Felices fiestas~

Perdón, de nuevo, por el retraso. Llevo una época bastante ajetreada, pero por suerte ya tengo más tiempo libre, sobre todo ahora que se acercan las vacaciones de Navidad. Tiempo libre que aprovecharé para escribir y escribir, claro~

Sobre el pedido de hoy, pensaba que me iba a gustar más escribir este songfic que el anterior, pero tengo que admitir que no sé cual he disfrutado más. El 2786 se me hizo tan bonito, pero Mukuro es mucho Mukuro.

En el fic anterior dije que tenía una sorpresa para algunos. Bueno, pues la sorpresa es que voy a hacer un fic largo de Giotto x Haru. Se me ocurrió la idea pensando en ideas para las peticiones que habéis hecho y al final me he animado a escribir todo un fic para ellos dos. No sé cuando empezaré a subirlo, porque prefiero escribir varios capítulos antes de publicarlo aquí en FanFiction, pero seguramente será para principios del año que viene.

Y sin nada más que decir, ¡aquí vamos con el segundo songfic para sayaneko-chan!

Título: Hechizo

Autor: Black Cherry

Resumen: Haru se había imaginado mil veces como aquella princesa que esperaba ser rescatada por un príncipe. Lástima que ella se hubiese enamorado del brujo. 6986.

Aclaraciones: La canción de este songfic es Amazing del grupo High and Mighty Color y como en el anterior, la letra está en inglés. Perdón por el OOC de Mukuro, que probablemente hay.

Ni la canción ni Katekyo Hitman Reborn! me pertenecen~

~Hechizo~

El ruido que hacen las gotas de lluvia al golpear la ventana de la habitación de manera casi constante durante toda aquella tarde es lo que despierta a Haru de su sueño. Abre sus ojos de golpe sólo para verse obligada a cerrarlos con fuerza por la luz que la ciega de manera cruel. Ahoga un grito, vuelve a abrirlos despacio y, de repente, el ruido de la lluvia cesa. Ha sido remplazado por diversos gritos y llantos.

Toda la familia Vongola está ahí. Desde la sonrisa de Tsuna hasta la mueca sin desagrado de Gokudera, todos la miran fijamente cuando una enfermera la examina. Su cuerpo está resentido, sus extremidades entumecidas y ni siquiera tiene fuerzas para esbozar una sonrisa.

Tampoco entiende porqué está en un hospital.

La enfermera no le cuenta nada. Se limita a decirle que debe descansar y que aproveche para alimentarse un poco. Es después, cuando sus amigos vuelven a entrar a la habitación, cuando alguien se digna a explicarle qué ha ocurrido.

Haru da un respingo al enterarse de que lleva casi un año en coma.

Todos le dan varios minutos para que asimile la situación. Después, Reborn le tiende un teléfono para que llame a sus familiares. La castaña aún está aturdida cuando oye la voz suave de su padre a través del aparato. Apenas puede balbucear unas palabras antes de que sus parpados empiecen a pesarle.

– Haru-chan, deberías dormir un poco. No te preocupes, estaremos aquí cuando despiertes.

Kyoko lleva razón, debería dormir. Se despide de sus amigos con una sonrisa que delata su cansancio mientras vuelve a tumbarse.

¿Un año en coma?

Si no fuese porque está ingresada en un hospital, le parecería una broma de mal gusto.

Haru cierra los ojos despacio, casi con miedo a no volverlos a abrir. Su mente no puede evitar recordar todos aquellos cuentos infantiles donde la princesa caía dormida por un hechizo esperando a que el príncipe fuese a rescatarla. Haru sonríe; ella no es una princesa. Sin embargo, siempre había creído en los cuentos de hadas, siempre se había imaginado ser la Bella Durmiente o Blancanieves quienes aguardaban por ese beso que las traería de vuelta a la realidad. Ese beso que se había imaginado mil veces con Tsuna-san en el papel de príncipe.

Lástima que ella se hubiese enamorado del brujo del cuento.

Amazing~ The flooding of feelings that you surely endured.
Amazing~ Because I want to grant them, I will never forget.


10 años antes...

Haru odiaba a Mukuro Rokudo.

Todo había empezado con los ataques a Namimori hacia unos meses. El peliazul había atacado a sus amigos uno por uno, hasta el punto de intentar acabar con la vida de Tsuna o con la suya propia. Su opinión mejoró cuando conoció a Chrome, que siempre recordaba como Mukuro le había salvado. Y volvió a empeorar cuando le contaron que el chico la utilizaba, porque al parecer estaba en una prisión encerrado de la cual no se podía escapar.

Así que cuando los cuatro que formaban parte de Kokuyo entraron en el comedor de la casa de Tsuna, Haru le lanzó una mirada fulminante al chico. Si bien se habían juntado todos para celebrar el cumpleaños de Tsuna y había sido precisamente el décimo Vongola el que había invitado a Mukuro y su pandilla, la castaña no podía sentirse más disgustada. Aquel chico alto, de ojos heterocromáticos, no era más que un peligro. Según palabras de Gokudera, Mukuro buscaba poseer el cuerpo de Tsuna y acabar con él. Y, pese a ello, ahí estaba, como si fuese un invitado más; como si se tratase de un amigo más.

Su mirada clara seguía clavada en el chico cuando él lo notó.

No había dado ni dos pasos dentro de aquella sala cuando había sentido dos pares de ojos clavados en él con dureza. El primer par le pertenecía a una chica de cabellos castaños recogidos en una coleta alta. En cuanto sus miradas se encontraron, Mukuro sonrió. Con esa falsedad casi elegante que le caracterizaba, sus labios dibujaron una sonrisa que obligó a la chica a dejar de mirarlo. Bien, uno menos.

El otro que parecía fulminarle con la mirada era Hibari. El guardián de la nube del pobre décimo Vongola se encontraba en un rincón del lugar, ajeno a todos los demás. Mukuro dejó escapar una carcajada de entre sus labios al notar como el moreno le señalaba el patio con la cabeza. Quería pelear, destrozar esa sonrisa que adornaba sus labios aún. Y Mukuro aceptó encantado la invitación.

– Ken, Chikusa, no me sigáis.

– ¿Mukuro-sama? – Chrome deslizó su mirada hacia su salvador curiosa –. ¿Ocurre algo?

– Kufufufufu, no es nada, volveré en unos minutos.

Y sólo tardó unos segundos en deslizarse entre la gente hasta llegar al patio donde Hibari ya le esperaba con las tonfas en las manos.

Por su parte, aún en el comedor, Haru paseaba su mirada entre los invitados. Había perdido de vista a Mukuro cuando éste le había sonreído de una manera que sólo provocaba escalofríos. Y después de cruzar más de un insulto con Gokudera, que parecía no despegarse del cumpleañero, la castaña se había sentado en un rincón con las chicas. Bianchi y Kyoko parecían hablar emocionadas sobre una pastelería del centro, conversación de la que Hana parecía ajena pero que integró a Haru al instante. Habían transcurrido varios minutos cuando I-Pin se acercó a las chicas tirando de una avergonzada Chrome que no sabía donde esconderse.

– ¡Chrome-chan!

– Chrome, ¿cómo te encuentras? Hacia tiempo que no te veíamos.

– M-muy bien, gracias. Aunque he perdido de vista a Mukuro-sama hace un rato y no lo encuentro.

– ¡Hahi!

Haru dio un respingo aún mayor cuando todas las féminas de la mesa clavaron su mirada en ella. La castaña rápidamente se centró en localizar a Tsuna, que reía mientras conversaba con Yamamoto. Con una expresión de alivio, la chica se acercó con prisas al castaño quien la saludó con una sonrisa al llegar a él. Sonrisa que dio paso a una expresión confusa a medida que Haru le examinaba de pies a cabeza.

– ¿Haru-chan?

– ¿No estás herido, Tsuna-san? – El chico negó con la cabeza provocando un leve sonrojo en el rostro femenino –. Lo siento. Haru pensó que como Mukuro-san había desaparecido, había intentado hacerle algo a Tsuna-san.

Una suave carcajada se escapó de entre los labios de Tsuna. Era cierto que quizás Mukuro no era el ser en quien más confiaba, pero dudaba que le atacase. A raíz de sus encuentros, el Vongola había llegado a comprender mejor a su guardián de la niebla hasta el punto de considerarlo un amigo. Sin embargo, la castaña que seguía examinando su cuerpo de reojo parecía no confiar en él. Tampoco Gokudera o Reborn parecían contentos con la amistad que tenía con Mukuro, pero Tsuna estaba convencido de que el peliazul tenía una parte buena.

– Mukuro no es tan mala persona. Deberías darle una oportunidad.

Y fue sólo porque quien lo dijo fue Tsuna que Haru decidió hacerle caso. Buscó con la mirada al peliazul, pero Mukuro no se encontraba allí. Sólo pudo ver a dos chicos de vestimenta similar en un rincón del lugar. La castaña parpadeó varias veces repasando con calma la sala. Pero no, Mukuro parecía haber desaparecido del lugar.

Haru no se molestó en buscarle. Decidió volver a conversar con una más que animada Kyoko y su eterna amiga Hana, quien no parecía tan ilusionada con la idea de seguir allí. Las tres charlaron de nuevo sobre el instituto, los últimos pasteles que habían comido e incluso sobre los chicos que llenaban el comedor de la casa de los Sawada.

Hasta que su mirada le encontró.

Apenas había visto unos mechones azulados balancearse con la brisa, pero aquello fue más que suficiente para indicarle que estaba en el jardín de la casa. Apoyado en la pared, Haru se encontró con un Mukuro que parecía dormir. Sin embargo, en cuanto la chica se acercó, él abrió los ojos. Los dos orbes, uno de cada color, se clavaron en ella con intensidad.

A Mukuro le costó varios segundos reconocer a la persona que tenía delante. Era Haru Miura, una de las amigas del décimo Vongola, aquella castaña que le había fulminado con la mirada en cuanto le había visto.

La chica le miraba con una pizca de temor, hasta que se topó con la herida de su brazo y el ligero olor a sangre metálica que Hibari había dejado a su paso. Todo el mundo sabía del odio que le tenía el guardián de la nube, así que no se habían extrañado cuando ambos habían desaparecido. Y esta vez, Hibari se lo había tomado bastante en serio. Mukuro admitía que el moreno era un rival formidable y esta vez no había sido menos; en apenas unos cuantos minutos, Hibari había acabado con más de un corte en su cuerpo. Y Mukuro tampoco había salido ileso.

Casi se había olvidado de ella cuando Haru le miró directamente con lo que parecía ser preocupación.

– ¡Hahi, está herido!

– He estado en cosas peores.

Cuando después de su palabras, dichas incluso con pereza, Haru desapareció de su vista, Mukuro sintió ganas de reír. Sabía de sobras que la castaña le odiaba porque había atacado al décimo Vongola. Por eso no se esperó que la chica volviese con un botiquín en la mano. Sentándose a su lado, le indicó que debía quitarse la camisa. Curiosamente, Mukuro obedeció sin poder evitar esbozar una mueca llena de burla cuando comprobó como la castaña apartaba la mirada de su torso desnudo. Las mejillas de Haru se tiñeron de un color carmín que brillaba en la penumbra de la noche, haciendo más que obvia la vergüenza que sentía en esos momentos.

Sin embargo, tuvo que volver a mirar la piel desnuda de Mukuro de nuevo al comprobar como la sangre resbalaba por ésta con fiereza. Las heridas que le había hecho Hibari eran peores de lo que le había parecido a simple vista. Haru ahogó un grito; aquello debía de doler. Sacando varias vendas y alcohol del botiquín, se dispuso a curarle.

Haru seguía con un leve sonrojo en su rostro y un brillo de preocupación en sus ojos. Y el peliazul no supo si fue la mezcla de ambas, o más bien la delicadeza de la que hacía gala la castaña a medida que le curaba, pero su estómago se retorció.

¿Cuánto tiempo hacia que nadie se molestaba en tratar sus heridas?

Nunca, ni siquiera sus compañeros, se habían percatado del hecho de que él también resultaba herido en sus batallas.

Al transcurrir los minutos, Mukuro se convenció de que no la estaba mirando fijamente. No había nada en ella que pudiese llamar su atención, o eso creía él. Después de todo, se trataba de una niña cuyo pelo parecía despeinarse en esa coleta que llevaba siempre a conjunto de su insulso uniforme. Y luego estaban esos ojos, esos orbes castaños que parecían derrochar alegría a cada instante de una manera que a Mukuro sólo se le antojaba como asquerosa.

Pero Haru estaba allí y aquello no le acababa de disgustar.

Wherever you are.
Like I'm in the bottom of the world.
You faced forward.


9 años atrás...

Haru jamás iba a entender a Mukuro.

Ni siquiera cuando los meses habían transcurrido y la relación entre ellos se había convertido en algo extraño desde el primer día que se acercó a él. Si miraba atrás, la castaña seguía sin entender que le llevó a preocuparse por él. Tampoco ahora lo entendía, pero ahí estaba. Pese a que Mukuro parecía burlarse de ella a todo momento, Haru seguía a su lado.

Había sido por lástima.

Cuando Chrome y Tsuna le fueron contando la historia de Mukuro, Haru sintió pena por él. Se lamentó por el pobre niño que había sobrevivido matando; se lamentó por el pobre chico que había intentado huir de Vindice con sus amigos. Haru se permitió incluso derramar lágrimas por aquel hombre cuya vida había consistido en ahogarse en el agua de una prisión.

Y si Haru sentía pena por él, Mukuro la sentía por ella.

Que la castaña estaba enamorada del décimo Vongola era algo que se notaba a simple vista; el hecho de que no fuese correspondido, también. A Mukuro le daba lástima como la chica se esforzaba en sonreír para alguien que jamás se lo valoraría, como luchaba por una batalla perdida, como intentaba ser feliz día tras día luchando contra la obvia realidad.

Haru era tan estúpida que Mukuro sólo podía sentir pena por ella.

Era por lástima, se repitieron los dos, que ninguno de los dos se iba de allí. Sentados en aquel pasillo del hospital de Namimori, en silencio, Mukuro y Haru miraban la puerta que tenían enfrente. Chrome les había dado un buen susto a todos cuando se había desplomado repentinamente en la calle. Ahora el que estaba con ella era Tsuna, acompañado de Reborn, quien parecía más nervioso que Haru cuando se había enterado de la noticia. Y el que debería estar preocupado, Mukuro, no hacía más que mirar la puerta con una pequeña sonrisa en los labios.

Los orbes de Haru siguieron fijos en él. No podía creer que pese a haber salvado a Chrome en el pasado, ahora parecía ni inmutarse aún cuando ella podía estar en peligro. Transcurrieron unos minutos, con la castaña intentando encontrar algo bueno en el hombre que tenía al lado antes de que éste se cansara.

¿Acaso la chica no iba a dejar de mirarle de una vez?

También podía obligarla.

Con una pequeña sonrisa en los labios que a Haru le dio escalofríos, el peliazul se inclinó para acortar levemente la distancia que les separaba. Haru no pudo más que encogerse en su asiento. La incomodidad de la castaña era casi palpable, cosa que divirtió aún más al chico. Pensó que quizás debería pararse ahí; después de todo, era una niña. Aunque eso lo hacia incluso más divertido.

Mukuro se acercó aún más a la castaña, dejando sus rostros a escasos centímetros. Las mejillas de la chica adquirieron una nueva tonalidad de rojo bajo la atenta mirada heterocromática del peliazul, quien esbozó una sonrisa aún mayor.

Ahí acorralada, encogida y sonrojada parecía una presa apetecible.

– Kufufufu~

Y en un parpadeo, Mukuro le robó a Haru su primer beso.

El contacto apenas había durado unos segundos y Haru ni siquiera había podido reaccionar. Con los ojos abiertos desmesuradamente por la sorpresa, la castaña se llevó los dedos a los labios cuando Mukuro se apartó de ella. Los palpó con incredulidad, sintiendo aún los labios masculinos sobre ellos. Y después reaccionó.

– ¡¿Hahi?!

– Vaya, vaya, ¿ha ocurrido algo, Haru-chan?

– E-eres...

Le miró con rabia, cosa que sólo ensanchó la sonrisa de Mukuro. Haru era inocente, demasiado como para resistirse a jugar con ella.

En ese momento, Tsuna y Chrome aparecieron acompañados de un doctor. Indicándoles que se podían ir ya, los jóvenes hicieron una reverencia. Enseguida se acercaron a los asientos donde Haru seguía sentada, pese a que Mukuro se había levantado y los esperaba con una sonrisa.

– Ya nos podemos ir, Mukuro-sama.

– Volvamos, seguro que Ken ya se ha comido todas las provisiones. Adiós décimo Vongola – Mukuro después miró a la castaña, quien tenía un tinte rojizo en las mejillas mientras le miraba con rabia –. Adiós Haru-chan.

A Haru ni siquiera le dio tiempo a maldecir antes de que se marcharan. Se quedó ahí sentada, aún con el sentimiento de haber sido humillada por el ilusionista. ¿Quien se había creído que era para robarle su primer beso así? Ese beso que había soñado durante años, que estaba segura de que acabaría siendo con Tsuna en una puesta de sol. Pero la realidad se había alejado demasiado de sus ensoñaciones: había sido algo realmente frío. Un beso para nada suave ni delicado, sino un contacto gélido que le había disgustado profundamente.

Salvo por el hecho de que sus labios aún ardían.

No había sido agradable, pero una ola de calidez la había recorrido de cabeza a pies cuando Mukuro la había besado.

– ¿Y bien Haru? – La aludida tuvo que parpadear varias veces antes de mirar a Tsuna, quien tenía una sonrisa en los labios –. ¿A que Mukuro no es tan mala persona?

Sí, sí que lo era.

El peliazul era un ser retorcido que sólo sabía reírse de ella y Haru no quería volver a verlo jamás.

There is nothing of the protection.
Light glows.
Even this conflict is wasting time.
Seeking dawn, it's still far away.


8 años antes...

Por mucho que dijese odiarlo, desde lo ocurrido en el hospital, la mirada de Haru empezó a seguir a Mukuro cada vez que se encontraban. Y el peliazul, que a menudo le dedicaba esa sonrisa casi falsa, encontró en la castaña su nuevo juguete. Esa chica se esforzaba en aguantarle la mirada y hacer que su disgusto hacia él fuese visible, sin perder en ningún momento ese brillo de alegría que bailaba en los orbes castaños.

Como en aquel preciso instante.

Se habían reunido para una competición en la bolera por idea del décimo Vongola. Después de varios gritos, habían acabado en tres grupos: los Vongola, Kokuyo y las chicas. Eran justamente estas últimas las que iban ganando, gracias a que Bianchi parecía ser realmente buena en desintegrar los bolos.

No era que Haru se aburriese; de hecho, estaba disfrutando muchísimo de la mueca de fastidio que hacia Gokudera cuando comprobaba que iban ellos los últimos. Pero aún así no podía ignorar la existencia de Mukuro, sentado a unos metros de ella. Su mirada se había clavado en él desde que había entrado en el lugar, y a menos que le tocase tirar, no podía evitar mirarlo.

La castaña suspiró; ¿qué hacia ella mirando a alguien tan peligroso como Mukuro Rokudo?

Le echó las culpas a aquel primer beso robado, al hecho de que Tsuna parecía demasiado concentrado en reír junto a sus amigos y a que el peliazul también le miraba. Con los ojos fijos en ella, Mukuro se relamió con lentitud los labios intentando provocar a la chica. La reacción fue inmediata: las mejillas de la castaña se tornaron de un color rojizo notable incluso a distancia. El peliazul soltó una breve carcajada; que estúpida era aquella chica.

Y Haru se levantó para salir de allí lo antes posible.

Se dirigió a pasos ágiles hacia el lavabo de mujeres, donde cerró detrás suyo. Al instante se acercó a los espejos, aprovechando para respirar profundamente tranquila. Poco a poco, el color en sus mejillas fue desapareciendo mientras lo único que se oía era el ruido del agua al salpicar contra su rostro. Algunos mechones castaños se mojaron por la acción, así que la castaña aprovechó para rehacerse la coleta. Cuando se miró en el espejo para comprobar su aspecto, el reflejo le indicó que no estaba sola.

Detrás de ella estaba Mukuro con una sonrisa burlesca en los labios.

– ¡Hahi, esto es el lavabo de mujeres! Mukuro-san no puede entrar aquí.

– Kufufufu, pues estoy dentro.

Haru le clavó la mirada; ese hombre la sacaba de quicio. Así que haciendo su mejor esfuerzo por ignorarlo, se dirigió a la salida con el fin de escapar de la mirada bicolor.

No lo consiguió. Cuando quiso darse cuenta, su espalda estaba pegada en la puerta cerrada por obra del chico. Con un brazo a cada lado de su cabeza, Haru se vio atrapada por Mukuro. El peliazul se agachó ligeramente para observarla más de cerca. Aquella chica era una de las personas más estúpidas que había visto jamás.

Por su parte, Haru tuvo que tragar saliva al notar la cercanía del chico. Por primera vez, pudo observar la claridad de los ojos de Mukuro. Se detuvo a contemplar el azul tan profundo que contrastaba con el rojo tan intenso de su otro ojo. Notó como los rasgos del chico eran finos, tanto como sus labios. Sus mejillas cobraron color; esos labios finos le habían robado su primer beso. Estaba tan cerca de ella, que incluso podía notar lo largas que eran sus pestañas. Tragó saliva; ahora que Mukuro estaba tan cerca, podía sentir el cálido aliento del peliazul mezclándose con el suyo.

Haru tuvo que cerrar los ojos; aquello era demasiado para ella. Al notarlo, Mukuro se acercó al oído de la chica con una sonrisa.

– Vaya, vaya, ¿Haru-chan se ha enamorado de mí?

La voz de Mukuro, a apenas unos centímetros de ella, nunca le había resultado tan suave pese a que la pregunta era claramente una burla. Sus mejillas se teñían con más fuerza cada vez que sentía el aliento del mayor hacerle cosquillas en la oreja. Y aunque tuvo que respirar profundamente varias veces para que su voz no la delatase, al final Haru respondió.

– Haru nunca se enamoraría de alguien como Mukuro-san.

Mentía.

Vaya que si mentía.

Aunque tampoco tenía otra alternativa con él.

The heart tired by hope will never again seek a late figure.
To the sky.


7 años atrás...

Prácticamente se dejó caer en su cama cuando sus padres abandonaron su cuarto. Haru estaba agotada, aunque la sonrisa no se esfumaba de su rostro. El motivo estaba sobre su escritorio: un bello trofeo de oro como prueba de que había ganado el campeonato. El primer lugar a nivel regional en gimnasia era algo de lo que sentirse realmente orgullosa. Además, la entrenadora del club de gimnasia de Midori le había comunicado que irían al campeonato nacional y tenían posibilidades.

Haru no podía estar más contenta.

Después de descansar unos segundos tumbada en su cama, se levantó con una mayor sonrisa. Soltó una pequeña carcajada antes de encaminarse tarareando al cuarto de baño, donde se despojó de su uniforme para entrar en la ducha. El mero contacto del agua caliente hizo que su cuerpo se relajase por completo. La tensión creada por el ejercicio se esfumó de la mayoría de sus extremidades, dejando que Haru se tranquilizase.

Hasta que sintió el aliento de alguien en su nuca.

La castaña se giró rápidamente para soltar un grito cuando fue callada por una mano masculina. Aquel guante oscuro que hacía presión en sus labios era inconfundible, Mukuro estaba allí. Con una sonrisa divertida en los labios, el peliazul se separó de ella al comprobar que Haru ya estaba más tranquila.

El chico iba a decir algo cuando Haru dio un salto hacia atrás poniendo distancia entre ellos. Agarró una toalla que usó para cubrirse el cuerpo como pudo mientras su rostro se tornaba rojizo por la vergüenza.

– ¡Hahi, Mukuro-san es un pervertido!

– Tampoco hay nada que ver.

Y dándose media vuelta, el peliazul salió de allí dejando a la castaña sonrojada de cabeza a pies. Haru, pese a que había sido ella la que sentía la vergüenza presente en cada poro de su piel, tuvo que parpadear. Se había esperado que Mukuro se abalanzase sobre ella cual lobo hambriento. O un leve sonrojo por parte del chico. O tan siquiera que desviase la mirada cómplice de la vergüenza de la situación. Pero en vez de todo eso, la había mirado sin más y se había ido.

Haru hizo un esfuerzo por vestirse y salir sin más de allí. Sin embargo, el sonrojo en sus mejillas seguía delatando sus sentimientos de tal forma que cuando se sentó en su cama delante de él, Mukuro no pudo reprimir una burla.

Hacia más de un mes que no se veían, y Haru seguía siendo igual.

No parecía molesta por el hecho de que él entrase sin ni siquiera llamar a la puerta. Tampoco su sonrisa, de oreja a oreja, carecía de la inocencia que le caracterizaba. La castaña iba a ser una niña siempre, Mukuro estaba seguro. Bueno, salvo por el pequeño detalle de que su cuerpo parecía más desarrollado de lo que había creído a simple vista todo aquel tiempo. No era muy voluptuosa, sino más bien pequeña. Un ser pequeño y frágil con el que le gustaba jugar, para que negarlo.

Otro cambio que había atisbado en la chica era que se había cortado el pelo. Aquella mata de pelo castaño que siempre había llevado recogido en una coleta había desaparecido. Ahora los mechones castaños apenas acariciaban superficialmente sus hombros.

– Te has cortado el pelo.

Estiró el brazo para capturar uno de los mechones, provocando que la castaña se encogiese. Oh, aquello era lo que más le gustaba de Haru.

– Haru fue el otro día a la peluquería – explicó intentando no temblar ante el contacto masculino –. La coleta le hacia ver como una niña.

– Eres una niña.

– Haru no es una niña.

Hizo un puchero infantil que confirmó que, efectivamente, seguía siendo una cría.

– Y yo que iba a invitarte a un helado – la chica le clavó los ojos con ilusión a medida que hablaba –. Kufufufu, pero supongo que si no eres una niña, no te hará tanta ilusión.

– ¡Hahi, Haru quiere uno!

La castaña prácticamente había dado un salto de alegría cuando de repente se sonrojó. Mukuro observó fijamente como la sonrisa ilusionada de la chica daba paso a un rostro sorprendido y era después remplazado por un sonrojo que competía con el de minutos antes.

– Mukuro-san – arqueó una ceja cuando la chica empezó a susurrar avergonzada –. ¿Es esto una cita?

A Mukuro el tono que había usado la chica se le hizo ridículamente adorable. Y por primera vez en mucho tiempo, se permitió una pequeña sonrisa sincera en sus labios.

– Sí Haru, es una cita.

Amazing~(You'll remember) The flooding of feelings that you surely endured.
Amazing~ (You'll remember) Because I want to grant them, I will never forget.


6 años atrás...

Mukuro se masajeó la sien por décima vez aquel día.

Cuando Haru le había propuesto ir a la playa en pleno invierno, con todas aquellas brisas heladas que cobraban fuerza con la humedad, él se había negado. Y después de ello, le había tocado aguantar minutos y minutos de expresiones extrañas que mezclaban la repentina desilusión de la chica con los reproches de que él jamás cedía cuando se trataban de los caprichos de la castaña.

Mukuro había dudado entre destrozarle las cuerdas vocales o ceder ante semejante absurda petición con tal de tenerla contenta y callarla, y había acabado por hacer la segunda opción. Así que a unas horas ridículas de la mañana cuando el sol ni siquiera se había molestado en levantarse, se encontraba camino a la playa con Haru.

Cuando por fin llegaron, ya había amanecido y los rayos de sol les recibieron mezclados con el olor salado del mar. Mukuro ni siquiera se molestó en decir nada cuando la castaña arrancó a correr en dirección al pequeño muro de piedra que les separaba de la arena de la playa. Con una sonrisa en el rostro, Haru parecía brillar en aquel día invernal.

Y aunque Mukuro se sintió tentado a romper esa sonrisa, no pudo más que esbozar una mueca. Por un día, decidió dejar que Haru fuese tan feliz como ella quisiese a sabiendas que sería él quien lo acabaría por destrozar.

No tardó mucho en arrepentirse. La chica gritó cuando se hundió en la arena, cuando la humedad se hizo más notoria y sobre todo cuando se acercó demasiado al agua. Mukuro se ajustó más la bufanda tapandose del frío mientras Haru corría de un lado para otro, llamándole para ver desde pequeñas conchas hasta verdosas algas marinas que habían sido arrastradas por la corriente.

Parecía tan contenta como una niña pequeña a la que le habían dado un dulce.

– ¡Mukuro-san! – Haru gritó señalando al mar de nuevo, como si hubiese hecho un gran descubrimiento –. ¡Hay un barco!

El peliazul decidió que si eran tan ruidosos como Haru, nunca iba a tener hijos. Con la cara contraída por el cansancio, se sentó en una de las rocas y dirigió la mirada hacia donde la chica señalaba. Efectivamente, había un barco. Y nada más. Mukuro no entendía la ilusión que tenía la castaña por cada efímera cosa que se cruzaba en su camino.

Pero Haru seguía gritando por todo. Había estado en el mar en pocas ocasiones y jamás pensó que el peliazul fuese a aceptar su petición de ir juntos. Sin embargo, ahí estaban. Aquello le hacía feliz; saber que incluso Mukuro podía ceder si se trataba de ella la alegraba. Y aún así, sabía que algo fallaba.

Sin decir ninguna palabra, ambos se sentaron en el muro de piedra que habían visto al abandonar la estación de tren. Haru sacó la comida que había preparado para ambos y se dispusieron a comer. La castaña se dedicó a contemplar a Mukuro a medida que comía hasta que un ruido llegó a sus oídos. Paseó su mirada por la playa hasta toparse con una pareja a orillas del mar que iba agarrada de la mano, riendo por cualquier cosa. Ojalá ellos fuesen así. Volviendo su mirada hacia su acompañante, buscó su mano. Estaba apoyada contra aquel muro a escasos centímetros de ella, tan cerca que Haru podía tocarla sin apenas estirar su brazo.

No lo hizo. Sabía que cogerle la mano a Mukuro iba a ser una mala idea. A Haru le daba miedo que no le devolviese el agarre, pero lo daba más miedo aún que ella no sintiese lo que se suponía que debería sentir.

No sabía qué sentía por aquel hombre que estaba a su lado, y a él tampoco parecía importarle.

– Haru, me tengo que ir.

– ¿Tan pronto?

– Tengo que irme de Japón – aclaró el peliazul antes de posar su mirada sobre la chica. Después, esbozó una mueca –. Kufufufu, no me eches mucho de menos.

El olor a agua salada inundó sus fosas nasales a la par que el ruido de las olas rompiendo formaba una melodía para ella. Cuando Haru encontró el valor de preguntarle por su vuelta, Mukuro ya se había esfumado de allí.

Y sin saber muy bien porqué, a ella le tocaba esperar a que volviese.

The waves settle.
My emotion is already burst.
Disappearing to the inaudible.
The shadows from the moonlight are even now still seeking late figures.
To the sky.


5 años atrás...

No recordaba cuanto tiempo había pasado desde la última vez que había visto a Mukuro. A esas alturas ya debería haberse acostumbrado a que el peliazul era como la niebla: venía y se iba a su propio antojo. Haru era consciente de que no podía atraparlo, menos aún atarlo a ella.

También era consciente de que le seguía esperando.

Recordaba las muecas de burla de Mukuro cuando le decía que era una ilusa. Lo era; una demasiado estúpida si quería seguir estando al lado de aquel hombre. Sin embargo, no podía alejarse de él. No sabía qué tenía el peliazul, pero ella sí parecía estar atada a él.

Quizás se iba a pasar toda la vida corriendo detrás de Mukuro, y a Haru no le parecía tan mala idea.

Rodeada de agua en aquella bañera, un recuerdo le vino a la mente: la prisión de agua en la que Mukuro había estado hacía tiempo. ¿Cómo se había sentido el peliazul allí? Una punzada de lástima le atravesó en el pecho. Con cadenas aprisionándole, con la consciencia nadando en una jaula; no era de extrañar que Mukuro fuese como la niebla ahora que era libre.

Y Haru se esforzaba por entenderle, pese a que parecía que jamás lo conseguiría.

Con la triste ilusión de que si entendía su dolor podría comprender al ilusionista algo mejor, su cuerpo se sumergió con lentitud en la bañera cuya agua se estaba enfriando por momentos. La castaña se obligó a no respirar, usando sus propias manos para empujarse hasta el fondo y no volver a la superficie. Los primeros segundos se sintieron bien, como si el suave vaivén del agua la envolviese con dulzura. Pero a medida que el tiempo pasaba, la falta de aire se fue haciendo más notoria. La fuerza empezó a abandonarla mientras su cuerpo luchaba por salir del agua. Haru logró mantenerse hundida más de un par de minutos, luchando contra su propio instinto de supervivencia.

¿Que había sentido Mukuro en aquella prisión?

Haru ya no estaba tan segura de querer saberlo.

Reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, se impulsó hasta lograr sacar la mitad superior de su cuerpo del agua. El aire llenó al instante sus pulmones cuando tomó varias bocanadas de aire desesperada. Y luego lo vio. Apoyado de manera elegante contra el borde de la bañera, Mukuro tenía los ojos clavados en ella.

Haru notó al instante tres detalles. El primero era que su cabello había vuelto a crecer, aunque seguía amarrado en una cola baja que reposaba en su espalda. El segundo era que había cambiado su ropa, llevando ahora una gabardina oscura que sólo le hacía ver más elegante.

El tercer detalle fue el que más odio.

Con una ceja arqueada, sus ojos relucían con curiosidad al mirarla. Los guantes humedecidos y la ropa salpicada por el agua delataban que llevaba varios minutos allí, que había llegado antes de que Haru empezase a patalear. La había visto casi ahogarse y no había movido ni un dedo por ayudarla. La castaña quiso gritar, enfadarse e incluso llorar. Pero no hizo nada. Se concentró en respirar profundamente intentando olvidar la sensación de estar sin aire de instantes antes. Y cuando se tranquilizó en aquella agua que ya se había quedado fría, se atrevió a hablar.

– Te ha crecido el pelo, Mukuro-san.

– Te has vuelto muy observadora, Haru – la castaña comprobó que su voz seguía siendo igual que siempre, con aquella pizca de diversión que se mofaba continuamente de ella –. Aunque no sabía que te gustasen estas cosas.

– A Haru no le gustan.

– Kufufufu, que estúpida.

La castaña se mordió el labio inferior al sentir sus ojos arder. Después, se inclinó para esconder su rostro en el regazo del hombre. Parecía todo un sueño, pero Mukuro estaba ahí. Había vuelto. Se vio tentada a decirle que le había echado de menos o que no se lo había podido quitar de la cabeza desde que se había marchado. Por suerte, un nudo en su garganta no le permitió emitir ningún sonido. Mukuro no necesitaba ese tipo de sentimientos y tampoco quería palabras de afecto que le empalagasen.

Mukuro no necesitaba a nadie que le quisiese; y ella le quería, le quería demasiado.

Las manos de Mukuro le acariciaron la espalda con parsimonia. No, no eran sus manos, eran sus guantes. Aquella fría tela le hizo sentir escalofríos a la castaña cuando se paseó por la desnudez de su espalda mojada. Mukuro jamás la había tocado sin quitarse aquellos guantes y no parecía que fuese a hacerlo jamás.

Al instante se encontró con su cabeza echada atrás, producto del tirón en el pelo que había recibido, y unos labios finos sobre los suyos. No era un contacto cálido, pero Haru sentía arder cuando Mukuro la besaba. En un instante, se vio obligada a pasar sus brazos por el cuello del peliazul cuando éste la alzó entre sus brazos. Él no rompió el beso; se limitó a mordisquear el labio inferior femenino para colar su lengua en la boca de Haru. Y pronto sus lenguas empezaron a danzar al ritmo que Mukuro marcaba.

Siempre había sido así, ella intentando seguirle el ritmo a ese monstruo que la devoraba.

De pronto, Haru se vio tirada en mitad del colchón con Mukuro ahí de pie contemplando su desnudez. Él aún seguía vestido, con la ropa algo mojada por haberla cargado y los guantes enfundados en sus manos. Al contrario que ella, que parecía estar tirada a sus pies, a su completa merced.

¿Y cuando no había sido así?

Cuando el peliazul se abalanzó a besarle de nuevo, Haru decidió dejar de pensar. Intentó convencerse de que un príncipe no tendría tal intensidad, que era mejor estar presa bajo aquel hechizo. Y lo logró, porque cuando aquel guante que tanto odiaba trazó el contorno de su figura, a Haru le dejó de importar todo lo demás.

Si Mukuro quería ser inalcanzable, a ella no le quedaba más remedio que aceptarlo para seguir cerca.

Amazing~ (You'll remember) The flooding of emotions, tears that you withheld alone.
Amazing~(You'll remember) Because I want to grant them, I will never forget.


4 años atrás...

Haru no se podía quejar de la vida que tenía.

Era una de las mejores estudiantes de la universidad femenina a la que asistía, tenía unos amigos que la atesoraban y un hogar cálido al que volver cada día. Además, había encontrado un trabajo a tiempo parcial en una de sus pastelerías favoritas y a menudo podía llevarse lo que no se vendía a casa. Para compensar ese detalle, hacia deporte con bastante frecuencia, así que apenas tenía tiempo libre como para acordarse de Mukuro.

Después de su primera vez, el peliazul había desaparecido de nuevo. Lo que la había hecho llorar más de una noche se desvaneció como todas las marcas rojizas de su cuerpo. Y poco a poco, el pensamiento constante del ilusionista en su mente acabó siendo un recuerdo ocasional.

Cuando pasados varios meses Mukuro apareció en su habitación como por arte de magia, Haru quiso incluso ignorarlo. No lo hizo. Fue una pequeña sonrisa la que le indicó que sí le había echado de menos, que iba a caer de nuevo. Y lo hizo.

Esta vez, Mukuro pareció mucho más gentil con ella. Pese a acabar siempre en el mismo punto, pues las ropas de Haru apenas cubrían su cuerpo unos minutos cuando el peliazul la encontraba, se veían más a menudo. Las visitas frecuentes de Mukuro se sumaron a su agenda, y Haru pronto se encontró sin tiempo libre.

Lo agradecía, porque sabía que en cuanto tuviese un minuto para pensar en su vida, acabaría derrumbada. Nunca se había considerado una persona especialmente fuerte; aunque tampoco se había imaginado que acabaría con una relación amorosa tan ambigua como la que tenía. Le asustaba que Mukuro fuese aquel cabo suelto en su vida, a sabiendas de que debería haber seguido odiándole como había hecho al principio.

Sin embargo, y no sabía si recordarlo con una sonrisa, había sido él el que la había besado la primera vez, él que la había buscado, él que le había invitado a salir por primera vez.

Siempre había sido él el que la había atraído, el que la había atado.

Aunque Haru tenia muy presente que Mukuro era como una hoguera. Sabía que no debía acercarse demasiado, pero siempre acababa haciéndolo. Y cuando lo hacía, ardía. La piel de Mukuro sobre la suya, el tacto rugoso de esos guantes negros, los mechones azulados acariciándola; incluso esa mirada hetercromática tan burlesca parecía quemar. A veces trataba de recordarse aquello de que no se debía jugar con fuego, porque se acabaría quemando de manera dolorosa. Y cada vez que se despertaba entre sus sábanas desnuda sin nadie al lado, lo confirmaba.

Había sido tan estúpida como para tirarse ella misma en esa hoguera.

Believe in yourself and the present
Whatever happened you can get away
You said, so I can believe myself
This environment and this moment
Ready go! I don't wanna anymore
You have gone away to the neo universe
Like a bomb, everything is already burst
But I don't cry, cause you will rebirth


3 años atrás...

– Papá, no te preocupes, estaré bien.

Haru sonrió animadamente cuando su padre suspiró antes de marcharse de la habitación. Sabía que a sus parientes no les gustaba la idea de que ella viviese sola, pero habían sido ellos los que habían aceptado aquel trabajo en el extranjero. Y la castaña, cuya vida estaba en Namimori, no iba a irse tanto tiempo a otro país.

Vivir sola tampoco iba a ser un problema. En cierta manera, iba a ser un alivio para la castaña, pues cada vez era más y más difícil ocultar a Mukuro de sus padres. Claro que el peliazul podía desaparecer en un instante, pero Haru seguía poniéndose nerviosa en cada ocasión. Más aún cuando el ilusionista parecía disfrutar del pánico en el que entraba la chica cuando la voz de sus padres sonaba al otro lado de la puerta y ellos estaban en una situación comprometida.

Aunque tampoco estaba segura de que Mukuro fuese a aparecer por su casa, al menos no tendrían que esconderse de nadie.

Haru había sopesado la idea de presentar al ilusionista a sus padres pero había dos problemas. El primero era el simple hecho de que sus padres eran algo sobreprotectores con ella, siempre lo habían sido. Y el segundo era la relación.

¿Cómo iba a presentar a alguien que no era su pareja pero con quien sí mantenía una relación?

A esas alturas de su vida, Haru ni siquiera sabía que era Mukuro para ella; tampoco sabía que era ella para Mukuro. Se veían de tanto en tanto, sólo cuando él quería. Pese a que a veces parecía ceder con ella y hacían algo juntos, jamás habían paseado de la mano o habían estado juntos en algún lugar público. Ni siquiera Chrome o los que ella creía que eran amigos de Mukuro sabían de su existencia más allá de que era amiga del décimo Vongola. Y ella tampoco había podido decirle a nadie que Mukuro era alguien importante en su vida.

Tampoco estaba segura de querer hacerlo.

Haru amaba a Mukuro. Si bien la primera vez que le había visto le había odiado, el tiempo había cambiado drásticamente su opinión de él. Para ella, Mukuro era un niño abandonado al que nadie quería darle ni una pizca de cariño. Ella lo hizo. Se acercó a él, le tomó cariño, le quiso hasta enamorarse perdidamente de él.

Hasta que Haru dejó de entender si de verdad quería a ese hombre o era el desgastado cariño hacia ese pequeño niño abandonado el que le hacía permanecer a su lado.

La sonrisa se tornó casi amarga cuando recordó a Tsuna. El décimo Vongola había sido su primer amor, aunque no correspondido. Ella le había amado, esperando a que el chico la notase. No había sido así. Su príncipe azul ni montaba a caballo, ni la tenía a ella como su princesa.

Con Mukuro las cosas fueron semejantes. Tampoco había sido un príncipe pese a las tontas ilusiones de Haru. El peliazul se había asemejado más a la bruja del cuento, aquella que hacía dormir eternamente a la Bella Durmiente o envenenaba a Blancanieves. Mukuro la había embrujado, sin ofrecerle nada a cambio, hasta el punto de verse ligado a él permanentemente.

Mukuro la había atrapado en un hechizo del que Haru no parecía ser capaz de huir.

Aunque tampoco lo había intentado demasiado.

Sus padres la despidieron con una sonrisa y ella se quedó en la puerta mirando como el coche se perdía entre las calles. Cuando entró de nuevo en la casa, ahora vacía, se sintió terriblemente sola. No había forma de comunicarse con Mukuro, pues éste ni siquiera le había dado un número de teléfono o algo similar. Kyoko y Bianchi estaban ocupadas esa semana, así que tampoco tendría compañía femenina.

El único ruido que hubo en los días siguientes era el de la música que Haru ponía de fondo. Aquella casa, que siempre se le había hecho familiar, parecía más grande que de costumbre. Pero Haru pronto se acostumbró a vivir sola. Hacer las tareas domésticas y estudiar le ocupaban gran parte del tiempo, así que pronto entró en una rutina que sólo se rompía por las visitas ocasionales de sus amigas.

Habían pasado dos meses desde que sus padres se fueron cuando Mukuro apreció allí por primera vez. No pareció sorprenderse cuando la castaña le comunicó que viviría sola durante dos años, aunque el peliazul soltó algún que otro comentario subido de tono que hizo que Haru enrojeciese.

– ¡Hahi, parece que Mukuro-san sólo quiere a Haru para eso!

Y el silencio se hizo entre ellos.

Haru se arrepintió al instante de lo que había dicho; le daba miedo tener razón. Sin embargo, Mukuro esbozó una sonrisa elegante que la castaña no supo si era falsa antes de besarla. El peliazul no la miraba con cariño, sino con una mezcla de lujuria e intensidad que le robó el aliento a Haru. Así que se dejó besar, deseando que la cercanía de Mukuro alejase aquel pensamiento de su mente. El ilusionista era atractivo así que no le hubiese sido difícil encontrar a otra. Pero la había elegido a ella, sólo a ella.

Haru intentaba convencerse a si misma de ello.

Cuando horas después, Mukuro le permitió algo de espacio, Haru aprovechó para cocinar algo para ambos. Hizo un plato sencillo, pues el cansancio estaba presente en todo su cuerpo, pero Mukuro la halagó de igual manera. Haru sonrió; desde fuera, parecerían una pareja normal. Eran pocos los momentos en los que el peliazul la halagaba, pues la mayor parte del tiempo se dedicaba a burlarse de ella. Pero eran esos pequeños detalles los que hacían que no fuese capaz de odiar al ilusionista, pues era cuando Mukuro más se parecía a lo que ella siempre había soñado tener.

Igual que le esperaba cuando se marchaba, porque sabía que por muchas veces que se fuese acabaría por volver, Haru creía que quizás alguna de sus fantasías se acabaría por cumplir. Quizás jamás acabaría vestida de blanco en un altar, pero a lo mejor acababan viviendo juntos. Quizás a medida que el tiempo pasaba, Mukuro confiaría en ella lo suficiente como para contestarle todas sus preguntas.

Era una excusa casi ridícula, pero Haru prefería pensar que sus esperas no eran tan inútiles como ella parecía ser.

Después de comer, ambos durmieron un rato en el sofá con alguna película de fondo. Mukuro fue el primero en despertarse, quien aprovechó para ducharse y volverse a vestir antes de volver al sofá donde Haru seguía acurrucada. La sacudió hasta que se topó con sus dos orbes castaños entrecerrados por el sueño.

– Vaya, vaya, ¿tan cansada estabas? – Haru parpadeó con suavidad, sin acabar de entender lo que el mayor le decía –. Voy a ir a visitar a Ken y Chikusa, vendré en unas horas.

La castaña pareció reaccionar de golpe con esas palabras y se incorporó con rapidez en el sofá. Mukuro ya estaba a unos pocos pasos de la salida, así que la castaña tuvo que levantar un poco la voz.

– Si Mukuro-san se espera un momento, Haru le acompañará.

– No es necesario.

No, Haru nunca era necesaria para él.

La desilusión de la chica fue tan visible que el peliazul tuvo que regresar al sofá y depositar un rápido beso en la frente de la fémina. Después, deslizó su mano por la cabellera corta de la chica donde apartó los mechones de su oreja. Inclinado, Mukuro dejó salir su voz lo más suave que pudo.

– Kufufufu, deberías acostumbrarte.

– ¿Hahi?

– Me voy a ir a Italia una temporada.

Después de esas palabras, se marchó y Haru se quedó esperando a que Mukuro le invitase a ir con él a sabiendas de que eso nunca ocurriría.

Amazing~ My beloved friend, you are a traveler who cannot return.
Amazing~ I won't forget that we met, ahh~


2 años atrás...

Mukuro no se había ido inmediatamente. Para la sorpresa de Haru, se quedó unos días con ella antes de marcharse. Pese a que su intuición le advirtió que la presencia del peliazul era un mal indicio, Haru lo ignoró tratando de disfrutar de su compañía.

Estar con Mukuro significaba ignorar todo tipo de detalles.

A la castaña no le gustaba, sin embargo jamás pedía explicaciones. Y ambos sabían que Mukuro jamás iba a ser el tipo de hombre que se las ofreciese sin más. Era como si el peliazul fuese de otro mundo, uno al que Haru no iba a pertenecer nunca.

Ella se conformaba.

Más bien, le tocaba conformarse.

Quizás era su falta de valor, y eso que Haru siempre se había considerado valiente. Pero con los años, la verdad era demasiado obvia como para ignorarla: era una cobarde. Cuando no preguntaba por nada, cuando ignoraba esos detalles importantes; y, sobre todo, cuando trataba de convencerse de que Mukuro y ella tenían algo que no se podía romper.

La idea de que él fuese inalcanzable la torturaba, pero sabía que al final Mukuro volvería a ella.

Tampoco era como si tuviese otro sitio a donde ir. El guardián de la niebla, quizás por su pasado o por su carácter, sólo tenía a Haru. Consideraba a la castaña un ser minúsculo; uno que le recibía con los brazos abiertos en toda ocasión. Llena de calidez, con una sonrisa permanente en los labios, Haru tenía un lugar para él.

Mukuro nunca había tenido nada semejante, pero estar al lado de Haru se asemejaba a lo que era un hogar. Quizás por ello siempre volvía a ella, aunque no era el único motivo.

El ruido de su móvil sonó con fuerza haciendo que se levantase de la cama. Dejó a la castaña dormir mientras él contestaba en otra parte de la casa. Sin embargo, su risa tan característica ya había despertado a la chica. Haru se quedó tumbada unos minutos, atenta al ruido que se escabullía por la puerta entreabierta. Al parecer Mukuro estaba hablando con un extranjero, pues el idioma que llegó a oídos de la chica era italiano.

La realidad le golpeó al instante: Mukuro se iba a Italia. Aquel hecho había estado constantemente en la mente de Haru, aunque tener al peliazul tan cerca había hecho que ignorase aquel detalle. Sin embargo, Mukuro se iba a ir tarde o temprano, y solía ser antes de que ella estuviese preparada.

Levantándose de la cama, cogió lo primero que vio para cubrirse y se acercó a la puerta. Permaneció unos minutos allí intentando captar alguna que otra palabra, sin lograr entender más que un par de carcajadas de Mukuro. Cuando el hombre colgó, Haru contó mentalmente hasta diez antes de salir de su habitación y encararle.

– ¿Ha ocurrido algo?

– No, sólo eran los detalles de mi vuelo a Italia.

– ¿Y por qué te vas?

Mukuro deslizó su mirada hacia Haru. La castaña tenía la mirada fija en él mientras jugaba con el borde de la camisa que llevaba puesta. Prenda de ropa que era precisamente del peliazul que parecía casi desconcertado.

Haru jamás preguntaba. Probablemente porque las pocas veces que lo había hecho en el pasado no había obtenido respuesta, pero a Mukuro le gustaba aquel pacto que se había formado entre ellos. Él no daba explicaciones y ella no preguntaba. Ese momento, sin embargo, era la excepción.

El ruido del reloj se clavaba resonaba con fuerza en el lugar. Haru apretó aún más la camisa que llevaba nerviosa. Sabía que no debería haber preguntado, ¿por qué lo había hecho? Su cuerpo se encogió aún más cuando Mukuro suspiró cansado.

Iba a retirar la pregunta cuando la voz masculina llegó a sus oídos.

– Tengo cosas que hacer.

– ¿Qué cosas? – Y otra pregunta que Haru no debería haber hecho, porque no sabía si la respuesta le iba a gustar.

– Es un asunto que tengo pendiente desde hace tiempo – Mukuro respondió mientras avanzaba hacia la chica e interrumpía la siguiente pregunta de la chica con un rápido beso –. Kufufufu, deberías saber que la curiosidad mató al gato.

El mayor la besó de nuevo siendo correspondido al momento. Bajó las manos hasta el borde de la camisa donde empezó a subirla acariciando la piel que dejaba al descubierto. Sin embargo, un ruido les interrumpió el momento. Con una mueca de fastidio, Mukuro se separó de la chica, agarró el móvil y contestó con rapidez.

Al escuchar al peliazul hablar de nuevo en italiano, Haru se marchó hacia la habitación de nuevo. Y después de esa última llamada, Mukuro se fue de Japón. Ojalá no supiese cuanto tiempo hacia que se había ido o al menos que no le importase no verle.

Ojalá no le echase de menos.

Haru suspiró. Y de repente se dio cuenta de que estaba con sus amigas en una pastelería, en Namimori. Había estado tan sumida en sus pensamientos que ni siquiera había podido degustar el pastel que se había comido. Suspirando de nuevo, intentó dejar de ahogarse en el pasado y prestar atención a lo que Kyoko le decía.

– Haru-chan, ¿quieres otro pastel?

– Claro, a Haru le encantaría probar el de fresas con nata.

Y sonrió; Mukuro volvería cuando él quisiese y Haru sabía que, por desgracia, ella le estaría esperando.

Amazing~ The flooding of feelings, even if I tell you goodbye
(You'll remember)
Amazing~ Because I want to grant them, I won't forget, they will be born again.
(You'll remember)


1 año atrás...

La idea de que Mukuro le traicionase era algo que Tsuna jamás había intentado tener presente. Pero ahí estaban, frente a frente, el castaño acorralado y el peliazul con una mueca burlesca en los labios. El joven Vongola no se atrevió a hacer ningún movimiento. Quizás el peliazul nunca había reconocido ser su amigo, pero él lo consideraba como tal. Había sido su aliado pese a pertenecer a la mafia. Y aunque no entendía porque había escogido ese preciso momento para atacarle, Tsuna no quería acabar con la vida de su guardián.

Así que tuvo que ser Reborn quien pusiese punto final a todo aquello.

Quizás todo sucedió muy rápido, pero cuando Tsuna quiso darse cuenta, el cuerpo del hombre cayó con fuerza al suelo. Poco a poco, un líquido carmesí se extendió por el suelo, creando una piscina de sangre debajo de su dueño.

Antes de poder siquiera reaccionar, la puerta del despacho se abrió de golpe revelando a una castaña cuyo rostro se encontraba escondido tras una capa de sudor. Cuando le habían comunicado que Mukuro había asistido al acto, Haru había arrancado a correr por toda la mansión buscándole. No se esperó encontrar al ilusionista con Tsuna, y mucho menos la escena que se grababa en sus pupilas. Tsuna parecía arrinconado delante del escritorio que ocupaba el centro del despacho y Mukuro...

El grito que se escapó de la garganta de Haru resonó por el lugar; Mukuro estaba muerto.

Después de ello, el silencio les envolvió. Haru, paso tras paso, se acercó con lentitud hasta el lugar donde Mukuro yacía. Se desplomó a su lado, intentado reprimir las lágrimas que luchaban por recorrer sus mejillas. No lo consiguió. Apenas había avistado de cerca el rostro casi sereno de Mukuro, cuando su llanto inundó la sala. Entre sollozos, acomodó el rostro del ilusionista entre sus brazos. Con los ojos cerrados, sus pestañas parecían más largas de lo habitual. La pérdida de sangre había hecho que su piel palideciese, haciendo que la fina linea que eran sus labios resaltasen entre tanto tono blanquecino. Algunos mechones rebeldes, que se habían esparcido por su rostro, sólo le dieron la sensación de aspereza a Haru cuando los apartó.

La última vez que había podido acariciar algo de aquel pelo azulado había sido tan suave que la castaña incluso se había sorprendido. Pero esta vez simplemente eran mechones tan muertos como su dueño.

El cuerpo de Mukuro aún estaba caliente. No estaba segura de si era por la cantidad de sangre que le rodeaba o porque hacia escasos minutos que había fallecido, pero la piel que acariciaba estaba caliente. La yema de sus dedos trazaba una delicada caricia en las mejillas del chico tanto como había deseado hacer. Recordaba la primera vez que lo había intentado, la risa burlesca de Mukuro ante su deseo tan infantil. A Haru le había dolido que le negara aquel capricho; y ahora le dolía aún más que no fuese capaz ni siquiera de negárselo.

¿Eso significaba que tampoco oiría de nuevo esa risa que afirmaba odiar?

Haru no quería ni pensar en ello.

Tsuna, que había permanecido callado hasta entonces, tuvo que ahogar el grito que intentaba escaparse de su garganta. Haru, la castaña que parecía haberse roto al entrar en aquella sala, se había puesto de pie de repente. Para la sorpresa del joven Vongola, la chica tenía algo en las manos. Reconoció aquel objeto metálico: era una pistola. ¿Qué estaba pasando?

Lo entendió todo cuando Haru le miró fijamente con un ojo de color rojizo tan diferente a sus orbes castaños. Era Mukuro. Era el cuerpo de su amiga, pero sin lugar a dudas se trataba del ilusionista. Tsuna se puso en guardia cuando el brazo derecho de su amiga se alzó para apuntarle con una pistola. Sin embargo, ninguno de ellos hizo nada. Tsuna no iba a atacar a su joven amiga, no podía hacerlo.

Y Mukuro ni siquiera entendía porque el joven Vongola no estaba muerto aún.

Poseer a Haru había sido fácil, no había encontrado resistencia alguna. Ahora sólo tenía que aprovechar la debilidad de Tsuna, porque el crío nunca atacaría a uno de sus amigos, y acabar con él. Y pese a la sencillez de la idea, su cuerpo parecía petrificado. Después de unos instantes en los que Tsuna parecía aún más quieto que él, Mukuro le quitó el seguro a la pistola.

– ¡Espera!

– Kufufufufu – su risa sonaba demasiado aguda para su gusto, pero las suplicas de Tsuna le estaban desentumeciendo el cuerpo –. ¿Ruegas por piedad, décimo Vongola?

– No lo hagas. No manches las manos de Haru de sangre, Mukuro – y aunque estaba siendo apuntado por una pistola, sus palabras parecían cobrar fuerza a medida que hablaba –. Sabes que Haru no se perdonará haberme matado. No hagas sufrir a alguien que es capaz de llorar por ti, Mukuro.

Bajó la pistola despacio, sin darle un instante a relajarse a Tsuna. No quería aceptarlo, pero el menor tenía razón; aquellas manos eran demasiado pequeñas como para disparar una pistola. Su mirada se deslizó hasta el cuerpo que había a sus pies. Su cuerpo, el cuerpo de Mukuro Rokudo, estaba ahí tirado en mitad de una piscina de sangre. Había visto su cuerpo lleno de heridas, torturado, incluso encerrado en una prisión de agua. Y nada le había dado tanta lástima como verse así en ese momento.

Sabía que en cuanto lo había visto, Haru había roto a llorar. Sentía en las mejillas del cuerpo que había poseído el rastro húmedo que sus lágrimas habían dejado, el sabor salado en sus labios. Incluso después de haberla usado, Haru se había preocupado por él.

Oh, Haru Miura siempre había sido una estúpida ilusa.

Y sin embargo, Mukuro no pudo evitar apiadarse de ella. Después de todo, esa castaña que rozaba lo infantil con cada palabra había sido el único ser humano que se había quedado a su lado desinteresadamente. No porque él la hubiese salvado, más bien había buscado su odio con cada acto. Tampoco porque le debiese algo, Haru nunca le había pedido nada y Mukuro tampoco se lo había ofrecido. Pero había estado ahí, para él, por él. Sólo por eso, se repitió en su mente, se apiadaría de ella. Y la mueca que esbozó fue una mezcla indescriptible de sus sentimientos.

– Kufufufu, esto no es un adiós, Tsunayoshi Sawada.

Un grito casi desesperado se escapó de entre los labios del joven Vongola cuando vio como la consciencia de Mukuro se evaporaba y el cuerpo inconsciente de Haru caía al suelo. Y Tsuna se acercó a la chica, agarrándola entre sus brazos, antes de que sus otros guardianes entrasen en el cuarto con un equipo médico.

La noticia de que Mukuro Rokudo estaba muerto porque había fallado en su golpe de estado se extendió como la pólvora. Sin embargo, Tsuna y sus amigos sólo tenían una cosa en mente: Haru. La castaña, aún transcurridos varios días del incidente, seguía tumbada en la cama como si estuviese plácidamente dormida.

Haru Miura estaba en coma.

Se quedó ahí en la cama sumida en un sueño del que no quería despertar. No importaba la temperatura exterior, en aquella habitación parecía reinar un calor que remitía al caer la noche. Sin embargo, a través de la ventana se podía contemplar como los últimos rayos de sol veraniegos le daban paso a un cálido otoño. Y tampoco fue cuando la nieve les visitó, ni tampoco cuando ésta se marchó, que Haru despertó.

La princesa había caído en el hechizo del brujo.

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Presente...

Varias horas después de despertarse por primera vez del coma, Haru sigue durmiendo en la habitación del hospital.

Gracias a que había caído dormida, Tsuna y los demás habían podido ir a casa a descansar un poco para que en cuanto la castaña abriese de nuevo los ojos, todos estuviesen allí con una sonrisa para ella. Y eso es justo lo que sucede. En cuanto Haru abre los ojos de nuevo, se encuentra enterrada entre los brazos de Kyoko y Bianchi. Poco a poco, y Haru nota que sus ojos están tan humedecidos como la mayoría de los que la miran, va saludando a todo el mundo.

Aún está desconcertada, pero el escalofrío que le recorre el cuerpo al notar la ausencia de Mukuro es una mala señal. No es tan estúpida como para haberse esperado al peliazul allí, pero hay algo que no le acaba de gustar.

– ¿Mukuro-san no está?

Todos guardan silencio. La mayoría no se esperan esa pregunta, al menos no tan pronto. Para todos, especialmente para Tsuna y Gokudera, había sido una sorpresa el saber que Haru y Mukuro habían tenido algo. Algo, porque no estaban seguros de si había sido una relación.

Nadie sabe bien como explicar todo lo que había ocurrido hacia ya un año. Las palabras, trabadas en la garganta de todos sus amigos, no parecen querer inundar la habitación. El único que encuentra algo de valentía, quizás por culpabilidad, es el décimo Vongola. Poco a poco, le relata a la castaña como Mukuro había entrado en la sala de ceremonias con un arma en mano, como el caos se había formado, como el peliazul le había acorralado en su despacho. Haru deja de respirar cuando los recuerdos la inundan; sabe lo que viene. Quiere detener a Tsuna, rogarle que no continúe hablando.

Pero no es capaz de huir de la realidad.

Reborn había acabado con la vida de Mukuro Rokudo.

Haru parpadea despacio, intentando tragar saliva para deshacer el nudo que se está formando en su garganta. Ahora lo recuerda perfectamente, como si se encontrase otra vez en la escena; casi puede oler el hedor a sangre, o ver la tenue luz que oscurecía aquella habitación, o sentir como el cuerpo sin vida de Mukuro se ahogaba en su propia sangre. Su cuerpo tiembla, tal y como había temblado en aquel momento mientras se acercaba al cadáver.

Y una lágrima solitaria se desliza por la mejilla de Haru.

Tsuna le deja unos minutos para que se tranquilice, intentando consolarla con algunas palabras de ánimo. Sin embargo, es la falta de recuerdos la que hace que Haru guarde silencio. Había visto el cadáver, sí, pero ya no recuerda nada más de aquel día. La voz de su amigo se torna mucho más suave cuando vuelve a la explicación.

El tiempo de Haru se detiene al entender lo que le está diciendo Tsuna: Mukuro la había poseído; había empuñado un arma y apuntado hacia Tsuna utilizando su cuerpo. Su amigo apoya una mano en su hombro y aprieta con cariño, tratando de ser reconfortante.

– Jamás te hubiese atacado, Haru.

El estómago de la castaña se retuerce por la mezcla de sentimientos que la abruman. Mukuro la había utilizado, y lo había hecho porque él también sabía que Tsuna no le haría daño a su cuerpo. Había usado esa amistad para intentar matar al joven Vongola. Haru no quiere escucharla, pero su consciencia parece reírse de ella. Sabía desde el primer momento que Mukuro no era de fiar, y ella le había permitido usarla como había querido.

Nunca debió dejar de odiar a Mukuro.

– Pero no disparó.

– ¿Hahi?

– Mukuro no me atacó – la sorpresa de Haru es totalmente comprensible. Tsuna había reaccionado igual al ver como Mukuro había bajado el arma –. M-me dijo que no era un adiós pero...

Tsuna entreabre los labios dispuesto a hablar pero ningún sonido se escapa de su garganta. En su mente, revive la situación. La muerte del peliazul, la posesión de la castaña, el cuerpo de Haru desplomándose inconsciente en el suelo. Y ese detalle, el que no quiere pronunciar porque no sabe si quiere creérselo. La mirada de Haru clavada en la suya le obliga a continuar, aunque la voz del castaño se torna apenas un susurro.

– Pero desde entonces no he sido capaz de sentir la esencia de Mukuro en este mundo.

Haru no está segura de como debe reaccionar a ello. Por una parte, el alivio la invade; no se ha manchado las manos de sangre, no ha atacado a ningún amigo suyo. Y por la otra parte está Mukuro. Jamás se debería haber involucrado con él, pero lo había hecho. No entiende por qué el ilusionista, después de todas las molestias que se había tomado con ella, no había llevado a cabo su objetivo de acabar con el décimo Vongola.

Una punzada de dolor le atraviesa el pecho cuando Haru entiende que jamás le volverá a ver.

Y tal y como había llegado a su vida, Mukuro se ha esfumado de ella.

Una lágrima solitaria se escapa de sus ojos antes de que Haru la limpie con la manga de la camisa. A su lado, sus amigos la miran sin saber muy bien qué decir. Tsuna, que es el que más cerca está, siente el cuerpo de la chica tensarse. Parece que se va a derrumbar de un segundo a otro, más no lo hace. Bajo la atenta mirada de la gente que la quiere, los labios de la castaña dibujan una pequeña sonrisa.

– No te preocupes, Tsuna-san – el chico arquea una ceja confuso al ver como la voz de Haru cobra fuerza a medida que habla –. Haru sabe que Mukuro-san volverá.

Y ahí está otra vez, la tonta ilusión de que si le espera lo suficiente, él volverá. Sin querer evitarlo, Haru cae de nuevo en el hechizo en el que ha vivido desde que Mukuro Rokudo entró en su vida.

But I don't cry, 'cause you will rebirth.


Contestación de reviews:

sayaneko-chan: ¡Muchas gracias por tu review! No te imaginas lo contenta que estoy de que te gustase tanto el 2786. Sólo por hacerte tan feliz merece la pena cada hora que le dediqué~ Jajajaja, tienes razón, soy de hacer finales muy abiertos. Creo que es porque siempre hago sufrir a los personajes y haciendo un final abierto es como decir que aún hay esperanzas para ellos. Tengo que admitir que el 2795 me gusta en algunas ocasiones, aunque yo también prefiero a Haru antes que a Kyoko.

Me alegro muchísimo de haber superado tus expectativas con el songfic anterior; a ver si este 6986 te gusta también~

PD: ¡Quiero un dirigible! Ok, no, con que estés contenta me basta xD

Suno-Andrew: ¡Gracias por el review! Y muchas gracias por no ser fan del 2796 pero aún así haber dedicado tu tiempo a leer mi fic. Jajajaja, a Tsuna no le hubiese gustado lo que Ken haría con él si se enterase de que se acerca a Chrome, aunque sería divertido de ver xD En serio, muchas gracias por pasarte por aquí de nuevo~

Nos vemos en el siguiente~