Capítulo V. La piel

Konoha resucitaba. Transcurridos varios años desde el término de la Cuarta Guerra Ninja, la aldea florecía igual que los cerezos de primavera.

La vida seguía su curso, pero Naruto había quedado congelado en el tiempo. Esperaba a un hombre que ya no regresaría, porque estaba allí. Sasuke le había salvado, y le había abandonado una vez más.

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La tumba era muy sencilla: una estilizada losa de diorita sobresalía orgullosa entre la hierba, mostrando el símbolo Uchiha grabado sobre su oscura y pulida superficie. Naruto acudía al cementerio a diario, se sentaba de piernas cruzadas delante de la hermosa piedra y le hablaba.

Aquella tarde, por ejemplo, le contó su opinión sobre el anómalo comportamiento de sus compañeros del antiguo equipo siete. La amistad entre Sai y el Uzumaki era llana y abierta, pese a las limitaciones que imponía la especial naturaleza del ambu y el vivo carácter del rubio; sin embargo, los entresijos del vínculo que mantenían el pintor y la kunoichi de ojos verdes resultaban incomprensibles para Naruto. Hacía un mes, habría jurado que estaban más unidos que nunca. Pero ahora Sakura se encolerizaba continuamente por algo misterioso que Sai hacía… o no hacía. Apenas una hora antes, Naruto los había divisado frente a la pared trasera del nuevo Hospital de la Hoja, discutiendo airadamente.

Ya había ocurrido un hecho similar estando él presente, y lo más desconcertante era la actitud de Sai, no la de Sakura. En lugar de seguirle la corriente, disculpándose y parpadeando inocentemente para evitar ser fragmentado en diminutos pedacitos por la aplicada alumna de Tsunade, el anbu reaccionaba enfadándose también. Naruto desconocía el motivo de esta disputa en específico, pero tampoco pensaba interferir. Sai no acostumbraba a elevar el volumen cuando se molestaba, no obstante, su puntería con su sosegada lengua era de lo más certera. A punto de escabullirse sigiloso, a las orejas de Naruto llegó un comentario viperino sobre los (entre comillas) arduos turnos de noche que Sakura se veía (más comillas) forzada a hacer en compañía de un apuesto médico, recién incorporado al personal del hospital. La réplica de la kunoichi fue una sugerencia portentosamente zafia, relativa al uso que Sai podía darle a cada uno de los tallos espinosos de las rosas que le había obsequiado a la curvilínea Ino por su cumpleaños.

Porque es imposible, que si no, diría que… —Naruto le dedicó una mirada escéptica a la inmutable losa—. Nah, olvídalo, gilipolleces mías —determinó. Echó las manos hacia atrás y cogió impulso para erguirse, sacudiéndose a manotazos las manchas de tierra de los pantalones.

Esta noche se reúnen los chicos en el Ichiraku, pero prefiero irme a casa. Gaara está aquí y mañana viajaré con él a su aldea; así al regresar tendré más que contarte. Ojalá pudieses ver cómo cambiaron las cosas y cómo siguen cambiando, Sasuke.

Sus labios se curvaron en una sonrisa tenue y melancólica, antes de acariciar una arista de la losa oscura con la yema de los dedos.

Gracias, teme… —murmuró al viento que arrullaba las hojas.

Sus pasos dejaron una huella sobre la hierba que tardó en borrarse.

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Hola, Gaara. ¿Qué tal tu reunión con los ancianos?

Larga.

El elocuente Kazekage de Suna descendió majestuoso de la nube de arena que le sostenía y tomó asiento sobre las tejas de arcilla encarnada, al lado de Naruto. Gaara no intentaba animarle ni hacerle sonreír a toda costa. La persona más semejante a Sasuke que el rubio conocía, tampoco le preguntaría qué hacía allí solo encaramado al tejado de su casa, mientras sus compañeros se reunían en su restaurante favorito, dando lujuriosos besitos a una botella de sake y compartiendo lo vivido en sus respectivas misiones.

Esa noche no se sentía con fuerzas para batallar contra su dolor en público y aborrecía que sus amigos desperdiciasen su lástima en él. Al término de la guerra, las desgracias personales habían sido demasiado dramáticas y las pérdidas materiales enormemente cuantiosas. Sasuke Uchiha tan sólo constituía una baja más en el recuento. Sin embargo, para Naruto no existía consuelo posible; el tiempo, que se suponía que todo lo curaba, nunca había conseguido cicatrizar su pena.

Entremos. Hace frío.

Sí.

Bajaron al apartamento en silencio. Dejando aparte algunas excepciones, a la cabeza de las cuales se situaban Kakashi, Sakura, Sai y el perspicaz Shikamaru, la mayor parte de Konoha creía que el gran héroe de la Cuarta Guerra Ninja se había ido recobrando paulatinamente de la muerte del Uchiha. De cara al exterior, reía, bromeaba y se mostraba voluntarioso, colaborador y alegre como solía; pero en su interior, el peso colosal de su falsa sonrisa en ocasiones le doblaba las rodillas y le hacía trastabillar.

La frialdad respetuosa y considerada de Gaara constituía un bálsamo para sus heridas. El organizado Kazekage y el caótico Naruto armonizaban a la perfección por el sincero aprecio que se profesaban, aunque sus caracteres fuesen diametralmente opuestos. En el pequeño apartamento de una habitación habían ido alternándose para ocupar un futón, hasta que el rubio sufrió una crisis de ansiedad desencadenada por un espantoso sueño que luego se negó a revelar. Gaara no era hombre inclinado a las demostraciones afectivas, ni se le pasó por la imaginación emplear el cariñoso método que Naruto usaría con Sasuke meses después. Retuvo al Uzumaki con sogas de arena para que no destrozase su vivienda y el edificio de varias plantas que la albergaba; era la única manera sensata de enfrentarse a uno de los ninjas más poderosos de la Historia y salir ileso.

Ya despierto, Naruto se apaciguó y estuvieron hablando hasta que el amanecer salpicó con pinceladas de luz las caras de los antiguos Hokages. El sol brillaba alto cuando los jinchuriki cayeron rendidos sobre la cama; a partir aquel episodio, siempre que el Kazekage venía de visita a Konoha dormían espalda contra espalda.

Esa noche siguió la rutina común: se lavaron, se pusieron el pijama y se acostaron, durmiéndose al poco rato. Al día siguiente partirían hacia Suna y querían descansar lo máximo posible, porque el viaje era muy largo.

Ninguno de los dos contaba con un evento de lo más extraordinario que se produciría más o menos tres minutos y dos segundos después de la medianoche.

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La cama se movía.

Y "mover" era un delicado eufemismo: la cama oscilaba con la violencia de la cubierta de una embarcación de corcho en medio del más feroz oleaje. Tras despejarse, Naruto observó con perplejidad la tupida circunferencia de arena que rotaba a su alrededor, zarandeando la estructura de madera, plumas y algodón sobre la que ambos dormían.

Arena igual a Gaara.

El durmiente a su derecha era el origen del extraño fenómeno. Se removía y efectuaba ligeros movimientos con la pelvis, obviamente indicadores de alguna clase de actividad sexual que se estaba desarrollando dentro de su cabeza.

Naruto sonrió pícaro y se tumbó, el cuello torcido hacia el pelirrojo. Que le trajeran un refresco de cola y unas golosinas: Gaara tenía un sueño húmedo y él tenía asiento en primera fila. ¿Quién desperdiciaría la oportunidad de contemplar al inalterable Kazekage de Suna retorciéndose de placer en la cama?

Ejem.

Aquella pregunta retórica había sonado fatal… ¿no?

Inesperadamente, Gaara viró el timón de la nave y se apretó contra el costado del rubio, instalando una pierna sobre las suyas. Éste quedó en shock, al percibir el duro miembro del pelirrojo frotándose contra su cadera a través de la tela de dos pijamas. Le embargaron las sensaciones: un olor terroso y suave, los aterciopelados rizos rojos, un brazo férreo encima de su pecho, la pierna sobre su rodilla, y su… su… Su todo, vaya. Cuanto su amigo tenía para ofrecer se restregaba insistentemente contra la cara externa de su muslo.

Análisis de emergencia: Gaara era un tío y él otro. En la ecuación instintiva del Uzumaki, los componentes no casaban. Pero en definitiva, ¿qué había de malo en que dos personas que se gustaban follasen juntas?

Nada.

Desechados de un soplo los escrúpulos morales, la siguiente cuestión era más peliaguda. ¿A él le gustaba Gaara?

Se sentía a gusto con él y lo consideraba uno de sus más queridos amigos. Su físico exótico, su mutismo y su actitud reservada convertían al Kazekage en uno de los hombres más codiciados de Suna y, por lo que el rubio tenía entendido, también de Konoha. Ejercía entre incontables damas y ciertos caballeros esa fascinación magnética que en su día había provocado Sasuke entre la mayoría de los adolescentes de la Villa de la Hoja .

Naruto había estado enamorado de Sakura desde que tenía memoria y no se había planteado cuál sería su comportamiento en caso de sentirse atraído por alguien de su mismo sexo. Si bien, por el cariz que iban tomando los acontecimientos, más pronto que tarde iba averiguarlo. Gaara continuaba tratando de fabricarle un nuevo orificio corporal con su energía frotadora. Ondulaba sin cesar a su costado, manifiestamente convencido en sueños de que lo hacía contra un lugar más acogedor y blandito que el musculoso muslo del rubio.

Cualquier varón sano de veintitrés años con sangre en las venas habría respondido cual resorte de metal a tamaña provocación, sin que su voluntad mediase en lo más mínimo. Y por las venas de Naruto corría mucha sangre, toda la que no estaba frenéticamente atareada organizando un festival entre sus piernas.

Pero todavía estaba por ocurrir lo peor: Gaara despertó.

El impresionante aguamarina parpadeó turbio en la penumbra. Sin traspasar la frontera entre el sueño y la vigilia, y todavía insatisfecho, el pelirrojo le dispensó a Naruto otro par de falsas embestidas antes de espabilarse por completo.

La arena que los rodeaba cayó al suelo con un golpe sordo.

Naruto dejó de hacerse interrogatorios inútiles acerca de si se sentía o no atraído por Gaara. La desesperada fricción de su paquete contra la pierna y el discurrir de la escenita en general se la habían puesto tan dura que podría haber cristalizado el sílice de la arena de la calabaza de Gaara sin horno, sólo al calor de su erección.

Cuando el Kazekage recuperó la consciencia, sus párpados se abrieron desmesuradamente. Quiso apartarse, pero una orden escueta del rubio lo paralizó:

Sigue.

Vale, Naruto, eres un genio. ¿Seguir haciendo qué?

¿Que… siga? —vaciló muy despacio el Kazekage.

Gaara estaba adornado con una agilidad mental envidiable, detrás de su apariencia reposada. Equilibró en segundos los pros y contras de la situación, y entre los primeros resplandecía con luz propia la alentadora reacción obtenida por su involuntario numerito.

Yo no lo sé… —susurró Naruto—. Pero si tú sabes lo que estás haciendo, sigue…

Gaara lo miró de hito en hito. Los complejos mecanismos de su mente racional no se encontraban activados del todo a esas horas, pero los engranajes principales del conjunto ya giraban lentos y seguros. Hizo un amago de movimiento en la misma dirección y con la misma diana que los anteriores.

El siguiente gemido no fue suyo.

Bájate el pijama y… sigue… —pidió el rubio roncamente.

Gaara se separó un poco y usó la mano que no abrazaba a Naruto para arrastrar la tela hasta medio muslo. Luego se volvió a recostar contra el rubio, pegándose a él y dando otra embestida ficticia.

Naruto elevó la cadera y, boca arriba como estaba, su pantalón descendió hasta sus rodillas. Ahora se encontraban en igualdad de condiciones, aunque Gaara podía frotarse contra el rubio para aliviar la tensión; cosa que éste se hallaba imposibilitado de hacer. Naruto no se atrevía a girarse hacia Gaara para unir sus erecciones, la idea inauguraría posibilidades que no se sentía con valentía para afrontar esa noche. Dobló el brazo, haciendo palanca con la mano entre su cuerpo y el del otro. Los dedos ansiosos del Uzumaki rodearon la carne que se le había estado refregando. El Kazekage dio un respingo al notarse oprimido y se acomodó en una especie de posición oblicua para que el acceso a su erección fuese más cómodo.

Animado, Naruto continuó tanteando el terreno, notando la diferente textura de la piel, las venas hinchadas, y el distinto tamaño y grosor en comparación con la suya. Gay o no, abarcar con la mano una polla ajena era muy agradable. Siguió curioseando hacia abajo para proseguir con la equiparación de medidas, pero Gaara no estaba sobrado de la virtud de la paciencia y le propinó un leve empellón, dando a entender que si Naruto quería hacer investigaciones científicas, las llevara a cabo en las misiones y no durante el manoseo de su entrepierna.

Captando la indirecta, la mano del rubio se deslizó en línea recta arriba y abajo, hasta alcanzar un ritmo constante. Los suspiros mudos de Gaara se aceleraron y Naruto decidió darse idéntica alegría a sí mismo: empleó la mano libre para complacerse, al tiempo que continuaba maniobrando en el miembro del otro.

Dormían con la ventana abierta y la iluminación nocturna de Konoha permitía ver lo que sucedía en el cuarto, sin embargo, todo el proceso se desarrollaba bajo las sábanas. Gaara mantenía los ojos cerrados, acurrucado contra su hombro y Naruto miraba hacia el techo. La faceta más depravada del rubio se moría por contemplar lo que hacía y que Gaara también lo viese. Era rara la situación, se sentía excitado por el morbo de tocarle la polla a otro tío, mientras se acariciaba a sí mismo; pero simultáneamente se sentía solo, lejano, muy distante del pelirrojo aunque lo tuviese vibrando a su derecha.

No sólo echaba en falta poder ver lo que ocurría bajo el cobertor. En su ignorancia, se figuraba que esas actividades íntimas, cuando se practicaban en común, llevaban aparejada la emisión de un buen número de palabras obscenas, sonidos roncos, jadeos desesperados y gemidos ardientes. Y allí no se escuchaba más que silencio, el pobre Naruto casi se estaba tragando la lengua en sus esfuerzos por ahogar ruidos inconvenientes.

Por fortuna, si lo autorizabas, tu cuerpo funcionaba en automático tratándose de sexo y el rubio se acercaba a gran velocidad al desenlace. Aunque hubiese preferido compartir la experiencia y no haberse limitado a tenerla junto a alguien, el indudable morbo de tener una polla en cada mano e ir sintiendo cómo ambas se engrosaban y calentaban a medida que trabajaba en ellas con ahínco, iba a dar sus frutos en pocos momentos.

Naruto gimió una palabra, los ojos apretados. Segundos después, advirtió al otro:

Me…

Dicho y hecho. La contracción repetitiva fue incrementándose y le llevó a un delicioso estallido final.

Cuando regularizó su respiración y se disponía a prestarle el mismo servicio a Gaara, Naruto se percató muy sorprendido de que el pelirrojo ya se había corrido sin decirle nada. El repentino ablandamiento de su miembro y la sustancia pegajosa que humedecía su mano no dejaban lugar a dudas.

El pelirrojo retiró la sábana que los tapaba, se levantó y se metió en el baño sin dirigirle una mirada y sin articular palabra.

Con el cuerpo relajado y recogiendo a puñados el cansancio acumulado del día, Naruto todavía tuvo ánimos para meditar acerca de lo sucedido. Físicamente fue satisfactorio, un orgasmo normalmente lo era; no obstante, emocionalmente el rubio se estaba arrepintiendo con toda su alma de lo que acababa de pasar. Gaara era su amigo, su soporte, su apoyo en los peores trances, pero asimismo era un hombre con sus propios traumas e inmensas dificultades para transmitir sus sentimientos a los demás. Día tras día, Gaara había permanecido ahí para Naruto, pero esa noche no. Ni siquiera había tratado de tocarlo. Era como si Gaara hubiese disfrutado de la experiencia con otra persona y no con él.

Ni siquiera le había avisado de que se iba a correr: a Naruto le hubiese gustado saberlo y verlo, pero aparentemente sus perversiones mentales no eran del agrado del de Suna.

O sí. Lo malo era que no lo sabía. No sabía una mierda, salvo que había cometido un error de proporciones épicas, y que esperaba que no jodiese su amistad para siempre.

No lo hizo. No volvieron a mencionar el asunto, retornaron a su sistema de turnos en el futón y Gaara continuó siendo su amigo incondicional. Cuando Naruto estuvo bien seguro de que su relación con el Kazekage seguía incólume, respiró más tranquilo. De hecho, meses más tarde, fue el jinchuriki de la arena quien le entregó el más valioso de los regalos:

La manera de encontrar a Sasuke.

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Eso Naruto no se lo iba a explicar al susodicho, evidentemente.

Tendidos sobre la cama de la habitación del Uchiha, los dos ninjas mantenían las manos detrás de la nuca. La manta fina como papel de seda, a duras penas se las arreglaba para enmascarar que el narrador se hallaba en un estado sumamente interesante por haberle descrito a su oyente en su perfecta integridad los detalles más candentes de la historia.

Al terminar de hablar, Naruto esperó. Sasuke no había abierto la boca, y no daba la sensación de ir a hacerlo hasta que asimilara detenidamente lo que había escuchado. Naruto no soportó la tentación y terminó mirando al moreno con curiosidad, sus ojos azules destellando a la vacilante luz de la vela que se consumía en una esquina del cuarto:

—¿No vas a decir nada?

—Sí… —respondió Sasuke en un apagado tono monocorde—. Ahora mismo podrías colgar de la pared la palmatoria de la vela por el asa, si te colocaras en el ángulo preciso.

Naruto expulsó el aire de sus pulmones de golpe y cobijó raudo con las manos la enormidad de su erección.

—Lo… lo siento, Sasuke… No tenía idea de que podías verme.

—Puedo, sí —confirmó el moreno—. Mis ojos ya no poseen el Sharingan, pero se han acostumbrado a la oscuridad. Veo bastante bien con muy poca luz.

—Pero a través de las cosas no ves, ¿verdad?

El Uchiha frunció el ceño.

—La… manta… —aclaró Naruto cauteloso— y… el pijama… ¿No me estarás espiando a través de la manta y del pijama, por casualidad?

Sasuke le dio la espalda, siseando dos o tres insultos, no sin antes espetar:

—Hazlo de una vez.

—¿Qué?

—Lo que tengas que hacer. Hazlo ya, para que podamos dormir.

—Ah… eh… Bien.

La cama se meneó un poco.

—¿A dónde vas? —el Uchiha se giró como un rayo hacia el rubio, que se disponía a levantarse.

—¿A ti qué te parece? —repreguntó Naruto, con cierto retintín—. Me has ordenado que haga lo que tengo que hacer, y lo que tengo que hacer es cascármela en tu baño, Sasuke. A eso iba. —Hizo una burlona inclinación en dirección al otro y se puso en pie—. Si me disculpas…

—No te pedí que te fueses.

Larga, muy larga pausa.

—¿Quieres que me toque la polla aquí, contigo mirando? —Naruto enfocó la silueta que le observaba desde la cama. Estaba atónito.

Atónito y un poquitito esperanzado. Un poquitito, poquitito, muy poquitito. ¿Para qué lo iba a negar?

—Esta mañana en la ducha no fuiste tan remilgado. Y tampoco he dicho que fuese a mirar...

—Saliste rebuznando y con el flequillo tieso como un racimo de carámbanos, cuando me pescaste en plena faena. ¿Vas a echarte a dormir y a fingir que no pasa nada, mientras me hago una paja a tus espaldas? Y encima con lo tiquismiquis que eres, si se me va un poco la mano y te mancho las sábanas, seré asado a fuego lento. Y desde dentro, que es peor… —precisó el rubio.

—Tengo más sábanas. Y lavadora —alegó Sasuke, impertérrito—. ¿Prefieres que me vaya?

Naruto se atragantó con su respiración. El interior de su boca estaba seco como el desierto de Suna, y su lengua la había perdido de vista hacía rato. Probablemente había corrido garganta arriba, en persecución de la única neurona que le había quedado en funcionamiento para consultarle qué hacer. Las demás habían sufrido un cortocircuito generalizado.

—¿Hablas… en… serio, Sasuke?

—Desde que vine a parar al Infierno, no bromeo con frecuencia —fue la contestación del otro.

Lo ocurrido entre él y Gaara había estado a un tris de arruinar su amistad. Sin embargo, Sasuke no era Gaara: Sasuke, para Naruto, lo era todo. Si lo que pretendía el Uchiha salía mal…

¿Y qué pretendía, por cierto?

—Eso no es una respuesta. ¿Quieres ver cómo me masturbo, Sasuke? ¿Vas a… mirarme?

—Tú tampoco has respondido a lo que te pregunté antes. ¿Te empalmaste por acordarte de Gaara, o porque me estabas abrazando a mí?

—Por ti, fue por ti. Si te hubiese vuelto a abrazar después de ponerme como estoy ahora, serías tú el que colgaría de la pared en lugar de tu palmatoria. Concentrémonos en lo importante: ¿quieres ver cómo me toco o no?

La lengua de Naruto había regresado zumbando a su boca para hacerle la puñeta. Algún ser sobrenatural había tomado posesión de ella y estaba hablando en su lugar.

El implacable vengador, el guerrero despiadado, el frío, calculador e imperturbable Sasuke Uchiha parpadeó una, dos, tres veces.

Luego asintió ligerísimamente y catapultó a Naruto al Paraíso.

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Sasuke apoyaba su mejilla en un codo con aire aburrido y esperaba.

Por él.

Naruto estaba tan ansioso por comenzar su representación, que le dio una patada a la manta y la hizo volar. Enseguida, la gélida atmósfera de la habitación empezó a causar un efecto francamente pernicioso sobre sus zonas bajas.

Ni hablar. Nada, NADA le iba a detener ahora.

—Vamos a mi cuarto. Aquí no voy a poder estar a la altura, tengo los huevos ultracongelados, y ni te describo lo de más arriba...

—No quiero —protestó el moreno—. Ya te dije que…

—Me la sopla lo que dijiste… —cortó Naruto con bravura—. Siempre hacemos lo que quieres. Hazme caso por una puta vez en tu vida y ven a mi habitación, estaremos más calientes.

—En tu caso, lo dudo.

El rubio sonrió y salió de la cama. Sasuke lo imitó, aproximándose a la vela que agonizaba en su rincón. La apagó de un breve soplido y abandonaron la nevera.

En el cuarto de Naruto el ambiente era relativamente cálido. De todas formas, presumió que en cuanto se pusiese manos a la obra delante de las narices del Uchiha, con la luz (eléctrica) encendida y sin ningún tipo de represión, el aire se caldearía de sobra. Se abalanzó sobre el colchón en plancha, y a base de rebotes logró colocarse barriga al viento, con la cabeza en la almohada. Sasuke se acostó al otro lado, de manera reposada. Al dueño de la habitación le encantó ver la expresión de agrado inconsciente en la ojerosa cara, cuando el moreno se envolvió en la tibieza de su cama y se tapó con el cobertor.

Desde su madriguera de edredón y almohada, ya acomodado y calentito, Sasuke incrustó sus ojos en Naruto.

—¿No vas a sacártela? —preguntó.

Oh.

OH.

¿Dónde estaba su Sasuke de hace mil años, o el de ayer, o el de esa mañana que corrió como gallina sin cabeza, tras pillarle pajeándose bajo el chorro de la ducha?

El rubio inspiró hondo y, sin apartar sus ojos de los negros, se deslizó con lenta y deliberada parsimonia la parte inferior del pijama hasta mostrarse por completo al otro. Sasuke bajó la vista y no la volvió a subir. La "númera" de la casa de baños termales había estado acertada en su valoración: Naruto estaba muy bien dotado.

De tamaño puede, pero de resistencia no. El pobre tuvo la horripilante sensación de que se iba a correr en milésimas de segundo, sin tan siquiera tocarse. Era como si los ojos de Sasuke le estuviesen masturbando, nadie le había mirado de ese modo antes. Para no sufrir un ataque de precocidad galopante, se mordió el labio inferior hasta que le escoció fieramente. Recuperada la presencia de ánimo, pudo dar inicio a su maravillosa tarea.

Empezó a tocarse lánguidamente, de modo perezoso, caliente y lascivo, realizando suaves movimientos de vaivén, ascendiendo y descendiendo por el tronco de su erección desnuda. Estaba enardecido; era tan excitante, tan vicioso, tan inesperado poder tocarse así delante de Sasuke… Utilizó la otra mano para mimar suavemente su escroto, en tanto que la derecha seguía apretando y frotando la carne hambrienta.

—¿Te… gusta… lo que… ves…? ¿Te gusta ver cómo… me toco… la polla…?

Cada sucio segmento de frase entrecortada iba acompañado de un potente jadeo. Sus gemidos eran graves, roncos y sensuales; Naruto no se contenía como había hecho con Gaara, ni un ápice de aquella situación era remotamente similar, y progresivamente fue aumentando la cadencia.

Sasuke estaba centrado de lleno en lo que Naruto se hacía. El rubio veía cómo le miraba embelesado, escrutando los ojos azules en rápidas ráfagas cuando escuchaba algún sonido especialmente erótico o algún comentario fuera de tono salir de sus labios, olvidado todo intento de mantenerse indiferente y altivo ante la pornográfica y abierta exhibición del rubio. Por otro lado, ver a Sasuke mirarlo así estaba llevando a Naruto al borde del precipicio a una velocidad prodigiosa.

Habría suplicado a gritos que le vaciaran un cubo de lava sagrada para enfriarse, en el momento en el que Sasuke emergió como una sirena oscura de su cobertor y, con la mayor naturalidad del mundo, se arrodilló delante de su miembro hinchado e inclinó su cabeza para poder verlo mejor.

La cara de Sasuke, sus ojos, su boca, delante mismo de su…

Mundo cruel. Apagó a pisotones el pensamiento que se le había encendido en la cabeza. No iba a tentar a la suerte, pidiéndole al otro que hiciera tal cosa. Pero por favor, por favor, por favor, que no se terminase tan rápido. La desenvoltura y la desinhibición con la que su amigo le contemplaba acariciarse eran demasiado tentadoras.

—Apártate, teme… —susurró con urgencia, viendo el rostro pálido tan próximo a su cuerpo y presintiendo que no quedaba mucho.

—¿Eh? —Sasuke rompió su trance y le observó intrigado.

—Me voy… a… ah… correr… —avisó Naruto piafando como un caballo, todo rastro de pudor perdido—. Y estoy tan caliente que… ah… creo que va a salir con mucha fuerza… Te… salpicaré y luego… ah, joder… joder… me matarás.

Los ojos negros habían adquirido una intensidad sobrecogedora. Había vuelto a reclinarse hacia el miembro tumefacto y enrojecido que ya latía visiblemente.

No se apartó.

Y Naruto se corrió con la violencia prevista, gritando, sin cortarse, sin contenerse, entregándose sin frenos a su placer. Como sabiamente había vaticinado, algunas gotas del líquido perlado aterrizaron en la mejilla de Sasuke.

Al notar la salpicadura de calor sobre su pómulo izquierdo, cerró los ojos por instinto, pero los abrió en un pestañeo para no perderse el espectáculo. Tras el resuello final de Naruto, se limpió pensativo la mejilla con la punta de los dedos, no con repugnancia sino con curiosidad, haciendo un movimiento tan lento y sensual que al Uzumaki le palpitó notablemente la entrepierna, aunque acababa de correrse con la potencia de un terremoto. El agudo temor a ser asesinado esa noche por sus actos había resultado infundado.

—¿Y tú? —preguntó, recuperado el aliento.

—¿Yo? —La voz del Uchiha sonó gutural, o eso le pareció a un Naruto en estado de obnubilación postorgásmica, todavía cubierto por la humedad tórrida y densa esparcida sobre su barriga.

—¿Tú no quieres correrte también?

Tiempo detenido.

—No. Hoy no.

Pero había dicho "hoy".

Lo que significaba...

Naruto se sentía extrañísimo: pese a la falta de contacto físico, se había encontrado de lo más cómodo, masturbándose sin reparos delante de su amigo, caliente hasta lo indecible e inundado de morbo, aunque siempre muy cerca de Sasuke. Tanto, que su mente en un saltito se preguntó qué habría sucedido si le hubiese hecho lo mismo que a Gaara. Si hubiese apretado al duro, frío y suave Sasuke contra él, si lo hubiese sentido arder pegado a su carne, si lo hubiese tocado íntimamente como se había hecho a sí mismo, si lo hubiese acariciado y lamido...

Las peligrosas pulsaciones reanudándose en su entrepierna le indicaron que debía olvidarse de imaginar más cosas raras por esa noche.

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Se dio una ducha rápida, ya sin recato al pasearse ante Sasuke con el miembro turgente a consecuencia de sus recientes actividades. El moreno no le quitaba los ojos de encima en el espejo y Naruto decidió no correr la mampara de la ducha para limpiarse.

¿A Sasuke le gustaban los hombres?

¿A él le gustaban los hombres?

¿A él le gustaba Sasuke?

La respuesta le abofeteó como una revelación pseudomística, mientras se pasaba la esponja por el glande y sentía un espasmo placentero y doloroso a la vez por tenerlo aún tan sensible.

Los hombres no sabía, pero Sasuke sí.

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El moreno se había lavado las manos y la cara, y había regresado a la cama. Pero no rehuyó su mirada, como creyó que ocurriría y como le había sucedido con Gaara.

—Me estás mirando —comentó cantarín un reluciente Naruto, colándose junto al otro bajo el abrigado edredón.

—Lo llevo haciendo durante la última media hora.

A Naruto la reacción de su amigo le había cogido a contrapié. No pensó que con ese aspecto reprimido manejaría aquella situación con tanta soltura.

—Sasuke, ¿habías hecho esto antes?

—Sí.

A Naruto se le arrugó el corazón hasta caberle en el puño. Sasuke estaba insinuando que ya se había tirado a alguien, o que se lo habían tirado a él…

—Estás alardeando —acusó, deseando con todas sus fuerzas estar en lo cierto.

—No. —Pero era una noche de debilidades para Sasuke Uchiha, y se apiadó del evidente desasosiego del rubio—. En mi trabajo he visto muchas cosas.

—¿Entonces nunca has…? ¿Nunca te han…?

—Ni lo uno, ni lo otro —negó—. Sólo mirar.

Alivio. Alivio. Alivio. A raudales, corriendo alocado por el organismo del futuro Hokage. Eso del color de un cocodrilo que le había estado mordiendo la nuez hasta que Sasuke se explicó eran… ¿celos?

Sip. Celos verdes y con dientes muy grandes.

—Es que ha sido muy diferente a estar con Gaara…

La mención al pelirrojo extrajo del Uchiha una expresión capaz de derretir acero.

—Yo no soy Gaara —dijo con voz lapidaria.

—Lo sé —se apresuró a aclarar Naruto—. Esa noche no sentí casi nada, ni una décima parte de lo que he sentido ahora contigo.

Estaban acostados frente a frente, muy juntos, compartiendo una cómoda cercanía que no invadía el espacio personal del otro, aunque lo acariciaba.

—¿Te ha gustado? —susurró Sasuke.

—Madre mía, sí… —suspiró Naruto—. Me he corrido como nunca, ha sido lo más guarro, increíble y delicioso que hice en mi vida. Me ha dado un morbazo impresionante que me estuvieses mirando mientras me la cascaba y que acercases tanto la boca a mi polla. Fue… —Naruto prefirió cortar ahí su sincero discurso—. Mejor cambiamos de tema, porque si no me voy a volver a empalmar. Antes me ha faltado poco...

—¿Hablabas con mi tumba todos los días?

Naruto se heló.

Durante el relato de su primera experiencia sexual, se habían filtrado a los oídos de Sasuke diversos episodios, vivencias y sensaciones que habría excluido, si hubiese sido plenamente consciente de haberlos estado incluyendo: su amargura, su desgarro interior, su honda pena y sus continuas visitas al cementerio.

Y la soberana estupidez de los cientos de tardes y noches que creía permanecer en compañía del espíritu del Uchiha, cuando en realidad las había pasado dialogando solo.

—Soy patético. Llevo años contándole idioteces a una piedra, pensando que podrías escucharme. Me avergüenzo de ser tan imbécil.

Por primera vez en casi trece años, Sasuke sonrió.

—Ahora puedo escucharte. Más de lo que me gustaría, si te digo la verdad…

—Porque ya no eres ninguna ilusión de mi cerebro. Estás aquí. Eres tú… —murmuró la felicidad hecha Naruto. Se sentía liviano, incorpóreo, flotando en el espacio.

—Me he desvelado. ¿Por qué no me cuentas alguna de esas estupideces tuyas? —propuso el Uchiha—. Si mi lápida tuvo la desdicha de aguantarte tantos años, debería compartir un poco su sufrimiento.

Quedaron nariz contra nariz, a quince centímetros de distancia.

No se tocaron ahora, no se habían tocado antes; no con las manos, no con la piel. Pero uno vivo y otro muerto, separados por una distancia que sólo Naruto había podido salvar, se sintieron más unidos que nunca.

—Vale. No me importa repetirlo. —Naruto chasqueó la lengua—. No vas a creer la burrada que soltó Sai, cuando Sakura-chan le sugirió que se embutiese media docena de rosas por el…

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A las seis menos trece minutos de la madrugada, Naruto rasgó de sopetón sus dulcísimos sueños. El Uchiha dormía plácido, con el rostro vuelto hacia él.

Acababa de acordarse de la palabra pronunciada ante Gaara justo antes de correrse. Acababa de comprender la actitud despegada del otro esa noche. Acababa de descubrir que su pregunta de horas antes sobre sus sentimientos estaba contestada hacía muchos años.

Dije Sasuke.