Disclaimer → Como siempre, Twilight pertenece a Stephenie Meyer y Harry Potter a J.K. Rowling. Yo me tomo la licencia de mezclar un poquito ambas historias.
¡Disfruten de la lectura!
Capítulo XVI
—¡Gritaremos si no nos escuchan y correremos si no nos esperan! ¿¡Me escuchas, Malfoy!?
Jacob detuvo sus pasos en seco, al borde de las escaleras que bajaban al cuarto piso. El grito procedía de la biblioteca. Vaya, vaya... alumnos trasnochadores ruidosos. Eso era nuevo.
Intentó hacer el menor ruido posible con sus garras mientras se acercaba a las puertas de la biblioteca. Empujó una de las verjas, que se hallaba abierta, con el hocico.
Ahora escuchaba la conversación perfectamente.
—¿Acaso quieres despertar a todo el maldito castillo, Granger? ¡Cállate, por Merlín!
—Si tú no estuvieras por aquí, Malfoy, te juro que no habría hecho un solo sonido en toda la noche.
Hermione y el muchacho de Slytherin... ¿Qué estarían haciendo los dos de noche en el mismo sitio? Recordó entonces que Rose había comentado algo hacía unos días acerca de que el chico solía ir a la biblioteca de noche. Mentalmente, le reprochó a Hermione el haber salido sola de su escondite con los tiempos que corrían. ¿En qué estaría pensando la joven? ¿Es que su misión, si era eso con lo que estaba cumpliendo en aquel lugar, era más importante que ella misma?
—¡Shhh! He oído algo.
—Grumph. ¡Mmmmm!
Se dirigió a la Sección Prohibida con paso firme. Poco importaba ya que le escucharan.
Había un candelabro encendido encima de la mesa, con una varita mágica y un libro abierto al lado. No veía a nadie más.
Draco, en cuanto había oído un chasquido y el chirrido de la verja, se había precipitado contra Hermione y le había tapado la boca con una mano, mientras la arrastraba hacia una estantería. Con la otra mano libre, sostenía la varita.
La muchacha sujetaba su brazo con manos de hierro, sin apretar demasiado el agarre. A él le sorprendía que no estuviera temblando, como lo estaría Pansy, o luchando por deshacerse de su agarre, como hubiera esperado de cualquier otro gryffindor. Respiraba con dificultad, intentando no hacer ningún sonido, y los dedos que hacían contacto con su cuello detectaban un latido fuerte y rápido, algo normal dadas las circunstancias.
Intentó ignorar el tacto suave de la piel de la sangre sucia, algo que no hubiera llegado a imaginar jamás. Aunque bien pensado, un par de horas atrás tampoco había estado en sus planes tocar a Granger, menos en la cara.
Alzó aún más su varita al oír el sonido de la cola del animal barriendo el suelo de mármol. Se escuchaba un ligero jadeo animal en la sección. Apretó un poco más la mano izquierda contra la cara de Hermione y la acercó a él. Ahora lo importante era averiguar cómo iban a salir de allí.
La bruja, en cambio, lamentaba enormemente haber dejado su varita sobre la mesa. Tampoco es que Malfoy le hubiera dejado muchas opciones, pero lo lamentaba igualmente.
Sin embargo, la aparición del metamorfo en su campo visual reclamó su atención. El tamaño, el color del pelaje, incluso la expresión de los ojos lobunos. Sin lugar a dudas, aquel animal era Jacob transformado. Saberlo no la tranquilizó.
Jacob se acercó a la mesa donde había estado trabajando y olisqueó su varita y el libro. A continuación, olisqueó el aire.
Jacob se percató de que seguían en la biblioteca. También percibió el olor dulzón de los vampiros y se dio cuenta de la presencia de Rosalie en la estancia. Miró hacia donde estaba escondida la vampiresa, que asintió con la cabeza y le señaló el estante tras el cual estaban escondidos.
Malfoy rezó para que el olor de la chica no fuera demasiado fácil de identificar. O que lo confundiera. O... algo.
Confundir. Una lucecita brilló en la cabeza del mago. Un confundus era todo lo que necesitarían. Alzó la varita y, a través del hueco de los libros del estante, apuntó a la enorme forma del lobo, intentando afinar su puntería a la cabeza. Esperaba que no fuera demasiado resistente al hechizo, de lo contrario...
Despejó sus dudas cuando Hermione murmuró a través de su mano:
—Confundus.
Era el momento. El lobo había escuchado el susurro de la bruja y debía actuar deprisa. Reuniendo toda la concentración que pudo, lanzó el hechizo de forma no verbal.
La muchacha había adivinado sus intenciones al verle apuntando a Jacob. Pero no podía permitir que le hiciera demasiado daño, así que le dio el nombre de un conjuro que no sabía que ya se le había ocurrido a él.
El rayo colisionó contra la cabeza del lobo, que se tambaleó y trastabilló graciosamente. Jacob agitó la cabeza para despejarse. ¿Qué estaba haciendo allí? Debería seguir patrullando. Dio media vuelta y salió de la estancia.
Pese a todo, hasta que Hermione y Draco no oyeron los pasos del metamorfo alejándose por las escaleras, no se relajaron.
Hermione suspiró, dándose cuenta de la suerte que habían tenido. Se deslizó lentamente hasta el suelo, sintiendo el cansancio de la última semana como plomo en su estómago. O tal vez fuera el hambre. No lo sabía.
Malfoy se adelantó hacia la puerta y la bruja le siguió levantándose del suelo, recogiendo su varita y dejando el libro de nuevo en su lugar correspondiente. Antes de salir, apagó las velas con un soplido y recogió la capa invisible, escondiéndola lo mejor que pudo en su túnica.
Draco observó sus movimientos con una máscara de indiferencia. No mentía al decir que había adelgazado. De hecho, tenía mala cara y estaba cansada. Hasta él podía verlo.
Caminaron en silencio hasta la puerta de la biblioteca. La discusión había quedado olvidada. Al llegar a la verja, se miraron.
—Olvidaré todo cuanto ha sucedido hoy aquí —declaró Malfoy. Al ver que Hermione iba a abrir la boca, la cortó—. No me lo agradezcas ni pienses que lo he hecho por ti. Por ahora es mejor que no sepa nada, sobre todo si está relacionado contigo y con cara rajada. Pero, recuérdalo bien, Granger: ahora me debes un favor. Vete.
La bruja se le quedó mirando con la boca abierta. Creía que iba a tener que retomar la negociación, pero le aliviaba y preocupaba a partes iguales. Le aliviaba no tener que lidiar con el asunto ahora mismo, pero le preocupaba deberle un favor a Malfoy. Como todo buen slytherin, no olvidaría la deuda fácilmente.
Malfoy ignoró la cara de asombro de Granger y le dio la espalda para irse. Por si acaso mantuvo una mano en su varita y los escudos de su mente alerta, no fuera que le atacara y se hallara desprevenido. Pero no lo hizo. Y en la siguiente esquina, al dar la vuelta, se dio cuenta de que la figura de la chica había desaparecido de en medio del pasillo.
Pasó un mes y ya eran mediados de noviembre.
Como bien había predicho Malfoy, pronto la prensa dejó de preocuparse por ellos y no eran más que menciones de menos de un párrafo en la edición vespertina.
''Aún no se han encontrado a los fugitivos de Hogwarts'', ''El director Snape se niega a ofrecer una declaración de los hechos'', ''No hay indemnización para los padres de los fugitivos'', ''Se ha establecido una recompensa de cien galeones por cada mago o bruja que entregue a uno de los fugitivos''...
Por una parte, los Cullen estaban más que contentos de que la atención pública estuviera dirigiéndose hacia otros focos que no fueran los niños, pero por otra parte, les entristecía el hecho de que la gente estuviera olvidando las viejas noticias que no interferían en su vida. Aún así, mirándolo desde el punto de vista optimista y pensando en los intereses de todos, Edward supuso que lo mejor sería que la gente olvidara a los niños.
Aquella noche, mientras Edward leía por enésima vez La historia de Hogwarts, el vampiro reflexionaba acerca de su hija. Nessie llevaba unos días durmiendo más de lo normal, se despertaba, no solo tarde, sino que lucía además unas horribles ojeras y una cara pálida y demacrada. Había bajado de peso de una forma alarmante, a pesar de que ella intentaba ocultárselo a él y a todos. Tenía las manos huesudos y las túnicas eran mucho más pequeñas de lo que eran un mes antes (él sospechaba que algún elfo de las cocinas tenía algo que ver).
Frecuentemente, su estómago rugía de hambre, pero siempre se negaba a comer, alegando que no tenía apetito. Una vez, cuando Jacob había vuelto a la torre de improviso, la había escuchado vomitar en el baño de su habitación.
Aquella situación empezaba a poner los pelos de punta a toda la familia, pero Nessie seguía negando una y otra vez que le ocurriera algo. Y, en ocasiones, a Edward le recordaba mucho a Victoria por la forma tan magistral que tenía de huir de una situación que le desagradara, como cuando había conseguido incluir al profesor Slughorn en la conversación-discusión que mantenía con Carlisle porque se negaba a que su abuelo la revisara. El buen hombre, ignorante de la situación, había defendido fervientemente que Nessie se encontraba bien y que no tenía nada que ver con sus clases, que los vapores de las pociones no eran dañinas en absoluto. Después, aprovechando que la conversación había derivado en las pociones, había dicho que tenía pociones por terminar y se había marchado con el hombre.
Francamente, el estado de Nessie empezaba a ocupar todos sus pensamientos y los de Bella, pero si algo había heredado su hija de su esposa era la terquedad.
Edward seguía perdido en sus pensamientos cuando llegó un visitante inesperado.
Amos Diggory apareció por el pasillo de los ravenclaws.
El hombre parecía muy nervioso y se frotaba las manos constantemente. La vista vampírica de Edward le permitió percibir que la barba y las sienes de Diggory estaba aún más canosas que en el incidente de hacía un mes.
—¿Hola? —murmuró el hombre—. ¿E-Edward Masen?
Con el corazón inundado de compasión por el pobre hombre, dejó el libro a un lado y saltó de la viga, apareciendo justo delante de Diggory, que soltó un jadeo y retrocedió un paso.
—¿Señor Masen? —Edward asintió—. Necesito hablar con usted. Los... los psicomagos me han dicho que debo cerrar este capítulo de mi vida.
—Por supuesto, señor Diggory. Si lo desea, podemos retirarnos a un sitio más apartado para hablar.
—Me encantaría.
Edward invitó a Diggory a seguirle con un gesto. En cuanto el hombre empezó a caminar detrás de él, lo condujo hasta un aula vacía donde pudieran hablar con tranquilidad.
Tomaron asiento en una de las mesas de los estudiantes, uno enfrente del otro.
Diggory tomó aire profundamente antes de empezar a hablar.
—Lo primero de todo, señor Masen —parecía dolerle el simple hecho de pronunciar el apellido humano de Edward—, lamento muchísimo mi comportamiento el día de... de la visita de Umbridge. Estaba... enloquecido. Mi hijo murió en este mismo castillo tres años atrás y los recuerdos... el dolor... me impidieron reaccionar correctamente.
Edward asintió, intentando tranquilizar a Diggory, que se exaltaba poco a poco.
—Relájese, señor Diggory: comprendo, en la medida de lo posible, su situación.
—Gracias. Mi Ced era muy parecido a ti. Creo que hasta llevas el mismo peinado que él lucía en el momento de su muerte. Mi hijo era rubio y tenía los ojos grises, como mi esposa, pero... no me fijé en esos detalles cuando me acerqué a ti. Ahora, lógicamente, sé que es muy improbable que mi hijo tuviera la misma apariencia que la que tenía con diecisiete años. Ced tendría ahora veinte años...
Diggory se quedó pensativo durante unos segundos. Edward le dejó su espacio para pensar, bloqueando su mente para darle su privacidad.
—¿Sabes que tú te pareces más a los Diggory que mi hijo? Ced tenía muchos rasgos de la familia de mi esposa. Los Diggory, sin embargo, siempre hemos sido pelirrojos y de ojos verdes. Tenemos ascendencia irlandesa, después de todo.
Algo encendió una luz en la mente de Edward, que empezó a conectar cabos: su aspecto físico, muy similar al de Cedric Diggory, el cabello cobrizo, los ojos verdes...
—¿Puedo preguntarle algo, señor Diggory?
—Claro que sí, hijo.
—¿Su familia tiene alguna... —se detuvo buscando una palabra que se adecuara a la situación— especialización en alguna rama de la magia?
Diggory se quedó pensativo durante unos minutos. Se mesó la barba y dirigió la mirada al techo mientras Edward esperaba expectante.
—Los Diggory se han especializado durante siglos al arte de la mente —aquello provocó un sobresalto en Edward—. Oclumancia, Legeremancia... hemos mejorado e incluso inventado algunos de los más grandes hechizos usados para el control y el entendimiento de la mente. Incluso nos hemos adentrado en Adivinación, pero el don hace mucho que dejó a los Diggory, antes incluso del siglo XVII.
—Comprendo —murmuró Edward, débil de repente—. Tengo una última pregunta, señor Diggory: ¿tiene su familia alguna conexión con los Masen?
—Masen, Masen... —masculló el hombre mientras pensaba—. Ése es tu apellido, ¿no? ¿Piensas que tu parecido con Cedric podría tener algo que ver con alguna relación sanguínea?
Edward asintió secamente.
—Bueno... Vamos a ver —el hombre sacó su varita de la manga, a todas luces tan interesado como él. La agitó pronunciando unas palabras y un libro apareció entre ambos: Genealogía Mágica: Familias sangrepuras, una historia—. Un viejo legado de mi familia —dijo a modo explicación— y hay un apartado de los Diggory, y creo que, si tu familia es mágica, debe haber un apartado también para ti. Veamos...
Empezó a pasar las páginas hasta llegar a la letra D.
—La familia Diggory se remonta muchos siglos atrás. El primero, fue un mago irlandés que perteneció a la corte del rey Arturo, aprendiz, aunque no por mucho tiempo, de Merlín —se mesó la barba, un gesto que parecía ser típico en él y continuó, mirando el árbol genealógico que ocupaba sus buenas dos páginas—. Como muchas familias sangrepura, tenemos relaciones con casi todas ellas, de una forma u otra. Estamos relacionados con los Black, los Malfoy, vaya, incluso con los Weasley, aunque no debería sorprenderme. A ver, Masen, Masen...
Edward le pidió con un gesto que se acercara y el señor Diggory le pasó solícitamente el libro. A velocidad casi vampírica, estudió las dos páginas que ocupaba el árbol y sintió cómo la respiración se le entrecortaba al darse cuenta.
''Frederic Masen* (1849-1916) — Cynthia Diggory* (1854-1924)''
l
''Edward Masen* (1872-1918) — Elizabeth Sullivan* (1879-1918)''
l
''Edward Masen* (1901-1918)''
—¡Ah, sí, mira! Estamos emparentados con los Masen —exclamó el señor Diggory con satisfacción—. Cynthia Diggory fue... la hermana de mi tatarabuelo. Observa, ¿ves esta señal al lado de su nombre y del de su marido? Significa que fueron squibs. En aquella época era habitual hacer que los squibs se introdujeran en el mundo muggle, en el mejor de los casos. En el peor, eran asesinados por su propia familia, ya que eran vistos como una vergüenza y un estigma. Aunque... Qué extraño. El hijo de Frederic Masen, su nuera y su nieto murieron todos el mismo año. ¿Un accidente? Y... fíjate, el hijo de Frederic y su nieto se llamaban Edward los dos. Curiosa coincidencia, ¿cierto?
De haber podido hacerlo, Edward estaría sudando. Aquello lo relacionaba con una de las familias mágicas. Él nunca había sabido de la magia. Pero, si sus abuelos fueron squibs... a lo mejor quisieron dejar atrás todo lo que la magia podía suponer para ellos. Por lo que parloteaba el señor Diggory y lo que él mismo sabía de los libros, los squibs que vivían en el mundo mágico eran muy desgraciados. Tenía que ser horrible ver a todo el mundo realizar milagros y saber que por alguna razón que desconocían, eran incapaces de hacerlo ellos también.
Su muerte... Su muerte aparecía en ese libro. Edward nunca habría esperado descubrir más acerca de su familia y su nacimiento a estas alturas. Su abuela... Había vivido hasta seis años más que su hijo y su nieto. Cuando obtuvo el control suficiente como neófito, quiso ir a visitarla, pero Carlisle le hizo ver lo desacertado de su decisión. Aún no se controlaba del todo bien. Fue quince años después, mientras duró su rebeldía y se alimentó de sangre humana, cuando visitó por fin la tumba de su abuela. Estaba enterrada en el cementerio de un pueblo a dos horas de Chicago, un camposanto muggle, muy pequeño, alejado del mundo mágico. ¿Habría preferido reposar junto a su familia en el mundo mágico?
Squibs... De algún modo, pensó Edward, incluso cuando pasaban cinco o seis generaciones, podían surgir de nuevo magos y brujas en una familia en la que había un squib. Pasó el dedo por encima de los nombres de los squibs y mágicamente apareció el árbol anexado a esa persona. Sí, prácticamente con todos ellos habían surgido nuevos magos.
¿Era ésa la razón de que hubiera hijos de muggles en el mundo mágico? ¿Eran simplemente bisnietos, tataranietos, sobrinos de unos squibs que procedían de familias mágicas, incluso sangrepuras? ¿Si Edward hubiera llegado a tener hijos y nietos siendo humano... alguno de ellos hubiera sido mago?
Nessie no era bruja, pero sospechaba que su sangre vampírica tenía algo que ver.
Analizó más detenidamente a los padres de hijos squibs y se percató de que eran, principalmente, matrimonios entre primos segundos o parientes lejanos. Endogamia. Un matrimonio entre dos primos solo había dado dos hijos squibs, ambos muertos a los ocho años de vida (seguramente asesinados por sus padres).
Era bien sabido que los hijos de la endogamia dan a lugar a niños con malformaciones y retrasos mentales, por falta de variedad genética. Solo había que ver la degeneración de las antiguas monarquías europeas, como los Austria. Entonces, ¿los matrimonios entre primos de familias mágicas daban a squibs? ¿Era todo cuestión de genética? ¿Había algún gen especial, en el ADN, que determinaba si una persona era maga o no?
—Señor Diggory, ¿ser mago o no depende de una cuestión genética? —preguntó en voz baja, mientras seguía estudiando el tomo. Ahora había pasado las páginas hasta llegar a los Masen, cuyos orígenes se remontaban a una familia de zapateros del siglo XVIII.
—¿Geténica? ¿Qué es eso? —preguntó el mago sorprendido y un tanto confuso.
—ADN, genes, biología, genética... ¿Le suena de algo, señor?
—No tengo ni idea de lo que me estás hablando, muchacho —confesó el señor Diggory.
Así que los magos no sabían lo que era el ADN y los genes. Bien.
Agradeciéndole a Amos Diggory por su ayuda, se despidió de él asegurándole que no le guardaba rencor por lo ocurrido. Así mismo, dejó al mago mucho más tranquilo, pensando que había sido un simple error y que realmente su parecido con los Diggory era pura cuestión de parentela.
Ahora tenía una charla pendiente con Carlisle.
Dos días después, les aguardaba una desagradable sorpresa en las puertas del castillo.
Pius Thickneese había llegado junto a una tropa de diez dementores. El frío, la niebla y el mal ánimo que acompañaban a estos seres se instaló entre los alumnos y el profesorado de una forma casi inmediata.
—Debido al peligro que supone el exterior para los niños magos que habitan en este castillo y por expresa petición de algunos padres que temen por la seguridad de sus hijos, el Ministerio de Magia ha decidido instalar a los dementores en las murallas del castillo, en el Bosque Prohibido y en Hogsmeade. Espero que los fugitivos de Hogwarts comprendan pronto en qué situación han dejado a sus antiguos compañeros. Si tienen la más mínima compasión por ellos, se entregarán a las autoridades tan pronto como se enteren de lo que está ocurriendo.
McGonagall empalideció al oírlo. Los ánimos ya estaban lo suficientemente bajos como para ahora instalar a los dementores en el castillo. Y en el Bosque Prohibido también.
Soltó un jadeo horrorizado al recordar que los Cullen seguían de caza y que no había forma de avisarles.
Mientras, en el Bosque...
—Oye, Bella, ¿no te da la impresión de que de repente hace más frío? —preguntó Esme frotándose los brazos.
—Cierto. Será una ola polar. ¿Has terminado ya, Alice?
Un súbito mal presentimiento golpeó a Bella cuando Alice no respondió. Echó a correr hacia el lugar donde estaba la vampiresa y se sorprendió al sentir frío, pero frío de verdad, por primera vez desde que había sido convertida ocho años atrás.
Un nudo se le instaló en la garganta y su mente se llenó con los recuerdos de años atrás, cuando Edward la dejó tirada en medio del bosque. Cuando James la mordió. Cuando Nessie estuvo en peligro. Cuando Jacob, cinco años atrás, cayó por un acantilado. Cuando Renée y Phil murieron, dos años atrás, cuando el avión que los iba a llevar a Europa para celebrar su séptimo aniversario colapsó en el mar. Cuando Rosalie y ella discutieron y mantuvieron a toda la familia en jaque seis años atrás. Cuando Edward quiso que abortara a Nessie.
Cayó de rodillas sobre las hojas y no vio al ser que se acercaba fantasmagóricamente hacia ella. Se deslizaba suavemente hacia ella, mientras que otro ser se acercaba de la misma manera a Esme, que sollozaba con las manos sobre el pecho.
—Mi bebé...
Los peores recuerdos de Bella seguían inundando su mente, mientras que vagamente percibía que otro ser se agachaba sobre la cara de Alice. De la boca de su hermana salía una pequeña bolita de luz, alegre, chispeante. ¿Qué era aquello? Era brillante, tan brillante...
¿Por qué todo era oscuridad de repente?
Edward, Carlisle, Emmett, Rosalie y Jasper corrían hacia el Bosque. Cuando les había llegado el aviso de McGonagall, habían saltado por la ventana de la torre, tal y como hicieran la primera noche en la que habían llegado a Hogwarts, siguiendo al gato plateado que les había enviado la profesora.
Lo seguían en dirección a la zona donde ellos cazaban habitualmente muy cerca de los muros que cubrían la zona este del castillo, a las orillas del lago. Corrieron en la dirección que les indicaba el gato hasta que lo vieron embestir con fuerza a uno de los dementores.
La imagen que vieron entonces se les quedó grabada en la mente.
Esme estaba tumbada sobre la hierba del Bosque Prohibido, con los ojos muy abiertos. Una bolita de luz, cálida y acogedora, empezó a descender de nuevo hacia su boca. El pequeño remolino de resplandor cayó finalmente en la boca de Esme y esta empezó a toser y a convulsionarse sobre las hojas del Bosque.
Carlisle se abalanzó sobre ella y la tomó entre sus brazos, abrazándola contra su pecho con fuerza.
—Ya van dos veces, Esme.
—¿Q-Qué? ¿Qué sucede, querido?
El gato embistió de igual manera sobre el dementor que estaba a punto de tomar el alma de Alice y después derrapó y corrió hacia Bella, espantando a la criatura que extendía sus manos hacia su alma codiciosamente. Siguió corriendo detrás de ellos cuando habían desaparecido.
Edward no pudo más que contemplar maravillado la pequeña bolita de neblina brillante que descendía hacia la boca de su esposa. Cuando finalmente se introdujo en su boca, Bella sufrió un espasmo y empezó a toser como lo había hecho Esme minutos atrás. Edward salió también de su aturdimiento y extendió los brazos con rapidez hacia su esposa.
—¿Por qué no has usado tu escudo para defenderte, Bella? —preguntó Edward con ansiedad. La sentó sobre el suelo y la sostuvo mientras ella terminaba de toser.
—S-Si no bajé el escudo en ningún momento...
Metros más allá, Alice se abrazaba con fuerza al cuello de Jasper.
—¿Qué era eso? —murmuró Esme.
Rosalie miró gravemente al Bosque mientras murmuraba:
—Tenemos nuevos carceleros. Espero que los niños estén bien.
En la sala de los menesteres, los niños se arremolinaban en torno a la radio mágica, que en aquel momento estaba emitiendo Pottervigilancia.
Lee, como cada semana, empezó introduciendo el programa.
"Y bien, queridos oyentes, con todos ustedes una nueva hornada de Pottervigilancia. Tened cuidado de con quién escucháis este canal y, sobre todo, de con quién compartís la existencia de nuestro programa. Recordad que aún queremos seguir vivos y eso solo es posible si los perritos falderos de nuestro querido Señor Tenebroso siguen en su sitio y no nos cazan. Ahora pasamos con Regio, que nos ofrecerá un resumen de lo que ha ocurrido esta semana.''
La voz de Kingsley se dejó escuchar entonces.
''Esta semana, han fallecido treinta y ocho personas en un ataque perpetrado por los seguidores de Quien-Ya-Sabemos en el pueblo de Hastings. Entre ellos, contamos a la señora Frieda Powell, John Hackett, Karen Delaney, Holly Delaney y Louis Beaumont, que cayeron en combate defendiendo a sus vecinos muggles. El puerto ha ardido y se han derruido muchos edificios durante el ataque. Sin embargo, gracias a estos magos y brujas, se han podido evitar daños mayores sobre el pueblo. Honramos vuestra memoria, hombres y mujeres valientes. Ahora, guardemos un minuto de silencio por la muerte de estos miembros de la comunidad mágica inglesia.''
En la sala de los menesteres, Deirdre Powell había caído de rodillas al escuchar que su madre había muerto. Ni tan siquiera había podido despedirse de ella. A su lado, Hermione intentaba reconfortarla con un abrazo. Toda la sala guardaba silencio a la vez que el programa, como muestra de respeto a esas personas.
Mientras, el programa continuaba y Lee Jordan hizo una pequeña aclaración.
"Como siempre, recomendamos a los oyentes que vivan en zonas muggles que lancen un hechizo de protección básico (y avanzados si sabéis realizarlos) sobre las casas de sus vecinos. Estos gestos tan simples han salvado la vida de casi ciento diez muggles de Hastings que fueron protegidos por nuestros cinco valientes y otros magos anónimos antes de que la Orden llegara al lugar."
Kingsley carraspeó y Lee soltó un ''¡Ups!'' antes de dejarle el turno de palabra de nuevo al ex-auror.
"Recordamos además que casi doscientos... Un momento, me están dando el número exacto... Ciento noventa y siete antiguos alumnos de Hogwarts siguen desaparecidos. Muchachos, si nos estáis escuchando, buscad por favor un modo de comunicaros con vuestros padres. Deirdre Powell, lamentamos mucho la muerte de tu madre, pero tu padre sigue buscándote y está desesperado. Lisa Beaumont, lamentamos también la muerte de tu tío. Tu familia espera que te encuentres bien. Sarah Creeswell, tu padre ha conseguido librarse de Azkaban la semana pasada y ahora se encuentra escondido en un lugar seguro. Desea noticias tuyas pronto. Eso nos recuerda que tenemos que comunicaros que Dirk Creeswell ha sido uno de los afortunados que escapó la semana pasada de los mortífagos y actualmente se está en paradero desconocido."
Aquello era un ritual que se repetía desde que los chicos se habían escapado. Semana tras semana, los padres y familiares de los chicos encontraban un modo de comunicarse con Pottervigilancia, que retransmitía los mensajes mediante el programa.
Los niños, desde la sala de los menesteres, los escuchaban con el corazón encogido y un nudo en la garganta. De fondo se oían los sollozos de las niñas que habían perdido a parte de su familia en el ataque a Hastings.
Aquello era algo que temían también: que cualquier semana en la que sintonizaran el programa, éste anunciara que alguien de su familia había muerto.
"Maisie y Alfred Cattermole, vuestra hermana y vuestros padres han salido del país y esperan noticias vuestras para ir a recogeros cuando sea seguro. Katherine Brooke, tus padres lamentan mucho que todo haya salido tan mal en tu primer año de Hogwarts y esperan poder recibirte en casa pronto. A todos los ''fugitivos de Hogwarts'', como ha decidido llamaros la prensa, esperamos con ansias noticias vuestras. Pasamos ahora con Rejón, que nos dará las últimas nuevas acerca de nuestro querido y adorado señor no-tengo-nariz-y-os-envidio. Dinos, ¿es verdad que Quien-Nosotros-Ya-Sabemos ha dejado el país?"
Ahora quien hablaba era Fred.
"Así es, sospechamos que se encuentra en el extranjero reuniendo más seguidores. Nuestros topos franceses dicen haberle visto tratando de imitar a un murciélago demasiado grande y amorfo sobrevolando el país, pero nada es seguro. De todos modos, queridos amigos, no bajéis la guardia, porque aún no estamos seguros de que nuestro amigo lord Kakadura haya dejado las islas. Bueno, Lobo, ¿qué nos dices tú en contestación a aquellos que dicen que Harry Potter es un cobarde porque no ha salido a hacerle frente al lord Kakadura y a nuestro funcional y servicial gobierno?"
''Les diría que ahora mismo Harry tiene cosas más importantes que lanzarse temerariamente en medio del camino del enemigo para que lo maten. No perdamos la esperanza, ni esperemos que Potter vaya a solucionar todos nuestros problemas: esta es una guerra de todos, y todos debemos luchar por ver nuestra comunidad libre de nuevo. Como dijo un escritor muggle: ''todos para uno y uno para todos''. Luchemos todos por la causa que nos une más que las relaciones sanguíneas o las historias pasadas. Eso es todo lo que tengo que decir.''
La voz de Lee ahora se escuchaba entrecortada, como si tratara de tragarse un nudo en la garganta a la vez que hablaba.
''Muy bonitas palabras, Lobo. Esperemos que hayan conmovido el corazón de nuestros oyentes y les repetimos de nuevo que las acciones temerarias no ayudarán más que a contribuir a los objetivos de aquel que se cree con derecho a matarnos como a ratas. Eso es todo por esta semana, amigos. La contraseña de nuestra próxima sesión es Ojoloco y tened mucho cuidado con quién compartís la información acerca de este programa. Nos despedimos y os deseamos mucha suerte en la tarea de sobrevivir.''
La sala quedó en silencio después de las ominosas palabras de Lee. Lenta y pesadamente, como si se encontraran sumidos en un profundo sueño, algunos empezaron a retomar lo que habían estado haciendo antes de que el programa empezara. Aquellos eran los pocos que empezaban a insensibilizarse a las noticias constantes de muerte y destrucción. Otras, como Deirdre, lloraban desconsoladas la muerte de un ser querido. Otros, hablaban en voz baja, casi susurrando, por las esquinas, comentando lo mucho que añoraban su antigua vida.
Pero otros, como Neville, como Ernie, apretaban los puños y miraban hacia otro lado mientras sus ojos ardían con la furia reprimida. Eran niños que habían tenido que crecer demasiado deprisa debido a las circunstancias, y en el camino habían perdido algo muy importante, que ellos ni tan siquiera echaban de menos.
Esos, eran por los que Hermione más temía mientras apretaba ligeramente el agarre sobre una chica sollozante, tratando de consolarla con murmullos y palabras amables.
Y los días pasaron. Los estudiantes desaparecidos desaparecidos dejaron de ser noticia, pero otras malas nuevas venían todos los días para sustituir las de la velada anterior. Tras el ataque a Hastings, los mortífagos habían emprendido una marcha por el sureste de Inglaterra, sembrando el terror cerca de las costas. Más ciudades (Rye, Brighton y, mucho más sonado, Oxford) habían sido atacadas sin piedad.
Las suposiciones que hacían Pottervigilancia de todo aquello es que lord Voldemort, efectivamente, había dejado el país y sus mortífagos estaban esperándolo en un lugar cercano a las costas. Debían de contar con su presencia de vuelta, o por el contrario, que apareciera en otro lugar y que todo aquello resultara ser una simple pantomima para despistar a los rebeldes de la verdadera localización del Señor Tenebroso. Otros opinaban que el lord Oscuro con casi toda seguridad permanecía aún en Londres, y que simplemente se dedicaba a sembrar el terror por los alrededores, sin alejarse mucho de su "trono".
Los mortífagos no solo se limitaban a permanecer en Inglaterra. Los ataques ya habían llegado a pequeñas ciudades costeras de Marruecos, y las comunidades mágicas de Francia, España y Suiza estaban en alerta máxima. Los demás países seguían haciendo oídos sordos a lo que estaba ocurriendo, insistiendo en que los ataques procedían de un mero grupo terrorista que pronto quedaría exterminado. En España, los mortífagos ya habían perpetrado un ataque a las costas norteñas, provocando lo que los muggles habían denominado "el peor accidente ferroviario en las últimas siete décadas". Ochenta personas habían muerto durante el ataque y ciento cuarenta habían resultado heridas, veinte de ellas aún en el hospital en estado crítico, con la posibilidad de pasar a engrosar la lista de los fallecidos.
Los muggles, mientras tanto, intentaban seguir llevando a cabo su vida normal, pero las malas vibraciones que emitían los dementores que recorrían a su voluntad el país les afectaban de una forma más que evidente. Muchos turistas habían afirmado que Londres estaba más gris y triste que nunca, todo lo contrario a las soleadas e idílicas imágenes de las compañías turísticas, a pesar de las multitudes que seguían visitando la ciudad cada día.
Mientras, los dementores patrullaban por los alrededores de la escuela, campando a sus anchas por el Bosque. Desde que habían llegado al colegio, los Cullen habían tenido que andar con pies de plomo por el Bosque, siempre acompañados del patronus de algún profesor para poder ir a cazar.
El ánimo de los estudiantes también decaía, poco a poco, sin pausa pero sin prisa. Los chicos y las chicas se limitaban a arrastrar los pies por los pasillos, sin fuerzas ni ganas. Pomfrey había empezado a suministrar los primeros reconstituyentes entre los alumnos más delicados o los más jóvenes, que se veían visiblemente más delgados y consumidos que a principios de curso.
Los Cullen también se habían visto afectados por los dementores. Retrasaban el momento de la caza todo lo que podían, para no tener que volver al Bosque, para no tener que volver a las brumas oscuras de los malos recuerdos del pasado, para no tener que revivir los peores tormentos de sus vidas. Emmett ya no bromeaba casi nunca, pero Rosalie sonreía, oh sí, sonreía todo el día, pero era una sonrisa fría y escalofriante. Jasper parecía autista de lo distante que estaba con el resto de la familia, Alice estaba estaba harta de que solo le llegaran visiones de desgracias, Carlisle, junto a Esme, intentaba levantar los ánimos sin conseguirlo. Edward bloqueaba todo tipo de pensamientos, y constantemente buscaba la compañía y el consuelo del don de Bella, que los cubría a ambos para separarlos del resto del mundo. Jacob, contrario a otros días en los que se erguía alto e imponente, parecía ahora un niño pequeño en un traje que le viene demasiado grande, pero aún cuidaba de Nessie, que había adelgazado de un modo que ahora inquietaba a toda la familia.
Diciembre había llegado sigiloso, sustituyendo a noviembre casi sin hacerse notar entre los estudiantes. La Navidad pronto llegaría a Hogwarts, y, aunque nadie tenía ánimos para ello, Hagrid y Flitwick habían emprendido, como cada año, los preparativos para las celebraciones navideñas.
El castillo entero parecía un palacio sacado de una historia de terror, con los dementores constantemente rodeándolo. Ni tan siquiera las hogueras de las chimeneas chispeaban con la misma lumbre que antes.
Los estudiantes, al igual que los profesores y los Cullen, trataban de adaptarse a la situación, pero era como sostener una bomba de tiempo entre las manos, una bomba que pronto estallaría.
Nessie cambió sus libros de brazo, para poder sujetarse bien la túnica y no caer rodando las escaleras. Cuando alcanzó la puerta del aula de Pociones, habían ya varios alumnos esperando en la puerta de esta, que la saludaron con cortesía, pero era un saludo un tanto frío. Aquel día, eran tocaban las clases de Slytherin y Hufflepuffs de sexto curso juntos.
Nessie suspiró pesadamente. Desde la redada del ministerio, las clases se habían visto mermadas de un modo muy desalentador. Se masajeó con suavidad la sien, deseando que la migraña pronto desapareciera.
Esperó a la llegada del profesor Slughorn mientras más y más alumnos iban llegando en pequeños grupitos. Su oído, bastante más desarrollado que el de un simple humano, captó pequeños retazos de una conversación que solo debería tener lugar a puertas cerradas.
—... esto me recuerda mucho a lo que sucedió en nuestro segundo año, ¿recuerdas, Michael? Dementores por todas partes, porque Sirius Black habían escapado de Azkaban.
—Pero al final resulta que era inocente, ¿no? Al final estuvo siempre de parte de la Orden y de Dumbledore.
Al oír las palabras ''Orden'' y ''Dumbledore'', el corazón de Nessie se aceleró y se giró tan deprisa que casi se disloca el cuello.
Era un par de Hufflepuffs los que estaban hablando de esos temas. Venían caminando lentamente, hablando en voz demasiado alta para ser seguro.
Por desgracia, no era la única que había escuchado de lo que estaban hablando aquellos descuidados. Un Slytherin alto y ancho como un armario se acercó a ellos con el ceño fruncido y los brazos cruzados firmemente sobre el torso. Miró a un lado y a otro antes de hablar, interrogando a sus compañeros con la mirada si se atreverían a detenerle.
—Es muy peligroso hablar de estos temas en alto con los tiempos que corren.
—Especialmente con el enemigo dentro de tu propio refugio, ¿verdad? —replicó el tal Michael, con furia.
El otro le devolvió la mirada indiferente, desapasionada.
—Todos sabíamos a qué debíamos atenernos cuando vimos que los hijos de muggles volvían al colegio, aún con el régimen actual. Si otros ignoraron ese peligro, y mantuvieron una fe ciega e ingenua en cosas que no iban a ocurrir, no es culpa de los sangre limpia.
Michael se puso lívido de ira, y se lanzó a responder al muchacho, que si Nessie no recordaba mal se llamaba William Hagen, pero su amigo lo agarró por el brazo y rodeó el torso del otro, apretando los brazos de Michael contra sus costados para evitar que matara a Hagen a lo muggle.
—Todo esto es culpa de los slytherin. ¡Todo esto es culpa vuestra! ¿Sabes que los mortífagos atacaron ayer por la noche otro pueblo costero? ¿Lo sabes? ¿Sabes que han muerto treinta magos en Eastbourne? ¿Sabes que los chicos que se escaparon hace ya casi un mes y medio aún no han sido encontrados en ninguna parte? ¡Todo esto es culpa de los mortífagos y del ministerio!
Otro de los slytherin se acercó al escuchar los gritos del hufflepuff y se posicionó a la espalda de su compañero. Al contrario que su amigo, su mirada no era indiferente, sino rabiosa.
—A mí no me parece mal que haya quienes intenten restaurar el orden natural de este mundo, traidor.
Ni tan siquiera un terremoto habría podido detener al furioso muchacho que sacó su varita de un pliegue de su túnica.
Los primeros hechizos volaron, pero muy pocos llegaron a acertar su objetivo. Nessie se agachó al ver que uno impactaba donde segundos antes estaba su cabeza. Los gritos de los demás estudiantes tampoco hacían nada por intentar la pelea: al contrario, la espoleaban con ganas, como si fueran ellos mismos los que estuvieran peleando.
—¡Oh, por Dios, dejad de pelear, vamos! ¡Tranquilizaos, vamos a discutir esto tranquilamente! —gritaba Nessie, intentando hacerse oír en medio del gentío, intentando llegar a donde estaban los detonantes de la pelea.
La vista se le nublaba por momentos y los oídos le pitaban con fuerza. El dolor de cabeza le aumentó de modo que parecía que quería partir su cráneo en dos.
El mundo se desdibujó y las personas que le rodeaban dejaron de ser personas.
—¿Qué está pasando aquí? —exclamó la voz de Rosalie, acallando a todos los presentes. El sonido era oscuro y frío, prometiendo mucho dolor y una larga agonía a todo aquel que se atreviera a contrariarla
Lo último que Nessie llegó a ver fue la cara preocupada de Alice cerniéndose sobre ella.
En cuanto Alice se acercó a ella, la joven finalmente cayó desmayada y tal vez, solo tal vez, la vampiresa se acercó demasiado rápido a ella como para ser considerado velocidad humana.
La sujetó antes de que tocara el suelo y la posó lentamente sobre el mármol del suelo del pasillo de la mazmorra. El don de Alice le permitió ver a Edward, Carlisle y Bella acercándose a paso humano, demasiado apresurado para resultar natural, mientras discutían.
—¡Nada ni nadie me impedirá ahora mismo ir a ver a mi hija, Edward Cullen! —susurró Bella con ademán feroz.
—¡Tenemos una tapadera que mantener, Bella! Los estudiantes no han visto más que una relación cordial entre Nessie y tú. Resultará muy sospechoso que teniendo que ir al despacho de la profesora McGonagall, como ella misma te lo ha pedido delante de todo el mundo hoy, permanezcas al lado de Nessie. Debes ir a atender el asunto por el que te ha llamado McGonagall —Bella se detuvo en medio del camino, impotente, pero finalmente asintió y se dio media vuelta, marchando hacia el despacho de la profesora.
Edward suspiró y le dio la señal a Carlisle de que podían continuar su camino. Emprendieron la marcha por las escaleras.
Tal y como lo había visto, los dos llegaron al pie de las escaleras medio minuto después de la visión.
El profesor Slughorn ya había llegado mientras tanto, y junto con Rosalie habían controlado la situación. Los integrantes de la pelea ya habían sido debidamente castigados, y en el caso del compañero de Michael, enviados a la enfermería.
Edward miró casualmente en dirección a Nessie y compuso seguidamente una cara de espantada sorpresa que no era del todo fingida.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó Edward ansiosamente.
Con mucho cuidado, levantó la cabeza de Nessie del suelo y la acunó entre sus brazos. Pasó el brazo por detrás de su espalda con el mismo mimo que con el que levantó sus rodillas y la sostuvo en vilo.
Por detrás, Carlisle escuchaba con atención los latidos del corazón de su nieta sin necesidad de su estetoscopio. Parecía tan o más preocupado que Edward, lo cual hizo que por las mentes hormonadas de los adolescentes, sobre en el de las muchachas, empezaran a correr pensamientos acerca de un posible amorío.
Para los inocentes alumnos de Hogwarts, que pensaban que aquellas personas no se habían visto en su vida antes de conocerse en el colegio, resultaba muy extraño que un desconocido mostrara tanta preocupación por la que, hasta tres meses antes, había sido una completa desconocida.
Los alumnos fueron obligados a entrar en clase mientras Edward, con Nessie en brazos, Carlisle y Alice iban subiendo hacia la torre para poder atender a la semi-vampira allí. En el vestíbulo se encontraron con Jacob, que los esperaba allí. La mirada de horror del hombre lobo no tenía precio cuando arrancó a la joven de los brazos de su padre, sin ser brutal ni descuidado.
"Dios mío, ¿qué más puede pasar ahora?" pensó Edward con desesperación mientras contemplaba el cuerpo laxo de su hija en brazos de Jacob. Las cosas no podían ir peor, ¿verdad?
Un tirón en la manga y Alice le mostró el modo en el que efectivamente las cosas podían empeorar.
—Esto no puede seguir así.
Sorprendida por el arrebato de Neville, Hermione miró primero a la rabiosa cara del muchacho y después a la portada del Quisquilloso que Luna había dejado en la sala durante su última visita. De algún modo que solo la ravenclaw conocía, había descubierto donde estaban los muchachos y de vez en cuando la sala le permitía la entrada a la habitación donde estaban escondidos los chicos. Aquella mañana se había pasado por allí, inusualmente callada, con la revista en la mano.
La portada de la revista, que había cambiado bruscamente de temática desde el comienzo de la guerra, mostraba imágenes tomadas desde una escoba del puerto de Eastbourne ardiendo, y el titular rezaba: "Treinta y dos muertos en el ataque a Eastbourne. Se espera un aumento de la cifra (más información en la pág. 2)".
Espantada, Hermione abrió la revista y leyó muy rápidamente el artículo en el que Xenophilius Lovegood describía el ataque a Eastbourne, dando el nombre de todos los muertos, magos o muggles. Un nombre llamó la atención de Hermione.
—Algie Longbottom... —murmuró la muchacha.
Neville asintió.
—Mi tío abuelo estaba allí. Tiene viruela de dragón y estaba tomándose unas vacaciones. Aunque me temo que no han salido como él esperaba —añadió sarcástico, pero Hermione alcanzó a ver que el gryffindor tenía los ojos rojos.
—Lo siento mucho, Neville.
—Esto no puede seguir así —repitió el muchacho.
—¿Y por qué el ED no empieza a luchar de nuevo?
Neville y Hermione se giraron hacia Luna, que los miraba con inocencia.
—Luchábamos cuando la profesora Umbridge estaba aquí y los nargles infestaban cada esquina del castillo y los wracksputs campaban a sus anchas por nuestras cabezas. ¿Por qué no lo hacemos ahora también?
Hermione negó con la cabeza, con tristeza. Giró la cabeza hacia la chimenea que les había proporcionado la sala, donde unos niños de primer año hablaban en susurros.
—Aquí no hay más que niños, Luna. No podemos luchar.
—Yo no veo más que adultos demasiado jóvenes, Hermione Granger. Además, ¿quién ha dicho que para oponer resistencia tengamos que pelear?
Neville se levantó de manera resuelta y se puso de pie encima de una mesa.
—Esto solo hay una manera de resolverlo. ¡Votemos! ¡Hey, prestadme atención un momento, por favor! ¡Un segundo, por favor
Cuando todo el mundo se hubiese girado hacia Neville, este carraspeó y miró a Luna, ahora un tanto indeciso.
—Eh... Nuestra amiga Luna ha tenido hoy una idea. Nos ha propuesto que el ED vuelva a resurgir de nuevo.
Luna tomó la palabra.
—Somos el Ejército de Dumbledore, pero Dumbledore ha muerto. Él luchaba contra el Señor Oscuro, ¿por qué no habríamos de hacerlo nosotros también?
Un murmullo de asentimientos recorrió la sala.
—Eso, eso...
—Peligroso...
—Es justo y necesario...
—Muy arriesgado...
—¡Luchemos!
La única palabra que pronunció Ernie fue suficiente para levantar una acalorada discusión entre los niños.
Hermione contempló como la sala se levantaba entera en pos de una creencia, en pos de algo en lo que creían creer. Mirara donde mirara, solo podía ver niños de once, doce, trece años. Sin embargo, todos estaban unidos por la misma causa, estaban todos unidos bajo la misma bandera. No pudo evitarlo: sonrió.
—Entonces, ¿estamos todos de acuerdo? —gritó Neville—. ¡Que levanten la mano todos aquellos que estén de acuerdo!
Hermione, Ernie, Hannah y Luna fueron los primeros en levantar la mano. Poco a poco, fuera porque de verdad creían en la causa, fuera por presión de grupo, todo el mundo levantó la mano.
—¡Bien! —exclamó Neville, con un brillo febril en la mirada, contento de estar haciendo algo por la guerra al fin—. ¡El ED vuelve a levantarse de nuevo!
En la torre de los Cullen, en la habitación de Nessie...
—Ha sido solo una bajada de presión —dijo al fin Carlisle, haciendo que Jacob y Edward suspiraran de alivio.
—Despertará en dos minutos y siete segundos. Estará mareada y tendrá sed. ¿Podrías ir a buscarle un vaso de agua, Jake?
—Claro.
El hombre lobo desapareció escaleras abajo para ir a buscar un vaso de agua. Mientras, los tres vampiros esperaron a que Nessie despertara. De un bolsillo de la túnica, Alice extrajo una bolsita hecha de pañuelos con bollitos y dulces de la mesa del desayuno.
—Bien pensado, hija —murmuró Carlisle suspirando—. No necesito pruebas ni análisis para saber que la sangre de Nessie es casi anémica y que le faltan proteínas y azúcar. Pensé que podría ser lo suficientemente responsable como para comer de todo, pero supongo que los últimos acontecimientos le han distraído de cuidar su salud adecuadamente.
—No es la única que se ha descuidado —apostilló Edward.
—Lo sé, y aún así no podemos dejar pasar el desliz. No debe jugar con su salud.
Jacob regresó y justo entonces despertó la joven.
—¿P-papi? ¿Jake?
Con infinito cuidado, Edward sentó a su hija en la cama y Jacob le ofreció el vaso de agua. Esperaron hasta que se terminara el vaso de agua antes de ofrecerle el bollito relleno de crema y melaza y los bizcochos con calabaza. Jacob salió disparado a rellenar el vaso de agua. Cuando volvió, Nessie solo había probado un mordisco del bollito.
—He querido esperar a que Jacob estuviera aquí para que escuche atentamente las indicaciones que te voy a dar. Ahora debo actuar como tu médico de cabecera, no como tu abuelo, jovencita —dijo, muy serio.
Jacob, preocupado, se agachó a un lado del lecho de Nessie.
—¿Qué ocurre? ¿Qué tiene? —inquirió.
—Anemia. Y malnutrición con toda seguridad. Comprendo que lo que ha ocurrido en las últimas semanas te han perturbado mucho, pero has descuidado tu salud en el proceso. A partir de ahora, seguirás una dieta que le daré a Jacob, y quiero que te asegures de que come todo lo que ponga —miró a Nessie, a quien ahora le temblaba el labio—. No estoy enfadado contigo, pero quiero que entiendas que no voy a caer en tus pucheros o en tus berrinches. Me temo que ya tenemos suficientes preocupaciones como para que tú añadas más cosas a la lista, ¿entiendes?
—Sí —asintió ella, mansamente.
Alice miró a Edward. Ambos habían estado hasta entonces de testigos silenciosos, pero ahora unos pasos se aproximaban a la torre.
—Ya viene, Edward.
El vampiro asintió y bajó las escaleras a tiempo para escuchar una voz rota y entrecortada dando la contraseña de la torre.
Bella entró a través del cuadro, con la cabeza gacha y los hombros hundidos. Levantó la mirada lo suficiente como para ver a Edward esperándola con los brazos abiertos. Saltando y corriendo a velocidad vampírica, Bella se lanzó a los brazos de su marido y empezó a llorar.
Edward la estrechó con fuerza contra su pecho y esperó que ella le diera la noticia que él ya sabía por medio de la visión de Alice.
Poco a poco se calmó y entonces susurró:
—Charlie ha muerto.
Rosalie, mientras tanto, había convocado a todos los slytherin en la sala común de las serpientes. Todas estaban allí, y, aunque hubiera querido tener el apoyo de Edward en todo aquello, sabía que debía hacerle frente al problema sola.
Si algo había aprendido de los slytherin en todo ese tiempo, era que sus problemas se resolvían a puerta cerrada, lejos de la vista y los oídos del resto del mundo. Los problemas entre las serpientes se resolvían entre las serpientes, pero ante el resto del mundo eran un frente unido, que podía enfrentarse contra viento y marea sin sufrir daños.
Y, a pesar de todo lo que se contaba de los slytherin, Rosalie no podía evitar admirarlos por lo que hacía, por lo que habían logrado y por lo que podía conseguir. No podía evitar comprender la profunda lealtad que los unía a su casa. No podía evitar comprender que quisieran salvar su propio pellejo y el de aquellos a los que amaban antes de pensar en el futuro del resto del mundo.
Suspiró. En el fondo, y sin necesidad de que Jasper o Edward se lo confirmara, ella sabía que era una slytherin, por mucho que no compartiera las creencias de aquellos fanáticos sangre pura.
Ya conocía a muchos de ellos, se sabía sus nombres, conocía sus sueños y preocupaciones gracias a Edward y no podía evitar apreciarlos, pero apreciarlos de verdad, de corazón. Se había sorprendido al comprobar que los alumnos eran más abiertos con ella: no desconfiaban tanto de ella por la simple razón de haber sido elegida para Slytherin. Pero aún no contaba con su confianza. Eso nunca. Las serpientes solo confiaban en su propia sangre y en aquellos que hubieran hecho algo por ganarse su confianza.
Cuando todo el mundo estuvo delante de ella, acomodados como podían en los sofás y las escaleras, Rosalie comenzó a hablar.
—Desde el uno de septiembre, desde que entrasteis en el colegio, todos y cada uno de vosotros pasasteis a ser mi responsabilidad. Pasasteis a ser responsabilidad de Masen y mía. Espectáculos como el de hoy solo consiguen avergonzarme y ponerme en evidencia delante de los otros encargados de resguardar vuestra seguridad. No estoy dispuesta a dejar que se repita —ladró Rosalie, con ferocidad, sintiéndose casi mejor cuando vio que algunos retrocedían imperceptiblemente para el ojo humano—. Quiero una solución para este problema, y la quiero ya.
Desde uno de los sofás, uno de los alumnos de séptimo curso lanzó un gruñido desdeñoso.
—La única solución a este problema sería cortarlo de raíz. Deberíamos expulsar a todos los sangre sucia y a todos los traidores a la sangre de este castillo. Solo entonces los dementores se irán y el gobierno dejará al colegio en paz.
A su lado, una chica asintió con entusiasmo.
—Los sangre sucia son como malas hierbas. Crecen en todas partes, dañando la belleza del jardín. Debemos eliminarlas de raíz, y vigilar, para procurar que no vuelvan a crecer.
Desde un puesto privilegiado, repantigado en uno de los sofás más cómodos de la sala común, Draco tuvo que reprimir un escalofrío al sentir un déjà vu apoderándose de él, al recordar que de esa forma hablaba su tía Bellatrix también.
Rosalie también tuvo que controlar firmemente, con mano de hierro, la expresión que dejaba translucir. La imagen que proyectaba hacia los demás lo era todo.
—El problema aún no ha sido exterminado —susurró, lo suficientemente alto como para que todos lo escucharan—. Aún no es el momento de dejar entrever vuestras verdaderas creencias, vuestras verdaderas convicciones. Esperad un poco más. —Le dolía tener que hablar de esta forma, pero era el único camino que veía ahora—. Esta es mi última palabra. Si alguien tiene algo que objetar, que venga y me lo diga ahora.
Los slytherin se quedaron en silencio, hasta que un niño de segundo año rompió el hielo.
—¿Por qué todos los demás pueden expresar sus convicciones y nosotros no?
—¿Por qué los duendes de la segunda revuelta de 1887 no podían decir en voz alta lo que pensaban? Porque no era seguro. Porque aún no había llegado el momento. Porque si lo decían, los magos aplastarían a los duendes y la revuelta, que puso la guerra a favor de los duendes, nunca habría tenido lugar. Aún no ha llegado el momento y debéis esperar.
Uno de los muchachos de quinto dio un fuerte golpe sobre unos libros apoyados en una mesa.
—No tenemos opinión, ni voz, ni voto. Desde el mismo momento en el que somos sorteados para Slytherin, la gente de otras casas nos miran con otras caras, somos otras personas para ellos. Nos volvemos oscuros para ellos desde el mismo momento en el que entramos en la casa de las serpientes. Somos como ellos mismos nos han hecho, pero aún así rechazan su obra, como el doctor rechazó a Franckesntein tras ver lo que había creado.
—Demostradle entonces que sois diferentes —dijo Rosalie.
—¿Y si no queremos ser diferentes? —le desafió una chica desde otro butacón.
—Entonces haced lo que mejor os parezca, siempre y cuando no dañéis a nadie, y que no os importe lo que los demás piensen de vosotros.
Draco Malfoy se acercó arrastrando los pasos, dejando que la luz le iluminara el rostro poco a poco.
—Pareciera que no sabéis cómo funcionan las cosas en la casa Slytherin, Hale. La imagen lo es todo. La imagen que les das a los demás es lo que los demás piensan de ti. No podemos permitir que los demás piensen mal de nosotros, pero lo hacen desde que entramos en esta casa —se giró de nuevo hacia la multitud—. Dejemos el tema. Aún queda mucho hasta que ganemos esta guerra.
Cayó la noche.
Era más peligroso que nunca salir de la sala de los menesteres, pero la misión de Harry no avanzaba. Además, tenía algo que contarle a los Cullen, algo que no podía ser ignorado.
Hacía mucho tiempo que no iba a la biblioteca. No tendría por qué ser peligroso ir ahora, ¿verdad?
Al entrar en la Sección Prohibida, sin embargo, una visión la sorprendió.
Una gran cesta de mimbre reposaba sobre la mesa, llena de comida a rebosar hasta arriba. Parecían haberla puesto a posta allí para ella.
Cuando se acercó, vio una tarjetita que sobresalía de unos de los lados de la cesta.
"Feliz Navidad por adelantado, ED"
Alice sonrió desde la torre al ver en una visión que Hermione había encontrado la cesta. No había podido resistirse. La idea era dejarla allí el día de Navidad, o pedirle a la chica Lovegood que la llevara, pero al ver lo que había sucedido con Nessie aquella misma mañana no había podido evitar dejar allí la cesta antes de lo previsto.
En el fondo de esta había una gran cantidad de pociones reconstituyentes y vitamínicas. Esperaba que con eso, los niños pudieran al menos pasar una buena Navidad. Solo era el quince de diciembre, pero ese tipo de cosas nunca estaban de más, ¿verdad? Y tampoco estaba de más que la cesta estuviera encantada para rellenarse sola cincuenta veces más, ¿verdad? Dobby era su colaborador en eso: él se encargaría de rellenar la cesta cada vez que se vaciara.
Una nueva visión le mostró a Jasper acercándose sigilosamente a su espalda.
—¿Qué has hecho? —le preguntó él, divertido, al sentir la alegría emanando del cuerpo de Alice.
—Mi buena obra del día.
Navidad llegó.
La noche de Navidad el castillo estaba reluciente de nuevo, con vivos colores y adornos, a pesar de que el ánimo de los habitantes de Hogwarts no acompañaran en tan alegre festividad.
Gran parte de los alumnos que quedaban habían decidido regresar a sus casas para pasar las fiestas con sus familias. El día veintidós, un par de días antes de la Nochebuena, el tren partió de Hogsmeade con casi trescientos alumnos a bordo. En el castillo habían quedado siete alumnos: Malfoy, Crabbe, Goyle, Harry, Ron y dos pequeños hufflepuffs de segundo año, cuyos padres habían muerto y no tenían a donde volver.
La cena de Navidad fue muy tensa, puesto que Malfoy y Harry se dedicaban a matarse mutuamente con las miradas. Ron y los dos gorilas de Malfoy estaban demasiado ocupados con la comida como para percatarse de algo más. Los Carrow bebían y brindaban como los que más, mientras los demás profesores comían rígidamente a su lado. Acabaron borrachos, y al intentar dar la nota, Amycus Carrow se puso de pie sobre la mesa, metió su bota en la fuente del ponche de huevo y resbaló con él, cayendo ridículamente al suelo. Aquello, según Ron, fue lo único memorable de toda la noche, aparte de la comida.
Los Cullen habían decidido celebrar su propio banquete en su torre, para no tener que dar explicaciones de por qué no comían. La comida había sido íntegramente devorada por Jacob, aunque Nessie, por primera vez desde que llegó al castillo, procuró comer también en abundancia bajo la mirada inquisitiva de su padre y su madre.
Bella había estado muy triste desde que Charlie Swan había muerto. El buen hombre había caído bajo una maldición asesina, presuntamente mientras dormía. La Marca Tenebrosa había aparecido encima de la casa, señalando al autor del crimen. Los muggles que habían visto la Marca habían sido desmemorizados y la causa oficial de la muerte era paro cardíaco. Afortunadamente, ni Sue Clearwater ni Billy Black estaban con él aquella noche, pero ambos estaban también destrozados por la muerte de Charlie.
Aquel año, con la prohibición expresa de todo el mundo para salir del castillo, los Cullen no habían hecho regalos materiales como otros años. A cambio, se dedicaron mutuamente tarjetas, canciones (en el caso de Edward, que había compuesto finalmente la canción para Nessie) y trabajos manuales (como los jerseys al estilo Weasley que Esme había tejido para todos).
La Navidad finalmente había llegado y para los chicos del ED también. Aún no habían decidido qué hacer, así que mientras lo decidían, celebraban su propio banquete con la cesta que tan amablemente les había proveído el benefactor anónimo.
La cesta, así como toda la comida, había sido sometida a un examen exhaustivo por parte de Hermione y de los demás estudiantes de séptimo. Habían comprobado de cabo a rabo todas las pociones y toda la comida había sido dada a probar primero a unos ratones de laboratorio. Los ratones sobrevivieron y no hubo ningún resultado negativo en ningún análisis, así que dieron buena cuenta de la comida.
Fue una grata sorpresa el comprobar que la comida llenaba la cesta milagrosamente de nuevo, pero Hermione sospechaba que eso debía de tener un límite, así que no permitió que la comida se malgastara y tampoco que la gente se empachara.
Con el castillo tan vacío, Hermione ya no temía dar más paseos nocturnos a la biblioteca. Harry y Ron ya le habían llevado la noticia de que los Carrow estaban durmiendo la mona en sus despachos, así que decidió salir a comprobar el terreno.
Sus pasos la llevaron hasta los jardines. No era seguro salir, eso lo sabía de sobra, desde que los dementores hacían guardia por los terrenos de noche. Se quedó sentada en las escaleras, disfrutando de la brisa nocturna. Hacía tiempo que a los chicos del ED se le había negado incluso el mero hecho de disfrutar de un poco de privacidad, y la sala no proporcionaba ventanas que no fueran artificiales.
Disfrutar un poco del aire no haría daño.
Unos pasos la sorprendieron por detrás.
—Vaya, Granger... No aprendemos, ¿no?
Malfoy se acercaba a ella, sujetándose el antebrazo izquierdo con la mano derecha. Estaba muy pálido y respiraba casi entrecortadamente.
Mortífago o no, el espíritu compasivo de Hermione salió a la luz.
—¿Qué te pasa, Malfoy?
—¡Nada de tu incumbencia! Ahora, ¡quítate de mi camino!
Ante el arrebato del slytherin, Hermione no pudo evitar sulfurarse.
—¡Solo pretendía echarte una mano!
Malfoy levantó la mirada y Hermione supo que había malinterpretado sus palabras.
—Escúchame bien, Granger, me debes un favor. Pero eso no significa que te haya dado carta blanca para que puedas meterte en todos mis asuntos. Ahora, si te apartas...
Tercamente, Hermione se puso delante de él para impedirle pasar. Su mente había sido siempre muy rápida para atar cabos.
—Es él, ¿verdad? —demandó saber.
—¡Maldita sea, Granger! ¡Si yo no me meto en tu vida es precisamente para que tú no te metas en la mía! ¡Si aún no te he delatado ante Snape o los Carrow no es por que me conmováis o porque tenga un corazón de oro como los malditos gryffindors!
—¿Por qué es entonces? —preguntó ella con suavidad, que ya se había hecho la misma pregunta miles de veces.
Malfoy dejó su brazo libre para revolverse el cabello de pura frustración.
—Ni yo mismo lo sé, ¿vale? Tú ganas...
—¿Qué he ganado? —preguntó Hermione con curiosidad.
Malfoy dejó escapar una media sonrisa irónica.
—Los gryffindors verdaderamente no entendéis nada...
—Si no lo entiendo intenta hacer que lo entienda.
—¿Y si no quiero?
Hermione se encogió de hombros.
—Consideraré que tengo carta blanca para molestarte.
Era curioso... ¿cuándo habían empezado a discutir como niños pequeños? Malfoy negó con la cabeza, esperando más palabras de la gryffindor, pero ella se quedó en silencio.
Era muy curioso... por primera vez, una gryffindor y un slytherin, sentados juntos en un espacio no mayor de cinco metros, sin pelearse ni discutir.
"Muy curioso" pensó Alice al ver la nueva visión y sonrió de forma lobuna.
Muchas gracias por los constantes reviews y mil perdones por la tardanza. Hice hace poco un viaje de estudios que me tuvo muy ocupada, aunque de hecho conocí a otra chica también muy aficionada a FF. ¡Este capítulo es para ti, Paula!
Gracias por los diversos ánimos, entre los que siempre estabas tú, salesia, y por todos los demás reviews, que ahora mismo son incontables. Por cierto, hubiera querido responder todos los reviews, pero no hubo tiempo. En especial el tuyo, Avataralex, para decirte que no son falsas esperanzas. Efectivamente, tardo mucho tiempo en actualizar, pero eso no quiere decir que vaya a dejar de hacerlo. Por cierto, creo que no introdujiste los espacios entre el arroba y los puntos, así que tu e-mail no me apareció en el review.
Sin más, me despido quitándome el sombrero ante vosotros, amables lectores,
lady Evelyne
P.D.: Si alguien lee mi otro fic, ''Un ángel en mi vida'', que sepa que no falta mucho para que termine el próximo capítulo, y que en una semana o dos, lo estoy subiendo.
