Capítulo II. El odio.

Naruto y Sasuke cruzaron los últimos tramos de aquella larga pasarela oscilante y se presentaron ante las puertas de La Ciudad Oscura.

De cerca, su apariencia era todavía más imponente. Las inmensas construcciones asomaban por encima de la muralla, alcanzando una altura que sobrepasaba lo imaginable. Frente a la entrada no había nadie, y las puertas se abrieron en cuanto ambos posaron sus pies en tierra firme. Bueno, en tierra firme… no exactamente. Era firme, pero no era tierra. Naruto se frotó los ojos con los puños, porque le costaba dar crédito a lo que veían.

¿Cómo era posible que en el mismo centro de ese mar de llamas abrasadoras se irguiese una ciudad de hielo?

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Horas antes, los individuos de nombres impronunciables habían entregado a Naruto una botella de agua fresca que no se vaciaba por mucho que bebiese. Previsor, al verlos marcharse la escondió en el interior de su chaleco de jounin, pero desapareció tras atravesar los portones de la ciudad.

Una vez dentro, Sasuke le hizo un ademán a Naruto para que esperase y se metió en un estrecho túnel abierto en la muralla. A su vuelta, llevaba en las manos dos capas grises forradas de largo pelo blanco y le tendió una. Mientras se la echaba por encima de los anchos hombros temblorosos, el rubio contuvo sus ganas de preguntar a qué clase de animal autóctono había pertenecido esa piel. Abrigaba un montón, pero olía como si el bicho aún estuviese moribundo.

Una compacta neblina húmeda desdibujaba los contornos y ocultaba las agujas heladas que coronaban las torres. El frío era terrible. Un fuerte viento cortaba las tostadas mejillas del rubio y le hacía lagrimear. Bajo sus pies, el suelo era una capa de nieve sucia y pisoteada. A diferencia de lo que ocurría en la pasarela, en la ciudad se notaba el oscurecimiento del cielo. Daba la impresión de ser casi de noche y las pocas farolas de gas, en lugar de iluminar, contribuían a crear sombras fantasmagóricas.

¿Realmente aquella ciudad brumosa, oscura, sucia y fría era el Infierno?

Se abrazó a sí mismo, buscando retener algo del calor que le había proporcionado su paseo anterior sobre las llamas. Arrebujado en la capa peluda y olorosa, continuó la marcha detrás de Sasuke.

Recorrieron las calles hasta llegar a una de las torres. Entraron en el vestíbulo en penumbra y un viejo ascensor chirriante los trasladó hasta un piso superior, donde la única puerta se hallaba marcada con el símbolo Uchiha. Se abrió sola, para variar, y penetraron en el hogar de Sasuke.

La casa era un fiel reflejo de la ciudad: gélida e inhóspita. A Naruto lo asaltó un pensamiento con la brutalidad de un kunai lanzado a su cabeza: la absoluta certeza de que cada lugar en el que había vivido Sasuke desde la muerte de sus padres hasta la suya propia había sido similar. Helado, vacío, sin vida… como lo eran ahora sus ojos negros. Naruto cerró los suyos y empujó ese pensamiento deprimente hasta que lo sintió salir imaginariamente por su oreja derecha. Se sintió mejor, pero aún quedaba un asunto importante por resolver.

El frío.

Joder.

Hacía un frío horripilante allí. El rubio probó a sacarse la capa tentativamente y se la volvió a poner como un rayo, tapándose hasta las cejas. En cambio, Sasuke había colgado su capa en el ropero, aparentemente inmune a las bajas temperaturas que reinaban en su casa.

—Sa… Sa… Sa…. Sas…. Sassssss… Sasu… ke… ¡Qué frío! ¡Brrrrr…! —Naruto, envuelto en pelo blanco como un gusano de seda aterido, daba saltitos por toda la habitación—. ¿No tienes calefacción aquí o qué? ¡Qué frío, qué frío…! ¡Brrrrrrr…!

El moreno bufó, se acercó a una pared y giró una ruedecita. El aire comenzó a templarse. Sólo cuando el termostato llegó a unos hermosos y aceptables veinte grados, el rubio accedió a desprenderse de su "cadáver de oso".

—La cocina —dijo Sasuke, abriendo una puerta lateral.

Naruto sólo se fijó en una cosa: sobre la mesa se hallaba un recipiente humeante de plástico. Lo reconoció en nanosegundos y se le hizo la boca catarata. Sasuke creyó ver incluso dos pequeños colmillitos filosos, asomando lentamente sobre el rosado labio inferior…

—¡Rameeeeeeeeeeeeen! —Naruto corrió como alma que lleva el diabl… eh… como una centella hacia la mesa, olvidándose del frío y del universo en general, igual que hacía siempre que se presentaban ante su nariz aquellos sagrados fideos.

—Sí —dijo Sasuke a sus espaldas—. Ramen. Pero no es para ti: es mi comida.

—¡¿Quéeee?! —El Uzumaki frenó tan bruscamente que casi derrapa sobre el suelo de baldosas blancas.

—Mira ahí… —Impertérrito, el moreno le señaló un papelito rosado, cual prosaico "post it" de oficina, adherido a la nevera mediante un imán en forma de abanico Uchiha.

La decoración de interiores no era el fuerte de Sasuke.

Naruto leyó la nota:

"Estimado Uzumaki-san. Abra el horno, por favor. Confiamos en que le guste la comida que hemos preparado. Se trata de una combinación muy saludable de hidratos de carbono, proteínas y vitaminas. Hemos procurado excluir de su dieta las grasas saturadas y el azúcar innecesario. La nevera y la despensa de Uchiha-san se han llenado con todo tipo de nutrientes para garantizarle un óptimo estado de salud. Su contenido no se renovará hasta dentro de un año de su calendario terrestre, raciónelo con prudencia.

"Post data: le rogamos encarecidamente que se mantenga alejado de la comida de Uchiha-san. Él ya no tiene que preocuparse por su colesterol o sus triglicéridos. Comprendemos que le será costoso, pero para alguien con tan legendaria perseverancia y voluntad como Naruto Uzumaki nada es imposible. Usted mismo se encargó de que eso nos quedase claro a chillona voz en grito. ¿Lo recuerda?".

Naruto rechinó los dientes y maldijo abundantemente al sádico autor de la nota. Estaba visto que Sasuke no había perdido el tiempo predicando por allí sus enseñanzas malignas sobre la venganza.

En fin. Dejando a un lado la posible guerra psicológica en la que se iba a ver envuelto, abrió el horno porque se moría de hambre.

Y vio…

—¡AAAARRRGGGGGGGGGHHHHHHHHHHHHHHHHHHH…!

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—¡Esto es injustooooo! ¡Atroz! ¡Totalmente inhumano! ¡Se supone que el que está en el Infierno por merecérselo eres tú, teme, no yo…!

El aludido se encogió de hombros. En un extremo de la mesa, un plato de sanísimas verduras hervidas con arroz y una ración de sashimi eran picoteados por un desdichado rubio. El pobre Naruto salivaba más que un perro rabioso, viendo el ramen de Sasuke que era ingerido con idéntica desgana. Después de explorar la despensa, las alacenas y la nevera, Naruto se encontraba sumamente deprimido. Yogures desnatados, queso blanco, fruta, verdura, pan bajo en sal... No halló ni un mísero y lindo envase de ramen; la comida de Sasuke se guardaba en otra pequeña despensa a la que él tenía vetado el acceso.

Aquello era el Infierno, ya no le cabía ninguna duda.

Asumido su hambriento futuro, Naruto se dedicó a estudiar detenidamente la cara de Sasuke. En el instante en que se encontraron en la pasarela, le habían llamado la atención sus pronunciadas ojeras, similares a las de Itachi. El parecido familiar se había acentuado. Los dos Uchiha habían alcanzado la misma altura, y ahora Sasuke parecía una versión más joven y pálida de su hermano.

—Nunca te gustó demasiado… —observó el rubio, mientras masticaba su zanahoria cruda con resignación—. ¿Por qué tú estás comiendo suculento ramen, y yo esta mierda verde?

—Precisamente por eso.

—No lo pillo… —respondió Naruto, perplejo.

—Da igual. Termina de comer, quiero acostarme.

Aprovechando que el otro estaba más cooperativo, Naruto trató de sonsacarle nueva información. No obtuvo mucho: el día a día de Sasuke no variaba, salía de casa cada mañana para trabajar y regresaba por la noche. En el interior de la ciudad existía una atmósfera ficticia que dividía el tiempo en dos. De ese modo, las almas podían distribuir su jornada de trabajo, tal y como habían hecho en vida.

—¡Anda…! ¿Trabajas? —se interesó Naruto, curioso—. ¿En qué?

—Mañana lo verás.

—¿Te has encontrado con alguien conocido desde que llegaste?

Mala pregunta. Naruto se arrepintió después de pensarla y antes de formularla, pero no había vuelta atrás.

—¿Alguien conocido? Sí… —musitó Sasuke, relajando el rostro y perdiéndose en una extraña ensoñación.

El silencio posterior se prolongó, y se hizo tan sólido y compacto como la niebla de fuera. Naruto pensaba a toda velocidad. No estaban hablando de Itachi, cosa evidente dada la prohibición impuesta por los tipos de la pasarela, así que decidió que ya se preocuparía por eso más adelante. Pero no iba a descuidarse, no señor. Los números le habían advertido ante la posibilidad de tener algún encuentro desafortunado con ciertos sujetos enviados allí de una patada en el culo por parte del rubio, real y metafóricamente. Era recomendable estar prevenido.

Sasuke había terminado su comida y se levantó de la mesa.

—Ven.

Naruto lo siguió hasta una habitación amplia con una sola ventana, alta y estrecha. Su cuarto. La cama era grande y no parecía incómoda. Sólo… fría.

—El baño —continuó el Uchiha lacónico, abriendo otra puerta más.

—¿Dónde duermes tú?

El moreno le condujo hasta el fondo del pasillo y le mostró su habitación. Naruto retuvo el aliento. Una cama pequeña, pegada a la pared y cubierta con una manta, era el único mueble.

Una mazmorra, el cuarto de Sasuke era una celda sin barrotes.

Sasuke detectó de reojo la expresión afligida y abrumada de Naruto y le explicó en el mismo tono monótono que había utilizado todo el rato:

—Apenas duermo. Me es indiferente la cama.

—Pero… comes… y bebes, y sientes frío y calor… —afirmaba el rubio, incrédulo y cada vez más horrorizado—. Y… y tienes unas ojeras espantosas, Sasuke. Eso significa que necesitas dormir, ¡maldita sea…! ¡¿Por qué no lo haces?!

—Ellos quieren que duerma. No voy a darles esa satisfacción.

—No… entiendo. No entiendo nada, Sasuke. Dime qué es lo que pasa.

—El Infierno no existe, Naruto. —Sasuke se volvió hacia él, una carcajada amarga brotando de sus labios, el negro de sus ojos totalmente opaco—. Existen billones de infiernos, billones de almas. Lo más amargo, lo más doloroso que hayamos soportado a lo largo de nuestra vida, nos hacen recrearlo mientras dormimos. Una y otra vez, sin descanso, sin tregua, sin posibilidad alguna de escapar de la pesadilla, hasta que despiertas empapado en sudor helado.

"Dormimos y comemos, y hacemos todo lo que hacíamos cuando éramos humanos, aunque solamente somos almas. ¿Sabes por qué? Para concederles poder sobre nuestro sufrimiento. Trabajamos todo el día para continuar con la construcción de esta ciudad que nunca dejará de crecer, y de noche somos atormentados por nuestros más sombríos temores y nuestros peores miedos. En eso consiste mi eternidad aquí, Naruto. En saber que no volveré a ver a Itachi, que jamás me perdonará ni será perdonado por mí. En recordar el día en que me arrancaron los ojos por mi asquerosa voluntad. En ver las caras de todas mis víctimas inocentes en sueños; las cosas que pude haber hecho y no hice, las que hice y no debí haber hecho... ¿Y sabes otra cosa? ¿Sabes por qué te han permitido entrar aquí? ¿Por qué dejaron que te quedaras…?

"Estás aquí. porque tú eras lo único que quedaba. Lo más cruel que podían hacerme lo han hecho. Lo peor. Mi mayor sufrimiento, mi peor tormento no es Itachi, Naruto…

"Eres tú".

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Naruto no había vuelto a pronunciar una palabra desde que Sasuke le reveló el verdadero motivo por el cual le habían permitido entrar en el Infierno a buscarlo y quedarse junto a él.

La cama de su habitación había resultado comodísima, aunque algo fría; pero de haberse acostado sobre un bloque de hielo, no lo hubiese notado. Hacía horas que no percibía ningún estímulo externo: se había refugiado en lo más profundo de su cabeza, en sus recuerdos y en todo cuanto había sacrificado para llegar hasta Sasuke.

Y ahora… Ahora descubría que todo su esfuerzo, su feroz entrega, su firme decisión… todos carecían de sentido. Se sentía como si la mayor parte de su vida hubiese sido pura basura. Un desperdicio.

Inútil. Era un inútil. El salvador de Konoha… Qué puta mierda, si no podía salvar a Sasuke, no podía…

Pero aún podía. Podía. Para eso estaba allí…

¿No?

Naruto apretó los dientes y los puños, tendido boca arriba sobre la cama. ¿Desde cuándo se rendía tan fácilmente? Un año, dos, diez, cien… los que fuesen precisos para demostrarle a Sasuke de lo que era capaz. Lo había perseguido hasta el mismo Infierno, había llegado donde nadie habría soñado llegar para salvar el alma de su amigo. ¿Por qué no ir un poquito más allá?

Y pienso empezar hoy. Ahora.

Se levantó.

Estuvo a puntito de quedarse sin lengua, cuando posó los pies descalzos sobre el suelo congelado y recordó que no había dejado sus sandalias a mano. De la impresión, se le habían cerrado las mandíbulas con la rapidez de una de las serpientes de Orochimaru. Felizmente, sus partes bajas no se le habían encogido hacia la garganta a idéntica velocidad. Si no, posiblemente ahora sería un eunuco mudo.

La casa se iba templando, pero fuera debía hacer por lo menos treinta grados bajo cero. Para colmo llevaba un pijama prestado, cuya tela era tan ligera que no abrigaba nada.

Total, Sasuke no dormía. No lo iba a despertar.

Atravesó el corredor y abrió lentamente la puerta del fondo. Dentro, todo era negro como boca de lobo.

—Sasuke… —llamó en voz baja, estirando el cuello para tratar de ver algo sin conseguirlo.

Un minuto.

Otro.

—¿Qué pasa? —se escuchó por fin desde el centro de la oscuridad.

Naruto exhaló. Se formó una nubecilla de vaho frío ante sus ojos y se frotó los brazos con las manos antes de volver a hablar:

—¿Puedo entrar? Quiero hablar y en tu pasillo hace un frío que pela.

—¿Ahora? —Hubo un resoplido de fastidio—. ¿No puedes esperar a mañana? Hoy recorrí toda la puta pasarela del Infierno de ida y vuelta para ir a por ti. Estoy agotado.

Las palabras malsonantes eran un avance.

Reacciones. Sentimientos. Emociones.

—Pero si dices que no duermes… —El rubio se internó en la habitación y cerró la puerta tras él.

—Estoy descansando, Naruto. Sobre todo de ti. Lárgate a tu cuarto.

—Es que…

—Vete.

—No.

Se escuchó un chispazo.

En el aire flotó un ácido olor a fósforo, al tiempo que se encendía una luz amarillenta en un extremo de la habitación. Sasuke había prendido una vela, la había dejado en el suelo al lado de la cama, y observaba a Naruto desde una circunferencia de luz ondulante. Sentado sobre el colchón, con la espalda contra la pared y el torso desnudo, sólo cubierto por un pantalón flojo, los ojos del moreno eran dos rendijas.

Naruto caminó hasta la cama y se sentó en el borde junto a él. Sasuke ya no le miraba, tenía la vista clavada en la negrura frente a ellos.

—¿Por qué? —preguntó Naruto.

—Has tardado más de lo que pensaba.

—Hay tantas cosas que me gustaría preguntar… No tuvimos oportunidad de hablar antes. Estabas demasiado ocupado intentando matarme, y yo tratando de evitarlo.

—¿Nunca es bastante cuando se trata de mí?

—¿Sinceramente? No.

El rubio se echó hacia atrás, hasta tocar la pared con la parte alta de su espalda. Ahogando un gemido lastimero y tiritando un poco, se acomodó sobre la cama. Estaban a medio metro de distancia: Naruto en la zona más alejada del resplandor de la vela y Sasuke en la parte más iluminada.

—¿Considerarías muy grosero que use tu manta para abrigarme? No sé cómo soportas este frío. Y encima estás medio desnudo...

No esperó la concesión de permiso y agarró la manta doblada que sentía rozar contra su cadera. El tacto era más caliente y confortable de lo que sugería su aspecto carcelario. Tomándola por las puntas, la extendió con brío y se la colocó sobre las piernas. Luego, pensándolo mejor, se cubrió por entero y la usó para proteger su espalda de la gélida pared.

Sasuke continuaba callado e inmóvil, y Naruto se sintió egoísta. Calculando la distancia por el rabillo del ojo, ahuecó la tela hacia la derecha en un movimiento fluido hasta que cayó suavemente sobre las piernas del otro.

Aquello sobresaltó al moreno. No se lo esperaba, y parpadeando repetidamente, le miró ceñudo. Ofendido por el gesto protector del rubio, dio un manotazo a la manta para apartarla de sus piernas.

—¿No vas a contestar? —insistió Naruto, recuperando lo que pudo de la tela sobrante para volver a cubrirse.

—Vete de una vez. Tú no tienes ningún problema para dormir, siempre has roncado como una manada de elefantes en celo.

—No tengo sueño. Prefiero estar aquí.

El Uchiha sonrió por vez primera desde la llegada de Naruto al Infierno. Pero su sonrisa era escalofriante a la luz de la vela: la misma sonrisa despiadada y cruel que el rubio le había visto esbozar en las ocasiones en que se habían enfrentado y Sasuke iba a usar el Susanoo para acabar con él:

—No sabes cuándo parar, ¿verdad?

Pero Naruto no era tan fácil de atemorizar.

—Quiero que me lo cuentes, Sasuke. Ibas a matarme, lo leí en tus ojos. No habrías vacilado, me habrías asesinado sin remordimientos. He pasado estos años dándole vueltas, recordando cada cosa que ocurrió para entenderlo. Te prometí que no te dejaría morir y me salvaste sabiendo que si te interponías entre Madara y yo, serías tú el que moriría.

"¿Por qué, Sasuke? ¿Por qué me dijiste que me odiabas antes de morir en mi lugar?

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El Uchiha se levantó en un movimiento veloz. Naruto se encontró solo en la cama, en lo que dura un parpadeo. Instintivamente se tensó, preparándose para defenderse de un eventual ataque.

Y no iba desencaminado. La luz de la habitación era tenue, pero la furia de Sasuke Uchiha había alcanzado su máxima intensidad.

—¡Porque es cierto! —reventó, ciego de ira—. ¡No te soporto! ¡Te aborrezco! ¡Eres la carga que llevo perpetuamente sobre mis espaldas! ¿Por qué no puedes dejarme en paz? ¿Por qué no me olvidas? ¡¿Por qué ni siquiera en el jodido Infierno puedo verme libre de ti?! —siguió escupiendo, rabioso—. ¿No entiendes que no puedo soportarte, que tu presencia me repugna, que detesto esa cara de estúpido, tus aires de héroe, esa nobleza vomitiva, esa voz que me enferma y esa cantinela continua: "te salvaré te salvaré…" —remedó con voz ya aguda e histérica—. ¡No quiero que me salves! ¡Ojalá no volviese a verte nunca! ¡TE ODIO! —aulló Sasuke, atragantándose de rabia; jadeando, con la cara enrojecida por los gritos que brotaban de lo más profundo de su alma.

Entonces se abalanzó sobre él.

Naruto ya lo había anticipado; sin embargo, no logró desprenderse a tiempo de la manta que lo cubría. El otro consiguió derribarlo y, enrollados en lana, se encontraron rodando por el suelo.

Durante varios minutos, Sasuke volcó toda su frustración, su ira ardiente y su resentimiento de años en duros golpes que Naruto esquivaba como podía. Ahora que ya no podía emplear su chakra y sus técnicas malignas, y puesto que Naruto tampoco podía usar sus técnicas allí, Sasuke y él poseían aproximadamente la misma fuerza física. Estaban empatados y lo único que podía hacer el Uzumaki era soportar estoicamente los golpes que no lograba evitar.

Mientras giraban como peonzas por el suelo, notaba el cuerpo del moreno desbocado contra el suyo y aquello le inundó de una calidez extraña. Esa proximidad que llevaba tantos años sin sentir, el regreso al recuerdo tangible de aquellas peleas que mantenían en su infancia era tan agradable, tan confortante… Tan familiar. Pero debía detener aquel arrebato. Si no, Sasuke acabaría por hacerse daño.

Se colocó sobre él, apretándolo contra la piedra helada y los metros de manta que habían quedado apresados bajo los cuerpos de ambos. Entonces lo cogió por las muñecas e inmediatamente el Uchiha paralizó su ataque furibundo. Se quedó estático, mirándole con sus pupilas inflamadas por la ira, aspirando el aire en grandes y ruidosas bocanadas.

Y con el pelo hecho un desastre.

A Naruto le resultó muy gracioso pensar en el pelo de Sasuke en semejante momento. Era rarísimo ver al moreno despeinado, ni siquiera cuando eran niños y dormían en el bosque durante las misiones conseguía verle sin peinar más de uno o dos minutos. En cuanto detectaba una mirada inquisidora y se sentía descubierto, un despelujado Sasuke corría a buscar un peine y su producto favorito para el pelo. Naruto habría jurado que cuando el moreno desertó para reunirse con Orochimaru, en su mochila viajaban también dos tubos de gel fijador, tan traidores a Konoha como él. Su complejo peinado era un gesto de coquetería que había mantenido incluso en los peores tiempos de la guerra, y en los instantes más crudos de su vida y de su muerte. Un delgado hilo de cordura al que aferrarse, quizá. Algo que conservar de su pasado, para conservarse a sí mismo.

Naruto rió despacito, muy despacito. Tirado en el suelo sobre el cuerpo del Uchiha y sumido en la oscuridad más fría en la que recordaba haber estado jamás, rodó hasta tener a Sasuke encima de él. Agarró con firmeza la nuca revuelta para apretar a su amigo contra su cuello y rodeó su espalda con el otro brazo.

Lo abrazó con fuerza, mientras el otro se aflojaba contra él, maldiciéndolo entre jadeos. El rubio sentía su aliento calentando la piel bajo su oreja.

Un susurro.

—Shhhhhh… Todo está bien ahora, Sasuke. Estoy aquí… Todo está bien. Shhhhh…

El moreno notó un temblor en su carne. La vibración partió de la voz susurrante de Naruto y de las caricias suaves que mimaban su espalda, se internó en sus huesos, y se expandió otra vez hacia fuera.

Aquel brevísimo instante de debilidad lo venció. No había frío, no había miedo, no había muerte. Sólo aquella voz tibia y la mano de su amigo en su espalda.

Sasuke Uchiha se rindió entre los brazos de Naruto.