Disclaimer → Ni Harry Potter ni Twilight me pertenecen, todo tiene sus respectivas autoras. Yo solo me encargo de pasarlos por la licuadora.
¡Hola! Siento haber estado tanto tiempo desaparecida de nuevo, y aparecer con una mierdecilla de 15 páginas. Pero no me ha dado para más.
¡Espero que os guste!
Capítulo XII
—Sin más dilación, ¡que dé comienzo a un nuevo curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería!
Tras el banquete, donde los niños se desentendieron de ellos, los Cullen se reunieron con McGonagall y Snape en el despacho del director. Se sentaron en las sillas que aparecieron para ellos y esperaron junto con los Carrow, que les miraban ahora con más desconfianza, sobre todo a los que habían quedado en Hufflepuff. Les dedicaban a los cuatro Gryffindor una clara antipatía, observaban con claro aprecio a Rosalie, que los ignoró como pudo, y no hicieron caso apenas de Edward y Jasper.
Las consecuencias de la Selección repercutirían de la misma manera a todo el colegio, comprendió Esme de pronto. De algún modo, cada uno llevaba en su frente, o mejor, en el escudo de la túnica un cartel luminoso que podía ser amigable para unos u hostiles para otros. Aquello le entristeció de sobremanera, pero pronto tuvo que prestar atención a Snape, que acababa de ocupar el sillón de director con la espalda recta como una vara. Jasper percibió que le incomodaba estar allí. ¿Por qué?
McGonagall no expresaba ninguna emoción y la boca formaba una tensa línea blanca. Toda ella estaba alerta y su mente se hallaba enfocada en la idea de llevar lo mejor posible aquel debate y que los niños no salieran perjudicados. Le pidió a Edward que, por favor, nadie de la familia hiciera nada que pudiese sulfurar a los Carrow, o la tomarían con los niños.
Asintió levemente y transmitió el mensaje a los demás.
—Señores —saludó Snape—. Espero que se hayan familiarizado ya con el colegio.
—Ciertamente, señor —concordó Carlisle, portavoz.
—¿Qué les ha parecido el discurso que he dado esta noche? —preguntó con voz suave, peligrosa.
McGonagall se tensó y apretó los puños. Esperaba que nadie hiciera un comentario demasiado hiriente, pero era imposible extraer algo positivo del discurso.
Pero Jacob, lamentablemente, no tenía pelos en la lengua, ni tampoco había escuchado el mensaje que le había pasado Edward.
—Tengo la sincera impresión de que los alumnos no han reaccionado demasiado bien.
—Señor —le corrigió Snape casi susurrando.
—Señor —accedió Jacob, mirándole desafiante.
Ninguno de los dos bajó la mirada y Snape juntó las manos. Jacob, en cambio, apretó la de Nessie entre las suyas.
Sin bajar la mirada, ni alterar la expresión siquiera, Snape procedió a explicar.
—Los grandes cambios vienen acompañados de diversas reacciones que no siempre son positivas. A veces cuesta entender que algunas transiciones se hacen por el bien común o se siente miedo hacia ello. El miedo es el rechazo natural a lo que nos es desconocido, independientemente de su naturaleza. En cuanto nuestros alumnos superen ese rechazo, comprenderán que todos los cambios que se están realizando es por su bien... Y el de los sangre sucias y los muggles.
—No comprendo cómo todos estos cambios ayudarán al bien común de sangre sucias y muggles —intervino Alice.
—Les ayudará a comprender cuál es su posición en este mundo y a no aspirar a lograr puestos que solo pueden ser ocupados por magos de noble estirpe. Llevan demasiado tiempo soñando, aspirando, robando puestos a los verdaderos magos y brujas de esta sociedad —escupió Amycus Carrow.
Un tenso silencio invadió el despacho cuando Carrow finalizó su discurso, muy sonriente y orgulloso. Su hermana le palmeó el brazo en señal de conformidad.
Jasper distinguió varias fuentes de fuerte desagrado: su propia familia, McGonagall y... ¿Snape? ¿No se suponía que él compartía también los ideales de Carrow?
Se sentía cada vez más y más confuso. ¿Qué ocurría?
—Pasando a temas un poco más urgentes, director —atajó McGonagall secamente—. Necesitamos hacer el reparto de estos señores. Me temo que, en contra de lo esperado, han quedado demasiados de ellos en la casa Gryffindor.
—Comprendo —dijo Snape.
—El señor Cullen ha quedado en la casa Hufflepuff, junto con Esme —procuró darle un tono más familiar a Esme, para que quedara más realista el que fuera su prima—. Pienso que sería mejor colocar al señor Whitlock, con algo más de experiencia que Esme, junto al señor Cullen en la casa Hufflepuff y trasladarla a ella a la casa Gryffinfor con la señorita Brandon.
—¿Qué ocurrirá entonces con la puerta de Ravenclaw?
—No habrá problema en trasladar al señor y la señorita McCarty a proteger las puertas de esa casa, mientras que el señor Masen podrá quedarse como un refuerzo para la señorita Hale. Creará menos tensiones en Slytherin que sea un Ravenclaw quien apoye a una de los miembros de su casa.
—Veamos si lo he comprendido, McGonagall. Platt y Brandon en Gryffindor, ambos McCarty en Ravenclaw, Whitlock y Cullen en Hufflepuff y Hale y Masen en Slytherin —la profesora asintió—. ¿Qué ocurrirá entonces con el señor Black? —pronunció el apellido con cierta inflexión, junto a un repentino ramalazo de odio, que sorprendió a Jasper. ¿Cómo era posible que ya odiara a Jacob nada más conocerlo?
Jacob miró a la profesora, confiando en que tuviera una buena respuesta.
—El señor Black está especializado en Domesticación y Entrenamiento de las Criaturas Mágicas. Estoy segura de que sus criaturas podrían encargarse del colegio de noche, sin herir a los alumnos. No hará ya falta que Filch siga haciendo la guardia, y lamentablemente los profesores estaremos también incapacitados para salir de noche. Pero todo sea por el bien común, por supuesto —comentó con frialdad.
La admiración por la profesora de los Cullen crecía por momentos. Verla comportarse con total diplomacia, ante mortífagos declarados, era digno de su más absoluta estupefacción. Su desprecio y despecho, oculta bajo una buena capa de frialdad e hipocresía, apenas se dejaba entrever en sus gestos o en sus palabras.
—De acuerdo —accedió Snape—. ¿Están ustedes de acuerdo?
Los Cullen asintieron sumisamente al reparto, pero ni a Edward ni a Rosalie les hiciera mucha gracia quedar juntos para vigilar la misma casa, aunque solo fuera de noche.
''No está tan mal...'' pensaba Carlisle.
''Me preocupa que Bella vaya a quedarse sola con Emmett. Como si Edward no fuera ya lo suficientemente celoso...'' se decía Jasper, ganándose una mala mirada del aludido.
''¡Vaya cosa! A solas con Eddie cada noche... ¡Qué alegría!'' refunfuñaba Rosalie.
''Hum... En la casa de los cerebritos, ¿eh? Esperemos que tengan algo de alegría en las venas'' se reía Emmett, pensando en las obscenidades de las que sólo él era capaz.
''Me hubiera gustado quedarme en mi casa con Carlisle'' pensaba Esme.
''¡Bien! Hubiera sido un rollo quedarme con Carlisle... ¡Mejor con Esme y hablamos de cosas de mujeres!'' saltaba Alice.
''Adiós a mis diez horas de sueño...'' se lamentaba Jacob.
''Pobrecito Jake, no va a dormir por las noches'' decía Nessie, tan compasiva como lo era cualquiera que hubiese tenido la influencia de Carlisle.
Bella no le había abierto la mente para que accediera a ella, pero por su expresión pudo ver que no le entusiasmaba su pareja, pero que podía haber sido peor.
Edward encontraba frustrante el tener que estar junto a Rosalie, pero comprendía a la profesora: solo había cuatro dones que fueran realmente útiles contra la magia en aquella familia, y eran los de Jasper, Alice, Bella y él mismo. Los había tenido que repartir primero de acuerdo a los dones que más ayudarían a detectar alumnos trasnochadores: la temeraria Gryffindor y la traidora Slytherin. Alice y Edward eran los más útiles en este caso; a Jasper se le asignó una casa con altas probabilidades de tener alumnos que siguieran a otros más temerarios y a Bella una casa más racional y un poco más madura y responsable, de la que era poco probable que hubiese alumnos que salieran a dar paseos nocturnos.
Mientras Snape empezaba a explicarles el horario de Hogwarts, sus costumbres y otros asuntos, McGonagall daba su propia explicación a Edward, que se había acostumbrado a escucharla.
''Debes tener en cuenta que no te he colocado en esa casa por gusto, Masen. Cuida mucho de vigilar a los niños y examina todas y cada una de sus mentes. Hay cerca de quinientos alumnos en la casa Slytherin, pero no tenemos tanto tiempo como para que los examines uno por día. Dedícate a seguir a un curso en cuestión un día, y otro día, otro curso. Quiero que tengas mucho cuidado con Malfoy, Zabini, Crabbe, Goyle y Parkinson. Todos ellos en séptimo curso, seguidos por muchos de cursos inferiores. Intente rescatar todo lo bueno que hay en esa casa.
Dile de mi parte a tu hermano Jasper, que debe vigilar todas y cada una de las clases de Amycus. No me fío de Carrow y espero que se ocupe de tranquilizarla si las cosas se salen de control. No quiero que le haga daño a los alumnos, ¿de acuerdo? Tú vigila, junto con Bella McCarty, las clases del otro Carrow. Procurad que no envenene demasiado las mentes de los niños. Fingid interés por esa clase, cualquier cosa para entrar en ella.
Procurad empezar a buscar alguna rama de la magia en la que especializaros. Con que os sepáis la teoría será más que suficiente, y sería bueno que fueseis capaz de simular que hacéis magia. Por supuesto, no es algo que necesitéis ni las señoritas McCarty y Brandon, ni usted y el señor Whitlock.
El señor Black se ha alterado al saber que tendrá que recorrer el colegio de noche, pero le recuerdo que solo es necesario si ha algún niño que esté fuera de su casa a deshoras —suspira—. Aunque creo que ocurrirá muy a menudo, antes de que se extienda el rumor de que realmente hay bestias recorriendo el colegio de noche. O puede que haya alumnos que salgan de sus camas solo por ver a la criatura. Black debe manejarlo con cuidado.
Cuando volváis a vuestras salas comunes, debéis dar un discurso de bienvenida. En Hufflepuff, Gryffindor y Ravenclaw, os recomiendo hablar de prudencia, de cuidado. Deben estar en alerta a todas horas, que no lo olviden. Y en Slytherin, debéis de tratar el tema con mucho tacto. Hablad de la limpieza de sangre, de la importancia de la supremacía de los sangre pura y otras cosas así. Por último, si sospechan que alguno de sus compañeros es hijo de muggles, que os lo comuniquen a vosotros. Solo a vosotros.
Por último... Dumbledore siempre, siempre dijo que la unión hace la fuerza. Las casas están más separadas que nunca, y los prejuicios y los rencores abren grandes brechas entre los alumnos. Ahora sois los representantes de cada casa, y debéis mostraros fuertes, independientes, pero unidos por algo más que mera cortesía. Tal vez predicando con el ejemplo consigamos más victorias que con palabras vanas y sin sentido. Confío en vosotros y en que sabréis realizar correctamente vuestra labor.''
Edward movió casi imperceptiblemente la cabeza de arriba abajo, para indicar que le había escuchado. Snape, por su parte, también había terminado y los Cullen empezaron a levantarse para irse a tomar el puesto de vigilancia de la primera noche.
—Esperen un momento —les detuvo Amycus Carrow. Educadamente, se dieron la vuelta de nuevo para mirarle—. Si van a soltar una bestia peligrosa por la noche, tenemos derecho a saber qué es.
—Cierto —concordó Snape, sintiendo una súbita curiosidad.
Algunos de la familia miraron a Jacob, para ver cómo se las arreglaba para salir del lío.
—Se la mostraría si pudiese, señor —sonrió el licántropo con chulería—. Pero no le gustan los espacios cerrados. Y yo también prefiero apartarme de su camino cuando está sin el bozal.
—Espero que no ponga en peligro la vida de los que estamos en el castillo —comentó Snape arqueando una ceja. Jasper percibió claramente miedo, recelo y desconfianza. Al fin una reacción comprensible, suspiró.
—Por supuesto que no. Está bien alimentado —respondió Jacob con indignación.
—¿Y de qué se alimenta, si puede saberse?
—De ciervos, osos y cosas así. Lo tengo siempre en el Bosque Prohibido.
Rosalie se cruzó de brazos frunciendo el ceño, orgullosa, incapaz de reconocer que había subestimado a Jacob. Se había sacado a sí mismo y a los demás del atolladero, explicando además la presencia de tantos venados muertos en el Bosque.
—Si eso es todo lo que desean, nos retiramos —se despidió Carlisle, abriendo la puerta del despacho.
No le retuvo ninguno de los cuatro profesores de la salita y McGonagall esbozaba una discreta sonrisa de satisfacción al comprobar que, como siempre, Dumbledore no se había equivocado al decir que los Cullen les ayudarían.
—¡Buena esa, chucho! —exclamó Emmett casi susurrando mientras le daba un codazo amistoso a Jacob.
—Gracias, chupasangre —le respondió masajeándose el brazo adolorido.
Carlisle, en cabeza con Edward, asentía distraído a la explicación de su hijo acerca del Sombrero Pensante, la razón por la que había sido seleccionado tan rápido.
—Ese objeto detecta tus mejores cualidades, las ajusta a una casa y te envía a ella. Las cualidades que definen a Hufflepuff son la lealtad, la determinación, el esfuerzo y el trabajo. Me temo que nada echar un vistazo a tu mente supo dónde debías ir —sonrió Edward—. Como ves, la explicación es sumamente sencilla.
—¿Por qué tardó tanto en decidirse conmigo? —preguntó Bella—. ¿Por mi escudo?
—Exactamente, Bella. Estaba desconcertado al ver que tu mente estaba, aparentemente en blanco. Tu escudo le denegó la entrada al Sombrero.
Carlisle se puso el dedo en la barbilla, pensativo.
—¿Cómo puede tener voluntad un objeto? Y, más importante, ¿cómo penetra en nuestra mente?
—Es sumamente extraño. Es como una mente que diseña, piensa, opina, pero sin extremidades con las que realizar sus ideas. Solo tiene mente y voz, ningún sentido más. No sé cómo hará para introducirse en nuestra mente, pero supongo que lo hace de un modo parecido al mío.
Alice se rió a sus espaldas.
—¡Qué maravilla, Eddie! ¡Ahora guardas parecido con un sombrero feo y arrugado!
Este refunfuñó, pero procuró guardarse su opinión. Le transmitió a Jasper el mensaje de la profesora y éste frunció el ceño.
—¿Que cuide de los niños... y que no pruebe las maldiciones sobre ellos? ¿Cómo voy a hacer eso?
—No lo sé, pero si McGonagall te ha asignado a ti, por algo será, ¿no crees?
—Y eso de especializarnos en una rama de la magia... No sé cómo lo vamos a hacer...
Ya iban por las escaleras principales y estaban a punto de tener que separarse. Jacob y Nessie volverían a su propia torre oeste. Edward, Rosalie, Jasper y Carlisle tendrían que bajar a las cocinas y a las mazmorras, pero Bella, Emmett, Alice y Esme tendrían que subir. Se despidieron al pie de las escaleras, con una advertencia de Edward.
—Ya sabes que cualquier cosa, me das un grito y yo iré corriendo, pequeña —prometió Edward—. Y tú ya sabes también lo que ocurrirá si se te pasa por la cabeza propasarte con mi niña —advirtió poniéndole mala cara al licántropo.
—Ya, ya... —repuso Jacob aburrido—. Venga, vámonos, Ness.
—¡Deja de llamarle así! —se sulfuró Bella, sin poder evitar que rieran de ella antes de que Jacob se marchara con Nessie definitivamente en dirección a la torre.
Mañana sería un día agitado para todos.
De hecho, muchos de los Cullen no tuvieron que esperar al día siguiente.
Alice y Esme, en cuanto todos los alumnos estuvieron en la sala común, procedieron a dar el discurso. Se colocaron delante de la chimenea, y los niños las rodearon en semicírculo, atentos a lo que iban a decir.
—¡Buena noches a todos! —comenzó Alice. Sonreía ampliamente—. Vamos a ver, para aquellos que no hayan oído mi nombre en la Selección, me llamo Alice Brandon, pero podéis llamarme Alice. Como veis soy de Gryffindor y estoy encantada de estar aquí. Mi compañera es Esme Platt, de Hufflepuff.
—Estamos aquí para explicaros en qué va a consistir nuestra vigilancia —dijo Esme.
—Como ya ha dicho el director —la ligera inflexión en la voz de Alice les hizo pensar a más de uno que tampoco estaba de acuerdo con la elección—, los alumnos de cuarto para abajo deben estar en la sala común a las nueve. Nosotras vendremos a partir de las ocho y media a revisar que todos los alumnos que entren en esa categoría estén en la torre. A partir de las nueve, todo aquel que llegue y sea de cuarto o menor, perderá treinta puntos para Gryffindor. Y puesto que eso no nos beneficia en la Copa de las Casas, espero que no deis pie a tal cosa —advirtió Alice.
—A partir de las nueve tomaremos nota de los alumnos mayores de cuarto, quinto en adelante. Repetimos la advertencia: todo aquel que llegue más tarde de las diez, perderá treinta puntos para su casa y, no sólo eso, pondrá en peligro su propia vida.
—Nuestro compañero Jacob Black, estará soltando una peligrosa bestia cada noche por los pasillos. Espero que, aunque sea la valentía lo que nos caracteriza, no confundáis esa valentía con la temeridad: es vuestra vida la que está en juego.
Los alumnos murmuraban de nuevo, algunos inquietos, otros, desafiantes.
—Y hablando de no confundir valentía con temeridad, no provoquéis a los Carrow. Muchos de vosotros no estáis de acuerdo con los tres nombramientos, pero tened en cuenta el alto riesgo de salir heridos o herir a otra persona.
Algunos rostros de la multitud denotaban abierto desacuerdo hacia lo que había dicho Esme. De todos modos, en la sala se hizo un silencio extremo, que se convirtió en conversaciones a voz en grito.
—Tal vez tengan razón...
—¡Eres un cobarde! Debemos oponernos.
—¡Sí, Seamus tiene razón!
—¡Chisst! ¿Acaso queréis todos que nos maten la primera noche?
—¡Exagerada!
Los prefectos impusieron el orden inmediatamente, pidiendo que se desalojara la sala común. Gruñendo y arrastrando los pies, los alumnos le hicieron caso finalmente.
Alice y Esme se acomodaron en las vigas del techo, justo delante del cuadro de la Dama Gorda. Alice puso la expresión en blanco, oteando el futuro.
—No creo que Jacob descanse mucho esta noche. Dentro de una hora, unos alumnos de cuarto saldrán a intentar ver a Jacob. El celador no se fía de nosotros y vendrá a revisar que estemos en nuestros puestos. Viejo desconfiado —masculló poniendo los ojos en blanco.
—¡Alice! Un poco más de respeto.
—Sí, sí... Lo siento. Pero creo que podrías ir diciendo a Jake que salga a dar una vuelta. A algunos profesores no les vendría mal ver lo que habrá suelto por el colegio —soltó con malicia.
Esme se rió, indecisa de si debía regañar a su hija más traviesa. Finalmente sacudió la cabeza y saltó de la viga, aterrizando suavemente con las piernas flexionadas y se fue a hacer lo que Alice le había pedido.
Jacob, efectivamente, no descansó demasiado la primera noche. Salió a patrullar en cuanto Esme acudió a la torre, sin que hubiese entrado en su habitación aún. Dejó a Nessie dormida en la torre, algo preocupado, y empezó a recorrer el castillo de arriba abajo en cuanto tocaron las diez.
Bajó al primer piso, intentando encontrar algún profesor que se hubiese retrasado. Tuvo mucha suerte: en el segundo piso, al pie de las escaleras, se encontró con Amycus Carrow.
El hombre chilló con toda la fuerza de sus pulmones y le apuntó temblorosamente con la varita. Apenas pronunció un par de hechizos que esquivó con facilidad. Jacob se acercó a él sonriendo y mirándole con curiosidad, pero entonces había aparecido McGonagall en bata y con la varita en ristre. Al mismo tiempo, Carlisle había subido las escaleras.
—¿Qué son esos gritos, profesor Carrow?
—¡Fíjese en esta bestia! ¡Es demasiado peligrosa para que ande suelta!
Como si quisiera reafirmar las palabras del mortífago, Jacob enseñó todos los dientes. Carlisle se rió.
—Jacob lo habrá dejado suelto para que se familiarice con el castillo. Este no hace nada, debería ver a las bestias más salvajes. ¿No ve qué manso es? No es peligroso —dijo marcándose un farol.
—¿¡Que no es peligroso! —inquirió Carrow enfureciéndose por momentos. No le había gustado que Carlisle desafiara su autoridad.
McGonagall guardó la varita y miró al mortífago con frialdad.
—No sé que esperaba, profesor Carrow. ¿Un inocente gorro rojo o un kappa? Son los mejores y yo, personalmente, me hubiera decepcionado mucho si no hubiesen traído nada menos. Y, por cierto, como profesor de Artes Oscuras —pronunció con énfasis— que es, ¿cómo puede tenerle miedo a una criatura así? ¿No se supone que debe dar ejemplo a los alumnos?
Amycus le lanzó una mirada de rabia mientras su rostro empalidecía a un ritmo alarmante. Carlisle le miró con ojo médico, preguntándose si era sano dejar que alguien se pusiera así.
Jacob, que se aburría ya, se marchó corriendo por los pasillos para ver si lograba encontrarse con otro profesor.
Por otro lado, el alboroto había despertado a los retratos que colgaban de las paredes y los miraban con curiosidad. Argus Filch subía las escaleras en aquel momento, con la Señora Norris enroscada en sus tobillos.
—¿Qué ocurre? ¿Hay algún niño fuera de su cama? Llevo años queriendo hacer esto, el director por fin me ha dado el permiso...
—¿Qué permiso, Filch? —inquirió fríamente la profesora mientras se acercaba al celador.
Carlisle retrocedió y miró al hombre con una mezcla de compasión y desconfianza. El reuma, su artritis, los problemas de espalda que debía padecer despertaban el instinto médico del vampiro, pero había algo en el rostro que le inspiraba desconfianza. Casi sintió ganas de reírse de sí mismo: ¡era un vampiro! ¿Qué debía de temer él?
—El permiso para azotar, profesora —respondió Filch, casi degustando las palabras—. Llevaba años esperando esto. Esos niños que se escapan de sus camas año tras año, pisando con sus mugrientos zapatos el suelo que yo limpio, tendiéndome crueles trampas. Ahora sabrán lo que se merecen y no volverán a hacerlo.
La profesora compuso una mueca de disgusto y Carlisle le secundó unos pasos por detrás.
—Pues te equivocas, Filch. No hay ningún niño fuera de su cama y el profesor Carrow y yo ya volvíamos a nuestras habitaciones. El señor Cullen volvía a su puesto también.
—Ya, ya... —gruñó éste por lo bajo, dándose la vuelta.
Desapareció por las escaleras a la par que Amycus. McGonagall le indicó con un gesto de la cabeza a Carlisle para que se marchara.
El vampiro le devolvió el gesto con una inclinación de la cabeza y empezó a bajar las escaleras a paso humano. Suspirando, la antigua directora de Hogwarts entró en su habitación.
Carlisle pensaba en el recibimiento que le habían dado los alumnos de Hufflepuff. Tras explicarles su función, el método y las advertencias, los alumnos se habían mirado unos a otros, nerviosos y algo asustados. Unos cuantos eran más valientes y desafiaron a ambos vampiros con la mirada, pero Jasper determinó que no harían nada idiota por el momento. Era valentía, aunque ligeramente aderezado con muchos otros sentimientos: impotencia, miedo, ira... No eran tontos ni temerarios: sabían lo que ocurriría si hacían algo abiertamente.
Después habían oído el increíble grito de Carrow, que resonó hasta las mazmorras. Jasper se había quedado allí, y Carlisle decidió subir a investigar.
Al volver se encontró a Rosalie al lado de Jasper, con los brazos cruzados.
—¿Qué ha ocurrido, Carlisle? Hasta nosotros hemos oído los gritos.
—Nada grave. Jacob había salido a dar una vuelta y uno de los nuevos profesores, Amycus Carrow, ha gritado al verlo.
Jasper soltó una carcajada y Rosalie sonrió también.
—¡Qué alarde de valor! —dijo Jasper sarcásticamente.
Carlisle sonrió también.
—Por cierto, Rosalie, ¿cómo se ha tomado Slytherin el discurso que nos dijo McGonagall que diéramos?
—No demasiado bien, la verdad —suspiró la vampira—. Edward dice que muchos sospechan que no estamos de parte de Snape, sino de McGonagall. Les hemos hablado de los peligros que conlleva atacar a los niños muggles en un colegio donde aún se defiende, aunque secretamente, a los sangre sucias, pero no nos han hecho demasiado caso. Para rematar, Edward dio su parte del discurso hablando de la pureza de sangre, de la importancia de mantenerla y les pidió que acudieran a cualquiera de nosotros si sabían de alguno que fuera hijo de muggles. Esa parte se la han tomado mejor.
Jasper le miró preocupado.
—¿Cuántos pueden poner en peligro a los niños?
—Edward estima que más o menos la mitad. Muchos lo harán, pero impulsados por otras razones que no son la crueldad ni la maldad. Pero son cifras inquietantes, si tenemos en cuenta de que serán casi una centena de alumnos sembrando el terror entre sus compañeros. Trataremos de evitarlo —gruñó— pero no sé si será posible, si tenemos que mantener la fachada de magos que defienden la pureza de sangre.
—Tenemos que tener cuidado —murmuró Carlisle.
Se quedaron en silencio, pensando. Rosalie dio media vuelta para volver a su puesto junto a Edward y Jasper y Carlisle se situaron en una de las vigas del techo. McGonagall les había dado la misma solución a todos y no les parecía mal, a decir verdad. Solo esperaba que a nadie se le ocurriera mirar al techo.
Cuando Jacob, a medianoche, pasó caminando lenta y alegremente por las mazmorras, ya había espantado a dos pequeños grupitos que habían salido a dar una vuelta. Los primeros habían sido unos niños de segundo, de la casa de Hufflepuff, que seguían a otro. Jacob no sabía sus nombres, pero se determinó a recordar sus caras para amonestarles por la mañana.
Al verle, los niños habían se habían quedado paralizados, y uno de ellos, el que iba en la retaguardia, fue el único que alzó la varita. No pronunció ningún hechizo demasiado poderoso, y, de hecho, el conjuro no acertó en el flanco de Jacob, como hubiese querido, ya que el lobo se apartó.
El joven quileute gruñó, enseñó los dientes y se agachó, adoptando una pose amenazadora. El cabecilla, reaccionando un poco más deprisa que los demás, gritó a sus compañeros para que salieran corriendo.
Inmediatamente, los demás niños salieron huyendo como los pájaros cuando los espanta un gato. Jacob los persiguió a trote, sin esforzarse por correr, sabiendo que los alcanzaría demasiado rápido si corría de verdad.
Los persiguió hasta que los niños se metieron de nuevo en su sala común, cansados y jadeantes.
Rascó con diversión la pared, riéndose internamente al oír las exclamaciones ahogadas de los niños. Le divertía la situación. Olfateó de nuevo el aire y se retiró a los pisos superiores.
Jasper, que entre tanto había seguido a los niños para ver lo que hacían, llegó a la esquina del pasillo de la entrada de la casa de Hufflepuff justo cuando los niños entraban en tropel en la sala común. Se percató de una cosa...
Los niños que habían salido de su cuarto aquella noche eran Jonathan Hudson, Frederic Hudson, Samuel Willcox, Peter Cornwallis y Gregory Johanson. Cinco en total. Pero solo había contado cuatro al entrar. Faltaba Frederic, el cabecilla del grupo.
—Bueno, bueno —murmuró Jasper para sí mismo—. ¿Dónde estás, Frederic Hudson?
El olor de miles de niños y adolescentes impregnaba el aire, de modo que se le hacía imposible percibir cuál podría ser el olor de Frederic. Saltó de la viga donde se encontraba hasta el suelo. Se posó suavemente, diciéndose que el niño no debía de estar lejos. Carlisle saltó también al suelo y acudió junto a él.
—¿Qué ocurre, Jasper? —le preguntó al ver que tenía le ceño fruncido.
—Solo han entrado cuatro niños en la sala. Falta uno.
—Cierto —dijo Carlisle preocupado—. ¿Por qué no vas a buscarlo?
—¿Yo? —inquirió Jasper algo turbado—. Sería mejor que fueses tú, Carlisle. Yo que me quedaré aquí para vigilar la puerta.
—Eso puedo hacerlo yo perfectamente. Estoy seguro de que el niño estará aterrorizado y tu influencia le hará más bien que la mía. Anda, ve a buscarlo.
Jasper asintió no muy convencido, sabiendo que era una batalla perdida. Dio media vuelta y volvió a olisquear el aire.
No percibió nada nuevo y probó a extender su don... Pero tampoco. El miedo de la mayoría de los alumnos de Hufflepuff, que aún no estaban dormidos, mitigaba cualquier otra influencia. Resignado, se dijo que debía de revisar el castillo palmo a palmo. Se dijo a sí mismo que debería partir del inicio.
A velocidad vampírica subió hasta el primer piso, enfrente del Gran Comedor, que era donde Jacob había encontrado a los muchachos. Sí... allí el olor de los niños y de Jacob era más fuerte. Siguió el rastro hasta que llegó al final de las escaleras, y olió algo que se le había pasado por alto mientras las subía.
Agua salada. No había sangre fluyendo: buena señal. El olor de un niño, o, más bien, de Frederic, llenaba el hueco de la escalera donde estaba escondido. Parecía estar bien, aunque lloraba.
—¿Frederic? —preguntó.
El muchacho se secó las lágrimas con rapidez y miró a Jasper.
—¿Señor Whitlock? ¿Se ha ido ya el monstruo? —asomó la cabeza y miró de un lado a otro.
Para añadir un poco más de realismo al papel que representaba Jacob, Jasper ensombreció su semblante y murmuró de forma apremiante:
—¡Shhh! Se ha ido por ahora, pero regresemos a tu sala común antes de que pase de nuevo por aquí.
Tomó de la mano al niño, infundiéndole tranquilidad y sosiego para dirigirse de nuevo a la sala común de Hufflepuff.
Caminaron rápida y sigilosamente por los pasillos, como si realmente no quisieran alertar de su presencia a nadie. Los cuadros, siempre atentos a las más mínimas incidencias, miraban por el rabillo del ojo al vampiro y al trasnochador, hasta que Jasper se reunió con Carlisle en la entrada de la sala común de Hufflepuff.
Dentro, el hermano mellizo de Frederic ya se había dado cuenta de la ausencia de su hermano y sus tres amigos intentaban impedir que saliera en su busca.
—¡John! ¡Vamos, hombre, sé razonable! —decía Greg, su compañero más voluminoso, mientras lo sujetaba por el torso.
—¡Cullen y Whitlock están fuera! ¡Seguro que no le pasará nada a Fred! —insistía Sam delante de la puerta de la sala, con las manos sobre el pecho de John—. ¡Tranquilízate, tío! —miró a Peter, que los miraba indeciso a un lado—. ¡Di algo, hombre!
Peter titubeó. Era un muchacho que creía fuertemente en los lazos de la fraternidad, un hecho bien reconocido por sus amigos. John aprovechó la oportunidad al vuelo.
—Sí, Peter, tú harías lo mismo por Eric, ¿verdad? Tú no habrías dejado a tu hermano tirado allí fuera, a merced de Merlín sabe qué. Venga, Pete, tú eres el más inteligente de todos. Tú sabes que no podemos dejar a Fred allí fuera...
Los tres muchachos contemplaron expectantes a Pete. Sam y Greg comprendían que, si Peter se ponía de parte de su amigo no habría posibilidad de evitar que los cuatro tuvieran que salir de nuevo al pasillo a buscar a Fred: Peter tenía mucha labia y acabaría por convencerlos. Pero si el muchacho se ponía de parte de Sam y Greg... podrían evitar que que John hiciese una locura de nuevo.
Pero la suerte no le sonreía a ambos Hufflepuff aquella noche. Peter terminó por mirar con firmeza a John y convenció a Sam y Greg de que lo mejor que podía hacer era salir a buscar a Fred.
No hizo falta ir demasiado lejos. Nada más salir, chocaron contra la dura espalda de Jasper. John, que iba a la cabeza, se frotó la adolorida nariz antes de mirar hacia arriba: Fred, su hermano mellizo, le tendía la mano.
—¡Fred! Pero ¿qué?, ¿cómo?...
—Me ha encontrado el señor Whitlock hace un rato —le contestó Fred.
Carlisle interrumpió a los niños con una sonrisa amable.
—Bueno, muchachos. En vista de que a Fred no le hace falta ir a la enfermería, deberíais volver todos a vuestras habitaciones. Ya es tarde.
Los niños asintieron dócilmente, pero Jasper los detuvo cuando ya ponían un pie en la entrada de la casa.
—Por cierto... No creáis que por el susto os vamos a perdonar que hayáis roto las reglas. Habéis perdido los cinco treinta puntos para Hufflepuff y estáis castigados. Quiero para mañana por la noche, cuando entréis en las habitaciones a las nueve, cien líneas que digan: ''No volveré a escaparme por la noche sin una buena razón y una larga reflexión''. Sin magia. No tratéis de engañarme.
A Sam se le escapó un quejido ahogado.
—¿Algo que objetar, señor Willcox? —inquirió Carlisle suavemente.
—No, nada, señor.
—Pues bien, ¡a la cama!
La luz matutina desperezó lentamente a Jacob, que se había quedado dormido delante de la chimenea de la torre. Seguía aún en su forma lobuna y estaba molido. Bostezó abriendo al máximo las fauces.
—Cierra esa bocota o te van a entrar moscas —masculló la voz de Rosalie en algún punto indefinido de la sala.
Perezosamente, el hombre lobo abrió uno de sus párpados y contempló a la vampira rubia, que se estaba pasando un cepillo por el pelo. Edward y Bella parecían estar contándose algo privado, a juzgar por la cara de concentración de su amiga. Tanto tiempo junto a ella le había enseñado a identificar esa expresión como la que ponía cuando apartaba el escudo de ella.
El resto de la familia Cullen también parecían estar aseándose o arreglándose la túnica de alguna manera. Nessie apareció el aquel momento por las escaleras, frotándose los ojos cual niña pequeña. Ya estaba peinada y se había puesto la túnica.
—Buenos días, cariño —le saludó Bella.
—Hola, mami.
Edward se acercó a ella y le dio un beso de buenos días en la frente. Se dirigió entonces a Jacob, que se estaba levantando también.
—Buenos días a ti también, Jacob —saludó cortésmente—. Nessie y tú deberíais bajar a desayunar al Gran Comedor. Si alguien pregunta por nosotros, decid que nos estamos tomando una siesta las tres primeras horas. Según Alice, el sol debería desaparecer a la hora del recreo.
—Hmmmph...
Jacob cabeceó adormilado, aunque lúcido, e inclinó la cabeza para recoger con los dientes la ropa que descansaba sobre el suelo. Se metió en el baño, pensando que, como esa rutina se repitiera durante nueve meses, no tardaría en su sufrir un colapso.
Más tarde salió del baño más despierto y se reunió con Nessie, que le esperaba en la puerta. Bajaron ambos al Gran Comedor deprisa, casi corriendo. Algunos de los alumnos habían terminado ya de comer y los pasillos eran un hervidero de actividad.
Al llegar al Gran Comedor se separaron para ir cada uno a sentarse en su propia casa. En Gryffindor, ya había varios grupitos de alumnos que lo miraban con una mezcla de admiración y miedo: eran los más arrojados, los que la noche anterior habían salido en busca de aventuras.
Jacob devoró solo cualquier plato que se le pusiera a tiro a un metro a la redonda, así como se bebió tres jarras de zumo. Las niñas de cuarto que estaban sentadas cerca suyo lo miraron asombradas y tuvieron que pedir más tostadas a sus compañeras, que estaban sentadas más allá. McGonagall lo miró con desaprobación y también Nessie cerró los ojos y suspiró al ver los ''espléndidos'' modales que su novio estaba desplegando en la mesa.
Más pronto de lo que hubieran creído, Jacob había devorado solo tres bandejas de tostadas, un tarro de mantequilla y medio de mermelada, cuatro jarras de zumo de calabaza, un plato de arenques ahumados y tres huevos fritos. Además, no conforme, engulló cinco trozos de tarta de manzana y cuatro de pastel de chocolate.
Al terminar, ignorando las miradas de los alumnos de Gryffindor, sacó una pequeña lista de los niños que se habían escapado aquella noche. La examinó bajo los ojos atentos y curiosos de los niños de Gryffindor, que esperaban alguna señal de vida por su parte. Por desgracia para ellos, la campana de la torre sonó en aquel momento y arrastrando los pies, tomando un último pastelito o cogiendo sus mochilas, partieron hacia sus aulas.
Jacob decidió amonestar primero a los de su propia casa. Así nadie podría decirle que no era imparcial. Antes de irse, se despidió de Nessie, que fingía arcadas al beber la leche. Ella se iría hacia la clase de Pociones que estaba dando a Slughorn a los de segundo año.
Analizó atentamente la lista que le había dado Carlisle aquella mañana, con la indicación de que debía amonestar a aquellos niños antes de que creyeran que se habían librado. Debían cultivar su imagen de poderosos e invencibles si deseaban que los niños los respetaran. Ese, tal y como lo señaló Rosalie, era un razonamiento un tanto Slytherin: infundir respeto mediante el temor y la incertidumbre. Para su descontento, Jacob tuvo que admitir que la vampira rubia llevaba razón.
Leyó la lista:
''Gryffindor:
Eileen Rivers, primer año.
Alyssa Cadwell, primer año.
Haley Dakota, segundo año.
Geoffrey Hooper, segundo año.
Jackson Shepard, segundo año.
Owen Anthony, segundo año.
Darren Anderson, tercer año.
Phelan Noel, tercer año.
Dennis Creevey, tercer año.
Ryan Henry, cuarto año.
Jack Sloper, cuarto año.
Trinity Lynn, cuarto año.
Ella Jo, cuarto año.
Lucas Caruso, sexto año.
Jada Angela, sexto año.
Collin Creevey, sexto año.''
Así cerraba la lista de los alumnos de Gryffindor que habían pasado la noche fuera de sus camas. Con la boca abierta, Jacob pensó que la mitad de la casa de los leones no había dormido en sus camas la noche anterior. Y, con los niños vestidos con sus pijamas, no había podido distinguir de qué casa eran, pero podría jurar que no persiguió a más de veinticinco en toda la noche. Y solo en la lista de Gryffindor había dieciséis.
Continuó leyendo la lista.
''Hufflepuff:
Samuel Willcox, segundo año.
Frederic Hudson, segundo año.
Jonathan Hudson, segundo año.
Peter Cornwallis, segundo año.
Gregory Johanson, segundo año.
Eleanor Branstone, cuarto año.
Maxine O'Flaherty, cuarto año.
Heidi Macaboy, sexto año.
Tompsy Apeldety, sexto año.
Slytherin:
Draco Malfoy, séptimo año.
Ravenclaw:
Nada, de nada... Son más aburridos...''
Jacob se rió entre dientes al darse cuenta de que lo último, probablemente, lo había escrito Emmett. Volvió a mirar la lista y contó todos los nombres de los niños: veintiséis en total. Por la noche solo había llegado a ver a veinticinco... ¿Quién sería aquél que había burlado su vigilancia?
Por las señas, era más probable que hubiera sido el tal Malfoy, de Slytherin. Era el más mayor, y, por otro lado, era una serpiente. Además, si uno daba por sentado que todos los alumnos del mismo curso y la misma casa habían salido juntos, Malfoy era el único que había salido solo. Habría que vigilarle...
Jacob pasó el resto de la mañana recorriendo todo el castillo, sacando a los estudiantes de sus aulas y dándoles largos y repetidos sermones acerca de la importancia de respetar las normas, del peligro que corrían saliendo imprudentemente de noche y de la suerte que habían tenido de que la bestia no estuviera especialmente hambrienta la pasada noche. A la hora de la comida, estaba realmente exhausto y tenía la garganta seca de repetir tan a menudo la misma cantinela.
Al pasar por delante de los relojes de arena, se fijó en que solo la de Ravenclaw tenía unos cuantos zafiros en la parte de abajo, que indicaba los puntos de la casa. Todas las demás casas carecían de puntos.
A Gryffindor sería a la que le costara más conseguir puntos para compensar los perdidos por sus compañeros trasnochadores. De hecho, en vista de que había una quincena en Gryffindor, había quitado los treinta puntos a los grupitos que habían salido, y no a cada alumno individualmente. Jacob consideraba que hasta perder puntos saliendo en parejas, tríos o pequeños grupos, era trabajo en equipo, así que perderían los puntos en equipo. Pero aún así, intentando no restar demasiados puntos a su propia casa, habían sido siete los grupos que habían salido a dar paseos nocturnos... Y eso, en total, le restaba más de doscientos puntos a la casa Gryffindor. Les costaría recuperarlos... Esperaba que eso les ayudara a concienciarse.
Hufflepuff había perdido casi cien puntos y Slytherin solo treinta. Ravenclaw se colocaba en primera posición y, de hecho, solo Slytherin podría hacerle cierta sombra, si se esforzaran un poco.
Durante el recreo, fue a visitar a los Cullen a la torre donde esperaban a que el sol se ocultara de nuevo detrás de las nubes. Al llegar, sin embargo, notó que faltaba alguien.
—¿Dónde están Jasper y Edward? —preguntó a Bella.
—Jasper está haciendo ''guardia'' —marcó las comillas con los dedos— en la clase de Alecto Carrow. Parece ser que tiene una vena sádica y McGonagall le ha pedido que vigile las clases de esa mujer. Edward hace lo mismo, pero en la clase de Amycus Carrow. Además, ha estado toda la mañana haciendo visitas a las clases donde están los de séptimo de Slytherin. ¿Qué tal te ha ido a ti con los niños?
Jacob se derrumbó sobre uno de los sillones, desabrochándose los dos primeros botones de la camisa que llevaba debajo de la túnica.
—Bastante bien, a decir verdad. No son estúpidos. No creo que vayan a atreverse a salir una sola vez más, pero Gryffindor ya está en números rojos: ayer anoche perdimos doscientos diez puntos.
—Te afecta mucho el campeonato de las Casas, ¿eh? —sonrió su interlocutora.
—¡Por supuesto! Pero, ¡qué demonios! —suspiró Jacob—. Yo también comprendo lo que piensan algunos. En su caso, yo hubiera hecho lo mismo.
Bella enarcó las cejas y dejó a un lado El Profeta.
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—O al menos, en el caso de Caruso y Angela. ¿Los recuerdas? Estaban sentados juntos cerca de nosotros ayer anoche, en la Selección. Lucas Caruso y Jada Angela.
—Son nombres extraños —dijo Bella—, aunque estoy segura de que Caruso es un apellido italiano.
—Es italiano —puntualizó Jacob—. Me lo dijo él. Pero Jada... No sabría decirte de dónde es. Pero, yendo al meollo del asunto. Caruso y Angela son novios desde hace dos años. Y, desde el momento en que entraron en Hogwarts, celebran el principio de curso dando una vuelta por el castillo. Los padres de Angela son muggles y ella está en peligro...
—Como tantos otros —suspiró Esme, que se había acercado a escuchar.
—... y teme que vengan a por ella del Ministerio. Este año podría ser el último que pase en Hogwarts. Y para ellos es muy importante rememorar los momentos que han pasado juntos y hasta revivirlos, además de recuperar algo de las tradiciones a las que están acostumbrados. Les da tranquilidad y les hace olvidar por un momento que estamos en guerra. Me pareció cruel quitarles treinta puntos, pero Caruso señaló que no debía hacer favoritismos con nadie, y menos con los de mi propia casa —rió de repente al recordar un detalle—. Aunque parece que Angela no tiene tantos escrúpulos, y le dio un pisotón a Caruso para que se callara.
Emmett rió tan atronadoramente como siempre.
—¡Vaya! Una chica con un carácter fuerte, ¿eh?
Carlisle arrugó un poco el ceño, pensando.
—Jada Angela... Hummm... Diría que Jada es una variante de Jade, que sí es un nombre inglés... Pero Angela... No lo he oído nunca, pero si tuviera que contestar, diría que es español o latino.
—Dejando aparte el tema del nombre —intervino Alice—, ¡me parece muy romántica la historia de estos dos!
Rosalie dio su opinión sentada en el alféizar de la ventana, sin dejar de leer el libro que tenía entre manos.
—En tiempos de guerra siempre han surgido historias de amor por todas partes. El amor nace del odio y de la violencia, así como el odio es incapaz de subsistir sin el amor.
—Cuánta razón tienes, cariño —susurró Emmett embelesado.
La vampira sonrió, dando a entender que el halago le complacía.
El licántropo recuperó la atención de los Cullen antes de comentar algo que le preocupaba.
—Sin embargo, ayer anoche, hubo uno que se me escapó. No lo vi en toda la noche.
Edward lo captó inmediatamente.
—¿Hablas del joven Malfoy?
—Sí. Le amonesté esta mañana, pero no pareció importarle mucho, ni cuando le quité los puntos ni cuando le mandé el castigo.
—Salió ayer anoche a las tres de la madrugada. Parecía tranquilo, solo llevaba la capa y la varita; se comportaba como si se escapase cada noche y no le hubieran descubierto nunca —observó Rosalie.
—Y a las seis de la mañana volvió a entrar en la sala común de Slytherin, tan alarmantemente calmado como cuando salió.
Esme alzó las cejas sorprendida:
—¿Estuvo fuera tres horas... y Jacob no lo vio?
—¿Puede ser que justo esas tres horas te retiraras a dormir, Jacob? —preguntó Nessie.
Él negó con la cabeza.
—Imposible. Di una vuelta entre las cuatro y las cinco y media. Recorrí todo el castillo. Es imposible que no lo viera.
—¿No podría ser que mientras tú estabas en el primer piso, él estaba en el séptimo? ¿Y que eso ocurriera todo el rato, de modo que no os topaseis? —insistió Nessie.
—Entonces, cariño, al bajar Malfoy un piso y subir Jacob, en algún momento se habrían encontrado —le explicó Edward.
—Le seguiremos esta noche si vuelve a salir —concluyó Rosalie con fiereza—. Veremos a ver dónde se mete esa serpiente cuando se hace de noche.
Jacob pareció reparar en algo mientras veía a la vampira leer.
—Por cierto, ¿dónde estuvisteis esta mañana?
Carlisle respondió primero:
—Yo estuve vigilando las clases de Transformaciones. La verdad es que son sumamente interesantes, así como ver que el nivel varía dependiendo de la clase que sea.
—Nosotras estuvimos en la biblioteca. La directora nos dijo que debíamos fingir un don o un poder o algo, así que estuvimos recabando información —explicó Esme señalándose a sí misma, a Rosalie, a Bella y a Alice.
—Querían que yo me fuera con ellas, pero no era muy divertido y me aburrí en cuanto pasó una hora —''Típico del Oso'' pensó Jacob rodando los ojos—, así que me fui a echar un vistazo por las clases.
Esme empezó a regañar a su hijo, resignada.
—Entonces, ¿qué harás cuando los niños te pregunten lo que sabes hacer?
—Pues contarles la verdad —hizo una pausa para observar a gusto las caras asombradas y furiosas de su familia—. ¡No penséis mal! —se apresuró a añadir—. Malpensados —masculló—. No la verdad de que soy un vampiro, sino que tengo una súper fuerza. Podría decir que me tragué una poción o algo así cuando era pequeño, y que soy fuerte y duro como una montaña.
—Lo cierto es que es buena idea —suspiró Carlisle—, pero no la podemos aplicar ni Rosalie, ni Esme, ni yo. Habrá que buscarse otra cosa.
Su esposa suspiró, de un modo que Jacob no supo decir si era resignación o impaciencia. Rosalie, por su parte, no despegaba los ojos del libro.
—Por cierto, Barbie —pronunció el apodo de Rosalie con un tono excesivamente meloso—, ¿sabes cuándo se le llama a una rubia superdotada? —Desconfiada, Rosalie no asintió ni negó con la cabeza; se limitó a mirarle con el ceño fruncido—. Cuando tiene dos neuronas.
—Ja, ja, ja, chucho, me muero de la risa —gruñó Rosalie mientras hundía la nariz de nuevo en su libro.
Una vocecita que todos conocían muy bien murmuró desde fuera la contraseña para entrar en la torre.
—Piruletas de sangre.
—Correcto, señorita.
El retrato se apartó a un lado para dejar pasar a Nessie, que nada más entrar dejó sus apuntes de pociones a un lado.
—¡Nessie! No seas tan descuidada con tus cosas, por favor —le regañó Bella—. ¿Qué ocurre? ¿Has tenido un día muy malo?
—No, pero ha sido agotador tratar con tanta gente a la vez.
—Ya te acostumbrarás —le aseguró Esme con voz dulce.
Jasper entrecerró los ojos mientras observaba cómo su familia llenaba de atenciones a su sobrina.
Mientras, en el despacho del director...
—Esto es totalmente inaceptable, denigrante y humillante —decía Amycus Carrow mientras caminaba de un lado a otro del pequeño espacio circular.
Snape le miraba totalmente impasible, recordando que, hasta hacía un año, era él quien daba vueltas por el reducido despacho, mientras Dumbledore le miraba sonriendo desde su silla.
Ahora, era él quien miraba a Amycus mientras daba vueltas por su despacho.
—No comprendo por qué deberían vigilar nuestras clases. ¿Sabes lo que me cuesta concentrarme cuando ese... —el mortífago se detuvo para buscar un término adecuado— mirón me observa con esos ojos?
A Snape le llamó la atención aquel comentario.
—¿Ocurre algo especial con los ojos de Masen?
—Nada especial, por supuesto. Pero, ¿has visto a alguien con los ojos amarillos? Me desconcentra y distrae a los criajos. Necesito toda su atención.
—No es como si fueras muy importante, Carrow. Y te repito que necesitamos mantener la tapadera delante de esos idiotas que aún no se han dado cuenta de que el Señor Tenebroso ha tomado el control. Si tenemos que tener a esas marionetas del Ministerio en las aulas, las tendremos, Carrow.
Amycus se acercó amenazadoramente a la mesa de Snape, de la cual habían desaparecido todos los artilugios mágicos que la habían decorado cuando Dumbledore era el director.
—No creas que por que el Señor Tenebroso te ha dado un favor te adulará todo el mundo, Snape. Aún no estás por encima de mí —le amenazó.
El director le miró con frialdad.
—Eso es lo que tú crees, Carrow.
El mortífago lanzó una irónica carcajada y salió del despacho dando un portazo. Snape permaneció sentado en su escritorio sin variar su expresión ni un solo ápice.
El cuadro de Dumbledore, colgado detrás de la silla del director, mostraba un semblante preocupado.
—Debes tener cuidado, Severus. No nos podemos permitir perder el control ahora.
Dando una seca cabezada, el actual director se levantó y salió de su despacho.
Hermione llevaba un par de días con los nervios en punta. Los ojos en ocasiones curiosos, en otras hostiles y, mayormente, temerosos, la seguían fuera a donde fuera. Muchos profesores la trataban también de un modo distinto al de antaño: mucho más fríos y cautelosos.
Los Carrow también la observaban con atención, con un brillo malévolo en la mirada. Hermione odiaba la expresión de sumo placer de Alecto Carrow al hablar de la limpieza de sangre y el reflejo sádico de su hermano Amycus mientras trataba el tema de las maldiciones imperdonables.
Iba a ser cuestión de tiempo que se demostrara que sus papeles eran falsos, y Hermione lo sabía. Pero no podía evitar las pullas y las burlas, era incapaz de contener los gestos de desagrado y de odio cuando se dirigía a los ''profesores''. Aquello era lo que le había reportado el castigo del fin de semana.
Ni siquiera en su adorada biblioteca conseguía un poco de paz y tranquilidad. No lograba concentrarse con las miradas de sus compañeros clavadas en su espalda, pero era más soportable que en los pasillos. Allí, entre las altas estanterías y el polvo de los libros antiguos, resultaba más fácil esconderse u ocultarse de los demás.
Necesitaba información. Desesperadamente.
¿Dónde había estado Tom Riddle cuando era joven? ¿Qué ocurrió después de que dejara su trabajo? ¿Cuáles fueron los lugares que más le marcaron? Necesitaba aquella información para poder averiguar dónde podía hallarse la diadema de Ravenclaw.
Solo faltaba la diadema... Y la espada para destruir los horrocruxes. Aquella era otra incógnita: ¿dónde podía estar custodiada la espada de Gryffindor luego de que Scrimgeour se la negara a Harry?
No sabía exactamente lo que buscaba, pero necesitaba encontrarlo.
Con el objetivo en mente, Hermione se dirigió a la sección de Geografía Mágica, que se hallaba casi tan abandonada como la de Historia de la Magia.
Comenzó a leer los títulos totalmente concentrada en lo que estaba haciendo. Cogió todos los libros que le parecieron que podía reportar le algún beneficio y decidió volver a su mesa, en la esquina más apartada de la biblioteca.
Pero lo que Hermione no se esperaba, es que hubiera alguien ocupándola.
—¿Qué haces aquí, Malfoy? ¿Acaso el mundo se ha vuelto loco y no me he dado cuenta? —le dijo con un gesto sarcástico.
Malfoy se limitó a seguir jugueteando con la varita mientras replicaba:
—Piérdete, Granger. Vuelve con Cara Rajada y Comadreja. Estoy seguro de que te están buscando para que les saques las castañas del fuego de nuevo.
Hermione le miró con frialdad y sopesó cuidadosamente las opciones: primera opción, podía irse y dejarlo tranquilo, ya que en realidad era ella la que había empezado con las pullas. Segunda opción, podía quedarse y seguir discutiendo. Y la tercera opción, era ignorarle y hacer como que no estaba allí.
La parte razonable preponderante de la muchacha excluía inmediatamente la opción número dos. Pero no había más mesas libres en la biblioteca donde pudiera estar tan oculta de las miradas indeseables como aquella, y una vena de leona, de Gryffindor, le invitaba poderosamente a afirmar su posición frente al Slytherin, para demostrarle que no tenía miedo.
Finalmente, Hermione decidió descansar sus agotados brazos y dejó los libros sobre la mesa. Ignoró al joven Malfoy y empezó a leer atentamente el índice del primer libro.
—¿No me has oído, sangre sucia? —rugió el chico—. ¡Piérdete!
—La biblioteca es de todos, Malfoy.
—Depende de cómo lo mires, asquerosa sangre sucia. Yo diría que esta biblioteca pertenece a los sangre limpia, como yo, a los verdaderos magos y brujas. Y una sangre sucia... no es una bruja.
Hermione levantó la vista del libro y la clavó en los ojos de Malfoy. Éste le devolvió la mirada, iracundo.
—¿Ah, sí? ¿Y cuánta sangre ''limpia'' tienes tú, Malfoy?
Airado, el Slytherin estaba a punto de contestar cuando les llegó a los oídos una voz suave y susurrante.
—¿Hay algún problema?
Bien, ya he dado las disculpas en la parte superior del capítulo. Y ahora, SALESIA, gracias por no olvidarme. Solo saber que sigues ahí, me dan ánimos para seguir escribiendo (sobre todo, gracias a tus generosos reviews). Pero no, este retraso no se ha debido a un problema de salud (que también lo tuve, pero nada que me impida sentarme en el escritorio y seguir escribiendo).
Se debía a que, primero, llegaron los exámenes. Actualicé en abril, y llegaron los exámenes de final de curso en mayo. De esa manera, los crueles profesores impidieron que me acercara a los ordenadores por un mes y medio. Después, estuve de viajes de fin de curso, excursiones, cumpleaños... y ahí se me fue otro medio mes. Finalmente, tuve un par de semanas en las que me dediqué a escribir, mucho. Pero después me fui de viaje familiar de nuevo. He estado tres semanas fuera, la muchacha a la que estoy beteando sigue esperando su capítulo, pero yo estoy aquí, intentando complacer a las pocas lectoras que aún me siguen (por supuesto, mañana mismo me pongo con lo suyo, no soy tan mala).
Terminé este capítulo mientras estaba fuera, y se lo envié a mi Beta. Pero ¡oh! Ella lleva varias semanas sin dar señales de vida, aún intento contactar con ella. Por eso, este capítulo a lo mejor lo notáis algo desmejorado, no lo sé.
Entonces recibí tu review, SALESIA, y me di cuenta de que llevo, de verdad, tres meses, casi cuatro, sin actualizar. Me pareció cruel, así que decidí subir este capítulo cuanto antes.
Por último, siento la tardanza. Algunas veces, las autoras actualizan rápido y bien, pero eso no se da en mi caso.
Espero sinceramente que no se repita de nuevo, y que, a lo sumo, siga como antes, que tardaba un mes (lo cual tampoco era el colmo de la rapidez). El próximo capítulo ya lo tengo empezado y he planificado todo el fic.
SALESIA, gracias. Y ahora, de verdad que me gustaría tener algún modo de contactar contigo. Tus reviews merecen una contestación por PM o e-mail, y un pequeño adelanto como regalo.
¡Novedad! Pequeño adelanto para quien deje un review (sí, es un soborno, lo siento).
Atentamente =)
lady Evelyne
