Antes de nada, quiero pedir perdón. Por asuntos personales, he tenido un verano horroroso en el cual no me he podido ni siquiera sentar a escribir vuestras peticiones. Lo siento muchísimo. No me merezco ni siquiera que me perdonéis, pero aquí estoy de vuelta.
De alguna manera, hace poco las cosas mejoraron y por fin me he podido poner a trabajar en los fics. Si bien ya tenía los esbozos de este Giotto x Haru, he vuelto a reescribirlo. El resultado: una cosa totalmente diferente a lo que era; aunque me ha llevado unos días más de lo previsto.
Y espero de todo corazón que disfrutes de este Giotto x Haru, kana-chan16.
Título: Calidez
Autor: Black Cherry
Resumen: Cuando Haru llegó a la casa de Tsuna aquel día, no se imaginó que acabaría viajando al pasado. Sin embargo, tampoco pensó que allí encontraría algo tan cálido como cierto rubio. Giotto x Haru.
Advertencias: Si bien es un Giotto x Haru, hay ciertos tintes de Haru x Tsuna al principio del fic. Y bueno, perdón por el OOC y demás que pueda haber en la historia.
Katekyo Hitman Reborn! no me pertenece y nunca lo hará~
~Calidez~
– Haru-chan, ¿te encuentras bien?
Después de parpadear algo confundida, sus ojos castaños se clavaron en la persona que le estaba hablando. A su lado, Kyoko Sasagawa había dejado de comer su ración de pastel de chocolate para mirarla preocupada. Reiteró su pregunta de nuevo hasta que obtuvo algún tipo de respuesta por parte de la castaña, quien se disculpó por la falta de atención. Aún así, Haru no podía evitar estar en las nubes. El motivo era simple: Tsuna le había invitado a pasar la tarde en su casa. Era cierto que había estado varias veces en aquella hogareña casa anteriormente, pero esta vez iba a ser algo especial: iban a estar los dos solos.
Si bien el joven Vongola sólo le había pedido ayuda para estudiar, Haru se había hecho sus ilusiones. Quizás el resultado correcto a una pregunta difícil le hacia parecer muy inteligente a ojos de Tsuna. Eso llevaría a que el chico le halagase y, después de un sonrojo por parte de ambos, aproximarían su rostro para... Sus mejillas adquirieron un tono carmín; no debería estar pensando en esas cosas.
– Creo que ya es la hora.
– ¿Hahi? – Miró a su amiga antes de dirigir su mirada hacia el reloj de muñeca que llevaba. Kyoko había dicho la verdad, ya era hora de irse –. Siento tener que dejarte sola, Kyoko-chan.
– No pasa nada. ¡Espero que vaya muy bien!
Se despidió de ella con la mano arrancando a correr en dirección de la casa de los Sawada. En la entrada de la casa se hallaba una mujer de mediana edad barriendo al mismo tiempo que tarareaba una canción. La reconoció al momento: se trataba de la madre de Tsuna. La mujer le regaló una sonrisa antes de indicarle que su hijo estaba en su habitación esperándola. Haru-chan hizo una reverencia; después, fue corriendo al cuarto de su amado. Pese a las prisas, se detuvo delante de la puerta a respirar hondo. Estaba nerviosa, muy nerviosa. Y no tenía porque estarlo. Después de todo, se trataba de un amigo que le había pedido ayuda con los estudios. Pero se trataba de Tsuna, ¿cómo no iba a estar de los nervios?
Abrió la puerta con una sonrisa que perdió fuerza al observar como el castaño no estaba solo; Lambo, I-pin y Reborn estaban sentados en la cama del joven.
– Oh Haru, ya estás aquí – indicó el joven Vongola. Sin perder tiempo, ambos se sentaron en la pequeña mesa que ocupaba la mitad del cuarto. Haru no tardó en darse cuenta de que, efectivamente, Tsuna era nefasto a la hora de estudiar –. Lo siento, seguro que tienes mejores cosas que hacer que esto.
– No te preocupes, Tsuna-san – le dedicó una sonrisa con ánimos –, ya verás como Haru consigue que apruebes.
Reborn no veía la situación con tanto optimismo. Le dirigió un insulto a su alumno y suspiró resignado; la chica lo iba a tener difícil. Sin embargo, varios gritos de Lambo le llamaron la atención. Lo que le faltaba a Dame-Tsuna, que encima le distrajesen. Se abalanzó contra el niño vaca para propinarle un golpe que le haría callar. Pero lo que sucedió fue que Lambo echó a llorar sacando su arma. Su puntería se vio afectada por sus ojos humedecidos y los nervios del niño. Y cuando Reborn se quiso dar cuenta, la bazooka iba dirigida a la chica.
Con la atención aún fija en Tsuna, Haru no se percató de que Lambo disparó sin querer su arma contra ella. No le dio tiempo a reaccionar cuando el humo de la bazooka le obligó a cerrar los ojos. Al abrirlos, ahogó un grito. Parecía estar en un bosque. ¿Dónde estaba la casa de Tsuna? Parpadeó un par de veces por el estupor antes de decidir permanecer quieta. Mejor sería no moverse. Sin embargo, a medida que los minutos transcurrían, Haru se vio invadida por una inquietud que aumentó al empezar a oír ruidos. Era un bosque, era normal que hubiesen bichos. Pero un movimiento brusco le alertó. Se giró lentamente para observar como una cosa viscosa se arrastraba por el suelo en su dirección.
Aquello le acabó de asustar. Y profiriendo un grito, echó a correr en dirección contraria. Por desgracia para ella, el bosque no parecía tener fin. E ir corriendo entre ramas con una falda no mejoraba su situación. No tuvo tiempo a desesperarse al darse cuenta de que estaba viviendo un mal sueño cuando delante suyo apareció una figura que se le hizo familiar. Presa de sus emociones, se abalanzó encima de la persona soltando un grito de puro alivio.
– ¿Se ha perdido, señorita?
Aún aferrada al torso masculino, sus dos ojos marrones inundados en lágrimas subieron la mirada hasta toparse con un rostro familiar. Y aunque abrió los labios para murmurar el nombre de Tsuna, algo se lo impidió. Aquel no era el mismo Tsuna que le había sonreído millones de veces antes. No, quien tenía delante no era un adolescente, era todo un hombre. De cabellos rubios y ojos de un color anaranjado, Haru se encontró con un rostro afable que le regaló una suave sonrisa. Se parecía a Tsuna, como si el ser que tuviese delante fuese el futuro del décimo capo Vongola. Porque era obvio a simple vista que el rubio era unos años mayor que ella. A medida que lo contemplaba, la sangre del cuerpo femenino se fue reuniendo en las mejillas. Y no era para menos, aquel hombre era realmente guapo.
– Señorita, ¿está usted bien?
– ¿Hahi?
¿Por qué aquella voz tan tranquila sonaba tan cerca? Se dio cuenta al momento, cosa que hizo que Haru diese un salto hacia atrás alejándose de él. Por Dios, ¡había estado abrazando a un desconocido! Aunque el hecho de que se pareciese a Tsuna le creaba una sensación de familiaridad. No, aquello no justificaba el hecho de que se hubiese tomado tantas confianzas. Agachó la cabeza presa de la vergüenza con los ojos aún humedecidos por el temor. Sin embargo, tuvo que dirigir su mirada hacia el hombre cuando éste le habló de nuevo.
– ¿Puedo preguntarle cómo se llama?
– Haru Miura – Giotto sonrió; así que aquella chica era japonesa. Aún así, sus vestimentas le seguían pareciendo de lo más extrañas –. Perdone pero, ¿sabe dónde estamos?
– En Italia.
– ¡¿Italia?! – su grito se ahogó por la sorpresa –. ¡Hahi, eso es imposible! Yo estaba... La casa de Tsuna está en...
Aquello se le hacía cada vez más raro. Sin embargo, Giotto trató de ayudarla. Después de todo, se trataba de alguien de su antiguo hogar, Japón. Además, no podía abandonar a una damisela en apuros. El hilo de pensamientos de la chica era muy diferente. Parecía tratar de pensar en la situación con rapidez. Poco a poco, su mente fue llegando a la solución, sobre todo cuando se fijó en la ropa que el hombre llevaba. Ya la había visto antes. Cuando fueron al futuro y se enfrascaron en una batalla con los Millefiore, Tsuna llevaba una capa parecida. Y Reborn comentó que aquello era propio del Primo Vongola. Entreabrió los labios por el estupor; no podía ser verdad. El hombre que tenía delante no podía ser el primer jefe de los Vongola. Eso significaría que...
– Perdone, ¿en qué año estamos? – El rubio le contestó con una sonrisa y sus sospechas se confirmaron. Estaba en el pasado –. No puede ser. Esto es una pesadilla – se pellizcó las mejillas y, para su desgracia, aquello le dolió –. Estoy en el pasado de verdad.
– ¿En el pasado?
– Sí, yo vivo en el siglo XXI. Y tú eres el Primo Vongola, pero yo vivo con Tsuna-san, el décimo jefe.
– ¿Primo Vongola? – Giotto frunció el ceño. Muy poca gente sabía la verdad sobre él, menos gente que afirmaba entre llantos que provenía de otra época –. Prefiero que me llamen por mi nombre, Giotto.
La chica hizo una educada reverencia pese a todo. Algo dentro de él se removió indicándole que aquella joven era de fiar. Se fijó mejor en ella, examinándola de pies a cabeza. Tenía su cabello castaño amarrado en una cola que se había deshecho ligeramente y sus ojos, tan grandes como vivaz era el tono marrón que poseían, aún estaban inundados en lágrimas. Era guapa; una preciosidad que destilaba inocencia y confusión.
Giotto se sonrojó ligeramente al darse cuenta de que no quería dejarla allí sola.
– Haru, ¿por qué no vienes conmigo? – Indicó un punto entre los árboles –. Estoy viviendo en una pequeña casa de la zona y hay sitio para ti. No es seguro que te quedes en el bosque, menos cuando no tardará en anochecer. Además, si dices que conoces a uno de mis descendientes, entonces también eres parte de mi familia.
– ¿Su familia?
– Claro que sí. Y un Vongola no deja tirado a nadie de su familia – le dedicó una sonrisa confortante antes de añadir –: No te preocupes, sé que dices la verdad cuando dices que vienes del futuro.
Haru no era una chica estúpida pese a lo que Gokudera siempre le recriminaba. Sabía que estaba perdida en el pasado, aunque no acababa de asimilarlo, y que aquel hombre era la única persona que no la tomaría como loca. Así que cuando Giotto le repitió la pregunta, Haru no pudo más que aceptar la oferta y echar a andar a su lado.
Perdió la cuenta de los minutos, u horas, que llevaba andando cuando se encontró con un paisaje que la conmovió. Era un pequeño río que cruzaba por una zona sin muchos árboles y donde, en el otro lado de donde se encontraban ella y el rubio, se alzaba una bonita casa que parecía vigilar el río. Se apresuró a beber algo de agua cuando Giotto le dijo que el agua estaba limpia, pero presa de las prisas, Haru se tropezó antes de llegar. Cayó estrepitosamente, y de una manera vergonzosa, en el río.
Sintió que toda su ropa se empapaba con el agua helada de ese río. Genial, ya había hecho el ridículo. Colorada por la vergüenza, Haru alzó la mirada hacia Giotto quien le tendía una mano para ayudarla a levantarse. Al encontrarse con los ojos del rubio, su sonrojo aumentó. Era muy suave, pese al tinte varonil que destilaba el hombre, pero una carcajada llegó a sus oídos. Giotto echó a reír al instante. Pese a lo avergonzada que estaba, la castaña se asombró al escuchar semejante risa y, como si no estuviese clavándose varias piedras en el trasero mientras se congelaba, echó a reír con él al tomar su mano. Entre carcajadas, sintió su piel arder por el contacto. Aquel hombre tenía una mano más grande que ella, pero parecía acoplarse a la suya con facilidad. Además, cuando Giotto la levantó, se vio aún más cerca del rubio. El olor masculino le impregnó las fosas nasales invitándole a quedarse así de cerca. Sin embargo, se tuvo que retirar ligeramente ahogando un grito nervioso. Sus padres siempre le habían repetido que no debía tomarse muchas confianzas con desconocidos.
Pero aquel hombre le hacia sentirse realmente segura a su lado.
Inconscientemente, se mantuvo agarrada a su mano a medida que andaban en dirección a una rústica casa en una colina cercana al río. Giotto, unos pasos por delante de ella, esbozó una sonrisa; la pequeña mano de la chica parecía derrochar aún más calidez que sus sonrisas.
Al llegar a la casa, el rubio dejó entrar a la chica primero antes de cerrar la puerta tras él. La condujo hacia su habitación donde le tendió una toalla y un par de prendas suyas. Sabía que le irían grandes, pero no tenía nada que se ajustase más a la talla de la castaña. Haru le regaló una sonrisa antes de desaparecer por la puerta del baño. Giotto, sin embargo, se dirigió a la cocina a preparar la cena.
– ¿A quien has traído? – Detrás suyo, Alaude arqueaba una ceja.
– Es una chica que se ha perdido en el bosque. Dice que viene del futuro.
– ¿Del futuro?
– Creo que dice la verdad – el otro pareció hacer una mueca de disgusto ante el pensamiento – . Alaude, es una niña; no nos podría hacer nada aunque quisiese.
Alaude suspiró pesadamente; el rubio no tenía remedio. Sin embargo, que hiciese lo que quisiese. Si luego tenía algún problema, se lo habría buscado él solo. Le entregó el informe de su última misión, motivo por el cual había ido a aquella casa, y se despidió antes de marcharse por la puerta. Giotto sonrió mientras seguía a lo suyo. Era cierto que confiar en alguien que decía provenir del futuro parecía una estupidez a simple vista, pero la manera en la que se había aferrado a él cuando el rubio le había hablado no era propia de un enemigo. Se notaba que aquella chica era incapaz de atacar ni a una mosca. Y si la castaña decía que venía del futuro... Sonrió; su intuición le decía que se podía fiar de ella.
– Giotto-san – se giró para toparse con dos orbes castaños que le miraban fijamente –, gracias por la ropa.
– No es nada, Haru. Espera un momento, la comida estará lista en unos segundos.
Fijó su mirada de nuevo en la cena intentando huir de la imagen que acababa de ver. La chica se había dejado el pelo suelto húmedo mojando los hombros de la camisa que le había prestado. El como su vieja camiseta le quedaba ancha a esa niña y sus pantalones desgastados arrastraban por el suelo se le antojó adorable. Sin percatarse de ello, sus mejillas se tiñeron con un leve tono carmín. Haru era una chica preciosa, y se veía aún mejor con su ropa.
Cuando acabó de cocinar, le sirvió un plato a la castaña y se sentó delante de ella. Evitando notar como las gotas de agua resbalaban por el cuello de la joven de manera casi sensual, se centró en comer su propio plato. No intercambiaron muchas palabras durante la cena, pero cuando acabó de comer, Haru no pudo evitar romper el silencio.
– Giotto-san, ¿por qué me ha ayudado?
– Porque necesitabas ayuda – le regaló una sonrisa llena de dulzura –. No te preocupes, te puedes quedar aquí conmigo hasta que puedas volver a casa.
– ¿Cree que podré volver al futuro?
– No lo sé.
Los ojos de la chica se cubrieron por una fina capa de humedad. Al notarlo, el rubio intentó evitar que la castaña llorase.
– Seguro que tus amigos están intentando hacer que regreses a tu tiempo. Ya verás como en nada estarás de vuelta a casa.
– ¿De verdad puedo quedarme aquí?
– Claro que sí.
Sin poder reprimirlas más, varias lágrimas se deslizaron por las mejillas de Haru. Y después, la chica rompió a llorar desconsolada. Giotto no sabía que decir. Por una parte, la castaña se le hacia adorable y no le molestaba tenerla allí; es más, la idea incluso le gustaba. Por otra parte, Haru no pertenecía ni siquiera a ese siglo. ¿Qué debería decirle para tranquilizarla? No encontró ninguna palabra reconfortante para ella en aquel momento, así que se levantó y la envolvió con delicadeza entre sus brazos. La chica le correspondió el gesto de inmediato escondiéndose en el abrazo. Aferrada a él con fuerza, se abandonó a su confusión, su dolor y a la calidez que desprendía el rubio y lloró hasta quedarse dormida.
Tardó varios minutos en notar como el llanto desconsolado de la chica iba mitigando hasta convertirse en una respiración pesada y entrecortada. Haru se había quedado dormida entre sus brazos. Aquello le arrancó una dulce sonrisa a sus labios mientras cogía en volandas a la chica. La llevó a una habitación a paso lento, siempre procurando no hacer ningún gesto brusco que la pudiese incomodar.
Delante de una de las camas de la casa, acomodó a la chica entre sábanas y se dispuso a salir de allí. Sin embargo, algo le impidió a Giotto irse. La mano de Haru le había agarrado la suya con tanta fuerza que el rubio dudó de si la castaña se había despertado. Dirigió su mirada al rostro de la chica: estaba definitivamente dormida. De sus labios se escapó un suspiro. La chica se encontraba en un tiempo diferente al suyo, sin amigos, ni aliados. Al notar como la mano de Haru seguía aferrada a la suya, decidió recostarse a su lado arropándola aún más con la manta. Y cerrando los ojos, Giotto se durmió al lado de la castaña.
Cuando a la mañana siguiente Haru abrió sus ojos y se topó con el rostro dormido del rubio a pocos centímetros suyos, se sonrojó haciendo que hasta los tomates envidiasen el color de sus mejillas. El rubio estaba muy cerca suyo, pero se encontraba profundamente dormido. Notando la mano del mayor sobre la suya, la castaña esbozó una sonrisa. Probablemente se había quedado con ella para no dejarla sola.
Se inclinó ligeramente para besar la mejilla de Giotto con ternura. Aquel hombre, a sus ojos, era un ángel. De repente, dos ojos anaranjados se encontraron con sus orbes castaños. Al ver la pequeña sonrisa que adornaba el rojizo color que habían adoptado las mejillas de Haru, quien se hallaba más que sorprendida, Giotto no pudo reprimir sus impulsos. Cerrando los ojos, posó sus labios sobre los femeninos. Fue un beso casto, un contacto tan efímero como un parpadeo. Y aunque la chica tenía los ojos abiertos por la sorpresa, se encontró con la sensación de que aquello le agradaba.
No estaba besando a Tsuna, sino a Giotto. No estaba en su tiempo, sino en el pasado. Y sin embargo, que fuese el rubio quien le robase su primer beso se le antojó precioso. Cuando el rubio se separó de ella, parecieron despertar ambos. Haru perdió el hilo de sus pensamientos y se olvidó de respirar al ver como el mayor se sonrojaba ligeramente. Giotto, por su parte, se dio cuenta de que aquello no era un sueño. Había estado medio dormido y, creyendo que no era real, se había abandonado a su deseo de besar a la castaña.
Tragó saliva intentando buscar una excusa para justificar el beso pero al fijarse de nuevo en los finos labios de la chica entreabiertos, perdió el control de nuevo. Posando una mano sobre la nuca de la chica, volvió a acercarla a sus labios. El beso, esta vez, fue correspondido. Giotto lamió ligeramente el labio inferior de Haru para colar su lengua dentro de la húmeda cavidad que era la boca de la castaña. Era deliciosa, como la imagen angelical de verla durmiendo tan cerca suyo. Y aunque notó la inexperiencia de la chica, al rubio se le hizo uno de los mejores besos que había dado en su vida.
Aún no había encontrado una mujer que hiciese que su corazón latiese con fuerza y, sin embargo, parecía que el destino la había arrancado de su tiempo para entregársela en aquel momento. Haru estaba en la misma situación. Oyendo sus propios latidos, parecía temblar ligeramente con el beso que compartía con Giotto. Hasta se olvidó que aquel no era su lugar y que sería cuestión de tiempo que volviese al futuro.
Cuando se separaron, el rubio le dedicó su mejor sonrisa a la chica, quien correspondió de inmediato. Sus ojos anaranjados se clavaron en los labios femeninos que aún se encontraban hinchados tras el beso. Estaba tan bonita que le arrancó un leve sonrojo al mayor.
Acababa de besar a una niña que venía del futuro y si aquello era un error, era el mejor que había cometido en su vida.
Giotto pensó que los días siguientes serían llenos de paz, tratando de conocer a Haru hasta que esta se tuviese que marchar. Y así fue. Pese a que la mayoría del tiempo se dedicaban a jugar junto al río o a intentar pescar, la chica escuchaba maravillada las historias que le contaba el rubio sobre el pasado. La Italia de aquella época, pese a sólo haberla visto a través de los ojos de Giotto, se le hizo apasionante. Al rubio le gustaba más cuando el sol se escondía en el cielo y cambiaban los papeles. Cuando la oscuridad les rodeaba, se pasaban horas tumbados contemplando las estrellas mientras la chica le relataba anécdotas y detalles sobre el futuro. A Giotto le entusiasmó aprender sobre los institutos de Japón y sus festivales; se desconcertó con los avances tecnológicos que la chica le describía con toda la precisión posible; adoraba oír hablar de su descendiente, de las aventuras que la chica y sus amigos habían vivido. Si Haru le prestaba atención a él cuando el hombre le explicaba cosas sobre él y el tiempo donde se encontraban, Giotto parecía incluso más expectante sobre el futuro.
Pero lo que más le gustaban a ambos eran la calidez que compartían. El poder estar el uno al lado del otro, percibiendo el olor de la piel que cada uno desprendía. Poder estirar el brazo y que el otro entrelazase sus dedos con dulzura. Haru adoraba cuando Giotto se inclinaba para besarla, a veces con toda la ternura del mundo, y otras yendo un poco más allá pero sin acabar de propasarse. A Giotto le gustaba aún más cuando la castaña le sonreía, con un tono carmín en las mejillas que la delataba, cada vez que rompía un beso. Y aquello sólo le llevaba a besarla de nuevo.
Si bien la chica y sus románticas ideas no podían afirmar que era amor, porque el recuerdo lejano de su época y de Tsuna jamás se lo permitiría, aquello le agradaba. Se había vuelto adicta a la calidez que derrochaba el rubio con sólo mirarla. El sentirle cerca le llevaba a imaginar que estaba en un cuento donde ella era la princesa y Giotto su príncipe azul. Estaba en una nube que el rubio parecía haber creado para ella: por fin tenía a alguien que la miraba sólo a ella de manera especial.
Y mientras tanto el mayor intentaba controlar sus instintos y jamás ir más allá de aquellos besos reconfortantes para ambos, recordándose en todo momento que la existencia de la chica allí era algo temporal.
Fue pasada una semana cuando ambos volvieron a la realidad dejando atrás el sueño que parecían estar viviendo. Porque para ambos era eso, una dulce ensoñación que sabía que acabaría en algún momento. Acabó, sin embargo, más temprano que tarde.
La puerta de la cocina se abrió de manera estrepitosa, y cuando Giotto se giró esperando que quien había entrado en la cocina fuese Haru, se topó con un hombre que distaba mucho de la delicada apariencia de la chica. El Vongola lo reconoció de inmediato:
– Bermuda – no se había esperado que el arcobaleno, posado en el hombro de su fiel acompañante, se presentase allí –. ¿Qué haces aquí?
– Lo sabes mejor que nadie, Giotto – soltó una carcajada con sorna cuando el rubio esbozó una mueca –. Así que alguien ha venido del futuro. ¿Donde está?
– Bermuda, no...
– He preguntado dónde está.
El tono con el que le había interrumpido el arcobaleno le indicó que ocultar a la chica sería imposible. Llamó a Haru tratando de no delatar los nervios que sentía. Después de todo, Bermuda nunca se había caracterizado por ser portador de buenas noticias. La chica bajó con rapidez sólo para encontrarse con la mirada de dos desconocidos, aunque uno de ellos era parecido a Reborn, examinándola fijamente. Después de unos segundos de incómodo silencio, el bebé tomó la palabra.
– Así que tú eres lo que se ha escapado del futuro.
– ¿Hahi? – la chica sintió sus piernas temblar cuando el rubio la colocó detrás de él de manera protectora.
– Mi nombre es Bermuda. Estoy aquí para devolverte a tu época.
Haru dudó entre alegrarse o echar a llorar ante esa declaración. Si bien la posibilidad de volver a su hogar la reconfortaba, eso significaría perder la calidez que le producía la cercanía de Giotto. Y por otra parte, esa gente vendada de cabeza a pies le producía escalofríos. Se giró hacia el rubio intentando entender la situación.
– Haru, esta gente son... – empezó con suavidad Giotto –, son algo así como los que mantienen la paz donde la ley no lo hace.
– Y tu presencia aquí es una irregularidad. Podría incluso destruir nuestro presente – acabó de explicar Bermuda sin ningún tipo de delicadeza.
– ¿Podéis devolverme al futuro?
– Sí, para eso estamos aquí.
Quien le contestó fue el único hombre que no había pronunciado palabra alguna aún. Con Bermuda en su hombro acomodado, el varón de pelo oscuro y ojos tétricos habló con un tono que rozaba la indiferencia. Giotto se giró hacia Haru, puso sus manos en los hombros de la chica y le dedicó una sonrisa. Su intuición le indicó que quedaban instantes para separarse y evitó mostrar la tristeza para poder despedirse con una sonrisa de aquel regalo que el futuro le había enviado. Musitó las palabras intentando que su voz no le delatase:
– Es hora de volver a casa.
Sin más dilación, Bermuda murmuró unas palabras que hicieron que la chica temblase. Haru sintió que su cuerpo empezaba a desaparecer; era el futuro reclamándola de nuevo. Dirigió su mirada casi aterrada al rubio con el que había convivido los últimos días. Esos ojos naranjas que la habían vigilado, que la habían cuidado, la miraban fijamente como si no hubiese otra cosa allí. Haru reprimió un grito; por fin iba a volver a su tiempo, pero su voluntad estaba empezando a tambalear peligrosamente. Sin embargo, aquellos finos labios que anhelaba besar de nuevo, la llamaron con una ternura palpable.
– Haru – el hombre pareció vacilar unos segundos antes de continuar –, te echaré de menos.
Y aunque antes había podido reprimirlo, un torrente de sentimientos sacudió a Haru haciendo que un sollozo se escapase de entre sus labios. Se suponía que tenía que estar contenta, que volver a casa era lo que más deseaba, que por fin volvería a ver a sus padres y a sus amigos. ¿Pero cómo dejar atrás a Giotto? No le dio tiempo de pensar más; una luz cegadora la envolvió. Y después, se hizo la oscuridad para Haru.
Tenía aún los ojos cerrados con fuerza cuando de golpe un grito llegó a sus oídos.
– ¡Haru!
Temerosa, abrió los ojos despacio antes de ver como Kyoko se abalanzaba a abrazarla con lágrimas en los ojos. Parpadeó; si su amiga estaba aquí significaba que había vuelto al presente, a su Namimori. La usual sonrisa de Tsuna, Gokudera insultándola y Yamamoto riendo tranquilo. Sí, había vuelto a casa.
Ignoró la punzada de dolor que sintió una vez asimiló su regreso. La voz de sus amigos parecía un murmullo lejano, aunque la calidez del abrazo de Kyoko la mantenía atada a la realidad. Incluso pudo oír gritos de felicidad de I-Pin y Lambo, quien pronto empezó a pelearse con Gokudera. Aquel era, sin lugar a dudas, su hogar. Quiso gritar de alegría, lanzarse a los brazos de todos los presentes, sonreír sinceramente a sus amigos. Entreabrió los labios dispuesta a decir algo a sus amigos, pero su voz pareció abandonarle. La única que lo notó fue Kyoko, quien la abrazó más fuerte antes de separarse ligeramente de ella para mirarle a los ojos.
– Haru-chan, ¿estás bien? – la preocupación era más que palpable en la voz de la chica –. ¿Haru-chan?
– ¡Hahi, claro que Haru está bien!
Y pese a que lo había intentado decir sonriendo, tuvo que dejar de engañarse cuando varias lágrimas empezaron a surcar sus mejillas. Un sollozo; y después, echó a llorar desconsolada a los brazos de su amiga. Debería estar contenta, feliz. Después de todo, había suplicado volver a su tiempo una y otra vez. Y sin embargo, ahora se encontraba con que algo no encajaba.
No tardó mucho en entenderlo; lo que le faltaba a Haru era la calidez que había encontrado en las sonrisas de Giotto.
Contestación a los reviews:
kana-chan16: ¡Gracias por el review! Espero que hayas disfrutado del fic. Nunca se me había pasado por la cabeza la pareja de Giotto con Haru, pero se me ha hecho muy dulce. Siento si ha quedado algo OOC – nunca había escrito sobre Giotto – pero no puedo evitar imaginármelo como todo un caballero.
yoss natsuki: ¡Gracias a ti también por el review! Estoy ya escribiendo tu petición. El Tsuna x Chrome siempre se me hace muy tierno, así que me alegré muchísimo al leer tu petición. Intentaré tenerla lo antes posible~
sayaneko-chan: ¡Muchas gracias por el review! Ambas canciones me han gustado muchísimo, así que gracias por la recomendación. Tengo que admitir que la idea del Tsuna x Haru me vino al momento, pero no tuve tanta suerte con el Mukuro x Haru. Sin embargo, estoy segura de que disfrutaré mucho más escribir éste último por la letra de la canción. En cuanto acabe con el pedido de yoss natsuki me pondré enseguida con ambos songfics~
Nos vemos en el siguiente fic~
