Disclaimer → HP pertenece a J.K. Rowling y a Warner Bross, sigo sin conseguir que me vendan a Fred y a George... Y Twilight le pertenece a Stephenie Meyer. Yo sólo estoy a cargo de meter ambos libros en una licuadora y mostraros sus efectos.
¡Disfrutad de la lectura!
Capítulo VII
Sin perder tiempo, los Cullen se abalanzaron hacia las escaleras y corrieron hacia donde empezaban a oír gritos de dolor. ¿Qué más podía ocurrir? ¿Por qué le pasaba esto a unos niños indefensos?
El olor de la sangre les recibió en el vestíbulo. Emmett arrastró y contuvo a tiempo a Jasper. Le hizo recobrar la ''consciencia'' a bofetones y siguieron su camino. Mientras corrían hacia los pisos bajos se encontraron con varios muchachos mayores que cargaban con los pequeños mediante hechizos. Edward sabía que los llevaban a la enfermería, y alentó al resto de la familia para que dejaran allí a los pequeños: los estudiantes más mayores se encargarían de ellos y había suficientes para que no fuera un gran trabajo. A Rosalie le resultó muy duro ver a un niño incapaz de caminar, aunque no supiera la razón. El olor de la sangre no provenía de él y no parecía haber lesiones visibles, razonó Carlisle por otra parte.
A velocidad vampírica llegaron casi enseguida al Gran Comedor, donde habían estado media hora antes. Detrás de ellos llegaron corriendo la directora y la profesora Sinistra, que había dado la alarma. La larga mesa de madera estaba partida en diversos puntos, las banquetas estaban tiradas por el suelo, y una profesora, de constitución delgada y grandes gafas estaba tirada debajo de la mesa, desmayada.
Una mujer de pelo negro, largos y muy rizados se batía en duelo con tres profesores, y otra, regordeta y con cara de maligno placer, se batía en duelo con otros dos. Los Cullen se quedaron en la puerta, momentáneamente paralizados con las explosiones y los rayos de colores. McGonagall llegó, junto a Sinistra.
–¡Aurora, saca a Sybill de allí y llévala a la enfermería! Y llévate a la señorita Cullen contigo, que le eche una mano a Poppy –ordenó, empujando levemente a Nessie–. ¿Cuántos son?
–No lo sé, Minerva. ¡No encuentro a Charity por ninguna parte! –sollozó mientras agitaba la varita–. ¡Mobilicorpus!
El cuerpo de Trelawney flotó hasta un metro de distancia contra el suelo.
–Vamos, niña, hay más heridos en los pasillos –apremió.
Jacob la detuvo justo antes de salir.
–¿Nessie estará bien? –preguntó inseguro.
–¡Por supuesto que sí, muchacho, yo la cuidaré! ¡Ahora, apártate! –exclamó impaciente.
''A quien se le ocurre preguntar tan tranquilo en medio de una pelea...'' mascullaba Sinistra internamente.
–¿Puede detener alguien a Alecto Carrow? ¡Que alguien me siga para encargarnos de Bellatrix! –ordenó McGonagall.
Un hombrecillo muy bajito, con el cabello blanco, salió volando por los aires mientras lanzaba gritos de dolor con su aguda voz. Carlisle se apresuró a recogerlo, pero, incluso en los brazos del doctor vampiro, seguía retorciéndose de dolor, encogiéndose y estirando los brazos simultáneamente, a la vez que arqueaba el cuello y la espalda, agitando las cortas piernas con desesperación.
–¿Qué le ocurre? –preguntó Carlisle asustado.
Tenía un ligero parecido con un paciente que tenía la rabia, al cual había tratado años antes, pero había un ligero problemita: la rabia era una enfermedad que tardaba un tiempo en desarrollarse, y el hombrecillo estaba perfectamente bien en la cena. Además de que, en medio de un duelo de varitas (y aunque Carlisle no estaba acostumbrado a ellas), estaba seguro de que la magia tenía algo que ver. Pero, ¿cómo?
–Está bajo los efectos de un Cruciatus. ¡Hay que apartarle de la trayectoria de la maldición! –exclamó la directora.
Bellatrix apuntaba con soberano placer al diminuto profesor, protegida por un enorme escudo que iba desapareciendo, empujado por los hechizos y maldiciones de los profesores.
–¡Lléveselo de aquí, Cullen!
El doctor sujetó al profesor y lo llevó fuera del Gran Comedor, cobijando a un Flitwick desmayado bajo una maceta cercana. El profesor se tranquilizó de inmediato en cuanto salieron, pero, dentro, Bellatrix gimió de frustración al ver desaparecer al docente.
–¡Devaister!
Sprout agitó los brazos con fuerza, y grandes ramas surgieron del suelo del Gran Comedor. Bellatrix, echó la cabeza hacia atrás y empezó a reír como una psicótica.
–¡Bombarda Máxima! –gritó entre carcajadas–. ¿¡Qué sientes, Sprout! ¿Qué sientes al ver lo que le pasa a tus pobres plantitas?
Una fuerte explosión resonó en el Comedor, y las ramas se redujeron a simples cenizas. La Mesa Alta también fue afectada por el intenso hechizo, y los profesores que estaban ocultos detrás de ella sólo atinaron a protegerse la cabeza con los brazos, pero Edward y Alice los sacaron del camino. McGonagall dio unos pasos hacia delante.
–¡¿Qué haces en mi colegio, Lestrange? –gritó furiosa.
La aludida se colocó un dedo en la barbilla y puso unos falsos ojos tristes.
–Yo sólo quería hacerte una pequeña visita, Minnie. ¿Acaso no puedo? –dejó la falsa máscara a un lado y esbozó una cruel sonrisa–. El Amo me recompensará, y más con el regalito que le llevo.
–¿De qué hablas? –inquirió McGonagall, con la voz ligeramente temblorosa.
Jasper se dio cuenta de que ya nadie luchaba. Habían reducido a Alecto Carrow entre Emmett y Rosalie, que la sostenía con una sola mano por ambos brazos. La mujer se balanceaba inconsciente, casi babeando, mientras los profesores que habían estado luchando con ella, Vector y Hooch, miraban con admiración a ambos jóvenes.
''La portavoz de nuestro bando no tiene que estar asustada'' decidió... e infundió un poco de temeridad en la directora, mezclado con un poco de sutil furia. El cambio se notó y Jasper percibió algo de inseguridad en Bellatrix, pero demasiado leve. Desapareció casi de inmediato.
–Oh. ¿No te has dado cuenta de que falta alguien? –ronroneó.
McGonagall hizo algo de memoria hasta que recordó el comentario de Sinistra: ''¡No encuentro a Charity por ninguna parte!''
–¿Dónde está Charity Burbage, Lestrange? –preguntó con voz segura, apuntando a Bellatrix con la varita.
–¡Oh, lo estará pasando de maravilla! Sobre todo, si tenemos en cuenta que al Amo le encantaban sus discursos sobre la igualdad entre muggles y magos. ¡Estará en la gloria! –Rió.
Edward se estremeció al lado de Bella, a la que había cubierto con ambos brazos para protegerla.
–Está loca. Completamente loca –lo dijo lo suficientemente alto como para que le escuchara Bellatrix.
La bruja observó con interés a Edward, y Bella la desafió con la mirada. Ambas Bellas se miraron a los ojos con odio, mientras el resto las observaban con atención.
–Que valiente eres, niña –escupió la bruja–. Muy pocas se atreven a mirarme así.
–Es lo que tú crees, porque así es como te miran todos en cuanto te das la vuelta –repuso Bella con calma.
Bellatrix desvió su atención hacia Edward.
–¿Y quién eres tú, bomboncito? ¿Sabes que te pareces mucho a un muchacho guapísimo que murió hace años? –ronroneó.
Bella hirvió de furia, y adelantó unos pasos, pero su esposo la mantuvo entre sus brazos.
–¡Qué fierecilla! –rió Bellatrix encantada–. Volviendo al tema, Colagusano nunca tuvo gracia para matar, nunca le gustó tort...
–¡CÁLLATE!
Harry entró corriendo en el Gran Comedor, totalmente furioso, descontrolado.
–¿Qué haces aquí, Potter? ¡Debías quedarte con los de primer año!
El joven ignoró a la directora, siguió caminando hacia Bellatrix, furioso.
–No hables así de Cedric, no tienes corazón. Tú mataste a tu propio primo...
La bruja torció el gesto.
–¿Aún sientes pena por Sirius? Un traidor a la sangre, amante de los muggles...
–Y mil veces mejor persona que tú –la interrumpió Harry.
–¡Basta de cháchara! ¡Reducto!
La explosión resonó en el Gran Comedor. Pese a lo sencillo y rudimentario del hechizo, este tenía más fuerza que ninguno que Harry hubiese visto antes, impulsado por el odio de Bellatrix.
–¡Protego totalum! –invocaron tres profesores a la vez.
Todos los Cullen vieron cómo un gran rayo azul impactaba contra el escudo transparente que había sobre ellos.
–¡Crucio!
La maldición rozó la oreja de Harry y... rebotó contra la espalda de Bella.
–¡Bella! ¿Estás bien, mi amor? –Edward sujetó el rostro de su esposa con ambas manos, pero Bella negó rápidamente.
–Estoy bien, Edward.
–¿Cómo... Cómo es posible? –murmuraron los profesores.
Bellatrix temblaba de furia, apretando la varita en la mano. Una repentina quemazón en el brazo le hizo llevarse la mano al antebrazo, por encima de la manga. El Amo las estaba llamando, la Marca se oscurecía. Sopesó la idea de dejar a Alecto allí, pero al Amo no le gustaría...
–¡Impedimenta! –exclamó apuntando a Rosalie.
La vampira soltó a la mortífaga y salió despedida hacia el fondo de la sala, donde se quedó estampada contra la pared. Bellatrix atrajo a Carrow hacia ella con un hechizo y cogió un trozo de madera quemada.
–¡Portus! –exclamó.
Antes de que cualquier vampiro pudiera detener a ambas mujeres, desaparecieron del Gran Comedor. Harry se quedó resoplando en medio del destrozo, recordando cómo había dejado a Ernie y a Hanna cuidando de los niños, para ir a buscar a una niña y a su mellizo que se habían quedado rezagados. El niño tenía una herida en la pierna, y seguramente se habían retrasado. En cuanto había llegado, había oído las palabras de Bellatrix, y había sentido como la bilis se le subía hasta la garganta de la furia que había sentido. Ahora comenzaba a calmarse un poco, pero sospechaba que Jasper tenía algo que ver.
–Hay que arreglar este estropicio. Pomona, Vector, madame Hooch y... ¡Ah, Flitwick! –saludó al profesor, que se tambaleaba un poco–. ¿Crees que estás lo suficientemente bien como para ayudar a ordenar el Comedor?
–Uno ya no es joven, Minerva –dijo Flitwick con voz chillona–. Pero con un poco de chocolate estaré totalmente recuperado. Es más, iré a pedírselo ahora mismo a la enfermera y vuelvo enseguida.
El simpático hombrecillo se fue renqueando por los pasillos, al mismo tiempo que Hagrid entraba en el Gran Comedor.
–Pero, ¿qué ha pasado aquí? ¡Lo siento mucho, profesora! Estaba ocupado con un unicornio herido en el Bosque y no me di ni cuenta. ¡Perdón! –exclamó.
Jasper percibió verdadera preocupación en el hombretón, mezclada con indignación hacia sí mismo y frustración. Se había ocupado de calmar los ánimos en el Gran Comedor, pero no minimizaban el dolor y las ganas de venganza.
–Veamos, ¿la señorita Cullen está en buenas condiciones?
Rosalie se acercó totalmente despeinada y con aire furioso. Se sacudía el polvo de la ropa, pero no tenía ni un sólo rasguño. De hecho, cuando Harry se volvió a echar un vistazo a la pared, se comprobó la masa de piedra y pintura había recibido más daño que la propia vampira. Se marcaban el impacto de una figura estilizada, con los brazos abiertos, similar a la de los ángeles de la nieve que se hacían en Navidad. Se volvió de nuevo, impresionado. McGonagall miraba en la misma dirección que Harry, y ambos compartieron una pequeña mirada incrédula.
–Perfectamente, directora. Sólo le ha tomado por sorpresa –contestó Emmett, ayudando a su esposa a adecentarse un poco.
Alice observó con ojo crítico las ropas de su hermana:''Destrozado. El blusón de Gucci totalmente destrozado. ¡Era lo último de la temporada! Y mira ese monísimo pantaloncito. ¡Salió en el último desfile de Prada! Está i-rre-co-no-ci-ble'' pensó frustrada.''NECESITAMOS organizar una salida de compras, Edward. Aunque, pensándolo bien, necesitamos que una constructora arregle esto.'' se dijo Alice, mirando con ojo crítico las paredes y las mesas destrozadas.
Edward se encogió de hombros y murmuró:
–Ya veremos cómo arreglamos esto. Quédate tranquila, Alice.
La directora retomó la palabra.
–¿Dónde está Slughorn? –preguntó arrugando el ceño.
Vector se acercó a la directora, colocándose bien el sombrero de bruja. Le lanzó una mirada de curiosidad a Bella, que no duró más de un segundo.
–Está en la enfermería, parece que Poppy le pidió ayuda con las pociones.
–Claro, claro, que casualidad que tuviera algo que hacer para no estar aquí –murmuró–. Iremos a la enfermería a recoger a la señorita Reneesme y a la profesora Sinistra. Aunque... ¿Puede decirme alguien qué ocurrió? –preguntó.
La bruja que había invocado las ramas se aproximó a McGonagall. Edward observó que aún respiraba muy superficialmente, como si acabara de correr una maratón. Sudaba a mares y se sacudía el polvo de las manos en la vieja túnica verde.
–No lo sabemos, Minerva. Ha sucedido todo muy deprisa. En un momento, estábamos cada uno ocupados en nuestros asuntos, y al momento siguiente, Aurora llamaba a todas nuestras puertas a grito pelado, diciendo que nos atacaban...
–...y cuando llegamos al Comedor, estaban Bellatrix y Alecto aquí. Creo que abrieron ese boquete de allí –la profesora Vector señaló un agujero en la pared, a cuyos pies estaban los restos de lo que había sido una pared–. Son sólo suposiciones mías, McGonagall.
Sprout intervino de nuevo.
–Por cierto, ¿quién estaba haciendo la ronda antes del ataque?
–¿Sinistra? –supuso Vector.
A McGonagall empezaron a temblarle los labios.
–No. El ataque sucedió entre las doce y las doce y cuarto. Hay que suponer entonces que entraron en Hogwarts entre las once y media y las doce. Entre las diez y las doce, era la ronda de Charity Burbage.
Vector se dio una palmada en la frente, recordándolo de repente.
–¡Es cierto! Pero, entonces, ¿dónde está Charity? –preguntó, casi inocentemente.
La directora ahogó un sollozo. Ahora comenzaba a reaccionar, como si hubiese dejado apartado el tema de su mente, y empezara a recordarlo en ese momento.
–¿No la oíste? Se han llevado a Burbage. Ha pasado el típico ''en el momento y el lugar equivocados.''
La profesora Vector se puso pálida. Charity Burbage y Séptima Vector habían sido amigas de la infancia, tanto que habían decidido estudiar juntas Magisterio Mágico después de pasar media vida una al lado de la otra en el colegio que tantos recuerdos les traía. Ciertamente, una era hija de muggles (y por tanto tenía experiencia de primera mano con lo que enseñaba) y la otra hija de magos, pero eso sólo había fomentado largas conversaciones bajo las mantas de la cama de alguna de las dos.
–No puede ser. No puede ser –repitió, como si fuera un mantra–. Charity es una buena bruja. No puede haber dejado que la capturasen –sollozó–. Es una buena bruja, podía defenderse...
Se derrumbó en los brazos de Sprout, que la abrazó con cuidado. Le dio unas palmaditas en la espalda e intentó consolarla mientras la profesora empezaba a llorar con verdadera desesperación. Sabía perfectamente que era poco probable que volviese a ver a su amiga viva. Charity había sido una buena persona, con sus aciertos y errores, que se había hecho amiga de todos con facilidad. ¡Llegó incluso a entablar algo parecido a una amistad con Severus Snape, demonios! Rogaba internamente para que a ese traidor le quedara algo de compasión y le echara una mano a su amiga.
Los Cullen miraron con tristeza y compasión a la bruja, que se iba retirando poco a poco del Gran Comedor, apoyada en la espalda de su compañera. Jasper trató de infundirle algo de ánimo, pero dejó la tarea por imposible pasados unos instantes: la docente estaba sumida en un dolor profundo, el que sobreviene tras perder a alguien a quien has querido como a una hermana.
Edward abrazó a Bella, y su esposa le correspondió con un beso en el cuello. Ambos estaban muy apenados por lo que había sucedido, pero les ahogaba una preocupación más fuerte: ¿qué le habría sucedido a su hija? ¿Estaría bien?
Jacob parecía pensar lo mismo, y llamó la atención de la directora tocándole levemente el hombro, recordándole que, a pesar de que la muerte estaba siempre presente, la vida seguía. En el hombro donde le había tocado el licántropo sintió un extraño calor, pero lo ignoró.
–Vayámonos. Hagrid, en cuanto vuelva Filius, ayuda a madame Hooch y al profesor a arreglar el Comedor.
–Claro, directora –asintió el gigante, apenado por la pérdida.
Los Cullen, la directora y Harry salieron al pasillo, y empezaron a subir las escaleras. McGonagall se secó las últimas lágrimas, dispuesta a no perder el aplomo que la caracterizaba.
–Sentimos mucho la pérdida, profesora –declaró Carlisle–. Sé que hablo en nombre de todos.
La directora no se volvió a mirar al vampiro.
–Agradezco su preocupación, señor Cullen, pero todos los profesores sabemos lo que estábamos haciendo al acceder quedarnos aquí y proteger Hogwarts. Burbage no era la excepción, era una bruja plenamente cualificada para defenderse, y estaba en posesión de una varita. Cada semana, un miembro de la Orden revisa a todos los profesores para estar seguros de que no han pasado al lado Oscuro, y que tampoco está bajo los efectos de alguna maldición. Esa revisión tuvo lugar el día de antes de ayer, de modo que... hemos perdido a una excelente bruja, ya que estamos seguros de que no es una traidora.
Bella se extrañó al oír el modo de hablar de la directora, como si ya diera a la profesora por perdida.
–¿Por qué está tan segura de que la profesora Burbage ha muerto?
La directora soltó una cínica carcajada.
–Si aún sigue viva, no lo estará pronto. Burbage era una hija de muggles, y en sus clases hablaba de la igualdad entre magos y muggles. Estaba en la mira del Innombrable, eso seguro.
El resto del trayecto se hizo en un incómodo silencio. Harry iba envuelto en malos pensamientos, muy malhumorado, mientras pensaba también en la niña y en su hermano. El oído vampírico de la familia captó un pequeño sollozo, proveniente de uno de los armarios de limpieza. Dos latidos sonaban con fuerza en su interior, a la vez que pequeños jadeos casi imperceptibles.
–Perdone, profesora, allí hay alguien –susurró Emmett, y señaló el armario.
La directora giró en seco e impuso silencio entre la familia. Sacó la varita de nuevo, y, armada, se dirigió hacia el armario. Bella puso a todos bajo su escudo y se acercó un poco. Jasper se situó al otro lado del armario, para abrir la puerta izquierda, mientras la directora abría la derecha.
McGonagall extendió un dedo. Después otro. Y al alzar el último abrieron las puertas a la vez. Un grito infantil resonó desde el armario y Harry comprobó aliviado que los mellizos que había perdido de vista estaban allí.
La niña, rubia y con ojos marrones, lloraba abrazada a su hermano, que a su vez la abrazaba a ella. El niño, más valiente y temerario, protegía a su hermana y miró con precaución a los Cullen.
–Shh... Ally, es la directora. Ya ha pasado todo, venga, vamos a salir de aquí –zarandeó un poco a su hermana.
–¿La directora? –murmuró ella.
Los Cullen miraron enternecidos a los niños, pese a que del interior del armario salía un fuerte olor a sangre. Jasper controló un poco mejor sus instintos, y se apartó cuando Carlisle alzó en brazos al niño, que tenía la pierna llena de sangre. Edward Rosalie cogió a Ally, que poco a poco dejaba de llorar, y la directora escuchó la explicación de Harry:
–Dejé a los de primer año con Ernie y Hanna para buscarlos, profesora. Se retrasaron...
–Fue por mi culpa –murmuró el niño–. Me dolía muchísimo la pierna y no podía correr. Ally lo único que hizo fue quedarse atrás conmigo.
–No te iba a dejar solo, Bryan –se quejó su hermana.
–Nos perseguían. Había una mujer de pelo negro, gritaba y decía cosas raras... –relató Bryan–. De repente, me empezó a doler mucho la pierna y sangraba.
La directora puso la mano en la espalda del niño.
–Lo importante es que estáis bien. Vamos a la enfermería a que te vea la doctora. ¿Cómo os llamáis? –preguntó.
–Somos Bryan y Alyssa Cadwell.
Prosiguieron la marcha, ahora con los dos niños a cuestas. Bryan admiraba los músculos de Emmett, que se divertía haciendo poses para el niño. Daba la impresión de que ya no le dolía la pierna, pero era, en parte, la influencia de Jasper. Ally se estaba quedando dormida en los brazos de Rosalie, no muy cómodos, pero estaba totalmente rendida de las emociones del día. La vampira le acariciaba los cabellos con ternura, casi con cariño maternal. Era una niña preciosa, casi como la hija que le hubiera gustado tener.
Llegaron a la enfermería, y la directora se quedó mirando las camas, en donde había al menos veinte niños de diferentes edades tumbados allí, junto a la profesora Trelawney, que descansaba en una de las camas del fondo. La expresión de McGonagall era inescrutable, pero Jasper sabía que hervía de preocupación e indignación. Se acercó a Sinistra mientras Carlisle ponía a Bryan en una de las camillas de la enfermería. Rosalie depositó a Alyssa en la camilla de al lado, procurando no despertarla. Jacob empezó a buscar como un poseso a Nessie, pero cuando la semi-vampira lo vio acercarse, lo detuvo y terminó de darle una poción a una de las niñas que había allí.
–¿Qué ha ocurrido, Sinistra? –preguntaba McGonagall.
–Fue horrible, directora. Fue después de cenar, ya sabe usted que es difícil de coordinar a tantos niños a la vez y, de repente, llegaron Bellatrix y Alecto Carrow. Los niños aún seguían en el pasillo, encargué a los mayores que se los llevaran, pero muchos niños desaparecieron –sollozó–. Traté de contenerlas, pero muchas veces las maldiciones alcanzaban a los niños, y la situación se hizo insostenible. He pasado la última media hora buscando a los niños que se habían perdido, y he encontrado a más de la mitad temblando en alguna esquina. Por suerte, creo que no hay muchos heridos, pero son heridas graves.
Rosalie y Esme temblaban de rabia ante lo que oían. Nessie se unió a sus padres y empezó a explicarles lo que llevaba haciendo. Slughorn se acercó a ambas brujas.
–Muchos de los niños han perdido los huesos, o han sido víctimas de algún sectumsempra. Maldito sea el que creó esa maldición –masculló–. Son cortes profundos, pero curarán. Lo que me preocupa es lo que les va a ocurrir psicológicamente.
Jasper trató de controlar las ganas de venganza de Rosalie y Esme. Estaban totalmente descontroladas, rumiando furia y rabia.
Carlisle se acercó a los profesores.
–¿Cómo es posible que hayan perdido los huesos? –preguntó asombrado.
–Es como una nueva moda entre los mortífagos. Si algún mago pierde los huesos de una pierna, por ejemplo, queda incapacitado para seguir luchando –suspiró–. Hay un modo para recuperar los huesos, pero es doloroso y requiere tiempo.
Slughorn se secó el sudor de la frente con un pañuelo de seda. Se acercó e hizo una reverencia a las mujeres, cosa que no pasó desapercibido por sus respectivos maridos.
–Bueno, McGonagall, yo me retiro a mi habitación. Si la enfermera necesita algo, avisadme en mi despacho.
La directora le hizo un gesto y el profesor salió de la enfermería, pasando por delante de Emmett, Alice, Jasper y Rosalie se quedaron parados en la puerta, sin entrar, temiendo perder el control con el olor de la sangre. Edward y Esme tenían más cosas en las que pensar, de modo que ignoraban con cierto éxito el olor de la sangre. Carlisle y Bella eran los únicos que percibían la sangre como algo lejano.
–¡Cullen! –gritó una voz femenina.
Nessie se dio la vuelta y se dirigió hacia el despacho de la enfermera.
–Dale un vaso de crecehuesos al muchacho de esa cama, ¿lo ves? Es Justin Finch-Fletchley. Yo iré a revisar a los niños que acaban de llegar.
Nessie cogió con seguridad el bote que contenía la poción. Echó su contenido en un vaso y fue hasta donde estaba el chico, que tenía el semblante pálido y parecía a punto de vomitar. Carlisle se acercó a su nieta, frenándola un poco.
–¿Qué es lo que hay en ese vaso?
–Crecehuesos, abuelo. Sirve para que vuelvan a crecer los huesos que has perdido –explicó.
Carlisle frunció el ceño.
–¿Es efectiva?
–Supongo. Dicen que es doloroso que crezcan los huesos, y es un proceso que va a tener aquí a la mayoría de los heridos.
Jake se acercó a su novia, y ésta le pidió con gestos que levantara la cabeza del muchacho. Al notar que el licántropo se acercaba a él, Justin se sentó en la cama inmediatamente, con algo de dificultad, protestando.
–No estoy tan herido... sólo... me faltan unos cuantos huesos, ¿vale? –se quejó, agitando el brazo izquierdo con energía.
–¿Qué se siente? –preguntó Jake alegremente.
–Nada –gruñó el chico–. Eso es lo que fastidia. No sientes nada. Y el brazo no responde cuando intento moverlo.
Carlisle se aproximó a Justin, con cautela.
–¿Puedo... puedo tocarlo? Soy médico –aseguró.
Justin se sorprendió.
–¿En serio? Yo quiero estudiar para ser sanador, ya sabes, el médico, pero de magos.
–¿Ah, sí? –murmuró distraídamente el doctor.
Palpaba el brazo derecho, que él suponía que era el que estaba inutilizado. No notaba nada fuera de lo normal, al menos, externamente. El problema fue cuando intentó moverlo un poco, ver cómo estaban las articulaciones. Al doblar el brazo, éste se comportó como una manguera de goma, moviéndose hacia todos lados como si fuera una serpiente de carne. Carlisle se asustó, y depositó el brazo del muchacho en la cama, con cuidado.
Nessie ya había terminado de darle la poción, y se estaba llevando el vaso.
–Puajj... No he probado algo más asqueroso en mi vida –se quejó, haciendo una mueca desagradable.
La enfermera había revisado ya a los hermanos Cadwell, y llamó a Nessie para pedirle que cogiera chocolate.
–Cullen, coge el chocolate que tengo en el armario, y una de las pociones para dormir sin sueños que tengo etiquetadas en el armario de arriba.
Carlisle se acercó a la cama del muchacho herido, y la visión de la pierna, cubierta de tres largos tajos sangrantes, como el arañazo de un animal grande, no pareció afectarle en absoluto. Observó atentamente a la mujer, que iba vertiendo una poción casi transparente en la herida. Una espiral de humo, muy fino, salía de la herida, mientras Bryan se quejaba un poco.
–¿Qué es? –preguntó, casi sin alzar la voz, temiendo despertar a los niños que estaban dormidos.
–Poción limpiadora. Si estuvo metido en un asqueroso armario con esa herida... –bufó–. Sorprende comprobar que hay magos que no tienen compasión en herir a un niño inocente sólo por su procedencia.
Pomfrey dejó la redoma a un lado, en la mesita de noche. La enfermera empezó a murmurar cosas en voz baja, y las heridas se iban cerrando poco a poco, como si la estuvieran suturando al modo muggle. Cuando las tres heridas cerraron correctamente ante la mirada atónita de Carlisle, Pomfrey cogió una redoma de cristal que contenía un líquido marrón.
–Ésta sirve para cerrar correctamente las heridas –explicó en voz baja, al percibir la mirada de Carlisle.
–Ajá –murmuró–. Pero, ¿las heridas no están cerradas ya?
–En circunstancias normales no haría falta esta poción, pero las heridas están provocadas con una maldición, y nunca se sabe. Es mejor prevenir.
Vertió unas gotas sobre cada tajo y dejó la redoma al lado de la otra poción. Agitó un poco la varita y unas vendas se acercaron flotando en el aire. Los Cullen observaron casi con asombro cómo se posaban con suavidad en la palma de la enfermera. Desenrolló con decisión la tela y empezó a vendar la pierna del niño.
Una vez terminada la tarea, se acercó a Nessie, que depositó el gran pedazo de chocolate en la mesita de noche de Alyssa. Pomfrey cogió la poción para dormir sin sueños y le dio la botellita al niño.
–Sólo dos sorbos, Bryan. Ni uno más, ni uno menos, por favor, tienes que dejarle un poco a tu hermana.
Suspiró un poco tras beber la poción, y a los cinco minutos estaba dormido. Carlisle acomodó un poco al niño, tratando de no mover mucho su pierna, y le cubrió con la sábana.
–Ahora que lo pienso, ¿quiénes son ustedes y qué hacen aquí? –inquirió la enfermera.
La directora se acercó a Pomfrey y le explicó en voz baja lo que pasaba.
–¡Oh, muy bien! Nunca he tenido una ayudante, pero podré acostumbrarme. Muchas gracias por tu ayuda, jovencita –sonrió.
–De nada –respondió la aludida, sonrojada.
–Aquí ya hemos terminado. Puedes irte si quieres, yo me encargaré de esta chiquilla de aquí.
–Claro.
McGonagall se llevó a los Cullen fuera de la enfermería, junto con Harry, que seguía serio y taciturno.
–Potter, vete y avisa a Macmillan y a Abott de que ya ha pasado todo y que lleven a los alumnos a sus camas. Que se resguarden todos en la Salas Comunes de Ravenclaw y Gryffindor.
Harry se marchó corriendo, subiendo las escaleras con rapidez. La directora se quedó sola con los Cullen.
–¿Comprenden la importancia de su cometido? En esta ocasión hemos fallado –apretó los puños–. Pero no es culpa de nadie: sólo de Bellatrix. Han visto a esos niños, ¿cierto?
Los Cullen asintieron.
''Cómo no verlos...'' rumió Esme.
''Esa Bellatrix va a pagar... Como que me llamo Rosalie Cullen...'' pensaba la vampira.
''He pasado toda una hora tratando las heridas de los niños, y sé muy bien la gravedad del asunto.''
–Su labor es una de las más importantes de la protección del castillo. Necesitamos tomar medidas drásticas –la directora se dio la vuelta–. Retírense a descansar: mañana adelantaremos la reunión de la Orden y partiremos por la tarde.
Espero que os haya gustado. No tengo experiencia en esto del escribir fics propios, y representar la lucha no ha sido demasiado fácil.
Subiré el próximo capítulo dentro de una semana, como mucho dos. Estoy segura de que lo subiré.
Empiezo las clases el 14, y quizás el ritmo de las actualizaciones decaiga aún más. Ya sé que suelo tardar mucho ya de por sí, pero yo tengo exámenes importantes nada más empezar el colegio y mi Beta estará ocupada también, que ella sigue estudiando también.
Subiré siempre que pueda, pero no creo que el ritmo sea el mismo que he llevado durante las vacaciones.
Atentamente =)
lady Evelyne
