Percy Jackson, pertenece a Rick Riordan.

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La Nueva Luz del Olimpo.

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26: Creo que he visto un lindo gatito.

Luego de una noche de sueño, entre sabanas costosísimas de color vino tinto, Quirón les entregó a los tres hijos de Hades/Plutón, pergaminos muy antiguos y notas de diarios de antiguos hijos del rey del Inframundo, para que estudiaran sus poderes y así lograran manifestarlos: controlar la tierra y las rocas; solo Hazel podía convocar piedras preciosas; convocar Guerreros Esqueletos, convocar las almas de los fallecidos al cantar, viaje en sombras, manipulación de metales preciosos, manipulación de huesos.

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Al tiempo que todos veíamos a los hijos del tío Hades, aprendiendo a usar sus habilidades, aprendiendo a usar o dos al día o incluso pasando dos días, descubrí a Zoë yendo a la Casa Grande. Se me hizo raro, pues he estado aquí en todo momento y no he visto a Quirón o al Señor D, llamarla. Así que decidí seguirla y la vi ascendiendo por las escaleras y dirigiéndose hacia el Oráculo. Zoë tragó saliva, una vez que se encontró ante el esqueleto. — ¿Qué debo hacer para ayudar a mi diosa?

Cinco viajarán hacía el oeste junto a la diosa de la caza,

quien debía de ser encadenada,

uno se debía de perder en la tierra sin lluvia.

Dejen que la hija del mar les muestre la senda,

Campistas y Cazadoras prevalecen unidos.

Las hijas de los Tres Grandes, juntas triunfarán,

a la maldición del titán uno resistirá,

y la futura diosa de las estrellas confianza deberá tener

o por mano paterna perecerá.

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Al descender primero que Zoë, me encontró con Grover y charlé con él o, mejor dicho: permití que se desahogara conmigo, sobre sus inquietudes.

Pues este año, como Quirón había puesto a todos los sátiros en alerta roja para rastrear mestizos, Grover no había podido continuar su búsqueda. Y eso debía de tenerlo loco. —He dejado que se enfríe el rastro —dijo. —Siento la misma inquietud permanente, como si me estuviese perdiendo algo importante. Sé que la forma más lógica, es tomando el camino del Laberinto, pero sin el Hilo de Helena, hasta el año entrante, entonces sería perderme y… Él está ahí fuera, en alguna parte. Presiento que estamos ante más…

Escuchamos a un águila chillar y corrimos a ver qué era. El águila se detuvo delante de Thalía, quien tomó un paquete que traía el ave, quien tan pronto como lo entregó, se alejó. Nos miramos y caminamos hacía mi novia. —Nena —eso le llamó la atención. — ¿Qué tienes allí? —miró el paquete, lo abrió y sus ojos también se abrieron, al ver el contenido. Rebuscó un poco más y extrajo una carta.

Se aclaró la garganta. —Mi querida hermanastra: Estás en camino de encontrarte con nuestro abuelo y sus aliados. No se preocupen si durante su viaje, llegan a mi chatarrería, llévense lo que quieran, pues la maldición no los afectará. Corran lejos de cualquiera de mis guardianes metálicos y no traten de enfrentarlos, pues tarde o temprano se detendrán. Madre y yo, sabemos que su camino, los llevará hasta el otro monte y es allí, en donde deberán de plantar estos cuatro y luego dejar correr el contador en reversa, hasta llegar al cero. También, una nueva lanza, que espero no te veas obligada a usar con aquello que yace dentro del barco El Amanecer de la Plaga. Te quiero. ATTE.: Tu hermanastro, Hefesto.

Ella rebuscó dentro del paquete y extrajo un bloque de C4, que ya tenía un contador listo para ser activado. Yo silbé. —Sí. Esto parece ser perfecto para la misión en el Monte del abuelo —y los tres asentimos. —Vengan: debemos de decirles la profecía a los demás. —encontrar a Quirón nos resultó fácil. —Quirón: reúne a los jefes de cabaña. Es sobre la Profecía, es más grande de lo esperado.

El consejo se celebró alrededor de la mesa de ping pong, en la sala de juegos. Dionisio hizo una seña y surgieron bolsas de nachos y galletitas saladas y unas cuantas botellas de vino tinto. Quirón tuvo que recordarle que el vino iba contra las restricciones que le habían impuesto, y que la mayoría de nosotros éramos menores. El señor D suspiró. Chasqueó los dedos y el vino se transformó en Coca Diet.

Nadie la probó tampoco.

El señor D y Quirón –ahora en silla de ruedas– se sentaron en un extremo de la mesa. Artemisa y Zoë, ocuparon el otro extremo. Los líderes de cabaña: Thalía, Clarisse, Grover y mi hermano Gabriel, se situaron en el lado derecho, (él me pidió estar presente también); y los demás líderes: Beckendorf, Silena Beauregard, Annabeth y Luke, en el izquierdo. Bianca tomó el puesto como líder de la cabaña de Hades.

—Se supone que hemos de actuar juntos —se obstinó Thalía con tozudez y miró a Zoë (después me enteré de que la capitana de las Cazadoras, estaría solo fingiendo desagrado hacía los Campistas y más de lo mismo con Thalía). —A mí tampoco me gusta, Zoë, pero ya sabes cómo son las profecías. ¿Pretendes desafiar al Oráculo?

—No podemos retrasarnos —advirtió Quirón. —Hoy es domingo. El próximo viernes, veintiuno de diciembre, es el solsticio de invierno. Y si Cronos se está levantando, entonces Artemisa debe asistir al solsticio. Ella ha sido una de las voces que más han insistido dentro del consejo en la necesidad de actuar contra los secuaces de Cronos. Si no asiste, los dioses no decidirán nada. Perderemos otro año en los preparativos para la guerra.

—Nos desharemos de las tropas de mi abuelo, mucho antes de eso… tío Quirón —dijo Artemisa, sonriéndole con cariño al centauro. —Zoë, Thalía… Bianca y Hazel, vendrán conmigo y con Penélope, pues Penélope es hija de mi tío Poseidón, Bianca y Hazel son hijas del tío Hades/Plutón y Thalía es mi hermana. La profecía lo dice: "(…) dejen que la hija del mar les muestre la senda, (…) Las hijas de los Tres Grandes, juntas triunfarán, (…)". Empaquen ropa para tres días, dos pijamas y armas.

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Salimos de la Casa Grande y prácticamente fui arrastrada por mis hermanos, hasta nuestra cabaña, en donde me mostraron unas armaduras que jamás había visto y me colocaron encima, todas las armaduras femeninas. La armadura de nuestra hermana Leticia de Kastoriá, me fue perfecta y Gabriel tomó otras dos: una había sido de Lisa de Troya y otra de Carla Schmidt (una hermana nuestra, nacida en Alemania seis años antes de la II Guerra Mundial), serían para Bianca y Hazel y él fue a llevárselas.

Benjamin me entregó un nuevo escudo. —Le hice tres favores a Hefesto. Uno tras otro, para al final cobrárselos, con este escudo. Es algo similar al... Espejo de Yata: el escudo del dios Susanoo, contraparte de nuestro padre en Japón.

Salí con un maletín con ropa femenina de diseñador, recientemente terminada de confeccionar por las hijas de Afrodita (de quienes mis hermanos se hicieron sirvientes, casi todo el año, solo para que les debieran favores y me confeccionaran estas ropas), una armadura muy antigua, un nuevo escudo y mis espadas en los bolsillos.

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Uno de los problemas de volar en una Yegua Pegaso a la luz del día es que si no tomas precauciones puedes provocar un accidente en la autopista de Long Island. Procuré mantenerme por encima de las nubes, que por suerte son bastante bajas en invierno. Íbamos lanzadas, tratando de no perder de vista la furgoneta del campamento, que era conducida por Zoë. Yo ya había tenido que viajar con ella como conductora y no era agradable, ser su copiloto o pasajero... por mucho que la ame.

Si abajo hacía frío, imagínate allí arriba, en el aire, donde me acribillaba una lluvia helada.

Perdimos de vista la furgoneta un par de veces, pero estaba casi segura de que primero pasarían por Manhattan, así que no me fue difícil localizarlos de nuevo.

El tráfico era pésimo con las vacaciones. Entraron en la ciudad a media mañana. Hice que mi alada amiga, se posara cerca de la azotea del edificio Chrysler y desde allí observé la furgoneta blanca. Creía que se detendría en alguna estación de autobuses, pero siguió adelante.

En un momento, descendimos en un parque y le dije a mi amiga, que comiera del pasto de aquel parque, fui y me compré bastantes botellas de agua y unas papas fritas. Le ordené volver al Campamento en cuanto tuviera las fuerzas suficientes.

Las vi salir de un local. —Washington está a unos cien kilómetros —dijo Bianca. —Nico y yo... —frunció el entrecejo. —Vivíamos allí.

—Esto no me gusta —murmuró Zoë. —Deberíamos dirigirnos directamente al oeste. La profecía decía al oeste.

—Como si tu destreza para seguir el rastro fuese mejor, ¿no? —refunfuñó Thalía.

— ¡Suficiente ustedes dos! —Les riñó Artemisa, deteniendo la pelea, entre su teniente actual y su teniente futura. —Hacen que me den unas ganas enormes, de estar sujetando el cielo en el Monte Tamalpais y no aquí, con ustedes. Washington es nuestra mejor alternativa. Esperemos que Penélope pueda alcanzarnos.

—Nos alcanzará —aseguraron las demás y yo sonreí, viéndolas desde la distancia.

Escuché un relincho detrás de mí. —Estoy listo, jefa.

Yo la cabalgué. —Nos vamos a Washington. Al museo Smithsoniano.

Mientras continuábamos hacia el sur viendo la furgoneta que se quedaba atrás, siguiéndola a vista de pájaro, (o, mejor dicho, de Pegaso), me pregunté si Zoë hablaba en serio. Yo no sabía exactamente cuándo se habían inventado los coches, pero me figuraba que, en tiempos prehistóricos, cuando la gente miraba televisión en blanco y negro y cazaba dinosaurios.

Sinceramente, la conducción de Zoë dejaba bastante que desear. Yo misma había conducido en un par de ocasiones, el vehículo del oloroso Gabbe y puedo decir que conduzco mejor que mi bella cazadora estelar.

...

...

Cuando nos acercábamos a Washington, mi amiga alada empezó a perder velocidad y altitud. Jadeaba. —Hora de descender, amigo —le avisé y descendimos en el parque, yo me bajé y le acaricié el cuello, sintiendo su pulso acelerado. —Tomate tu tiempo, come pasto del parque y cuando tengas fuerzas, vuela a tu ritmo, hasta el Campamento.

— ¿Puedes seguir desde aquí, jefa? —me preguntó.

—Puedo seguir desde aquí —le aseguré con una sonrisa. —Me uniré al grupo. Me están esperando aquí mismo, en este museo. —Ella se quedó pastando, yo esperé a que el semáforo cambiara y pasé desapercibida para mis novias. Me metí a un baño público rápidamente y me cambié de ropas, tomando un vestido blanco de falda de bolardos, me coloqué un pantalón lycra corto, haciendo parecer que, bajo el vestido, solo llevaba la ropa interior y las espadas como pulseras en mis muñecas, junto al escudo, me abroché, además, un collar a juego, el cual pasaría desapercibido con las otras joyas, pero con un solo pensamiento, me volvería invisible, gracias a ese mismo collar y llamé la atención de hombres y mujeres; pero no por eso, dejaba de ser una simple chica que se acercaba al museo Smithsoniano.

Mirando con mayor atención, de un coche negro bajó un hombre de pelo gris cortado al estilo militar. Llevaba gafas oscuras y un abrigo negro. En Washington hay tipos así por todas partes. Pero yo había visto aquel coche en la autopista un par de veces. Siempre hacia el sur. Habían seguido a la furgoneta. El tipo sacó su teléfono móvil y habló un momento. Luego miró alrededor, como asegurándose de que no había nadie a la vista, y echó a andar por el Mal hacia mis amigos. Y lo peor de todo: al volverse, lo reconocí. Era el doctor Espino, la Mantícora de Westover Hall.

Esperaba haberme librado del desgraciado, un par de décadas o meses extra, pero no.

Ni siquiera reparó en mí. O en caso de hacerlo, solo me miró con ojos de lujuria, en serio: odio tener una copa E, es una pesadilla y usar el arco es un asco, tengo que usarlo horizontalmente y es incómodo, pero no por eso imposible de usarlo. Agradezco este vestido que mis hermanos prepararon para mí.

Seguí a Espino a cierta distancia. El corazón me latía desbocado. Espino se mantenía bastante alejado de mis amigos y hacía todo lo posible para no ser visto.

De reojo, vi como el resto del grupo, ingresaban en el Museo y se dirigían al área de Aire y Espacio.

Espino cruzó la calle y subió las escaleras del Museo de Historia Natural.

Había un gran cartel en la puerta. A primera vista leí: "Cerrado por las fieras" luego deduje que tenía que ser "fiestas" Entre tras él y lo seguí por una gran sala llena de esqueletos de dinosaurio y mastodontes. Se oían voces al fondo, tras unas grandes puertas. Fuera había dos centinelas. Le abrieron a Espino y tuve que apresurarme a empuñar el arco, agarrar una flecha, tensar la cuerda y dispararla. Una sonrisa apareció en mis labios y sé que si Misa viera esto, ella como Diosa de la Caza, me obligaría a unirme a ellas: la punta de mi flecha, se clavó antes de que las cerraran y dejaba un espacio entreabierto. Destapé las colonias y me rocié con ellas, como esperando que esto me hiciera pasar por una hija de Afrodita y me acerqué más.

Espino se hallaba en una enorme estancia redonda, con una galería que la rodeaba un metro por encima del suelo. En aquella galería había al menos una docena de guardias mortales, además de un par de monstruos; dos mujeres reptiles, cada una con dos colas de serpiente en lugar de piernas. Las había visto en otra ocasión: Dracaenae de Escitia.

Entre las dos mujeres serpiente -y habría jurado que mirándome- estaba Damian White. Tenía un aspecto terrible: la piel lívida como la cera y el pelo -antes negro- casi del todo gris, como si hubiera envejecido diez años en unos meses. Aún conservaba el brillo colérico de sus ojos.

Junto a él, sentado de modo que las sombras lo ocultaran, había otro hombre. Lo único que le veía eran los nudillos, aferrados a los brazos dorados de su silla, que parecía un torno. — ¿Y bien? —preguntó el hombre de la silla. Su voz era igual que la que había oído en mi sueño: no la voz espeluznante de Cronos, sino que más profunda, más grave, como si la tierra misma se hubiera puesto a hablar. Su resonancia llenaba la sala pese a que no estaba gritando.

El doctor Espino se quitó las gafas oscuras. Sus ojos de dos colores, marrón y azul, relucían de pura excitación. Después de una rígida reverencia, habló con su extraño acento francés. —Están aquí, General.

—Eso ya lo sé, idiota —respondió el hombre con voz tonante. —Pero ¿dónde?

—En el museo de cohetes.

—El Museo de Aire y el Espacio. —corrigió Damian con irritación.

El doctor Espino le lanzó una mirada furibunda. —Como usted diga, señorrrr...

Me dio la sensación de que habría preferido traspasarlo con una de sus espinas. — ¿Cuántos? —preguntó Damian.

Espino fingió no haberlo oído.

— ¡¿Cuántos?! —insistió el General.

—Cinco, General. El sátiro, Grover Underwood. La chica con el pelo negro en punta y con ropa... ¿cómo se dice?... punk, armada con ese escudo espantoso.

—Thalía, la hija de Zeus —gruñó Damian.

—La Cazadora con una diadema de plata.

—A ésa la conozco —gruñó el General. Todo el mundo se removió incómodo.

—Déjeme apresarlos —le rogó Damian al General. —Tenemos más que suficientes...

—Paciencia —replicó el General. —Ya deben estar bastantes ocupados. Les he mandado un compañero de juegos para entretenerlos.

—Será difícil deshacerse de las cazadoras —dijo Damian. —Zoë Belladona...

— ¡NO PRONUNCIES SU NOMBRE! —rugió el General. Señaló a un guardia que se hallaba en el nivel inferior de la estancia. — ¿Tienes los dientes?

El tipo se adelantó pesadamente con una vasija de cerámica. — ¡Sí, General!

—Plántalos —le ordenó.

En el centro de la sala había un gran círculo de tierra. Observé al guardia mientras extraía de la vasija unos aguzados dientes blancos y los iba hundiendo en la tierra. Luego alisó la superficie ante la gélida sonrisa del General. —Muy pronto, Damian —dijo el General complacido —, te mostraré tales soldados que harán que resulte insignificante el ejército que tienes en ese barco.

El guardia retrocedió y se sacudió el polvo de las manos — ¡Listo, General! —y tomó una regadera. Los que se usan para regar las plantas y vertió su contenido en ese lugar. En cada punto donde habían plantado un diente surgía ahora una criatura de la tierra. La primera emitió un sonido: Era un gatito. Un cachorro anaranjado con rayas de tigre. Luego apareció otro, y otro, hasta una docena, y todos se pusieron a jugar y revolcarse por la tierra.

Todo el mundo los miraba sin dar crédito. El General rugió: — ¿Qué es esto? ¿Gatitos de peluche? ¿De dónde has sacado esos dientes?

El guardia que los había traído se encogió de pánico. — ¡De la exposición, señor! Como usted me dijo. El tigre dientes de sable...

— ¡No, idiota! ¡Te he dicho el tiranosaurio! Recoge esas... esas pequeñas bestias infernales y sácalas de aquí. No vuelvas a presentarte ante mí nunca más. —El tipo estaba tan aterrorizado que se le cayó al suelo la regadera. Recogió los gatitos y salió corriendo. — ¡Tú! —el General señaló a otro guardia. —Tráeme los dientes que he pedido. ¡Ahora! El tipo se apresuró a cumplir sus órdenes. —Imbéciles —murmuró el General.

—Por eso ya no utilizo mortales —dijo Damian. —No son de fiar. —me estaba poniendo los pelos de punta, el escuchar a Damian usar las mismas palabras que Luke en la línea de tiempo pasada, como si fuera alguna clase de guion que estaba aprendiendo de memoria, para ser malvado.

—Son débiles de carácter, fáciles de sobornar, violentos —corroboró el General—. Me encantan. —Un minuto después, el guardia regresó a toda prisa con las manos llenas de grandes y aguzados colmillos. —Magnífico —dijo el General. Se subió a la barandilla de la galería y desde allí saltó, elevándose seis metros por los aires. Al caer, el suelo de mármol se resquebrajó por el impacto. Hizo una mueca y se masajeó el cuello. — ¡Mis malditas cervicales!

— ¿Una almohadilla caliente, señor? —le ofreció el guardia—. ¿Una tableta de paracetamol?

— ¡No! Ya se me pasará. —Se sacudió su traje de seda y le arrebató los dientes al guardia—. Lo haré yo mismo. —Sostuvo el diente y sonrió malvadamente. Mientras que yo, tensaba la cuerda de mi arco. Podrán curarse de las heridas de las flechas con Ambrosia y Néctar, pero al menos les causaría problemas temporalmente. —Dientes de dinosaurio... ¡Ja! Estos estúpidos mortales ni siquiera saben que tienen dientes de dragón en su poder. Y no de cualquier dragón. ¡Estos dientes proceden de la antigua Síbaris en persona! Nos vendrán de perlas. —Los plantó en la tierra. Una docena en total. Recogió la regadera y roció el suelo de líquido rojo. Luego la dejó a un lado y abrió los brazos. — ¡Alzaos! —El suelo tembló. El esqueleto de una mano surgió disparado de la tierra y apretó el puño. El General levantó la vista hacia la galería. —Deprisa, ¿tenéis el rastro?

—Sssssí, señor —dijo una de las Dracanae, y sacó una faja de tela plateada, como la que llevaban las cazadoras.

—Magnífico —dijo el General. —En cuanto mis guerreros huelan el rastro, perseguirán a su propietaria sin descanso. Nada los detendrá: ningún arma conocida por los mestizos o las cazadoras. Harán trizas a las cazadoras y sus aliados. — ¡Pásamela!

En ese momento surgieron esqueletos de la tierra. Eran doce, uno por cada diente plantado por el General. No era como esqueletos de plástico de Halloween, ni como los que habrás visto en las películas de serie B. A éstos les creció la carne hasta que se convirtieron en hombres. Hombres de piel grisácea, con ojos amarillos y ropa moderna: camisetas grises sin mangas, pantalones de camuflaje, botas de combate. Si no los mirabas de cerca, casi podías creer que eran humanos. Pero tenían la piel transparente y sus huesos relucían debajo con un brillo trémulo, como imágenes de rayos X.

Uno de ellos me miró con una expresión helada, y comprendí en el acto que ningún collar de invisibilidad iba a despistarlo.

La mujer-serpiente había arrojado la faja, que revoloteó lentamente por el aire hacia la mano del General. En cuanto él se la entregase a los guerreros, saldrían en busca de Zoë y los demás, y no cejarían hasta aniquilarlos.

No tuve tiempo de pensarlo. Solté la flecha y antes de que hiriera a alguien, disparé una segunda e incluso una tercera flecha, eliminando a las dos Dracanae. Ingresé en el lugar y salté con todas mis fuerzas, chocando con los guerreros y atrapando la faja en el aire.

— ¿Qué significa esto? —bramó el General. Aterricé a los pies de un guerrero-esqueleto, que silbó como una serpiente. —Un intruso —tronó el General. —Un enemigo cubierto de tinieblas. ¡Sellad las puertas!

— ¡Es Penny Jackson! —gritó Damian. —Tiene que ser ella.

Le encajé mi espada en la pierna al General y giré rápidamente, golpeando en el rostro a Damian, antes de correr hacia la salida. Oí el ruido de un desgarrón y vi que el guerrero-esqueleto me había arrancado un trozo de la manga. Cuando volví la vista, se había pegado a la nariz el trozo de tela y lo husmeaba a conciencia. Luego se lo pasó a los otros. Habría querido chillar de pánico, pero no podía. Me colé entre las puertas un segundo antes de que los centinelas las cerrasen de golpe a mi espalda.

Y luego corrí.

Crucé el Mall pintando, sin atreverme a mirar atrás, y me metí disparado en el Museo del Aire y el Espacio. Me quité la gorra de invisibilidad en cuanto crucé la recepción.

La parte principal del museo era una sala gigantesca llena de cohetes y aviones colgados del techo. Por todo el perímetro discurrían tres galerías elevadas que permitían observar las piezas expuestas desde distintos niveles. No había mucha gente. Sólo algunas familias y un par de grupos de niños, seguramente de excursión escolar. Habría querido gritarles que echaran a correr, pero pensé que no lograría otra cosa que acabar detenido. Tenía que encontrar a Thalía, Bianca, Hazel y las cazadoras. En cualquier momento los Guerreros-Esqueleto irrumpirían en el museo, y mucho me temía que no se decantarían por la visita guiada.

Sabiendo lo que se venía, me desvié a la tienda de recuerdos y le compré diez paquetes de comida de astronautas, antes de salir corriendo hacía mis novias. Y nuevamente tropecé con Thalía. Literalmente. Subía a toda velocidad por la rampa que llevaba a la galería más alta y choqué con ella con tal fuerza que la dejé sentada en una cápsula de Apolo.

Ayudé a Thalía a ponerse de pie y les conté lo del Museo de Historia Natural: la escena entre el doctor Espino, Damian y el General.

Zoë me miró con enfado, pero entendí que no me miraba a mí, sino la situación. —Hay guerreros esqueleto. ¿Verdad?

— ¿Cuántos? —preguntó Thalía.

—Doce, como la última vez —dije yo, resistiendo el impulso de suspirar de cansancio.

—Nosotras nos encargamos de los Guerreros Esqueletos —dijeron Bianca y Hazel sonrientes y enseñaron sus espadas.

—Los destruiremos con nuestras espadas de Hierro Estigio. Estaban en nuestra cabaña —dijo Bianca sonriente. —He aprendido de Hazel.

— ¿Algo más? —preguntó Artemisa, sintiendo una migraña por llegar.

—El León de Nemea —dije yo, enseñándole los paquetes de papel plateado —solo necesito que abra la boca y le meteré esto hasta la garganta. Así lo hicimos la última vez.

Se oyó un rugido tan atronador que pensé que había despegado uno de los cohetes.

Abajo, varias personas gritaban. Un niño pequeño chilló entusiasmado: — ¡Gatito!

—Usen flechas y dagas contra su boca. —ordené yo —De otra forma, no podremos derrotarlo. Protéjanse de sus embestidas y de sus garras con los escudos. Pero esquívenlo, siempre que les sea posible.

Un león enorme saltó rampa arriba. Era del tamaño de un camión de mercancías, con uñas plateadas y un resplandeciente pelaje dorado.

Rodé hacia la izquierda, cuando se me vino encima. Silbaron varias flechas y dagas voladoras.

Zoë y Bianca treparon por la cápsula Apolo. Le disparaban flechas Incendiarias y dagas al monstruo, pero todas se partían contra su pelaje metálico sin hacerle nada. El león le asestó un golpe a la cápsula, ladeándola, y la líder de las cazadoras, junto a la hija de Hades salieron despedidas. Grover cambió de tercio y se puso a tocar una melodía frenética. El león se volvió hacia él, pero Thalía se interpuso en su camino con la Égida y la fiera retrocedió rugiendo. — ¡Grrrrr!

— ¡Atrás! —gritó Thalía. — ¡Atrás! —El león gruñó y dio un zarpazo al aire, pero continuó reculando como si el escudo fuera un fuego abrasador. Por un momento creí que Thalía lo tenía controlado, pero entonces vi que el león se agazapaba con todos los músculos en tensión. Yo había visto muchas peleas de gatos en los callejones que había cerca de nuestro apartamento en Nueva York. Sabía que estaba a punto de saltar.

Le di una fuerte patada al suelo y causé un corto terremoto, haciendo que el león cayera al suelo, sin poderse mantener el pie. — ¡Estuvo a punto de saltar, Thalía! —Y ella me miró con los ojos muy abiertos, el león se me lanzó encima, como un jugador de Futbol americano, intentando hacerme un placaje, activé mi escudo y chocó fuertemente contra el escudo, mientras que yo usaba mi poder divino y me plantaba fuertemente en el suelo. —Noticias de última hora, Gatito: Todo lo que golpea al espejo de Yata se le devuelve. —Terminé de decir eso y el león salió volando hacia atrás, cayendo bastante mal. Para nuestra sorpresa, eso pareció dolerle. Corrí hacía él, mientras que mis compañeros gritaban detrás de mí, que me detuviera y cuando el león se levantó para rugir nuevamente, le embutí entre las fauces una bolsa de comida espacial: una buena ración de helado de fresa liofilizado, envuelto en celofán. El león abrió los ojos de par en par y empezó a sufrir arcadas, como un gato atragantado con una bola de pelo. — ¡Zöe, prepárate! —ordené. La gente gritaba a mis espaldas. Grover tocaba otra canción espantosa con sus flautas. Me aparté del león como pude. Ahora ya había logrado tragarse el paquete y me miraba con odio reconcentrado. —- ¡Hora del aperitivo! —chillé Cometió el error de soltarme un rugido, así que le lancé otro bocado de fresa espacial al gaznate. Por suerte, aunque el béisbol no era precisamente mi debilidad, yo siempre había sido un lanzador bastante bueno. Antes de que el león dejara de sufrir arcadas, le colé otros dos sabores distintos de helado y una ración de espaguetis liofilizados. Los ojos se le salían de las órbitas. Abrió la boca del todo y se alzó sobre sus patas traseras, tratando de evitarme. — ¡Ahora! —grité.

De inmediato, las flechas y dagas cruzaron sus fauces: dos, cuatro, seis. La bestia se retorció enloquecida, dio una vuelta sobre sí misma, cayó hacia atrás y se quedó inmóvil.

Las alarmas aullaban por doquier en el museo; la gente salía en manada por las puertas de emergencia y los guardias de seguridad corrían de un lado para otro, muertos de pánico, aunque sin entender qué sucedía. Grover se arrodilló junto a Thalía y la ayudó a levantarse. Parecía estar bien, sólo algo aturdida.

Zöe y Bianca saltaron desde la galería y aterrizaron a mi lado. —Gracias amor —dijeron ambas, dándome cada una, un beso en la mejilla.

—Hora de irnos —dijo Thalía.

Artemisa salió de la nada. —Me he enfrentado a los monstruos que estaban en el Museo de Arte y he logrado evitar que muchos de ellos resurjan, hasta el próximo siglo. Debemos irnos ahora, tal y como dices Thalía. —Al verme, me dio un beso de película y me arrastró fuera, mientras yo me quedaba con una cara embobada.