Capítulo 11
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son de su respectivo autor.
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Las sábanas estaban tibias al contacto con su cuerpo helado. Eran como un abrazo que cobijaba sus emociones amargas, haciéndole olvidar por unos segundos que alguna vez hubo un lastimero pasado, lleno de desdichas y sufrimiento en forma de ojos oscuros y doble cara. De vez en cuando, ese pasado regresaba en forma de un cuervo negro que se asomaba en la ventana, anunciando el inicio de la pesadilla ambulante. Las calles tapizadas de bermellón y las casas simplemente hechas de sombras. Y esa voz fría que resonaba en el cielo, recordándole el odio y amargura que alimentaban su corazón. Las plumas desaparecían y el graznido se callaba ante el grito ahogado de su voz, despertándolo bañado en frío sudor y escalofríos lamiéndole la columna vertebral. Un mal sueño... que fue real en un principio y ahora solamente se volvía su tormento en las noches. Ocho años con la misma pesadilla que lo acosaba, o mejor dicho, que le afianzaba su sed de venganza.
Sus ojos ligeramente rasgados se posaron a su izquierda, donde descansaba el estuche redondo que albergaba su espada, siendo bañada superficialmente por el resplandor plateado que se colaba por las cortinas. Su mano derecha temblaba ligeramente y tuvo que posar la izquierda sobre esta para proporcionarse calma. Sus cabellos azabaches caían sobre su rostro, dándole un aspecto lúgubre y peligroso. Aún cuando fuesen lacios y largos en la parte delantera, atrás permanecían cortos y desordenados, terminando en punta. El mismo corte durante años y no parecía atravesar por el cambio adolescente, aunque había dejado de ser adolescente hacía unos meses.
Poseía la figura recia de un hombre joven, mandíbula fuerte y hombros amplios a pesar de tener un cuerpo delgado. Su guardián había previsto que se volvería un joven imponente y atractivo pero, nunca pudo predecir lo que pasaba por esa mente encerrada en las paredes de su cráneo. El legado de la sangre Uchiha era un misterio para aquellos que no pertenecían a ese círculo maldito. Únicamente él sabía lo que significaba llevar el apellido de sus padres y antepasados.
Incorporándose del catre, obligó a sus fuertes piernas llevarlo al pequeño baño que se escondía detrás de esa puerta caoba. Limpió el sudor de su cuerpo con el agua caliente y lavó sus cabellos oscuros. Todo ese proceso fue rápido y casi mecánico. No demoraba más de unos minutos. Terminando su ducha, salió desnudo hasta llegar al botiquín de primeros auxilios, mirándose en el pequeño espejo empañado. De un solo manotazo limpió gran parte de este, mostrándolo demacrado y demasiado frío para ser un hombre tan joven. Volvió a la habitación principal que era su dormitorio, con una toalla ceñida a su cadera, abriendo el armario donde estaba su ropa colgada, comenzando a vestirse. Su torso desnudo fue cubierto por la suave tela de una chaqueta blanca y delgada, subiendo el cierre dejándolo a mitad de camino, mostrando parte de su torso. Usando unos vaqueros oscuros y gastados, adornados con una simple correa de cuero negra. No tenía un espejo de una pieza como para verse, más no lo necesitaba… alguien como él cuya única misión era la venganza no necesitaba preocuparse de su apariencia física, por más gloriosa que fuese. Tomó un celular oscuro que tenía en la mesa, un encendedor y las llaves de su austera pieza. Abrigándose con una chaqueta más gruesa tomó su estuche, cruzando la correa de su funda por su pecho, giró la perilla de la puerta. Sin echar una última mirada a su alrededor, salió de allí dando un portazo. Pasando por el largo pasillo y bajando las viejas escaleras hasta el primer piso, fue recibido por el aire escarchado de la fría madrugada. Podía ver su propia respiración salir de sus blancos labios más su rostro no mostraba sorpresa o diversión, parecía tan indiferente y gélido como una estatua de mármol. Y con ese mismo estoicismo camino por las calles semi vacías.
Más de una figura femenina se le acercó, diferentes fragancias de perfumes abrumaron sus sentidos cada vez por esa aproximación, pero no hubo contacto visual ni nerviosismo, apenas una ligera molestia por los aromas tan fuertes, pero ningún otro sentimiento o mirada masculina. Estaba tan muerto como ellas, que ofrecían su cuerpo a cambio de unos cuantos billetes, vendiendo con ellas su moralidad y su templo.
"¡Qué frío eres cariño!"
"Es una lástima, con lo guapo que estás…"
"Y yo que no cobraría nada por ser él…"
Ajeno a los falsos lamentos de las mujeres, siguió su camino, siendo absorbido por la oscuridad de las calles mal alumbradas. No le temía a las penumbras que se producían a falta de luz artificial. En realidad no sentía temor ante nada, ni sufrimiento, tristeza o remordimientos. Solamente amargura y odio fueron sus compañeras desde la ausencia del calor familiar. Y ahora con 18 años, había olvidado el significado de amar, ser amado. Tal vez aún quedaban resquicios en la muralla que lo protegía sobre esos sentimientos enterrados en el pasado, pero para él, el tiempo estaba detenido. Creció como cualquier ser humano pero su mente y corazón estaban congelados. Y nada podría cambiar eso, ni siquiera las memorias más cálidas.
Lo único que podía devolverle la vida era la misma muerte. Podía decirse que era el mismo mensajero de la muerte para algunos, pero pasaba desapercibido por la gran mayoría, como debía ser. Nadie se acordaba de ella hasta ese momento oportuno. Un caminante que buscaba su razón de vagar por la ciudad.
Detuvo sus pasos ante la fachada de un inmueble abandonado, de ladrillos mohosos que alguna vez fueron de color rojo. El portón estaba cerrado con cadenas gruesas y oxidadas, lo que indicaba que estaba abandonado desde hace varios años. El había investigado aquella casa, sus moradores, una pareja de ancianos sin descendencia habían fallecido hacía más de 6 años, y desde ese entonces permanecía abandonada. Una casona antigua cuya arquitectura se asemejaba a esas construcciones europeas con amplios jardines y caminos de tierra impecables, pero solamente poseía la fachada, lo que había de jardín era el pasto crecido como una jungla que ni siquiera te permitía ver el camino. Rodeó los muros, mirando con sus ojos oscuros y perspicaces las gastadas paredes. Notando unas enredaderas en la parte Este de la muralla. Moviéndolas y notando la puertilla trampa escondida. La madera era nueva, lo que indicaba que había sido puesta hace poco. Apoyando su mano derecha en la madera empujó suavemente, levantando la puerta secreta y entrando sin problemas, siendo ocultado nuevamente por las hojas verdes de la trepadera. El césped estaba largo, tapando gran parte de su cuerpo. Abriéndose paso silenciosamente.
Según la información que manejaba, allí encontraría a alguien que posiblemente sabría sobre el paradero de su hermano mayor, Itachi Uchiha. Su rostro se contrajo ante el recuerdo oscuro de esa persona. Le había matado su interior, y ahora solamente alimentaba su corazón con lo que le quedaba de humanidad: odio, desprecio, ira.
Empujando la puerta, entró a la enorme casona oscura, notando al instante de pisar el suelo de madera, las figuras inertes en el espacio que cubría la sala central. No se movían…ni siquiera parecían tener vida. Ajustando sus ojos a la nueva oscuridad, no fue necesario de alguna luz artificial para saber que eran aquellas sombras.
Muñecos.
Y no cualquier muñeco. Eran marionetas de diferentes tamaños y contextura. Con ropas de oficio como oficiales, enfermeras, obreros. Debía haber alrededor de unas 100, incluso más. Le daban un toque tétrico a la casa colgando de sus hilos o simplemente sentados por allí. Pero lo que le llamó la atención fue aquel sillón que le daba la espalda, y por la mano que estaba en el borde, ese era el hombre que buscaba.
"¿Quién eres?" Le preguntó el individuo desconocido. Por su tono de voz, era un hombre, entre 30 y 35 años. Y se escuchaba enfermo.
"No soy nadie"
"¿Qué quieres?"
"A Itachi Uchiha." Los ojos de Sasuke nunca se alejaron de la figura escondida en el sillón, pero tampoco se alejaban mucho de esos dos muñecos sentados en una banca gastada, en una esquina. No lucían como los demás, hechos de maderas y gastados por el pasar de los años. Un sonido en su mente le hizo entender qué eran esos extraños muñecos, pero su rostro no demostró nada.
"No lo conozco. Márchate."
"…"
Sacó de su bolsillo derecho su encendedor, pero no le siguió ningún cigarrillo. Con un sencillo movimiento de su mano, la tapa se abrió, mostrando la débil llama carmesí flameando tímidamente.
"Apágalo."
"... ¿Por qué?" La pequeña llama tomó fuerza al comenzar a devorar una marioneta que colgaba, quemando la madera.
La reacción del dueño no se hizo esperar. Se abalanzó sobre esta, con una manta que había estado en sus piernas, cubriéndola y apagando el fuego antes de que fuera demasiado tarde. Gracias al fuego Sasuke pudo ver mejor el rostro y la figura del hombre mayor: cabellos rojos y desordenados, ojos café cenizas y piel clara. Sus ropas estaban mal tenidas y su cuerpo lucía delgado debajo de ellas.
"… ¿dónde está?" Ordenó Sasuke, como si fuera el señor de la casa.
"No lo sé. No me interesa."
"…ahora sí sabes quién es."
"…No quiero problemas, lárgate"
"Quiero información sobre su paradero."
"…." El hombre se levantó con el muñeco en sus brazos, y volvió a su sillón, acariciando con cariño la marioneta quemada. "Mi pobre amigo… mira como te ha dejado. Shh, no te preocupes, te arreglaré…" Su mano agarró una caja que yacía escondida debajo del mueble. Sacando piezas de madera, se dispuso a arreglarlo.
"…Cuando termines de arreglar ese pedazo de madera, los demás serán cenizas"
"…" El hombre repuso una de las piernas de su amigo silencioso. "No sabes apreciar el arte. Eres un muchacho impetuoso que no aprecia la belleza que está a tu alrededor."
"No tengo tiempo para eso."
"Si quieres, te puedo hacer inmortal para que tengas más tiempo…"
"… ¿Como a esos dos? ¿Les diste inmortalidad?" Refiriéndose a las dos siluetas que descansaban una encima de la otra, con sus manos enlazadas. "No, gracias"
"¿Tú también crees que el arte es efímera?"
"¿Y qué no lo es? Los tiempos cambian…"
"….el tiempo…mal compañero."
"No se puede evitar. ¿Dónde está Itachi Uchiha?
"…...Con nosotros. Akatsuki."
"…Akatsuki" El nombre le dejó mal sabor de boca. Había oído rumores de esa organización fantasma. Muchos decían ser de ella, ninguno dijo la verdad.
"Nosotros estamos en todos lados… vemos todo…oímos todo… Si quieres encontrarlo, estás en el lugar equivocado." Dejando la marioneta como nueva en su mueble. Levantándose y dirigiéndose hacia esas dos figuras sentadas. "¿Verdad, madre? ¿Padre?"
Las figuras no respondieron.
¿Momificación? Realmente, esto ya no me concierne…ya tengo lo que quiero. Girando sobre sus talones, caminó hasta la puerta, pero un objeto metálico se incrustó en el marco, deteniéndolo.
"…Un paso más y mi madre te matará" Dijo el hombre, apuntándole con la marioneta con figura de mujer.
Sasuke advirtió que algo sobresalía de sus extremidades, parecía un cañón pequeño, y en su interior debía estar alojada otra de esas agujas.
"¿Una cerbatana? Qué original…" Murmuró, sin atisbo de burla.
"Y tengo buena puntería. No creas que la oscuridad te ocultará. Puedo verte en las sombras."
"Tienes razón. La oscuridad no me ocultará." Lanzando el encendedor sobre otras marionetas, una aguja rozó su ropa mientras saltaba hacia su lado izquierdo, ocultándose detrás de un mueble. "Pero el fuego me protege"
El hombre mayor trataba afanosamente de apagar el fuego, mientras Sasuke aprovechaba la ocasión para dejar de esconderse y salir por la puerta principal, sin miedo a ser herido esta vez. Mirando por sobre su hombro al miserable hombre que apagaba el fuego con trapos.
"Ni siquiera tu inmortalidad te puede ayudar de las garras del fuego de tu propio infierno… Sasori." Marchándose tranquilamente, a sabiendas que el pelirrojo no iría tras él mientras apagaba el fuego.
Su intención de no matarlo fue lo que salvó al maestro de las marionetas. Pero de seguro Sasori no se olvidaría de ese rostro joven y frío.
Sasuke se alejó de ese lugar, desechando la chaqueta gruesa en un bote de basura.
"Akatsuki…creo que sé donde comenzar a buscar" Se dijo a sí mismo, sacando su celular y apretando números. Apegando el aparato a su oreja, esperó unos segundos mientras caminaba. "…quiero información de Akatsuki. Lo que sea" Y colgó.
Sus ojos oscuros miraron las calles vacías, y poco a poco, se sumergió en las tinieblas.
