Disclaimer → NI Harry Potter ni Twilight me pertenecen, todo tiene sus respectivas autoras. Yo me encargo de pasarlos por la licuadora.
¡Disfrutad de la lectura!
Capítulo XIV
Antes de que Carlisle pudiera preguntarle por el paradero de Esme, Alice jadeó:
—¡Esme ha desaparecido!
Media hora más tarde, Alice explicaba de nuevo los hechos delante de la profesora McGonagall, a la que habían interrumpido mientras tomaba su desayuno. Jacob estaba sentado al lado de la vampiresa. Solo estaban ellos dos en el despacho: todos los demás habían emprendido una angustiosa búsqueda a lo largo y lo ancho del castillo.
—Veamos si lo he comprendido, señorita Brandon. ¿La señorita Platt dejó su puesto de guardia para seguir... un olor? —frunció el ceño.
—Un olor fuerte y pestilente, profesora. Además, como ya he dicho, la puerta del retrato se abrió y se cerró cuando apareció el olor —Alice se retorcía las manos y se mordía el labio con nerviosismo.
—Y, después de que ella se fuera, no volvió a aparecer, aunque el olor, una hora y cuarto después, a las cuatro y cuarenta y cinco minutos de la madrugada, hizo de nuevo su aparición. Por curiosidad, había mirado el futuro de la señorita Platt y momentos antes, a las cuatro y media, estaba perfectamente bien, en un lugar oscuro, mirando su reloj —tanteó la bruja.
Alice asintió vigorosamente.
—Ocurrió de nuevo lo de la primera vez: el hueco del retrato se abrió y se cerró solo. Esperé a que volviera Esme, pero cuando no vino pasados los diez minutos me preocupé. Y me llegó una nueva visión...
—Viste a la señorita Platt agazapada en algún lugar, igual de oscuro que el primero, pidiendo ayuda.
La vampiresa volvió a afirmar con la cabeza. Jacob intervino, con los labios fuertemente apretados, pensando.
—Todo esto es muy raro y se han producido una serie de extrañas casualidades. Sea donde sea donde esté atrapada Esme, se supone que podría apartar con su fuerza cualquier obstáculo. Yo, por mi parte, me retiré a dormir unos momentos a partir de las tres de la madrugada. Es mucha casualidad que aquel olor apareciera justo cuando yo no estaba patrullando.
La profesora McGonagall juntó las manos sobre la mesa.
—¿Insinúa algo, señor Black? Los únicos que sabemos que usted y el monstruo son lo mismo, son los miembros de la Orden, ustedes y yo. Y les aseguro que no ha habido ninguna fuga de información acerca de lo que sucedió aquel día en la reunión —siseó bajando mucho la voz.
Jacob alzó las manos.
—Solo insinúo que son demasiadas casualidades. Y eso me hace sospechar, pero estoy seguro de que nadie sabe lo mío.
La profesora McGonagall trasladó de nuevo su atención a Alice.
—¿Qué hizo usted después de recibir la nueva visión?
—Entré en la sala común de Gryffindor, probando suerte, a ver si ese pestilente olor seguía allí. No había nadie y la gran cantidad de olores, de todos los chicos y chicas, me distrajo un poco. Pero sí, ese olor en particular seguía en la torre. Traté de seguirlo, pero se difuminó en la entrada de las habitaciones de los chicos. Ya sabe, con la cantidad de cosas que tienen los muchachos... Snaps explosivos, ingredientes de pociones, esas cosas. Ahora, después de todo el alboroto del desayuno, será imposible seguirlo de nuevo.
Jacob frunció el ceño de nuevo.
—Es todo tan extraño... Eso quiere decir que a Esme le pasó algo entre las cuatro y media y las cinco menos cuarto. ¿Qué puede sucederle a una vampiresa inmortal, con una súper fuerza y una velocidad tremenda, en un cuarto de hora que la detenga de volver con nosotros?
—Eso solo indica una cosa —murmuró McGonagall gravemente. Sus interlocutores la miraron—: la magia está involucrada en esto.
Llamaron a la puerta del despacho y los tres se pusieron en pie. La profesora McGonagall dio permiso para pasar. Por la puerta entró un Carlisle que ni Alice ni Jacob habían visto nunca: uno desesperado, ansioso y triste.
—No la encontramos —susurró—. No está por ninguna parte —sollozó.
Las horas siguientes transcurrieron muy rápidamente para algunos, muy lentamente para otros.
El tiempo pasó torturantemente lento para Jasper, Edward y Nessie. Los tres necesitaban mantener una tapadera frente a los alumnos y a los Carrow, de modo que no pudieron dejar sus obligaciones. Jasper y Edward pudieron fingir sin problemas que no ocurría nada pero...
Nessie tuvo problemas para concentrarse al hacer la poción multijugos para Slughorn. Había mejorado considerablemente en las últimas semanas, y ya era capaz de manejar varias pociones muy complejas, lo que la enorgullecía a ella y al profesor, que estaba encantado con Nessie.
Pero aquel día cometió varios errores garrafales: añadió los crisopos mucho antes de que terminara de cocerse la poción y confundió los cuernos de bicornio con los cuernos de unicornio. Además, estaba tan distraída y triste que el profesor tuvo que llamarle la atención varias veces.
Volvió a errar gravemente cuando madame Pomfrey estaba haciéndole unas cuantas preguntas rutinarias para comprobar si había asimilado el conocimiento de las últimas semanas. Muy confundida de las inverosímiles respuestas que le había dado la muchacha (como por ejemplo, ¿qué hay que hacer en caso del ataque de un dementor? Nessie, cuya mente se hallaba en la novena nube, le había respondido que debía hacer un torniquete y detener la hemorragia, antes de limpiar y suturar la herida), habían terminado la clase antes de lo normal.
Alice se había dedicado a revisar las habitaciones de los chicos, con el debido permiso de los alumnos, para registrar sus pertenencias en busca del pestilente olor que les había llamado la atención a ella y a Esme la noche anterior. Puso la excusa de que necesitaba comprobar que no había artefactos oscuros, pero no convenció a muchos. Abrió baúles, miró por debajo de las camas, deshizo todas y cada una de las ellas, y revisó todos los armarios. Un elfo doméstico lo arreglaba todo a su paso y los alumnos, mascullando maldiciones, acomodaban de nuevo lo que la vampiresa había sacado de sus baúles.
Solo hizo dos excepciones: las partes de Ron y Harry quedaron sin tocar. Le pareció muy obvio que ellos nunca intentarían nada. Además, ambos le habían dicho que anoche no habían salido, aunque compartieron una mirada que hizo sospechar a Alice. Pero, ¿para qué iban ellos a ir a un sitio del que ni siquiera una vampiresa como Esme había podido volver?
Después, había pasado a hacer lo mismo con las habitaciones de las chicas pero el resultado fue el mismo que el anterior: nulo.
Rosalie revisó el mapa del merodeador de cabo a rabo, pero no encontró absolutamente nada. Se lo había prestado Harry aquella mañana, de mala gana y con apresuramiento. Ninguno de los dos querían que algún Slytherin o Gryffindor los pillaran hablando, ya que que les costaría explicarlo y despertaría sospechas. Luego, se quedó ''haciendo guardia'' con el mapa en su torre, a la espera de que apareciera el nombre de Esme en las líneas del pergamino. A ratos salía y recorría los alrededores para ver si daba con ella en el campo de quidditch y al borde del lago.
A Carlisle parecía habérsele metido la idea de que su esposa tal vez estuviera en el Bosque Prohibido. Quiso ir, y recorrerlo entero solo, pero le acompañó Bella, por si se encontraba con algún problema en el camino.
De hecho, tuvieron varios incidentes.
El vampiro rubio parecía empeñado en ir a todos los lugares más oscuros y peligrosos del Bosque, tales como, por ejemplo, la guarida de las acromántulas. No fue buena idea, porque empezaron a perseguirlos y no consiguieron nada.
Los despistaron, pero entonces entraron por error en el campamento de los centauros. Intentaron echarlos a coces, pero resultó que Bane, el primero que había alzado los cascos contra ellos, salió muy malparado. Al intentar cocear a Carlisle, no reparó en que su piel era más dura de lo habitual y se rompió ambas patas traseras. Resultado de aquello: tenían vetada la entrada al Bosque, bajo pena de muerte. Aunque eran solo palabras vacías. No podrían evitar que entraran porque ellos tenían allí su fuente de alimento.
Bella los entendía muy bien. Bane no podría volver a galopar, siquiera a trotar, según las palabras de un enfurecido Magorian. Tenía las patas posteriores rotas de muy mala manera y el método de curación de los centauros, a base de hierbas, poco bien le harían.
Carlisle no cejó en su determinación y continuó buscando a su esposa con fe ciega. Bella tuvo que tirar de él para que no entrara en una cueva oscura de cuyo interior salía un amenazador gruñido, le convenció de que Grawp no le entendía ni podía hacer nada por ellos y evitó que hiciera más tonterías cuando interrogaron (muy poco amablemente en opinión de Bella) al guardabosques.
Cuando hubieron recorrido todo el Bosque, dieron una vuelta por el lago. Primero en la orilla y después, tras haberse quitado las túnicas en la torre y haberse puesto una traje de baño para evitar las habladurías, se tiraron al lago y buscaron a la gente del agua para preguntar por Esme. Tras dialogar largamente con la líder de las sirenas, la única que sabía cómo hablar inglés, sacaron una conclusión: tampoco había ido allí, como ya había supuesto Bella.
Al regresar al castillo, Carlisle estaba mucho más derrotado que aquella mañana.
Emmett, pese a saber que en el mapa no aparecía el nombre de su madre, no cejaba en su empeño y recorrió el castillo entero.
—Las cosas, y las personas también, suelen estar en el lugar más insospechado —había dicho.
Pero a mediodía tuvo que reconocer, tras hacer revisado cada centímetro del castillo y sus respectivos pasadizos ocultos tres veces, que era imposible que Esme se encontrara en el castillo.
No se rindió. Pidió prestada una capa a la lavandería, llamó a Dobby para que se la duplicara y agrandara, y volvió a devolver a la elfina que trabajaba en aquel sector olvidado del castillo, al lado de las cocinas.
Cubriéndose con ella, tomó el pasadizo que según Harry, llevaba al pueblo de al lado. Se sorprendió al ver que el árbol empezaba a atacarle y corrió a velocidad sobrenatural hacia el hueco de las raíces de éste. La rama no alcanzó su objetivo y el árbol entero se agitó un poco antes de quedarse completamente quieto. Emmett lo observó con sorpresa antes de seguir su camino.
Corrió por el túnel hasta llegar al final. Abrió mucho los ojos cómicamente al ver dónde estaba.
Era una casucha sucia, en ruinas. Parecía que hacía mucho tiempo desde que alguien había puesto un pie en ella, pero aún se distinguía allí un inconfundible olor a licántropo. Miró por una de las ventanas y distinguió un pequeño pueblecito. Decidió salir de allí para ponerse a buscar de nuevo a su madre.
Durante media hora recorrió el pueblo de punta a punta. Preguntó a los comerciantes, con la cara debidamente tapada con la capucha, por una mujer muy hermosa, pálida y de cabellos de color caramelo. Todo el mundo le dio una negativa y le recomendaron que preguntara a madame Rosmerta, la dueña de la taberna más famosa y frecuentada de todo el pueblo, que según oyó, se llamaba Hogsmeade.
Ni siquiera allí habían visto a Esme. Al salir de nuevo a la calle, observó que muchos le miraban por detrás y que otros se cambiaban de acera para no tener que toparse con él. Debía reconocer que seguramente su aspecto, tan alto y fornido, cubierto por una capa oscura, no debía de inspirar mucha confianza.
Se preguntó si no estaría buscando en el lugar equivocado. Si él hubiera secuestrado a una mujer (porque sí, empezaba a sospechar que Esme no se había alejado por propia voluntad), no la llevaría a la taberna más famosa del pueblo, se dijo. Sí, debía buscarla en algún lugar más recóndito.
Empezó a recorrer los callejones oscuros y a preguntar en pequeñas tiendecitas que pasaban desapercibidas en el primer vistazo. La búsqueda estaba resultando sumamente infructífera hasta que llegó a otra taberna, mucho más deslucida que la primera.
Entró en ella con la cabeza bien cubierta por la capucha. Desgraciadamente, el día estaba resultando ser muy soleado, de modo que llevaba guantes para no dejar ni un solo centímetro de piel a merced del sol. El hombre que limpiaba un vaso mugriento con un trapo igual de mugriento le gruñó cuando entró.
Se acercó a la barra y se sentó en una silla a observar a su alrededor. Se sobresaltó al escuchar la voz del tabernero.
—¿Qué es lo que quiere? —le espetó.
Miraba con desconfianza su capa y había dejado de secar el vaso para empuñar algo en su mano.
—No tengo malas intenciones —aclaró Emmett rápidamente—. Solo quería preguntarle algo.
—¿Y qué es? —inquirió él frunciendo el ceño aún más.
—Me preguntaba si habría visto a una mujer, pálida, atractiva y de cabello marrón clarito, como el caramelo. Llevaba una túnica de Hogwarts.
El tabernero pareció pensárselo. Se tocó la barba con la mano y sopesó el aspecto de Emmett.
—¿Y si la hubiese visto...?
El corazón de Emmett pareció saltar en su sitio.
—¿La ha visto? —se apresuró a preguntar.
—Quizá.
Aquel hombre estaba jugando con él. Emmett apretó los dientes al saberlo.
—¿Qué es lo que quiere a cambio de esta información?
El viejo volvió a pensárselo. Cuando le contestó, lo hizo sonriendo con astucia.
—Oro. Mucho oro. Mil galeones. Mañana, a medianoche, aquí en mi taberna.
—Estaré —prometió Emmett antes de irse corriendo de nuevo al castillo.
Se alejó rápidamente a paso humano, para disimular.
Mientras se empequeñecía cada vez por el camino principal de Hogsmeade, Aberforth Dumbledore le miró por una de las ventanas de su local vacío. Y se preguntó cómo usaría aquel trato en su favor.
Cuando Emmett regresó al castillo, toda su familia y McGonagall lo esperaba en el pasillo. También el elfo doméstico, Dobby, le esperaba allí. Se dio cuenta de que no habían tenido mucha suerte en su búsqueda: Carlisle estaba pálido y demacrado y Jasper tenía cara de sufrimiento.
Rosalie aún fulminaba con la mirada el mapa del merodeador, como si quisiera hacerle un agujero al pergamino. Bella parecía agotada y Edward también. Alice, sin embargo, rezumaba nerviosismo.
Se acercó a él corriendo y le quitó la capa mientras le regañaba.
—¿Dónde has estado? ¡Tenemos una reunión con la Orden en cinco minutos! —murmuró a velocidad vampírica, con el ceño fruncido—. Tenemos que aprovechar que los Carrow están ocupados con Snape.
¡Oh! Emmett había olvidado completamente la reunión con la Orden. Era cierto que la desaparición de Esme le había tenido de los nervios, pero no había excusa para que hubiera olvidado algo tan importante.
Estaba ansioso por contarle a Carlisle lo que le había dicho el tabernero, pero decidió que lo mejor sería contarlo en la reunión. Aún no sabía de dónde sacaría el dinero si lo único que tenían era dinero muggle.
Se quitó los guantes para darle la mano a Dobby, que se la tendía en una reverencia. No había nadie en el pasillo.
Sintió de nuevo la agobiante sensación de haber sido introducido en un tubo de goma demasiado estrecho y aparecieron en el recibidor de Grimmauld Place. Apenas tres segundos más tarde, McGonagall, Carlisle y Edward llegaron a la casa. Emmett frunció el ceño.
—¿Dónde están el chucho y Nessie?
Bella suspiró.
—Yo no quería que Nessie estuviera aquí para escuchar más malas noticias u oír cosas horripilantes. Se enfadó y Jake decidió quedarse con ella.
—Hiciste bien —le apoyó Rosalie, aún con la mirada sobre el mapa.
McGonagall les hizo un gesto con la mano, apremiándolos a pasar.
—Nos están esperando. Señorita Hale —Rosalie apartó la mirada del mapa por primera vez en varias horas—, le recomiendo que guarde eso.
La vampiresa asintió y dobló el mapa para guardarlo en su bolsillo. Fue la última en entrar a la cocina donde se hallaban casi la mitad de los miembros de la Orden reunidos alrededor de la mesa de madera. Realizó un recuento con la mirada. Kingsley; el patriarca de los Weasley y su esposa; su hijo mayor, Bill; Tonks, esta vez sin su esposo, y cuyo vientre se pronunciaba ya bajo la túnica; el asqueroso de Fletcher, Dedalus Diggle y varios más, entre ellos, una mujer a la que Rosalie no había visto nunca.
Varios de ellos se preguntaron lo que le habría ocurrido al vampiro rubio que, según recordaban, era el cabeza de la familia Cullen. Y también se extrañaron por la ausencia de su esposa y del gigantesco muchacho licántropo.
La ex-directora de Hogwarts y los Cullen tomaron asiento y Kingsley se levantó.
—Demos comienzo a la reunión.
En Hogwarts...
Habían terminado las clases de la sexta hora, la última, y Neville salió el último del invernadero 9. La profesora Sprout parecía haber envejecido diez años desde que Voldemort había vuelto. Su piel, morena y llena de manchas, estaba más arrugada que nunca. Le agradeció la ayuda que le prestó al transportar las macetas de Tentácula Venenosa de un invernadero a otro.
Se sacudió las manos manchadas de tierra contra la túnica y se encaminó hacia la entrada del castillo. Había quedado de nuevo con Ginny y Luna en la biblioteca.
Sonrió. Desde que había empezado el nuevo curso escolar, la señora Pince había convertido la biblioteca en un refugio para todos los alumnos que necesitaran paz y silencio. Era un territorio neutral, donde ella era la que gobernaba sobre todo y todos. Una pequeña isla de tranquilidad en medio del caos.
Pero sus planes tuvieron que aplazarse cuando entró en el vestíbulo principal.
De algún modo, Ginny había terminado enzarzándose en un duelo con Crabbe y Goyle a la vez.
Neville dio un paso adelante sacando la varita de su bolsillo.
—¡Eh! ¿Por qué no os metéis con alguien de vuestro tamaño? ¡Expelliarmus!
Pero los dos muchachos habían aprendido algo durante las vacaciones escolares.
Crabbe realizó un encantamiento escudo y atacó a Neville. Ahora era un dos contra dos.
—¡Furnunculus!
—¡Tarantallegra!
—¡Expelliarmus!
—¡Protego!
—¡Desmaius!
Los rayos de colores volaban en todas direcciones y algunas veces acertaban en su objetivo. Entonces estaba su compañero para cubrirle mientras se recuperaba. De ese modo, el duelo parecía no terminar nunca. Al contrario de lo que sucedía en otras peleas, los alumnos no les observaban directamente. Lo hacían escondidos en alguna esquina, detrás de las estatuas u ocultos por los tapices.
Ginny se defendía con maestría, atacando y saltando para evitar las maldiciones. Harry se habría sentido orgulloso, pensó Neville, de Ginny y de él.
Desde su escondite, Harry estuvo a punto de estornudar y delatar su presencia. Se debatía entre lo que hacer. El corazón le había dado un vuelco cuando había visto a Ginny pelear sola contra las moles que eran Crabbe y Goyle. Extrañamente, ya no seguían a Malfoy. Aún parecían gemelos siameses, yendo juntos a todos lados, pero Malfoy ya no iba con ellos. De hecho, lo había visto en muy pocas ocasiones.
Al principio, quiso intervenir y ayudarlos, pero se detuvo al ver que se las arreglaban muy bien. Sintió una extraña sensación extenderse por su pecho al ver a Neville y a Ginny pelear contra los Slytherins. Durante un momento, no supo identificarla, pero después lo supo.
Orgullo.
A ambos los había entrenado él. Ya no tendrían problemas al defenderse. Neville había crecido y madurado muchísimo, casi no reconocía al chico gordito que buscaba su sapo en el expreso de Hogwarts.
Unos pasos le sobresaltaron por detrás. Se giró y vio a Snape bajando por las escaleras. Supo que no le gustaría que viera lo que estaba pasando en el vestíbulo y decidió terminar por ellos el duelo, pero él no podía meterse en problemas. La profesora McGonagall, Hermione y Lupin se lo habían advertido una y otra vez: no debía atraer la atención de los mortífagos más de lo necesario.
Apuntó con su varita a Crabbe y a Goyle.
Apenas brilló un segundo una luz azul y los dos muchachos se cayeron de repente de espaldas, desmayados.
Ginny y Neville los miraron con los ojos desencajados, confundidos. Harry salió de su escondite e ignorando la expresión de sorpresa de sus amigos, tiró de sus brazos para sacarlos de allí.
—¡Vamos! —exclamó—. ¡Se acerca Snape!
Volvieron a salir por la puerta del castillo y corrieron hacia el lago. Llegaron a la orilla cansados y jadeantes, tratando de recuperar el aliento.
—Gr-Gracias —balbuceó Neville tratando de tomar todo el aire posible.
Harry no respondió y soltó la mochila. Se sentó al pie del árbol y ambos Gryffindors le imitaron. No se dijeron nada. Pensaban.
Los duelos, las disputas, las discusiones eran el pan del día a día. Los antiguos miembros del ED se lo ponían lo más difícil que podían a los Carrow y a los Slytherin.
Lo hacían de modo muy distintos. Unos pocos, Harry, Ron, Hermione y los más allegados a ellos, llevaban la paciencia de los Carrow hasta el límite haciéndoles preguntas comprometedoras, usando el sarcasmo con ellos y espoleando su ira. No era aconsejable, pero lo hacían. No lograban contenerse.
Otros, como Parvati y Lavender, hablaban todo el rato o se mandaban notitas de una forma muy vistosa y obvia, buscando exasperarlos. Se comportaban como niñas pequeñas, riendo cuando las pillaban. De hecho, ambas estaban castigadas.
Algunos Hufflepuff, principalmente los del ED y otros impulsados por ellos, hacían novillos y se negaban a entrar en las clases de los Carrow. Se refugiaban en la biblioteca o en la sala común de los tejones, faltando a todas las clases.
Michael Corner y su séquito de amigos, algunos Ravenclaws e incluso alumnos de los cursos más inferiores iban a clase de los Carrow, pero llevaban puestos tapones en los oídos y se dedicaban a estudiar, a leer o a hacer los deberes, sin ni siquiera hacer que escuchaban a los Carrow.
Los más bromistas habían conseguido los Surtidos Saltaclases de los gemelos Weasley durante las vacaciones (ya no conseguían los Surtidos por correo, pues este era revisado a conciencia antes de ser llevado a las manos de sus destinatarios) los usaban en las clases. De algún modo, Hale y Masen se habían enterado de la existencia del turrón sangranarices y lo habían prohibido. Además, era como si olieran aquel dulce y se los confiscaban a quienes lo tenían. Pero no hacían lo mismo con los tofe de fiebre, las pastillas vomitivas o los bombones desmayo. De hecho, parecían divertidos de que lo usaran.
Pero los Carrow no eran Umbridge. Ignoraban los llamados y las quejas de los alumnos y no permitían que salieran de la clase. Obligaban a otro alumno a desvanecer el vómito de vez en cuando o que apartaran a su compañero desmayado. Tenían que intervenir Edward o Jasper para que los niños pudieran salir de clase, con cuarenta grados de fiebre o vomitando a cada paso. De ese modo, los Surtidos Saltaclases dejaron de ser una opción.
Muchos más, la mayoría de los alumnos más pequeños, eran los que se presentaban a las clases, escuchaban y se marchaban. La mayoría de los Slytherins estaban más que entusiasmados al ir a cada clase. Otra parte de esa casa, no tan entusiasta, se limitaba a asistir.
Pero eran tan pocos que las otras casa no se daban cuenta de su actitud.
Harry suspiró. La búsqueda iba fatal y no tenían todo el tiempo del mundo precisamente. Su plazo se acababa. Tenía hasta junio para hallar la diadema, si Voldemort no atacaba antes. Si llegaba junio y no la había encontrado... No sabía qué haría.
Su presencia ponía en peligro a todo el castillo. No había estado en sus planes volver, pero... No le quedó más remedio si quería encontrar la diadema sin levantar sospechas.
A su lado, Neville se levantó y se sacudió la tierra y la hierba de la túnica.
—Imagino que Snape ya se habrá llevado a esos dos zopencos. Hemos quedado con Luna en la biblioteca hace ya rato. ¿Vienes, Ginny? —inquirió.
La muchacha pelirroja, sin embargo, se lo pensó.
—Iré en un momento. Adelántate.
Neville asintió y se marchó.
Harry permaneció en silencio de nuevo, pero le costaba más concentrarse. Se dio cuenta de repente en donde se hallaban: bajo aquel árbol, varios meses atrás, había roto la relación que mantenía con Ginny.
También allí se habían citado más de una vez y habían conversado infinitas veces... Allí se habían besado mientras el sol iluminaba el lago y Harry vivía uno de los momentos más felices de su vida.
La echaba de menos.
Ginny tampoco decía nada, sumida en sus recuerdos. Debía hablar. Era la primera vez en meses que estaban a solas y tenía miedo. Ginny Weasley tenía miedo. Miedo de que Harry se marchara de nuevo y la dejara sola otra vez. Miedo de que no tuvieran otra oportunidad para volver a hablar a solas.
Se estremeció y decidió lanzarse.
—¿Qué tal os va? —preguntó.
—¿Qué?
Ginny rodó los ojos.
—En lo que sea que estéis haciendo. Te preguntaba que cómo os va.
Harry meditó unos momentos.
—Mal. Muy mal.
—Lo siento.
Harry negó con la cabeza y cerró los ojos.
—No es culpa tuya. No es culpa de nadie.
El viento empezaba a soplar más fuerte y el sol se había ocultado detrás de las nubes grises. Octubre entraba con fuerza aquel año. Sonrió con ironía: el tiempo parecía acompañarle en su ánimo.
—¿Por qué no me dices lo que buscáis?
Harry abrió más los ojos con sorpresa y se giró para mirar a Ginny.
—Qué más quisiera —gruñó.
La joven pareció indignarse un poco.
—Entonces, ¿por qué no me lo dices? Cuentámelo. Puedo ayudarte —insistió.
Harry negó con la cabeza.
—No puedo. No debo. Te pondría en peligro.
—¡A mí no me importa!
—Y ya te dije que a mí sí —le dijo con suavidad.
Ginny empezaba a enfadarse.
—¿No confías en mí?
Esta vez, Harry le contestó rápidamente.
—¡Por supuesto que sí!
—¿Por qué no me dejas que te ayude? —le espetó Ginny con dureza.
Se movió para hallarse frente a frente con su ex novio.
—No soy una niña. Ron, Hermione y tú estáis buscando algo muy importante, pero no dejáis que os ayude nadie. ¿Por qué no aceptas que otros compartan la misma carga que vosotros? ¿Acaso sois especiales?
Harry rió secamente.
—¡Por supuesto que no!
—Dumbledore no hubiese querido que lo hicieseis vosotros solos.
—Dumbledore quiso que el secreto se mantuviese entre nosotros tres.
Ginny quiso golpearse por haber sacado aquel argumento: ¡Harry fue el pupilo, el alumno predilecto, de Dumbledore! Él, más que nadie, sabía lo que había querido el anciano director de Hogwarts.
—Vale, olvida lo que he dicho.
Harry sonrió.
—Me temo que esta conversación no llegará muy lejos.
—Tenía que intentarlo —se encogió de hombros—, y aún no me he rendido.
—No puedo contártelo.
—¿Por qué? ¿Tan grave es?
El muchacho parecía de repente abatido.
—Es un secreto —sonrió con tristeza.
—Ya sabes que no se lo contaré a nadie.
—Lo sé —contestó Harry sencillamente.
Las defensas de ambos cayeron. Ninguno de los dos daría su brazo a torcer. La muchacha sintió que sus ojos le escocían y el joven sintió un ramalazo de odio contra aquel que había impedido su felicidad desde que era un niño. Apretó ambas manos, convirtiéndolas en puños y las presionó contra la hierba.
—No tienes porqué alejarme de todo esto, Harry. Puedo ayudarte —susurró Ginny mientras tomaba el rostro del Elegido entre sus manos.
Harry cerró los ojos de nuevo y ambos unieron sus labios frente al árbol que los había visto en sus mejores momentos. Disfrutó de cada momento, cada segundo, cada movimiento. Y por un momento se permitió imaginar que todo iba bien, que era libre y no había preocupaciones en su vida.
¿Por qué era todo tan difícil?
Hermione estaba de nuevo en la Sección Prohibida. Leía atentamente uno de los libros que le habían llamado la atención el día anterior. Dedicaba varios capítulos al exterminio de los objetos malditos, y Hermione se preguntó si alguna de esas maldiciones les ayudarían a destruir los Horrocruxes.
Malfoy volvía a estar ahí. No era masoquista y no quería que le volviera a pasar lo mismo que el día anterior. Por eso, esta vez no se había puesto a la vista de la Gryffindor. Sabía que si lo veía, era probable que volviera a pasar lo del día anterior.
La contempló por detrás, mientras pensaba en lo que hacer. Ella estaba muy ocupada, enfrascada en la lectura de uno de los tomos polvorientos del día anterior.
Se fijó en el pergamino que la chica había dejado al lado de los libros que ya había leído. De vez en cuando detenía su lectura y tomaba apuntes en el pergamino. Lo supo: si quería averiguar lo que estaba haciendo la muchacha revisando libros de artes oscuras, debía conseguir ese pergamino. Como fuera.
Meditó cuidadosamente su siguiente paso. Pero, como dijera el falso Moody a Harry en su cuarto año, a veces lo mejor era lo más sencillo. Esperó pacientemente a que Hermione se levantara de la silla para irse a buscar otro libro. Por fin, la muchacha se perdió entre los altos estantes que rodeaban la mesa.
—¡Accio pergamino! —musitó agitando la varita.
El pergamino levitó hasta donde estaba escondido el muchacho. Empezó a leer el pergamino, de casi un metro de largo, con el ceño fruncido.
''Los Horrocruxes tienen su origen en el siglo XI. Creador: desconocido. Objetos que contienen pedazos de almas. El objeto que lo contiene, en sí, es como el cuerpo humano. Si hay un alma en su interior, es imposible destruirlo por los medios habituales. Es necesario una maldición o un veneno irreversibles para que quede destruido por completo. El alma es indestructible, pero es posible destruir un trozo de ella que esté contenida en un horrocrux porque es muy débil, pro...''
—¡¿Pero qué demonios haces, Malfoy?!
Hermione quitó el pergamino de las manos del sorprendido joven, que no daba crédito a lo que había leído. Airada, dio media vuelta y se dispuso a volver a su mesa.
—¿Es que ahora quieres ser inmortal, Granger?
—¿Qué?
Malfoy parecía exasperado.
—No soy idiota. Sé que cualquiera que cree un Horrocrux será inmortal. El trozo de alma lo ataría al mundo de los vivos. Ahora bien, ¿quieres hacerte inmortal, Granger? ¿O es que quieres ayudar a Potty? Por si no lo sabes, para crear un Horrocrux hace falta un asesinato. ¿Estás dispuesta a matar por salvarte a ti misma?
—¿Cómo lo sabes?
Hermione estaba totalmente perpleja. ¡Aquella era una información restringida! ¿Cómo la habría obtenido Malfoy? Y, lo más importante, ¿sabría él cómo destruir un Horrocrux?
—A ti qué te importa, sangre sucia.
No era razonable seguir hablando con él. Era un mortífago. Hermione se mordió los labios. Si Voldemort llegaba a saber que estaba investigando los Horrocruxes... El plan de Dumbledore, la misión de Harry, todo se iría al garete y perderían la única oportunidad que tenían de vencer. No, no podía permitirlo.
—Tienes razón: no me importa —sacó la varita y apuntó al pergamino—. ¡Evanesco!
El chico la miraba con expresión petulante. Esperaba con ansias la respuesta de Hermione para obtener más información, pero ninguna emoción se reflejaba en su cara, como buen Slytherin.
Hermione se dio la vuelta. Su expresión era del más puro hermetismo, con los ojos mirando fijamente el rostro de él. Acto seguido, apuntó a Malfoy y pronunció el hechizo antes de que al muchacho le diera tiempo a reaccionar.
—¡Obliviate!
Esme volvió a mirar la hora por tercera vez en un minuto. Eran las seis. Llevaba más de doce horas allí encerrada.
Al principio había gritado y llorado con la esperanza de que alguien la oyera. Después, había intentado apartar la losa de piedra.
Había flexionado las piernas de modo que pudiera sostenerse sobre la resbaladiza superficie del tobogán sin caerse y había intentado presionar la piedra en la oscuridad. Pese a todo, gracias a la vista sobrenatural que poseía toda su familia, se había podido dar cuenta de lo que ocurría.
Sorprendida, comprobó que sus dedos no podía tocar la piedra. Un escudo invisible impedía que, a un centímetro de la losa, el dedo de Esme tocara la piedra. No podía hacer nada por apartar la piedra.
Tan sorprendida estaba, que sus piernas se aflojaron y cayó varios metros hacia abajo antes de recuperarse y volver a asirse a las paredes del tobogán. Se negaba rotundamente a bajar de nuevo a aquel horrible lugar. Le daba escalofríos.
Cejada en su empeño, lo intentó durante casi cinco horas hasta que ella misma tuvo que admitir que era imposible. Desesperada, había retomado los gritos hasta llorar.
Una hora atrás, se había rendido de nuevo. Su familia debía de haber notado ya su desaparición y debían de estar buscándola.
—Carlisle, ¿dónde estás? —murmuró.
Fue Kingsley quien empezó con el primer punto de la reunión.
Hizo que la mujer desconocida se pusiera en pie. Era alta, de piel morena y ojos verdes. Aparentaba la mitad de los treinta, quizás cerca de los cuarenta. Edward y Alice salieron un momento de su nube de preocupación.
—¡Tú!
—Gianna... Ése era tu nombre, ¿verdad?
La mujer asintió.
—Os presento a nuestra confidente de Italia —dijo Kingsley—. Ha venido hoy porque los Vulturi han tomado una decisión con respecto a la propuesta de Quien-Vosotros-Sabéis.
—¿Y cómo es que ellos la conocen? —gruñó Mundungus señalándolos con el pulgar.
—Los conocí cuando Bella y Edward visitaron la guarida de los Vulturi hace... ¿cuántos años?
—Nueve años, casi diez —repuso Alice, aún asombrada.
Gianna fijó su mirada en Bella.
—Veo que finalmente conseguiste tu objetivo, Bella.
—Veo que has sobrevivido todos estos años, Gianna —le respondió la aludida con una sonrisa.
El resto de la orden las miraban con sorpresa e interés. Kingsley chasqueó los dedos para llamar la atención de los presentes.
—Gianna ha sido nuestra espía en la corte de los Vulturi y en Italia. En el último mes, los mortífagos han estado entrando y saliendo del Palazzo dei Priori para negociar con los Vulturi. Ahora, finalmente, se han decantado por una opción. Hace dos días, Gianna contactó conmigo y me pidió que celebráramos una reunión urgente.
La Orden esperó con impaciencia y tensión a que hablara Gianna.
—Cayo, desde el inicio, estuvo de acuerdo en participar en el conflicto de magos. A cambio, Quien-Vosotros-Sabéis le ha prometido el exterminio de los hombres lobo.
Tonks cerró los puños y apretó los dientes.
—Asqueroso...
—Marco, por alguna razón, se ha negado a participar. Entre nosotros, el equipo técnico, y el resto de la Guardia, creemos que es extraño que salga de su mutismo. Aún estoy investigando las razones por las cuales Marco se ha negado a participar.
Arthur Weasley empezó a pensar dándose golpecitos en la barbilla.
—¿Crees que ese Marco podría ayudarnos?
—Es poco probable —contestó Gianna—. Normalmente, Marco suele estar inmenso en un mutismo profundo, no se interesa por nada ni por nadie. Apenas reacciona al alimentarse.
Los Cullen escuchaban sin intervenir. El que más sabía de los Vulturi era Carlisle, pero éste estaba demasiado preocupado por su esposa como para decir nada. Kingsley, que había tomado asiento momentos antes, volvió a hablar.
—¿Qué es lo que le sumergió en esa indiferencia? ¿Podríamos ofrecerle algo que le interesara?
—No, a menos que le devolváis a su esposa.
Kingsley miró a Carlisle, perplejo.
—¿Qué?
—Marco se sumergió en ese... mutismo, como la llamáis, cuando asesinaron a su esposa, Didyme, más de dos mil años atrás. Vosotros decís que es mutismo, indiferencia... Jasper y yo lo llamamos dolor.
—Más de dos mil años atrás... —repitió Bill anonadado.
Mundungus sacó la pipa y empezó a limpiarla con la manga.
—Yo diría que es tiempo más que suficiente para recuperarse de una pérdida.
Jasper suspiró.
—Señor Fletcher... los de nuestra especie, solo nos enamoramos una vez. No nos recuperamos de la pérdida.
Apretó la mano de Alice por debajo de la mesa.
—¿Qué decidió Aro? —preguntó Rosalie, directa al grano, impaciente por retomar el tema de la reunión.
—Aro lo mantuvo en vilo dos semanas... pero Quien-Vosotros-Sabéis le ha prometido que podrá llevarse a todos los niños con potencial que encuentre en el castillo.
—De modo que... —titubeó la señora Weasley, incapaz de continuar.
—Han accedido a tomar parte en la batalla, siempre y cuando no los obliguen a acatar sus órdenes. Son aliados, según Aro, y no sirvientes del Innombrable.
Alice empezaba a hartarse. Otra preocupación más a la lista y la convicción de que la batalla, diere cuando se diere, no sería fácil. ¡Maldita sea! Tal vez perdieran a uno de ellos.
Jasper agachó la cabeza y se la agarró con ambas manos. Edward parecía aún más pálido de lo habitual y estrechaba la mano de Bella con nerviosismo. Rosalie parecía frustrada y Emmett, por una vez en varios años, no estaba haciendo bromas en todo el día. Alice suspiró y trató de echar un vistazo al futuro, pero lo veía negro. Literal y figuradamente. Se desvió al de Esme.
Su madre adoptiva seguía en aquel extraño lugar, acuclillada y sollozando. Compartió una mirada con Edward y ambos concordaron en que no sería adecuado revelar aquella información. No querían que Carlisle se desesperara aún más.
La cocina de la antigua casa Black estaba en silencio, meditando en el siguiente plan de acción, hasta que alguien interrumpió el ambiente.
Quien había entrado era Aberforth Dumbledore, un poco mejor peinado, agitado y vestido con capa. Emmett no pudo evitar abrir sus ojos al máximo sus ojos al ver a un gemelo exacto del tabernero que había encontrado aquella tarde.
—Siento presentarme así —se disculpaba en aquel momento con la señora Weasley, que miraba su capa raída—, pero hoy me ha pasado algo muy extraño y necesitaba decíroslo. Y dio la casualidad de que celebrabais una reunión justo esta tarde.
—Por supuesto. ¿Qué ha ocurrido?
El hombre parecía agitado y pidió un vaso de agua antes de comenzar. Emmett se calló por miedo a que no fuera la misma persona, porque eran idénticos en lo que se refería al físico, pero este hombre no esbozaba la misma sonrisa sardónica que había visto todo el tiempo en la cara del tabernero.
El resto de la Orden estaba estupefacta. Sabían que el hermano del fallecido director pertenecía a la Orden, pero corría el rumor de que se había apartado de la línea de acción (algo que nadie había podido reprocharle, en realidad).
—Esta tarde, a eso de las cinco, estaba en mi pub. Todo parecía tranquilo, pero de repente alguien entró. Ya de por sí era extraño por la hora, pero es que encima el tipo venía todo tapado por una capa negra, guantes, la capucha, el conjunto entero.
Alice miró con sospecha a Emmett, recordando que aquel era el atuendo que presentaba su hermano cuando volvió al colegio. Pero el otro vampiro ignoró su mirada.
—Era un hombre, a menos que hubiera tomado la multijugos —contó Aberforth—, grande, muy alto, muy ancho de espaldas. Parecía un toro. No pude verle la cara. Pero lo más extraño fue cuando empezó a hacer preguntas.
Se detuvo para beber otro trago de agua. Emmett se hubiera sonrojado de haber podido, y, de hecho, tenía ganas de reírse: ya sabía a quién se refería el tabernero.
—¿Qué clase de preguntas? —inquirió Tonks con el ceño fruncido y una mano en su vientre.
—Empezó a preguntarme si había visto a una mujer pálida, de pelo color caramelo, atractiva. Decía que llevaba una túnica de Hogwarts.
—Esme —murmuró Carlisle, levantando la mirada al fin.
—¿Cómo dices? —preguntó Aberforth.
Empezó a iluminársele el rostro.
—Es Esme. Mi esposa. Corresponde a esa descripción. Desapareció ayer anoche.
McGonagall impidió que Carlisle se levantara de su asiento llevado por la esperanza.
—Ciertamente, la señorita Esme desapareció ayer anoche de madrugada durante su guardia con la señorita Brandon.
—¿Cómo? —preguntó el señor Weasley estupefacto—. ¿No estaba Alice a su lado?
—Esme se alejó porque detectamos un olor extraño —explicó la muchacha— y el hueco del retrato se abrió a la vez. Decidió ir a investigar... y no volvió.
Aberforth desvió de nuevo la atención hacia él.
—Hemos quedado mañana a medianoche. ¿Qué haremos?
Kingsley parecía estar a punto de contestar cuando Emmett carraspeó, muy al estilo Umbridge.
—Ejem.
—¿Qué quieres ahora? —gruñó Jasper por lo bajo.
—Quería decir —empezó Emmett mirando penetrantemente a su hermano— que no hará falta que hagáis nada.
McGonagall frunció el ceño y Carlisle miró con extrañeza a su hijo. El resto de la Orden tuvo reacciones similares a las palabras de Emmett.
—¿Por qué, señor McCarty? Es un buen indicio.
—Porque... —Emmett tomó aire antes de hablar, a pesar de que no lo necesitaba— el que fue por a Cabeza de Puerco preguntando por Esme fui yo.
El silencio campó a sus anchas en la pequeña cocina de Grimmauld Place. Emmett más tarde aseguraría que casi se oían a los grillos cantar.
—¿Que has hecho qué? —Bella fue la primera en romper el silencio.
El vampiro se removió incómodo en su sitio y procuró esquivar las miradas que le estaban lanzando el resto de los integrantes de la Orden, que empezaban a reaccionar y a mostrar expresiones a cada cual más incrédula.
—No podía quedarme de brazos cruzados.
—Pero tampoco debería haber regado a los cuatro vientos lo que ocurre dentro del castillo. No debería haber dado la señal de la desaparición de una de las brujas llamadas a proteger Hogwarts —la voz de McGonagall resonó como un látigo en los oídos de los presentes.
Carlisle volvió a aletargarse, triste y deprimido por la falsa señal. Había tenido la esperanza, durante unos minutos, de que podría recuperar a su esposa.
—¡Esme no ha aparecido en ningún momento a lo largo de esta mañana! —Exclamó Rosalie, haciéndose notar, dispuesta a defender a su esposo—. Emmett no podría haber hecho otra cosa. Junto a toda mi familia, hemos recorrido todo el castillo con sus respectivos pasadizos de cabo a rabo, hemos entrado en el Bosque Prohibido, en el territorio de la gente del agua, hemos revisado el material de los alumnos, ¡hemos hecho todo lo humana y sobrenaturalmente posible que estuviera en nuestras manos! ¡Estábamos desesperados! Si cae una de las columnas que sostienen la casa, las demás sucumbirán al peso. Debemos —remarcó la palabra— encontrar a Esme. Pronto.
Kingsley, Arthur, Bill y varios más asintieron de acuerdo con la vampira. Otros, sin embargo, negaron con la cabeza.
—¿Cómo vamos a encontrarla? —se pronunció Dedalus Diggle, pesaroso. Algunos decayeron al notar que el mago, siempre optimista, opinaba tan pesarosamente sobre el asunto—. No sabemos dónde está, no sabemos si está secuestrada, no sabemos por dónde empezar a buscar. Es buscar una aguja invisible en medio del pajar.
—Tiene razón —opinó Mundungus.
Rosalie se revolvió contra él furiosa.
—¡Cállate!
—¿Qué provecho sacarías tú de todo esto? —le espetó otro mago, un rompedor de maldiciones que acompañaba a Bill.
—¿Cómo dices? —preguntó ella estupefacta.
El muchacho, joven y desfigurado por varias cicatrices parduscas, se levantó y empezó a pronunciar un largo y arrebolado discurso contra la vampiresa.
—¡Eres una Slytherin! ¡Una serpiente! ¡No deberíamos confiar en ti! Los Slytherin no tienen corazón, solo actúan en su propio beneficio. De alguna manera encontrarás el modo de beneficiarte de la búsqueda de esa tal Esme. No debemos esperar otra cosa de una potencial traidora.
La sospecha había sido pronunciada. No era un secreto que no eran muchos los que confiaran en Rosalie, mucho menos creer que tenía buenas intenciones.
—¡Yo no sacaría ningún beneficio personal! —Gritó indignada la vampiresa—. Esme es mi madre adoptiva, la mujer de Carlisle, un pilar de nuestra familia. ¡Como puedes siquiera atreverte a decir que estoy intentando aprovecharte de la búsqueda de la que ha sido una segunda madre para mí!
—Eres una Slytherin. Todos los que pertenecen a esa casa son unos mentirosos, no deberíamos confiar en ella. En cuanto el viento sople en nuestra contra, no tardará en darse la vuelta y unirse a Quien-Vosotros-Sabéis para soplarle todos nuestros secretos.
Rosalie estaba a punto de contestar a la pulla, pero McGonagall se levantó e impuso el orden.
—¡No estamos aquí para discutir como si fuéramos niños en una guardería! Señor Bowler, controle su lengua. Le aseguro que la señorita Hale no nos traicionará a la primera de cambio. Señorita Hale... —tomó aire— nadie duda de su lealtad.
Rosalie la miró desafiantemente. Aquella mujer no le imponía el mismo respeto que Carlisle y tampoco le infundía la misma tranquilidad y sensación de justicia que su padre adoptivo. Pero Carlisle no estaba en condiciones de reprocharle nada a su hija. Bastante tenía con sus propios problemas.
Renuentemente, aceptó sentarse cuando Emmett la agarró del brazo y la instó a relajarse.
Del mismo modo, Christian Bowler también se sentó, aún mirándola fijamente. Edward le echó un vistazo a su mente y Jasper dudó de su capacidad para aguantar más presión, rencor y odio. Le temblaban las manos y, si pudiera hacerlo, aseguraría que estaba a punto de sudar copiosamente.
Bill hizo aparecer un pergamino, un tintero y una pluma de la nada.
—Bueno, señorita Brandon. ¿Podría hacerme una descripción del olor que percibió momentos antes de que desapareciera su compañera? Procuraré que la carta con la descripción le llegue a mi hermano Charlie y a los gemelos. Estoy seguro de que ellos podrán investigar acerca de este asunto sin levantar sospechas.
—Llámame Alice, por favor. Y el olor era fuerte, pestilente, como a... calcetines usados y mojados combinados con queso podrido y queso azul francés. Bastante horrible, la verdad.
—Puedo imaginármelo —dijo Bill estremeciéndose involuntariamente al escuchar la descripción.
Apuntó todo y se guardó el pergamino, haciendo desaparecer la pluma y el tintero.
—Ya es tarde —dijo mientras se levantaba—, y Fleur me espera en Gringotts para hablar con Vagnok. Disculpadme.
—Tranquilo. En realidad podemos dar la reunión por terminada —le tranquilizó Kingsley.
La gente empezó a salir y los Cullen también se pusieron en pie. Antes de que se marchara, Edward detuvo a Bowler y se lo llevó aparte para hablar.
—No porque él te traicionara significa que todos vayan a ser iguales.
Christian Bowler no se sorprendió: al parecer se lo esperaba. Se rió sarcásticamente y se señaló la mancha pardusca que le señalaba media cara.
—¿Ves esto? Son los restos de una maldición que me envió después de intentar entregarme a los mortífagos. Por propia voluntad. Te aseguro que no estaba en un Imperius —sonrió irónicamente—. Me lo prometió. Me dijo que trataría de ser mejor, que lucharía contra el Innombrable. Yo lo creía mi mejor amigo. Pero en cuanto me di la vuelta, me acuchilló por la espalda. Ningún Slytherin será nunca de fiar —finalizó.
Edward le miró con tristeza mientras le observaba marcharse. La guerra hacía tanto daño... destruía tantos lazos...
Se dio media vuelta y se unió a la conversación que Kingsley y McGonagall mantenían con Carlisle.
—¿De verdad que no podemos ofrecerle nada a Marco? No he podido dejar de pensar en este asunto. Nos sería de gran ayuda su colaboración.
—Ya les dije que no, a menos que le podáis devolver a Didyme.
Tonks se acercó a ellos.
—¿Cómo murió?
Carlisle pensó, intentando atender a la conversación. Pero viendo sus dificultades, intervino Edward.
—Hace dos mil quinientos años, Marco contrajo matrimonio con Didyme, una vampiresa a la que amaba. Ya por aquel entonces, él tenía muchas dudas acerca de su padre, de su origen, su naturaleza y su condición. Didyme, en cambio, tenía el poder de hacer feliz a las personas, y ella estaba desesperada por hacer feliz a Marco. Lo amaba.
—Es comprensible —asintió Kingsley.
—Pero eso no complacía a sus hermanos, Cayo y Aro. En los juicios, necesitaban toda la sangre fría que eran capaces de reunir, pero Marco tenía el pensamiento nublado por la felicidad que le infundía Didyme. Siempre votaba a favor de los condenados y pedía una segunda oportunidad para los traidores, se la merecieran o no. Su humor influía en él a la hora de dar un veredicto.
Tonks hizo una mueca.
—Me imagino que eso no le hizo mucha gracia a sus hermanos.
—En absoluto —confirmó Edward, tristemente—, y, por eso, quinientos años después del matrimonio entre ambos, Aro ordenó la muerte de Didyme a espaldas de su hermano. La asesinaron y le dijeron a Marco que los responsables habían sido unos rebeldes que fueron ejecutados en el acto.
—¿Cómo pueden saber ustedes la verdad si Aro ocultó los hechos? —inquirió Kingsley.
Edward ladeó la cabeza y miró a Kingsley.
—Aro se lo contó a mi padre y él a mí. A cambio, le hizo jurar que no se lo contaría nunca a Marco. Necesitan de su poder para hallar los lazos emocionales que hay entre los vampiros.
McGonagall frunció el ceño.
—Entonces, aunque ahora le dijéramos la verdad, ¿no cambiaría nada?
—Se rompería la alianza entre Marco y sus hermanos y nos ganaríamos la enemistad eterna de la familia Vulturi —señaló Jasper—. Y ése, no es un buen movimiento estratégico.
Bella resopló con fuerza.
—Se nos agotan las ideas.
Octubre había entrado con fuerza en Hogwarts.
El mes había teñido de color oro, bronce y cobre las hojas de los árboles que bordeaban el lago y el borde del Bosque Prohibido. Manchaba de pequeñas motitas marrones la hierba de los jardines y la superficie del lago y lo llenaba todo de un aire otoñal.
Mantenía el sol permanentemente oculto detrás de las grises nubes y el viento soplaba con fuerza a través de las ventanas entreabiertas, se colaba en el castillo y cerraba puertas sonoramente.
Pero Ginny no se daba cuenta. De la mochila había sacado su capa y se la había puesto. Aún seguía sentada allí donde la había dejado Harry después de marcharse.
Aún recordaba sus últimas palabras:
—Intentaré volver. Te juro que intentaré volver cuando termine la guerra. Si lo hago, te lo contaré absolutamente todo. Y, ya sabes, por si consigo volver... espérame, ¿vale?
Ginny hubiera preferido que Harry no hubiera sido tan realista y que le prometiera, que le hiciera un Juramente Inquebrantable prometiendo que volvería. Pero no podía ser tan egoísta. Así, ya de paso, se ahorraba un mal trago si Harry no conseguía... ¡NO! Él volvería. Era el Elegido, el Niño-Que-Vivió y tenía que volver.
Cuanto terminara la guerra... ¿Cuándo pasaría eso? Ella estaba deseando que pasara, quería volver a caminar bajo el sol, visitar a sus hermanos en su tienda, viajar y ver cómo le iba a Charlie, ir a la boda de Bill con un vestido nuevo y no uno de segunda mano, salir con sus amigos a dar un paseo sin tener a sus padres respirándole en la nuca...
Quería tantas cosas. Tantas, tantas, tantas. ¿Por qué le había dado el destino un corazón tan ambicioso?
—Hasta los nargles podrían resfriarse en un día como éste, ¿no crees, Ginny?
La aludida se sobresaltó y se dio la vuelta para mirar estupefacta a su amiga, que aparecía envuelta en su capa de Hogwarts. Por algún motivo, ésta estaba cubierta de manchas de pintura de todos los colores y el cabello y la cara de Luna no estaban en mejor estado.
—¡Por las barbas de Merlín, Luna! ¿Qué te ha ocurrido?
—¡Oh, ha sido maravilloso! Unos muchachos muy amables de Slytherin me han dicho que me iban a renovar el vestuario. Aunque no pensé que eso incluiría el cabello, queda bastante bien, ¿verdad?
—Oh, Luna...
Ginny tiró de ella hasta acercarla al lago y poder mojar un pañuelo en el agua. Empezó a quitar las manchas de pintura de la cara de la muchacha, que la miró con tanto interés como si fuera su preciado snorckak de cuerno arrugado.
—¿Los wrackspurts te han embotado la mente, Ginny? —le preguntó con verdadera preocupación.
–¿Qué? ¡No! No ha sido eso...
–La tristeza es un síntoma inequívoco del embotamiento de la mente por wrackspurts, Ginny.
—¡No es por los wrackspurts, Luna! —protestó la muchacha enérgicamente.
Pero su amiga fijó sus soñadores ojos azules en el enrojecimiento de las orejas de Ginny y fue entonces cuando su cara buscó competir con su cabello en tono y color.
—Entonces, ¿por qué estás triste?
Ginny se rindió ante la inocente insistencia de su amiga y se sentó de nuevo en las raíces del mismo árbol de antes. Se recogió las piernas y apoyó la barbilla sobre sus rodillas con gesto pensativo. A su lado, Luna imitó sus movimientos y le miró expectante, a la espera de que hablara.
—Me quedé con Harry aquí un momento después de que Neville se fuera —miró a Luna y se dio cuenta de que esperaba algo más—. Así que decidí aprovechar la oportunidad y preguntarle lo que estaban buscando.
—No te contestó —afirmó Luna.
Ginny asintió con la cabeza.
—Cierto, el maldito cabezota se negó a hacerlo. Dijo que era un secreto, que Dumbledore no quería y no sé cuántas cosas más. Insistí mucho y no saqué absolutamente nada en limpio. Y, al final, nos besamos —hizo una larga pausa.
Luna empezaba a comprender y abrió sus ojos al máximo. Sin embargo, esperó a que Ginny continuara.
—Se fue, pero me prometió que intentaría volver. Me dijo que haría todo lo posible.
—Harry comprende más que nadie las posibilidades que tiene de morir y no quiso hacerte falsas promesas —acotó Luna con suavidad. La joven pelirroja se quedó en silencio—. Pero a ti te hubiera gustado que te hiciera otro tipo de promesa, ¿verdad?
—No es justo —susurró la Gryffindor echando la cabeza hacia atrás—. ¿Por qué él? ¿Por qué no otro?
—Sabes muy bien que eso que dices tampoco es muy justo.
Ambas se miraron a los ojos y Luna le pasó un brazo por los hombros para mostrarle su apoyo. Ginny le devolvió el abrazo y así quedaron, abrazadas frente al lago.
Se separaron sonriendo y Ginny estaba ya mucho más tranquila que antes.
—¡Vaya! —Exclamó Luna, despistada—. Ahora tú también tienes una capa más bonita.
Efectivamente, al mirarse, Ginny vio su capa manchada de pintura. No pudo resistir el impulso de reírse y contagió a Luna con su risa. Se rieron hasta que les dolió el estómago, hasta tener la capa manchada de tierra y hierba y hasta que les costó respirar. Si alguien les viera ahora, pensó Ginny, seguramente pensaría que estaban locas.
Luna empezó a toser y ambas pararon gradualmente. Aún seguían sonriendo y acordaron mutua y silenciosamente en volver al colegio. Neville aún las estaba esperando en la biblioteca.
Pese a todo, no lograron entrar en el colegio. Un numeroso grupo de magos vestidos con unas túnicas de color verde oscuro les taponaba la entrada. A Luna no le impresionó la cantidad de gente que había: lo que realmente le impactó fueron las diversas expresiones que lucían cada uno de ellos.
Había unos cuantos que parecían sumamente entristecidos, arrepentidos. Otros, estaban exultantes y alegres. Otros, parecían asqueados. Y otros, estaban furiosos.
Luna abrió los ojos con sorpresa. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo allí?
Parecía que Ginny pensaba lo mismo, porque tiró de la manga de uno de ellos y le preguntó:
—Por Merlín, ¿qué está ocurriendo aquí? ¿Por qué no nos dejan pasar?
El mago estaba sumamente serio y las miró con detenimiento.
—¿Sois alumnas de este colegio?
Ginny le miró con el ceño fruncido, como diciendo: ¿no es obvio? El mago debió de interpretar correctamente su expresión, porque su rostro se volvió aún más sombrío.
—Si es así, deberíais estar en el Gran Comedor. Pronto llegará Dolores Umbridge.
¿¡Qué!?
¡Hola a todos de nuevo! Vaya, ni siquiera he necesitado un aviso de salesia esta vez.
Espero que dejéis vuestros reviews. ¡Ya casi llego a la centena! Estoy emocionadísima. Muchas gracias por todos los que me habéis seguido hasta aquí. ¡Verdaderamente, ha sido un largo camino para mí!
Por cierto, salesia, perdona que no te haya respondido esta vez. Con tantas cosas en mente no he tenido tiempo.
Bueno, nos vemos pronto =)
Atentamente,
lady Evelyne
