había tenido de verdad.
Una brusca sed por un trago de vodka se manifestó súbitamente dentro él, como un sorbiente remolino. Respiró profundamente para dominarla, pero permaneció allí, creciendo por momentos.
Así que, más herido, pues. Mucho más.
—Isobel... No- no sé qué crees que estoy intentando, pero yo- Yo sólo estoy preocupado por ti.
Se dio media vuelta y salió del despacho, meneando desolado la cabeza.
·~·~·
—Siento mucho tu pérdida.
Isobel miró a Jess como si no entendiera las palabras, entumecida por dentro como sólo puede hacerlo aquella acumulación de dolores distintos y solapados. Jess era una de las pocas personas que lo sabía. Que podía entender lo que suponía haber recibido aquella noticia, estar ahora allí de pie vestida de luto, pero apartada de los demás.
"Siento mucho tu pérdida"...
Kyle había dicho lo mismo, hacía cuatro meses, en el funeral de su madre, fallecida tras muchos años de lucha infructuosa contra el cáncer. A Isobel le había sorprendido verlo allí, después de tanto tiempo, aunque sabía que ahora Kyle trabajaba en la cercana oficina de Newark. Al parecer él había querido pasarse, al menos, a presentar sus respetos.
Estaba distinto. Sereno pero también más reservado. Isobel pensó en aquel momento que parecía guardar algún inquietante secreto. Además, la llama del rencor y la culpa ya no brillaba en sus ojos. Isobel se preguntaba si tendría que ver con que sus atacantes habían terminado asesinados en prisión con pocas semanas de diferencia, cuando ella ya llevaba algún tiempo destinada en Alabama, y que el alcaide Henderson había resultado muerto en un accidente de tráfico sólo unos meses más tarde.
Para ser honesta, también le había sorprendido que, menos de tres horas después del oficio, lo había invitado a su cama y Kyle había terminado gimiendo su nombre en sus labios. Había sido algo desesperado y lleno de necesidad, como lo es siempre que la muerte ha rondado cerca.
Isobel no esperó volverlo a ver.
Sin embargo, al día siguiente Kyle la llamó y la invitó a cenar. Trayéndole flores y siendo caballeroso, empezó con ella un cortejo lento y tradicional. Bueno, al menos más tradicional que la primera vez, hace años, cuando acabaron besándose apasionadamente en los vestuarios tras una misión encubierta que los había hecho fingir ser más íntimos de lo que en realidad eran.
Durante aquellas pocas semanas, la compañía de Kyle había ayudado mucho a Isobel a sobrellevar la pérdida de su madre, aunque aún cargara dentro con una inmensa tristeza. Sólo veinticuatro horas antes, Isobel se había despertado junto a Kyle y, al verlo aún dormido en sus brazos, había sentido una ternura que trajo un regusto a felicidad. Veinticuatro horas.
Ahora Kyle estaba muerto. Asesinado por Antonio Vargas.
·~·~·
La imagen de la espalda de Jubal alejándose, abandonándola, se le clavó a Isobel en el pecho como un puñal. Las lágrimas acudieron incontrolables a sus ojos, los sollozos a su garganta. Se giró en su silla para esconderse y se rodeó el cuerpo con los brazos intentando controlarlos.
¿Pero qué otra cosa podía esperar de él ante cómo lo apartaba repetidamente de sí?
Cuando al fin logró alcanzar una cierta pero enfermiza serenidad, durante un rato intentó trabajar. Pero fue inútil. Las cuatro paredes de su oficina –cristal, hormigón, daba igual– la estaban asfixiando, como lo habían hecho las de su casa. Sus pesadillas y lo que había visto en los ojos de Jubal, que le recordaba dolorosamente a Kyle, la atormentaban.
Afuera ya se había hecho de noche. Recogió sus cosas para irse. Estando ya en la puerta con el abrigo puesto, se detuvo, la mirada fija en la tablet sobre su mesa.
Los pasos ayudados del bastón que la llevaron al bar no habían sido planeados, pero no vacilaron tampoco. Sentía su mente exhausta de tratar de escapar sin conseguirlo del laberinto plagado de horrores de sus recuerdos. La ausencia de su madre, la de Jess, se hacían agónicamente patentes. Cómo deseaba haber podido recurrir a ellos en ese momento. Si había un día que Isobel necesitaba un whisky escocés sin hielo, era ése.
El local estaba casi vacío. Un par de hombres bebiendo cervezas atendiendo a los deportes en la televisión, otro en un apartado, encorvado sobre su vaso con una botella de vodka sobre la mesa. Ninguno le prestó atención. Bien.
Se quitó el abrigo y se sentó al final de la barra. Dio la bienvenida a la familiar quemazón que le produjo en la garganta el primer trago. No fue suficiente. Con la mano temblorosa, alzó el vaso para dar un segundo... pero lo vio allí, en el espejo de detrás de la barra.
Al principio pensó que el reflejo y la luz de los neones de colores de la decoración del local le estaban jugando malas pasadas, pero cuando fijó la vista Isobel no tuvo ninguna duda. El hombre de la mesa del apartado, era Jubal. Se quedó helada, con el vaso cerca de los labios pero sin tocarlo. La mirada vacía de Jubal contemplaba el fondo del suyo como si deseara ahogarse dentro.
Muy lentamente, temiendo ceder a la histeria si no ejercía férreo control sobre sí misma, Isobel dejó su vaso en la barra. Se bajó de la banqueta con la dificultad que le daba su reciente herida, y se acercó a él. Sólo lo llamó por su nombre, con la voz ronca.
La cabeza de él se giró bruscamente, los ojos desorbitados.
—¡Isobel! ¿Qué-? Esto... Yo no- —balbuceó Jubal.
Ella no supo qué decirle; estaba allí para lo mismo. Y, a la vez, la sola idea de él volviendo a beber era devastadora.
Entonces vio que el vaso de Jubal estaba vacío, seco. La botella aún tenía el precinto intacto.
El alivio hizo que sus rodillas le fallaran, la visión oscurecida; se apoyó en la mesa y luego se sentó, frente a él.
—No has bebido —suspiró, su corazón bajando lentamente de su garganta.
La aterraban las implicaciones de todos modos. Cogió la botella y la apartó hasta que estuvo fuera del alcance de Jubal. Él apenas la miraba; parecía avergonzado más allá toda medida.
—Por el amor de Dios, Jubal, ¿qué estabas haciendo? —Isobel no quiso disimular la angustia en su voz.
Reprimió un fuerte impulso de agarrarlo por los hombros y zarandearlo.
Esta vez fue el turno de él de permanecer en silencio. Fue la abierta consternación en los enormes ojos de Isobel lo que lo empujó a hablar.
—No lo sé. La necesidad era demasiada y... No lo sé.
En realidad, Isobel sí lo sabía: Jubal había estado asomándose deliberadamente al precipicio de la autodestrucción, preguntándose si sería lo suficiente fuerte para resistirse. Y secretamente deseando no serlo. Lo sabía... porque ella también había estado allí.
—¿Qué haces aquí? —murmuró él.
Isobel quería contestar que había venido buscándolo porque pensaba que él la estaba necesitando. El hecho de que no fuera verdad, la arrasó por dentro inesperadamente. Ni siquiera se había parado a pensar en lo que todo aquello le podría estar haciendo a Jubal. ¿Y qué? pensó con amargura. Lo superará. Yo lo hago. Volvió la cabeza y vio su propio vaso, abandonado sobre la barra. Sus pesadillas danzaron brevemente ante sus ojos, dificultándole la respiración. Sí, seguro.
Estudió el rostro desolado de Jubal, miró de reojo la botella de vodka. Un peso creciente lastró su corazón. Él no se merecía que lo dejara a su suerte; le importaba demasiado. Y menos, siendo ella la causa, estando en su mano evitarlo.
Se levantó de golpe.
—Vamos. Salgamos de aquí.
·~·~·
Fuera del bar, Isobel había insistido en acompañarlo a casa. Jubal sospechó abochornado que porque no se fiaba de que no diera media vuelta y volviera dentro.
Había dejado de llover hacía poco. Caminaron juntos y en silencio, sólo el sonido de sus pasos –del bastón de Isobel– sobre la húmeda acera haciendo eco en la calle solitaria. Realmente, Jubal no encontraba palabras que no lo avergonzaran aún más. Isobel, sin embargo, parecía sencillamente sumida en sus pensamientos.
Una vez en la puerta del edificio, ella había preguntado sin llegar a mirarlo si la invitaba a subir. Jubal no supo qué lo sorprendió más, la pregunta o el tono vacilante, casi tímido, de Isobel.
Cuando abrió la puerta de su apartamento, la dejó pasar delante de él. Los dos colgaron sus chaquetas. Jubal le ofreció un té, pero ella negó con la cabeza.
A un gesto de Isobel, los dos se sentaron, como habían hecho en el bar, a cada lado de la mesa del comedor de Jubal. Él contempló expectante sus hermosos rasgos, delineados suavemente por la única suave luz, encendida un poco más allá en el salón, que los alumbraba. Casi pudo ver la decisión condensarse en sus ojos.
Isobel apretó sus labios.
—Aquí tienes —dijo pasándole el enlace del expediente desde su móvil—. Puedes leerlo si quieres. Pero nada volverá a ser lo mismo —añadió, sombría.
Los ojos de él se volvieron aprensivos, revolviéndole las tripas a Isobel, muy consciente de lo que arriesgaba por sacarlo de la espiral de desesperanza en la que estaba sumido.
El súbito impulso de Jubal de prometerle que no sería así casi lo traicionó, pero por fortuna fue lo suficientemente sensato como para no hacerle promesas vanas.
Tan abrumado por la muestra de confianza como aterrado de lo que iba a encontrar, alcanzó su tablet personal y la encendió para abrir el archivo. La conexión puso a prueba su templanza.
Jubal lanzó una breve mirada hacia Isobel. Sus ojos se veían tan negros... Finalmente, tomó aire, y comenzó a leer.
Isobel lo estudió durante todo el tiempo. Consciente de ello, de lo mucho que a ella le disgustaba sentirse expuesta ante los demás, él ocultaba cuanto podía sus reacciones, pero Isobel pudo captar el leve fruncimiento de su ceño, la ligera tensión sus párpados, el fugaz tic en su mejilla.
Antes de que pudiera hacer nada por evitarlo, todo volvió a ella en oleadas. La tragedia de la muerte de Elijah. La repugnante, dolorosa invasión de Strickler contra su cuerpo. La desolación de la ira y el abandono de Kyle. La impotencia era el elemento en el que se diluía todo, en el que Isobel se debatía y se ahogaba.
Al terminar de leer, Jubal se sentía con ganas de destrozar cosas con sus propias manos. Con razón el caso de los violadores de la Tri-estatal la había afectado tanto. El estómago de Jubal se retorció al pensar en Isobel insistiendo en hacer personalmente aquella misión encubierta, en lo que había tenido que pasar y lo que había estado a punto.
Aún peor, que se hubiera visto obligada a enviar a OA y Maggie a Green Haven.
Y entendió por fin por qué cada vez que sus agentes resultaban heridos debido a alguna decisión suya, Isobel se castigaba de aquel modo. Lo dejó literalmente sin respiración.
Levantó la mirada y encontró a Isobel apretándose el torso con los brazos, los ojos cerrados con fuerza, temblando.
Aquello le dio a Jubal los preciosos segundos necesarios para tragarse la furia y el horror en su garganta. Le hizo comprender la dimensión de la confianza que le estaba otorgando. Casi le dio vértigo.
—Estábamos juntos Kyle y yo en aquella época —dijo ella, en voz baja—. Él quería venganza.
Sonó imposiblemente serena para el estado en el que se encontraba.
Los momentos que pasó junto a Kyle regresaron a ella con un despiadado contraste agridulce. El afilado dolor de su pérdida la hirió, en aquel preciso momento y lugar, como lo hizo la primera vez.
"¿Estabais muy... unidos?", resonó la burlona voz de Vargas dentro de ella con una siniestra reverberación. "Estuvo en mi nómina durante años".
Cuando, tras soltar a Vargas para salvar a Elise, Isobel investigó las sendas muertes de los colegas de Strickler, descubrió que tras ellas habían estado hombres de Durango. El accidente del alcaide de Hazelton fue un callejón sin salida, pero definitivamente no pareció tal. Por supuesto, nadie encontró la relación en su momento.
Las piezas entonces habían encajado para ella con el retumbar de una losa al cerrar una tumba.
—Aquel fue el motivo por el que Kyle acabó en manos de Vargas —añadió Isobel con voz estrangulada—. Creo- Creo que aquello fue lo que lo destruyó.
Con el corazón palpitante, Jubal apenas pudo controlar las lágrimas que lo asaltaron ante la certeza de que casi la había destruido a ella también, ante cómo de dañada había resultado. Pero más aún ante que, a pesar de todo, seguía en pie. No emocional, pero sí moralmente, entera.
La otra cara de la misma moneda.
Isobel simplemente estaba aterrada de mirarlo, convencida de que ahora encontraría en sus ojos lo mismo que plagó los de Kyle, de que ahora tendría que sumar la mirada de Jubal a las demás que la atormentaban: el vacío de la de Elijah, la obscenidad de la de Strickler, la oscuridad de la de Kyle.
Sin embargo, se negó a dejar que el miedo la dominara. Se preparó para el devastador golpe que supondría aquello. Alzó el rostro.
Para su absoluta sorpresa, lo que halló en ellos además de lágrimas no vertidas, fue una inesperada comprensión y una grave firmeza que decía "aquí estoy, me tienes, pase lo que pase".
Sin decir ni una palabra, Jubal se levantó, fue hasta ella; se arrodilló a su lado y la abrazó. Se temía no ser bien recibido, pero era lo que su corazón le decía que debía hacer.
Sólo unos segundos antes, Isobel habría jurado que sentirlo tan cerca, notar sus brazos rodeándola, habría empeorado las cosas, pero por sorprendente que pareciera, no lo fue. Su calor, su aroma... su afecto, la envolvieron como si Jubal estuviera tratando de unir de nuevo todos sus pedazos rotos. De pronto, sin siquiera llegar a pensarlo, Isobel se aferró a él con desesperación, sin contener sus sollozos por una vez.
Aunque quería besarla en la frente, acariciarle el pelo, su intuición le dijo a Jubal que no debía. Cualquier cosa podría romper aquella frágil burbuja de seguridad que había logrado invocar para que ella pudiera mostrar su vulnerabilidad.
Las rodillas de Jubal llegaron a doler, pero los dos permanecieron así tanto tiempo como Isobel necesitó.
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Próximo capítulo, "Armadura de excusas": Isobel no contestó, maldiciéndose por haberle hecho aquellas preguntas, cuando no era él quien debía responderlas.
