Disclaimer → Harry Potter y Crepúsculo, muy lamentablemente para mí, tienen sus respectivos dueños, por lo que hago esto sin fines de lucro y por diversión.
¡Disfruten de la lectura!
Capítulo XV
—Si es así, deberíais estar en el Gran Comedor. Pronto llegará Dolores Umbridge.
¿¡Qué!?
El oficial del Ministerio (ahora ya sabían quiénes eran) empujó a Ginny y a Luna hacia el Gran Comedor. Las condujo en total silencio por el vestíbulo.
Luna caminaba despacio, casi soñadoramente, pero estaba intentando resolver una duda que había surgido. No había sonidos. Solo se escuchaban los pasos de ellos tres, pero ¿dónde estaban los profesores? ¿Y los fantasmas? ¿Y Peeves? Podía suponer que los alumnos estaban en el Gran Comedor, pero ¿dónde estaría McGonagall? ¿Y Sprout? ¿O el bondadoso Flitwick, que siempre hablaba a Luna con normalidad, como si supiera que ella no estaba loca?
¿Qué estarían haciendo Harry y los demás? ¿Fingirían normalidad?
Ginny, en cambio, ardía de ganas de coger por el cuello al tipo del Ministerio o lanzarle un buen hechizo mocomurciélagos. Apretaba los puños, deseando poder hacer algo. De repente, le asaltó la duda: ¿sería todo una farsa para tratar de capturar a Harry? ¿O a Hermione? Ella sabía que sin la chica, los dos muchachos eran un verdadero desastre. No conseguirían hallar nunca lo que fuera que estaban buscando.
Frunció el ceño. Ahora lo prioritario sería encontrar a Harry, Hermione, a su hermano y a Neville.
Delante de las puertas del Gran Comedor estaban de guardia dos aurores. Pero la sorpresa estaba al entrar: había dos de ellos colocados a ambos lados de las cuatro mesas del lugar. Detrás de cada profesor había otro auror vigilándolos. Snape y los Carrow eran la excepción y ambos hermanos parecían en su salsa con el control que había en el Gran Comedor.
Ginny se fijó en el ceño fruncido, los labios apretados y la extrema palidez de la profesora McGonagall. Apretaba ambas manos en puños que sostenía encima de la mesa.
Todos los miembros de la familia Cullen estaban allí. Se situaban en la parte de delante, cerca de la mesa de los profesores, cada uno delante de la mesa su propia casa. La única que rompía el cuadro era Bella, que estaba de pie detrás de Harry. Ninguno de ellos parecía complacido, pero Carlisle parecía totalmente devastado. Luna se preguntó dónde estaría la joven de piel pálida y sonrisa amable.
Se separaron y se dirigieron cada uno a su propia mesa. El oficial se marchó y la muchacha agradeció que no se le hubiera ocurrido requisar las varitas a los alumnos. Ginny ocupó un sitio vacío junto a Neville.
El ambiente era tenso y cargado, lleno de tensión y negrura. De refilón vio a Colin Creevey abrazar por los hombros a su hermanos Dennis, que estaba blanco como una sábana. Fijó su vista en Harry, como tantos en la mesa de Gryffindor.
Pero él parecía más ocupado en juguetear con un galeón en sus manos. Lo miró durante unos segundos, estupefacta al verle tan entretenido en un momento como aquel. Se giró hacia Neville para comentar la extraña actitud de Harry, pero él era uno de los pocos que no miraban a su amigo. Fijaba la vista en la mesa, más concretamente en la manga de su túnica.
¡El galeón falso! Aquello era lo que asomaba de la mano de su amigo y con lo que Harry estaba jugueteando, seguramente mandando instrucciones.
Ginny deslizó su mano lentamente hacia su propio bolsillo, donde había guardado la varita. Agarró el mango con firmeza y pronunció el hechizo en su mente. El galeón falso, que aquella mañana aún estaba en su baúl, apareció en su palma. El metal de la moneda estaba caliente.
''No os mováis''. Ginny miró estupefacta el mensaje de la moneda. Y después a Harry. Él no estaba haciendo, aparentemente, nada.
Se frustró, pero la moneda volvió a calentarse.
''Esperemos a ver lo que ocurre''.
Bien. Ella no estaba acostumbrada a obedecer órdenes, pero si Harry no hacía nada, alguna razón habría. Se cruzó de brazos y empezó a dejar pasar el tiempo pensando.
¿Qué haría Dolores Umbridge allí? Según lo poco que habían dejado sus padres que escuchara, recientemente había sido ascendida a un puesto aún más alto en el Ministerio. Algo relacionado con los hijos de muggles.
¿Los habrían descubierto?, se preguntó Ginny de repente. ¿Sabrían que habían sido Fred y George los que habían falsificado los documentos?
Deseaba sinceramente que ninguno de sus hermanos se viera en un aprieto. Por una parte, la más importante, temía seriamente por la vida de los gemelos, y si descubrían que habían estado ejerciendo de falsificadores, tal vez la tomaran contra Bill, que trabajaba todavía públicamente para Gringotts, o contra su padre, que también tenía aún un puesto en el ministerio.
Y por otra parte, la cruda realidad era que una guerra necesitaba financiación. Dinero para aquellos magos y brujas que se estaban ocultando, fuera en el cuartel o en cualquier otro refugio, para los espías, para conseguir objetos con los que hacer tratos con los duendes y los gigantes, para pagar a espías profesionales, para pagar los sobornos que permitían liberar a aquellos magos y brujas hijos de muggles especialmente importantes en la Orden cuando eran arrestados, para mantener a los miembros de la Orden, ya que la mayoría había perdido su trabajo y para muchas cosas más.
El oro no les llovía del cielo a todos precisamente, y el negocio de Fred y George era una de las cosas que más galeones aportaba a la Orden.
Ginny quiso golpearse por estar pensando en el dinero en un momento tan peligroso. La pregunta más importante era: ¿qué iba a pasar con los nacidos de muggles?
Los pensamientos de Ginny divagaban cada vez más y más lejos, pero los de Harry estaban concentrados en un solo punto: mantener la calma. Se había sentido a punto de explotar de indignación al saber que Dolores Umbrigde iba a ir a Hogwarts. Las cicatrices de su mano le hormigueaban, recordándole que aquella mujer con cara de sapo nunca traía nada bueno.
Hermione había insistido con vehemencia acerca de la importancia de mantener un perfil bajo. El ministerio estaba buscando la más mínima excusa para ponerle entre rejas y, posteriormente, provocar una muerte ''accidental''. No debía de darles las razones necesarias para que eso ocurriera.
Podía escuchar el gruñido, muy bajo y casi imperceptible, que emitía Bella desde el fondo de su garganta a su espalda. De no saber que ella estaba furiosa con los funcionarios del ministerio y no con él, se habría asustado.
Los Cullen y la directora habían vuelto casi a la vez que los tipos del ministerio llegaban. Habían tenido suerte: un poco más tarde y se hubieran aparecido en medio del vestíbulo delante de las narices de los Carrow y Snape.
Un golpe en la puerta sobresaltó a Harry, que levantó la mirada de la mesa y se guardó el falso galeón en un bolsillo de la túnica.
Había llegado Dolores Umbrigde.
Dolor.
El recuerdo volvía con fuerza a su mente al ver otra vez el castillo que lo había acogido tantos años atrás. El lugar donde él...
Aún conserva su imagen en su mente, tan clara como si acabara de verlo por última vez.
Su sonrisa brillante, sus ojos grises, tan vivos y alegres, aquella cara tan amada.
Y la noche en que él murió: un cuerpo tirado sobre la hierba, a la vista de la multitud, sus ojos vacíos y sin vida, su cara pálida como la misma luna que había iluminado el cielo aquella noche, el joven que lloraba sobre su cuerpo.
Los recuerdos... La gente los atesoraban como si fueran monedas de oro, pero también eran una forma de tortura.
Si tan solo pudiera olvidar...
La mujer a su lado sonreía ufana, exultante, pero él solo sentía pena por los niños cuyos nombres estaban escritos en el pergamino que sujetaba la jefa de la Comisión de Registro de Hijos de Muggles. Lo lamentaba muchísimo por ellos, pero todavía más por los padres que iban a perder a sus hijos.
A veces, al crecer, los niños se olvidaban de sus padres, aquellos que seguían sus desventuras con más dolor aún que ellos mismos. Tendían a olvidar, no como él...
Cruzaron las grandes puertas de roble que guardaban a los niños de ellos.
A Rosalie solo le faltaba expulsar humo por las orejas para que se viera lo furiosa que estaba. Muchos de los alumnos de Slytherin, al llegar, habían procurado tomar un asiento lo más lejos de ella posible al percibir su estado de ánimo. El auror que se situaba detrás de ella, en cambio, se dividía entre el deseo de salir huyendo con la cola escondida entre las piernas y el de permanecer lo más cerca posible de la mujer más atractiva que había visto jamás. El resultado final era el de un extraño temblor en las rodillas del hombre.
Rosalie estaba en primera fila cuando los cortos y rápidos pasos de una bruja bajita y regordeta se dejaron oír en el vestíbulo principal.
Se hallaba de espaldas a la puerta y no dio muestras de querer darse la vuelta para ver a quien había entrado.
En cambio, Edward y Jasper sí llegaron a ver a quien había entrado.
''Así que ésta es la famosa Dolores Umbridge'' pensó Jasper poco impresionado.
A la mujer le respaldaba un séquito de seis aurores y un hombre con la cabeza gacha y de una larga barba castaña.
Jasper llamó a Edward fuertemente por su nombre en su mente para atraer la atención de su hermano: ''Aquel hombre'' dijo mentalmente, con la imagen del aludido en su mente, ''siente nostalgia y dolor. De algún modo, creo que no le hace gracia estar aquí. Y siente pena, no puedo determinar de qué. La mujer, en cambio, se siente ufana y victoriosa. Me apostaría lo que sea a que es Umbridge. Destila malicia por los cuatro costados''.
Edward, en cambio, se introdujo sutilmente en la mente de Umbridge, y se sobresaltó al encontrar que fantaseaba con la imagen de mucho niños con la túnica de Hogwarts siendo conducidos por una especie de espectros fantasmales, cubiertos de grandes capas negras. A su vez, relacionaba el pensamiento con el recuerdo de un lista de nombres que había confeccionado horas antes.
Aquello solo significaba una cosa: sus peores temores se estaban haciendo realidad.
Carlisle era incapaz de ver nada. Se había sentado en su silla con los hombros caídos, pensando aún en los sitios donde se podrían haber llevado a Esme. Pero él no tenía ni idea de dónde estaban ellos exactamente, ni si se la habían llevado fuera de Escocia, o permanecían allí, o, incluso, si se la habían llevado a Irlanda o al continente.
Contestó débilmente a las preguntas de los alumnos que habían preguntado por Esme con una respuesta ensayada y se limitó a seguir divagando. A su lado, Nessie miraba constantemente hacia la mesa de Gryffindor, preocupada y nerviosa.
Jacob le hacía gestos para despreocuparla y Bella seguía echando humo. Alice se mantenía inusualmente callada, maldiciendo la condición de Jacob, que le impedía visionar el futuro y Emmett aún seguía mascullando entre dientes que no podía haberse quedado quieto mientras su madre estaba desaparecida.
Dolores Umbridge, con su inseparable chaqueta de punto rosa y su lazo en el pelo, caminaba con la tablilla apretada contra el pecho y la varita en la otra mano. Caminaba muy deprisa, acercándose a la tarima de los profesores, disfrutando de la cara contraída y casi furiosa de algunos profesores y la fría dignidad de otros. Caerían, todos caerían... Y pagarían por las burlas de dos años atrás, en los cuales, durante unos meses, se habían dedicado a hacerle la vida imposible.
Se acercó y saludó con un asentimiento de la cabeza al actual director de Hogwarts, un hombre que durante su estancia en el colegio años a atrás se había limitado a tratarla con frialdad. Pero era así con todo el mundo. Quizás se planteara dejarlo pasar...
Se acercó al estrado. El gran momento había llegado.
—Buenas noches a todos. Es un placer para mí volver a veros después de tanto tiempo —esbozó una falsa sonrisa dulce—. Como bien sabéis, el Ministerio, a lo largo de los últimos meses, ha estado buscando a los llamados ''hijos de muggles''. Pero es una gran mentira. Aquellos con los que hemos convivido durante siglos, son experimentados ladrones que han obtenido la magia de otro mago. Sin sangre mágica en las venas, es imposible poseer el núcleo mágico que nos permite usar la magia. En otras palabras, los muggles son incapaces de usar la magia porque no poseen el núcleo mágico. Los hijos de muggles, sin embargo, han obtenido la magia por el uso de medios ilícitos, así como el robo por la fuerza.
A este punto, Harry estaba más que furioso y Hermione estaba consternada. Ron tenía las orejas al rojo vivo. Los estudiantes murmuraban por lo bajo, pero fueron acallados inmediatamente por los funcionarios del ministerio.
Los Cullen intercambiaron miradas nerviosas. ¿Qué era a lo que quería llegar?
Edward se había introducido levemente en la mente de Umbridge, pero estaba totalmente concentrada en la idea de dar su discurso... en comenzar una ''nueva etapa'' para los jóvenes magos de la futura sociedad.
—El Ministerio ha decidido combatir a esos ladrones de magia, analizando detenidamente los ancestros de aquellos magos que han nacido de padres muggles. Así mismo, ha detenido a todos aquellos que han ocultado y mentido acerca de la existencia de estos al Ministerio. El mundo mágico debe someterse a un gran cambio, tocar fondo antes de emerger, nueva, pura y limpia. Para ello, desde el Ministerio de Magia os solicitamos a todos vuestra colaboración en esta gran empresa que hemos emprendido por y para los futuros magos de nuestra sociedad —se detuvo unos momentos, saboreando el instante—. Pero debemos limpiar las raíces de nuestra sociedad para lograrlo. Empezaremos por podar las ramas más bajas del árbol para que estas lleguen a la cima sanas y salvas de la contaminación muggle. Hemos abierto una investigación acerca de todos y cada uno de los estudiantes de Hogwarts, para evitar que la corrupción llegue más lejos. A partir de este mismo instante, cualquier niño o niña cuyo nombre aparezca en el registro de Hogwarts, será seriamente interrogado y analizado en busca de cualquier rastro sospechoso.
Umbridge dejó que sus últimas palabras calaran en los estudiantes y en los profesores. Se regodeó en la extrema palidez de la profesora Sprout, de cuya casa se decía que había más nacidos de muggles que en otras, y del temblor incontrolado de las manos de la profesora McGonagall.
Los estudiantes habían estallado en una serie de asustados murmullos que ni siquiera las palabras de los aurores consiguieron controlar. La casa Slytherin miraba con serena indiferencia a sus compañeros. Pero quien se detuviera a analizar sus sentimientos, como lo hacía Jasper en busca de esperanza, se daría cuenta de que ellos se limitaban a protegerse a ellos mismos y a aquellos a los que amaban. Una ola de calma se extendió a lo largo y a lo ancho del Gran Comedor. Pero, al igual que Bella en sus inicios, le era complicado que la influencia fuera fuerte a la vez que vasta. Pocos dejaron de temblar incontrolablemente y algún que otro alumno de primer año había comenzado a derramar algunas lágrimas.
—¡No puede hacer eso! —exclamó Ernie Macmillan desde la mesa de Hufflepuff.
—Oh, por supuesto que puedo, señor Macmillan —replicó Umbridge dulcemente—. Aunque, si no lo recuerdo mal, usted es sangre limpia. ¿Por qué se queja tanto? ¿Tiene acaso... algo que esconder?
Ernie se sentó totalmente blanco.
—De hecho... repentinamente, da la impresión de que la familia Macmillan es más grande de lo que imaginábamos, ¿cierto? —soltó una falsa risita—, ¡de hecho, parece que tiene treinta primos lejanos en Hogwarts!
Ernie hizo un ruidito ahogado y, a su lado, Hanna tiró de él para que se volviera a sentar.
Umbridge se giró de nuevo en dirección al Gran Comedor.
—La investigación —prosiguió— fue abierta hace tres meses. A lo largo del verano, hemos obtenido una larga lista de nombres. Hemos averiguado también que han sido Fred y George Weasley aquellos falsificadores que han estado trabajando en contra de la ley del ministerio. Ahora, en el Departamento de Registro de los Hijos de Muggles, tenemos memorizada la firma mágica de estas personas, así como ofrecemos mil galeones por cada uno por estos prófugos de la justicia, que escaparon de los aurores la pasada noche —un rictus de desagrado le torció la boca—. Todos los Estatus de Sangre en los cuales han intervenido los Weasley, han sido investigados, y aquí tengo los nombres de aquellos que deben irse con nosotros hoy para poder someterlos a juicio entre la última semana de noviembre y la primera de diciembre. Si sois inocentes, no tendréis nada de lo que temer —carraspeó suavemente—. Alderton Gwendoline, pasa al estrado por favor.
Una aterrorizada muchacha de cuarto año empezó a llorar. Se revolvió en cuanto un auror tocó siquiera su brazo y comenzó a decir entre sollozos entrecortados que ella no era una sangre sucia.
Jasper se acercó a ella con gesto conciliador.
—Todo saldrá bien, ya lo verás —murmuró.
La levantó con delicadeza y la condujo al estrado. Por mucho que le pesara no poder calmarla en condiciones, debía dejar que la niña llorara, que mostrara a los aurores sus lágrimas. Era un modo un tanto cruel de usar a la chica, pero resultaría mejor que acabar en Azkaban por el simple hecho de haber tenido padres muggles.
Con suerte, aquel sentimiento de culpa y remordimiento que empezaba a surgir en algunos aurores, los dejarían incapacitados cuando los Cullen, junto a los alumnos de Hogwarts, se rebelaran contra aquel acto cruel.
No le cabía duda de que Harry haría algo. Mientras tanto, él actuaría y esperaría. Y si no hacía nada, Jasper mandaría todo al infierno y él mismo se alzaría contra el Ministerio de Magia. Mientras tanto, sembraría las bases que le ayudarían a salvar a los niños.
La lista de los nombres se extendió largamente. Lisa Beaumont, Maisie, Elisabeth y Alfred Cattermole, Lucie Connor, Sarah Creeswell y muchos otros niños que Harry solo conocía de vista. También gente que conocía, con la que había compartido aula durante siete años: Terry Boot, Justin Finch-Fletchley, los hermanos Creevey...
Su estómago se cerró dolorosamente al llegar a la letra G. Mary Gibbs, Anthony Goldsmith...
—Granger Hermione.
Harry apretó los puños y Ron parecía a punto de tomar su varita y maldecir a Umbridge. Hermione, algo más digna, se levantó con cuidado, sintiendo casi dolorosamente las miradas de sus compañeros sobre su espalda.
—Esperad. Aún no ha llegado el momento —susurró, antes de ser conducida por el auror hacia el estrado.
Habían establecido un pequeño y corto plan entre los tres tras escuchar el discurso de Umbridge. Un guiño cómplice de Bella les dejó claro que ella, por su parte, no iba a hacer nada por detenerles.
Todos estaban avisados. Desde inicios de curso, todos los antiguos miembros del ED llevaban encima el galeón falso, por razones obvias de seguridad y comunicación, ahora que el abismo entre las casas era aún más profundo que antes.
Ernie Macmillan daría la alerta en la mesa de Hufflepuff y Luna lo haría en la mesa de Ravenclaw. Harry rezaba en su interior para que la gente no se echara atrás en el último momento.
Draco sintió un extraño retortijón en las entrañas en el momento en que llamaron a la sangre sucia Granger. Se preguntó qué demonios le había sentado mal aquella vez. Como buen sangre pura, tenía un estómago muy delicado, acostumbrado únicamente a los delicatessen. Habría sido alguna golosina. Seguro.
E ahí tenían la prueba de lo que Draco había afirmado desde siempre. Los sangre sucia se habían buscado aquello en el mismo momento en que aspiraron a un cargo superior al que estaban destinados. Todo él se sentía extremadamente complacido de lo que estaba ocurriendo. Por fin, el mundo mágico volvía a su cauce normal. Sonrió, apoyando la cabeza sobre una de sus níveas manos.
Tras una larga hora de llamamientos, sollozos, gritos y súplicas, Umbridge había pronunciado ya el último nombre, el de un aterrorizado muchacho que aseguraba ser un primo de los Longbottom. El mismo Ernie había sido detenido, junto a Neville, por ser ambos ''cómplices de unos peligrosos fugitivos y por ser causantes de un importante retraso en el avance del mundo mágico''. En total, más de ciento cincuenta alumnos que procedían de familias muggles. Una aterradora cifra para los mortífagos y familias sangre pura, que podían comprobar ya, matemáticamente, que casi un treinta por ciento de los magos de Gran Bretaña eran magos procedentes de familias muggles.
Umbridge cerró su horrorosa carpeta negra y se la apretó contra el pecho con una sonrisa que se suponía encantadora. Dio la orden de marcharse y los aurores que aún estaban detrás de los alumnos empezaron a retirarse lentamente hacia las puertas del Gran Comedor.
Harry levantó la mano del galeón, dispuesto a dar la señal.
Caminó como un fantasma más de Hogwarts, pese a que no había ninguno presente, detrás de los alumnos que empezaban a enfilar hacia la puerta. Algunos de ellos lucían la barbilla alta, la mirada orgullosa, el puño apretado. Otros, sollozaban y se agarraban a sus compañeros, como temiendo separarse.
Pasó entre las mesas de Ravenclaw y Slytherin. Fue entonces.
Una mirada.
Una cara.
Unos rasgos.
Un latido.
—¡CEDRIC!
El grito de Amos Diggory resonó en el techo del Gran Comedor. Se tambaleó acercándose al sorprendido Edward, que solo podía observar como el hombre lo apretaba en un fuerte abrazo. Sin embargo, se alarmó de verdad al sentir las cálidas lágrimas del hombre deslizándose por su cuello.
—¿Dónde estabas? No me podía creer que hubieras muerto, no me lo podía creer... ¿Dónde has estado todos estos años, por Merlín? ¿Cómo has podido mentirme, Cedric? —sollozaba, aún fuertemente aferrado al que creía que era su hijo muerto.
Edward intentó deshacerse del abrazo con la mayor suavidad posible, tratando de bloquear la imagen de Cedric Diggory asesinado, tumbado sobre el campo de hierba de Hogwarts.
—Señor, yo no...
Harry no podía creer su buena suerte: todos, desde Umbridge hasta los Carrow, estaban distraídos con el espectáculo que estaba dando el señor Diggory. No habría más retrasos.
Levantó el puño con el galeón en su interior y éste empezó a calentarse, difundiendo la señal en veintisiete monedas más.
Ernie y Neville se miraron, ambos resueltos y determinados, al recibir la señal. Levantaron las varitas y chispas de colores saltaron por los aires.
—¡Por el Ejército de Dumbledore!
Pronto, en diversos puntos del Gran Comedor empezó a escucharse el mismo grito de guerra, tanto de antiguos miembros del ED, como de otros alumnos, que se alzaron indignados contra el crimen que se estaba cometiendo contra sus amigos y compañeros.
Ravenclaw se lanzó a por Slytherin, concentrada en mantenerlos sentados en los bancos a punta de varita. Muchos de ellos se pusieron lívidos, como si fueran incapaces de creer lo que estaba ocurriendo. Otros, en cambio, miraron con frialdad a los que les apuntaban. No toda la casa se movilizó, pero eran suficientes para controlar a la casa Slytherin.
Hufflepuff envió una salva de encantamientos aturdidores a todos aquellos que encontraron en su camino. La lealtad de los miembros de la casa corría con más fuerza que nunca por ellos y atacaron sin piedad a los aurores antes de que estos empezaran a contraatacar.
Una batalla campal se empezaba a desarrollar en medio del Gran Comedor. Umbridge gritaba enardecida dando órdenes a los aurores hasta que un Ravenclaw le lanzó un hechizo aturdidor. Casi veinte alumnos más corrieron hacia los Carrow, sin darles tiempo a sacar las varitas. También aturdieron a los demás profesores, mientras Terry Boot, se disculpaba con ellos:
—Esto es solo entre nosotros y el Ministerio. No queremos que se vean envueltos en este asunto.
Snape había sacado la varita y estaba batiéndose con tres alumnos a la vez. Iban cayendo uno a uno y Harry se distrajo de su camino hacia los aurores. Le lanzó un Impedimenta a Snape, que estaba de espaldas. Salió volando por los aires, acentuando su parecido con un murciélago gigante y se golpeó la cabeza contra la mesa, quedando inconsciente.
Los Gryffindor se unieron a los Hufflepuff los últimos y se dividieron entre ayudar a vencer a los aurores y a ayudar a los Ravenclaw a mantener bajo control la mesa de Slytherin.
Hermione se hallaba en medio de ambos frentes. Furiosos alumnos atacaban desde un lado y los aurores se defendían y contratacaban a su vez desde el otro. La chica cogió de la mano a dos alumnos de primer año y empezó a conducirlos, junto con otros alumnos mayores, fuera del Gran Comedor. Harry y Ron se quedaron atrás, luchando contra Zabini y Parkinson. Los tres amigos compartieron una mirada antes de separarse.
Hermione se fijó por un momento, antes de salir, en la figura de un arrogante Draco Malfoy jugueteando con su varita, como aburrido, mientras conjuraba un encantamiento escudo que lo mantenía a salvo de los hechizos y las maldiciones perdidas. Se miraron a los ojos por un segundo.
—¡Seguidme! —gritó a los chicos de primer año.
Se dio la vuelta sin mirar atrás y empezó a correr por los pasillos del colegio, seguida de los demás alumnos que iban a ser detenidos por aquel ''crimen''. Subió las escaleras hasta el cuarto piso, tomó tantos atajos como pudo, y corrió hasta quedarse sin aliento. Llegaron al séptimo piso, al tapiz de Barnabás el Chiflado.
—Esperad un momento.
Comenzó a caminar por el pasillo, ida y vuelta, pensando muy concentrada en una idea: ''Queremos un sitio donde refugiarnos, donde podamos vivir durante un tiempo, que no pueda ser detectado por mortífagos, profesores o magos del ministerio. Un sitio que no permita la entrada a los traidores''.
Al caminar por tercera vez a lo largo y ancho del pasillo, se abrió por fin la puerta de la Sala de los Menesteres.
—Vamos, entrad. Aquí estaremos seguros —dijo a los chicos.
Fueron pasando uno a uno, maravillados ante la magnificencia de la sala. Sin embargo, el último de todos ellos, un muchacho de sexto, no pudo entrar.
—¿Qué ocurre aquí? —gruñó, como empujando una barrera invisible en la puerta.
Hermione se acercó a él, desconcertada. La Sala nunca le había negado la entrada a nadie.
Dio un paso afuera y otro adentro de la Sala. Necesitaba comprobar que era seguro, empezaba a escuchar los gritos y las exclamaciones de Neville guiando a otros alumnos hacia el único refugio del que disponían.
Hermione frunció el ceño. Ella podía entrar y salir sin problemas. ¿Qué sucedía con aquel muchacho?
Lo observó detenidamente por primera vez. Era un chico de Hufflepuff, el buscador de su casa, el que había sustituido a Cedric tras su muerte. Ryan Summerby, recordó que se llamaba.
¿Por qué no la Sala le negaba el paso?, se preguntó a sí misma.
Un instante después de haber formulado el pensamiento, y mientras los niños la miraban con incertidumbre, un trozo de pergamino apareció frente a sus ojos. Lo cogió al vuelo, y leyó la palabra escrita en él. Toda confusión se esfumó de un plumazo.
TRAIDOR.
Así rezaba la única palabra del pergamino. Rápida, Hermione sacó la varita y apuntó con ella a Summerby.
—¡Reducto!
Sin tiempo para reaccionar, Summerby salió despedido hacia atrás. Gimiendo sonoramente y antes de que pudiera sacar la varita, Hermione le desarmó. Atrapó la varita en el aire y conjuró unas cuerdas.
—Incárcero.
—¿Qué ocurre, Hermione? —la voz de Neville le llegó del final del pasillo, seguida del ruido de los pasos de los niños.
—Por lo visto, la sala de los menesteres es más eficiente de lo que pensábamos y detecta a los traidores —murmuró sombríamente.
—Bien —asintió Neville mientras observaba a los niños entrar. Esta vez, la sala no detuvo a nadie.
Hermione se dio la vuelta hacia Neville.
—¿Cómo van las cosas allí abajo?
—Todo marcha según lo planeado. Seamus se está asegurando de que nadie nos siga y esos de sexto que se ofrecieron voluntarios están corriendo hacia el Bosque Prohibido. Espero que puedan volver bien —expresó Neville preocupado.
—Dos de ellos sabían cómo hacer el hechizo desilusionador. Saldrá bien —dijo, tanto para convencerse a ella misma como a Neville—. ¿Qué ha ocurrido con Brandon, McCarty y los otros?
—Accedieron a dejarse hechizar por nosotros. Siguen dormidos.
Su amigo se giró hacia Summerby, que los escuchaba con los ojos bien abiertos.
—¿Qué harás con él? —le preguntó el Gryffindor.
—No nos queda más remedio que desmemorizarle y volver a llevarle al comedor. No debemos levantar sospechas.
Neville miró con los ojos bien abiertos a Hermione.
—¿Alguna vez has realizado un encantamiento desmemorizador?
—No, pero me sé bien la teoría —respiró hondo y apuntó con la varita a Summerby—. Obliviate.
La mirada del Hufflepuff pasó a ser vidriosa y Hermione levantó el primer hechizo que le había lanzado. Sin las cuerdas alrededor de sus brazos, pudo levantarse. Acto seguido, Hermione le mandó al Gran Comedor, complacida con el resultado.
—Ni Harry ni Ron se habrán metido en problemas, ¿verdad? —preguntó Hermione.
—No —dijo Neville—, han mantenido un perfil bajo, como les pedistes. Aunque no entiendo por qué. Tarde o temprano tendrán que ocultarse, como nosotros.
Miraron a los últimos muchachos entrando en la Sala Multipropósito. Hermione rezó para que todo saliera bien.
—Necesitamos hacerle ver al mundo mágico que no solo Harry, Ron o yo misma podemos luchar contra la injusticia. Para vencer en una guerra, necesitamos el apoyo de todo el mundo. Una batalla no la pelean solo los aurores: también los magos civiles deben concienciarse del hecho de que es su libertad por la que deben luchar. El nombre de Harry no saldrá en la lista de ''alborotadores'' y así nos aseguraremos de que la sociedad piense eso. Después de todo lo que ha hecho, nadie dirá que es un cobarde, ¿no?
Con una última mirada atrás, Hermione empujó a Neville al interior de la sala antes de entrar y cerrar de un portazo la gran puerta de madera.
—Malditos críos —gruñó Alecto Carrow, apretando la bolsa de hielo contra su cabeza. Madame Pomfrey se había negado a ofrecerles atención médica, alegando que había heridos más graves—, maldita loca, malditos todos.
Tras media hora en la cual prácticamente todos los hijos de muggles habían huido del Gran Comedor, finalmente los aurores habían reducido a los furiosos alumnos de Hogwarts. Todos ellos, a excepción de los heridos graves, habían sido interrogados en el Gran Comedor.
Sin embargo, Umbridge se había llevado una fuerte desilusión al recibir una lechuza de Thickneese, instándola a abandonar Hogwarts sin hacer nada. Umbridge ya había manchado lo suficiente el nombre del Ministerio por un día.
En total, ciento noventa y siete críos se habían escapado, entre los que se hallaban todos los sangresucias, varios mestizos y sangrepuras renegados. Entre ellos, los nombres que más destacaban: Neville Longbottom, Susan Bones, Ernie Macmillan, entre otros. Todos hijos, nietos y sobrinos de las familias más influyentes de la Luz. Si aquellos nombres salían a la vista del público, la gente empezaría a sospechar si de verdad las cosas estaban cambiando para bien. Si no se publicaban, las familias empezarían a reclamar el paradero de sus niños, familias cuya antigüedad y renombre bien podrían competir con los Malfoy, los Parkinson o los Nott.
Pero eso importaba poco a Alecto y a su hermano. Más les dolía el orgullo de haber sido derrotados por unos niños y el cuerpo empezaba a reaccionar en contra de su voluntad, pensando en lo que el Lord Oscuro les haría en cuanto se enterara.
Tras largas horas en el Gran Comedor, al fin habían permitido que los alumnos se marcharan, ordenándoles que volvieran a sus salas comunes.
Luna caminaba semi perdida por los pasillos, en dirección a las cocinas. Le había entrado hambre después de todo lo que había ocurrido y por lo visto aquella noche iban a tardar más en servir la cena. Tal vez podría salir de nuevo e ir a llevarle una costilla a los thestrals.
Por el camino, sin embargo, se encontró con alguien inesperado.
Carlisle Cullen estaba sentado en un escalón en medio de las escaleras que llevaban a las cocinas. Acostumbrada a que los profesores la reprendieran por deambular por los pasillos, siguió bajando como si nada hasta llegar a la altura de Carlisle. Acto seguido tomó asiento a su lado.
—¿Qué haces aquí, pequeña? ¿No deberías estar en tu sala común? —Carlisle le dirigió una sonrisa triste a Luna.
—Quería buscar comida para los thestrals —respondió Luna con sencillez—. Los nargles han infestado el bosque y creo que deben de reponer fuerzas. Mi padre ha ideado un invento que nos permitirá alejarnos de la influencia de los nargles, pero se resisten a ponérselo.
Y le enseñó el prototipo de la diadema de Ravenclaw que su padre había diseñado.
Carlisle soltó una leve risita apagada.
—¿Aún no han encontrado a Esme Platt? —preguntó Luna con pasmosa tranquilidad.
A Carlisle se le abrió la boca desmesuradamente. ¿Cómo lo sabría aquella chica? Habían dicho que Esme se encontraba enferma en la torre, y no desaparecida. ¿Cómo sabía que no estaba en el castillo?
—¿Cómo lo sabes? —inquirió Carlisle.
—Platt no está en la enfermería —explicó Luna— y tampoco he visto que entréis y salgáis muy a menudo de vuestra torre. De hecho, a menudo queda vacía y no creo que, en caso de que hubiera enfermado de verdad, la hubierais dejado sola.
Carlisle solo la miró con asombro, sin decir nada. Entonces, Luna soltó la bomba:
—Además, los vampiros no enferman, ¿no?
Ya era oficial. Aquella muchacha era vidente, o practicaba Legeremancia o... algo. Carlisle controló el impulso de echarse hacia atrás con dramatismo, pero no pudo evitar abrir los ojos tanto como pudo.
—No es tan extraño. Mi padre hizo un estudio de los vampiros diamantinos hará un par de años. Lo supe en cuanto os vi. Os alimentáis de sangre animal, ¿cierto? ¿Sois de Alaska o de Washington?
Esta vez, Carlisle se puso en pie de un salto mientras Luna le miraba sonriente. La miró con la incredulidad plasmada en la cara. Algo le dijo que sería inútil negarlo... y la chica parecía de fiar.
—De Washington —contestó con un hilo de voz.
—Los demás magos no suelen creer a mi padre —sonrió Luna— y es una pena que nunca vaya a poder demostrar este descubrimiento, porque los Vulturis se encargarían de vosotros o convertirían a mi padre, ¿cierto?
Carlisle asintió, aún estupefacto e incapaz de reaccionar. Había olvidado por un momento que Esme estaba desaparecida.
—Supongo que mi padre no apreciaría la idea de ser inmortal. Echa demasiado de menos a mi madre para eso. Bueno, creo que iré a buscar la comida para los thestrals.
Luna se levantó y siguió su camino, mientras Carlisle la seguía con la mirada. Entonces recordó que no le había preguntado por qué les había llamado vampiros ''diamantinos''.
Ya había pasado un día desde que casi doscientos alumnos habían desaparecido misteriosamente de los terrenos de Hogwarts y el caos había estallado en el mundo mágico.
Esta vez, el Ministerio no había podido evitar que El Quisquilloso publicara una esquela acerca de la verdadera razón de la súbita desaparición de los niños, contando la rebelión de primera mano de algunos de los alumnos, que habían declarado anónimamente. El Profeta había publicado un número adicional aquella mañana para ''desmentir las patéticas y absurdas calumnias que El Quisquilloso, un periódico sin renombre, había estado difamando''.
Pero la gente ya no confiaba en El Profeta.
Cientos de padres y madres muggles se agolpaban cada mañana en la entrada de turistas del Ministerio, exigiendo saber dónde se hallaban sus hijos. El ministro Thickneese había tenido que luchar contra la prensa y la opinión pública, que pedía a gritos que encontraran a los niños... ya fuera para encerrarlos o dejarlos en libertad.
El despacho de Snape se había llenado de cartas y vociferadores furiosos que amenazaban con cerrar el colegio si no se encontraban a los pequeños. Muchos de los alumnos se retorcían interiormente de satisfacción al pasar cerca del despacho del director y escuchar las atronadores voces que se escuchaban del interior día y noche.
Pero mientras tanto, se restableció la rutina en Hogwarts.
El castillo parecía inusualmente vacío ahora que faltaban casi doscientos alumnos. Muchos de ellos caminaban ahora solos por los pasillos, apresurándose para ir a clases, al Gran Comedor o volver a la Sala Común. Incluso los Slytherin estaban más callados y tranquilos de lo usual, la atmósfera deprimente del castillo parecía haberles afectado también a ellos.
Era de conocimiento público que muchos de los que habían participado en la refriega del día anterior habían pasado por el despacho de los Carrow. Sin embargo, no parecían tener pruebas para acusar a Ron o a Harry de nada, de lo cual se alegraban internamente. Aún necesitaban a Harry, tanto por ser el Elegido, como por ser el símbolo de la rebelión contra Voldemort.
Mientras tanto, la vida escolar en Hogwarts seguía, pese a que los profesores no parecían querer seguir dando clase. Muchos de ellos le daban cestas de comida reducidas a los alumnos que sabían que habían participado el día anterior en la pelea. Lo hacían porque, si de algo estaban seguros tanto los mortífagos como los miembros de la Orden, es que los alumnos no habían podido dejar Hogwarts. No estaban seguros fuera de la escuela, pero, irónicamente, tampoco dentro.
Los profesores parecían haberse puesto de acuerdo para no dar clase aquel día. Los ponían a terminar ejercicios o repasaban aquellas cosas tan básicas que hasta los niños de primero se quedaban abstraídos pensando en sus cosas.
Los Cullen habían salido bastante bien del embrollo, con una simple amonestación por dejarse atacar por los alumnos. Por supuesto, ninguno de ellos confesó que no habían caído desmayados, sino que simplemente se habían hecho los dormidos. Estaban eufóricos por el éxito de la misión de los chicos, que había puesto a salvo, por el momento, a los nacidos de muggles.
Nessie, al igual que el resto de su familia, había retomado su vida diaria.
Aquella mañana, había ido a la enfermería, donde madame Poppy la había recibido con una apatía que era del todo inusual en ella. La había mandado a hacer unas cuantas pociones para el resfriado común a la clase de Slughorn.
Llevaba ya unos días un poco pálida y ligeramente mareada. Lo achacó a los vapores de la poción, que subían como blancas espirales que se extendían hacia el techo de la mazmorra. El profesor Slughorn solía dejar que hiciera sus pociones en sus clases, para que pudiera vigilarla y que, a la vez, sirviera de ejemplo para sus estudiantes.
Nessie tomó un pañuelo de la mesa mientras dejaba que la poción reposara. Debía ser mantenida a un fuego lento durante veinte minutos para que la poción resultara satisfactoria, así que la semi-vampiresa se permitió un leve descanso.
Se asustó al ver que por un momento la vista se le nublaba y su mente daba una voltereta hacia atrás, dejándola mareada y un poco tambaleante.
A sus oídos llegó la voz de Slughorn.
—¿Se encuentra bien, señorita Masen?
—S-sí, perfectamente.
—¿Seguro? La veo un poco pálida.
—Será que he respirado demasiado los vapores de la poción. No se preocupe, profesor.
A decir verdad, Nessie estaba teniendo las semanas más estresantes y tristes de su vida. Estaba su nueva responsabilidad como ayudante de Poppy en la enfermería, la desaparición de Esme, el ambiente de la guerra, las muertes, las desapariciones... la destrucción del único hogar que había tenido... Todo ello empezaba a pasarle factura.
En consecuencia, había adelgazado varios kilos, al punto de que su familia entera empezaba a mirarla con preocupación, y por las noches le costaba conciliar el sueño.
Pero ni toda su preocupación pudo evitar que los susurros de una conversación llegaran a sus oídos. Eran Harry y Ron.
—¿Crees que estarán bien? ¿La sala podrá darles comida? —aquel era Ron, siempre tan pendiente de las comidas.
—Supongo. Y si no, ya se le ocurrirá algo a Hermione para que puedan comer.
A Nessie le costó un poco comprender que hablaban del sitio donde se habían ocultado los alumnos fugados. Mientras, Harry había continuado hablando y la conversación se desvió hacia un tema que no entendía.
—... ¿Dónde crees entonces que puede estar la diadema de Ravenclaw?
—Ya la buscamos en la Cámara de los Secretos, y seguimos sin saber dónde puede estar.
¿Cámara de los Secretos? ¿Diadema de Ravenclaw? ¿De qué demonios estaban hablando?
—Resulta un poco extraño que no nos siguieran ni Alice ni Esme, ¿verdad? ¿En verdad nos oculta tan bien la capa?
—Bueno, hombre. Salimos a las tres de la madrugada, a lo mejor estaban dormidas.
El corazón de Nessie empezó a latir aún más deprisa de lo habitual. ¿Estaba oyendo bien?
De repente, se detuvo el distraído rasgueo de la pluma de Harry contra el pergamino y esta cayó como un soplo de viento sobre la mesa.
—No —negó lentamente—, no, los vampiros como ellos no duermen nunca, me lo dijeron ellos —Ron hizo el amago de interrumpirle, a lo que Harry le silenció levantando la mano—. Y resulta un poco extraño que no nos siguieran. Ron, ¿y si lo hicieron? ¿Y si Esme, aquella noche, nos siguió a la Cámara de los Secretos? Encaja, ¡todo encaja! —susurró Harry en un siseo conmocionado—. ¡Esme lleva desaparecida desde entonces, desapareció la noche en que nosotros fuimos a investigar a la Cámara de los Secretos! ¡Esme debe estar encerrada en la Cámara de los Secretos!
Ya había escuchado suficiente. Como una autómata, le pidió al profesor Slughorn que, por favor, cuidara de sus pociones un momento. Sin escuchar la respuesta del hombre, salió corriendo del aula, con la túnica verde y blanca de aprendiz de sanador ondeando detrás de ella.
Algunos de los alumnos de sexto año que tenían la hora libre se giraron al verla corriendo por los pasillos, subiendo como loca las escaleras hasta llegar a la torre contigua de Ravenclaw y Gryffindor.
—Varitas de regaliz, varitas de regaliz —jadeó ante el cuadro de Dumbledore.
El mago del cuadro le sonrió con delicadeza antes de apartarse y dejar que Nessie irrumpiera en la torre como un vendaval. Halló a Jacob apaciblemente dormido en el suelo delante de la chimenea y a Alice mirándola con preocupación.
—¿Ocurre algo, cariño?
—Yo, yo... —volvió a jadear en busca de aire.
Jacob se desperezó al escuchar la voz de Nessie, se estiró y quedó sentado mientras Alice conducía a Nessie al sofá y la sentaba allí.
—¿Qué pasa? —preguntó adormilado.
Sin embargo, se despertó enseguida al escuchar lo que la muchacha estaba contando. Nessie les desgranó toda la conversación, palabra por palabra.
—Esto es muy serio, Nessie. ¿Estás segura de lo que oíste?
—Completamente segura.
La mente de los adultos también funcionaba a toda prisa, y Jacob tomó la decisión entonces de que habrían de revisar los baúles de los muchachos. Alice, en cambio, recibió una visión en la que encontraban a Esme debajo de los lavabos de uno de los cuartos de baño. La vampiresa parecía ilesa y, en su visión, se abrazaba con ímpetu a Carlisle.
Se pusieron en pie inmediatamente. Jacob fue corriendo a buscar a Carlisle, a quien la noticia haría inmensamente feliz. Alice, en cambio, se dirigió a las mazmorras.
Nessie, sin embargo, tenía la importantísima misión (nótese la ironía de la joven) de tomarse una tila, tranquilizarse y comunicar la buena nueva a los miembros de la familia que fueran llegando a la torre. Estaba totalmente desencantada con la tarea que se le había asignado, pero la habían obligado a permanecer allí. Según ellos, no debían llamar la atención, ahora menos que nunca, estando como estaba Hogwarts bajo la atención de la prensa.
Un fuerte dolor de cabeza empezaba a presionarle en las sienes a la semi-vampiresa, pero se negaba en rotundo a tomarse la tila. Estaba demasiado preocupada y, meditabunda, empezó a mordisquearse las uñas, esperando noticias de su abuela.
Tal vez, solo tal vez, debería echarse una siestecita...
Cuando Alice llegó agitada a paso humano a las mazmorras del colegio, Harry y Ron estaban a punto de subir las escaleras. Parecían igual o más preocupados incluso que Alice. Se detuvieron en seco en medio de las escaleras al ver a la vampiresa bajando por ellas en dirección a ellos.
Cuando llegó a su altura, un escalón más arriba, Alice los fulminó con una mirada fría y calculadora.
—Creo que nos debéis una explicación —tomó aire para tranquilizarse y añadió—: ¿dónde diantres está Esme?
Harry y Ron le explican que se habían escapado aquella noche cubiertos con una capa mágica que los ocultaría de la vista de todos, pese a que no contaron con que también lo haría en el olor. No desvelaron por qué habían ido a ese lugar, pero tampoco Alice se lo preguntó: intuía que no se lo dirían por mucho que insistiera. Alice los exhortó a subir hacia su sala común, para comprobar primero si el olor de la capa era el mismo que habían percibido la noche de la desaparición de Esme. Mientras subían, se encontraron con Jacob y Carlisle.
El vampiro rubio tenía una mueca de furia y desagrado que Alice no había visto nunca plasmada en la cara de su padre. Al llegar a donde estaban ellos, se acercó en dos zancadas hacia donde estaban los muchachos.
—¿Dónde está Esme? —siseó con enfado.
Harry y Ron se miraron entre sí y después al hall lleno de estudiantes.
—¿Cómo no os disteis cuenta de que os seguían? —continuó Carlisle murmurando entre dientes.
—Ya es suficiente, Carlisle —murmuró Alice—. No ha sido culpa suya. Desgraciadamente somos demasiado infalibles.
El patriarca de los Cullen tenía los ojos negros de sed y furia. A Harry le dio la impresión de que era perfectamente capaz de atacarlos en medio del pasillo si creía que así sería capaz de traer de vuelta a su esposa.
Ron, a su lado, se hizo una nota mental a sí mismo: no desatar nunca la ira de ningún vampiro inmortal.
Continuaron su camino hacia la torre de Gryffindor. Ahora los seguían detrás tres miembros de la familia Cullen. Aquello atrajo demasiadas miradas indiscretas para el gusto de Harry y Alice, de modo que la vampiresa mandó a Jacob de vuelta a su propia torre. Se fue tras dirigir una intensa mirada a Alice, que le pedía que se enterara de todo lo que pudiera para contárselo en cuanto volvieran, a ser posible, con Esme junto a ellos.
Llegaron a la torre y la Dama Gorda, al igual que todos los retratos con los que se habían ido encontrando, se les quedó mirando con cara de curiosidad y pasmo.
—Ojos de escarabajo.
—Correcto —y el retrato se apartó para dejarles pasar al interior.
Afortunadamente, no había demasiados alumnos en la torre: casi todo el mundo estaba dirigiéndose a su próxima clase, tal y como deberían de hacer Harry y Ron. Pero su siguiente clase era con McGonagall, que comprendería lo que había ocurrido.
Carlisle, sin embargo, bufaba con cada retraso y los instaba a darse prisa en subir deprisa las escaleras que llevaban a su habitación.
Al fin llegaron y Harry rebuscó en su baúl hasta encontrar la capa. La sacó y, a petición de Alice, se cubrió con ella para que comprobara que desaparecía bajo la capa.
Pero en el mismo instante en que se cubrió con ella, el pestilente olor llenó las fosas nasales de Alice y Carlisle.
—Oh, Dios mío... Sí, este fue el olor de aquella noche.
—¿Qué olor? —inquirió Ron, curioso—. Yo no huelo a nada.
Harry se quitó la capa y el olor, misteriosamente, se desvaneció.
—Vaya —exclamó Alice—. Por lo visto te oculta de la vista de los humanos, pero también cubre tu olor a los seres tan sensibles a los olores como nosotros.
Harry miró estupefacto la capa que se hallaba en sus manos. Nunca había pensado que fuera tan útil. Siempre le había servido fielmente, pero jamás imaginó que los poderes de la capa llegaran a tanto. Hermione alucinaría cuando se lo contara.
—Bueno, si ya hemos comprobado que ese es el olor, ¿podemos ir ya a buscar a Esme, por favor? —la voz de Carlisle, brusca como nunca imaginó que pudiera ser la voz del hombre, le devolvió a la realidad.
Harry volvió a doblar la capa, la metió en el baúl y salió a los pasillos de Hogwarts con Alice y Carlisle pegados a sus talones y a los de Ron.
Bajaron por una serie de atajos que Harry conocía, por dos razones: primero, no quería encontrarse con nadie en el camino, especialmente con la cara de furia que lucía Carlisle en ese preciso instante. Segundo, quería sacar a Esme de la Cámara cuanto antes. Durante el poco tiempo que había llegado a conocerla, había llegado a la conclusión de que era una mujer un tanto sensible, que no soportaría bien las presiones ni el estrés.
El baño de Myrtle estaba tan empapado como siempre. Ignoraron el cartel de ''AVERIADO'' y pasaron al interior. Los sollozos y gimoteos de Myrtle les recibieron, como siempre.
—¿Dónde está Esme? —demandó Carlisle de nuevo, sorprendiendo a Alice de lo odioso que podía ser su padre adoptivo cuando se ponía realmente furioso.
Harry se agachó frente al lavabo que tenía la serpiente grabada y, como hizo cinco años atrás, la trazó con la punta de sus dedos. Imaginó que se trataba de una serpiente viva, que se ondeaba como una, y emitió un fuerte siseo.
—Ábrete.
El lavabo, como si hubiera oído la orden, empezó a apartarse.
Esme, que se hallaba aún intentando apartar la piedra, sin percatarse de que habían llegado a rescatarla, se sorprendió al notar que sus dedos, finalmente, habían dejado de tocar aquella barrera invisible y que contactaban con la piedra. Se sobresaltó aún más al darse cuenta que la piedra empezaba a desplazarse sola hacia un lado.
Con que aquel que había bajado a ese lugar horrible había vuelto... Esme se preparó para lo peor, consciente de que podía ser cualquier persona: desde un alumno partidario de Voldemort a un mortífago, o los Carrow en persona.
Pero lo que no se imaginó fue encontrarse cara a cara con Carlisle en cuanto la piedra se apartó, y que éste la alzara en sus brazos y la estrechara con fuerza entre ellos.
A punto de sollozar de una alegría inusitada, solo atinó a devolverle el abrazo, sin percatarse de la presencia de tres personas más en aquel desastrado baño.
La alegría recorrió a toda la familia cuando volvieron a la torre y se dieron cuenta de que Esme acompañaba a Carlisle. Los abrazos y los besos se sucedieron unos tras otros y se sentaron juntos, por primera vez en varios meses, a disfrutar de la compañía de toda la familia, hablando y riendo. Incluso Rosalie, habitualmente mucho más retraída y reservada, participaba abiertamente. Nadie le preguntó nada a Esme: Nessie ya les había explicado por encima todo lo sucedido y ya habría tiempo, más tarde, para profundizar en lo ocurrido e interrogar a Harry y Ron, en ausencia de Hermione, para averiguar lo que querían en aquel lugar oscuro y sombrío.
Mientras la familia celebraba la vuelta de Esme, Harry y Ron habían sido citados en el despacho de McGonagall para explicar lo ocurrido.
La antigua subdirectora de Hogwarts había tenido la esperanza de poder sonsacarles algo de la misión que les había encargado Dumbledore, pero obtuvo lo mismo que venía recibiendo desde hacía más de medio año: nada.
No fueron castigados, ni tan siquiera amonestados. Harry creía que era porque McGonagall quería que confiaran en ella.
Tras hablar con la profesora, habían ido corriendo a la sala de los menesteres.
Les asombró lo que Hermione, Neville y Ernie habían conseguido en tan solo un día: la gigantesca sala estaba dividida en dos secciones (chicos y chicas) y en el centro una especie de salón con varios sillones, una chimenea y mesas. La sala les había provisto de cuartos de baño, hamacas y libros, así como pergamino y tinta. No había mucho que hacer allí, pero Hermione se las había arreglado para que los alumnos de séptimo año les dieran clases a los más pequeños en lo relativo a la defensa personal y al duelo. Lo necesitarían.
Los libros, el pergamino y la tinta servía de entretenimiento a los Ravenclaws que había en la sala, así como a los alumnos que sabían dibujar y que se entretenían con ello. Estaban perfectamente provistos de todo lo necesario para vivir allí, como si estuvieran asediados, durante el tiempo que fuera necesario.
Pero faltaba lo más importante: comida.
Aquella misma mañana habían solucionado el asunto del agua, ya que la Ley de Gamp no incluía al agua y la sala era capaz de proveérsela. Pero sí incluía otras cosas que eran muy necesarias para ellos, entre ellos la comida y las sustancias con propiedades mágicas, tan necesarias para las pociones que quería hacer Hermione.
Algunos de los partidarios de los hijo de muggles les habían dado las cestas de comida que los profesores les habían estado dando a lo largo de la mañana, y tras multiplicarlo, habían tenido comida suficiente para todos. Pero quienes realizaron el hechizo no eran expertos, y la comida que ellos multiplicaron resultó ser insípida y totalmente incomible: habían logrado envenenar la comida con su hechizo. Hermione se dio cuenta entonces de que la multiplicación de la comida también tenía un límite, en este caso, siete veces. Solo siete veces permitía el hechizo que la comida fuera multiplicada. Y Hermione solo se encargó de dos de las ocho cestas. El resultado fue que tuvieron que racionar la comida en raciones tan pequeñas que no sirvieron ni para engañar al hambre, además de que algunos de los mayores le habían pasado su parte a sus hermanos pequeños o a algún otro cuyo estómago rugía de hambre.
La comida era un factor importante a tener en cuenta, y Neville sospechaba que los Carrow debían saberlo. Por eso se mostraban tan tranquilos, como se los habían descrito Hanna, Lavender y Parvati. Hermione, desgraciadamente, tuvo que admitir que era una opción muy probable: estaban esperando a que el hambre los volviera temerarios para capturarlos de nuevo.
Lo único que la sala les pudo proporcionar fue un pasadizo que llevaba cada vez a un lugar distinto. La abrieron y la cerraron varias veces seguidas hasta que dio a un pasillo desierto cerca de las cocinas.
Corrieron a ellas y sacaron toda la comida que podían llevar. Trataron de pedirle ayuda a Dobby para que les llevara la comida diariamente, pero el elfo se negó. No era por gusto, sino porque todos los elfos de Hogwarts estaban atados a un contrato mágico con el director de la escuela. Y el director, en la actualidad, era Snape. Si éste alguna vez llegaba a interrogarlos, los elfos no tendrían más remedio que decir la verdad, así como confesarles su visita a las cocinas aquel día.
—... así que la de hoy ha sido nuestra primera y última incursión a las cocinas —finalizó Hermione.
Harry y Ron habían escuchado atentamente de los labios de su amiga cómo funcionaba la sala y las dificultades que tenían.
—¿Crees que podría mandaros a Kreacher? —inquirió Harry—. No es un elfo de Hogwarts, y de existir ese contrato, solo podría responder ante mí.
Pero Hermione negó con la cabeza.
—Me temo que no sería posible. Las protecciones se han reforzado a tal punto que identifican las entradas y las salidas de los elfos también. Me lo comentó la profesora McGonagall. La paradoja de todo este asunto, es que esas renovaciones se hicieron antes de que Snape ascendiera a director, con el fin de proteger a los alumnos, pero han terminado haciéndonos más daño que bien.
—¿Y si usárais alguno de los pasadizos que llevan a Hogsmeade para contactar con Kreacher? —propuso Ron.
—Entonces lo mismo daría que fuéramos a las cocinas, Ron. Los cuatro pasadizos disponibles desembocan en Honeyduckes, en la Casa de los Gritos, en Las Tres Escobas y en el jardín trasero de Madame Pudipié. El único lugar totalmente seguro es la Casa de los Gritos, y para acceder a la casa debemos atravesar los terrenos del colegio, inmovilizar el sauce boxeador y asegurarnos de que no hay nadie vigilando el pasadizo previamente. No olvidéis que Snape también conoce esa entrada.
—Está bien, está bien —replicó Ron malhumorado—, ya lo he pillado.
De repente, Harry pareció caer en la cuenta de lo que habían ido a hacer allí.
—Oye, hablando de pasadizos secretos...
Junto a Ron, Harry relató a su mejor amiga lo que había ocurrido con Esme y la Cámara de los Secretos.
—¡Os lo...!
Ron la cortó con un gesto.
—Por lo que más quieras, Hermione, no digas ''os lo dije''.
La aludida apretó los labios con molestia.
—Entonces, lo que oí aquella noche...
—Probablemente era Esme gritando por ayuda —completó Harry.
La muchacha se cruzó de brazos y dirigió una altiva mirada a Ron, que le devolvió otra un tanto molesta. No tardó en fruncir el ceño con preocupación.
—Sin embargo, ahora me preocupa lo que pueda pasar con ellos. Querrán saber a dónde hemos ido, por qué, para qué.
—Pues a mí me parecía que estaban muy felices de haberla encontrado y que no iban a acordarse de nosotros.
—No sé, Ron —dijo Harry negando con la cabeza—, a mí me parece que algo así es difícil de olvidar.
—Tendremos que estar preparados —murmuró Hermione.
Los tres se quedaron en silencio por un momento, sin saber que eran observados por los ocupantes de la sala, que ansiaban saber de qué estaban hablando los tres amigos.
—¿Qué haremos ahora con la búsqueda de los Horrocruxes? —murmuró Ron—. Harry y yo seguiremos buscándolos en la biblioteca, pero será difícil.
Llevaban meses con una rutina establecida. Los tres entraban en la sala común a la vista de todo el mundo. Después, dos de ellos salían bajo la capa invisible de Harry para ir a investigar a la biblioteca, aprovechando la salida o entrada de alguno de los otros ocupantes de la torre, dejando a uno de los tres en la sala común, cubriendo a los otros dos.
Aquella medida había surgido en cuanto los Carrow habían hecho un insidioso comentario acerca de sus frecuentes visitas a la biblioteca. Ya no estaba de más estar un poco paranoicos.
—No será para tanto —intentó tranquilizarlos Hermione.
—Claro que lo será —suspiró Harry—. Nosotros no tenemos tu inteligencia, Hermione, y nadie se sabe Historia de Hogwarts como tú.
La chica se hizo la ofendida haciendo una mueca.
—¿Así que solo valgo eso para vosotros? ¿Solo queréis mi cerebro?
Ambos jóvenes saltaron alarmados.
—¡Claro que no!
—¡Nos importas más que eso!
—Eres nuestra mejor amiga.
—Y lo serás siempre.
Se cortaron en seco las alabanzas al escuchar las risitas de Hermione, tan atípicas en ella.
Aquel había sido un momento extraño.
Pero ella no se había quedado tranquila. Sus amigos no eran un verdadero desastre sin ella, pero reconocía que era necesaria la cooperación de los tres. Cada uno de ellos aportaba algo al grupo que era indispensable para todos, aparte de la obvia amistad que los unía.
Ya había pasado una semana desde que habían escapado. Seguían reuniéndose de tanto en tanto, y ella había vuelto a retomar la costumbre de pedirle la capa a Harry para poder salir de noche. Investigaba en la Sección Prohibida, como hacía antaño. Sospechaba que madame Pince sabía que era ella la que iba a la biblioteca por la noche. La bibliotecaria nunca había sido descuidada con el lugar al que la habían destinado, pero en los tres últimos días, Hermione siempre se encontraba el candado de la Sección Prohibida abierto.
Ella investigaba de noche, pero Ron y Harry también hacían lo que podían. Habían decidido dar una batida por el Bosque Prohibido, al menos en sus lindes, para ver si había la más remota posibilidad siquiera de que Ryddle hubiera escondido algo allí en sus tiempos de estudiante. Pese a todo, Ron había accedido con la condición de no acercarse a las acromántulas, con lo que Harry había estado de acuerdo.
El tema de la comida había quedado resuelto cuando, tras hacerle una petición más específica a la sala, ésta les había proporcionado un pasadizo que conducía a Cabeza de Puerco. Descubrieron que el agrio camarero era en realidad Aberforth Dumbledore, el hermano del antiguo director, y él accedió a suministrarles la comida.
Hermione y algunos ravenclaws querían conseguir algunos ingredientes para hacer pociones. Serían pociones muy simples, contra el resfriado, poción para dormir sin sueños y poción de apoyo vitamínico. Pero no había sitio de donde sacar las sustancias con propiedades mágicas, así que algunos alumnos habían acariciado la posibilidad de forzar el armario de Slughorn, pero habían desechado la idea: estaban seguros de que el armario privado del profesor estaba tan o incluso más protegido que el de Snape. Para más inri, el despacho del jefe de Slytherin estaba demasiado cerca de la sala común de las serpientes.
Durante aquellos días de inactividad, Hannah les había proporcionado una radio mágica, para mantenerlos al tanto de lo que ocurría en la comunidad mágica. A Neville, en cambio, le había llegado una carta de su abuela (había mandado una misiva en clave a Augusta desde Cabeza de Puerco), donde le informaba de una frecuencia que informaban de asuntos de la Orden y que contaban la verdad de los hechos. Así, los fugitivos de Hogwarts, como empezaba a llamarlos la prensa, descubrieron Pottervigilancia. La cuestión era dar la clave adecuada en el momento adecuado.
Mientras, el resto del alumnado del castillo había empezado a trazar extrañas teorías acerca de dónde podían haberse escondido los niños. Había quien creía que habían bajado a la Cámara de los Secretos, hechizados por un antiguo sortilegio de Salazar Slytherin que los había atraído a ese lugar para matarlos. Otros pensaban que vivían en el poblado de las sirenas del lago, sobreviviendo a base de cascos burbuja. Muchos barajaban distintas posibilidades como el Bosque Prohibido, un sótano secreto debajo del vestuario de los jugadores de quidditch o un pasadizo secreto lo suficientemente grande como para acogerlos a todos en él.
Solo en una cosa coincidían absolutamente todos, tanto alumnos, como profesores y periodistas: los niños no pudieron llegar a Hogsmeade porque los aurores que estaban apostados en el pueblo, en la estación de tren y en las puertas del colegio no los vieron salir. Y los muros estaban encantados de modo que no se podía entrar en el lugar, como tampoco acceder al exterior.
Los Carrow habían perdido ya completamente la calma. Durante tres días fueron capaces de eludir a su señor. Después, tuvieron que ir a rendirle cuentas. Volvieron con los ojos totalmente desenfocados y aún temblorosos. Desde entonces, se habían dedicado a hacer sus clases aún más duras si cabe y a torturar a cuantos niños se le pusieran delante. La presencia de Edward y Jasper en sus clases se había declarado no necesaria tras el incidente en el que se dejaron hechizar por los niños. Habían intentado que fueran expulsados definitivamente de Hogwarts, pero por suerte los profesores habían sido capaces de abogar por ellos para que pudieran seguir viviendo en el castillo.
A todos ellos les dolían ver a los adolescentes saliendo del despacho de los Carrow cojeando, temblando o sangrando. En casos como este último, solían evitar respirar y llevaban de inmediato al chico o chica a la enfermería. Eran interrogatorios para saber si los alumnos sabían algo de los delincuentes, pero no sacaban nada en claro.
Pese a todo, aún estaban los horrocruxes, y ninguno de los tres amigos, mucho menos Harry, podía dejar pasar el asunto. La búsqueda continuaba, tambaleante y a trompicones, pero continuaba. Eso era lo importante. Era desesperante saber que el horrocrux debía hallarse en algún lugar de Hogwarts, y aún así no encontrarlo.
Hermione se dirigió con paso seguro a una de las estanterías, donde había dejado una biografía de Salazar Slytherin. Esperaba que al repasar la vida del fundador, alguna luz se encendiera en su mente.
Retomó la lectura tras dejar su varita a su lado después de encender un candelabro de la biblioteca. No le convenía que la luz atrajera a lo que fuera que estuviera fuera, corriendo y vigilando el castillo. Algunas noches había llegado a escuchar el chasquido de las uñas chocando contra el suelo, el barrido de una larga cola y el sonido de las almohadillas de las patas de aquel ser contactando con el mármol de los pasillos.
Sospechaba que aquella criatura era Jacob, en su forma de lobo, pero no tenía forma de comprobarlo. Además, el muchacho no podía renunciar a más de cuatro horas de sueño, ¿verdad? Ella no le había visto mala cara en los últimos tiempos.
De repente, el sonido de una de las estanterías arrastrándose por el suelo la sobresaltó y provocó que le diera un golpe al candelabro, que cayó bruscamente al suelo.
El ruido del metal cayendo al suelo resonó en la biblioteca y Hermione estuvo segura de que había despertado a medio castillo. Una maldición ahogada se dejó escuchar desde el pasadizo.
—¡Lumos!
La luz la deslumbró y se cubrió los ojos con una mano. Desde el otro lado de la varita, Malfoy la miró con sorpresa, antes de enmascararlo con una fría indiferencia.
—¿Granger? ¿Por qué no me sorprende? Ni siquiera siendo una criminal puede alejarse de su adorada biblioteca.
—¿Malfoy?
—El mismo que viste y calza. ¿Qué haces aquí, sangre sucia? ¿Acaso sigues buscando una manera de hacer inmortal a Potty?
La mirada sorprendida de Hermione hizo que esbozara una media sonrisa.
—¿De verdad creíste que podías desmemorizarme tan fácilmente, Granger? Mi tía Bellatrix puede que esté loca, pero es toda una experta en Oclumancia.
Sí, Hermione recordaba muy bien que aquella rama de la magia protegía la mente de cualquier ataque. Cualquiera.
Estiró la mano hacia su varita, y la agarró firmemente. Miró con sospecha a Malfoy, que aún jugueteaba con la suya, sin hacerle demasiado caso.
Draco estaba indeciso. No quería admitir que aquella noche había ido a la biblioteca porque había tenido el presentimiento de que lo que buscaba se encontraría allí. Pese a todo, quizás pudiera sacar provecho de la situación.
La voz de la bruja le sacó de su ensimismamiento.
—¿Qué quieres, Malfoy?
—¿Cómo dices, sangre sucia?
—No puedo creer que no vayas a hacer uso de esa información. Las serpientes rastreras se comportan así. ¿Qué quieres a cambio de no decírselo a nadie? —Hermione se había resignado a que no podía desmemorizarle ni chantajearle o coaccionarle para que no dijera nada a nadie. Le dolía haber tenido que llegar a esto, pero tendría que negociar con el slytherin. Cualquier cosa excepto poner en peligro la misión de Harry.
Malfoy sonrió astutamente. No había creído que su oportunidad llegaría tan pronto.
—¿Qué me dices de... contármelo todo?
Rosalie abrió los ojos como platos desde su posición encima de la estantería movible. Había vuelto a seguir a la pequeña serpiente escurridiza después de una semana de inactividad por su parte, y se encontraba con aquello.
Por lo visto, no iba a ser la pérdida de tiempo que imaginó que sería.
—Me parece que me subestimas, si de verdad crees que voy a contártelo, maldito hurón.
Las mejillas pálidas de Malfoy enrojecieron de ira.
—Yo no te subestimo, Granger. De hecho, te sobrestimo demasiado, ¿no crees? Yo creía que, con esa fama de comelibros que te traes, harías algo más por impedirme seguir investigando antes de que llegue al centro de todo este asunto.
—¿Cómo dices? —le espetó Hermione furiosa.
—La mente de los gryffindors es tan, pero tan cerrada... Eres tan obvia en tu forma de meter las narices, Granger, que hasta esa Pince se ha dado cuenta de que estás buscando algo. ¿No te das cuenta de que aquí hay muchos más libros sobre objetos oscuros de los que había antes?
No, no podía negar que se había dado cuenta. Tomos antiguos y polvorientos habían empezado a aparecer cuando empezaron la búsqueda en la biblioteca, sin que nada indicara que habían estado allí siempre.
Una pequeña luz se hizo en la mente de Hermione.
—Qué decepción has de ser para tu padre, Malfoy —dijo, con toda la frialdad que era capaz de reunir en ese preciso instante—, siguiendo los movimientos de una sangre sucia, espiándola, averiguando qué hace e incluso cuándo hace el más mínimo gesto. ¿Cómo se tomaría Lucius Malfoy esta afrenta de parte de su propio hijo?
La expresión en los ojos de Draco se había vuelto tan fría como el hielo, y Hermione se dio cuenta de que había excedido el límite con aquel comentario.
—No te atrevas a meterte con mi padre, asquerosa sangre sucia. ¿Qué me dirás de ti entonces? Siempre escondida detrás de Potty y Weasel, careciendo de vida propia. Eres la sombra de alguien más, no te atreves a ser tú misma. ¿Y dicen que los gryffindors son valientes? Yo diría lo contrario, ¿no crees? Dependes tanto de tus amigos que ya has renunciado completamente a ser independiente, o incluso libre.
Hermione dio un paso atrás por acto reflejo, dolida. No reconocería jamás que Malfoy había tocado una fibra sensible, una que ella había procurado evitar.
—Sientes que nadie te aceptaría como la comelibros que eres y te aferras a los únicos amigos que has tenido en toda tu miserable vida. ¿Y alguien como tú viene a juzgarme? Oh, no. No lo pienso permitir, Granger.
Malfoy sabía que había ganado aquella batalla, pero por alguna razón no se sentía orgulloso de la tristeza que veía en los cálidos ojos de la sangre sucia.
Y tampoco se sentía bien con el tono amargo de lo que dijo después.
—Quizás yo viva del cariño de mis amigos, pero tú vives de tus sueños infantiles. ¿Crees que no nos hemos dado cuenta? Ser mortífago no es tan gratificante como creías que sería, ¿cierto? No se han cumplido tus propias expectativas, pero temes decepcionar a tu padre. No se han hecho realidad tus sueños, pero, ahora mismo, tu vida solo sirve para hacer realidad los sueños de otro.
Malfoy la miró con indiferencia. Sentía que no valía la pena seguir insultándola, pues ella ya estaba lo bastante herida sin necesidad de que aportara nada más. Se negó a pensar en lo que Granger le había dicho. ¿Qué sabría ella de su vida? Un pequeño detalle de lo que la bruja había dicho llamó su atención.
—¿Hemos? ¿Con quién has hablado de esto, Granger? ¿Con tus ''amiguitos'' los fugitivos? ¿Acaso los fugitivos de Hogwarts no tienen nada mejor que hacer que hablar de las vidas de los demás? ¿Tanto os aburrís en vuestro aislamiento?
Rosalie empezaba a sentirse incómoda. La discusión había tomado tintes personales por unos momentos, pero ahora había derivado en un tema peor. Ella prefería mantenerse en la inopia con respecto al asunto de los niños escapados. Sabía tan bien como el resto de Hogwarts que ellos no habían salido del colegio. En esos tiempos es más seguro saber cuanto menos mejor, sobre todo en un tema tan espinoso. Se planteó marcharse de allí inmediatamente, pero temía que Malfoy hiciera algo estúpido y atacara a Hermione.
La joven en cuestión, sin embargo, se había recuperado del ataque verbal del otro y se echó hacia delante, golpeando fuertemente la mesa de la biblioteca con sus manos.
—Para tu información, Malfoy, no estamos aislados porque sea plato de nuestro gusto.
El otro la miró con ojo crítico, examinándola de arriba abajo. Hermione se removió incómoda y se sonrojó. Debía agradecer que estaba de espaldas a la ventana y que la luz no le daba en el rostro ahora rojo.
Pero, inquirió una vocecita en su mente, ¿por qué habrías de sentirte así?
—¿Qué miras? —le espetó.
—Por lo que veo —dijo arrastrando las palabras con diversión—, en esta última semana ningún plato ha sido de tu gusto, Granger. ¿Es un efecto óptico o estás más delgada que la última vez que te vi? ¿Acaso es una tendencia en los muggles el ser más delgados que el palo de mi escoba?
—¡A ti no te importa! —casi gritó Hermione.
Parecían haber olvidado que era de noche y que estaban allí a escondidas. Pronto llamarían la atención de madame Pomfrey o de madame Pince. Estaban totalmente inmersos en su discusión. Hasta Rosalie la seguía con asombro por la capacidad verbal de ambos.
Draco se apoyó con sendas manos en la mesa y se aproximó hacia la cara crispada de su contrincante, sonriendo astutamente.
—Pronto a nadie le importaréis, Granger. La prensa ha empezado a olvidaros, y si lo que me cuenta mi padre es cierto, hasta algunos padres comienzan a rendirse y dejan de ir cada mañana al ministerio para pedirle cuentas a Thickneese por sus retoños. Pronto, todo el mundo se olvidará de los fugitivos de Hogwarts, Granger. Os han dejado atrás. Acéptalo.
El pelo de Hermione pareció encresparse con lo que escuchaba. Y sin darse cuenta de lo que hacía, pronunció las siguientes palabras a gritos.
—¡Gritaremos si no nos escuchan y correremos si no nos esperan! ¿¡Me escuchas, Malfoy!?
Lamento muchísimo el retraso. Espero que este capítulo os guste, porque va a ser el único hasta que nos den de nuevo fiestas (largas, largas) o vacaciones, para que tenga tiempo de escribir. Este curso ha resultado ser más difícil de lo que pensaba que sería, lamentablemente.
Espero comentarios, críticas, suposiciones, especulaciones, etc. ¡Gracias! Los reviews me animan a escribir. Muchas gracias a todas aquellas que se han acordado de mí a lo largo de estos meses en los que he estado ausente (algunas os sentiréis identificadas).
Saludos =)
lady Evelyne
