La visibilidad era nula y muy pobre. Típica de aquella bruma londinense y sus bosques, en donde no se veía más allá de sus propias narices.

— Llévatelo —

Ordenó a su sirviente que no le perdía pisada, había acabado con un jabalí de un disparo.

— Y con este ya son tres, Keilot — felicitó el Gran Duque montado a caballo — Tu uso de las armas sigue siendo impecable e impresionante —

Tenía excelente puntería y manejo de cualquier tipo de armas de fuego sin importar su calibre.

— No puedo evitarlo — recargó el arma nuevamente — Todo es gracias al entrenamiento de mi padre —

Todo lo que era y despreciaba de sí mismo, fue producto del duro entrenamiento al cual lo había sometido su padre a lo largo de los años y siendo, en ese entonces, tan pequeño como su hijo.

— Tu padre arrastrará con su despiadada reputación por el resto de su vida y es un milagro que no hayan escrito canciones sobre él — disparó a una perdiz dando justo en el blanco — Y me alegra que tú, a pesar de todo, no te hubieras convertido en un hombre como él —

— Agradécelo a mi madre —

Apuntó con su arma a un pequeño conejo que se atravesó en el camino, pero prefirió dejarlo ir, era tan tierno que no podía hacerle daño.

— Ella era mi refugio y aún lo es en mis tiempos de crisis — amaba a su madre con todo lo es.

— Te entiendo completamente — una fuerte detonación se escuchó a unos metros — Ten cuidado con ese loco, Keilot —

Se refería a su cuñado, que disparaba a todo lo que se moviera y tuviera vida frente a sus ojos. Tan peligroso como un simio armado.

— No si yo le lleno el cuerpo de balas primero —

Se odiaban y despreciaban a muerte con ese hombre. Su soberbia y arrogancia eran tan grandes que, no cambian en su propia alma y por esa razón, un sentimiento mutuo de destrucción los rodeaba cada vez que volvían a verse. Por otro lado y que lo llenaba completamente de rabia era que, Aslan Fleming, para quienes lo conocían bajo ese nombre en Londres, se creía el amo y señor de la vida de sus hermanas, en especial, de la de Gaia al ser una mujer soltera, todavía. Y él, no estaba de acuerdo bajo ningún contexto, de esa pseudo protección y control para con ella.

— Trata de no hacerlo — descendió del caballo para buscar su presa — A mi esposa le daría un ataque — la encontró detrás de unos arbustos — Y Gaia te odiaría a muerte si lo haces —

— ¿Por quién me tomas, Lai? — descansó el rifle sobre su hombro — Me llaman la bestia, pero tampoco soy un monstruo —

Miró hacia los cielos, ya que la visibilidad había aumentado al levantarse la neblina cerca del mediodía, pero nubes de tormenta se asomaban por el horizonte y augurando una horrible tempestad. El otoño y la campiña inglesa, no eran una buena combinación climática.

— Así que… — caminaban aferrados de la mano buscando el camino de regreso — Te escapaste de la mansión — sonrió encantada de su pequeña compañía.

— Sí, señorita hada — respondió, con su tierna voz de niño — Mi mami estaba cansada y la dejamos dormir — explicó, cargando con su peluche de conejo bajo el brazo — Pero yo quería ver a los ponys y me perdí —

Había llorado mucho al perderse entre la neblina del bosque, su carita aún seguía hinchada y roja, pero por suerte, encontró a su admirada hada para regresar a salvo a la casa.

— Eres muy valiente, lo sabes, ¿Verdad? — lo cargó por impulso para verlo a esos hermosos ojos tan iguales a los de su padre — Un pequeño gran valiente — le pellizcó la nariz con gracia y un furioso trueno rugió sobre ellos — Aún estamos muy lejos y debemos darnos prisa, va a llover —

Olisqueó el aire y la humedad impactó dentro de sus fosas nasales. Dio un paso y luego otro, pero se detuvo de golpe, al igual que su respiración. Un oso. Un enorme oso pardo apareció en su campo de visión y buscando alimento.

— Un os… —

Le tapó la boca de golpe y caminó en reversa en completo silencio. Tenían que huir de ahí sin llamar la atención o estarían muertos.

— Tranquilo — dijo por lo bajo, podía escuchar los latidos de su propio corazón resonando en sus tímpanos — Prometo que todo estará bien —

Pero el crujir de una rama rompiéndose a sus pies los delató y emprendiendo huida de ese furioso animal que los perseguía.

— ¡Tengo miedo! — la abrazó con fuerza ocultando su rostro en ella.

— ¡Estaremos bien, amor! ¡No llores! —

Ella era pequeña y ágil, además de conocer el bosque a la perfección, llevaba la ventaja, pero el oso era muy veloz para su tamaño. La adrenalina se había apoderado de todo su cuerpo y rogaba internamente a cualquier deidad, que no los atrapara hasta poner a salvo al niño. La naturaleza no estaba de su lado y una fuerte llovizna comenzó a caer sobre ellos dificultando el paso, llevándolos a un pequeña cascada que desembocaba a un turbulento arroyo.

— Ya se fue —

Dijo el pequeño mirando sobre su hombro y al detenerse en la orilla del peñasco. Respiraba tan agitado y asustado como ella.

— No, no se ha ido —

Los estaba acechando. Podía sentirlo observándolos y esperando el momento justo para darles el final.

— Está aquí —

La lluvia seguía cayendo con ferocidad dificultando la vista, pero no iba a bajar la guardia en ese momento. No se rendiría y ambos estarían bien, saldrían de esta.

— Lo siento pero, vamos a tener que…— tragó pesado y lo abrazó con todas sus fuerzas para no soltarlo nunca, así su vida se fuera en ello — ¡Saltar! —

Encontró los ojos de la bestia en una fracción de segundo al venir hacia ellos y antes de arrojarse al vacío.

— ¡Maldita sea! —

Golpeó la puerta con furia al regresar a la mansión Laurel, acompañado de un pequeño grupo de hombres y empapados de la cabeza a los pies. Había dos personas desaparecidas y entre ellas, el pequeño hijo del Conde. Debían encontrarlos antes del alba o morirían de frío congelados.

— ¿¡Los encontraron, Lai!? —

Se precipitó hasta su esposo al verlo ingresar. Tenía el alma en un hilo. Rezaba a todos los dioses para que su hermana y el pequeño conde aparecieran con bien o le daría un ataque.

— No, no hay rastros, preciosa —

El agua caía de él como un manantial, la búsqueda había sido intensa, pero no lograron encontrar nada. Miró a la condesa a unos metros detrás que parecía fuera de sus cabales.

— Lo siento mucho, Megan —

— ¡Oh! ¡Dios! — cayó de rodillas al no poder sostenerse más y romper en llanto por enésima vez en el día — ¡Mi niño! ¿¡Dónde estás!? —

Sentía que el mundo se caía a pedazos a su alrededor. Si hubiera sido una mejor madre y prestado mayor atención, esto no habría pasado.

— Póngase de pie, Condesa — la asistió el sumo sacerdote aferrando su brazo — La acompañaré a su cuarto — habló con el resto, ya que ella parecía ida producto del dolor — Ven conmigo, muchacha — podio a una de las criadas que los acompañara por si los necesitaba.

— Tienes que encontrarlos, Lai — llevó las manos a su vientre al sentirse molesta y angustiada, su bebé percibía la desesperación que la estrangulaba — Por favor — su voz se rompió apartando la mirada — Te lo suplico, encuentra a mi hermana y al pequeño Nicholas —

Una lágrima eterna rodó por su mejilla, una única vez y nada más. No era el momento indicado para entrar en pánico y llorar. Se prometió a sí misma que mantendría la compostura hasta el final.

— Lo haré preciosa, lo juro — besó su coronilla ya que no lo miraba — Volveré a fuera —

Salió de allí acompañado por la cuadrilla de búsqueda. Él siempre cumplía con sus promesas, se las había jurado a ella y a su mejor amigo. Los iban a encontrar.

— Judith — pidió por una de las doncella y extendiendo una mano, sin verla — Llévame a mi cuarto, no me siento bien —

Estaba tranquila. Su esposo tenía ese don en ella, le transmitía una infinita paz y necesitaba descansar.

— ¡Conde! — uno de sus sirvientes con una lámpara en mano y que lo acompañaba a pie, llegó a su encuentro — ¡Encontramos algo! ¡Venga! — lo siguió sin perder tiempo — ¡Aquí! —

Llegaron al filo de un pequeño acantilado y en donde yacía a sus pies el peluche de su hijo enterrado en el fango.

— Regis — lo tomó entre sus manos como sumo cuidado, ese era el nombre que su pequeño le había dado — ¡Nicholas! — gritó por él, pero no hubo respuestas — ¡Hijo! ¿¡Dónde estás!? —

Estaba viviendo una horrible pesadilla que parecía no tener final. Su hijo, su hermoso tesoro, estaba perdido en ese inmenso bosque desde la mañana y a pesar de ser buscado por la servidumbre, no dieron razones de su paradero por ninguna parte.

— ¡Su excelencia! — el mismo joven pidió a por él — ¡Mire esto! — le enseñó un lazo azul y una pequeña daga que encontró a unos metros — ¿¡Podría ser de la señorita Gaia!? — cuestionó, a ella también la buscaban.

— ¡Trae acá! — el hermano mayor de esta se lo arrebató de un tirón — Si, son de ella, estoy seguro — afirmó, guardándolos en uno de sus bolsillos como una reliquia sagrada de su hermana — ¡Gaia! —

Gritó, pero el sonido fue arrastrado por el viento y observando al final del acantilado que desembocaba al arroyo que atravesaba la finca. Estiró el brazo para alumbrar más allá y encontrando en la oscuridad a un bulto inerte a la orilla del río.

— ¡Santo cielo! —

Exclamó el Conde, al reconocer el cuerpo de su hijo recostado de lado. Su vida cayó por los suelos, parecía muerto. Descendió con sus propias manos y pies como alma que lleva el diablo, siendo seguido por los demás para poder llegar al otro lado.

— ¡Nicholas! — nadó como un loco al lanzarse al agua — ¡Hijo! — lo sacudió con violencia al tenerlo en sus brazos y acercarlo a su oído para escuchar los latidos de su pequeño corazón — Está vivo — susurró con los ojos aguados de la emoción — ¡Gracias Dios! —

Lo abrazó contra su pecho al encontrar un pequeño atisbo de vida en él para darle calor y rodear su frágil cuerpo con un abrigo que llegó a él de la mano del Aslan Fleming. Más tarde le agradecería por ello.

— Todo estará bien ahora, hijo — pronunció contra su cabello emprendiendo camino de regreso.

— Papi — habló débil y con los ojos cerrados al escuchar su voz — El hada me salvó — murmuró a dos luces y se desmayó.

La noticia llegó a la mansión como un milagro. Habían encontrado al niño después de largas horas de búsqueda e intensa angustia. Estaba herido, magullado, débil, con signos de hipotermia y aún inconsciente, pero sobreviviría a la desgracia. Eso les había dicho la doctora especialista en niños y excelente partera, Irene Lovegood.

— Hay que mantenerlo abrigado — le habló a los padres del pequeño que se encontraban junto a la cama — Recibió un golpe muy grande en la cabeza al caer por el acantilado, eso explica la inconsciencia y quizás tarde algunos días en despertar, pero no está en riesgo — aclaró de antemano — Pero es un niño muy fuerte, se repondrá — asintieron a lo dicho — Es un milagro que haya sobrevivido a tanto —

— Lo sabemos, gracias doctora — el Conde la acompañó a la puerta de salida.

La madre del pequeño, en otras palabras, su esposa, parecía un ente aferrando su pequeña manito entre las suyas y sentada junto a la cama con cara de loca. No había emitido palabra desde que llegaron a Laurel después de la búsqueda y tampoco se había apartado de su lado ni un instante. No iba a dejarlo solo, no más.

— Tienes que encontrarla, Keilot — habló con la vista fija en su hijo y sin ningún tipo de emoción en su inmaculado rostro — Tienes que encontrar a la señorita Curtis — él estaba helado y mudo — Sé muy bien lo que tú sientes por ella, pero yo estoy en deuda y quiero decírselo —

— Megan, yo…—

No sabía qué decir o actuar, sus palabras lo habían encontrado desprevenido y con la guardia baja.

— No digas nada — soltó a su hijo después de darle un beso y caminar hasta él — Sé muy bien como la miras, como sonríes cuando canta o como la deseas con toda tu alma — descansó una mano en su mejilla para verlo a la cara — Tú la amas y eso es algo muy diferente a lo que sientes por mí — sonrió tristemente — Vé a buscarla y sean muy felices —

Su soberbia se derrumbó, su egoísmo colapsó y su odio por ella se hizo añicos al haber salvado a su hijo. Una deuda enorme, gigante y que estaba dispuesta a pagar. Keilot era un buen hombre, excelente padre, pero un mal esposo y había llegado el momento de dejarlo atrás.

— Siempre serás parte de mi vida, Meg — la estrechó entre sus brazos por última vez.

— Lo sé — correspondió el abrazo con creces — Ahora, vete —

No podía pasarle eso en este momento. El dolor era punzante y las contracciones irresistibles, no podía contenerlo más. Su segundo hijo, por gracia divina, había elegido nacer en el momento más inoportuno de su vida.

— Por favor, bebé — apretó los dientes para evitar gritar — No me hagas esto — había estado ignorando los indicios del preparto a causa del caos desatado a lo largo del día — Tienes que nacer cuando la tía esté aquí, te lo suplico — se dobló de dolor al dar un simple paso — Por favor hijito, aún no es el momento para…— rompió fuente si dejarle terminar — ¡Cynthia! ¡Gladys! — gritó desesperada, no solo líquido, también sangre salió de su interior manchando sus piernas — ¡Judith! —

Como pudo, llegó al tirador llamando a las doncellas y la puerta de su cuerpo se abrió de golpe en un empujón estridente.

— ¡Logan! — se quebró en llanto y estiró los brazos hacia él que la cargó al vuelo — ¡Mi bebé, algo no anda bien! — la recostó en la cama con sumo cuidado — ¡Lai y el doctor Lyndel no están! ¡Y tampoco sé dónde está Irene! — estaba histérica, había aguantado demasiado y sus nervios no daban para más — ¡Tengo miedo y no sé qué hacer! —

La mayoría de los hombres en la mansión seguían en búsqueda de su hermana perdida y como si el destino se burlara de ella un poco más, daría a luz en una noche de tormenta.

— Tranquila, hermanita — la aferró de la nuca con fuerza — Yo estoy aquí y siempre estaré aquí para tí — guardó silencio un minuto — Ahora, respira conmigo — inhalaron juntos y la servidumbre comenzó a entrar — Exhala — pidió y así lo hizo — Muy bien, otra vez — así pasó dos veces más — Corgon — se dirigió al mayordomo al soltarla y verla calmada — Ve por el Gran Duque — con un asentimiento se marchó — Judith, quédate con ella — no había necesidad de decirlo, ya se encontraba a su lado — Y Gladys — está última se acercó — Llévame a la habitación de la doctora Irene —

El olor a humedad, moho y lumbre llegó a su nariz en un fuerte aroma a rancio entremezclado. No sólo eso, la lluvia no dejaba de caer y el viento remecía con todo a su paso, regresando poco a poco la lucidez en sus ojos en blanco que observaban impávidos el roído techo de paja. Pasos livianos y silenciosos, como los de un animal, se acercaron lentamente y con mucho cuidado de no perturbar su paz.

— ¿Niña? — escuchó la voz de una mujer entre las sombras, su acento era extraño y extranjero, ya que hablaba con muchas consonantes — Al fin despiertas —

Le tomó la temperatura con una mano en su frente y cuando apenas pudo girar el rostro para poder mirarla.

— ¿Dónde? — su voz salió ronca y dolorida, cada sílaba era como mil agujas en la garganta — ¿Dónde estoy? — sus ojos no podían ver nada, todo estaba en penumbras.

— En mi casa —

Acercó una silla detrás y pudo observar el entorno con mayor claridad cuando encendió otra vela. Se trataba de una mujer hermosa, de no más de cincuenta años, piel trigueña y ojos pardos muy sabios, como los de cualquier gitana.

— ¿Cómo te sientes, mi niña? —

La ayudó a tomar asiento en su lugar cuando intentó hacerlo por sí misma y muriendo de dolor en el intento, haciéndola flaquear.

— Fatal — llevó una mano a la venda en su cabeza — Me duele hasta el alma —

— Parece que te diste un gran golpe — también tenía vendas en el brazo derecho y el torso — ¿Qué pasó contigo? — le entregó un poco de agua — Te encontré inconsciente y casi muerta río abajo —

— No lo recuerdo — un torbellino de imágenes confusas y personas sin rostros atravesaron su memoria, pero no halló respuesta alguna — No recuerdo nada — un papiro en blanco, así se encontraba su mente ahora — ¿Cuánto tiempo llevo dormida? —

— Con este… — contó con los dedos — Ya son cuatro días —

Había dado a luz a un hijo sano y tan bello como ella, pero tanta dicha y felicidad, quedaron opacadas por una enorme tristeza.

— ¡Puja, Dea! ¡Puja! — ordenó la doctora con las manos extendidas entre sus piernas para recibir al niño — ¡Ya casi lo tienes! ¡Puja una vez más! —

— ¡No puedo, Irene! — el dolor de ese parto era peor que el anterior y su cuerpo no resistiría más — ¡Te juro que no! — se dio por vencida y dejó de pujar, empapada en sudor y lágrimas — ¡Dios mío! —

Cubrió su rostro con su antebrazo llorando a mares, su esposo y su hermano no la habían abandonado desde que comenzó con el parto.

— ¡Mi bebé! — su doloroso llanto era lo único que podía oírse en esa noche de tormenta — ¡No sé qué hacer! ¡Ya no puedo más!—

La situación la tomó desprevenida y jamás se imaginó que su pequeño nacería dos semanas antes de la fecha estipulada.

— Preciosa… — el gran duque se hincó ante ella y acercó su cabeza para hablarle al oído — Sé que es doloroso y que tienes mucho miedo, pero estarás bien — besó su coronilla por un instante — Te prometo que lo harás de maravilla y que todo terminará cuando él nazca —

Le tocó el vientre que se encontraba tieso y duro como una roca producto de las dolorosas contracciones en el interior.

— Lai — la doctora llamó por él — ¿Podemos hablar un minuto? —

Asintió y miró a su cuñado de reojo, que afirmó con la cabeza a su orden silenciosa. No se apartaría de allí aunque muriera.

— Bien, ¿Qué sucede? — habló al salir del cuarto.

— El niño es muy grande para nacer en forma natural — limpió sus manos llenas de sangre — Necesitaremos realizar una cesárea de urgencia o la vida de ambos correrá peligro si seguimos con esto —

Palideció y bajó la mirada apretando el entrecejo con fuerza para no derrumbar.

— ¿Qué garantías hay de que ambos estén bien después de eso? —

No se resignaba a perder a ninguno de los dos si no era prudente y elegía la opción correcta sabiamente.

— El niño nacerá en perfectas condiciones si actuamos a tiempo, pero… — como toda profesional de la salud, sería honesta y terriblemente brutal — Todo dependerá de la fortaleza que el cuerpo de Dea tenga para resistir el procedimiento —

— Tenemos que decírselo — no iba a tomar esa decisión por sí solo — Por lo pronto, ¿Qué necesitas? — llamó al mayordomo con un gesto de manos.

— Morfina, alcohol y un capador de cerdos —

Él pequeño nació con unas hermosas 6,83 libras y 33 onzas, con el cabello castaño y tan rosado como un melocotón, pero su madre, no había podido conocerlo la noche en que nació.

— ¿Aún no despierta? —

Preguntó a la doncella al ingresar. Sus tres días consecutivos de inconsciencia a causa de la fiebre puerperal, estaban a punto de lanzarlo al abismo de la locura y sin mencionar, que su cuñada aún no era encontrada, sumándose un poco más a la calamidad. Ya nada más podía pasar.

— No, Gran Duque — colocó un paño mojado sobre la frente de ella — Y la fiebre no baja —

— ¿Y Cynthia? —

Se refería al ama de llaves, le resultó extraño no verla rondando por ahí.

— Fue hasta la casa de la curandera que está más allá de la ciénega y dijo que, tardará varias horas en regresar — explicó tan agotada y cansada, que cayó a plomo sobre la silla de junco — Según nos comentó Oliver, el hijo del capador, esa gitana vende excelentes hierbas para este tipo de situaciones y se dirigió allí a por ellas —

— Bien, cuando Cynthia llegue, que pase por el despacho a verme —

No tenía más remedio que caer creencias vulgares y situaciones absurdas para un noble de alta cuna como él, pero debían intentar hasta el último recurso y nada extraño llegaría al cuerpo de su esposa, sin antes ser supervisado.

— Buenos días, Sebastián — saludó al pequeño príncipe al alzarlo entre sus enormes manos — Mami muy pronto despertará y podrán estar juntos —

La tarde cayó tan rápido que, apenas lograron a percibir que el sol daba indicios de desaparecer sobre el horizonte.

— ¿Cómo está Nicholas? —

Preguntó al Conde Hellsing que observaba el atardecer desde el enorme ventanal del despacho del Gran Duque.

— Excelente, él es tan fuerte como yo y ya se encuentra jugando con Iri por todo el lugar —

— Lo sé, esta mañana los ví con Logan e Irene en el jardín trasero montando un pony — bebió un poco de brandy de su copa para pasar todos los mal tragos de últimos días — ¿Aslan no ha regresado? —

— No, sigue buscando a Gaia — apoyó la frente en el cristal al sentirse un inútil — Ya no sé qué pensar, Lai — suspiró fuerte y cerrando los ojos — La hemos buscado por todas partes y no hay rastros, creo que…— un golpe lo interrumpió.

— Gran Duque — escuchó la voz de Corgon tras la puerta — Cynthia a regresado —

— Bien, hazla pasar — su amigo emprendió camino a la salida — No, quédate, te necesito aquí — asintió, regresando a su lado tras el escritorio.

— Gran Duque y Conde Hellsing, buenos días — el ama de llaves ingresó tan digna y elegante como siempre — La curandera de la ciénega me vendió hierbas de excelente calidad para aliviar el mal de la Gran Duquesa — explicó sus horas de ausencia en el ducado.

— Tiene muy buena reputación entre los plebeyos y nobles — aseguró el Conde detrás — No creo que corra riesgo, Lai —

— Bien, les creo — extendió una mano desde su sitio — ¿Y dónde están? Quiero verlas yo mismo —

Ella se removió incómoda e inquieta, levantando un dedo pidiendo tiempo.

— Gran Duque, si me permite un minuto…— regresó hasta la puerta — Pasa, pequeña —

Por ella ingresó el cuerpo delgado y esbelto de una joven muchacha oculta bajo una derruida capa cargando una canastilla llena de hierbas.

— Su nombre es Hada, la protegida de Mamma Paska, la curandera de la ciénega — la presentó — No seas tímida, cariño y quítate la capa ante los señores —

Así lo hizo y ellos escucharon el sonido que hace el mundo al detenerse.

— Gaia —

Susurró el Conde dando un paso al frente y siendo detenido por el brazo del Gran Duque. Un fantasma acababa de arribar a Laurel.