Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Takehiko Inoue. ¡Gracias por dibujar y escribir una historia tan hermosa!

.

.

La oscuridad se desvanece, él es el príncipe de su ciudad

En un lugar donde todos conocen su nombre

Puedes ver en sus ojos la vida paralizada

Solo un peón en un juego ya perdido

Pero perder la vida no es un juego

The hardest part is the night, Bon Jovi.


Quiero vivir de manera sencilla

Plic, plic, plic.

El molesto sonido de un constante goteo sobre el suelo de madera distrajo a Fujii de sus reflexiones. Rodeada por una absoluta oscuridad cerniéndose sobre ella como un mal presagio, su cabeza palpitaba al ritmo de su corazón y de las gotas golpeteando la madera bajo sus pies. Se sentía algo mareada, pero más viva que en mucho tiempo; era esa vida la que intentaba abrirse paso a través ella, escurriéndose hacia el suelo con un rítmico e insistente goteo.

Plic, plic, plic.

18 and life, you got it.

Plic, plic, plic.

18 and life, you know.

La letra de una melodía interpretada por Skid Row seguía rondándola sin pausas, aun cuando el disco de vinilo había terminado de reproducirla rato atrás, y la aguja del tocadiscos se encontraba en su sitio original.

Fujii volvió a sumergirse en sus pensamientos. Allí, Sebastian Bach continuaba desgarrándose la garganta al alcanzar agudas notas que narraban la historia de alguien que le hacía recordar a su hermano, porque el protagonista era un chico que terminó destruyendo su vida por propia voluntad.

A través de la niebla en sus pensamientos, la voz de Sebastian Bach aumentaba de potencia… luego retrocedía; volvía, se iba, volvía y sonaba como si intentase escuchar a través de una pared.

Plic, plic, plic.

Your crime is time, and it's…

Levantó la mano derecha. Fijó la vista en ella y la observó como si no fuese suya, como si ese miembro no perteneciera a su cuerpo, y se convenció de que el molesto goteo provenía de su palma. Qué fastidio, tendría que lavarse bien la herida y cerrarla con puntos quirúrgicos adhesivos antes de asegurarla con gasa estéril. Ni siquiera pensó en el daño que podría hacerse cuando recogió el trozo de cristal partido gracias a su destructivo arrebato emocional.

Cuando dio rienda suelta a sus emociones por años contenidas.

Cuando rompió el molde que apresaba lo más profundo de su ser.

Cuando, luego de un extenso letargo, despertó al fin de su sopor y extendió los brazos hacia el mundo para demostrar que estaba allí, con los ojos bien abiertos; que no era ni un fantasma ni una sombra, sino una estudiante de preparatoria con sueños por cumplir.

Y estaba viva, por dios. Sobre todo, estaba viva.

Plic, plic, plic.

18 and life to go.

.

.

Veinticuatro horas antes.

—¿En qué momento se te ocurrió que era una buena idea volver a agobiar a Sakuragi-kun con lo de su confesión, Haruko? —La voz de Matsui se elevó un par de octavas por sobre lo normal mientras regañaba a su amiga, algo que se había convertido en una costumbre mientras estuvieron juntas en la secundaria, y ahora que se encontraban retomando paulatinamente su amistad, dicha costumbre volvió con una fuerza que se percibía muy natural. Como si cada una de ellas hubiera regresado poco a poco a ocupar el lugar que tenían en la vida de las otras antes de la separación.

—No le hablé con ese propósito, y lo sabes —se defendió la acusada, con los dedos de sus manos hechos nudos de tanto retorcerlos, un comportamiento muy habitual en ella cuando estaba nerviosa.

—Pero si lo rechazaste hace mucho, ¿qué sentido tiene volver a ese momento tan incómodo? ¿Te gustaría que Rukawa-kun hiciera lo mismo contigo?

—Eres demasiado crítica, Matsui. No me dejas ni hablar. —Haruko rara vez se molestaba, pero en ese momento, con las acusaciones de Matsui, le resultaba difícil mantenerse de buen ánimo.

—Pues porque no tiene ningún sentido lo que has hecho. Si entre nosotras hemos comentado lo ocurrido fue para que comprendas por qué nos alejamos de ti, ¡no para que incomodes a Sakuragi-kun!

Fujii, que en todo ese rato no hizo más que caminar de aquí a allá por el perímetro de su habitación mientras acomodaba la comida y los bebestibles en la mesita de centro donde se instalaron para estudiar, decidió que había llegado el momento de intervenir:

—Matsui, déjala. Creo que Haruko solo estaba buscando hacer un cierre con Sakuragi-kun. —Se volvió hacia ella con la pregunta escrita en el rostro—. ¿Tengo razón?

Haruko asintió rápidamente.

—Necesitaba explicarle por qué me equivoqué tanto…

—Supongo que ahora sí ya se acabó ese asunto para siempre. —El tono grave de Matsui escondía una pregunta… bastante explícita, por lo demás. Su interlocutora dejó escapar un hondo suspiro.

—Fue la última. Lo prometo.

Ahora fue Matsui la que suspiró.

—Muy bien. —Y, como si recién se le ocurriera, agregó—: ¿Qué tal si empezamos estudiando cálculo?

.

.

Fue una tarde muy productiva para las chicas. En el momento que Fujii debió despedirse de ellas en la estación de trenes para irse a trabajar, portaba una sonrisa mansa en el rostro que no se le borró ni siquiera cuando el estrés del trabajo empezó a apoderarse del restaurant en donde ejercía labores como ayudante del chef principal.

Y este local especializado en diversas preparaciones de okonomiyaki, a pesar del frío en las calles, era muy visitado por estudiantes y oficinistas del barrio. Fujii no paraba de laburar desde que se ponía su ropa de cocina hasta que, tres horas y media más tarde, volvía a cambiarse de ropa para regresar a su casa.

El trayecto en tren era breve. Quizá cuatro canciones reproducidas por su Sony Walkman. O incluso menos, porque Fujii solía perder por completo la noción del tiempo cuando viajaba, apoyando la frente en el cristal de las puertas que la separaban del exterior. Todo parecía ir muy rápido allá fuera, una curiosa analogía de cómo sentía ella su interior, porque no dejaba de pensar que se le acababa el tiempo para ser firme con su papá y explicarle que no quería dedicarse al negocio familiar, que se inclinaba más por encontrar su propio camino, por sí misma, aunque le tomara un poco de tiempo extra. Sabía que su mamá la apoyaba, pero también que su papá, empecinado en que estudiara administración de empresas, no iba a prestarle ninguna atención si volvía a deslizar que prefería no seguir sus órdenes. ¡Como si estas no provinieran de un equivalente al mismísimo primer ministro!

Fujii, a esas alturas de su vida, derechamente no comprendía en absoluto las razones que motivaban a actuar de esa forma a su progenitor. Veía en sus amigos y conocidos que, al menos la mayoría de ellos, sostenían una relación muy cordial con sus padres; una alianza que no se limitaba a compartir lazos sanguíneos sino de apoyo, contención, guía espiritual inclusive. Mamá era todo eso para la muchacha, solo que lo positivo se veía profundamente eclipsado por la aplastante voluntad del padre que, por alguna razón desconocida para ella, creía que sus decisiones debían ser cumplidas por encima de las de cualquiera, incluyendo esposa e hija.

Pero Fujii era una adolescente con sueños, metas, anhelos, y dentro de estos últimos estaba la secreta esperanza de conseguir una palabra de aliento positiva sobre sus intenciones de vida provenientes directamente de su padre. Sería una especie de triunfo moral, algo que le inyectaría toda clase de emociones positivas. Fujii, todavía muy joven, conservaba esa esperanza como si fuese una delicada joya envuelta en algodones.

Al llegar a casa, antes de entrar a su habitación, la chica se detuvo con la mano en el pomo de su puerta y miró hacia la izquierda… hacia la habitación de Ginta. Tragó saliva. Pronto llegaría el momento de hacerle la limpieza anual, una tarea que siempre había llevado su mamá en exclusiva. Fujii nunca participaba, pero ese año… con tantos cambios de por medio, quizás iba siendo hora de involucrarse también. Habiendo transcurrido tanto tiempo desde el fallecimiento de su hermano, Fujii reflexionó —con el pomo de la puerta todavía agarrado— que, ahora que contaba con un par de años más a su haber, tal vez lograría comprenderle como antes no pudo. En su habitación, rodeada de su energía, de sus posters y sus discos de vinilo, posiblemente obtuviera alguna nueva pista de qué le llevó a terminar como lo hizo.

Suspiró con pesadez, notando que la mano que tenía sobre el pomo de su puerta estaba empapada de sudor. Iba a tener que trabajar mucho en sí misma para continuar superando todo lo relacionado a la muerte de Ginta, pero estos pequeños pasos —permitirse pensar en él, fijar la vista en su habitación y, sobre todo, plantearse por primera vez el ayudar a su mamá con la limpieza anual— le aportaban buen ánimo. Sabía que su cambio comenzó con el apoyo de Yohei (el corazón se le encogió de tristeza cuando su rostro hizo acto de aparición en su memoria), quien la instó a no huir de sus recuerdos sino a enfrentarlos, destacando lo positivo por sobre lo negativo.

Tuvo razón al hacerle ver ese hecho. Fujii siempre le estaría agradecida por eso y mucho, mucho más, aunque no volvieran a comunicarse en lo que les quedaba de vida. Ella iba a conservar su recuerdo y su amor protegidos del tiempo y la distancia para siempre.

Se decía que el primer amor nunca se olvida. Fujii tenía la certeza de que Yohei permanecería dentro de su alma por el resto de su existencia como una marca indeleble, e independiente de cómo acabaron las cosas, ella haría lo que le había enseñado: centrarse en lo positivo por sobre lo negativo.

Yohei era un joven que poseía un gran corazón, si bien a su modo de ver estaba muy descarriado. Pero confiaba en que lograría encontrar el camino (ignorando que Ryusei Mito sostenía lo mismo) y sería feliz. Eso era lo que más le deseaba: felicidad.

La misma felicidad que deseaba para sí misma, sin saber cómo conseguirla. Cómo dejar ese monocromático letargo permanente que la acompañaba ya por tantos meses.

Luego de mucho rato, Fujii finalmente hizo girar el pomo de la puerta que le brindaba ingreso a su cuarto, y dejando un rastro de sudor sobre la esfera metálica, hizo ingreso, cerró la puerta a su espalda, dejó caer el bolso y se echó de cara sobre su cama.

Nada parecía tener mucho sentido. A su alrededor, la decoración de su habitación que antes tanto le gustaba ahora parecía deslavada, como una pintura que necesita urgente una nueva capa fresca.

Girándose para quedar acostada sobre su espalda, Fujii fijó la mirada color chocolate sobre el techo blanco, opaco. Corriente. Un par de lágrimas se deslizaron por las comisuras de sus ojos que no se molestó en secar, ¿qué caso tenía? Al menos ya no sentía como si le estrujaran el pecho, pero tampoco lograba salir de la mediocre realidad en la que se encontraba atrapada.

Cerró los ojos. Una mano descansando sobre su frente, la otra plana en la colcha de su cama. Pensó que un año atrás todo se veía deslumbrante de color, ¿cómo podían cambiar tanto las cosas?

¿Cómo lograba volver atrás?

¿Cómo revertir la sensación de caer una y otra vez en una espiral de oscuridad?

.

.

—¿Dormiste mal? —le preguntó Matsui la mañana siguiente cuando se encontraron afuera de la preparatoria Shohoku.

Fujii lamentó no haber logrado disminuir con éxito los marcados círculos oscuros que enmarcaban sus bonitos ojos orientales. Había recurrido a todas las técnicas que conocía, incluyendo una crema especial propiedad de su madre para eliminar ojeras, pero nada resultó: el espejo le devolvió un rostro cansado cuando concluyó su rutina antes de salir. Cansado y hastiado.

—Sí —fue su única respuesta.

Matsui apretó la boca, pero no dijo nada. Ya venía intuyendo desde hacía tiempo que esto le iba a ocurrir; luego de ver cómo intentaba hacer cambios en su rutina, cómo dejó crecer su cabello, cómo se concentró en el trabajo, Fujii empezó a decaer cada vez más. Matsui creía que era un proceso normal, dado que su amiga realmente se esforzaba en salir adelante, pero batallar contra el formidable adversario de la desdicha era una pelea muy desgastante a largo plazo.

Para ella, Fujii se había convertido en una bomba de tiempo. Tic, tac. Tic, tac. Cada día, cada minuto, cada segundo, avanzaba un poco más hacia un punto sin retorno. Matsui esperaba poder apoyarla cuando llegara la explosión, que por cómo se veían las cosas, podía ocurrir en cualquier minuto.

El día siguió su curso. Dado que tenían clase de deportes, las chicas partieron a los camarines del instituto para cambiarse de ropa. Fujii volvió a observarse, esta vez en el enorme espejo del camarín de mujeres. Tenía la impresión de haber perdido algo de peso, a juzgar por cómo sobresalían los huesos de sus caderas. En fin, nada que hacer. Tomó un elástico para el cabello desde su bolso y se lo amarró para que no le estorbara durante la clase. Dejárselo más largo tenía ese pequeño inconveniente, pero cuando trabajaba la obligaban a usar una malla especial sobre el cabello, así que de cierta forma se había habituado a que su rostro se viera libre de aquel sugerente marco castaño.

Salió al patio y lo primero que notó fue el frío casi invernal rozándole las porciones de piel que quedaban al desnudo. Una compañera de clases le habló y ella varió inmediatamente su expresión a una dulce de forma casi instantánea. Estaba muy acostumbrada a hacerlo, incluso a sonreír con naturalidad si la situación lo ameritaba.

La chica dijo algo; Fujii respondió asintiendo, amplia sonrisa en el rostro, manos acumulando sudor.

Un escalofrío le subió por la espalda. Debía ser cosa del frío. Se disculpó con su compañera para caminar hacia el centro del patio, en donde Matsui y Haruko conversaban.

Las vio gesticular con la camaradería que era familiar en ellas, y que había echado de menos en esos meses que estuvieron actuando por separado. Tener nuevamente a sus amigas unidas la ayudaba a amortiguar un poco la pesada mochila en que se había convertido su vida…

Entonces, oyó gritos y silbidos provenientes de la reja que separaba el edificio de estudios de la cancha para deportes al aire libre. Todo ese escándalo provenía sin duda del Ejército de Sakuragi, que jamás se perdían la oportunidad de apreciar los encantos femeninos de sus compañeras. Era una presencia casi obligada que no causaba molestia en absoluto, pues nadie se tomaba realmente en serio a esos pobres chicos. Eran más parte del decorado que otra cosa.

Fujii nunca miraba hacia la reja en cuestión, pero ese día lo hizo por inercia. Recorrió el camino hacia allí con sus orbes cansados… y la respiración se le cortó de golpe, como si la hubieran golpeado justo en el estómago.

Yohei.

Yohei.

Yohei estaba ahí, mirándola fijamente.

No, por dios. ¿Qué era eso, una broma cruel? ¿Después de tantos meses ignorándola como si hubiera dejado de existir, ahora tenía el descaro de observarla fijo, con esa expresión culta que ella conocía tan bien? ¿Como si entendiera lo que estaba sintiendo?

Fujii sintió una especie de estallido sordo en su interior. Un crujido agónico que osó emerger hacia la superficie abriéndose paso a través de su garganta sin importar cuánto luchaba por refrenarlo...

¡No!

Tenía que salir de ahí. La mirada de Yohei hurgaba directo en las raíces de su alma rota. No podía soportarlo. Se sentía como antes, en esos luminosos meses donde no conseguía explicarle con palabras lo que pasaba por su mente, sabiendo en cambio que él igual comprendía porque podía leerla como ninguno.

Era como cuando estaban juntos.

Pero ya no lo estaban. No lo estaban, y hacerse a la idea le había costado sangre, sudor y lágrimas. Revivir esa sensación amenazaba con destruir su precaria cordura, así que Fujii giró bruscamente el cuerpo en dirección a los camarines y salió corriendo sin molestarse en disimular su alteración. Matsui la alcanzó un minuto después, sorprendida de ver a su amiga quitándose la ropa de deportes a tirones para colocarse nuevamente el uniforme escolar.

—Fujii, por favor dime qué pasa —pidió alarmada.

Balbuceando, tartamudeando y temblando, la muchacha explicó lo que había ocurrido en el patio. Se tomó su tiempo al relatar la intensidad en los ojos negros de Yohei, en cómo esa intensidad caló hondo en ella como si se tratara de un arma láser, atravesando sin ninguna resistencia sus esfuerzos de mantenerse estoica.

—No lo entiendo —jadeó, peleándose con el cierre de su falda—, ¿por qué estaba ahí? ¿Por qué me miró luego de ignorarme por tantos meses?

Su mente volvió a reflejar la oscura serenidad de esos orbes que ella adoraba —no tenía caso negarlo— y sintió como si se tratara de un abismo presto a devorarla por completo. ¿Quién era? ¿Qué hacía allí? ¿Qué objetivos tenía en la vida? No lograba rescatar nada en limpio de su cabeza, que más le parecía el interior de una lavadora en funcionamiento que otra cosa…

—¿Qué harás ahora? —le preguntó Matsui, disimulando su enfado contra Yohei por haberla afectado de esa manera.

—Me voy a casa. Por favor, dile a la profesora que estoy enferma.

Cualquiera que se fijara en su rostro no tendría ninguna duda de que así era.

Cuando terminó de meter a la fuerza toda su ropa dentro del bolso, Matsui la detuvo antes de que echara a correr por la puerta con un gesto pausado.

—Estoy preocupada —confesó. Su tono era moderado, algo poco habitual pues normalmente echaba fuera sus pensamientos con firmeza y, a veces, también un poco de sarcasmo—, ¿crees que irte sea lo mejor?

—Es que no puedo quedarme. —Todo su ademán gritaba «entiéndeme, no me pidas más».

Pero Matsui volvió a la carga.

—Háblame, Fujii. Di algo, a mí o a Haruko, a tu mamá, a quien sea, pero no te quedes con todo eso dentro. Por favor.

La muchacha apretó los labios. Su respiración variaba entre la agitación propia de quien había corrido muchos kilómetros y la fría contención de quien intenta pasar desapercibido en una situación de peligro. Tras una pausa tensa, Fujii finalmente respondió:

—Estaré bien, solo necesito un rato a solas.

Y eso fue todo.

Matsui se quedó clavada en su posición, observando fijamente la espalda de Fujii hasta que desapareció por la puerta del camarín. Luego dirigió el sentido de sus reflexiones hacia la pregunta inmediata más importante: ¿qué le decía a la profesora? ¿Qué mentira tenía la suficiente validez como para justificar que ella se hubiera retirado así de la clase? Fujii era una de las mejores alumnas del salón, se destacaba tanto por su carácter extremadamente tímido y reservado como por su responsabilidad, y buenas calificaciones. No estaba siendo nada fácil encontrar alguna razón…

Con un suspiro denso, Matsui decidió que lo mejor era ir donde la docente con la misma cara que tenía en ese momento, pues su preocupación iba a apoyar la mentira. Salió al patio, la llamó en un aparte y en susurros dio a entender que Fujii había tenido que irse porque estaba sufriendo malestares de índole femenino.

Y, como se trataba de una estudiante con un historial impecable, la profesora se limitó a lamentar la situación, recomendó qué píldoras debía ingerir para esos casos, e incluso ofreció su almohadilla de calor personal para que la utilizara en su vientre dolorido. Matsui agradeció efusivamente tanto la ayuda como el interés manifestado por la salud de Fujii, y mientras inclinaba la cabeza en una respetuosa reverencia, su cerebro no paraba de lanzar dardos contra el que creía culpable de todo: Yohei Mito, que había desaparecido de la reja cuando ella lo buscó con la mirada. Al que sí alcanzó a ver fue a Noma, el cual le dedicó una disculpa a la distancia juntando ambas manos con fervor antes de hacer mutis también.

Volvió a suspirar (¿cuántas veces lo había hecho ya?). Era una suerte que Haruko estuviera ocupada con sus labores de mánager, porque no sabría cómo explicarle el precario estado mental en el que se encontraba Fujii. Como estaban separadas cuando ella y Yohei terminaron, se había perdido buena parte de su pena y ahora, a pesar de los esfuerzos que hacían por integrarse nuevamente, no terminaba de conectar al cien por cien con su ánimo.

Tiempo al tiempo. Con Haruko no había apuro.

La mirada de Matsui, que había estado clavada en el suelo de cemento, se alzó con un peligroso brillo afilado. Al que no iba a darle ni tiempo ni tregua era a Yohei. En sus diecisiete años de vida no se había visto obligada a mandar a nadie al carajo, mas ese día, en ese instante frío de noviembre, se lo planteó con tanta seriedad que toda la jornada escolar pasó por completo a segundo plano. Se sintió como adelantar una cinta de video hasta el momento que estás esperando ver; así Matsui atravesó la clase de deportes y la siguiente clase de historia japonesa en un rápido borrón. Cuando llegó la hora de comer, explicó a Haruko que iría a llamar a Fujii para saber cómo se encontraba pues le había dicho la misma mentira que a la profesora, y Haruko, siempre distraída, ni siquiera se lo cuestionó.

Ubicó a Yohei y su grupo fuera del salón que les correspondía, pero incluso si no los hubiera visto, las destempladas risitas de Nanami habrían sido suficiente guía. Avanzó hacia ellos y la niña, que en ese momento cruzó miradas con ella, se tragó la última carcajada de golpe y terminó ahogándose con su propia saliva de forma tal que no tuvo más remedio que ocultar su vergüenza escondiéndose detrás de Takamiya. Este último, al igual que Ookusu y Noma, no tuvo ninguna duda de cuál era el motivo que traía a Matsui avanzando hacia ellos como si se tratara de alguien físicamente poderoso y no la muchacha menuda que era en verdad, mas todo en ella gritaba una autoridad tan palpable que todos se encogieron sin darse cuenta.

Yohei, así como sus amigos, sabía que toda esa ira estaba exclusivamente dirigida hacia su persona, por lo que avanzó un par de pasos en su dirección.

Ella ni siquiera esperó a estar cerca para liberar parte de su virulenta molestia.

—¿Qué es lo que buscas importunando a Fujii? ¿Quieres hablarle, es eso? ¿Para obtener su perdón? —inquirió casi a gritos. Cada una de sus palabras se clavó en el pecho de Yohei, quitándole el aliento poco a poco—. ¿Te das cuenta de que esto no tiene ningún sentido? ¡La ignoraste por meses! ¿Y ahora, por arte de magia, se te ocurrió que tienes algún derecho de interrumpir la relativa paz que ha…?

Yohei había alzado una mano para detenerla en la mitad de su intenso monólogo.

—Matsui-chan, no es así —empezó a decir apenas notó que su ritmo iba en declive—. Quiero hablarle, pero no para obtener algo en particular, es solo que… —Tragó saliva, visiblemente afectado—. Es solo que necesito decirle que tiene razón, que fui un imbécil, y que jamás debí portarme con ella como lo hice.

Matsui hizo dos cosas en ese momento: primero, evaluó la sinceridad en complexión rebosante de vergüenza, tras lo cual dio rápidos vistazos a sus amigos, que se veían compenetrados con su actitud. De esa forma concluyó que decía la verdad. Siendo así… ¿Qué podía hacer ella? ¿Qué posición le tocaba adoptar por el bien de Fujii? De pronto, toda la rabia que había experimentado se desinfló bruscamente y al abandonarla, se sintió casi débil.

—Le hiciste mucho daño… no puedes ni dimensionar cuánto. Pero —matizó interrumpiendo sus nacientes protestas— estoy muy agradecida contigo por haberla protegido, aunque fuera de esa forma tan ridícula e irresponsable… La protegiste —repitió—, y nunca pude darte las gracias apropiadamente.

Yohei se quedó de una pieza. No esperaba que la situación se volteara de esa forma.

—No hay nada que agradecer —susurró.

—Tú sabes que te equivocaste con ella. —Esperó a que él asintiera para continuar—. Solo porque estoy de alguna forma en deuda contigo, y porque entiendo que has recapacitado sobre esa actitud absurda que tuviste estos meses, me voy a apartar de tu camino. Pero mucho cuidado con hacerle daño otra vez, ¿entendiste? —Yohei volvió a asentir—. No deberías hacer esto por sentirte mejor contigo mismo, porque estás arrepentido, eso es egoísmo puro. Si continúas con la intención de hablarle hazlo por ella, para que ella pueda cerrar el capítulo. Viste cómo reaccionó en la clase de deportes, ¿puedes intuir en qué estará ahora?

Sí, por supuesto. Yohei lo tenía clarísimo: devanándose los sesos escondida en algún lugar. Matsui vio el cambio operado en su rostro y asintió.

—Entonces, imagino que estarás de acuerdo conmigo en que lo mejor es esperar para acercarte, ¿verdad?

—Así es.

—De acuerdo…

La muchacha hizo ademán de retirarse.

—Espera, Matsui-chan —la retuvo Yohei cogiendo su brazo con delicadeza—, escucha: te prometo que haré todo con el respeto que ella se merece. No pienso volver a herirla nunca más en la vida.

—Bien.

—Yo… —Suspiró de forma grave, llevándose una mano a la nuca—. Yo sé que me porté como el rey de los idiotas por puro orgullo. Finalmente lo entendí. Necesito que Fujii lo sepa.

—Bien —repitió, esta vez en tono menos acerado.

Y, sintiéndose menos inquieta, Matsui abandonó el lugar en dirección al pasillo de los teléfonos públicos que estaba dando la vuelta al edificio.

Llevaba algunos metros recorridos cuando unos pasos nada sutiles evidenciaron intentar acoplarse a su ritmo sin éxito. Giró la cabeza hacia atrás. Las largas piernas de Noma se movían con precaución, como si intentaran no estorbarle en su marcha.

—Supongo que quieres decirme algo —aventuró Matsui, aminorando paulatinamente la velocidad de su desplazamiento. Volvió a darle un vistazo. La postura de Noma, con ambas manos en los bolsillos y una poco frecuente expresión seria terminaron por detenerla. Se volteó hacia él—. ¿Qué pasa?

—Solo vengo a darte las gracias, Matsui-chan.

—No veo por qué.

El joven recorrió suavemente la fina capa de bigote que cubría su labio superior con los dedos, portando una inflexión reflexiva.

—Todos sabemos que Yohei es el más inteligente y maduro de nosotros… excepto cuando se trata de dominar ese asqueroso orgullo que tiene. Esta no es la primera vez que mete la pata por no saber controlarse. —Fijó la mirada en un punto lejano. A Matsui le pareció de pronto alguien mayor, experimentado. Confiable—. Ninguno de nosotros habría necesitado ver a Fujii-chan para saber que lo ha pasado fatal, pero la vimos y… Bueno, ¿te digo la verdad? —dijo, cambiando bruscamente de tema—: no esperaba que cedieras tan rápido.

Fingiendo una displicencia que en realidad no sentía, la muchacha se encogió de hombros.

—No soy la madre de Fujii. No tengo derecho a decidir lo que pasará ahora.

—Solo Fujii-chan tiene ese derecho; a nosotros nos toca observar —concordó Noma, dedicándole una sonrisa afable—. Gracias por no intervenir.

Matsui pestañeó repetidamente. Sus gruesos labios habían adoptado una tonalidad rojiza por haberlos tenido muy apretados rato atrás.

—Eso es porque Mito-kun me habló con total honestidad. Lo vi en su actitud… y también lo vi en ustedes. Creo que no le habrías permitido llegar tan lejos si no estuvieras seguro de sus buenas intenciones, Noma-kun.

—Cierto.

—Ninguno de ustedes. Tampoco Nanami-chan.

—¿Qué quieres que te diga? A veces podemos ser razonables —acotó, reemplazando esa sonrisa cordial por una derechamente guasona.

Suspirando de forma teatral, Matsui terminó rindiéndose a soltar una sonrisita en su propio estilo burlón.

—Creo… que estamos por ver cómo se escribe un nuevo capítulo en la novela de esos dos —susurró con aire cómplice. Noma meneó la cabeza.

—Siempre que Yohei no reviente antes por la presión. —Entonces, enarcó una ceja—. Hanamichi va a alucinar cuando le cuente que su cabezazo sí funcionó.

«¿Cabezazo? ¿Cómo?».

—¿A qué te…?

Pero Noma ya estaba riéndose de nuevo, La interrumpió con un animado:

—¿Quieres almorzar con nosotros, Matsui-chan? Es una historia larga y llena de altibajos, como un buen manga de acción.

Ya que estaba allí, ¿por qué no? Haruko tenía cosas que hacer, así que no se habían comprometido para comer juntas ese día de todos modos. Matsui cuadró los hombros y le dedicó a su amigo una mirada suspicaz.

—Pero compórtense como niños buenos, por favor.

Somos niños buenos. —Dibujó con el índice una aureola sobre su cabeza poniendo los ojos en blanco—. ¿Quién podría dudarlo?

Y ambos se echaron a reír.

.

.

La cabeza le dolía terriblemente. Era como si los latidos de su corazón se mezclaran con un desagradable palpitar que le taladraba el cerebro, haciéndola sentir como una muñeca de trapo débil. Como si estuviera padeciendo una alta fiebre. Como si le hubieran dado una paliza y todavía estuviera lidiando con los dolores corporales… ¿Cómo le podía afectar a ese nivel una simple mirada?

No. No podía calificar los ojos de Yohei como una «simple mirada», porque nunca había sido así para ella. Desde el principio se vio hipnotizada por ellos, por el increíble abismo que representaban, por su apariencia de mar nocturno. Por cómo podía quedarse atrapada de manera tan dulce en la comprensión que le brindaban.

Fujii arribó a su hogar en un estado de contrariedad que la tenía con las manos empapadas y el pulso trabajando a mil por hora. Tras cerrar la puerta a su espalda, dejó caer el bolso y corrió al segundo piso con la intención de coger ropa limpia y toallas para darse un largo baño. Quizás el agua caliente lograría relajar su musculatura e inducir un sueño tranquilo, sin sobresaltos. Por suerte ese día no le tocaba ir a trabajar, probablemente no sería capaz de aguantar la jornada de tres horas y media con ese cuerpo tembloroso por el estrés.

Aunque, pensándolo bien, ¿qué caso tenía esforzarse tanto trabajando en el restaurant si a su padre le traía sin cuidado? Ya había manifestado claramente en numerosas ocasiones que, sin importar en dónde trabajara Fujii durante la preparatoria, al terminarla estudiaría administración de empresas para hacerse cargo de los hoteles de la familia. Ah, y también conocería a su futuro marido a través de un omiai. Claro. Todo su futuro estaba decidido desde que nació, ella no tenía ni voz ni voto, ni siquiera para elegir con quién pasaría el resto de su vida. Cuando todavía estaba con Yohei, su padre incluso osó recordarle que eso era «algo pasajero», porque su deber con el negocio familiar era más importante que la vana ilusión de una pobre adolescente enamorada.

Fujii tragó saliva, dándose cuenta que llevaba algunos minutos de pie frente a la puerta de su habitación sin abrirla. Fue entonces que su mirada recorrió por inercia el camino hacia la izquierda; la habitación de su hermano parecía llamarla silenciosamente. El corazón le dio un brusco sobresalto. ¿Se habría sentido Ginta tan emocionalmente drenado como ella? ¿Hastiado por no tener control sobre su vida? ¿Defraudado por la falta de apoyo del padre y la excesiva pasividad de la madre?

¿Habría influido algo de todo lo anterior en la espiral autodestructiva que lo llevó a la tumba? Era posible, pues recordando la última conversación que sostuvieron, él fue muy claro con su frase: «libérate de esa familia de mierda». Así de crudo, así de doloroso. Pero Ginta se lo dijo por motivos que en ese minuto no comprendía.

Ahora quería saberlo, entenderlo. Quería comprobarlo por sí misma.

Abandonó sus intenciones del baño caliente y, temblando, cogió el pomo de la puerta que jamás había tenido la llave echada, pues su oscura energía era suficiente como para mantenerlos a todos lejos de ella. Lo giró despacio, haciendo caso omiso al suave chillido que hizo al rotar después de casi un año y también ignorando la protesta de las bisagras, que pedían con urgencia un poco de lubricación.

Al abrir la puerta, lo primero que Fujii pensó fue que estaba incluso más oscuro de lo que ella suponía. Las cortinas no permitían el paso de la más mínima iluminación exterior; ni del sol, ni de las farolas que por estar en otoño se mantenían prendidas durante el día. En ese cuarto solo podían habitar el frío y las tinieblas a partes iguales.

Lo segundo que Fujii notó fue que el aroma de su hermano parecía mantenerse incólume al paso del tiempo. No era algo marcado, más bien una sutil pincelada de lo que ella aún almacenaba en sus recuerdos, pero estaba allí, mezclado con el polvo y la inconfundible esencia de un lugar que lleva cerrado mucho tiempo. No resultaba un panorama en absoluto alentador, pero qué se le iba a hacer. Ya estaba allí, no iba a retroceder habiendo llegado tan lejos por primera vez en años. Así fue como cerró la puerta y se adentró definitivamente en el lugar.

Cada paso que daba a tientas la hacía sentir como si esa lobreguez estuviera devorándola; un depredador que abrió sus fauces para engullirla de un solo bocado. Abrumada por la escalofriante sensación, se apresuró a tantear con la mano buscando una lámpara que debía encontrarse hacia su derecha. Cuando dio con ella y pudo prenderla, el punto de luz le resultó de un alivio inexplicable. En tanto exhalaba un lento suspiro notó que sus extremidades volvían a temblar. Deglutiendo en seco, se atrevió a dar un nuevo vistazo general al interior del cuarto y casi perdió el equilibrio al comprobar que se mantenía exactamente igual a como lo recordaba: la estrecha cama de Ginta hacia la pared izquierda, un escritorio broncíneo que daba justo a la gran ventana principal, un tocadiscos cuya mesita adyacente albergaba una gran cantidad de discos de vinilo. Numerosos adornos de cerámica en las escasas estanterías, tres jarrones con flores plásticas que habían sido introducidos por la madre luego del lamentable suceso… Y los cuadros. Muchos cuadros adornando las paredes, todos de artistas y películas que a Ginta le gustaban. Ninguna foto familiar.

Fujii dio una pausada vuelta completa sobre su eje. El entorno no le daba tranquilidad, todo lo contrario. Tampoco la estaba ayudando en su objetivo de comprender a su hermano, a su padre, o a quien fuera que le echara un poco de luz sobre cómo había llegado a sentirse tan vacía.

«La familia Koizumi está jodida. El viejo es un maldito. Nuestra madre no tiene escapatoria mientras siga pensando que necesita un hombre para llevar el negocio familiar. Pero tú todavía puedes salirte de esa mierda. Hazlo, Fujii».

Ginta estaba por cumplir los diecinueve años cuando mandó su vida al garete. Fujii, de actuales diecisiete años, apretó los puños con todas sus fuerzas, estrujándose el cerebro con el objetivo de llegar a alguna conclusión sobre lo que había ocurrido con su hermano, y también, lo que estaba ocurriéndole a ella.

«Hazte a la idea de que en poco tiempo tomarás clases extras orientadas a una universidad que tenga la carrera de administración de empresas. Estás en el momento propicio para ello».

¿Por qué? ¿Por qué no era capaz de decirle a su padre que no quería estudiar administración de empresas? ¿Decirle que ni siquiera había logrado dilucidar a lo que anhelaba dedicarse, más que simplemente tener tiempo para encontrar su propio rumbo?

¿Por qué cada vez que Toshio Koizumi abría la boca, Fujii sentía el desagradable impulso de cubrirse las orejas para no tener que escuchar sus virulentas palabras?

«Es mejor que se haya acabado ahora. Fujii conocerá a su marido en un omiai igual que nosotros, y continuará la tradición de nuestra familia».

Estaba atrapada. Atrapada y asfixiada. Sin ningún control sobre sí misma. Sin ningún poder de decisión. Como si la mantuvieran aprisionada dentro de un estrecho cajón intentando escapar sin éxito.

Respirando con suma dificultad, Fujii intentó desviar su atención hacia el tocadiscos. El silencio se había vuelto francamente insoportable.

Cogió entre manos convulsas el primer Long Play que se hallaba encima de la pequeña torre. Ni siquiera lo miró, simplemente extrajo el disco de su interior y lo colocó en la posición adecuada, ajustando la aguja en su lugar y cerrando la tapa. Comprobó que estuviera conectado a la corriente; como no lo estaba, cogió el enchufe para acoplarlo rápidamente a la electricidad. El equipo emitió unos cuantos sonidos, quizás debido a los años que estuvo sin corriente, y muy pronto los primeros acordes de la melodía llenaron el perímetro.

Era Skid Row. Qué ironía.

Ricky was a young boy; he had a heart of stone…

Quizás… su padre y su hermano se parecían mucho más de lo que ella habría considerado. ¿Se parecía ella también a Toshio Koizumi? ¿O era tan sumisa como Eri Koizumi?

¿Quién era Fujii Koizumi?

Just barely out of school, he came from the edge of town. Fought like a switchblade so no one could take him down, oh no…

Todos aquellos años de dura crianza paterna empezaron a acumularse en su cabeza golpe a golpe («Siéntate derecha», «come despacio», «habla suave», «no alces la voz», «las niñas deben guardarse su opinión», «ni se te ocurra gritar», «tu deber es obedecer»). Todas esas frases que dolían, que refrenaban, que exprimían, se le antojaron como cuchillas clavándose repetidamente en su abdomen.

«¿Quién se supone que soy? ¿Qué se supone que haga con mi vida?», gimió sin articular ni una sola palabra, jadeando pesadamente mientras se desplazaba sin rumbo establecido por los alrededores de la habitación, que sorpresivamente había terminado representando el aprisionamiento que tanto resentía.

Entonces, su mano pasó a llevar un jarrón por accidente y este finalizó su vuelo estrellándose contra el piso. Reventó en mil pedazos que cubrieron de manera dramática buena parte del suelo. Las flores de plástico rebotaron al caer produciendo un sonido extraño. Fujii notó que ese hecho tuvo el efecto de tranquilizarla en vez de enervarla, así que, sin pensarlo ni un segundo más, dejó que su mano nuevamente tirara algún objeto. Esta vez, una figura antropomórfica de cerámica fue la nueva víctima: chocó contra el escritorio y también reventó en pedazos, porque Fujii la había empujado con fuerza de manera deliberada.

Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. Qué bien se sentía recuperar un poco del control que nunca tuvo. Por fin… por fin podía experimentar una cierta libertad. Era capaz de decidir si romper más objetos o no, y nadie la censuraba. No estaba su padre allí para reprimirla.

Así que Fujii utilizó esa recién descubierta libertad para barrer con un brazo toda una estantería, estremeciéndose de gusto por el sonido que hacían los cristales al estallar.

La lámpara, única fuente de luz, también aterrizó reventándose por el camino. La oscuridad ya no era un problema.

Bang-bang shoot 'em up, the party never ends. You can't think of dying when the bottle's your best friend and now it's…

¿Por eso Ginta vivía peleándose? ¿Porque disfrutaba de la sensación de tener algo de control sobre su vida? Debía reconocer que resultaba embriagador el poder decidir si reventar o no un cuadro, o de romperse los nudillos contra la cara de un rival… ¿De eso se trataba?

Entonces, cuando Ginta decidió continuar como si nada luego de que le diagnosticaran las contusiones cerebrales, lo hizo más que nada porque deseaba seguir en control, ¿y no porque su vida le importara un cuerno?

¿Era esa su respuesta? ¿La que había buscado por tanto tiempo? Solo estaba especulando y no tenía cómo confirmar su teoría, pero a su modo de ver, no era descabellada.

18 and life, you got it, 18 and life, you know, your crime is time and it's 18 and life to go…

Oh. Oh, no. Ese cuadro no tendría que haberlo tirado.

Arrepentida, Fujii se agachó y lo volteó. Los integrantes del grupo Bon Jovi la observaban sonriendo entre vidrios rotos. Recordó sin poder evitarlo ese increíble año nuevo junto a Yohei en el concierto de la banda, y la nostalgia exacerbó su desesperación. Quería romper más cosas, reventarlas hasta que no quedara nada, porque había descubierto que así se sentía viva. Ya no se encontraba en un permanente invierno, ella era dueña de su futuro, de hacer lo que le viniera en gana. Si quería gritar, gritaba. Si quería chillar, chillaba. Si quería maldecir… bueno, eso era algo que nunca había hecho y no se le antojaba, pero tenía la opción. Al fin.

En ese momento notó un punzante dolor en la mano derecha, que tenía fuertemente empuñada. La abrió lentamente y de ella cayó un pedazo de vidrio proveniente del cuadro de Bon Jovi. No sabía cuándo lo había cogido.

Recién en ese instante fue consciente del silencio que reinaba en la habitación. Sebastian Bach ya no cantaba. Había sido ella quien rellenó el espacio con sus manifestaciones de libertad quizás por cuánto rato, mas aquel hecho no tenía importancia alguna.

Respirando de forma acompasada, cerró los ojos e intentó calmarse.

Pero el molesto sonido de un constante goteo sobre el suelo de madera le impedía pensar apropiadamente.

.

.

El día siguiente arribó de forma muy lenta. Evitó hábilmente las escasas preguntas de Matsui, que tenía cara de circunstancia y sospechosamente no insistió, mas Fujii tenía la cabeza en otra parte y decidió apartar sus dudas por el momento.

Horas más tarde se encontraba sola en el salón de su clase. No podía negar que la mano le dolía lo suyo, especialmente mientras intentaba olvidarse de ella al tratar de borrar el pizarrón valiéndose únicamente de la mano izquierda, con la cual —según pudo comprobar— no era realmente muy hábil. En fin, tampoco le quedaban más opciones. No pensaba pedir ayuda para algo tan trivial como limpiar un simple pizarrón.

El ruido de la puerta abriéndose y volviéndose a cerrar no la distrajo en absoluto de sus labores. Probablemente Yuki se había percatado de que olvidó llevarse su caja de obento vacía y por eso regresó a buscarla.

Pero qué equivocada estaba, lo supo en cuanto el perturbadoramente familiar aroma de Yohei alcanzó sus fosas nasales y la sacudió con un golpe que la dejó sin fuerzas.

Giró la cabeza hacia atrás por inercia y allí le vio, en la entrada del salón, observándola con esa amabilidad que Fujii hubiera querido odiar, lo cual le resultaba obviamente imposible. Ella no era de albergar ese tipo de sentimientos corrosivos en su interior, menos por alguien a quien tanto adoraba…

Pero no quería verlo ni escucharlo, pues hacerlo significaba tener nuevamente esperanzas de un futuro brillante que tanto le había costado purgar de su corazón, como también olvidar otra vez esos deseos de retroceder en el tiempo… Mas allí, invadida por su olor a cuero húmedo y almizcle, la esperanza volvía a materializarse ante ella, que solo deseaba continuar con su vida hasta hallar nuevamente los colores que antaño la componían.

Yohei, ajeno a sus procesos mentales, pero no a intuir lo que podría estar pensando, dio un paso vacilante hacia su posición. Fujii acomodó su postura automáticamente hacia una entre vulnerable y defensiva, como si fuese a salir corriendo en cualquier minuto. El muchacho modificó entonces la colocación de sus manos para no hacerla sentir como si estuviera atrapada con él. Quería que supiera, por medio de su lenguaje kinésico, que nunca la obligaría a quedarse en el salón si realmente no lo deseaba. Aunque eso lo matara por dentro, no iba a interferir en su libre albedrío como sí lo hizo antes. Yohei podía cometer errores como todos, y se esforzaba mucho por aprender de ellos cuando se daba cuenta de lo que hacía.

Cuando vio que la respiración de Fujii parecía serenarse un poco, el joven abrió la boca y la melodía grave, ligeramente engolada y algo nasal de su voz flotó hacia ella como si se tratara de una dulce canción:

—Hablemos, por favor.

.

.

N. de la A.:

No volveré a decir nunca más que "publico pronto" porque "pronto" es un concepto que ya no existe para mí XDDDD al menos en los siguientes dos años, será así.

De todos modos, ¡mil gracias a quienes siguen fieles a esta historia! Lo que sí puedo prometer es que tendrá su cierre. Claro que lo tendrá.

Mientras escribía, me pregunté seriamente si Fujii tiene depresión en estos capítulos. Es una pregunta difícil. No he planteado conscientemente la historia para que sea así, finalmente, hablamos de una adolescente que está pasando por una crisis compleja (y ya sabemos que cuando somos jóvenes todo es una tragedia, absolutamente todo, si bien en este caso la niña tiene motivos de sobra). Lo que sí podemos afirmar es que la ruptura con Yohei desestabiliza todo en el alma de Fujii dejándole una especie de grieta, y aquellos hechos que ella mantuvo relegados en un rincón de su interior por tantos años (la muerte del hermano, la tiranía del padre, entre otros) empiezan a emerger a través de esa grieta. Como antes no lidió con esas situaciones, sino que las escondió para no enfrentarlas, ahora hicieron que de cierta forma «estallara» como una bomba de tiempo. Y tocó fondo, como le ha pasado a más de alguno en la vida. Tocó fondo de una manera impensada para ella.

Ahora, nos toca ver de qué forma se solucionará este asunto entre ellos. ¿Tendrá Yohei que arrastrarse por el suelo para que ella escuche sus disculpas? XD

Les mando un gran abrazo, y nuevamente, todo mi agradecimiento por el apoyo que me brindan a pesar de mis hiatos.

Amor y felicidad para todos.

Stacy Adler.