Capítulo IV. La pesadilla
Haku había sido el origen del singular camino ninja de Naruto.
Delante de su tumba y de la de Zabuza, enunció por vez primera los principios que gobernarían su vida: no rendirse, no ser instrumento de nadie y no abandonar a un amigo. Ahora aquel chico continuaba aparentando quince años y trabajaba en un prostíbulo. Se vendía y se dejaba hacer, con tal de pasar una noche sin pesadillas. Accedía a cuanto le pedían, a cambio de un poco de paz.
Igual que Sasuke.
Tras erguirse de la silla, Naruto fijó sus ojos en la fina silueta vestida de rosa pálido. La genética había terminado triunfando y el hijo del cuarto Hokage ya sobrepasaba el metro ochenta de estatura. De pie frente a él, Haku le parecía muy menudo. E inocente.
—¡¿Qué diablos haces aquí?! ¡No deberías estar aquí! —chilló.
El joven no se inmutó.
—Maté a muchas personas, Naruto-kun —respondió dulcemente.
—¡No me refiero a eso! ¡¿Por qué trabajas aquí?!
—Yo…
La cara tostada sufrió una mutación abrupta y las finas líneas de sus mejillas se contrajeron en una máscara de ira que pocos habían tenido la desgracia de contemplar. Sin embargo, su voz sonó precisa y acerada al interrumpir al chico:
—¿Quién te obligó?
—Naruto-kun, tranquilízate.
—Estoy tranquilo —aseguró el mayor con la mandíbula rígida—. Nos largamos. Si alguno de esos putos Números o "Númeras" trata de impedirlo, saldrá rodando por delante de nosotros de una patada en la boca.
Cogió a Haku del brazo del mismo modo que había hecho con Sasuke esa mañana. El chico siguió dócilmente al resuelto Uzumaki por los pasillos hasta la salida. Pero al pasar bajo el dintel y pisar la nieve sucia de la entrada, Naruto se percató de que no habían recogido capas o abrigos. Consideraba entrar a por ellos, cuando retuvo su atención un pequeño carro de mano, cubierto con un toldo rojo y lleno de cajas de cartón, apoyado contra el muro junto a la puerta.
—Es mío —sonrió Haku, a quien el gélido clima no daba señales de incomodar.
El rostro andrógino de rasgos delicados, la piel de leche, las espesas pestañas y el pelo castaño suelto sobre los hombros lo convertían en la imagen de la belleza absoluta. Naruto tragó saliva. Únicamente las sonrisas sinceras de Sasuke, borradas para siempre de su boca por la fatalidad y el destino, osaban compararse a las de aquel adolescente.
—¿Es Sasuke-kun la razón por la que vino a parar al Infierno el hombre que menos lo merecería de cuantos he conocido? —añadió el chico, aproximándose al carrito para deshacer los nudos de las cuerdas que sujetaban las cajas.
—Has acertado, pero no estoy muerto. Nadie me atormenta —Naruto vaciló un par de segundos—, salvo a la hora de comer. No sufro pesadillas y no se me obliga a prostituirme. Y si supones que por cambiar de conversación permitiré que se sigan aprovechando de ti, estás equivoc…
—Cállate ya, dobe, no montes más drama —le cortó una voz grave desde atrás—. Haku no trabaja en lo que imaginas, viene a traer la comida.
Naruto miró a la izquierda y descubrió a su amigo sobre el escalón de entrada, flanqueado por la pintarrajeada dueña del burdel. No obstante, no estaba para bromas mientras alguien no se explicase:
—¿Sólo eso? —preguntó, receloso.
—Sí —respondió a su derecha el más joven, al tiempo que acomodaba unas cajas bajo sus brazos—. Hago el reparto para una casa de comidas y este local está en mi ruta.
—Haku —murmuró el rubio—. ¿Has encontrado a Zabuza?
Naruto ladeó el cuello hacia la puerta de entrada. Los ojos de los nacidos en Konoha se conectaron en una mirada cargada de significado.
¿Y tú, Sasuke?
¿Te has resignado a no volver a ver a Itachi?
No esperaba respuesta, no de Sasuke. Regresó la vista al joven vestido de rosa.
—Zabuza-san es el encargado de los puestos de esta zona —contestó Haku sonriendo—. Ya no tengo pesadillas: él aceptó asumirlas por mí. Cuando cae la noche y le acosan los demonios del pasado, le abrazo muy fuerte y le aprieto contra mi cuerpo hasta que logro que se vayan. Regresarán, pero no importa. En el Infierno soy inmensamente más feliz de lo que lo fui en la Tierra. Lo mismo que Zabuza-san.
"Ahora tengo que dejarte, cientos de almas hambrientas me esperan. Me ha alegrado hablar contigo; hasta pronto, Naruto-kun."
Su bellísima sonrisa desapareció con paso grácil en el interior de la casa.
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—Lo siento, Sasuke. Hice mucho el ridículo, ¿verdad?
—No especialmente. En todo caso, no más de lo habitual y tenías cierta justificación.
—Gracias por la amabilidad, teme —ironizó Naruto, acelerando para llegar a la altura del otro.
El local de Siete se dedicaba a complacer a los interesados en seres de sexo controvertido o dudoso, motivo por el que Naruto pensó que Haku formaba parte de la plantilla. Ahora los ninjas se encontraban ante la puerta de un lupanar de muy diferente temática: las principales ofertas del elegante edificio de piedra clara se centraban en los masajes relajantes y en el disfrute de sus aguas termales.
En el descansillo, cedieron sus capas, corazas y botas, y se calzaron unas zapatillas al estilo japonés. Apenas llegaron a la recepción, Naruto salió disparado ante la sorpresa del moreno. Justo enfrente, una corredera se abría a una enorme zona de baños minerales cubierta por paneles de cristal. Naruto no salió: se quedó absorto, con el antebrazo apoyado en el marco de la cristalera, contemplando a un grupo de mujeres desnudas que deambulaban con mojada sensualidad entre las orillas rocosas.
—¡Corre, ven a ver esto, Sasuke! —le hizo señas al otro para que se aproximase—. Me encantaría estar dentro de una de ésas.
Dos cejas compusieron un delgado trazo negro.
—¿Cómo?
—¿Y yo tengo la mente llena de babas? —rió Naruto por encima del hombro, sin distraerse de la celestial visión—. Me refiero a las pozas termales, malpensado.
El moreno anduvo en dirección la corredera con paso digno, aunque más apresurado de lo que querría admitir. Desde su última visita, se había instalado una cubierta transparente en el área de los baños mixtos. Hombro con hombro, observaron la extensión de pozas humeantes. Unas personas tomaban un cálido baño; otras charlaban sentadas o tumbadas; y bastantes se entretenían más o menos discretamente en menesteres íntimos y ocultos bajo el agua.
—¿Sasuke-kun? —inquirió una voz esperanzada.
Naruto hizo una mueca. Vivo o muerto, mueve el flequillo ante cualquier tía y se le caen las bragas. El Uchiha seguía siendo tan popular entre las féminas que habitaban el Infierno como lo había sido entre las demás.
Delante del mostrador, aguardaba una alta pelirroja. Su pelo velaba un ojo aguamarina. Naruto inspiró profundo; de no ser por la falta de un tatuaje en la frente, y porque le sobraban un par de cejas y un par de tetas, habría pasado por hermana gemela de Gaara.
Sintió un vacío desagradable en el estómago. ¿Dónde se encontraría a esas horas el Kazekage de Suna? Lo echaba de menos. ¿Estaría pensando en él también?
—Hola, Naruto —saludaba la mujer. El rubio dedujo que, en tanto él se abstraía, el Infierno había seguido girando—. Soy 2554355254825890.
—Hola, Dos. Qué sitio más bonito, ¿es tuyo?
—¿Dos?
—Naruto, las iniciativas no son tu fuerte. No las tengas —refunfuñó Sasuke—. Le he pedido a 2554355254825890 una piscina privada para ti. Vas a esperarme allí metido, sin ocasionar jaleos ni problemas, ¿lo has comprendido?
—Sí.
Fueron conducidos por la mujer pelirroja hasta una sala vacía. En el suelo de roca grisácea, una poza de contorno irregular desprendía su calorcillo tentador. A Naruto le entraron unas ganas locas de arrojarse dentro con ropa y todo.
—Quietecito y tranquilo. Hazme caso —advirtió Sasuke apuntándole con un dedo—. La más mínima desobediencia y un esqueleto gigante en mi cabeza te parecerá una fiesta.
Naruto se quedó en compañía de una toalla, sales de baño, jabones de mil olores y una camilla de finalidad desconocida, plegada contra una pared. En dos minutos, se desnudó y se zambulló en el agua. La poza estaba a la temperatura ideal y escondía burbujas cosquillosas, apropiadas para según qué utilidades; pero el rubio sólo quería descansar y relajarse. Estiró los flexibles músculos de su espalda contra el borde, entrecruzó los dedos tras la nuca y soltó un prolongado gemido de satisfacción.
A dos pestañeos de cerrar los ojos, la puerta se abrió de par en par. Los párpados del rubio hicieron lo mismo y giró el cuello para presenciar el desfile de tres impresionantes mujeres con diminutos albornoces y risitas maliciosas. Naruto miró mucho y se arredró poco. Ni un regimiento de preciosidades en cueros vivos le apartaría ese día de su acogedora agua caliente.
Una de las chicas se arrimó a la pared para colocar la camilla misteriosa en horizontal y desplegarla con ayuda de sus compañeras. Naruto bajó los brazos y siguió atento a lo que pudiese pasar. La camilla fue armada y la tercera de las chicas montó un trípode con una bandeja. Sobre ella extendió una colección de instrumentos que causaron estremecimientos en el rubio: dildos y vibradores de dolorosas o placenteras dimensiones; bolas lisas y rugosas unidas por cordones; anillos pequeños y grandes; y unas finas barras metálicas curvadas en formas caprichosas, que Naruto no quiso suponer para qué servirían (aunque lo hizo). El muestrario iba aderezado con frascos coloreados de aceites, lubricantes y sustancias varias.
La mujer sacaba cosas de la caja que había traído consigo como un prestidigitador extraería conejos de su chistera.
—¿Qué queréis? —se atrevió a preguntar el rubio.
—Darte un masaje mientras esperas a Sasuke-kun —respondió la que había abierto la camilla—. 782942947 usará las manos, 593748937 utilizará sus pechos, y yo… —La que hablaba se pasó la lengua por los labios rojo cereza, para dar mayor peso a sus argumentos—. 2554355254825890 afirmó que tenías aspecto de ser muy resistente. ¿Lo eres, Naruto-kun?
Naruto ponderó la idea de aceptar el masaje colectivo; sólo un masaje, en principio. Mas la horrible imagen de la cara avinagrada del Uchiha frustró sus planes perversos. Temía que en cuanto le viese, le arrancase de cuajo lo que tanto deseaba ser masajeado. Por otra parte, el rubio aún no había estado con una mujer. A sus veinticuatro años, no estimaba adecuado estrenarse con una puta, por experta y guapísima que fuese.
Un masaje inocente no hace daño a nadie, insistieron sus contrariadas hormonas. La tentativa de descarga, interrumpida esa mañana, le había dejado con un dolorcillo de huevos que…
—Daos la vuelta, por favor.
Las chicas rieron, pero no obedecieron el mandato.
—Venga, sed buenecitas. Hasta que no lo hagáis, no voy a salir.
A regañadientes, le fueron dando la espalda, una a una. Cuando le mostraron sus culos prietos, se levantó a peso desde el borde de la poza.
Y he ahí que la puerta volvió a abrirse y un asombrado Sasuke se dio de bruces con el espléndido ejemplar masculino, dorado y empapado, que tendía una mano hacia el colgador de la toalla. El exabrupto que soltó el moreno hizo que las tres mujeres se girasen sincopadas para hallar a Naruto frente a ellas en toda su gloriosa y espléndida desnudez. La cuarta en discordia fue la pelirroja que entraba detrás de Sasuke. En el ambiente de desconcierto general, aprovechó para dar un delicioso paseo a sus ojos verdeazulados por la musculada silueta que goteaba sobre las losas.
Paralizado en un inicio, Naruto reaccionó escondiéndose detrás de Sasuke, que al notar las manos mojadas sobre sus hombros pegó un brinco y se apartó. El desprotegido Uzumaki correteó entonces hasta su toalla y acabó de envolverse en ella, resoplando de indignación.
—Hum —comentó pensativa la pelirroja—. Ahora entiendo por qué me pedías que disculpase a tu amigo por no tener neuronas, Sasuke-kun. Su feto estuvo atareado fabricando células para otro de sus órganos.
La tez del rubio adquirió una furiosa tonalidad rojiza, al oír la grosera alabanza a sus dimensiones masculinas.
—¡Fuera! ¡Todos fuera! —ordenó Sasuke, imperioso. Había finalizado antes de lo previsto y no soñó encontrarse a Naruto en pelota picada, entablando negociaciones para participar en una orgía.
Al ver que el muy idiota también se escabullía de puntillas hacia la puerta, su paciencia se colmó.
—¡¿Dónde vas, usuratonkachi?! —bramó—. ¡Dobe, no te estaba hablando a ti!
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—Lo siento, Sasuke —aseguraba un cabizbajo Naruto—. Pero quien más vergüenza pasó fui yo, que conste.
—Has gastado tus "lo siento, Sasuke" de hoy. Reserva unos cuantos para mañana, estoy convencido de que volverás a necesitarlos.
—Me he estado preguntando otra cosa. ¿Crees que los Números oyen lo que hablamos?
—No. Ya te expliqué que en el interior de la muralla no se puede usar el chakra ni poderes especiales.
—Es que desde que llegué tengo la impresión de que hay gente que escucha nuestras conversaciones y se parte el culo de risa. Qué raro, ¿no?
Hicieron un alto para almorzar en uno de los puestos de comida rápida desperdigados por la ciudad. Más tarde, continuaron visitando nuevos prostíbulos dedicados al juego, a los fetichistas de los pies, a los moteros peludos y a las mujeres bien dotadas, respectivamente. La nostalgia invadió al Uzumaki en éste último, al recordarle a su añorado maestro Jiraiya.
La jornada transcurrió sin contratiempos, el esquema de la mañana se reprodujo a lo largo de la tarde: llegaban al burdel de turno, el policía se esfumaba, Naruto lo esperaba, y salían rumbo a su siguiente parada. Sasuke empleaba su metódica personalidad para convertir en rutinario un trabajo que en la ficción solía ser una combinación electrizante de carreras, peleas y asesinatos misteriosos. No se había atrevido a sonsacarle acerca del objeto de sus investigaciones, porque el humor Uchiha había ido empeorando gradualmente, conforme se oscurecía el cielo.
Al abandonar el último local, era noche cerrada y caían algunos copos de nieve. En una hora se aplicaría el toque de queda y estaba prohibido caminar por las calles a menos que tuvieses un permiso especial. El tren subterráneo los trasladó hasta la parada más próxima a su edificio.
Entraron en casa y Sasuke expulsó una especie de gemido-siseo-suspiro de alivio, que a Naruto se le antojó muy gracioso.
—No tengo apetito ni ganas de hablar. Lo que te pueda hacer falta estará por ahí… —sacudió la mano en un gesto vago, arrastrando los pies hacia su cuarto—. Búscalo y no fastidies. Quiero olvidar tu existencia hasta mañana.
Naruto hincho los carrillos de aire, en el característico puchero infantil que hacía años que no usaba. Increíblemente, tampoco tenía hambre. Bebió un vaso de leche desnatada con color (y sabor) de agua turbia y se fue a su habitación. Su soñoliento propósito era lavarse y acostarse lo antes posible. Se encontraba rendido, probablemente por la ausencia de chakra. Cada acción, sensación y descubrimiento del día le pasaba factura.
Apoyó la cabecita rubia en la almohada y sus párpados se abalanzaron unos sobre otros como imantados. Se enroscó para estar más caliente y nadó con fuertes brazadas hacia las aguas del sueño profundo.
De las que emergió repentinamente sin saber por qué.
Un segundo después, Sasuke estaba gritando.
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Naruto no pensó, desconectó su cerebro y autorizó a su cuerpo a tomar las riendas. Sintió que debía ir hacia Sasuke.
Sasuke le necesitaba, Sasuke estallaba en su cabeza.
Sasuke, Sasuke, Sasuke.
Gritando.
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Irrumpió como una tromba en la oscuridad. Las velas eran el único recurso que el dueño de la casa toleraba para iluminar su cuarto, pero no se detuvo a buscarlas. Hasta que se le acostumbraron las pupilas, fue guiado por los sonidos del Uchiha revolviéndose en la cama.
Avanzó, cuidadoso. La luz del pasillo a través de las rendijas entre el marco y la puerta le permitió localizar la silueta agitándose sobre el colchón. De cara a la pared, el torso desnudo emitía rítmicos ruidos guturales. Naruto inclinó la barbilla, al notar que su pie chocaba con algo en el suelo. Le había propinado un puntapié a una vela que sobresalía de una palmatoria. Se puso en cuclillas, cogió una caja de cerillas que había al lado y encendió la mecha. Posó la vela a una distancia considerable de la cama, cayó de rodillas junto al colchón y comenzó a dar suaves empujones al cuerpo yacente.
El siguiente alarido, ahora muy próximo a sus oídos, hizo que a que a Naruto le diese un vuelco el corazón y le doliese la raíz de los dientes.
—Sasuke, despierta.
Eran sueños y eran reales. La auténtica naturaleza del Infierno y del castigo eterno de Sasuke. En el instante en que su aullido expresó un dolor y un sufrimiento extremos, y rompió a llorar desconsolado, Naruto no aguantó más. Le dio otro fuerte empujón y se introdujo bajo la manta, adhiriendo el pecho a la espalda de su amigo y ciñendo el cuerpo helado contra él.
—Sasuke —repitió como un mantra—. Sasuke, Sasuke… Despierta.
El durmiente abrió los ojos. El impetuoso asalto le había hecho salir despedido a patadas de su tortuoso sueño para aterrizar de golpe en la oscuridad de su habitación
—¿Naruto? —preguntó alarmado. Se sentía sujeto por unos fortísimos brazos y piernas que impedían sus movimientos.
—Date la vuelta.
Sasuke se encaró con Naruto, que sólo consintió en separarse lo imprescindible pero no lo soltó. Gracias al reflejo de la luz del pasillo, pudo ver que su rostro brillaba pálido. Los ojos húmedos le miraron enormes y asustados.
—Fue… tenía… una pesadilla. No es nada —musitó.
—Oh, Sasuke… —se compadeció el rubio—. ¿Cómo que no?
Sasuke no opuso resistencia a que Naruto volviese a apretujarlo cual sapo de peluche. Reposó la cara en el hueco de su clavícula igual que la noche anterior. El Uzumaki era una almohada muy mullida. Se preguntó quién se había molestado en modelar en Naruto una concavidad con la forma exacta de su cabeza.
La sonrisa de Sasuke, riéndose internamente de sí mismo por su estúpida reflexión, había sido inapreciable. Su boca se ensanchó milésimas de milímetro a cada lado. Pero Naruto la percibió, quizá la adivinó, y se le infló el tórax de un sentimiento que no le cabía dentro, llenándole más que el aire.
Le abrazo muy fuerte y le aprieto contra mi cuerpo hasta que logro que se vayan, había dicho Haku. El futuro Hokage de Konoha espantaría a los demonios de Sasuke de sus sueños. Los pisotearía, los aplastaría y los aniquilaría. No quedarían de ellos más que los cuernos y el rabo.
Ah. Y las gafas.
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Estuvieron mucho tiempo abrazados en tibia calma, normalizando sus respiraciones. Sasuke recordaba a Naruto veinticuatro horas antes: dormido bajo su cuerpo tras ser vapuleado por sus puños, la expresión sosegada, el pelo desordenado sobre la frente, y un hilillo de sangre en una de sus fosas nasales y en la comisura de los labios. Se había levantado para ir al baño a por una toalla húmeda con la que limpiarlo. A pesar que el de ojos azules le superaba unos centímetros en estatura, sus complexiones eran similares. Confirmando su intuición del ascensor, la princesita rubia había sido depositada en el lecho de su alcoba por el atlético moreno.
Mientras tanto, Naruto disfrutaba del dulce contacto; durante todo el día había querido volver a abrazar así al arisco Sasuke. La felicidad le hizo renovar el entusiasmo y apretó más fuerte.
—Me asfixio —se oyó desde las profundidades de la cama.
—Escaparás —aseveró el estrangulador con convencimiento—. Si yo soy capaz de respirar, tú también.
—No. Me has hundido el tabique nasal contra tus costillas. Me ahogaré.
—Bah… Tonterías. Estás muerto, teme, el ansia de respirar es una manía de tu imaginación; imagina que no necesitas respirar y asunto arreglado… —sentenció el rubio.
—Me niego a morir dos veces por tu causa. No escaparé más: suéltame.
—¿Quién piensa eso, baka? —mintió Naruto con un temblor en la voz.
Jamás se le quitaría ese miedo. Nunca en la vida. Y Sasuke lo sabía.
—Sólo un poco, Naruto —pidió el Uchiha, con una suavidad inaudita en él.
De pésima gana, consintió en abrir un poco el círculo de sus brazos y unos tiesos mechones negros asomaron por el borde del cobertor y aspiraron todo el oxígeno de la habitación de una sola bocanada.
—Jo, sí que era cierto… Me he sentido como si me besase un huracán. Oye, tu cama es una mierda, ¿por qué no te vienes a la mía? Si tienes más pesadillas, podré despertarte y achucharte enseguida.
Sasuke emitió un gruñido avergonzado y orgulloso, como sólo él sabía hacer, pero no se movió.
—Hoy pase, pero me niego a dormir contigo por norma. Hasta ahí podíamos llegar.
—No comprendo por qué no. En mi apartamento de Konoha, Gaara…
La frase quedó colgando a la mitad. Si hubiese sido un fideo de ramen, el Uzumaki lo habría sorbido hacia el interior de su boca a la velocidad de una técnica de rayo.
Pero, ¿en qué cojones estaba pensando? He estado a punto de contarle a Sasuke lo de Gaara. Menos mal que no es de los que se interesan por la vida sexual ajena, que si no…
—¿Gaara? —escuchó contra su cuello.
Los humanos eligen siempre el peor de los momentos para modificar su conducta natural.
—Sí… Es que cuando va a Kohoha en visita oficial se queda en mi casa.
Era cierto. Tampoco había necesidad de mentir.
—Ah.
Silencio.
—Y dormís los dos en tu cama —completó el Uchiha en tono neutro.
—Hasta hace unos meses sí. Ahora nos turnamos para ocupar un futón.
—¿Qué ocurrió? ¿Trataste de asfixiarlo, como a mí?
—Ehhh… no. Acordamos que era lo mejor.
Naruto rememoró aquella noche. Lo bueno y lo malo. Y sus calientes memorias trajeron calientes consecuencias. La sangre desalojada por la fuerza de su entrepierna esa mañana clamaba justicia. Más temprano que tarde tendría que desahogarse y el cuerpo duro y suave, comprimido contra el suyo en todas las formas posibles, no estaba ayudando a la causa precisamente.
Sus esperanzas se desvanecieron cuando su corazón ignoró las órdenes expresas y se puso a latir entusiasta bajo su cintura.
Sasuke notó que, de improviso, el otro se alejaba de él y se giraba hacia extremo de la cama. El moreno se apoyó en un codo y elevó el mentón para mirar por encima de su costado, aunque no viese gran cosa.
—¿Cuál es el problema?
—Ninguno. —El rubio se sentó al borde del colchón y luego se levantó—. Voy al baño.
—¿Tardarás mucho? —Naruto le echó un vistazo de reojo, francamente sorprendido por la escatológica pregunta—. Digo… por si me duermo antes de que vuelvas —aclaró el Uchiha, sin saber bien por qué.
—Un… poco.
Naruto caminó hacia la pequeña puerta que comunicaba el cuarto con el baño adyacente. Iba a entrar y escuchó otra vez al moreno.
—¿Qué te pasa, Naruto? Tiene que ver con Gaara, ¿verdad?
—Sí.
—¿No vas a contármelo? —hubo un tenue matiz de decepción en la voz. Naruto cerró los ojos. Decepcionar a Sasuke era una de sus pesadillas personales, y más ahora que lo estaba recuperando. Finalmente decidió sincerarse con su amigo:
—Muy bien, tú lo has querido: la verdad y nada más que la verdad. Al acordarme de Gaara mientras te abrazaba tan fuerte, me he empalmado. Iba al baño para solucionarlo con discreción y que no te dieses cuenta.
Apretó los dientes y arrugó los ojos, previendo que sonarían las campanas del Juicio Final y Sasuke vendría por detrás a rebanarle el pescuezo con un sable de hoja ancha, llamándole pervertido, salido, guarro y enfermo mental.
No sucedió. Separó las pestañas lentamente, desconfiado, hasta que sus ojos recuperaron el tamaño normal. Se dio la vuelta y miró directamente al moreno, que estaba sentado en la cama y le estudiaba con una expresión inquisidora que no le había conocido jamás.
—¿Te has empalmado por acordarte de Gaara o por abrazarme a mí?
A Naruto casi le caen los ojos de las órbitas. Estaba atónito. Sasuke nunca le había hecho interrogatorios personales de ese tipo, ni a él ni a nadie.
—Yo… Da igual. Puedo aguantarme, vamos a dormir.
Se acercó a la cama y se introdujo bajo la manta, pero no tocó más al otro. Permaneció boca arriba, leyendo los posos de su futuro en el techo.
—¿Tú qué? ¡¿Qué?! —gritó Sasuke en su oreja—. No dejes las cosas a medias. ¡Termina o no hables, joder!
—No te enfades tanto, por favor. No merece la pena.
—¡No estoy enfadado!
—Sí lo estás.
—¡Te digo que no!
—Vale. Te lo cuento, pero no me grites más.
Se arrepentiría, estaba seguro, sin embargo ya no había marcha atrás.
Y Naruto comenzó a hablar.
