Capítulo VI. La tempestad

A Naruto no le gustaban las serpientes.

La aseveración no era exacta: las odiaba con todo su ser. Y ahora se hallaba frente a dos pupilas verticales y fijas, que le sonreían siseando a una distancia de dos metros desde el suelo.

Por favor.

Aquello era antinatural. Esos bichos repelentes no le sonreían a nadie, salvo para dejarlo aturdido antes de tragárselo. En la autorizada, aunque poco documentada, opinión del Uzumaki, su meta en la vida era hundirle los colmillos a cuantas criaturas no pudiesen engullir de un bocado. Desde esa perspectiva no había nada que temer: aquella cosa tenía toda la pinta de poder zamparse dos o tres Narutos de golpe, sin tener siquiera que abrir mucho la boca.

—No te quedes ahí como un pasmarote y entra —le reprochó Sasuke desde atrás. Empleando esa desagradable arrogancia que se manifestaba cuando estaba impaciente (y también cuando no lo estaba), le dio un empujón para apartarlo.

El más joven de los Uchiha anduvo en dirección a la enorme serpiente que se erguía amenazante en el centro del vestíbulo y les cerraba el paso. Naruto admiró la serena elegancia de su amigo, al hacer un autoritario ademán para que aquella bestia se desplazase. Su mirada recorrió el esbelto brazo hasta la muñeca y la mano pálida de largos dedos y sintió un estremecimiento. En aquel lugar apestoso, la temperatura no era inferior a cuarenta grados; su temblor no tuvo que ver con el frío, sino con ciertos pensamientos turbadores que rondaban su mente desde que despertó esa mañana.

Ante el gesto, la gigantesca serpiente se retiró, agachando su cabeza triangular en señal de sumisión y ondulando hacia la izquierda. Naruto aprovechó que el repulsivo bicharraco se había plegado como una cuerda caída para correr a ponerse a salvo cerca de Sasuke. Éste suavizó la mirada al posarla en el reptil, reminiscencia de unos tiempos lejanos pero no olvidados, y continuó hacia el interior. Naruto lo siguió, intentando no desnucarse mientras doblaba el cuello en giros bruscos de un lado a otro. Los pasillos sofocantes, lóbregos y malolientes, estaban acondicionados para que los frioleros reptiles campasen a sus anchas. A intervalos de dos o tres metros, oía un cascabeleo o un siseo prolongado, y descubría por el rabillo del ojo una cola que reptaba por el suelo entre sombras.

—Me estoy cociendo vivo… —protestó Naruto, mientras se ensanchaba el cuello del jersey y se abanicaba con el canto de una mano—. Podrías haberme advertido de que este puticlub está lleno de serpientes. En el desayuno hablaste de un prostíbulo temático sobre… ofi… ofidios, y creí que te referías a personas con corbata y maletines como los Números. Lo de montárselo entre culebras es directamente vomitivo. —Hubo una larga exhalación—. En fin, cada uno es cada uno… A otros nos pone cachondos que nos miren.

Sasuke, al frente, apretó los labios para no sonreír en correspondencia a la flamante y pervertida sonrisa que con toda probabilidad mostraría la faz del rubio a sus espaldas.

Naruto había despertado tarde y solo en su cama. Su acompañante lo había dejado dormir, previendo que estaría más cansado de lo normal después del entusiasmado despliegue exhibicionista de la noche anterior. Al acudir a la cocina, cautivado por el olor divino que se respiraba en la casa, se encontró con que a su anfitrión le había apetecido desayunar ramen. Tras verlo aparecer, el moreno había repartido el contenido del envase en dos cuencos y había plantado uno de ellos frente a un tiburón blanco de ávidos ojos azules. La boca de Naruto acumulaba su tercera hilera de dientes triangulares.

Mmm… Cuando el sublime sabor llegó hasta sus papilas gustativas, lo paladeó con el mismo deleite que si se tratase del más exquisito manjar que había degustado. Y lo era.

Porque aún no había probado el sabor de Sasuke.

"Hoy no…".

Ayer no. Muy bien. Pero hoy…

Ay, mierda. Era una pésima idea ponerse a remover lo sucedido. Necesitaba la cabeza en su sitio, a fin de eludir un eventual ataque mordedor por parte de las víboras que pululaban bajo sus pies. Para rematar, el lugar olía fatal. El delicioso ramen ingerido horas antes se rebelaba en su estómago; pero se negaba a vomitar el valioso desayuno obtenido con el sudor de su frente y demás secreciones corporales. La rara amabilidad matinal Uchiha era otra grata consecuencia del magnífico espectáculo que el rubio había brindado a Sasuke la noche pasada.

Un espantoso siseo a sus espaldas acabó de despejar su pensamiento. Continuó la caminata por los solitarios corredores, sin dejar de echarle la bronca al moreno por no haber sido informado inteligiblemente de que un "ofidio" no era un currante de oficina de ocho a seis:

—Sabías que no iba a entender esa palabreja. Y encima, llamo a la puerta y nos abre la señora madre de todas estas porquerías escamosas… —siguió refunfuñando Naruto con un asco supremo—. Teniendo ese perro guardián, fijo que nadie les roba… ¡Qué digo! Si aquí nadie roba, ¿para qué? —El rubio meditó unos instantes—. Oye, ¿si meto algo mío en tu…?

Sasuke viró la cabeza hacia el Uzumaki a una velocidad ligeramente inferior a la de la luz.

—…buzón, teme —concluyó el de ojos azules con sorna, ante la fulgurante reacción—. Si meto una carta mía en el buzón de peticiones de tu casa, ¿me harán caso? ¿Nos traerán lo que les pida?

—Si no se trata de ninguna salvajada—. Sasuke, más sosegado al parecer, había reanudado su camino.

—Depende… —replicó el rubio, provocador—. Llevas dos días arrastrándome por el fango del lado oscuro y no veas lo que me estoy ilustrando. ¿Unas esposas, mucho lubricante y un par de consoladores tamaño extra grande te parecen una salvajada… Sasuke?

Al mencionado le subió un escalofrío por la espina dorsal. Sólo había escuchado su nombre con esa entonación perturbadora en una ocasión. En realidad fueron varias, entrelazadas en medio de una vorágine de palabras malsonantes y gemidos descarados, mientras Naruto se exponía en toda su gloria ante sus ojos.

—Calla, dobe —respondió secamente—. Estoy… trabajando. No es el lugar, ni… el momento.

Naruto contempló suspicaz al que iba delante. Se le había trabado la lengua en dos frases y, tratándose del Uchiha, la mayor parte de la información se adquiría por pura deducción. Ese no era el lugar ni el momento. Por lógica, otro lugar y otro momento sí lo eran. Un ejemplo: al regresar a casa al anochecer, supuso el rubio, frotándose las manos internamente.

—Relájate. Ni cadenas, ni pollas de látex. Se trata de una petición inocente, ya verás. Hasta voy a pedirles a los Números que traigan unos para ti.

—Prefiero ignorar lo que tramas.

Habían desembocado en un gran patio central. Bordeado por gruesas columnas blancas, el techo abovedado de vidrio traslúcido permitía que penetrase la luz natural y se filtrase parte del frío del exterior. El almizclado olor animal presente en todo el recinto, allí era menos perceptible.

Un único mueble presidía el centro de la estancia. Sentado en un confortable sillón rojo de orejas, y rodeado por una masa informe de cuerpos irisados que se retorcían en blandas torsiones, uno de los tres Sannin legendarios removía con una cucharilla el fondo de una taza de porcelana azul.

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Naruto se transformó en una pira de leña seca a la que le habían acercado una cerilla.

—Bienvenido a mi humilde nuevo hogar, Naruto-kun. —La cuchara tintineó y Orochimaru le dio un sorbito al recipiente—. ¡Ugh! Absolutamente espantoso… —opinó con una sibarita mueca de desagrado al separar la taza de los labios—. Por más que lo pido, los muy ineptos son incapaces de prepararme un café decente. ¿Puedo ofrecerte una taza? Este mejunje es deleznable, pero tu inculto paladar no lo notará.

—Sasuke… —pronunció Naruto muy despacio, las llamas elevándose en su interior, los dientes y los puños prestos a estallar de tanto apretarlos.

—No deberías exaltarte, Naruto-kun —recomendó el Sannin con una risita displicente—. Estoy siendo cumplidamente castigado por mis innumerables maldades con arreglo a todos los cánones conocidos y por unos individuos con unas aptitudes para el sadismo verdaderamente admirables. Dispongo de unas comodidades muy restringidas y mis noches son… mmm… bastante agitadas. ¿Por qué no aparcamos un ratito las discrepancias que mantuvimos en el pasado? Sasuke-kun lo ha hecho, aunque por tu expresión diría que no se acordó de contártelo…

Sonó un crujir de huesos procedente de algún rincón indefinido del cuerpo del iracundo rubio. Sasuke intuyó que restaban menos de dos segundos para que saltase sobre Orochimaru a arrancarle la cabeza de un mordisco. Sin embargo, Naruto no podía dañar al Sannin: era preciso evitarlo al precio que fuese.

—Cálmate, por favor. Salgamos fuera y te lo explicaré.

—¿Discrepancias? —escupió el hijo del cuarto Hokage, obviando la petición del moreno—. Destrozaste la vida de Sasuke y la mía. Aunque no pueda usar mi chakra, el día en el que luchamos no era ni la milésima parte de lo poderoso que soy ahora. ¡Así que no me jodas y cierra la puta boca!

—Oh, no, Naruto-kun, estás en un error —rebatió Orochimaru, desvaída la sonrisa socarrona—. Tu amigo destruyó su propia vida. De no ser yo el que se lo llevó de Konoha, habría sido otro. Te recuerdo que, después de matar al que fue su abnegado maestro durante tres años, nuestro ingenuo polluelo aleteó hasta los brazos amorosos de Akatsuki. —El Sannin se inclinó, depositó la taza en el suelo, y se irguió para clavar sus ojos en forma de cuñas en Naruto—. Y la destrucción de tu vida tampoco es culpa mía. Deduzco que te encuentras en el Infierno por no cejar en tu incansable fijación persecutoria. Que lleves tantos años manteniendo una obsesión insana y enfermiza por otro hombre no es una circunstancia de la que se me deba responsabilizar a mí. Culpa de ello a tus genes deformes.

El insulto superó la más que sobrepasada capacidad de resistencia de Naruto. Sin que Sasuke advirtiese su movimiento, ya estaba delante del Sannin, sosteniéndolo en vilo por el cuello sobre el sillón. El grupo de ofidios que, hasta hacía unos instantes, envolvía el sofá y sus alrededores se había dispersado automáticamente y formaba un círculo hueco en torno a los dos hombres. Un Naruto colérico en la medida en que lo estaba era una contingencia a la que ni las serpientes del Infierno deseaban hacer frente.

Él lo veía todo rojo.

Orochimaru le había separado de Sasuke, se lo había llevado de su lado. En el transcurso de la batalla que sostuvieron sobre el Puente del Cielo y de la Tierra, aquella alimaña viscosa presumió de que el moreno le pertenecía. Naruto había bramado que su amigo no pertenecía a nadie, que no era un objeto que pudiese poseerse, pero su bienintencionado argumento era falso. Sasuke, en aquel tiempo, pertenecía a Orochimaru. Y desde niño, al recuerdo de Itachi; y más adelante, a Tobi y a Akatsuki. Sasuke fue perteneciendo sucesivamente a todo aquél que conociese la forma más adecuada de manipularlo.

Y Naruto no…

Él no… él no pudo…

Hacer nada.

Incrementó su presión sobre el cuello escuálido hasta que el rostro desfigurado del Sannin mudó de blanco a azul, mientras manoteaba desesperadamente para quitárselo de encima.

—Detente, Naruto. Basta… —La mano de Sasuke surgió para posarse en un gesto conciliador sobre el brazo rígido—. Suéltalo.

—¿Qué? —preguntó el rubio, asombrado por la interrupción—. ¿Pero qué haces? ¿Es que no lo oyes? Dice que todo fue culpa tuya.

—¿Y acaso no es así? —inquirió Sasuke con sencillez.

Naruto se giró hacia él, incrédulo.

—¡¿Qué te pasa?! Me has traído engañado, sabías que esta escoria vivía aquí y no me lo contaste. ¡Lo sabías, joder…! Me mentiste. Me mentiste otra vez, Sasuke…

—No, Naruto.

—¡Sí! ¡Lo hiciste!

—No.

—¡Sí!

Naruto hervía de rabia y no atendería a razones. Sasuke era consciente de que en ese estado resultaba casi imposible tratar con él. Pero era imprescindible impedir que el fortísimo rubio dañase al Sannin, luego ya lidiaría con sus conflictos internos. Los de ambos.

—¡Bájalo, Naruto! ¡Hazlo! ¡Ahora!

El Uchiha intentó apartar el brazo del rubio para que liberase a su presa. En vano.

Naruto se hallaba en shock, su rostro congestionado por la furia que bullía en su interior. Sasuke se estaba enfrentando a él de nuevo para defender a Orochimaru. Había vuelto a ver la pétrea mirada negra contra la que combatió en el Valle del Fin. La que lo estudió indiferente antes de disponerse a atravesarlo con su espada en presencia de Sai, Sakura y Yamato. La que lo despidió la noche en que los dos ninjas pelearon a vida o muerte y las palabras finales de su mejor amigo, antes de morir en su regazo, fueron para él:

"Te odio".

Naruto emitió un rugido que hizo vibrar las columnatas y el techo de cristal sobre sus cabezas. Lanzó al Sannin a varios metros como un despojo, y regresó la vista hacia Sasuke. Al moreno le cortaron la respiración los ojos de Naruto.

Vacíos.

La furia, la rabia, la cólera… se habían esfumado. En las profundidades de los iris azules únicamente vio dolor.

Orochimaru se estaba incorporando sobre las rodillas. Alternaba las carcajadas con toses espasmódicas, al tiempo que se sobaba la garganta y la base del cuello con las manos.

El rubio rompió aquella mirada, tan desconsolada que estaba dejando a Sasuke clavado en el sitio, y terminó de observar cómo su ejecutor se ponía en pie.

Después obligó a sus piernas a dar media vuelta e impulsarlo a marcharse de allí.

No.

A huir.

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Estaba nevando.

Qué poético, filosofó Naruto luciendo una amarga sonrisa cubierta por la capucha. No hacía más frío allí fuera que en el lugar que acababa de abandonar.

Echó la cabeza hacia atrás. Los copos revolotearon sobre sus mejillas y su frente. Siguió aceptando sus caricias gélidas hasta que notó que la humedad iba a calarle bajo la capa. Enderezó el cuello para resguardarse debajo del pelo, que poco a poco dejaba de oler a su difunto propietario original y se impregnaba del olor propio del rubio. Secándose la nariz con el dorso de la mano, se preguntó:

¿Y ahora qué?

La callejuela que cobijaba la entrada al cubil de las serpientes finalizaba en una avenida más ancha y se encaminó hacia la intersección. Según le había descrito Sasuke durante el desayuno, las dimensiones de La Ciudad eran inverosímiles. A cada recién llegado se le proporcionaba un plano parcial de las inmediaciones del área en la que residía y trabajaba, y las diferentes líneas de tren. El policía había desplegado sobre la mesa del salón un grueso mapa, cubierto por una miríada de líneas, puntos y signos. Un dedo índice se hincó en las marcas rojas que identificaban su edificio y los barrios en los cuales llevaba a cabo sus investigaciones. El plano no comprendía íntegramente el distrito cuatro, pero facilitaba los desplazamientos. Sasuke no salía fuera del perímetro marcado, de no mediar instrucciones expresas de sus jefes. Cuando eso ocurría, nuevo plano y vuelta a empezar.

Sasuke.

El frío iba en aumento.

Naruto se ajustó la capucha, abriendo el hueco justo para no ahogarse o pisar mal en aquel campo minado. El suelo era una superficie salpicada de placas de hielo y montoncitos color marrón sucio de nieve polvorienta, barro congelado… o cualquier otra cosa.

Decidido, anduvo hasta el cabo de la callejuela. Se encontró en una avenida muy amplia y se permitió el lujo de analizar aquel complejo mundo con el detenimiento que no había utilizado desde que penetró en el interior de las murallas del Infierno. Contempló la altura inconcebible de los edificios, y las incontables pasarelas y túneles que los comunicaban. Una construcción llamó especialmente su atención, a causa de su extraño color y sus desmedidas dimensiones: una singular torre de piedra rosada. Entre la uniformidad cromática generalizada, se asemejaba a un faro destellando sobre las olas nocturnas.

Bajó al nivel de sus ojos para observar el mar de almas. La mayoría de ellas vestía la misma coraza que Sasuke, había avistado el metal en trenes y estaciones bajo las capas entreabiertas. Naruto, en principio, creyó que se trataba del uniforme policial, pero no. Incluso él la llevaba por recomendación expresa del Uchiha.

¿Qué peligro podía acechar a quienes ya estaban muertos? ¿Y qué guardaba aquella torre?

No es que le apeteciese dedicarse ahora a la resolución de misterios, pero precisaba una distracción atrayente, por banal que fuera.

Ojalá no le doliera como si se estuviese calcinando por dentro.

—Naruto.

El rubio rodó sobre sus talones. Sasuke le llamaba desde el interior del callejón. Su rostro era inescrutable.

—Vámonos a casa.

El rubio asintió y se aproximó a la figura que le esperaba. Pasó de largo, sin detener la vista y desanduvo el trayecto hacia los accesos a la estación subterránea. Sasuke fue tras él. Llegaron a los andenes y se colaron en el primer tren que se detuvo a recoger pasajeros. Se sentaron aislados, sin mirarse. Naruto se limitó a obedecer al otro y a seguirlo, y enseguida se hallaron frente a la puerta de su casa.

Naruto entró en su habitación con la capa puesta. Se desnudó y tomó una larga ducha, durante la cual sus ojos llegaron a confundir el jabón y las lágrimas. No se había molestado en ver qué hacía Sasuke, ni dónde estaba; lo adivinaba encerrado en su cuarto, igual que él. Tampoco tenía hambre, aunque se habían saltado el almuerzo. Solamente tenía ganas de dormir y olvidar por unas horas.

Al acostarse, ocultó su cabeza bajo la almohada. Se sentía tan cobarde que no se atrevía a darse la cara a sí mismo. Sus sentimientos habían sido vergonzosamente despellejados y descarnados ante el moreno por aquel ser abyecto y enfermo que gozaba lo indecible con el sufrimiento ajeno. Pero eso no era lo peor: los sentimientos de Sasuke también le habían sido revelados con desgarradora claridad: Naruto no era lo suficientemente bueno, no lograría alcanzar a Sasuke por muy alto que saltase, por muy lejos que llegase. Nunca lo vería como Naruto deseaba.

Jamás como su igual.

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Un susurro.

Dormía, pero sus oídos no. Una voz susurraba y él quería oír lo que decía. Lo necesitaba. Su corazón le suplicaba que abriese los ojos y escuchase lo que la voz tenía que decirle. Pero él estaba dormido. Tan dormido…

Y la voz no se callaba.

Era un cántico, un rezo. Le relajaba, le hundía más en su profundo sueño. Sin embargo, él ansiaba oírla. Deseaba despertar y abrazarse a esa voz.

Naruto.

—Sasuke —gimió—. Sasuke… —imploró, sin saber lo que estaba pidiendo.

Despertó tiritando, estremecido y sin aliento.

Había anochecido ya. Los ojos desorientados del rubio parpadearon para enfocar su cuarto con la exigua luminosidad del exterior. Estiró el brazo y palmoteó la pared en busca del interruptor, pero la voz se lo impidió.

—No enciendas la luz.

Era real. Se dio cuenta de que Sasuke no era producto de sus sueños febriles. Estaba en su habitación, sentado en la cama, de cara a la ventana.

—Estoy cansado —masculló Naruto. Se dio la vuelta hasta que ambos miraron en direcciones opuestas—. Si tienes que salir, yo esperaré aquí.

—Lo que tengo que hacer debí hacerlo hace mucho tiempo… —musitó el moreno ausente, como si le hablase al cristal empañado que los separaba de la noche.

Naruto oyó sonidos confusos, aunque no tardó en reconocerlos: Sasuke se había levantado del colchón y se estaba retirando la coraza y las botas. Más ruidos le convencieron de que estaba terminando de desvestirse.

No quería que lo tocase. No quería que se acercara. No quería y se estaba muriendo por que lo hiciese.

Sasuke alzó una esquina del cobertor, se metió en la cama y fue arrastrándose hasta llegar al tembloroso cuerpo de Naruto. Éste notó como el otro posaba su frente sobre la parte alta de su espalda. Su piel fresca, la tibieza mojada de su aliento, el pelo sedoso del flequillo haciéndole cosquillas… Dejó de temblar y una calidez conocida comenzó a circular por sus venas.

Sasuke dejó caer todo su peso contra el rubio. El de su cabeza.

Y el de su alma.

—Perdóname.

No le estaba pidiendo perdón por los sucesos de la mañana. Le pedía perdón por los tremendos errores de su vida, por las pruebas y humillaciones que Naruto había sufrido por él, por el dolor y las pérdidas que aún sufría.

Fue una catarsis. Y el espíritu blanco y ardiente de Naruto Uzumaki, que debería haberle demandado mil respuestas, diez mil explicaciones y un millón de perdones más, lo absolvió de todos los pecados cometidos en ese instante.

Estaba tan conmocionado que fue incapaz de reaccionar hasta que percibió que Sasuke se apartaba y le daba la espalda. El rubio giró rápidamente y se aferró al otro con todo su corazón. Arrimó su pecho contra su espalda; sus caderas firmemente encajadas; sus piernas acogiendo las de su amigo, conservando el moreno aún su ropa interior. Ya lo había envuelto de ese modo el día anterior, convirtiéndose en una crisálida de dulce calor para Sasuke, al encontrarlo llorando por sus pesadillas y no poder soportarlo. Pero aquel abrazo fue distinto, aquella noche quería protegerlo, acunarlo, preservarlo de cuanto pudiese herirlo o lastimarlo. Ahora quería recuperarlo, porque sentía que esa mañana lo había perdido otra vez a manos de los que se lo habían arrebatado a los doce años.

Sasuke sintió el cuerpo envolvente y cariñoso de Naruto, pegado por entero al suyo. El universo era Naruto, su olor, sus músculos tensos, su respiración. Resolvió abandonarse a las sensaciones que le despertaba estar rodeado de él y se desplazó hacia atrás, reposando ya totalmente en el otro cuerpo. Sin palabras le dijo: "aquí me tienes, me entrego por completo".

Si el rubio se hubiese dejado llevar, habría destrozado los resistentes huesos de su amigo, en su codicia por oprimirlo tan estrechamente. Quería sentirlo más, tocarlo más, acariciar cuanta piel pudiese abarcar. Sobre todo, se encontraba desesperado por bajar su mano hasta el lugar que le aclararía por fin si le provocaba a Sasuke la misma necesidad feroz que el Uchiha le provocaba a él, un hambre furiosa nacida de los abismos de su cuerpo.

Empujó la cabeza morena hacia adelante, para acceder mejor a su cuello. Abrió una boca glotona sobre la nuca del otro, conforme sus manos trazaron caminos sobre los brazos, los hombros y el pecho. Sus labios chupando la piel que se entibiaba a su tacto, su lengua bañando la zona debajo de la oreja, probando ese sabor que llevaba anhelando no sólo desde la noche anterior. Los dedos lascivos del Uzumaki ascendieron hasta rozar las delicadas tetillas, que esperaban ser atormentadas. Sasuke se estremeció cuando las apretó entre los dedos pulgar e índice e insistió, pellizcando con más fuerza la carne tiernísima, hasta conseguir que repitiese la reacción. Sasuke estaba mudo, pero la forma en que expelía el aire en cortos jadeos y suspiros sonoros hablaba sí misma. Los brazos del rubio siguieron martirizando y acariciando el cuerpo delante de él, explorando su piel y torturando el cuello apetitoso mediante succiones y mordiscos enloquecidos.

Naruto estaba incandescente, su erección desnuda quemaba las nalgas de Sasuke, cubiertas todavía por la ropa interior, embistiendo por instinto la carne prieta que intuía bajo la tela.

—Sasuke… —gimoteó.

Su mano había llegado a la frontera, el vientre pálido, plano y musculado. Durante unos minutos se mantuvo indeciso, haciendo espirales en torno al pequeño ombligo, pero pronto se armó de valor e inició el descenso hacia su meta.

El Uchiha detuvo en seco la mano que bajaba a acariciarlo por encima de la ropa. El rubio volvió a inspirar su nuca hirviente, tan deseada, y repitió la súplica:

—Sasuke…

Pero Sasuke no le estaba prohibiendo nada. También quería más, y se encargó de que el otro lo supiese. Se separó unos segundos de él y el rubio escuchó una caída de tela sobre el suelo.

Las carnes de ambos se hallaron sin obstáculos, y un maravillado Naruto apretó a Sasuke intensamente contra él. Empezaron a frotarse con ansia, uno contra la espalda del otro y éste contra el miembro que palpitaba detrás de sus nalgas. Estaban desnudos en la oscuridad, Naruto restregándose contra Sasuke, sus respiraciones resonando estentóreas, y sus caderas acompasadas en una danza lenta que se iba acelerando más y más. Naruto, al no detectar restricciones, bajó definitivamente las manos hacia su destino, sin cesar de refregarse en la piel de Sasuke, comprendiendo ya por qué aquella remota noche le había resultado tan placentera a Gaara.

Su mano encontró lo que ambicionaba y lo tanteó con mimo, antes de emplearse a fondo. Su miembro no era muy diferente al suyo, y tan suave… Acarició los testículos aterciopelados y subió hasta deslizar la palma de la mano entera sobre la gruesa longitud y el sedoso glande, resbaladizo y sensitivo.

—Ah… —jadeó Sasuke, sorprendido—. Me estás...

—Sí.

Naruto no quería correrse sólo por sentir la erección de su amigo cobijada en su mano, aunque hubiese podido. Abrió la boca y la llenó con el lateral del cuello de Sasuke. Su miembro tan duro y caliente entre los dedos, el suyo propio restregándose contra una de las nalgas redondas. Se sobresaltó al notar que el moreno se giraba ligeramente en su dirección. Unos dedos le treparon por la cadera y la mano de Sasuke doblada hacia atrás le tomó a él. No conforme con haberlo explorado visualmente, quería hacerlo con sus manos, aunque la posición no fuese la más idónea.

El Uchiha no se entretuvo en exploraciones preliminares y dio inicio a un manoseo vicioso y lleno de necesidad. Era evidente que le excitaba inmensamente tocarlo así, y Naruto no puso trabas para que Sasuke disfrutase, si aquello lo enardecía tanto. Pero el problemilla del rubio era similar a la ocasión anterior.

—Oh… Sasuke… no tan fuerte… —rogó, casi ahogándose en su propia respiración—. Si me exprimes tanto… —gimió— me voy a correr antes que tú. Y no quiero… no… yo no…

La carne gruesa y resbalosa del moreno en su mano, sumada al placer que le proporcionaban las manipulaciones de Sasuke sobre él, estaba volviendo loco a Naruto. Nuevamente tan cerca de su orgasmo, se puso a soltar una sarta de perversidades que estremecían al silencioso moreno.

—Sasuke… Sasuke… Oh… oh… no pares ahora… Qué bien me la estás… Ah… apriétame la polla fuerte, fuerte… más fuerte… Así…

El Uchiha ya se estaba retorciendo entre los brazos del rubio. La manera sucia en que lo masturbaba y le jadeaba húmedamente al oído era irresistible. Naruto en su mano… tan grande… tan duro… Le abrasaba la mano… Le quemaba… Su amigo estaba…

Era…

Sasuke hizo acopio de toda su resistencia para no soltar un grito brutal cuando las convulsiones desatadas por el más bestial orgasmo de su existencia lo sacudieron de pies a cabeza.

—"Hoy sí"… ¿eh… Sasuke…? —consiguió sonreír el Uzumaki entre jadeos. No había olvidado lo que el moreno le había dicho la noche anterior.

Naruto continuaba hundido de lleno en su delirio por correrse, casi a punto él también. Los dedos empapados; la gruesa erección de Sasuke todavía obscenamente dentro de la palma de su mano, palpitando tras la descarga; su olor por todas partes; y su piel que no había dejado de comerse a bocados. Sasuke ahora vivía en cada milímetro de Naruto, en cada diminuto hueco de su cabeza y de su pecho.

Además de que se había movido más hacia él y, al resultarle más sencillo, el Uchiha le estaba meneando la polla como si le fuese la vida en ello.

Creyó que le iba a explotar el cráneo cuando se corrió.

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Habían recobrado la posición de antes. Naruto abrazado a la espalda de Sasuke y éste cómodamente recostado sobre el cuerpo dorado que tanta satisfacción le había proporcionado un rato antes.

—Sasuke, vuélvete hacia mí.

—Si lo hago, ¿qué harás?

—Frotaré tu polla contra la mía hasta que volvamos a ponernos como burros. Y después…

—La idea no es mala, pero ya nos hemos puesto el pijama y mañana tendremos que levantarnos más temprano de lo normal.

—¿Para qué?

—Para compensar lo que no hice hoy. Pasado mañana deberemos viajar.

El rubio se sorprendió.

—¿A dónde?

—Dijiste que hoy no querías ninguna explicación antes de dormir.

—Cierto —dijo Naruto, desaparecidos los matices burlones—. Y lo mantengo.

Sasuke se acurrucó más contra su amigo y se escuchó un ruidito que bien podría haber sido un ronroneo.

—¿Tienes hambre?

—No, sed Perdimos mucho líquido… —precisó el rubio malicioso.

El moreno se retiró del otro y se incorporó rezongando.

—Vamos a la cocina a recuperar "tus líquidos". Bebemos y a dormir.

—Genial. De paso aprovecho para hacer un encarguito.

Naruto se escabulló de la cama y salió corriendo como una flecha del cuarto. Sasuke sabía qué pretendía y no lo detuvo. Efectivamente, al pasar por delante del salón vio al rubio con media lengua fuera, enfrascado en escribir unas líneas en un papel que luego dobló cuidadoso, para ir en otra carrerita de pies descalzos a introducirlo en el buzón de la entrada.

Sasuke trasteaba en la cocina, y Naruto al poco se sentó a la mesa. El moreno llenó dos vasos de leche y se situó frente a él.

—¡Puaj! Esta leche no me gusta nada: sabe a agua sucia.

—Es leche sin nata. Te la vas a beber y te vas a ir a dormir sin rechistar —se enfurruñó el moreno—. Mañana comes y bebes lo que te salga de los cojones… No soy tu asistenta, si quieres algo te lo preparas.

Naruto vació de un sorbo el vaso y cesaron las quejas. No deseaba disgustar a Sasuke esa noche.

Mientras veía lo veía beber del suyo, arrugó la frente:

—Hay una cosa que no entiendo sobre el funcionamiento de este sitio.

—¿Sólo una? A ver…

—¿Por qué en los burdeles también trabajan Números? No necesitan purgar culpas, ¿qué hacen allí? Las chicas que pretendían meterme mano en la casa de aguas termales se presentaron con un número, no un nombre. No concuerda con lo de las pesadillas y el resto que has contado.

Sasuke suspiró.

—Todos los habitantes del Infierno tienen un número. Pueden elegir entre usar su nombre o la sucesión de dígitos que se les asigna al llegar, y por diversas razones que supondrás, hay personas que no quieren utilizar su auténtico nombre aquí.

—¿"Tienen"?

Como si hubiese usado un cazamariposas, Naruto había atrapado la única palabra en la explicación que a Sasuke le interesaba que pasase desapercibida. En ocasiones, se lamentaba de que el rubio no se comportase como el zopenco que daba a entender. Veces en las que la perspicacia del Uzumaki rayaba la genialidad psicológica.

—Tenemos —confirmó con un gruñido.

—¿Tienes un número? ¿De verdad, Sasuke? ¿Cuál es? ¿Cuál es? ¿Cuál es? —Los ojos azules se habían abierto de par en par, lo mismo que los de un tierno infante al descubrir una concha rara y fascinante en una playa, o la técnica más depurada para hacerle la depilación a la cera al gato de la vecina sin ser descubierto.

—Qué más da si tengo número, Naruto. No lo utilizo.

—A mí no me da igual —dijo éste, incorporándose desde su silla con esa mirada de determinación que a Sasuke le hacía arder el pecho en la misma medida en que le ponía los pelos de punta—. Quiero saberlo. Quiero aprendérmelo.

—No podrás —se mofó el Uchiha, encantado al haber encontrado una vía de escape en la memoria de pez del rubio—. Ni en un millón de años te aprenderías una retahíla de números sin sentido únicamente porque me los hayan puesto a mí.

—¿Me estás retando? —Naruto entrecerró los ojos con aire desafiante—. Haces mal. Cuando se trata de ti, nada es lo bastante difícil. Estoy aquí, ¿no?

—Tú ganas. —Sasuke sonreía a su pesar. No podía evitarlo, resistirse a la fuerza incontenible del Uzumaki era intentar detener el viento con los dedos—. Soy 8920759452837425784785.

—La hostia.

—Es imposible. Pero si lo consigues, es posible que obtengas más de un premio…

Dejando esa sugerente promesa flotando en el aire, Sasuke se levantó también, caminó por delante de Naruto y salió de la cocina.

88888888888888888888888888888888888888888888888888 8888888888888

Esa noche, Sasuke se desasió de los brazos dulces del Uzumaki para levantarse de puntillas e ir al baño. Al salir, lo acució la sed y regresó a la cocina, aprovechando como quien no quiere la cosa para pasarse casualmente por la puerta de casa. Fuera, encima del felpudo de entrada, acababan de dejar un paquete de tamaño mediano con las intrigantes peticiones del rubio.

Se lo pensó, lo abrió y miró en su interior.

Sonrió.