Capítulo III. El recuerdo.
Al despertar, Naruto no sabía dónde estaba.
Abrió los ojos, parpadeó e intentó que su cerebro se despejase al mismo tiempo que el resto de su cuerpo.
Se encontraba boca arriba sobre una superficie mullida, con la cabeza hundida en una blanda almohada y abrigado con el edredón hasta el cuello. Lo rodeaba ese agradable y amoroso calorcito que brinda tu cama, las mañanas de crudo invierno.
Pero el techo era blanco.
Por sugerencia de Gaara, el techo y las paredes de su minúsculo apartamento en la Aldea de la Hoja ahora estaban pintadas de un vistoso tono arena. Durante la última de sus frecuentes visitas, el Kazekage de Suna había dejado caer que quizá debiera mudarse a una vivienda más grande. Gaara siempre se quedaba a dormir con él, rechazando el lujoso alojamiento oficial que le era ofrecido. A las gentes de Konoha y a las de Suna les había resultado chocante, al principio. ¿El Kage de una de las grandes naciones ninja, despreciando las comodidades para apretujarse con Naruto en el pequeño apartamento de una sola habitación y una sola…
…cama?
Sasuke.
Naruto se encontraba en su cama. En su cuarto, pero no en Konoha.
Estaba en el Infierno. En casa de Sasuke.
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Los recuerdos de lo sucedido la noche anterior cayeron sobre él con el impacto de una avalancha de nieve. Se irguió a toda prisa, retirando el suave cobertor. La luz fría de la mañana se colaba por la alargada ventana del cuarto. Echó un vistazo rápido y pudo ver de refilón la imponente ciudad gris, invadida por la neblina, bajo un cielo nublado muy brillante.
El pasillo olía ligeramente a pan tostado, a salmón y a miso. Hambriento como estaba (y probablemente seguiría estando), anduvo hacia la cocina.
Sasuke colocaba sobre la mesa un cuenco de arroz, junto a otros recipientes de contenidos variados. Al escuchar pasos, levantó la vista hacia los radiantes ojos azules que le sonreían desde la puerta.
—Buenos días, Sasuke.
Mientras se rascaba la barriga del pijama y se sentaba a la mesa, Naruto observó risueño las ojeras del Uchiha. El día anterior eran moradas y esa mañana violeta; un cambio de matiz sutil, aunque apreciable.
Aprovechando que le estaba sirviendo el desayuno, apoyó los codos sobre la madera y estudió a su amigo con detenimiento. La ropa negra y ajustada resaltaba su esbeltez. Protegía el pecho y la espalda con un chaleco metálico, a manera de armadura ligera. Al rubio le recordó al aspecto militar de los Ambu, aunque sin hombros tatuados al descubierto. La vestimenta marcial se completaba con robustas botas cortas para la nieve y el hielo, y una insignia en forma de espiral, cortada por cuatro rayas verticales, y prendida a la izquierda del pecho.
—¿De qué vaf veftido…? —Concluido su análisis, Naruto masticaba a dos carrillos un panecillo de semillas, en previsión de que algún ente diabólico de más de diez cifras lo sustituyese a traición por un todavía más repulsivo plato de algas al vapor.
—Es mi uniforme —respondió Sasuke, altivo—. Soy policía.
El otro estuvo a punto de ahogarse con el zumo de naranja encargado de convencer al consistente pan de que se dejase tragar.
—¡¿Qué?! —exclamó, secando con el dorso de la mano un reguero naranja en su mentón y posando el vaso.
—¿Te sorprende?
—En realidad, no. En el Infierno están los peores criminales del universo: es lógico que haya que controlarlos. Pero creí que los Números se ocupaban de eso.
—Sólo en la pasarela. Si sobrepasan las puertas de la Ciudad, están sometidos a las leyes que rigen en el interior de la muralla. Nada de chakra, ni poderes especiales. Igual que nosotros.
—Ah, ya veo —asintió Naruto, recordando la botella desaparecida en cuanto llegaron—. ¿De dónde sale tanta comida y las demás cosas?
—Ni idea. —Sasuke daba discretos sorbitos a su sopa de miso—. Cuando quiero algo, lo escribo en un papel y lo introduzco en el buzón de la entrada. La conserje del edificio me lo sube al rato.
Parte del cerebro de Naruto escuchaba a Sasuke; la otra se debatía entre caer en picado sobre el arroz, el pescado cocido, las verduras, o sobre todos a la vez.
Ganó la última opción. Mejor llenar el buche y esperar tiempos mejores fuera de la cocina Uchiha. Enganchó dos cuencos lacados frente a él y separó los palillos para empezar a atacar el insípido contenido.
—¿En qué consiste tu trabajo? En atrapar a los malos no, porque ya están aquí.
—Investigo… en ciertos sitios —definió Sasuke, tras unos segundos de duda—. Este distrito es uno de los más conflictivos, porque la mayor parte de los locales se dedican a…
Interrumpió la frase en seco, y se levantó a colocar los platos y cuencos en el fregadero.
—¿A…?
El intuitivo Naruto percibió turbulencias bajo el repentino silencio. Sasuke nunca se habría quedado con la boca abierta en mitad de una frase, a riesgo de deformar la perfección de su perfil. Ni vivo ni muerto.
—Al ocio —acabó de explicar de espaldas—. En esta zona se encuentra la mayoría de los… establecimientos… dedicados al… entretenimiento.
—¿Entretenimientos en el Infierno? Suena raro de la hostia, Sasuke.
—Más que diversión es… un desahogo y… una manera de… motivar. Los Números, como tú los llamas, no pueden satisfacer todas las… necesidades de la población.
Boca abierta. Puntos suspensivos cada tres palabras. Decididamente, Sasuke no estaba en sus cabales esa mañana.
A no ser…
Ajajá.
Gracias por esos libritos guarros e ilustrativos que escribías, Ero-sennin. Y gracias a ti también, Kakashi-sensei, por advertirme de que los leyese con una libreta para tomar notas.
Esbozó una sonrisa maliciosa. Había captado por dónde iban los tiros. Si su retorcida suposición era acertada, se iba a divertir mucho puteando a su amigo.
Jiraiya estaría tan orgulloso…
—Te lo expliqué ayer —aclaró Sasuke, ignorante de tan sucias divagaciones internas—. De día pretenden que trabajemos y procuran mantenernos tranquilos. Sólo nos atormentan de noche… Y ya es suficiente.
El rubio estaba impresionado por lo sencillo que había sido sacar a la luz las espinosas confesiones de la noche pasada, sin intermediación de kunais o patadas voladoras.
—De todos modos, me sorprende. ¿Lo del ramen es una penitencia suya o un sacrificio autoimpuesto?
—¿"Autoimpuesto"? —Sasuke elevó una ceja—. El sorprendido soy yo: has conseguido hilar más de dos palabras complejas seguidas. ¿Aprendiste a leer en mi ausencia?
—Aprendí muchas cosas después de tu muerte. La más importante fue cómo encontrarte de nuevo.
Naruto se dio cuenta de su error, en el instante en que pronunció la palabra prohibida y le subió a la garganta la peor noche de su vida.
Sasuke había muerto con la cabeza en su regazo.
Su mejor amigo, que nunca llegaría a cumplir diecinueve años…
Pero ahora estaba ahí. Tan mordaz y altanero como solía ser, y hablando sin dar muestras de haber notado el remolino de dolor en las facciones del rubio:
—Para que lo asimile esa cabeza de chorlito: al purgar parte de tus culpas despierto, reduces la condena nocturna —recalcó con los brazos en jarras—. Las pesadillas se espacian cada vez más.
—Lo he entendido. Y comprendo que te reclutaran, eres una de las almas más poderosas que han existido. Sólo que lo de ser policía no te pega… Que te hubiesen visto como yo: un esqueleto gigante sentado en tu cabeza, los ojos girando como ruedas de carro, y aullando que ibas a descuartizarnos a todos… —Naruto escenificaba lo que decía con expresivos gestos de las manos—. ¡Joder! Dabas mucho miedo, Sasuke. Mucho, mucho.
—El clan Uchiha integraba la policía de Konoha. Pero me consta que tus conocimientos sobre la historia de "tu" aldea son del mismo nivel que los que tienes sobre cualquier otro tema: cero o nulos, a elegir.
Oh, oh. Sasuke se ha vuelto a cabrear.
—Imagino que este patético intento de limpiar el honor de la familia y del clan después de mi muerte te parecerá ridículo —continuó—. Sin embargo, no tengo nada. Ya no me queda nada. Mi orgullo y mi apellido es lo poco… lo único que conservo.
Sasuke acabó de hablar y se dirigió hacia la puerta, envarado y rígido. Naruto se dio cuenta de que lo había herido sin pretenderlo. De sobra sabía lo importante que era para él la reputación y el honor de su familia. Había tratado de recuperarlos a toda costa a lo largo de su corta vida.
—¡Sasuke, espera! —Corrió detrás de él y, al alcanzarlo, lo cogió por el brazo. El Uchiha miró la mano de Naruto con un desprecio infinito, los ojos negros queriendo abrasar los dedos que lo apresaban.
—Dúchate y vístete. Te espero en veinte minutos en el salón.
Arrancó su brazo de la mano dorada y salió al pasillo.
Naruto escuchó el portazo y suspiró. La noche pasada, Sasuke había abierto una diminuta grieta en su coraza y él se había colado dentro, pero sólo había logrado permanecer en el interior unos segundos. Sasuke lo había expulsado esa mañana sin contemplaciones, y el rubio no sabía ni cómo ni cuándo sería capaz de volver a entrar.
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Caminó con medida lentitud hacia la puerta del fondo y llamó con los nudillos suavemente. De nuevo, le tocaba arreglar sus desastres.
—Sasuke… —llamó.
No recibió respuesta. Nuevo golpeteo.
—Sasuke, voy a entrar.
La puerta se abrió con ímpetu y Sasuke se presentó en el umbral.
—¡Llevas un día aquí y ya me tienes harto! ¡Vete a tu habitación y deja de perseguirme!
—No, hasta que escuches mis disculpas. Tú mismo acabas de afirmar que soy un cabeza hueca. Hablo sin pensar y meto la pata, pero no lo hago a propósito. Y eso también lo sabes. Ven…
De pronto, el Uchiha se vio arrastrado hasta la habitación del otro. No le dio tiempo a rechazar las disculpas o reaccionar de manera más agresiva.
Naruto entró en su cuarto y después soltó a Sasuke. Frotándose el brazo, éste lo miró con las cejas tan fruncidas que casi se le clavaban en los ojos.
—¿Qué coño quieres? Nos retrasaremos por tu culpa —refunfuñó. Pero la entonación había variado.
Naruto supo que había ganado temporalmente. No obstante, tendría que ser más prudente con su lengua a partir de ahora.
—Quiero que me digas en qué orden tengo que usar la ropa del armario para no morir con las pelotas congeladas. No sé vestirme de cebolla, teme, necesito tus sabios consejos. Recuerda que soy un burro.
Sonrisa luminosa.
Sin embargo, Sasuke se estaba haciendo inmune a los blancos dientes de Naruto. Le devolvió una mirada de pepinillo en vinagre, apretó los labios y fue hacia el armario, mientras el rubio comenzaba a desvestirse para tomar su ducha. El moreno abrió la puerta corredera, introdujo la cabeza y comenzó a lanzar prendas de abrigo sobre la cama.
Naruto se había metido en el baño. Sasuke escuchó el correr del agua a sus espaldas, escogió varias piezas de ropa y guardó las restantes. Buscó unas botas semejantes a las suyas y se sentó sobre el colchón a esperar a que el rubio terminase su ducha.
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Entre nubes de jabonoso vapor de agua, apoyado contra la pared de azulejos, el Uzumaki tenía la mirada clavada entre sus piernas.
Vaya.
El frío tampoco podía con él, después de todo. Al levantarse, creyó que sí; pero era probable que la falta de erección matutina se debiese más a la preocupación por Sasuke, que a la temperatura del ambiente. Y ahora, con aquel calorcillo a su alrededor y el relax tras la reconciliación con su amigo, pues…
Sus prioridades a partir de los doce años se habían centrado más en Sasuke que en el sexo, y sus sueños húmedos habían girado fundamentalmente alrededor de Sakura-chan.
Hasta que una noche reveladora había cambiado por entero su concepción del sexo y del enamoramiento.
Quería muchísimo a Sakura; era su mejor amiga, la adoraba, y sabía que ella sentía lo mismo. La cuestión era que, siendo honesto, la había desconectado de cualquier interés sexual hacía tiempo. Desde lo sucedido con Gaara en su apartamento.
El amor no era controlable. El sexo menos aún. Lo que a uno le excitaba, lo que a uno le hacía arder, no se podía imponer.
En fin. Había que aplacar como fuese aquella erección intempestiva. Lo cual implicaba llevar a cabo una actividad que llevaba más de dos semanas sin practicar. Cuando sus necesidades corporales le martirizaban, siempre se desahogaba en soledad. La idea de proponerle a Sakura que le ayudase, era en sí misma un atentado contra la integridad física. Y no estaba interesado en ninguna otra mujer.
Ni en ningún hombre. Por eso había sido tan increíble la noche en la que Gaara y él…
No, no, no. No quería pensar en el pelirrojo ahora.
Oh, mierda.
Aquello no bajaba. Tantas emociones concentradas tenían que descargarse por algún sitio. Nunca mejor dicho.
Claro que el impaciente Sasuke, que aguardaba al otro lado de la puerta del baño, era un hándicap. Se arriesgaba a que el moreno le cortase el rollo a berrido limpio desde su cuarto.
Lo malo es que la cosa empeoraba por momentos.
Bueno, Uzumaki, se dijo. Cuando hay que hacer algo, hay que hacerlo.
Mordiéndose los labios para evitar cualquier gemido delator al fino oído Uchiha, comenzó a acariciarse lentamente y su cuerpo respondió obediente a la llamada. Buscó imágenes que pudieran inspirar su libido y adelantar la faena, pero no acostumbraba a necesitar recursos tan complicados para masturbarse. Solía estar tan caliente que se limitaba a estimularse con el contacto de su mano y, tras una agitación vigorosa de pocos minutos, a correrse sin aspavientos.
Así había sido hasta Gaara.
Otra vez mierda. En lugar de excitarle, el recuerdo le estaba desconcentrando.
Arriba y abajo, los dedos amasaban y masajeaban la dureza bajo la suave piel. Apretando, soltando. Apretando con más y más fuerza. Más velocidad. Deslizando el pulgar sobre la punta, restañando las gotas que poco a poco asomaban por la delicada ranura.
Más rápido.
Calor. La humedad condensada le bajaba por la espalda, el pecho, el vientre…
Más rápido.
Un cuerpo tenso apretado contra su costado. La dureza frotándose en su pierna. Se frotaba, se frotaba…
Más rápido.
Más… rápido…
Más… ah…
—¿Te has ahogado ahí o qué? ¡Llevas más de media hora! ¿Se puede saber qué cojones estás…? ¡OH, JODER!
No.
Joder no.
Imaginar que lo hacía.
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—Oye, Sasuke, yo…
—No me hables.
—Pero es que yo…
—Que no me hables, te digo.
Una hora después del vergonzoso percance del baño, dos figuras de negro envueltas en capas grises avanzaban por un callejón detrás de una hilera de silenciosas almas, tan abrigadas como ellos, en dirección a uno de los túneles subterráneos de la Ciudad. Cientos de metros más abajo, grandes vehículos sobre raíles transportaban a los habitantes hacia sus lugares de trabajo.
En la boca del túnel, un cartel blanco rezaba: "Distrito cuatro".
—La culpa fue tuya. Entraste en el baño hecho una fiera, sin llamar a la puerta —murmuró el rubio.
—Así que la culpa es mía. Esto es increíble…
—Yo no me meto a traición en las duchas ajenas para ver cómo otro tío se hace una paja.
—Afortunadamente intuí más que ver, pero fue suficiente. Si aún pudiese introducirme en tu mente, al salir estaría cubierto de babas.
—¡Teme! Te repito que la culpa no fue…
—¡Cállate ya! Por mí, zanjado el tema. Haremos como si no hubiese ocurrido. Ahora céntrate en no caer de culo en la nieve y no te separes de mí. Con tanta gente es fácil perderse.
—Vaaaaaale…
Qué espanto de ciudad, pensó el rubio, aburrido tras otro largo rato. Igual de fea de día que de noche.
No se divisaban las cimas de los edificios, cubiertos por las nubes; el suelo estaba helado; el aire flotaba húmedo y espeso; y todo a su alrededor era de color blanco, negro o diversas tonalidades ceniza. Encima, le costaba un triunfo andar con aquellas botas, a diferencia del Uchiha que se movía por las superficies resbaladizas con la misma agilidad que si caminase por el suelo de su cocina.
Naruto gruñó para sí, mientras el alma de una señora tamaño mamut le daba codazos en los riñones, intentando colárseles en la larguísima fila de almas que esperaban entrar en el túnel.
La capucha de la capa peluda también era un estorbo tremendo. O la cerraba y no veía bien por donde caminaba, o la abría y le entraba el viento helado por rincones de su cuerpo en los que jamás hubiese supuesto que habría agujeros. Escupió unos cuantos pelos de bicho y dio un tirón a la capa del moreno a su lado.
—¿Cuánto más vamos a tardar en entrar y meternos en ese maldito tren? Hace media hora que estamos aquí de pie, pasando frío.
—Ya falta poco, no seas quejica usuratonkachi.
Naruto se tapó la boca con la capa para poder sonreír y que no se le partiese la cabeza por la mitad. En cada ocasión en que escuchaba uno de sus antiguos insultos de Sasuke, se obligaba a reprimir el impulso feroz de echarle los brazos al cuello y darle otro abrazo como el de la noche anterior.
Y hablando de eso…
—Eh… ¡Eh! Espabila, es nuestro turno.
Sasuke agitaba la palma abierta delante de los ojos perdidos de Naruto. Era hora de atravesar la puerta de entrada y meterse en un ascensor que los llevaría al andén subterráneo. Ambos corrieron para alcanzar una de las cabinas, antes de que las puertas se cerrasen.
Ya en el interior, apretujados hasta completar las cincuenta almas de capacidad, Naruto se inclinó hacia su amigo y le dijo al oído:
—No me acuerdo de cómo llegué a la cama ayer. Creo que me dormí debajo de ti después de que rodáramos por el suelo. ¿Me llevaste en brazos a mi alcoba como si fuese una princesa?
El moreno rebufó bajo su largo flequillo.
—Eh, Sasuke. ¿Me has oído?
—¡Sí! ¡Claro que te he oído! ¡Yo y todo el ascensor! ¡¿Es que nunca eres consciente de que tu voz no sabe susurrar?!
En efecto. Cada alma criminal de mediana capacidad auditiva, comprimida en aquel ascensor, había oído nítidamente el comentario del rubio. Cuarenta y ocho ceños mostraron, por etapas, un asombro escandalizado.
Confirmado. No era su día.
Dentro del vagón, se sentaron en un banco de dos plazas, y se quitaron la capa y los guantes. En el interior del tren no había calefacción, pero una temperatura de diez o doce grados bajo cero en la superficie era un gran incentivo para desvestirse un poco.
El traqueteo del tren era hipnótico y el trayecto hasta su primer destino bastante largo. Al cabo de un buen rato, Naruto dormitaba sobre el hombro del Uchiha.
Sasuke contempló a aquel chico rebelde e intenso que babeaba su jersey. Sus ojos siguieron fijos en él durante veinte estaciones más. Cuando se cansó de mirar a Naruto, cerró los ojos.
Les esperaba un día muy largo.
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Pensaba que no podía sorprenderse más. Y resulta que sí podía.
Delante de ellos, sobre una otomana de cuero rojo, se recostaba una mujer. Bueno, al menos actualmente lo era. Por el tono aflautado de su voz, quizá en vida hubiese sido otra cosa. Pero tenía más curvas que su Sexy no Jutsu, por lo tanto, le otorgaba el beneficio de la duda.
—Qué mascota tan linda has traído hoy, Sasuke-kun. ¿Cómo se llama?
¿Sasuke-kun?
Habían cruzado medio distrito cuatro, para bajarse en una estación abarrotada. Tomaron otro ascensor y salieron al exterior, a una zona extensísima de casas bajas de madera, con su tejado curvado a dos aguas, blanco por la nieve. Las pequeñas puertas se hallaban pintadas de rojo, cada una con un letrero colgando del alero. Los alegres colorines de los carteles y de las puertas herían la retina entre tanta blancura circundante; no había que ser adivino para saber a qué clase de negocio se dedicaban. Y si no, los letreros ya se encargaban de indicar con precisión las diversas ofertas que esperaban al visitante, si se animaba a entrar.
Eso hicieron. Sasuke sabía bien dónde iba, y Naruto simplemente lo siguió.
Seda plateada por aquí, muebles lacados y tapizados en rojo y negro por allá; la decoración de aquel burdel no difería mucho de las que conocía. En ocasiones, Jiraiya olvidaba enviar al niño a la posada antes de entrar en el local de turno a dejarse querer por rubias de exuberantes pectorales. En el minuto en que el mayor tardaba en darse cuenta de su descuido, el pequeño Naruto ya había explorado todos los rincones más o menos honorables del antro, y era achuchado maternalmente por bellas mujeres con debilidad por sus impresionantes ojos azules.
—Soy Naruto. Su nuevo compañero… creo —le dijo a la mujer de la otomana.
El maquillaje verde y dorado pestañeó.
—Oh, pues bienvenido, cielo. Yo soy 7894510948.
Naruto se había quedado de piedra.
—¿Eres un… una… Número?
—¿Número? —La mujer volvió a parpadear.
—Déjala en paz, Naruto —intervino Sasuke—. Necesito hablar contigo, Siete. En privado —dijo, girándose hacia el rubio—. ¿Podrás quedarte quietecito diez minutos, sin causar una hecatombe?
—Signifique lo que signifique eso… sí.
Naruto buscó con los ojos una silla aterciopelada, y se dispuso a sentarse tranquilamente a esperar a su amigo. Más vergüenza no, ya era suficiente por hoy.
Sasuke y la morena desaparecieron detrás de una cortina de cuentas doradas y Naruto resopló. Si el otro tardaba mucho, siempre podía echarse una siestecita rápida. No llevaba encima nada de valor y tampoco es que le fuesen a robar. En el Infierno se obtenía lo que se quería, pidiéndolo. Lo había escuchado de labios de Sasuke.
Eso le hizo meditar más.
Si en el Infierno le facilitaban a todo el mundo lo que quería, ¿qué harían en el Paraíso? ¿Darte lo que "creían que deberías querer", y no lo que "querías" realmente? En caso de que tuviese razón, habría que replantearse seriamente eso de hacer el Bien… ¿no?
Ensimismado en sus profundas disquisiciones teológicas, no oyó cómo una figura de largo cabello y piel blanca como porcelana se aproximaba silenciosamente y se situaba de pie frente a él.
—¿Naruto?
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Sasuke había terminado sus gestiones y se encaminaba hacia la habitación donde había abandonado a Naruto. Tal y como sospechaba, del rubio no había ni rastro. Maldijo, blasfemó y vertió cuanto insulto pudo recordar de su infancia, pero eso no iba a hacer que lo localizase más deprisa.
—Siete, ayúdame a buscar a Naruto. Ese anormal debe haber encontrado a Haku.
