Disclaimer → Hp pertenece a J.K. Rowling, Crepúsculo a S. Meyer, y todo lo demás a mí (trama y demás OCs).


Capítulo X

Ahora otra preocupación les carcomía: ¿qué habrían dicho los Vulturi?

–Tal vez ustedes puedan proporcionarnos información útil en caso de que sea necesario, pero creo que por ahora no lo será –intervino McGonagall, con voz firme, poniendo fin a los murmullos–. Ahora querría hablar del asesinato de la familia muggle de Totteham Court Road.

Antes de que la directora se diera cuenta, las voces se elevaron de nuevo en la cocina.

–Una verdadera tragedia...

–Toda la familia asesinada...

–Sí, padres e hijos...

–Tres niños de apenas tres a ocho años...

Los Cullen volvieron a mirarse horrorizados. ¡Era horrible! Tres niños que no se acercaron a la adolescencia siquiera, nunca experimentarían los cambios... Que nunca llegarían a vivir la vida, con sus buenos y malos momentos.

–Ya sábeis que ese no ha sido el único asesinato en la última semana. Sólo en Londres han habido tres más. La situación está cada vez peor, y Gran Bretaña parece ser el coto de caza de los mortífagos –explicó Kingsley.

El señor Weasley miró pensativamente a la directora.

–Hay que solucionar ese problema de inmediato. Quizás podríamos convencer a los magos que viven en barrios muggles que realizasen un protego sobre las casas de sus vecinos. Estoy seguro de que se salvarían muchas vidas.

Los magos presentes miraron con admiración al señor Weasley, cuyas orejas enrojecieron de pronto. Edward examinó la mente de la directora. Se dio cuenta de que era un hechizo sencillo, muy fácil de practicar, y a la vez efectivo en la protección. Así se lo explicó al resto de la familia, que miró admirada al señor Weasley también.

–Entonces pondremos en marcha la idea de papá –concluyó Bill–. ¿Algún tema más que tratar, profesora?

–No, ninguno. Damos por concluida la reunión.

Las conversaciones se elevaron entre los Weasley, y la señora Weasley anunció que todo el mundo podía quedarse a cenar en el cuartel.

Harry se retiró con rapidez hacia los pisos de superiores, acompañado de Ron y Hermione. Edward los miró con curiosidad, pero cerró su mente para respetar su privacidad. Lamentablemente, no podía evitar escuchar.

–¿Qué tal vais con lo de R.A.B.? –preguntó Harry a sus amigos mientras subían las escaleras.

–Nada. No encuentro nada en los libros, y parece que tampoco existe nadie con ese nombre en el mundo muggle. Hay una Rachel Anne, pero es una chica de catorce años, y un tal Raimond Antoin Baubeua, pero es francés. Además de que es profesor de física en la universidad y está casado. Hay otros que tampoco merecen la pena mencionar. Ya sabes que aparte tengo los nombres que conseguí en la biblioteca, pero ninguno puede tratarse de una pista concluyente –contestó Hermione.

Parecía que habían llegado a una habitación, ahora se oían las voces algo más amortiguadas.

–He estado preguntando a mi padre...

–¡¿Se lo has dicho? –se oyó exclamar a Hermione.

–¡No! Solo...

–¡Callaos un momento! Podrían estar escuchándonos –Edward percibió una nota de sospecha en su voz, así como su mente gritaba que no confiaba del todo en ellos–. ¡Muffliato!

Un molesto zumbido descendió con lentitud del piso de arriba, como si se arrastrara lentamente hacia ellos. Dejaron de escuchar.

Se miraron entre sí. Seguían sentados en la cocina, y McGonagall los miraba con el ceño fruncido, mientras hablaba con Dedalus Diggle y Bill Weasley acerca de los planes que tenía para ellos.

Salieron de la cocina mientras sentían la mirada de la señora Weasley clavada en su espalda y la preocupación del señor Weasley flotando en el aire. Jasper les infundió un poco de tranquilidad a ambos, y se dirigieron hacia el salón. Un ataque de ansiedad le llegó a Jasper directamente desde la cocina, pero no pararon. Entraron en el salón, pero allí sólo estaban los gemelos Weasley y una muchacha pelirroja, joven, de ojos castaños. Era bonita.

Edward la sorprendió pensando en Harry y en sus amigos. De hecho, tenía toda la mente centrada en el Elegido, y, según Jasper, rezumaba amor y preocupación por los cuatro costados.

–Buenas tardes –saludaron, pasando a la sala.

Los gemelos Weasley se giraron y les dirigieron una amplia sonrisa.

–Buenas tardes –contestaron a la vez.

Sin prestar más atención a los Cullen, volvieron a sus asuntos, murmurando.

–Pues esta chica lo tiene difícil...

–¡Claro que no, George! Si encontramos familia hasta para Creevey, con lo pesado que es.

–Eso fue porque a Neville le dio pena y se lo pidió a su abuela.

–¿Y si seguimos falsificando árboles genealógicos...? Podemos crear unos cuantos nuevos. No sé, hay muchos apellidos raros.

–Tienes razón, Fred.

–Siempre la tengo, George.

Se sonrieron. Una sonrisa blanca, idéntica, con el mismo hoyuelo. Los Cullen se sentían acogidos en su indiferencia a estar con ellos en la misma habitación. La chica pelirroja los miró con curiosidad.

–Me llamo Ginny Weasley. Encantada.

Les tendió la mano y Reneesme se la estrechó sonriendo.

–Yo me llamo Nessie y ésta es mi familia.

Se presentaron uno a uno, sin prisas. Nessie se quedó conversando con Ginny acerca de nimiedades, y pronto Alice se sumó a la charla. Rosalie se quedó apartada, pensando. Edward decidió respetar su privacidad y se sentó en la banqueta del piano viejo que había en el salón, con Bella a su lado. Emmett y Jasper empezaron a echar una serie de pulsos para ver quién ganaba y Esme y Carlisle curioseaban entre los estantes.

–¿Puedo tocar este piano?

Arthur y Molly entraron por la puerta, justo a tiempo para escuchar la pregunta de Edward. McGonagall le siguió detrás y a su vez entró el trío dorado. Estaban tensos y parecían pensativos, pero Edward comprendió que el tema no le incumbía. Jasper los miró con atención: estaban muy tensos. Carlisle contempló con preocupación las ojeras de Hermione.

–Si sabes, puedes hacerlo, chico –le respondió el señor Weasely.

Edward se sintió incómodo con tanta gente en la sala, pero estiró los dedos y empezó a tocar.

Decidió seguir componiendo la canción que llevaba tratando de tocar desde hacía un año. Por alguna extraña razón, la música fluía libremente, llena de sentimiento... hasta una nota. Se le resistía, no sabía por qué.

Pasó mucho tiempo allí sentado, y sabía que Hermione Granger se había sentado a su espalda a escuchar. Tras el trío de oro habían entrado los Lupin. Al verlo, Alice le sonrió amistosamente y Jacob se dirigió hacia él levantando los pulgares. Jasper le observó desde una distancia segura, desconfiado, pero a la vez curioso. Edward seguía concentrado en el piano, pero Bella se había girado momentáneamente para mirar al matrimonio.

Carlisle y Esme les sonrieron con confianza y el resto de los ocupantes parecían haber tomado aquello como una señal para empezar a salir del salón.

–¡Ya estás aquí! Te estábam... bueno, te estaban esperando –saludó Alice con alegría.

Los demás Cullen parecían ser de la misma opinión que Alice, y asintieron con la cabeza a modo saludo. Edward se despegó del piano y se giró sobre la baqueta, junto con Bella.

Lupin los saludó con una sonrisa más confiada que las que había esbozado durante la reunión y Tonks alzó la mano, como si fuera a sacudirla, pero cambió de idea y la bajó.

–Poneos cómodos, sentaos –invitó Esme levantándose para ofrecerles un hueco en el sofá individual.

–¡No, no queremos molestar!

–No es necesario, señora.

Esme desechó las excusas con un gesto de la mano.

–Ni hablar. Yo no me canso, pero vosotros sí.

–Y, en especial, tú deberías cuidarte un poco más, jovencita –señaló Carlisle.

–¿Por qué? –inquirió Remus asustado, mirando a su esposa. Tonks le devolvió la misma mirada desconcertada.

Edward intervino con suavidad.

–No lo saben todavía, papá.

–¿El qué no sabemos? –preguntó la auror nerviosa.

Alice dejó la expresión en blanco durante segundos, e interrumpió a Carlisle que estaba a punto de hablar.

–No es un buen momento, Carlisle. Os lo contaremos al final, os lo prometo, pero ahora no es un buen momento.

El matrimonio seguía nervioso, pero aceptó a regañadientes el arreglo. Esme, para no incomodar a los humanos, se sentó en el reposabrazos del sofá largo, donde se habían acomodado Rosalie, Alice y Nessie. Lupin, aún incómodo se sentó en el sillón y Tonks se sentó en el reposabrazos, imitando a Esme.

–Bueno... tal vez... para empezar puedas decirnos por qué te conviertes en un hombre-lobo –señaló Bella con timidez.

–¿No es obvio? –Tonks se encogió de hombros–. A Remus le mordió Greyback cuando era un niño.

–¿Greyback?

Lupin bajó la mirada y siseó:

–El peor ser que ha pisado jamás la tierra. Es un hombre-lobo que cree que no deberíamos ocultarnos durante la luna llena, y que da igual lo que le pase a la gente a la que mordamos cuando estamos en nuestro momento animal. Suele usar su condición para asustar a las familias, porque le gusta en especial... alimentarse de carne humana, de niños. Mi padre tuvo un altercado con él, y, a consecuencia de eso, se situó cerca de mí en luna llena y me mordió.

Esme se había quedado aún más blanca de lo que usualmente solía estar. Compuso una mueca horrorizada y abrazó a Nessie, como si Greyback estuviera en la habitación en aquel momento.

–Vaya –murmuró Rosalie impresionada.

–En mi caso es distinto. Yo me transformo porque es algo similar al instinto, un instinto de supervivencia que me hace alcanzar otro ''grado'', otra fase que sí me permite defenderme de los chupasangres.

Tonks le miró con curiosidad.

–¿Por qué habrías de defenderte de los vampiros?

–Porque se alimentan de sangre humana, a excepción de estos raritos. Nos transformamos para proteger a los otros de nuestra tribu.

Jasper y Emmett, de pie detrás de sus respectivas esposas, compusieron una falsa mueca de indignación y le dieron un codazo ''suave'' en las costillas.

Edward contempló los tristes pensamientos de Lupin e intervino con decisión.

–No crea que la condición de Jacob es mucho mejor que la suya, señor Lupin. ¿Sabe por qué me negué a que Bella continuara siendo la amiga de Jacob en cuanto supe que él era otro chucho? –Lupin negó con la cabeza–. Porque los licántropos, perdóneme la expresión, son sumamente inestables recién nacidos. Atacan a la más mínima indignación, y pueden causar graves heridas, como también provocar la muerte.

–Entonces, ¿cómo ha llegado él a controlar sus transformaciones?

Jacob respondió, con una amplia sonrisa petulante en la cara. Nessie se resistió a darle un golpe, pero Bella se dio el gusto.

–Porque por mi bisabuelo Ephraim fue un Alfa –dijo frotándose la zona magullada.

–¿Alfa? –preguntó Lupin curioso–. ¿No era aquel el jefe en la jerarquía lobuna?

–Ciertamente, señor Lupin. Jacob, por ascendiente, debería haber sido el Alfa, pero desgraciadamente, sus hermanas nacieron niñas, y no pudieron ocupar ese puesto, porque solo se transforman los hombres. –''Machistas'' murmuró Rosalie–. Al nacer Jacob, ya habían nacido hasta cinco muchachos antes que él, que se transformaron antes. El primero fue el líder que controló a todos ellos en cuanto fueron naciendo, de manera que pasó a ser el Alfa. En cuanto Jacob se transformó por primera vez, le ofrecieron el puesto de Alfa, pero lo rechazó y pasó a ser el Beta, el segundo al mando.

Lupin se acarició pensativamente la barbilla, pero el resto de los Cullen les sonreían ampliamente. Tonks detectó en esas sonrisas cierta familiaridad, un poco de cariño, de solidaridad y de amabilidad. Y eso fue algo que le gustó mucho, aunque estos fueran unos vampiros.

–¿Cómo os controláis? –habían llegado por fin a la pregunta de la cual Lupin deseaba tener respuesta. Su voz tenía un timbre anhelante y su mirada lo contemplaba ansiosa.

–Fácil. En nuestro interior, hay dos seres. No sé si me entiendes.

Por supuesto que lo entendía. Aquel lobo estaba siempre en su interior, lo sentía, le tenía miedo. Durante todo el mes dormía, pero al llegar la luna llena, cobraba fuerzas muy superiores a las suyas, salía a la fuerza, le empujaba a ocupar un lugar en el fondo del lobo, dormido, como lo estaba el lobo el resto del mes.

Pero algo cambió cuando James y Sirius (se obligó a excluir a Peter) le acompañaron durante las noches de luna llena. Parecía que, en compañía de aquellos animales que eran sus amigos, su yo humano se desperezaba un poco, que miraba a través de las rendijas hacia el exterior. Hubo una vez en la que llegó a tener plena conciencia de lo que hacía. Fueron las épocas más maravillosas de su vida, recordó Lupin con amargura. Eran jóvenes y muy despreocupados...

Cuando James murió y Sirius fue encarcelado, su lobo volvió a encarcelarle en su interior durante las noches de luna llena. Durante todo el mes, convivía con el duro recuerdo de sus amigos. Los veía en cada rincón de su hogar, cada gesto familiar los recordaba a ellos, cada vez que veía un carácter alegre y abierto los recordaba, cada vez que veía una foto, cada vez que veía algo rojo, que tanto le recordaba a la pelirroja Evans...

Soñaba con ellos, imaginándose sus muertes, mientras él permanecía impotente, sin poder ayudar. Así que pronto, pese al dolor que sentía durante la transformación, convertirse en lobo se convirtió en una especie de descanso, en la que realmente su mente se relajaba del todo... Aunque la realidad y su conciencia le dijesen que cualquier día le haría daño a gente inocente.

Casi cinco años después de la muerte de los Potter, Damocles Belby inventó la poción ''matalobos''. Remus se sintió aliviado de poder recurrir a la poción para evitar hacer daño a gente inocente, aunque los dolorosos recuerdos, durante los días de luna llena y los posteriores descansos, le atormentaron entonces aún más. ¿Cómo olvidar a los únicos a los que has podido considerar como tu familia? ¿Cómo olvidar a la gente que te aceptó como realmente eres, sin tapujos ni mentiras? ¿Cómo olvidar?

Nymphadora, o Dora, como él la llamaba, fue su luz después de tanto tiempo... pero su egoísmo la había convertido en una marginada, en una rechazada, e incluso su familia le había dado muestras de desaprobación, decepción y preocupación. En ocasiones, se sentía iluminado, pero esos momentos se alternaban con un profundo desprecio hacia su propia debilidad, una oscuridad de la que nadie excepto él mismo podía sacarle.

–Te entiendo perfectamente –dijo con voz entrecortada.

Jacob asintió, ajeno a los pensamientos de Lupin, pero Edward no podía ignorar aquella fuente de tristeza. En el fondo, puede que Lupin y él tenían algo en común: habían destinado a las mujeres a las que amaban a algo horrible: la pérdida del alma y el rechazo del mundo, respectivamente.

–Hay un yo lobo y un yo humano. De vez en cuando, en cuanto sientas que el yo lobo quiere salir deténlo con pensamientos humanos. Con sentimientos, que al fin y al cabo, es lo que nos diferencia a los humanos de los animales. Trata de recordar algo muy triste o algo muy alegre, y tu yo humano saldrá a la luz –explicó Jacob, sintiéndose importante–. Parece muy simple, pero te aseguro que es mucho más.

Remus le miró a los ojos con una pequeña esperanza. Lo intentaría, trataría de hacer lo que le había aconsejado. Y, si funcionaba, se lo agradecería de todo corazón a Jacob. Aunque, le recordó una molesta vocecilla, si un recuerdo triste, tan triste como la muerte de los Potter no había detenido la transformación, ¿qué iba a hacerlo?

Se obligó a echar aquellos pensamientos lúgubres de su mente y pensó en algo positivo: el amor era la base de la magia más poderosa, tan poderosa que protegió a Harry de la maldición asesina y constituyó una defensa para él durante los últimos diecisiete años. Tal vez...

Quizás no era la fórmula para echar al lobo, para exterminarlo. Pero era un paso adelante en la convivencia con él. Algo es algo, y se sentiría de lo más feliz si lograba contener a su bestia interior.

Tonks se secó una lagrimita de agradecimiento y salió de la habitación murmurando que necesitaba un vaso de agua.

Al salir, cerró la puerta con suavidad y Lupin se quedó mirando la madera de la puerta con expresión soñadora. Y, por primera vez en muchos años, Lunático volvió a salir en el rostro de Lupin, volvió a aparecer aquel adolescente que hacía promesas de amistad.

Por primera vez en dieciséis años, Lunático sonrió de nuevo.

Tal y como predijera Alice, Tonks, al intentar volver al salón, tropezó con el paragüero en forma de pierna de trol. A consecuencia de eso, la señora Black había comenzado a gritar.

–¡Traidores a la sangre, sangre sucias, contaminando el aire con vuestra impureza! ¡Manchando de sangre impura, tocando con vuestras indignas manos las paredes de esta noble casa, con más...!

–¡Silencio!

Se impuso Harry, agitando la varita, mientras bajaba del tercer piso. Lo cierto es que Hermione le había estado dando la lata durante todo el tiempo en el que habían salido del salón, regañándole de nuevo por no pensar en su seguridad. Ron lo había mirado con conmiseración, pero cuando intentó entrometerse Hermione reaccionó como si fuera la señora Weasley, como una tigresa enfurecida y Ron retrocedió acobardado.

Llegó la hora de la cena y todo el mundo se levantó para ir a la cocina, donde había entrado una hora antes la señora Weasley con los gemelos y Ron.

Nessie se levantó con el ánimo alto y Jacob la siguió.

–¡Vamos, papá! –le dijo a Edward–. ¡La canción te está quedando preciosa! –refiriéndose a la canción que tocaba su padre antes de que entraran los Lupin.

La intención de Edward era que no escuchara la obra hasta que estuviera terminada, pero cayó rendido a los ojos de su hija en cuanto esta le miró de un modo suplicante, demasiado adorable para su gusto. Su hija era caprichosa, pero se sentía incapaz de negarle nada.

Se lo preguntaba muchas veces: ¿era un buen padre? ¿No estaría consintiendo demasiado a su hija? ¿No se estaría volviendo Nessie demasiado caprichosa? ¿Debería ser más severo con ella? ¿Se estaría dejando manipular por su hija?

Miró el perfil de su hija, alegre y llena de vida, que se llevaba saltando alegremente a Jacob. Pensaba en la cena, tenía hambre... Era una niña feliz ¿por qué debería preocuparse? Simplemente no quería tener que arrepentirse en un futuro, ya sea próximo o cercano. Suspiró.

Tomó a Bella de la mano, sonriéndole para tranquilizarla y se la llevó hasta el comedor. Tomo el mundo se había sentado y hablaban entre sí animadamente.

La señora Weasley estaba sirviendo la cena y todo el mundo estaba comiendo ya. Jacob y Nessie se sentaron también a comer, y pronto la señora Weasley tuvo que multiplicar la comida. Esme se ofreció entusiasmada a ayudar, y la matriarca de los Weasley no pudo negarse.

Se sentaron en una de las esquinas y Rosalie cogió interesada un periódico que había en la mesa. Se dispuso a leerlo con el ceño fruncido.

–''Nuevo ataque a un auror en su hogar''... ''Tres asesinatos en la última semana''... ''El ministro no ofrece declaraciones''... ''El Ministerio de Magia, descontrolado''... ¡Oh, Dios! –soltó el periódico de repente.

–¿Qué pasa, Rose? –preguntó Alice.

Bella cogió el periódico, ignoró el silencio que se había instalado en la cocina y leyó el artículo en voz alta:

''El-que-no-debe-ser-nombrado ataca en EEUU''

Nuestro corresponsal en Seattle, Arizona, avisa de que el mismísimo lord Oscuro se ha personado en la zona, con una veintena de mortífagos el pasado día 3 de agosto, en un pequeño pueblo costero llamado Forks...

–¡Oh, Dios mío! Es nuestra casa –exclamó Alice.

No ha habido heridos ni muertos, y, de hecho, nadie parece haberlos visto.

–¿A qué viene la noticia entonces? –bufó Rosalie molesta.

Sin embargo, la Marca Tenebrosa, sí ha sido avistada en la zona. Expertos operarios del Departamento del Uso Indebido de la Magia han acudido a borrarles la memoria a cerca de unas cincuentas personas, que se congregaron a observar los restos (la voz de Bella tembló al leerlo) de una casa sobre la que se había aparecido la Marca.

En esta casa vivía una familia de diez muggles...

Algunos rieron nerviosamente.

compuesta por un matrimonio, tres hijos, cuatro sobrinos y un prometido de uno de los sobrinos. No se ha encontrado ni rastro de los muggles, pero el interior de la casa parece haber sido destrozado a conciencia.

''No sabemos qué ha podido pasar, era una familia muy tranquila y educada, aunque no negaré que era extraña'' declaró un aterrorizado muggle que posteriormente fue desmemorizado.

Un intenso silencio llenó la cocina en la que se hallaban. Todo el mundo observaba las reacciones de los Cullen, cuyas expresiones variaban desde la furia hasta el abatimiento y la tristeza.

–Destrozado... –murmuró Esme.

–... a conciencia –continuó Bella, triste.

Hermione no alzó la voz, ni se mostró tan arisca como siempre, compadecida de los Cullen.

–Sacrificios de la guerra. Espero que no tuvieran nada valioso en la casa.

Se miraron entre sí, haciendo un recuento de daños.

–Lo más valioso eran las fotos, supongo.

–El dinero tampoco era despreciable. Teníamos, entre todos, cerca de quinientos mil pavos guardados. Si se lo han llevado, se habrán llevado una pequeña fortuna.

–Los coches...

–¡Mi Porche!

–¡Mi piano y el Volvo!

Bella le dio un golpe en la cabeza a su marido.

–¿Cómo te puedes interesar ahora por el coche? A mí me preocupan los papeles y las tarjetas bancarias.

Carlisle asintió de acuerdo con Bella.

–Es cierto. A mí también me preocupa. Necesitamos dinero.

–Supongo que el colegio o cualquiera de nosotros podríamos prestarles dinero –alegó la señora Weasley, ignorando el comentario sarcástico de Ron (''Sí, claro, ¿qué íbamos a hacer si no con todo el dinero de nuestras cuentas bancarias repletas de dinero?'').

La familia se miró entre sí.

–En realidad... tenemos una cuenta de dinero en Londres.

–¿Dónde? –preguntó una sorprendida Hermione, con la cuchara a medio camino.

–En el Banco de Inglaterra –contestó Alice con ligereza.

Hermione dejó la cuchara en el plato y pensó detenidamente.

–Si realmente queréis el dinero, podría hacerlo aparecer si tuviera una imagen de él.

–Ya, pero ¿qué harían con él? ¿Qué van a comprar si los van a reconocer? Además, para cambiar el dinero a galeones necesitarían pasar por Gringotts, y no creo que estemos como para pasar dos horas haciendo cola, a la vista de todos –intervino Bill lógicamente.

Los Cullen lo pensaron detenidamente.

–Está claro que muchas de las cosas nos las pueden ofrecer ustedes o el colegio –empezó Edward–, pero hay otras que me temo que habrá que comprarlas nosotros. Vinimos con lo puesto, y lo cierto es que, aunque no comemos ni bebemos, queremos cubrir algunas necesidades básicas de higiene.

Hermione asintió comprensivamente.

–Cierto, pero podemos también duplicar objetos que necesiten y así no sería necesario salir a comprar.

Rosalie, con la voz fría y acerada, repuso con voz sarcástica:

–Cierto, muchachita, pero yo no pienso compartir ropa interior con nadie. Además de que hay ciertas... cosas, que no creo que tenga nadie en la escuela.

Jacob le tapó los oídos a Nessie antes de que Rosalie terminara la frase y los demás se escandalizaron.

–¡Rosalie! –la reprendió Esme.

La vampira no se dignó a mirarla. Hermione, por su parte, había enrojecido como un tomate, pero aún alzaba la barbilla, desafiante. Los demás ocupantes de la cocina enrojecieron en mayor o menor medida, pero contemplaban boquiabiertos el desparpajo de la rubia.

Ron enrojeció hasta la raíz del cabello y protestó:

–¡No es necesario que le hables así! Ni que Hermione tuviese cinco años...

La susodicha le miró encantada, pero Rosalie le interrumpió:

–Pero yo tengo más de ochenta años y podría ser tu abuela.

Los humanos la miraron con asombro.

–Es cierto que los vampiros son más longevos que los humanos, pero no suelen vivir más de doscientos años. A los ochenta, como tú dices tener, ya aparentan una edad humana madura, de unos treinta años –reflexionó Hermione con el ceño fruncido–. Y tú, definitivamente, no aparentas más de dieciocho.

Bella sonrió enigmáticamente.

–¿Sabes una cosa? Tuvimos un encontronazo con unos centauros anoche, en el Bosque Prohibido. Nos hablaron de dos razas de vampiros, una tradicional, que es de la que hablas, supongo y otra mágica: nosotros.

Hermione parecía perpleja, al igual que McGonagall, la señora Weasley y Bill.

Ron bufó con escepticismo.

–¡Bah! Pero si son todos unas mulas con aires de grandeza. No dicen más que cosas complicadas y enrevesadas.

–No estoy de acuerdo, Weasley. Los centauros son una raza antigua, y saben mucho más que nosotros.

–Y no siempre se equivocan. Yo no soy fan de la adivinación, pero recuerdo que los centauros predijeron la guerra antes que cualquiera de nosotros –replicó Hermione.

–¿Ah, sí? –preguntó Harry asombrado.

Hermione puso el mismo gesto de impaciencia de siempre, cuando ella sabía algo y tenía que explicarlo.

–En nuestro primer año, nos encontramos con Bane y Ronan, aquella vez en nuestro castigo, ¿recuerdas? –Harry asintió–. Los dos coincidieron en una cosa: aquella noche, Marte estaba muy brillante. En la mitología romana, Marte es el dios de la guerra, no hay más que atar cabos. Aquella noche simbolizó algo muy importante en la guerra: Quien-Tú-Sabes dio el primer paso para volver a la vida. Y aquella noche, Quirell tomó por primera vez sangre de unicornio, ¿recordáis?

Ron asintió, pero frunció el ceño al instante.

–Pero, ¿el primer paso no hubiese sido ocupar el cuerpo de Quirell para volver al país? ¿O cuando entró en Gringotts para robar la piedra?

–Cierto, pero el ocupar el cuerpo de Quirell fue un preludio, y el intento de robo resultó fallido, Ron –respondió con voz sabihonda–. Aunque estoy segura de que, también aquellas noches, Marte brilló inusitadamente.

La señora Weasley y McGonagall, que no tenían conocimiento de nada de aquello, se miraron sorprendidas. Ginny sonrió.

–No es de extrañar que os conozcan como el trío de oro. ¡Conocéis más secretos de Hogwarts y sus profesores que cualquier otro!

Hermione se sonrojó, pero sonrió con suficiencia y Ron infló el pecho con orgullo. Harry, al contrario que sus amigos, encogió imperceptiblemente: la fama no le atraía.

Ginny miró intensamente a Rosalie.

–Entonces, ¿de verdad tienes ochenta años? Debe haber sido fascinante vivir el paso de la historia.

Rosalie fulminó con la mirada a la joven Weasley. Por primera vez, parecía furiosa, pero una furia que manaba de todos los poros de su cuerpo y se extendía a su alrededor como un aura de ansias de matar.

–¡Contrólate, Rosalie! –le espetó Edward–. Lo siento –añadió dirigiéndose hacia Ginny, que, por su parte, no había retrocedido un ápice–. Pero nadie entiende lo que hemos tenido que pasar todos y cada uno de nosotros. Tal vez, en otras circunstancias, hubiese resultado como usted dice: fascinante. Pero el precio a pagar es alto y no todos hubiésemos renunciado a nuestra vida humana por una vida como ésta.

–Perdón. No quería meterme.

McGonagall encontró la información sumamente interesante y ya nadie comía. Nessie agradeció internamente que no hubiese tanta gente. De hecho, estaba la familia Weasley al completo (exceptuando a Charlie y a Percy), McGonagall, además de los Cullen y el trío de oro, Kingsley, Remus y Tonks.

–¿No fueron vampiros toda su vida? –preguntó Bill interesado.

–No. Al parecer nuestra raza, aunque inmortal, sólo puede perdurar a través de la ponzoña, la cual se halla en nuestros dientes –respondió Carlisle.

''Inmortal...'' pensó Harry. ¿Y si...?

Miró a Hermione, que le devolvió la mirada y supo que ambos pensaban en lo mismo. Ron compartió con ellos una mirada preocupada.

–¿Todos vosotros fuisteis humanos alguna vez?

–Por supuesto. Aunque las condiciones en las que fuimos transformados no fueron agradables, precisamente.

Esme miró con dulzura a la señora Weasley, sintiendo por ella una envidia sana y sacudió un poco la cabeza al comprender que la vida que deseó para ella la tenía otra. Que tal vez no fuera capaz de entender la suerte que había tenido...

–Todos tenemos nuestra propia historia, y pocas de ellas son hermosas –habló Jasper, y la familia lo miró asombrado de que hablara en presencia de los humanos, teniendo en cuenta de que seguía siendo el eslabón débil de la cadena–. La única que vale la pena mencionar es la de Edward y Bella.

–No es tan impresionante –dijo Bella, cohibida.

–¿Ah, sí? ¿Y cuál es tu historia? –preguntó Harry–. Yo sólo sé que fuiste coronel en el ejército.

–Yo nací en 1843, en Houston, Texas. Con 18 años me uní al Ejército de los Estados Confederados. Mi padre decía que tenía carisma –sonrió con sarcasmo–. Fui subiendo de nivel con mucha rapidez, lograba que me escucharan. Tenía buenas ideas, y a los 20 años, era el coronel más joven de la Historia, aunque no supieran mi verdadera edad, ya que les mentí cuando entré en el ejército, diciendo que tenía 20 años. En la evacuación de Galvenston, me encontré con un trío de vampiras... y una de ellas, María, me transformó.

–¿Cómo llegaste a unirte a los Cullen? –inquirió el señor Weasley con curiosidad.

–Huí del ejército de María, que me retuvo tanto tiempo debido a mi don... A la mayoría los mataba en cuanto cumplían un año, en cuanto dejaban de serle útiles. Yo duré hasta cumplir veinticinco –Jasper hizo una pausa.

–Bueno, sigue contando, sigue –insistió Kingsley.

–No soportaba sentir lo que sentían las ''presas'' cuando las iba a matar. Miedo, pánico, súplica, remordimiento, arrepentimiento... terminó por ser totalmente insoportable –esbozó una mueca–. Huí, y en varias ocasiones intenté hacer lo mismo que hizo Carlisle, abstenerme de la sangre, sin mucho éxito. En 1948, encontré en una cafetería de Philadelphia un pequeño y extraño vampiro –sonrió, casi riéndose ante el recuerdo–, que me dijo...

–''Me has hecho esperar mucho'' –recitó Alice.

–''Lo siento, señorita'' –se mofó Jasper.

–Y el caballero, muy galante, me besó la mano. Yo ya tenía visiones por aquél entonces, y sabía que acabaríamos viviendo con los Cullen. Nos pusimos en marcha, y en 1950 nos reunimos con ellos.

–No vistéis la sorpresa que nos llevamos. Este pequeño duendecillo arrastraba a un vampiro con cicatrices de guerra, nos saludaba a todos por nuestro nombre, y desalojó la habitación de Edward para ocuparla ella –rió Carlisle.

–¿Y tú? ¿Qué fue de tu vida antes de conocer a Jasper? –preguntó Kingsley dirigiéndose a Alice. Quería saber todo lo posible de aquellos sujetos antes de poder hacerse una opinión sobre ellos.

Alice le sonrió amistosamente.

–Bueno, resulta que yo no recuerdo nada de mi vida humana, ¿sabe? Simplemente me desperté un día en un pequeño callejón, como quien acaba de nacer, pero a la vez tiene plena consciencia de lo que hace.

–Posteriores investigaciones revelaron que Alice nació en 1901, en Mississippi. Cuando aún era una niña, la internaron en un hospital psiquiátrico por tener visiones.

–¡Oh, Dios mío! Debió de ser horrible –exclamó Hermione.

Ron miró extrañado a su amiga.

–¿Por qué?

–Porque entre finales del siglo XIX y principios del XX fue cuando empezó a tratarse en serio las enfermedades mentales, como lo que son, en vez de posesiones del demonio y otras tonterías similares. En otras épocas, se aislaban a los pacientes, juntando a los que poseían unas enfermedades y otras, dejando que se hiciesen daño. Aun así, era muy duro para los pacientes, que vivieron una época de cambios y de analíticas. Fue una época de oscuridad, pero a la vez claridad. No todos aceptaban las ideas revolucionarias que aportaban algunos doctores, pero poco a poco las cosas fueron cambiando.

Tras la explicación de Hermione, surgió un pesado silencio que le indicó que ningún mago le había entendido, ni siquiera Harry. Impaciente, aclaró:

–Lo que quiero decir es que necesitaban hacer muchas investigaciones y algunos enfermos necesitaban justo lo contrario: paz y tranquilidad. Pero a la vez, algunas prácticas, que parecían hechas solo para hacer sufrir al paciente, siguieron adelante –explicó–. Tú eres una persona cuerda, y el tratamiento de electroshock debe ser muy duro para alguien que no lo necesita.

–¿Electroshock? ¿Qué es eso? –interrogó el señor Weasley curiosamente.

–Para no complicárselo mucho: es algo relativamente similar a que le caiga un rayo en la cabeza, sin llegar a matarle, por supuesto, pero para una persona sana debió ser traumático. Se suele aplicar varias veces al día, dos o tres veces por semana.

Todos los magos temblaron levemente ante la idea.

–Increíble –murmuró el señor Weasley desolado. Aquel invento muggle era... horrible.

–Aunque no lo crea, tiene buenos efectos –consoló Carlisle.

Hermione se impuso enérgicamente en la conversación.

–Volviendo a lo principal: tengo una pregunta. ¿Quién te transformó?

–Me convertí en la favorita de un doctor del hospital, que resultó ser un vampiro que acabó transformándome. Hace poco he descubierto que ha desaparecido. Murió.

–Oh...

Hubo una pequeña pausa. Ginny centró entonces su atención en Edward y Bella.

–¿Qué me decís de vosotros? ¿Qué historia tenéis?

–¡Oh, mejor no has podido elegir! –exclamó Emmett–. Seguro que te encantan las novelas de amor y todas esas cursiladas. ¡Perfecto! Porque Eddie y Bella forman el típiquísimo drama de Romeo y Julieta –finalizó guiñando un ojo.

–¿Ah, sí? –se burló Hermione.

Bella se parapetó tras el brazo de su marido y Edward fulminó a Emmett con la mirada, reprochándole.

–Explícalo tú, por favor, Carlisle –pidió de modo brusco.

–Si así lo quieres... –aceptó el otro–. Edward nació a principios del siglo XX, en la ciudad de Chicago. La gripe española, como si fuera la peste, empezó a asolar la ciudad en cuanto cumplió diecisiete años. Él mismo cayó enfermo después de su padre y entonces su madre enfermó también. Horrible. Sus padres murieron antes que él, pero a Edward decidí llevármelo a casa para transformarlo, porque ya llevaba un tiempo contemplando la posibilidad de crear un compañero.

–Por lo que sabemos, parecer ser que cuando fui humano tenía cierta facilidad para descubrir lo que pensaba la gente, un don que con mi transformación pasó a ser lo que es ahora.

Harry les miró con el ceño fruncido.

–¿Por qué él?

Los Cullen le miró con curiosidad y Esme le preguntó con delicadeza.

–No te entiendo, Harry. ¿Qué quieres decir?

–Tuviste muchos pacientes en aquella época, supongo –Carlisle asintió confuso, pero Edward entendió lo que quería decir–. Entonces, ¿por qué no transformaste a cualquier otro? ¿Por qué Edward? ¿Qué tenía de especial?

Nessie iba a protestar, aunque antes de que pudiese abrir la boca siquiera Carlisle la detuvo con un movimiento de la mano.

–Porque su madre me lo pidió.

–¿Qué tendría eso de especial? Es doctor, muchas familias le suplicarían que salvara a sus hijos, a los niños. ¿Por qué escuchó sólo a la madre de Edward? –preguntó Kingsley rápidamente.

Los Cullen estaban muy incómodos con el interrogatorio. Todos tenían un pasado muy turbio y en algunos casos, doloroso. ¿Por qué les interesaría tanto saber de sus vidas humanas? No sabían es que los magos necesitaban hacerse una idea de cómo eran para saber si podían confiar en ellos.

–Porque fue un pedido fuera de lo normal. La madre de Edward, Elisabeth, no me pidió que hiciera ''algo'' por su hijo, sino dijo que hiciese ''todo lo que pudiese'' para salvar a su hijo –miró con atención al auror–. ¿Entiende lo que quiero decir? Hubo un pequeño matiz en su pedido que me convenció. Además, había que admitir que Edward era ideal. Toda su familia había fallecido (su padre había muerto un día antes y su madre una hora después de su pedido) y con todo el revuelo nadie se daría cuenta de que faltaba un cadáver en la morgue. Tampoco quería transformar a nadie sano, pero él estaba moribundo ya. Así que me lo llevé. Edward fue mi primer compañero, mi hijo –sonrió mirando al aludido cariñosamente.

Las mujeres apenas pudieron contener un suspiro embelesado, pero de parte de los hombres solo surgió compasión por Edward y comprensión hacia la decisión de Carlisle (obviando que Ron se puso verde de celos al ver que Hermione se ablandaba y soltaba una sonrisa soñadora).

–¿Y usted? ¿Llevaba ya mucho tiempo como vampiro cuando transformó a Edward? –interrogó Kingsley.

–Fui transformado cerca de 1660. Pasó dos siglos viajando y fortaleciendo mi auto-control. En 1918 encontré a Edward y tres años después transformé a Esme –dijo Carlisle cogiendo de la mano a su esposa.

La atención de todos los magos recaía ahora en Esme, que no se dejó amedrentar y sonrió suavemente.

–Antes de que me pregunten, diré que nací a finales del siglo XIX, y me casé muy joven con un hombre que me maltrataba, esperando ser feliz. Cuatro años después de nuestra boda, me quedé embarazada. Huí de la casa de mi marido para que mi hijo estuviera a salvo, pero mi niño, mi pobre bebé –la señora Weasley, identificada con Esme, jadeó presintiendo lo que iba a decir–, murió unos días después de nacer. No encontré razones para seguir viviendo y me lancé desde un acantilado.

McGonagall, que era la que estaba más cerca de la vampira, alzó la mano, cogió la mano libre de Esme y la apretó levemente.

–Lo siento.

–No importa –sonrió Esme tristemente–. Ya no me afecta. De alguna manera, Dios se apiadó de mí y me dio nuevos niños a los que cuidar. Edward, Emmett, Rosalie, y todos los demás sustituyeron a mi niño.

Hermione y la señora Weasley no estaban muy de acuerdo con el modo de ver las cosas de Esme, pero no dijeron nada.

–Oigan, si no quieren, si de verdad necesitan que nos detengamos... No tienen porqué contarnos nada si no queréis –intervino el señor Weasley nervioso. No le gustaban los tintes lúgubres que lucían los miembros de la familia.

–Bueno, en realidad no es taaan malo –exageró Emmett–. Aunque podríamos pasar a algo más alegre. Como por ejemplo, la historia de Eddie y Belly-Bells.

–Esa ya la contamos anoche, Emmett –le recordó Rosalie.

–Además, tanto azúcar me va a volver diabético –repuso Jacob fingiendo una arcadas.

Para los que no habían estado, Harry y la directora explicaron rápidamente lo que había sido la vida de Bella desde que cumplió los diecisiete años.

Hermione frunció el ceño.

–¿Y todo eso ocurrió en dos años?

Bella sonrió tristemente.

–En realidad, en uno solo.

–¿Por qué? –preguntó Harry curioso.

Jasper carraspeó incómodamente.

–Ejem... Emmm... ¿Fui yo la causa, por así decirlo? –se encogió de hombros–. En el décimo octavo cumpleaños de Bella, se cortó un dedo en nuestra casa. Lo que pasó podéis imaginároslo.

Fred y George habían subido las cejas hasta el nacimiento de su pelo. Hermione se cubrió la boca horrorizada y Ginny tragó pesadamente. Fred comentó:

–Espera, déjanos adivinar.

–Seguro que no te la cenaste de puro milagro –terminó George.

Jasper rió quedamente.

–De puro milagro –asintió–. Y vosotros no conocéis a mi hermanito Edward. Es un maniático obsesivo...

–... sobreprotector y masoquista...

–... un complejo de monstruo...

–... tonto sin remedio...

–Lo último sobraba, Rosalie –siseó Edward–. Y también todo lo demás –añadió fulminando con la mirada a Alice, a Jasper y a Emmett.

Bella soltó unas risitas y Nessie y Jacob la acompañaron con estridentes carcajadas. Carlisle y Esme se miraron entre sí como diciendo ''qué se le va a hacer''. Edward, sin embargo, estaba que echaba humo.

Jasper explicó sonriente.

–Edward tuvo la grandiosa idea de que mudarnos sería lo más seguro para Bella, así que nos fuimos. Volvimos, unos cuantos meses después, en cuanto supimos que Bella había intentado un suicidio.

Años más tarde, después de la boda, Bella admitió que pensaba que solo era un salto de acantilado, pero que tal vez, en el fondo, deseara la muerte que se había personificado a través de las ilusiones que tenía de Edward.

–¿Por Edward? –preguntó Ginny pasmada.

Bella asintió, algo avergonzada al entrever las expresiones de las demás mujeres de la sala, que iban de entre la comprensión hasta la desaprobación o la incredulidad.

–Resumiendo un poco: Edward te abandona diciendo que es más seguro para ti...

–No, me dejó diciéndome que no me quería, que sólo fui un entretenimiento para él –interrumpió Bella fulminando con la mirada a Edward.

Las mujeres miraron sorprendidas al vampiro.

–Bueno, está bien, te abandona diciendo que no te quiere, pasan unos meses, ¿y tú intentas suicidarte por él? –pregunta Hermione alzando las cejas.

–Buen resumen –intervino Jacob.

Al percibir las miraditas de los demás, ya no solo de las mujeres, Bella sintió la necesidad de defenderse.

–Yo vi aquello como un juego más de Jacob. Me dijo que podríamos hacer salto de acantilado, pero aquel día el tiempo empeoró y Jacob llegó tarde. Así que decidí probarlo yo sola –explicó–. La marea estuvo a punto de arrastrarme lejos, pero Jake llegó a tiempo para verme saltar y me salvó. Reconozco que, ahora, analizando mis pensamientos en aquel momento, puede que en el fondo realmente deseara matarme.

–Eso es algo estúpido –saltó Hermione impulsivamente. Los magos la miraron impresionados, pero entre los Cullen solo un par alzaron levemente las cejas–. No vale la pena matarse por un chico que no te quiere y que encima te menosprecia. Solo por tu propio orgullo y tu dignidad debiste seguir adelante y demostrarte a él y a ti misma que no necesitas a un chico que te quiera para ser alguien que merece ser querida. Rebajarse al nivel de una suicida es triste –la miró con pena–, muy triste.

–Él se lo pierde –añadió Ginny–. Si no quiere tenerte al lado, búscate a otro. Alguien que solo juega contigo no vale la pena.

Harry se removió incómodo en su asiento, sintiendo que de algún modo aquellas palabras iban dirigidas hacia él. Pero el monstruo de ojos verdes le atacó nuevamente con fuerza: ¿Ginny estaba pensado en buscarse a otro?

Bella la miró desconcertada y estupefacta. Jacob miró asombrado a Hermione y compartió una mirada con Jasper y Emmett.

–Me caes bien. Ya me gustaría a mí responderle algo así a Bella, pero es demasiado inteligente para mí.

''Pues ese intento de suicidio no fue precisamente el mayor alarde de inteligencia'' pensó Hermione para disgusto de Edward, que frunció la nariz.

La señora Weasley miró asombrada a los Cullen al reparar en un pequeño detalle.

–¿Y cómo supisteis que había saltado?

Alice miró a Lupin con seriedad.

–Porque Jacob la salvó.

–¿Qué?

–Dejé de ver el futuro de Bella en cuanto ese chucho –señaló al aludido– salvó a Bella. Los licántropos, ya sean metamorfos o Hijos de la Luna, tienen una especie de defensa contra mi don, que me impide verlos, a ellos y a los que les rodean. En aquel momento decidí echar un vistazo sobre el futuro de Bella... y lo encontré negro. Y cuando el futuro de alguien desaparece... –Alice tembló.

Lupin frunció el ceño.

–¿Qué son los Hijos de la Luna?

Carlisle se encogió de hombros.

–Los hombres-lobo que retratan los escritores en sus historias. Aquellos que se transforman con un mordisco, que solo se convierten con la luna llena. En el pasado, uno de los líderes de los Vulturi, Cayo, sufrió un ataque de uno de ellos y ordenó la caza de los Hijos de la luna a lo largo y lo ancho del mundo. Diezmó inmediatamente la población y seguramente nos acusaría de traición si supiera que estamos aquí sentados junto a usted sin matarle inmediatamente.

–¿Por qué no? Ya somos unos traidores y una pelea no me vendría nada mal –Emmett se frotó las manos risueñamente.

La cena se había enfriado para la mayoría de los magos, pero Ron hacía rato que se había acabado las albóndigas. Miraba con deleite las de su mejor amigo en su plato, pero se abstuvo de robarle. Los demás estaban demasiado ocupados escuchando a los Cullen, aunque Jacob engullía un plato tras otro que reponía la señora Weasley con la varita y Nessie jugueteaba con el tenedor, distraída.

Kingsley se volvió hacia la pareja que quedaba, mirándoles con perspicacia. No estaba demasiado dispuesto a seguir escuchando historias tan horribles, que quitaban el apetito... No, corrección, ya no tenía apetito.

Resignado, dejó el tenedor y cruzó las manos en la mesa.

–¿Qué hay de vosotros dos?

Rosalie apretó los puños y le miró desafiante y furiosa.

–No te...

–Rosalie –la cortó Edward, mirándola.

La vampira entrecerró los ojos, y aunque se mordió la lengua y no le dijo a Kingsley todo lo que pensaba, no se contuvo de mascullar, a velocidad vampírica, una pequeña frase para Edward.

–No eres mi padre ni nada mío, no tienes derecho a callarme.

Edward la miró dolido, pero Bella le tranquilizó poniéndole una mano en el brazo. Se calló el insulto y las maldiciones, impropias de él, se dijo.

Pero Emmett no se calló como Rosalie.

–Oh, yo nací un par de añitos antes de que Edward cayera enfermo. Desde que era humano mi pasión eran los osos –relató soñador–. Así que con 20 años me fui a cazarlos. Con tan mala pata que empezó a jugar conmigo, aunque a mí no me gustó nada. Me iba a morir, ya lo veía –se encogió de hombros–. Pero entonces llegó un ángel, y me salvó –contó sonriendo ampliamente–. Un ángel que me llevó hasta donde estaba Dios...

Rosalie sonrió dulcemente, sorprendiendo a muchos que ya pensaban que era más arisca que una gata y que tenía un corazón de piedra.

–En una versión no tan religiosa, Rosalie encontró a Emmett malherido, y vio en él algo que la convenció de pedirle a Carlisle que la convirtiera para ella –explicó Alice.

Los magos podían entender el que viera a Rosalie como a un ángel, e incluso que viera a Carlisle como un dios... Pero no podían entender lo que vio Rosalie.

Kingsley, dejando el tema de la visión de la vampira aparte quiso saber de ella.

–Eres la última, ¿podemos saber ya lo que fue de tu vida humana?

Rosalie miró con los ojos negros al auror, que pensó sorprendido que al inicio eran castaños. La vampira apretó fuertemente los puños y soltó una risa amarga.

–¿Quieres saber por qué estoy aquí? ¿Quieres saberlo? –algo les convenció a todos que hubiese sido mejor dejarla de lado–. Porque era joven y muy estúpida. Pero soñaba con vestidos bonitos, con casarme con un hombre rico, con tener muchos niños... –Escupió amargamente ante la mirada comprensiva de la señora Weasley–. Soñaba con todo lo que soñaba una chica de mi época y edad. Así que me quedé encantada cuando me comprometí con un joven rico, hijo del director de un banco, y además apuesto. ¿No es acaso el príncipe azul de toda muchacha? –Sonrió cínicamente–. Pues resultó que más que príncipe era villano.

Rosalie se calló lentamente, así que Bella tomó el relevo en su lugar.

–Entre su prometido y sus cinco amigos, la... la...

Parecía incapaz de continuar, y la señora Weasley casi rogó que no lo dijera.

–Me violaron –espetó Rosalie con dureza–. Y me dejaron medio muerta en un callejón hasta que me encontró Carlisle. Juré que no iba a quedar así, de modo que, como en una historia de terror, los fui asesinando uno a uno... A mi prometido lo dejé para el final. Se había escondido en una habitación sin ventanas, pero no fue un obstáculo para mí. Lo maté vestida de novia...

Hermione la miraba asustada y con los ojos desencajados. Antes de escuchar el final, la señora Weasley tapó los oídos de Ginny y Tonks se había agarrado al brazo de Lupin con fuerza. Bill miró asustado a Fleur, sabiendo que, en muchos aspectos, ambas mujeres se parecían. De hecho, vivía con el miedo de que alguna vez encontrara a Fleur como acababa de describirse a sí misma Rosalie: muerta en un callejón. La belleza no siempre es un don, pensó. Los demás se miraron entre sí, pero no acertaron a decir nada tampoco.

McGonagall, en cambio, halló triste y desoladora la historia de Rosalie. Hasta tal punto, que comprendió que tal vez la vampira pudo haber sido como una Lavender Brown, rubia y muy hermosa, pero superficial, que encontró un destino desacertado para cualquier mujer.


Al terminar la cena en un horrible silencio, los miembros de la Orden se habían ido retirando, excepto Lupin y Tonks, que junto con los señores Weasley y McGonagall querían saber lo que ocurría con la metamorfomaga.

Nessie y Jacob, junto a todos los demás, excepto Carlisle y Esme, habían ido a descansar también.

–¿Y bien? ¿Qué le pasa a Tonks? –preguntó la señora Weasley preocupada.

Carlisle suspiró.

–Estoy casi seguro, de hecho, me he encontrado a muchas jóvenes con los mismos síntomas y...

–¿Está enferma? –le interrumpió Lupin asustado.

–Oh, por supuesto que no –los demás suspiraron aliviados–. Lo he hecho sonar bastante mal, pero es más bien algo de lo que alegrarse. Si mi oído no me falla, en el interior de esta jovencita laten dos corazones. ¿Sabe lo que quiere decir?

Lupin estaba pálido. Tonks, a su lado, estaba esperanzada, ilusionada.

–¿Has sufrido mareos matutinos? ¿Cambios de humor repentinos? ¿Cuándo fue la última vez que tuviste la menstruación?

Los señores Weasley y la directora salieron, al percatarse de que la conversación estaba tomando unos tintes íntimos y más profesionales.

Tonks contestó radiante a todas las preguntas que le hacían, y las sospechas de Carlisle se dirigieron hacia un embarazo de apenas un mes, pero necesitaba unas pruebas para estar seguro. Lamentó no tener su material médico a mano.

Lupin, sin embargo, estaba más que pálido: tenía la piel más blanca que el papel y parecía próximo a un desmayo. Esme percibía un latir del corazón muy rápido y le preocupaba. Sabía de padres primerizos que tenían miedo de criar mal a su hijo, de llevarlo por el mal camino... pero el de Lupin parecía un miedo diferente.

Algo llamó la atención del hombre-lobo.

–Todo indica un embarazo, pero para estar seguros necesitaría una prueba de sangre...

–¿Una prueba de sangre? –se sobresaltó Lupin–. ¿Qué es eso?

–Oh, se trata de extraer un poco de sangre con una jeringuilla y examinarla con unos cuantos materiales médicos. Quédese tranquilo, no voy a probar la sangre de su esposa –explicó Carlisle divertido, adivinando lo que pensaba el licántropo.

Tonks sonreía feliz y contenta, pero Lupin parecía cada vez más pálido.

–El bebé... ¿heredará mi condición? –preguntó con la vista clavada en el suelo.

A su mujer le cambió la expresión inmediatamente y miró preocupada a Lupin. Ella no creía que fuera a pasar, pero...

–No lo sé –admitió–. Yo me especialicé en cirugía, no en ginecología. La prueba de sangre tampoco confirmaría tal cosa, sólo si estás embarazada. Este mundo es nuevo para mí, no estoy seguro de nada. No existen antecedentes, porque los Hijos de la Luna que yo conozco no se reproducían.

Los hombros del licántropo se hundieron con desánimo.

–Tal y como ha dicho Cullen –dijo Tonks–. No existen precedentes. No sabemos lo que va a pasar, así que no te desanimes aún. Hablaré con un medimago para que me lo confirme. Muchas gracias por su atención, pero no le causaré más molestias pidiéndole una prueba de sangre.

–Como tú prefieras.

Tonks y Lupin se marcharon, informando a los señores Weasley y a la directora de lo ocurrido. La auror se marchó con la cabeza alta, orgullosa y contenta, pero no se podía decir lo mismo de su esposo.

Esme suspiró. El amor era tan difícil...

La directora volvió a entrar en la cocina y tomó asiento antes de que Carlisle y Esme se marcharan.

–Necesito hablar con ustedes, así que si tienen la amabilidad de tomar asiento.

–Por supuesto.

Ambos se sentaron mirando el semblante cansado de McGonagall.

–Todo es tan difícil sin Dumbledore... –comenzó–. Ustedes no llegaron a conocerlo, el retrato no es más que un reflejo suyo. Sin él, la Orden no tiene quien la organice. Si no existiera su pilar, Potter, creo que se hubiese disuelto... Tras su muerte, he tomado su relevo, desempeño todas sus funciones, y aún así creo que no hago ni la mitad de lo que él hacía.

–Lo siento –murmuró Esme compasiva.

McGonagall estaba agotada. Tenía mala cara y si estuviesen en una oficina del hospital, Carlisle le hubiese recomendado unas vitaminas. Las ojeras se acentuaban ahora a la luz de las velas, pero su mirada estaba decidida a seguir adelante.

–Pero no es razón para desistir. He pensado en lo de sus necesidades y lo del dinero...

–No es necesario, nos las apañaremos como podamos... –protestó Esme.

La directora la detuvo con un gesto.

–He pensado que podrían comprarlas a domicilio en tiendas muggles. El retrato de Dumbledore me ha comentado algo muy interesante acerca de cuentas bancarias y nombres falsos...

Al ver la mirada sorprendida del matrimonio, sonrió.

–Lo siento. No podemos confiar en nadie y necesito mantenerlos vigilados.

–N-no, no se preocupe.

McGonagall sonrió levemente.

–A un nombre falso estoy segura de que nadie sospecharía. Podríamos encargarlas en el número once de esta calle y que las recogiera Tonks transformada. Estoy segura de que es una buena idea. ¿Qué les parece?

Los Cullen se sonrieron entre sí y asintieron.

Estaban seguros de una cosa: iba a ser un placer trabajar con la directora McGonagall.

Un día después, por la tarde, los Cullen caminaban por los terrenos del castillo con las manos cargadas de bolsas. El pedido había resultado descomunal, por mucho que Alice insistiera en que se había reducido a lo mínimo.

Al comprar ropa, había empezado a encargar bufandas, jerseys, camisas, pantalones, camisetas, zapatos, y ''demasiados'' accesorios con la excusa de que Nessie pasaría frío y que siempre podría estropeárseles la ropa. Edward había murmurado por lo bajo.

–Lo que pretendes es que podamos llevar un conjunto diferente cada día.

Rosalie había hecho un pedido de lencería que dejaron rojos a los que estaban escuchando y Esme se encargó de los pijamas, los cepillos de dientes, y demás cosas de higiene. Carlisle sin embargo, se tomó la libertad de pedir un bote grande de vitaminas para la directora.

-Lo que viene va a ser muy duro y creo que va a estar aún más cansada que ahora -le explicó a una sonrojada McGonagall-. Así que me he tomado la libertad de encargarle unas vitaminas. Una al día. Le vendrán bien.

Al final, el precio dejó blanca a Hermione, que le echó un vistazo a la factura con el permiso de Alice, pero se sorprendió aún más cuando vio la seguridad con la que anotaba su cuenta bancaria y firmaba. Una cifra así sacaría de la pobreza a treinta poblados africanos.

Hermione, Ron y Harry caminaban detrás, muy ligeros de equipaje. Emmett se había ofrecido a llevar los baúles de los chicos, con la jaula de Pigwidgeon y la cesta Crookshanks, pero el gato se había negado rotundamente a subir a sus brazos y ronroneaba en los brazos de su dueña.

–Tú te lo pierdes, gatito –rió Emmett con los tres baúles al hombro.

Se habían aparecido cerca de la cabaña de Hagrid y el castillo estaba muy cerca de ellos. El trío de oro sonrió a la vez al ver a su viejo hogar.

Alice miró el castillo también, delante suyo, con las manos cargadas de bolsas.

Sin necesidad de usar su don, preveía unos meses agitados...


He tardado. Lo sé y lo siento. Pero espero que el capítulo os haya dejado satisfechos y que haya cumplido las expectativas.

Volveré... hummm... más o menos cuando empiecen de nuevo las clases. Creo. Es que he sido algo tonta y un pelín inconsciente cuando, sin inspiración para este fic, empecé dos más. Siento no haber hecho nada desde octubre, y actualizar ahora en fin de año.

Mis disculpas, de nuevo, y me despido atentamente de los que me lean aún,

lady Evelyne