Disclaimer: los personajes le pertenecen a S. Meyer, yo solo juego con sus personajes y hago esta historia.

Capítulo 3

Isabella apenas podía dejar de llorar, iba a dejar el mundo que siempre había conocido por uno desconocido por un hombre que lo único que conocía de él es que era un guerrero despiadado, uno que no le importaba matar. Se asomó por la ventana del carruaje mientras a duras penas se tapaba con el manto rojizo con bordes dorados. Se sentía humillada ya que él la había dejado solo con sus ropas interiores y la había visto con ojos hambrientos.

¿Por qué Señor? ¿Cuál es el motivo de esta prueba? No quiero estar con él. No puedo.

Isabella veía como muchas de las personas que se encontraban en el camino hacían una reverencia con solo ver al príncipe. Los puebloshabían sido saqueados pero se les había dado la oportunidad a los aldeanos de tener una nueva vida se aceptaban al príncipe Edward como legítimo y los aldeanos habían aceptado inmediatamente ya que no querían volver a vivir otra guerra. El príncipe Edward había ido dejando a algunos de sus hombres de confianza en cada pueblo para mantener su hegemonía.

De pronto el carruaje se paró e Isabella por poco se cae del sitio por el impulso, con apenas tiempo para volver a enderezarse y ponerse bien la túnica para tapar su ropa interior, la puerta se abrió y el príncipe Edward apareció con su ceño fruncido.

—Vamos. —dijo el príncipe cogiéndola de la mano suavemente.

Isabella asintió con la cabeza y cogió su mano ya que el carruaje era bastante alto y no quería caerse. Al estar en el exterior, el príncipe la cogió de nuevo en volandas para que sus pies no tocaran el suelo y se dirigieron hacia una casa solariega que había en frente.

—Príncipe. —dijo uno de los hombres que estaban en la entrada cerca de una fila de mujeres vestidas con ropas de servicio.

—Capitán Emment, esta es mi esposa Isabella. —dijo Edward con una voz oscura y solemne que no daba lugar a réplicas.

—Sí señor, le diré a las criadas que preparen la habitación principal para este hecho. —dijo Emment sorprendido al ver a su príncipe casado ya que pensaba que la chica era alguna de sus compañeras de cama.

—Y un baño caliente, mi esposa necesita asearse. —dijo Edward mientras Isabella roja de la vergüenza, puso su cabeza en el hueco del hombro de Edward.

El capitán Emment asintió con fuerza y bramó una multitud de órdenes a las criadas mientras Edward condujo a Isabella al despacho que utilizaba él y Emment para hablar asuntos de estado. Dejó a Isabella suavemente en una silla y él se sentó en frente de ella.

—Voy a exponerte algunas cosas que debes saber al ser yo príncipe de Milán. No podrás quitarte la capa hasta llegar a mi palacio en donde os presentaré como mi esposa.

— ¿Podré tener algo de ropa? —preguntó tímidamente Isabella, ya que tenía ante ella, el príncipe sanguinario.

—No hasta que lleguemos a mi palacio. Son tradiciones de nuestro país y como príncipe debo hacerlo. —dijo Edward con solemnidad. —Una vez que lleguemos a Milán, me coronaran rey ya que ahora estoy casado con una mujer pura.

— ¿Por eso te has casado conmigo? —dijo Bella con sorpresa.

—Me he casado contigo porque quiero y todo lo que yo quiero lo tengo, así de fácil. —dijo Edward inclinándose y acariciándole el mentón. —Como te decía, como mi esposa se te tratará con preferencia, solo mis órdenes estarán encima de las tuyas. Me acompañaras en cada lugar que vaya a menos que sea algo bélico. Quiero herederos, así que tú me los darás.

Isabella asentía ya que no sabía qué hacer. Cuando menciono lo de los herederos, se le puso un nudo en la garganta. Herederos. Niños. Sexo.

No.

—No puedo tener hijos contigo. —susurró Isabella.

— ¿Por qué no? ¿Acaso has probado a tenerlos y por eso lo sabes? ¿Has sido una novicia desvergonzada? —gritó Edward con rabia al imaginarse otro hombre tocando lo que es suyo.

Isabella abrió los ojos sorprendida por las palabras humillantes que le estaba diciendo, pero Edward no lo vio, sino que se levantó de su asiento y cogió a Bella de la silla y la estampó contra la pared.

— ¿Esto es lo que te gusta acaso? —le dijo Edward a Bella al oído mientras ésta sollozaba, muda por el chock.

—Por favor, déjame. No he hecho nada. —dijo Bella entre sollozos, ya que Edward la estaba tocándola impunemente por todo su cuerpo.

—No quiero volver a escuchar una réplica, ¿entendido? No pongas a prueba mi paciencia. —dijo Edward soltándola suavemente mientras le quitaba con el pulgar las lágrimas que salían a borbotones de sus ojos.

Isabella asintió con miedo, se sentía tan pequeña y tan vulnerable ante él, le recordaba a cuando vivía en el palacio y los nobles de allí susurraban a su espalda.

El príncipe la condujo de nuevo de nuevo a la silla, pero esta vez él se sentó en la mesa, para tenerla más cerca, ansiaba su toque y las manos le picaban por ver lo que escondía en esos ropajes íntimos, pero tenía que serenarse, Isabella debía llegar pura a su reino.

—Cómo iba diciendo, me darás hijos, hijos fuertes como yo. —dijo Edward mirándola fijamente a los ojos.

— ¿Y si solo tengo hijas? —preguntó Isabella con un deje de esperanza, ya que se le decía que solo podía concebir niñas quizás la dejara en paz.

—No me importa tener niñas si salen tan guapas como tú, esposa. No te preocupes por eso, que te tomaré cada noche hasta que me des al heredero. —dijo Edward con una sonrisa lasciva.

Isabella tragó fuerte en el nudo que tenía en la garganta y miró al suelo. Todos sus planes de convertirse en monja, de no ser un instrumento de los hombres, se había acabado.

—No tengas miedo, se lo que dicen de mí, pero solo soy sanguinario en la guerra, contigo, mi esposa, no te faltara de nada y te cuidaré. —dijo Edward mientras la abrazada.

Él odiaba verla triste pero era necesario, ya que él tenía una reputación que mantener, pero la quería, cuanto la quería, que por ella moría, ella era la dueña de sus pensamientos, sería otro con ella, pero a solas, no quería que sus enemigos vieran a su esposa como su debilidad, porque lo era.

—Muy bien, también debes de saber que nada de hombres, tendrás a tu disposición una escolta, pero te prohíbo que hables con ellos, ni los mires y ellos tampoco deberán hacerlo. Tu solo eres mía y cualquier otro hombre que se acerque a ti acabará muerto por el filo de mi espada. —dijo Edward mientras acariciaba el puño de su espada con los ojos llenos de furia al imaginar a cualquiera que se acercara a su esposa. —Si osas desobedecerme, no dudes que te encerraré en la torre más alta de mi castillo en donde solo mis ojos te vean.

Isabella se quedó temblando como una hoja al notar la voz de posesión con la que le hablaba, parecía que sus días estaban contados, siendo confinada en ese castillo sin poder mirar a nadie con temor de que le dijeran a su marido que había desobedecido.

—Nunca te pondré la mano encima, pero eso no significa que no te castigue si cuestionas mi autoridad o si me desafías delante de mis hombres, tengo métodos mucho más sutiles para ello. —dijo Edward mientras la cogía del mentón y la volvía a besar con fuerza.

Isabella no le desvolvió el beso, ya que n sabía cómo actuar, además ese beso era demasiado áspero, con lujuria. Atrás quedó su beso con Anthony, el único hombre que la había tratado como una igual.

—Una última cosa, quiero tu disposición, tus besos, tus caricias; por cada uno que me niegues, quemaré personalmente un convento y te llevaré conmigo para que lo veas. —dijo Edward furioso porque Isabella no le había devuelto el beso. —Ahora quiero ver si lo has entendido. Bésame.

Isabella se inclinó hacia él y se puso de puntillas mientras Edward la cogía por la cintura y presionó sus labios en un hermoso y largo beso. La respiración de ésta se entrecortaba ya que los labios de él se amoldaban a los suyos, dominando totalmente el beso.

Una vez terminado el beso, Edward acarició suavemente las mejillas de Isabella y le dio un pequeño beso en la frente.

—No ha sido tan difícil, ¿verdad? Quiero que cada vez que me veas, me des un beso, sin contemplaciones, haya la gente que haya. Que todo el mundo sepa que eres mía en todos los aspectos.

Isabella volvió a asentir con la cabeza dándole vueltas, ese último beso le había gustado, había sido tierno y cálido y solo al final se había vuelto pasional. Se sentía culpable por haberlo disfrutado ya que solo lo había hecho para que no pusiera en orden su amenaza.

—Príncipe. —lo llamó Emmett al entrar en la sala y ver a su señor abrazado a su esposa. —El baño de su señora ya está listo, las criadas la están esperando arriba.

—Perfecto. —dijo Edward. —Muéstranos el camino.

Emmett los condujo por los largos pasillos mientras Edward e Isabella iban un paso por detrás. Edward tenía fuertemente agarrada a la cintura a Isabella como si temiera que pudiera escapar, pero no podía hacerlo, ¿adónde iría medio desnuda y con la capa de la familia real? Emmett abrió una de las puertas que conducía a una habitación muy lujosa, donde en medio de la sala estaban dos criadas al lado de una gran bañera de agua caliente.

—Esta es la habitación, esperaré fuera. —dijo Emmett al ver la mirada de Edward.

—Te daré una hora para que puedas asearte, no te pongas nada de ropa, solo la ropa interior y la capa, si lo haces, no dudes que disfrutaré desvistiéndote como la otra vez, pero esta vez me tomaré mi tiempo. —dijo Edward mientras Isabella se ponía roja de la vergüenza. —Me encanta tu inocencia.

Edward la besó una vez más antes de salir no sin antes darle una mirada amenazadora a las criadas que pronto sintieron el miedo en su cuerpo.

Isabella suspiró al verse sola sin su captor, empezó a desnudarse mientras las criadas se quedaban allí impasibles ya que era la primera vez que no se les ordenaba nada.

—No debéis tener miedo de mí. Soy como vosotras, víctimas de las circunstancias. No necesito de vuestra ayuda, estoy acostumbrada a bañarme sola. —dijo Isabella con una sonrisa.

Las criadas salieron rápidamente de la habitación ya que sabían que esa chica era la señora del lugar.

Isabella se quedó sola en la habitación, bañándose en la gran bañera mientras se sumía en sus pensamientos.

"Señor ¿por qué? ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué de todos los mortales, el príncipe sanguinario ha tenido que fijarse en mí? Deberé ser su esposa en todos los sentidos de la palabra. Casada ante la Iglesia, sin amor en mi corazón, mi sentido común me dice que debo hacerlo. Por mi bien, por el de mi familia, por la de tantos inocentes. Solo tengo mi voz y mi conciencia. Atada a un hombre al que no amo, pero ese último beso. Ese beso era tan diferente, era como una magia diferente."

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En el despacho en el que antes había estado Isabella, estaba Edward hablando con un coñac en la mano con Emmett.

—¿Esa fue la chica que te curó y prácticamente te salvó? —le preguntó Emmett con una sonrisa.

—Es mi esposa y debes tratarla como tal, que no se te olvide. Pero ella fue la que me salvó, mi ángel de la guarda. —dijo Edward mientras saboreaba el sabor fuerte del coñac.

—No te preocupes, sé que es tuya y se la tratará con respeto, no lo dudes. ¿Cuánto tiempo permanecerás aquí?

—Nos iremos mañana al amanecer, deberíamos llegar al castillo en una semana, pararemos en cada villa y de camino reforzarme mi hegemonía. —dijo Edward mientras miraba las llamas de la chimenea.

Unos golpes en la puerta lo sacaron de sus cavilaciones.

—Mi Señor, la Señora ya está lista y lo está esperando en la habitación. —dijo la criada que antes había asistido a Isabella.

Edward salió de la habitación con una sonrisa en su cara. No lo podía negar, estaba muy enamorado de ella, era su vida. Todo el año que había estado lejos de ella había sentido dolor en cada uno de sus poros.

Al entrar en la habitación, la vio sentada en la cama, vestida con una ropa interior exquisita de color blanco de seda que apenas se vislumbraba ya que Bella tenía la capa fuertemente cogida.

—El baño te ha sentado muy bien. Estás preciosa. —dijo Edward mientras la besaba dulcemente haciendo que Isabella suspirara.

—Supongo que tienes hambre, vamos te conduciré al comedor. —dijo Edward después del beso y la cogió por la cintura.

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La comida fue deliciosa, aunque fue un poco tensa ya que aunque Isabella sabía comportarse en la cena, Edward no le quitaba la mirada de encima y le instaba a comer e incluso fue tan osado de darle la comida cuando ella aludió que no podía más.

Isabella se quedó muy sorprendida ya que esa cara de Edward era totalmente desconocida por ella, parecía un humano, tan tierno, tan considerado, podía ver a su Anthony en él, aunque luego sacudió la cabeza por esa idea ridícula.

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La semana pasó igual que ese día, Isabella en el carruaje mientras Edward la conducía por todas las villas hasta su reino. Siempre paraban en las grandes mansiones que antes habían pertenecido a grandes nobles y ahora eran de los mejores hombres de Edward.

A cada pueblo que pasaban Isabella se volvía cada vez más nerviosa ya que sabía que el último paso era el reino de Milán en donde tendría que consumar su matrimonio con él.

El reino de Milán era basto y fastuoso, las calles estaban llenas de gente mientras veían como el carruaje real aparecía por las calles, los niños corrían y los adultos intentan ver quien había detrás de las grandes cortinas. Isabella se encogió en su asiento.

Al llegar a las puertas de palacio y con una gran ovación, el príncipe Edward llegó hasta el carruaje ante la expectación de todos, abrió la puerta y cogió en brazos a Isabella, que temblaba como una hoja al ver que había mucha gente fuera.

Edward la cogió fuertemente entre sus brazos, sintiendo su calor, deseando la hora de hacerla suya. Con un paso firme y decidido llegó hasta el Gran Salón en donde estaba el gran trono real. Allí se sentó, dejando en su regazo a Bella, la cual temblaba como una hoja al ver que tantos ojos la miraban

—He llegado de mi gran cruzada con dos grandes noticas: el reino de Volterra ya no existe, es una gran aglomeración de villas que forman parte del reino de Milán donde yo soy el máximo representante y la segunda noticia es que me he casado con esa señorita tan especial.

Las voces de los nobles que estaban allí aclamaron a su príncipe con fervor.

—Esta es mi esposa Isabella Marie Swan y fue quien mi salvó de la muerte hace un año, esta fue la maravillosa novicia que me curó y ahora es mi esposa. Su voz será su voz, y solo yo estoy por encima de ella. Sus órdenes serán cumplidas. —dijo Edward sorprendiendo a Isabella con esas palabras ya que no recordaba que ella lo hubiera salvado.

Una gran ovación después de esas palabras y el obispo de Milán llevó una gran corona que puso en la cabeza del príncipe coronándolo como rey de Milán y a Isabella le puso una pequeña tiara de diamantes proclamándola reina.

Después de eso, hubo un gran banquete en donde Isabella apenas probó bocado ya que las palabras de Edward seguían resonando en sus oídos y no sabía cuál era la clave de ellos. Muchas personas se acercaron a ella dándole las gracias y ofreciéndole pequeños regalos.

La noche llegó y Edward condujo a Isabella a la habitación real. Bella estaba muy nerviosa pero estaba decidida a pedirle explicaciones.

— ¿Cuándo te he salvado la vida?

—Hace más de un año un pequeño soldado llegó muy malherido, por poco se queda ciego y solo la voz de un pequeño ángel lo salvó de la oscuridad.

—No puede ser. No puedes ser Anthony. —dijo Bella con la boca abierta. —¿Por qué has hecho todo esto? ¿Por qué?

— ¿Sabes por qué hice todo eso Isabella? Dime ¿lo sabes? Yo te diré por qué: Dime si habrá algo más bonito que despertar a tu lado cada día; susurrarte que te quiero es mi particular manía y qué hacer si toda las noches apareces en mis sueños, me adormeces y meces con tus dedos. Me enloqueces, eres mi única alegría y cada mañana pienso robarte uno de tus besos, amarrado a la razón está mi corazón que late en cuanto te dedico estos versos. Quiero regalarte cada amanecer y darte placer en cada esquina de esta cama porque siempre estará viva la llama de nuestra pasión. Eres lo mejor que tengo, lo mejor que tuve en ese instante, lo mejor que tendré en esta vida. El nuestro es un amor que sube hasta llegar a las nubes y allí vuela. Quiero jugar a no perderte y quiero abrazarte fuerte hasta que me duela.

Bella se quedó con la boca abierta mientras de sus ojos salían pequeñas lágrimas al escuchar todo lo que le decía Edward. Nunca pensó él sintiera todo eso por ella, siempre lo había visto como alguien inhumano, pero ahí estaba él, el gran rey abriendo su corazón.

—Porque eres tú la que me hace sentir único. La que me enseñó a querer de verdad, la única capaz de despertar mis ilusiones y mis sentidos. Eres la que me enseñó a querer como se quiere de verdad. Eres la única para mí, mi musa. A pesar de la distancia que nos separó una vez, mi amor por ti siguió latente.. —prosiguió Edward.

Bella con los ojo anegados de lágrimas, se acercó a Edward y lo abrazó fuertemente, tan fuerte que ambos cayeron en la cama, Bella seguía abrazando a Edward mientras éste le acariciaba el pelo.

—Sé que amaste a Anthony, ¿crees que podrás enamorarte del rey Edward? —preguntó Edward mientras Bella asentía con la cabeza demasiado emocionada por esas maravillosas palabras y por ver que el único hombre al que había amado estaba aquí con él.

Cuando tuvo a Bella desnuda completamente y debajo de ella, la besó en los labios con pasión, dulzura y amor. Edward empezó a desnudarle lentamente, le quitó la capa y después la ropa interior. Después de unos minutos la tenía desnuda tendida en su cama, como tantas noches había soñado.

Bella cerró los ojos con vergüenza ya que la mirada de Edward la congojaba y podía sentir su mirada en cada centímetro de su piel.

—No escondas esos hermosos ojos de mí, no tengas miedo, mi hermosa princesa. —dijo Edward con la voz totalmente ronca por la excitación.

Edward tomó la parte de atrás de su cuello en una de sus manos inclinándose sobre ella rozando sus labios con los de Bella, casi como un suspiro. Las manos de ella fueron a sus cabellos, cosa que lo enloquecía porque lo hacía sentir cada vez más cerca de ella y lo hacía perder el control. La lengua de Edward rogó por acceso de la boca de la princesa, sus labios se abrieron tímidamente dejándole probar su dulce sabor, la lengua de él se enroscó en la de ella, su ángel gimió y tiró con más fuerza de sus cabellos, mientras las manos del demonio envolvían su cintura, apretando sus suaves curvas contra su cuerpo.

— Edward. —suspiró Bella mientras acariciaba el cabello de Edward con una de sus manos y con la otra su mejilla.

—No sabes lo que me haces, no sabes lo que me haces sentir. — dijo sinceramente Edward, antes de besarla con fuerza.

Las manos de Edward recorrían una y otra vez la cintura de Bella, sin llegar a tocar sus hermosos pechos que tanto anhelaban de su atención. Los labios de Edward dejaron los labios de Bella para que manos pudieran tomar aire y viajaron hasta su oído, para poder morderle el lóbulo hasta bajar a su cuello mientras dejaba números mordiscos.

Los gemidos de Bella pronto llenaron la habitación y él se sentía cada vez más feliz al sentir su nombre salir de los labios de Bella, esos labios de los que era adicto. Escuchar su voz llena de placer y que a cada gemido se volvía más ronca hacia mella en el duro miembro de Edward.

—Eres perfecta, mi ángel cautivo te voy a tocar en lugares en los que nadie te ha tocado, solo yo, tu marido, tu amor te he tocado, nunca me cansaré de mirarte.

Edward se levantó de la cama y se puso a los pies de ésta y con mucho cuidado tomó una de las piernas de Bella y empezó a besar sus pies. Cubrió de besos sus pies, sus tobillos, sus pantorrillas, subió por sus rodillas y cuando la sintió temblar cuando llegó a sus muslos, se saltó esa parte para no ponerla nerviosa y para que pudiera acostumbrarse a él, la quería húmeda para hacerla de nuevo su mujer. Besó su vientre, rogando a Dios que esta noche la semilla que iba a implantar en Bella tuviera su fruto. Siguió besando el cuerpo de Bella hasta llegar su pechos, mordió la parte superior del pecho derecho para marcarlo como suyo propio; al hacer esto, Bella arqueó su espalda, dándole a ofrecer su otro pecho el cual pronto cubrió de atención dirigiendo su mano a su pezón.

Estuvo besando y masajeando sus pechos un largo rato hasta que volvió a hacer su camino hasta abajo, para seguir excitándola cada vez más, quería que Bella no olvidará este día nunca, el día en el que ella no luchara más con él. El día en el que ella aceptara su amor.

La besó justo en su centro, cerca de su clítoris lo que hizo que ella abriera muchos los ojos y gimiera de una manera aún más pasional que antes. La lengua de Edward empezó a hacer círculos sobre su clítoris alternándolo con lamida en el centro de su feminidad.

La cabeza de Bella se movía de un lado hacia al otro cada vez con mayor rapidez, sus mano tenían en un puño la delicadas sábanas de seda. Edward succionó con fuerza su clítoris y ella movió sus caderas de una manera que hacía que no pudiera despegar la cara de su feminidad. Volvió a pasar su lengua por los pliegues una y otra vez hasta llegar a su entrada que también lamió y éste la sintió cada vez más húmeda y siguió ahí deleitándose de su sabor. Su sabor era cada vez más concentrado y ´pronto se volvió adicto a su esencia.

Edward miró hacia el rostro de su amada y pudo ver como sus pechos se movían al vaivén de sus caderas, como sus ojos estaban cerrados con fuerza, como su labio inferior estaba capturado entre sus dientes y toda su cara roja por el placer de sus caricias. Esa visión hizo que su gran erección se volviera cada vez más dolorosa y se acrecentó al ver como los líquidos vaginales bajaban a más velocidad haciendo que la barbilla de Edward quedara impregnada de ellos.

Al sentirla tan excitada, Edward volvió a su punto original y se colocó encima de ella y antes de presionar su erección contra su entrada le dijo:

—Mi hermosa y dulce Bella voy a hacerte mía, ¿lo deseas?

—Sí, Edward, por favor, te deseo.

Edward sonriente, empujó su miembro en la entrada de Bella y ésta gritó de placer y dolor al sentirlo en su interior, Edward dio un gruñido de satisfacción y empezó a salir y entrar de ella lentamente para poder enlentecer el proceso, ya que quería disfrutar de ella el mayor tiempo posible. Los gemidos de Bella llenaron la habitación mientras Edward seguía entrando y a saliendo de ella, cada vez más cerca, sentía el fin rápido y cuando ya no pudo aguantarlo más, Bella pegó un gran gemido diciendo su nombre, la paredes de su vagina de estrecharon, haciendo que el miembro de Edward quedará atrapado entre sus paredes y que expulsara su semilla, teniendo él su orgasmos al mismo tiempo que ella.

—Te amo.- le dijo Edward besándola y tumbándose a su lado mientras la cogió para ponerla en su regazo.

—Te quiero Edward.- le dijo Bella, le había costado, pero no había caso de seguir negándolo, lo quería, lo quería a pesar de todo lo que le había hecho.

En ese momento Edward se sintió el hombre más feliz del mundo, al final lo tenía todo, poder, riquezas y sobre todo una hermosa mujer que lo amaba con todo su corazón.

—Me alegra poder escuchar esto mi hermoso ángel, a partir de hoy quiero comerte a besos, como si el mundo se acabara mañana; voy a amarte hasta la madrugada, quiero gastar nuestro tiempo entre las sábanas, voy a quererte hasta que me duela.

Bella asintió y salió de la cama aun desnuda viendo como el sol salía para dar comienzo un nuevo día, un nuevo día que ella compartiría con Edward. Edward se acercó a ella y la abrazó mientras veían un nuevo amanecer de su primer día los dos juntos. No se arrepentía de nada de lo que había hecho, ya que luchó por ella con el mismo Dios.

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Este es el final de este mini fic que creé hace dos años, espero que os haya gustado.

***Princes Lynx***