Y ya estamos en verano~

Después de un insoportable mes de mayo donde apenas salí de la biblioteca, me toca de nuevo estar encerrada allí porque me espera un junio lleno de exámenes. Y en mitad de tanto estudiar, os traigo este pedido. Lo habré reescrito unas cuatro veces y este es el primero que más o menos me convence. Siento si hay algo de OOC, que probablemente habrá en cantidades industriales.

Y sin nada más que decir, aquí está este Bel x Mammon para fran. varia. niebla. ¡Espero que te guste!

Título: Compañeros

Autor: Black Cherry

Resumen: Le quedaba el consuelo de que al menos Mammon estaba a su lado. BelxMammon.

Katekyo Hitman Reborn! no me pertenece y nunca lo hará~

~Compañeros~

La suave melodía de una pieza clásica llegó a sus oídos haciendo que sus labios se torciesen en una pequeña mueca. Mammon aún no lograba entender como Xanxus había aceptado que hiciesen una fiesta en la mansión en la que residían los Varia. Quizás los de la familia Vongola eran mucho más ingeniosos de lo que había llegado a creer, aunque la explosión seguida de varios gritos que escuchó a continuación le convenció de lo contrario.

Tener a Varia en una fiesta pacífica era una idea pésima.

La arcobaleno suspiró dejando el último fajo de billetes sobre su cama. Nadie se había ofrecido a pagar las horas extras que iba a suponer el asistir a la fiesta, así que había optado por encerrarse en su cuarto y repasar las ganancias de la semana. Le esperaba una noche tranquila, salvo por el ruido de fondo que procedía del salón de la mansión. Así que aprovechó la calma de la noche para ir a buscar un libro, cuando su mirada captó su propio reflejo en el espejo.

Era un bebé. Iba con ropajes oscuros, como estaba acostumbrada, pero la cara que se reflejaba era una totalmente aniñada. No había rastro del cuerpo menudo femenino que era suyo antes de que la maldición hiciese efecto en ella. Se llevó una mano al rostro, acariciando las marcas de sus mejillas. ¿Dónde estaba aquella mujer que se coronó como la mejor ilusionista del mundo? Ya no estaba ahí. Viper ya no existía.

Ahora era Mammon, la arcobaleno de la niebla y miembro del escuadrón de Varia. Ni rastro de su viejo nombre o de su antigua identidad, sólo tenía su fiel mascota Fantasma y una cuenta llena de dinero. Y sus ganancias aumentaban con cada misión que hacían. Aquello le dibujó una pequeña sonrisa; mientras tuviese billetes que contar tendría algo que hacer en esa nueva vida que se había construido.

Perdió el hilo de sus pensamientos cuando oyó un ruido en la puerta de su habitación. Dudaba de que fuese un invitado, pues nadie se atrevería a cometer la estupidez de colarse en el cuarto de un asesino de élite. Debía de ser alguien de Varia, una persona que ni siquiera se molestaría en picar a la puerta. Y ahí estaba el príncipe rubio con la puerta cerrada tras de si.

– ¿Qué haces aquí?

– Nada.

La sonrisa que bailaba en los labios de Belphegor no tenía ni una pizca de inocencia. Mammon se había preguntado más de una vez porqué un crío como él había acabado formando parte de algo como Varia o porqué habían acabado como compañeros. Después de todo, los dos no hacían mal equipo. Y era mejor lidiar con un mocoso con aire de grandezas que con los demás del escuadrón.

Podía llegar a ser impertinente, pero el príncipe no tenía ataques de ira, ni gritaba demasiado, ni era especialmente molesto.

– ¿No estabas en la fiesta?

– Ushishishi – arqueó una ceja mientras el chico se encogía de hombros –, me aburría.

¿Y por eso venía a molestarla? Mammon frunció los labios para no iniciar una pelea estúpida que acabaría en la probable destrucción de su habitación. Se acercó a su cama en donde recogió el dinero que minutos antes estaba contando y lo guardó de inmediato. Después, dirigió su mirada hacia el rubio.

No se había percatado cuando éste había entrado en la habitación, pero Belphegor iba bien arreglado. Aunque seguía con la mata rubia tapando su mirada, el traje que llevaba le daba un aire aún más elegante de lo normal. Paseaba por su habitación con tranquilidad, probablemente fijándose en los pocos adornos que había allí, pues Mammon no se había gastado mucho dinero en decorar su cuarto.

De repente, se tumbó en su cama como si fuera el dueño de aquella habitación y esbozó una mueca.

– No me gusta, es demasiado simple.

– ¿El qué?

– Este cuarto – contestó pesadamente, como si hubiese hecho un esfuerzo al aclararle sus dudas. Y aquello la sacó de quicio lo suficiente como para que el otro lo notase –. Ushishishi, tú también eres simple.

Aquel comentario no le molestó tanto como había pensado, así que se limitó a suspirar sin decir palabra alguna. La música que antes le había pasado desapercibida por la presencia de Belphegor volvió a sonar de fondo acunándola. Era una melodía que le inspiró tranquilidad, demasiada para tratarse de la mansión de una banda de asesinos.

– Deberías haber ido a la fiesta – lo soltó de pronto, llamando su atención al instante. La arcobaleno ni le miró, así que Belphegor siguió molestándola –. ¿Es que acaso no sabes bailar?

– Eso no es asunto tuyo.

– Así que no sabes bailar.

Mammon notó la sorpresa en su voz pese a que él intentó ocultarla con su típica burla. Ambos sabían que el motivo por el cual se había negado a ir era porque no iba a sacar ningún beneficio de ello. De hecho, salvo por Lussuria que parecía realmente encantado con que la décima generación de los Vongola hubiese asistido al evento, nadie parecía querer estar en la fiesta. Belphegor probablemente había ido para comer mientras se imaginaba despedazando a todo ser vivo del lugar y para ello no la necesitaba.

¿Así que por qué le había insinuado que debería haber asistido a esa fiesta? Una idea casi absurda se le pasó por la mente y antes de poder morderse la lengua, su voz se escapó de entre sus labios llena de incredulidad.

– ¿Es que acaso querías bailar conmigo?

No obtuvo respuesta alguna. Deslizó sus ojos hacia su joven acompañante, aún tirado en su cama. Aún en silencio, Mammon esperó unos instantes antes de aproximarse a él. Y entonces lo oyó. De una manera muy suave, una carcajada se escapó de los labios de Belphegor, como si fuese un chico de dieciséis años de verdad y no un genio en el arte de matar. Su risa casi infantil se desvaneció tan rápido como había aparecido, siendo remplazada por la mueca burlesca tan habitual del rubio.

Belphegor se marchó después de ello, dejando atrás a una Mammon que no estaba segura de si lo que había presenciado había sido real. El comportamiento tan inusual del rubio le había parecido más una ilusión bien hecha que algo auténtico. Y no pudo evitar pensar que quizás, sólo quizás, ese príncipe no debería haberse metido en ese mundo tan oscuro.

Igual que ella tampoco debería haber acabado maldita.


Belphegor se detuvo enfrente de la puerta del hotel de lujo en el que se iban a alojar. Al instante desvió su mirada hacia su acompañante sólo para señalar la puerta que había delante de ellos. Debía haber sabido que Mammon intentaría jugársela tarde o temprano, pero no se esperaba que lo hiciese con el lugar donde iban a pasar la noche.

– Ushishishi, ¿es una broma?

– Era un malgasto de dinero innecesario.

Tuvo que controlarse para no lanzarle un cuchillo a la cabeza. Una cosa era que hubiese escogido un hotel con menos categoría para lograr llevarse más dinero, ¿pero dormir en un motel? No se iba a rebajar a ello. Un príncipe como él no podía acabar en un antro de mala muerte como ese.

– No voy a dormir aquí.

– Si acabamos pronto no tendremos que hacerlo.

Belphegor optó por tomar aquella simple frase como un reto. Prefería acabar el trabajo con rapidez y no acabar durmiendo en aquel triste lugar.

Se encaminaron hacia los bajos barrios de la ciudad al instante. Sólo debían encontrar al jefe de una banda callejera al que le había dado por meterse en asuntos de una familia aliada con los Vongola. El príncipe no comprendía como un simple pandillero había movilizado a Varia, pero no le molestaba la idea de clavarle un cuchillo a alguien de tan baja categoría. Gracias a la eficacia de Mammon, en menos de una hora ya se encontraban en la base de aquella banda. Para sorpresa de ambos, estaba vacía.

– ¿Seguro que es aquí?

Antes de que la ilusionista asintiese, un ruido sordo les llamó la atención. La sala se empezó a llenar de humo negro en los siguientes instantes, alertando a ambos asesinos, y ocultos en él varios hombres se lanzaron a atacarles.

A Belphegor le dio por reír en aquel momento. Necesitó exactamente veinte segundos para que todos los enemigos allí presentes acabasen muertos entre los hilos de sus cuchillos. Después, siguió a Mammon hasta que ambos estuvieron fuera de allí. Y, de nuevo, otra emboscada les atacó.

El primer cuchillo del rubio se clavó en la yugular del primer iluso que había tratado de atacar a la mujer. Y en un rápido movimiento, inmovilizó al más grande de ellos en una red de hilos que parecía ser capaz de cortar incluso el más duro metal. Mammon ni siquiera se molestó en meterse en aquella pelea; Belphegor era más que suficiente para matar a los hombres que disparaban contra ellos. Se limitó a crear una par de ilusiones para distraerlos, cosa innecesaria según el príncipe, mientras él hacia todo el trabajo sucio.

– Ushishishi~

Escuchar tan característica risa le dibujó una pequeña sonrisa a la mujer en los labios. Aquello había sido tan fácil como habían esperado, así que se acercó al ahora cadáver del líder que yacía decapitado a unos metros suyos. La ilusionista tuvo que parpadear varias veces para comprender la situación: no era él. Y no sólo se habían equivocado de persona, sino que además el cuerpo inerte que estaba examinando era justamente del hombre que lideraba la otra banda del pueblo.

Suspiró cuando el rubio se acercó a ella para comprobar qué ocurría, ocultándose bajo sus ropajes oscuros. Y escuchó el leve gruñido que se escapó de los labios de Belphegor antes de que éste empezase a andar camino al lugar donde se hospedarían esa noche.

Aquello había sido un desastre.

Ni se molestó en pronunciar palabra de camino al hotel entre escombros en el que se debían alojar. Por suerte, la ilusionista tampoco tenía ganas de conversar. Apenas llegaron a su habitación, el rubio se dejó caer en una de las camas ruinosas en un suspiro. Los muelles chirriaron al instante, creando un ruido ensordecedor que molestó a su acompañante. Mammon parecía disgustada de seguir en aquel pueblo, incluso incómoda. Quizás se había pensado que aquella habitación de motel barato iba a ser ligeramente mejor o que ni siquiera iba a tener que pasar la noche allí.

A él tampoco le hacía gracia todo aquello. Hacía frío, estaba en un lugar asqueroso y tenía el cuerpo entumecido por el cansancio. Le quedaba el consuelo de que al menos Mammon estaba a su lado.

– Ven aquí.

No era una petición, sino más bien una orden. La mujer se vio obligada a escrutar al joven con la mirada, tratando de captar a qué jugaba el príncipe ahora. Sin embargo, no había ni rastro de mofa en Belphegor. Por unos segundos, a la ilusionista le hubiese gustado poder mirarle a los ojos para entender por qué le había dicho eso. El hecho de no ver nunca los ojos del rubio la llegaba incluso a inquietar, pues a veces le costaba descifrar lo que había en la mente de Belphegor. Aunque ella también se ocultaba tras un gorro, así que suponía que él también tendría problemas con saber qué pasaba por la mente de la arcobaleno.

Sumidos en el silencio, el tiempo parecía transcurrir con lentitud. Si se hubiese tratado de otra persona, de otro de los integrantes de Varia, se hubiese negado al instante. Aunque no se podía imaginar a su jefe Xanxus o al molesto de Squalo pedir algo de compañía. Pero no se trataba de ninguno de ellos, ni siquiera del idiota de Lussuria.

No, se trataba de Belphegor. De ese joven que enloquecía con facilidad al ver su propia sangre o que era capaz de reírse con burla al estar rodeado de cadáveres. De alguien que había entrado en un escuadrón de élite como era Varia siendo un niño. Se trataba, ni más ni menos, que de su compañero.

Y asintió; porque se trataba precisamente del príncipe rubio, la ilusionista cedió.

– Espero que luego me pagues por esto.

Belphegor dejó que una carcajada seca se escapase de entre sus labios al escuchar ese comentario. Estiró el brazo atrapando el pequeño cuerpo de Mammon y la atrajo hacia él, acunándola en su pecho. La mujer suspiró ante semejante acto, dejando que el rubio la abrazase con fuerza. En poco tiempo, el silencio de la habitación se vio ligeramente perturbado por la respiración tranquila de Belphegor. Se había quedado dormido. Mammon suspiró de nuevo; y, dejándose llevar por la calma, cerró los ojos.

De repente, ya no hacía tanto frío.


Mammon contempló al rubio llevarse más sushi a la boca, degustándolo con toda la tranquilidad del mundo. Estaban en un pequeño restaurante que le pertenecía al padre de Yamamoto, el guardián de la lluvia de los Vongola que había vencido a Squalo tiempo atrás. La ilusionista no sabía como Belphegor había descubierto aquel lugar, pero parecía no ser la primera vez que venía a comer. Y no sólo eso, sino que parecía que le gustaba de verdad el lugar. El dueño se acercó a ellos dejando otra bandeja llena de comida japonesa y les dedicó una sonrisa antes de volver detrás de la barra.

La arcobaleno frunció el ceño ligeramente; no le apetecía seguir allí. Al menos, y aunque ver comer al príncipe no era lo que ella definiría como apasionante, no tenía que soportar a Reborn y Colonello gritando. Verles siempre les recordaba a su maldición, a Viper, a lo que había sido y a lo que nunca volvería a ser. Quería consolarse pensando que quizás algún día todo se arreglaría como por arte de magia y pese a ser ella misma una maestra a la hora de crear ilusiones, no podía permitirse pensar tan positivamente.

Ni siquiera notó cuando Belphegor acabó de comer y pagó con tarjeta, haciendo un escueto comentario sobre el buen sabor de la comida de aquel restaurante. Algo digno de alguien de su nivel, decía el rubio. Pero Mammon seguía perdida en sus pensamientos, rememorando como se había convertido en un triste bebé.

Lo que la devolvió a la realidad fue un pellizco en su mejilla derecha. Por primera vez en varios minutos, Mammon observó a su acompañante que se reía con burla. Le maldijo por lo bajo, sin molestarle en ocasionar una pelea, y ambos se fueron de allí camino al aeropuerto. No supo si fue un acto de generosidad, pero la ilusionista agradeció el detalle de poder estar unas pocas horas después sentada en un avión privado que el Noveno les había cedido.

El viaje de regreso a Italia comenzó con una azafata inconsciente producto de un vaso de whisky que Xanxus le había lanzado a Squalo. Mammon escogió sentarse en un rincón sin llamar mucho la atención, dispuesta a repasar unos archivos, cuando Levi se le acercó.

– Reborn me ha pedido que te entregue esto.

Era un sobre de un inmaculado blanco que le provocó escalofríos. ¿Sería una pista sobre su maldición? ¿O quizás se trataba de una petición absurda para ayudar a sus discípulos? Mammon se debatió entre abrirlo o no, terminando por desgarrar parte del envoltorio. Se sorprendió al comprobar que la carta no era más que una invitación a todos los arcobalenos a reunirse. ¿Acaso había descubierto Reborn algo nuevo? Esbozó una mueca; aún quedaba poco más de un mes para la fecha que se indicaba al final de la carta.

Intentando no pensar en el tema, se puso a repasar los archivos como había sido su primera idea. Sin embargo, y pese a que había varios papeles esparcidos por la mesa, la carta parecía destacar. Mammon se esforzó por concentrarse en el documento que tenía enfrente. Sabía que aunque hubiesen conseguido una pista, su maldición no iba a desaparecer de un día para otro. Darle vueltas al asunto sólo le iba a provocar un dolor de cabeza insoportable.

Pudo romper el hilo de sus pensamientos cuando a su lado, en el asiento de la ventana, se dejó caer alguien. Levantó la vista sólo para comprobar que sus sospechas eran ciertas: era Belphegor el que estaba allí.

– ¿Y qué dice la carta? – Inquirió el rubio en una mueca –. ¿Quieren que les vayas a echar una mano?

– Mi compañía es algo que se paga.

El chico desvió la mirada hacia la ventana en un intento de ocultar su sonrisa. Observó el exterior, viendo como hasta los más altos edificios, desde tan arriba, parecían meras hormigas. Belphegor tuvo que aceptar que consideraba a todo el mundo insignificante ante él, quizás con la excepción de algunos miembros de Varia como su jefe o la ilusionista que estaba sentada a su lado.

Miró de reojo a Mammon, quien se hallaba repasando unos archivos de a saber qué. La carta de Reborn estaba en el rincón más lejano de la mesa, lo más lejos posible de ella. Cuando se trataba de algo relacionado con los arcobalenos, Mammon se irritaba con facilidad, así que tuvo que descartar la idea de coger el papel y leerlo. Por unos segundos, se sorprendió del hecho de conocerla tan bien. Se había acostumbrado a trabajar codo con codo con ella, considerándola su compañera en el escuadrón. Podía decir que le hacia gracia la fijación obsesiva que tenía Mammon con el dinero, ocasionando que siempre hubiese una manera de burlarse de ella. No iba a aceptarlo en voz alta, pero la ilusionista era una presencia que le resultaba incluso cómoda.

Mammon hacia que su mundo pareciese, irónicamente, más amable; hacia que él fuese más humano.

– ¿Y cuánto vales?

La arcobaleno dejó de leer el archivo que sostenía para clavar su mirada en el rubio. Como de costumbre, Belphegor tenía una sonrisa burlesca en los labios. Quizás se había imaginado el tono serio de la pregunta. Sí, eso debía ser, era imposible que ese crío fuese a darle relevancia a cualquier asunto. Así que volviendo a su trabajo, sus labios dibujaron una mueca.

– Soy demasiado cara para que te lo puedas permitir, mocoso.

– Ushishishi, nada es demasiado para un príncipe.

Aquella risa nunca había vibrado tanto en los oídos de Mammon como en ese momento.


El sonido del reloj retumbaba a cada segundo que pasaba en los oídos de Belphegor. La última misión que habían tenido no había sido especialmente dura, pero sí larga. Aunque la mayor parte del trabajo lo había hecho Mammon encontrando los objetivos y usando sus ilusiones para confundirlos, él estaba cansado.

Sin embargo, su mente parecía dispuesta a no dejarle dormir. Una pequeña parte de ella, o eso quería pensar el rubio, no paraba de mostrarle la imagen de Mammon envuelta en sangre. Había ocurrido precisamente aquella mañana mientras desayunaban al regresar a la mansión. De repente, la ilusionista había empezado a escupir sangre. En aquel momento ni los gritos de Squalo, ni la angustia de Lussuria le había importado. A medida que una charca de líquido carmesí se formaba por momentos a los pies de la mujer, su propia sangre ardió. Sintió enloquecer por segundos, como si aquel olor encendiese todos sus sentidos. Y sin embargo, su mundo se paralizó por completo cuando Mammon perdió la consciencia.

Por primera vez en mucho tiempo, Belphegor sintió miedo.

Se tenía que acercar a ella, asegurarse de que estaba viva y acunarla entre sus brazos. Pero el pánico le empezó a devorar cada poro de su piel, haciendo que su cuerpo fuese incapaz de reaccionar. Belphegor se dio media vuelta en la cama; no quería pensar en ello más. Los médicos de Varia habían asistido a Mammon y la arcobaleno estaba en perfecto estado. Y sin embargo, una parte de él seguía preocupado.

Apartó con rabia las sábanas que le cubrían y se encaminó a la habitación de Mammon a pasos ágiles. Entró sin llamar, encontrando a Lussuria dormido en una silla al lado de la puerta. No le importó; sus pies le llevaron al instante al lado de la cama donde la mujer parecía dormir. Por unos segundos, la sorpresa se apoderó de él. Ahí tumbada en su cama, Belphegor pudo ver por primera vez a la ilusionista sin su habitual capucha. Veía las gotas de sudor resbalando por su rostro, apegando los mechones de pelo a su frente. Pero lo que más captó su atención fue el hecho de que su palidez remarcaba las marcas de sus mejillas.

La yema de sus dedos acarició con cuidado su mejilla, notando el cuerpo de la ilusionista tensarse bajo su tacto. Nunca había tenido la oportunidad de contemplarla tan indefensa, como tampoco había podido observar lo largas que eran sus pestañas o lo poco que ocupaba su cuerpo en una cama tan ancha. Pellizcó sus mejillas con poca fuerza, riéndose por lo bajo al ver como Mammon abría los ojos unos segundos para mirarle.

– ¿Belphegor?

Parecía querer preguntarle qué hacía allí. ¿Y qué hacía exactamente a las tres de la madrugada acariciando la mejilla de su compañera de Varia? No estaba seguro de qué contestar, ni siquiera él sabía la respuesta. Simplemente estaba ahí, sintiendo la calidez emanar de la ilusionista con la punta de sus dedos. Aquella preocupación que le había impedido dormir durante horas parecía haber mitigado, porque verla despierta era una confirmación de que estaba bien. Y entonces lo entendió; comprendió que pese a ser un asesino, no había nada capaz de quitarle el sueño salvo ver así a Mammon.

Observarla tan débil, tan frágil, era una especie de pesadilla de la que se quería levantar en ese mismo instante. Así que con una pequeña mueca bailando en sus labios, la cubrió con su habitual capucha, intentando recuperar la imagen familiar que tenía de ella.

– Buenas noches.

La sonrisa que la ilusionista le regaló fue la más cálida que Belphegor había visto en su vida y, por desgracia, también fue la última.


Belphegor le examinó de cabeza a pies una y otra vez. Fran parpadeaba con rapidez, sin entender porqué aquel hombre le escrutaba de aquella manera. ¿Era por su color de pelo peculiar? ¿O por el sombrero en forma de manzana que llevaba? El rubio le encontraba un punto ridículo a ese joven, pero no era aquello lo que le molestaba.

Era el hecho de que hubiesen encontrado un substituto para Mammon.

Ni siquiera él, y se consideraba un genio en bastantes aspectos, había sido capaz de remplazar a la pequeña arcobaleno. No entendía como Varia había encontrado un ilusionista de la talla de la mujer, aunque todo parecía indicar que aquel chico no era un inútil. Todo parecía seguir adelante, incluso su escuadrón. Pero él no era capaz, aún no.

Todo se había esfumado de repente, aunque en su mente Mammon seguía estando muy presente. Seguía recordando con nitidez su pequeño rostro, sus labios dibujando una sonrisa sincera para él, sus ojos mirándole fijamente. Tenía en mente lo cómodo que era estar a su lado, ya fuese en silencio o en una de sus absurdas peleas cuando ella mostraba su faceta avariciosa. Le divertía incluso cuando le trataba como un crío, como si el hecho de apenas medir unos cuarenta centímetros no hiciese de ella una mocosa. Habían estado juntos mucho tiempo, trabajando como compañeros en más misiones de las que podía contar. Habían creado tantas memorias que era imposible no recordarla ahora que sólo quedaba él.

Rememoró, y sus labios se contrajeron en una mueca de dolor, cuando le había preguntado por su precio. Probablemente Mammon se hubiese puesto un precio exageradamente alto, y él lo hubiese pagado encantado. Hubiese dado cualquier cosa para que siguiese allí, a su lado, donde tenía que estar. Hubiese dado cualquier cosa para tener algo para recordarla, algún objeto que le indicase que ella seguía allí.

Sólo necesitaba eso, un pequeño indicio de que Mammon no le había abandonado.

No lo tenía. Lo poco material que le quedaba relacionado con ella no era suficiente para él, pero era mejor que no tener nada. Así que desapareció unos segundos para ir a coger algo de su cuarto antes de plantarse delante de Fran de nuevo. Y, con una sonrisa burlesca, le quitó aquel sombrero peculiar para remplazarlo por otro.

– No te quites eso.

– ¿Pero por qué, sempai?

Ni siquiera se molestó en contestar a Fran antes de largarse de ahí. Aquel sombrero de rana era lo único que le quedaba de aquella maldita mujer y no estaba dispuesto a perderlo también.


Contestación de los reviews:

Sayaneko-chan: ¡Gracias de nuevo por tu review! Siempre que veo que tengo un review tuyo, me sube muchísimo el ánimo, así que gracias por siempre hacer tiempo para pasarte por aquí~

En el fic anterior le tocó a Tsuna sufrir porque se lo merecía, que de vez en cuando Haru necesita un descanso. El próximo será un songfic con la canción que has pedido, que me vino la idea al instante. Un pequeño adelanto: trata sobre Tsuna y Haru estando casados y Giotto que es el amante de esta última. Jajajaja, te he dicho la idea principal en modo de regalo, pero no sé si ahora estarás maldiciéndome por no tenerlo acabado ya xD

Me alegro mucho de que me pidas Songfics, porque siempre me das canciones que me acaban encantando. Así que no me incomoda para nada, tranquila~ Y queda cambiado el Reborn x Haru por un 6986. Un abrazo~

thania22: ¡Gracias por el review! Queda apuntado en la lista el songfic Gokudera x Lector. Nunca he hecho nada de ese tipo (es decir, de un personaje por lector), espero que me salga bien~

Por cierto, también quiero dar las gracias a todas las personas que le dan a "follow" o "favorite". Muchísimas gracias de todo corazón~

Hasta el siguiente fic~