Capítulo VII. El corazón
—¡Naruto! ¡Cuidado con el agujero!
Desoyendo tan sugerente consejo, el intrépido rubio continuó su vuelo sobre el pavimento congelado de La Ciudad. Avanzaba a una velocidad endiablada, acelerando a cada potente impulso de sus largas piernas y evadiendo con gracia cuanto consideraba un obstáculo. Calles, avenidas, callejones, escaleras, plataformas, túneles… Cualquier superficie helada se transformó en un reto y Sasuke había desistido hacía mucho de intentar reprimir su entusiasmo.
El Uchiha patinaba tras él con un rostro severo que escondía cierta inquietud. Poseedor de una fortaleza física desmesurada y una agilidad impresionante, la habilidad del inexperto patinador rubio para curarse de posibles golpes o roturas de huesos no era la misma sin sus dos poderosos chakras.
Naruto estaba, palabras textuales, "hasta los cojones de patear hielo como si pisase huevos". Por eso se le había ocurrido la más brillante de sus estrambóticas ocurrencias: pedir que le trajesen unos patines. Dos pares, de hecho, pues también solicitó unos para Sasuke. Y los Números proveyeron: negros, resplandecientes y de amenazadoras cuchillas plateadas. Esa mañana, halló al recién levantado Naruto probándoselos en el salón. Su huésped sonrió, se puso en pie, e intentó dar unos primeros pasitos en su dirección con los protectores puestos. Para mantener el equilibrio, abría y movía los brazos de una manera enternecedora que le daba la apariencia de un bebé inestable. La siguiente parada fue un sillón, donde cayó en blando y se los quitó para ir a buscar su desayuno, pero en cuanto Sasuke hizo ademán de acercarse, lo pensó mejor. Se retiró a la esquina más apartada de la sala con un puchero, abrazado protectoramente a sus patines.
El Uchiha bufó y siseó como gato bajo pena de baño, y poco faltó para que se le esponjara el lomo. De madrugada, había tropezado con ellos de forma… accidental, prolijamente embalados dentro de una caja sobre el tapete de la entrada. Los supuso un puro divertimento y le hicieron gracia; sin embargo, Naruto se había emperrado en emplearlos para sus desplazamientos cortos, y aquello sí que no. Los dichosos patines habían sido origen de una encendida discusión matutina, concluida con la hosca claudicación del Uchiha.
En el fondo, estaba secretamente complacido por la luminosa alegría de Naruto, debida a sus juguetes nuevos, aunque no lo confesaría ni vivo. A lo largo del día, fue resignándose a deambular por las calles subido en los filos metálicos y "más tieso que una bailarina", en la insultante opinión del empecinado Uzumaki, el cual se había negado en rotundo a usar el transporte subterráneo durante toda la jornada.
Se disponían a regresar al apartamento. Naruto acababa de esquivar una farola, arrancar el peluquín al paso a un asesino en serie, y estar a dos milímetros de arrollar una valla festoneada de estalactitas transparentes:
—¡Sasuke, mírame! No lo hago tan mal…
—Entre no hacerlo mal y hacerlo perfecto se abre un abismo, usuratonkachi. ¿Quieres una demostración?
De manera sorprendentemente vertiginosa, dada su estirada y antipática parsimonia de las últimas horas, adelantó a un pasmado Naruto y realizó en fluida secuencia varios saltos espectaculares: dos quíntuples Axel, dos cuádruples Loop y un triple Lutz, sin dejar de lucir su familiar y detestable sonrisilla de superioridad.
Ahí estaba el Sasuke de su infancia, presumido, insoportable y engreído: el que tanto había extrañado. Se quedó embobado contemplando las evoluciones de la figura vestida de negro. La torneada musculatura se apreciaba con claridad bajo la capa oscura que ondeaba a su alrededor.
Sasuke retrocedió, picando el hielo, y se detuvo.
—¿A qué viene esa cara de perro famélico? —inquirió, ceja en alto.
Dio media vuelta sin esperar respuesta y continuó patinando en línea recta con la engañosa lentitud de antes.
—Anoche me quedé con hambre. —Naruto reanudó la marcha y se apresuró hasta que patinaron a la par—. Si cocinas tú, hoy cenaré más de lo mismo. Todavía no me sacié, Sasuke.
—Ya no me llamo así. Consigue deletrear mi nuevo nombre con propiedad y me lo… pensaré.
—¡Ah, ah!
Naruto se paró y Sasuke lo imitó, intrigado. Palpándose entre los velludos forros de su capa, sacó un papelito, leyó el contenido en voz alta y levantó el mentón para mirar al moreno con cara esperanzada:
—8920… 59452837… 4257… 84... —Sus ojos se cerraron—. Eh… ¡Mierda! ¡No! ¡Así no era…! Era…
—Gran intento, dobe, pero te has comido un siete al principio y te faltan los últimos números —reprobó Sasuke, mordaz—. Loable tu esfuerzo, probablemente en cincuenta o sesenta años te lo aprendas.
Su sonrisa retorcida se cerró igual que un abanico, y retomó su lento patinar, inclinando el torso hacia adelante y colocando las manos unidas a la espalda. El tiempo estaba empeorando y quería llevar a Naruto a casa antes del inicio del toque de queda. No le agradaba dar explicaciones y menos a otros policías.
—¡Cierra el pico, teme! —El rubio arrancó y dio un violento acelerón para volver a coger el ritmo—. Llevo todo el día practicando este rollo. Como hoy me has dejado abandonado a la entrada de tus queridos puticlubs, releí el puñetero numerito hasta cansarme. Voy a memorizarlo, así me haga papilla el cerebro, y por mucho que te rías e inventes impertinencias como esa de "usuraton-dobe-baka", no me rendiré.
—Lo sé.
De repente frenó y Naruto hizo lo mismo. El gesto de Sasuke cambió.
Se aproximó al rubio hasta que no podían estar más cerca sin tocarse. Pero Naruto no percibió el calor emanando del cuerpo del Uchiha, sino un frío más intenso que el del gélido y ventoso anochecer.
Su expresión era grave, y su voz fue baja y sombría:
—No puedo entenderte.
Se encontraban en una pequeña explanada protegida por tres altos edificios, al abrigo de las ráfagas húmedas de aguanieve que se levantaban con más virulencia a cada minuto. Sasuke tardó en seguir hablando y su discurso, a tan poca distancia, sonó enredado en el viento helado que arreciaba:
—Desear con todas tus fuerzas, anhelar con tanta intensidad que reventarás si no obtienes lo que deseas, nunca fue suficiente para mí. Y si llegué a soñar con algo que no fuese muerte, sangre y dolor, no soy capaz de recordar lo que era. Mi existencia, además de corta, fue una inutilidad completa.
Su carcajada cínica fue similar a las que Naruto había escuchado a menudo en medio de sus feroces combates. Su tono destilaba una franqueza durísima. Se estaba abriendo enteramente a él por primera vez.
—Dedicaste tu vida a superarme, a perseguirme y a tratar de salvarme —prosiguió—. Convertiste mi salvación en la meta de tu camino ninja, para acabar sentado día tras día delante de los restos de mi cuerpo muerto. Siempre has estado equivocado. Buscas igualarte a mí, pero no somos iguales, ni siquiera nos parecemos, porque yo no valgo nada. Mi alma es un millón de veces más pequeña y mezquina que la tuya.
"¿Realmente crees que mereció la pena tanto sufrimiento? ¿Entiendes ahora por qué no soy capaz de comprenderte y por qué jamás lo seré?
El rubio permaneció inmóvil, su rostro orlado de suave pelo por la capucha no dejaba traslucir sus pensamientos. Sus ojos eran un limpísimo glaciar azul, allí donde todo el hielo era blanco sucio o gris.
De pronto, extendió el brazo derecho para tomar la mano del otro, caída a su costado y envuelta en el recio guante. Notó su sobresalto por la inesperada reacción después de lo que le había dicho, pero la apretó decidido con la suya.
Sasuke bajó la vista hacia la unión entre sus manos. Naruto también inclinó su cabeza hacia abajo, y los dedos de ambos se entrelazaron muy despacio, a pesar de que los gruesos guantes limitaban la intimidad del contacto.
Volvieron a mirarse.
—Tú eres el que no entiende nada, Sasuke. Pero con que yo lo entienda es suficiente.
La sonrisa de Naruto fue tenue y dulce. Sasuke se avergonzó por el repentino golpeteo violento de su corazón.
—Necesito que me cuentes lo que ocurrió ayer —pidió el Uzumaki—. Pero hace mucho frío. Regresemos a casa.
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Hora y media más tarde, Naruto soltó sus guantes, su coraza y su capa en la alfombra de la sala, y se derrumbó desmadejado en un sofá. No estaba acostumbrado a hacer tal cantidad de esfuerzo físico sin la ayuda de su chakra, pero su cuerpo era muy adaptable y enseguida se habituaría. Las inacabables sesiones de entrenamiento cuerpo a cuerpo junto al animoso Lee y a su exaltado maestro habían rendido buenos frutos. De lo de la malla verde no tenía por qué enterarse nadie. Cuando era niño, le resultaba simpática. De adulto, se había convertido en ese tipo de espantoso ridículo que uno no olvida ni en su lecho de muerte.
—Te repito que no soy tu sirviente —refunfuñó Sasuke en su oreja—. Haz el favor de colgar eso en el armario, igual que hice yo.
—Sí, "mamá" —se burló Naruto, piernas en horizontal y patines en vertical sobre la mesa de madera veteada.
Sasuke no se había percatado de la renovada infracción. Fue verla, e hinchársele el flequillo y el pecho como gallo de pelea, preparado para soltar un berrido de diez mil decibelios que ensordeciese al edificio entero. El alarido proyectado no se produjo porque el rubio descendió los pies al honrado suelo, se quitó los patines, dio un salto casi mortal para coger coraza y capa, y guardó las prendas en el ropero. Todo ello en medio milisegundo, y bajo la rigurosa y maternal (en el peor sentido) mirada negra del dueño de la casa.
—Ahora sígueme.
Se dirigieron por el pasillo hacia el santuario tenebroso de Sasuke.
Allí, el moreno encendió unas cuantas velas y las posicionó estratégicamente alrededor de la cama. Naruto se apoyó en la jamba de la puerta, observando cómo su amigo se llevaba las manos a la espalda y de un tirón se quitaba el grueso jersey negro de cuello alto, y la camiseta ajustada que le abrigaba por debajo. A apetitoso pecho descubierto, se aproximó al armario. El frío permanente del cuarto provocó que se le erizasen las dos pequeñas puntas que habían enloquecido a Naruto entre sus sábanas. Al rememorar la escena, soltó un suave jadeo.
—Sigue desnudándote y recoge después, Sasuke —insinuó, sin apartar los ojos de la piel expuesta—. La luz de las velas te favorece. Si esparcieras por la cama unos pétalos de rosa, juraría que estoy en mi noche de bodas —remató sonriente.
Un resoplido desdeñoso le disuadió de seguir por ahí. Sasuke se acercó a su armario y sacó de la balda más alta dos grandes mochilas que fueron depositadas sobre la cama.
—¿Nos cambiamos de casa?
—No —fue la respuesta—. Viajamos a La Torre.
Naruto se acordó del singular edificio, que destacaba poderosamente entre las demás construcciones de la ciudad y había divisado desde un callejón el día anterior.
—¿Una de color rosa que parece una enorme…?
—La misma —lo interrumpió Sasuke—. ¿La conoces?
—Pfff… Imposible no verla. —Naruto se adentró en la habitación y se lanzó de espaldas sobre la cama, junto a las mochilas. El peso hizo que se agitase el colchón y Sasuke le echó una mirada reprobadora que ignoró olímpicamente—. ¿Qué es?
—El cerebro de este lugar, el que centraliza su funcionamiento. Cada tres o cuatro semanas, viajo allí para recibir más órdenes y llevo la información que recopilo. Se tarda varios días en llegar, está muy lejos de este distrito.
—Es raro que no puedas comunicarte por otra vía con tus jefes. La gente aquí utiliza ascensores, trenes subterráneos, electrodomésticos, y otros artefactos que no sé lo que son o sólo los he encontrado en ciudades más modernas que Konoha. Pero también cosas muy primitivas, que en nuestra aldea hace siglos que no se usan...
—A mí también me resultó llamativo el contraste entre tecnología y atraso, pero no esperes que el Infierno se guíe por las reglas de la lógica, y no digamos de la tuya. Si hablamos de lógica, eres el menos indicado de todos los universos para abrir la boca.
—¿Qué buscas recorriendo los burdeles de la ciudad, aparte de pillar unos buenos calentones? ¿Qué pretenden que averigües?
—Siéntate Naruto. Voy a explicarte lo que sucedió ayer con Orochimaru.
El rubio se irguió en un instante y se recostó contra la pared para escuchar al otro.
—Vive allí, y yo lo sabía —relató el Uchiha, mientras comenzaba a llenar su mochila con ropa del armario—. Hace meses lo encarcelaron y lo sustituyeron por la persona a la que íbamos a ver, e ignoraba que lo hubiesen soltado. No quise brindarle el placer de verme afectado por su presencia; de ahí mi falta de reacción, aunque tú ya le diste toda clase de satisfacciones en mi lugar —finalizó ceñudo.
Naruto se enfureció por aquella acusación.
—Eso es injusto, Sasuke. De haberme explicado desde el principio que existía la posibilidad de toparnos con él, hubiese estado prevenido. No te atrevas a culparme, porque yo fui el más jodido. Ese hijo de puta tuvo un orgasmo cuando le defendiste. Me rebajó, me ofendió y me humilló, llamándome obseso y aberrado. Y tú, en lugar de apoyarme, me trataste como a un niño con una rabieta caprichosa.
—Quería protegerte —replicó el Uchiha con vehemencia—. Dañarle habría supuesto un duro castigo para ti, y él ya está muerto. Sólo le causaste dolor; no existe más que una forma de que las almas muertas desaparezcan, y no consiste en romper sus cuellos.
—Oh… —La curiosidad disolvió en un suspiro el enfado de Naruto—. ¿Las almas pueden volver a morir?
—No. Al entrar en la Ciudad, te asignan un número y te entregan un cuerpo idéntico al que poseías. Aunque reproduce las emociones y sensaciones humanas, incluido el dolor y el sufrimiento, no puede morir por segunda vez. Cualquier daño corporal se cura con un tratamiento que los Números dispensan en La Torre. Desconozco en qué consiste, ya que no he sido herido. Sí sé que son capaces de sanar todas las heridas, excepto una.
El moreno señaló las corazas metálicas que guardaba en su armario y Naruto ató cabos:
—Protegéis vuestro pecho —dedujo—. ¿El corazón?
Sasuke asintió.
—Nuestra debilidad. Si alguien nos clava un instrumento de metal, nos evaporamos. Presencié el proceso en una ocasión y fue muy desagradable. La coraza es prácticamente indestructible, con ella estamos a salvo.
—¿Serviría una estaca de madera? —preguntó el Uzumaki sin poder contenerse.
La mirada negra fue más penetrante que la de un vampiro de verdad.
—Bueno, bueno: no más chistes malos. Ahora comprendo bastantes cosas.
—Mañana te contaré más.
—Gracias —dijo Naruto muy bajito—. Te pido perdón por haber desconfiado de ti. Debí escucharte, me porté como un…
—No. —Sasuke lo cortó con aspereza—. Se terminaron los perdones. Ve a tu habitación y haz tu mochila. Quiero levantarme antes de que comience a clarear.
El rubio se puso en pie y observó curioso la mochila que le correspondía.
—La llenaré con lo que te he visto meter en la tuya.
Cogió las correas para pasárselas por los brazos, se encogió de hombros y se fue hacia la puerta.
—Tengo otra pregunta —decidió, girándose hacia el interior de la habitación con la mochila vacía a cuestas.
—La respuesta es sí.
—No sabes lo que voy a preguntar.
—Te gustaría saber si dormiré contigo hoy.
—Emm… —Naruto emitió una risilla nerviosa—. Eres adivino.
—No. Te has puesto de perfil delante de la luz del pasillo y no me han quedado dudas de tus intenciones. Dormiré contigo, y digo dormir de "dormir". Mañana tenemos que estar descansados.
—Lo dices como si fuésemos a corrernos diez veces —puntualizó Naruto malicioso—. No estaría mal… Y apuesto mi cabeza a que, al levantarnos, me encuentro más fresco que tú.
—Apuesta cosas de valor, dobe. Desafiándome hoy, no vas a conseguir nada, es mejor que durmamos en cuanto terminemos de cenar.
—Mejor puede, pero no lo que me gustaría hacer. ¿Tienes miedo de que recite tu nombre y te obligue a pagar lo que me debes?
—No lo conseguirás. Hace un rato no sabías ni la mitad.
—Dime, si lo logro ¿harás lo que yo quiera?
—Sí.
—¿Lo que me dé la gana? ¿Sin protestas?
—Sí.
—¿Aunque no te permita dormir hasta el amanecer? ¿Aunque mañana no puedas moverte?
—Habrá que verlo. Que seas un poco más grande que yo se debe únicamente al transcurso del tiempo. No significa que seas más fuerte o más resistente.
—Te tomo la palabra, habrá que verlo. ¿Cenamos y te muestro de lo que soy capaz?
Empleando una lentitud medida y provocadora, Sasuke cruzó los brazos delante de su torso perfecto, sombreado por la luz de las velas.
—De acuerdo. Cenemos y luego demuéstramelo.
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—8920759… 45283742… 5784785.
—Leer no vale.
—Ya, ya.
Naruto estaba arrodillado sobre el cobertor de su cama, la nariz incrustada en la nota arrugada que sostenía con ambas manos. Sasuke, a su izquierda, había desplegado sobre sus piernas recogidas un mapa cubierto de líneas de colores y anotaciones a mano. Delineaba con el índice los trazos coloreados a medida que murmuraba términos y cifras sin sentido, buscando el recorrido más corto para llegar a su objetivo. El rubio ya se veía sumido en la grasienta oscuridad de los túneles del tren horas y horas, con la mochila a la espalda, pero Sasuke le explicó que el viaje los obligaría a desplazarse también por la superficie y a atravesar zonas "no urbanas" de otros distritos.
Las murallas de la Ciudad escondían algo más que feos y grisáceos edificios, por lo que la cosa prometía. La monotonía no se había creado para Naruto Uzumaki; si la aventura no acudía él, invariablemente corría gustoso a sus brazos.
Sasuke estudiaba su mapa, concentrado, en tanto que él hacía esfuerzos titánicos para centrarse en el asunto que lo martirizaba y arrancar sus pupilas del torso ajeno. Su amigo detestaba taparse el pecho. El modelito violáceo con lazo de regalo, cortesía del taller de corte y confección de Orochimaru, había supuesto un punto de inflexión en su indumentaria, que se prolongó posteriormente en los siniestros atuendos de su propia cosecha. En ninguno de ellos la parte superior del tórax estuvo cubierta por la tela.
Esa noche llevaba uno de sus pantalones negros y flojos. Nada más.
Naruto, hipnotizado por el movimiento sinuoso y el susurro de la yema del dedo al rozar sobre el pliego, terminó mirando a Sasuke frontalmente sin pestañear. Éste, al detectarlo, interrumpió su tarea.
—Estaba refrescando la ruta. ¿Quieres recitar el número ahora?
Cabeceo afirmativo. El moreno retiró el plano de sus piernas y se dispuso a presenciar un más que previsible y estrepitoso fracaso.
—Me voy a tumbar, siéntate encima de mí —demandó el rubio, muy serio.
Los párpados de Sasuke se entrecerraron.
—De eso nada. Oigo bien como estoy.
Ofrecía una expresión desconfiada y huraña muy divertida, pero Naruto trató de no reír. Sabía que reaccionaría así y lo esperaba. Al siguiente peldaño de su escalera hacia el triunfo, le iba a ser más costoso trepar:
—Pues túmbate tú.
Los ojos oscuros crecieron para adquirir las dimensiones de los del maestro de taijutsu favorito de Naruto, el inefable Lee.
—¿Contigo arriba? No.
—¿Me tienes miedo?
—En tus sueños, Uzumaki. Todavía no he escuchado un solo número.
—Estamos de acuerdo. Me tumbaré y te sentarás sobre mí. De esa forma no podré hacerte nada malvado, conservarás en tus manos el control. ¿Te atrae la idea, Uchiha?
—Mmm… No sé qué pretendes, pero estoy deseando ver cómo repites un número tan complicado con ese cráneo hueco que tienes… —Sasuke redujo sus ojos a su rasgado usual—. Está bien —aceptó—. Tiéndete estirado.
Naruto se extendió sobre la cama, cuan largo era. Agarró su almohada y la vecina, y las instaló bajo su cabeza para mantenerla elevada. La postura era esencial en sus planes. Sasuke levantó una rodilla y alargó la pierna hasta situarse a horcajadas sobre su vientre. Se sentó encima del ombligo, alejado de regiones más comprometidas.
—Listo.
Naruto echó los brazos hacia atrás, empuñando las fundas de las almohadas para refrenarse. No iba a caer en la tentación de entusiasmarse demasiado pronto, y que el escurridizo moreno escapase de sus garras. Elevó las rodillas, creando con sus muslos un respaldo confortable. Sasuke no vio peligro en aquella acción y la toleró, aunque no dejaba de observar escéptico al que estaba debajo.
El hombre tumbado inspiró hondo. Tras los complejos preliminares, la victoria era cuestión de autoconfianza y determinación, virtudes que al futuro Hokage de Konoha le sobraban.
Y una pizca de suerte, claro.
—Llevas un pantalón muy suave.
—Seda natural —acotó el presuntuoso Uchiha de manera automática.
—¿Sabe bien?
—¿Eh?
Los brazos de Naruto ya no se encontraban detrás de su cabeza. Sasuke, entretenido por la peculiar conversación, no se había percatado. Sintió, sorprendido, cómo el rubio usaba las palmas de las manos para levantarle las caderas y sujetar sus nalgas. La mente se le inundó con una ola de frases sobre destripar y despedazar, pero fue acallada por su propio gemido de asombro. Su pelvis se hallaba a centímetros de la cara de su atacante y la revoltosa lengua del Uzumaki había hecho fricción, increíble fricción, contra la zona delantera del fino pijama de seda.
Tan caliente. Y húmeda…
Lo atrajo de nuevo hacia él, rozándolo repetidamente con la punta de la lengua. El sonrojo en su cara abochornó más a Sasuke que las audaces actividades de Naruto. Los gritos e improperios se apelotonaban en su estómago, arañando la salida para subir a asesinarlo, mas no llegaban a remontar hasta su garganta: de ella sólo salían apagados sonidos vergonzosos. Las manos continuaban aprisionando sus nalgas, mientras que su entrepierna estaba pegada a la osada boca.
—Naruto, te voy a… ¡ah…! No… Esto no… —se resistió, o lo intentó, utilizando la pequeña cantidad de voz que pudo reunir—. Esto no es lo que…
—Sí, lo sé. —La voz del rubio, por el contrario, se escuchó resolutiva y desenvuelta—. El número.
El Uzumaki aparentó darle tregua, se separó y comenzó a recitar la primera sección de la secuencia numérica que conseguía soltar de carrerilla. Pero intercalaba las cifras con pérfidas lamidas, y su lengua traviesa se paseaba impúdica por la zona humedecida del pijama, humedad que Sasuke en ese instante no sabría a quién achacar.
Llegado el último número que recordaba con precisión, Naruto se paró y el moreno tragó saliva.
—Has perdido —susurró, sin cambiar de posición ni poner de su parte para apartar las manos aviesas que le servían de asiento.
—No he acabado.
El maldito acompañó su información con un blando y mojado lametón, perpetrado con lasciva lentitud sobre el área más sensible de la anatomía Uchiha.
Sasuke flotaba como podía en aquel mar de confusión y calor.
—Termina ya… —articuló con dificultad.
A partir de entonces, Naruto mantuvo su lengua embarcada simultáneamente en las tareas de delinear las tumescentes formas bajo la tela y de recordar el nombre infernal de Sasuke.
—Guies.
Harto del tacto de la seda, pasó a utilizar los dientes además de la lengua para abrir el hueco que sabía que encontraría, la rendija delantera de la prenda.
—Guieogo.
El Uchiha expulsó un quejido demasiado grande como para que le cupiese en la boca y se puso granate. El rubio había logrado lo que perseguía, estúpido de él por dudarlo. A través de la rendija, saludaba la cabecita rosada y trémula. Dos contorsiones de cuello y dos de lengua, y la sacaría fuera.
Fue lo que hizo.
A Naruto, en la vida se le habría cruzado por la imaginación gozar así haciendo una mamada. Ni que lejos de repugnarle hasta la náusea, lo encendería como una antorcha empapada en aceite. Contemplando en su hinchada plenitud la respuesta a sus caricias, asumió que lamer y chupar una polla le excitaba muchísimo. Desde luego, no podía concebirse haciendo eso con cualquiera de sus amigos masculinos de Konoha, incluido el atrayente Gaara; la imagen le ponía los pelos de punta. Pero se trataba de Sasuke, la carne rojiza y erguida que palpitaba frente a su cara era Sasuke. El moreno constituía un mundo de delicias para Naruto.
El argumento le animó y abrió la boca sin pensárselo, sacando la lengua para ir al encuentro de su amigo.
—Goegue…
—Sigue… con el…
—…número —completó—. Va.
La magnífica erección asomaba totalmente y Naruto deseó más. Adelantó el cuello y engulló el tierno glande. Lo retuvo unos segundos entre los labios, antes de soltarlo.
—Guegue.
La retahíla de números inexistentes se ampliaba.
—Faltan tres —siguió jadeando el Uchiha.
Naruto estaba extasiado por la tersura de la piel, y lo blando y frágil de la diminuta ranura húmeda que soportaba sus embates. El sabor de Sasuke era suave, tibio y embriagador. Intentó introducirse más en la boca y sorbió con intensidad, deleitándose en la sensación desconocida y placentera, tanteando con la lengua y chupando alternativamente. No era capaz de abarcar mucho, pero lo que alcanzaba era objeto de mimosas atenciones. Quizá por eso, a Sasuke su falta de experiencia no daba la impresión de importarle.
La secuencia incesante de números imaginarios, lamidas y apasionadas succiones continuó hasta que el moreno finalmente la detuvo.
—Naruto, por favor...
—Ya está. ¿Me he equivocado en algo?
—No —concedió el Uchiha en un hilillo de voz—. Pero ahora no pares. Métetela… más…
—Gané, Sasuke. Eres mío.
La sonrisa del zorro Uzumaki se ensanchó. Sus manos se desplazaron hacia abajo y oprimieron, ya sin privarse, las nalgas. Dejando a un lado el gusto que proporcionaba el puro manoseo, la razón última era llenar su boca con más cantidad de carne sabrosa, e intensificar su labor. No obstante, le frustraba la bragueta de seda que la rodeaba.
—Quítate tu seda natural, porque la voy a hacer trizas —ordenó.
Sasuke estaba hirviendo. Hizo volar por los aires reglas, normas, represiones internas, razones o motivos. Se irguió, se retiró un instante, y regresó desnudo al cuerpo del otro.
El Uzumaki tenía la boca seca, inaudito por la cantidad de saliva que estaban produciendo sus glándulas. Sasuke se sentaba encima de su pecho a plena luz y con su poderío rozando su cara y sus labios. Devolvió los dedos a las turgentes nalgas del moreno. Su erección, allá abajo, chillaba que le prestasen atención y que una de esas manos sería de más utilidad dándole cariño a ella; sin embargo, el interés de Naruto se centraba en satisfacer a Sasuke a toda costa, en procurarle el mayor de los placeres. La primera noche, no se había corrido y él sí. Iba a corresponder el favor, puesto que Naruto Uzumaki era justo ante todo.
Imitaría lo visto en las fotografías de las revistas que Jiraiya extraviaba continuamente. La intención auténtica del Sannin era ilustrar en las artes amatorias a su querido discípulo, al igual que lo hacía en las demás artes de la vida. Naruto había consumido incontables tardes, hechizado, mirando cómo una mujer que no mediría más de un palmo desde los labios a la garganta se tragaba un falo que triplicaba el tamaño de su cuello. Era obvio que existía alguna técnica ninja oculta subyacente muy poderosa en esa hazaña, y el menudo niño rubio en su entusiasta afán de aprendizaje empleó largas tardes de invierno frente al hogar, repasando las imágenes. Estaba decidido a convertirse en el más excelso ninja y para lograrlo ninguna técnica era superflua. Especialmente una, a sus inocentes ojos, tan dificultosa.
Un ya muy adulto Naruto estiró una de sus manos para rodear la base de la erección y se metió todo lo que pudo, acompasando sus embestidas en la diminuta hendidura con las caricias que brindaba el interior de sus mejillas. Aprovechó para apretujar viciosamente la nalga contraria a la mano de sujeción, al tiempo que masturbaba con la otra lo que no lograba hundir en su boca. Sasuke había prometido no oponerse a nada, y era hombre de palabra, porque lo tenía completamente rendido. Sus musculosos brazos se extendían hasta apoyarse en el barrote superior del cabecero de la cama, para afianzarse sin caer.
Ya no hablaban. El moreno se estaba mordiendo hasta la nariz para no soltar más ruidos humillantes, y Naruto tenía la boca muy llena como para decir nada. Se estaba dejando llevar por un instinto que desconocía poseer: chupar hasta dejar seco lo que se encontraba entre sus labios. La piel que envolvían sus manos y la carne que ondulaba en su boca le provocaban sensaciones abrasadoras. Suponía que cuando Sasuke consiguiese abrir los ojos, lo escrutaría morboso desde arriba, pero en realidad no. Estaba demasiado ocupado luchando contra su garganta y evitando los movimientos bruscos que pedía su propio instinto para no enhebrar a Naruto por la campanilla. A medida que intensificaba su succión y sus lamidas, Sasuke ascendía por la espiral enroscada en su bajo vientre. La energía de su amigo era brutal.
Hubo un estremecedor sonido que al rubio casi le causa un orgasmo sin tocarse. Alzó la vista y se miraron.
Sasuke no podía más. En cuanto conectaron sus ojos, el que estaba debajo supo que el moreno se iba a correr.
—Naruto… la mano… sólo… la… ah…
No comprendió inmediatamente y fue su perdición, ya que sacó a Sasuke de su boca en el momento en el que éste esparcía un chorro caliente y espeso sobre su cara.
¿Era normal que sentir a Sasuke eyaculando encima de su cara le produjese esa sensación de intimidad tan placentera?
Sí, pensó Naruto. Porque sólo Sasuke podría hacerle sentir aquello. Nadie más.
Abrió la mano y soltó la erección menguante. Movió la mano hacia la otra nalga y acarició tiernamente los glúteos durísimos.
El dueño de aquel culo prieto, mientras tanto, recuperaba la consciencia. Su expresión al posar sus ojos en él fue cansadamente burlona.
—Deberías limpiarte —le indicó.
—¿Por qué no lo haces tú? Tienes lengua también, que yo recuerde. ¿Sabes usarla? —ronroneó el rubio, provocador.
—Joder, Naruto. Eres tan vulgar… —siguió sonriendo Sasuke.
—Levántate, anda. Todavía no cobré mi premio.
—Has hecho que me corra yo primero a propósito —gruñó el moreno.
Su innata competitividad había vuelto a despertar.
—Lo sé —se lamentó el Uzumaki con una mueca graciosamente dolorida—. Date la vuelta, pero no te muevas de encima de mí.
Sasuke emitió un resoplido. Se levantó muy digno y cambió la posición de sus piernas sobre Naruto, de modo que ahora le daba la espalda. El rubio recurrió a la manga de la chaqueta de su pijama para limpiarse un poco la cara.
—Eres un guarro —comentó Sasuke, grupa hacia atrás, viendo la acción de reojo.
—Tú no quieres ayudarme. Y total, me la voy a quitar… —aseguró el insultado. Empujando a su amigo hacia adelante, se desabrochó la prenda y se incorporó ligeramente para arrojarla al suelo.
—Sácame los pantalones.
—¿Va a ser ese mi castigo? —repreguntó el Uchiha, simulando indiferencia. La petición le motivaba, pero se reservaría la opinión.
Naruto sufría un atroz tormento. Su erección no había decrecido desde que inició sus lúbricos trabajos sobre Sasuke, y el ver las nalgas suculentas frente a sus ojos le estaba nublando el juicio. De repente, se le antojó algo tan sucio y perverso que estaba seguro de que lo disfrutaría al máximo. Al fin y al cabo, se trataba de Sasuke, ¿no?
Éste estaba alargando las manos para deslizarle la cinturilla del pijama por las caderas. Naruto alzó la pelvis y su alegría de vivir brincó con mente propia. Las manos de Sasuke fueron atraídas como un imán a la carne que tan roja y necesitada se veía, comenzando a masturbarla.
—Ah… —musitó el rubio, al que le quedaba poco para sufrir un ictus cerebral. Sasuke se había inclinado involuntariamente con intención de manipular mejor su erección con esa habilidad ansiosa que lo caracterizaba, sin contar con que ubicaba su trasero en una posición inmejorable para que Naruto acometiese unos nuevos y peores planes.
—Sasuke —susurró— échate hacia atrás.
El moreno se enderezó con la rapidez de una centella. Estaba tan fascinado manoseando la erección del otro que se había olvidado de su desprotegida retaguardia.
—Hazlo —rogó con suavidad Naruto—. Por favor…
Sasuke se mordió el labio inferior para estar lúcido. La bruma erótica que ambos exhalaban le estaba haciendo perder la cabeza. Al imaginar lo que Naruto pretendía, su cuerpo fue vencido nuevamente. Se arrastró sobre las rodillas para arrimar su trasero al otro.
Naruto colocó sus manos en las blancas nalgas.
Y las abrió.
Al moreno se le escapó un gemido demoledor. Intuía lo que iba a pasar, pero no fue capaz de creerlo. Naruto no iba a hacer aquello. No podía, era imposible que él fuese a…
Lo abrió más. Del todo. Y su lengua dibujó peligrosamente los contornos de la fruncida abertura de su cuerpo que nadie había observado a tan exigua distancia. La visión dejó boquiabierto a Naruto, que se abalanzó a lamer con dedicación lo que sus ojos absortos contemplaban. Cuando intentó penetrarlo con la punta de la lengua, el lamento fue tan agudo que los dos creyeron que se habría oído en la cima de La Torre.
El Uchiha presentaba una erección más dura que la primera. Desinhibido por la excitación, abrió los labios y Naruto sintió que se lo tragaban. Tuvo que sacar la lengua del cuerpo del otro, debido a la impresión.
—¡Sasuke!
Dos minutos después de haber empezado su ascensión a los cielos de la mano (boca) de Sasuke, que nada tenía que envidiarle en capacidad de absorción, el rubio se corrió. Al moreno sólo le dio tiempo de metérsela hasta lo más hondo unas cuantas veces. Y lo más hondo era mucho, tratándose de él, porque respirar ya no le hacía falta. Otra cosa es que estuviese acostumbrado a hacerlo. La ventaja de estar muerto era que no te asfixiabas, aunque los abrazos estrechos y entregados de Naruto te hiciesen creer que sí.
Sasuke notó la sustancia caliente, al golpear y resbalar por las paredes de su esófago, y continuar hacia el interior de su tracto digestivo. A diferencia de Naruto, el suceso no le planteó dudas existenciales sobre su sexualidad, muy clara para él desde hacía años. Sonrió, pero la sonrisa le desapareció de inmediato. El rubio, al sentir que se corría, quiso morir matando y abrió las nalgas de su amigo al máximo, perforándolo con la lengua extendida cuanto daba de sí su longitud. Sasuke comenzó a estremecerse y Naruto, previendo que ayudaría, usó una mano para masturbar fieramente al que ya sufría los primeros espasmos de su segundo orgasmo.
Y fue ahí cuando Naruto resolvió arriesgarlo todo. Al percibir las contracciones repetitivas, contribuyó al desmesurado placer del moreno, insertando una falange que sustituyó a su lengua entre las cariñosas y resbaladizas paredes. No contento con eso, fue metiendo su dedo cada vez más, a medida que los violentos estremecimientos aumentaban. Sasuke, al sentirse profundamente invadido, terminó de correrse enlazando su grito al anterior del rubio.
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Pocas, aunque muy reparadoras, horas de sueño después, los expedicionarios estaban dispuestos para la marcha. Los patines colgaban por la cubierta exterior de las mochilas, iban abrigados de pies a cabeza y acababan de desayunarse el equivalente a un buey por barba.
Durante su aseo y mientras se vestían, apenas hablaron. Las sonrisas cómplices hablaban por ellos: la de uno de ellos, descomunal, no se borraba de su boca; la del otro, acorde a su carácter, afloraba más comedida.
Porque Sasuke guardaba un pequeño secreto.
Antes de dormirse, extenuado, el Uzumaki le había plantado un beso rapidísimo en la sien. Los labios quemantes sobre el mechón lacio de su flequillo habían cortado la respiración de Sasuke, tanto o más que el fogoso intercambio de fluidos compartido. El moreno tardó bastante en conciliar el sueño, sintiendo el peso de la cabeza rubia y confiada en su pecho.
La bajada en el ascensor mantuvo la atmósfera tierna de esporádicos roces de ojos y escasa conversación. Ambos, por razones propias, se hallaban felices en su silencio íntimo.
Pero Naruto aborrecía ser egoísta con su felicidad, y si ésta era silenciosa, peor que peor:
—Sasuke… —carraspeó, a tres metros de salir del edificio e internarse en la oscuridad congelada previa al amanecer—. ¿Te duele… el… eh… ya sabes…? Creo que ayer fui un poco bruto al final, es que estaba tan caliente que no medía lo que hacía.
—No me duele nada —respondió el Uchiha, con un afilado de ojos muy poco amable—, pero la próxima vez que hagas una cosa así sin advertirme, te cortaré el dedo, lo pelaré como un plátano y usaré tus huesos para enrollar el asqueroso ramen que me veo obligado a comer aquí.
—Vale, vale. Tranquilo, no volveré a hacerte nada sin avis…
¿Próxima vez?
—¿Y si te aviso…?
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Dentro del amplio claro de un bosque de abetos, pinos y alerces nevados, la silueta embozada en su capa caminaba sigilosa, pese a que en la inmensidad blanca y solitaria bajo el cielo aún nocturno, nadie podría oírla. Se paró, y sacó de una bolsa que colgaba de su hombro un panel cuadrado y plastificado del tamaño de un libro. Al encenderlo parpadeó y el rectángulo verde apareció salpicado de puntos plateados.
Allí estaba.
Avanzó un poco. Un gran tronco caído era el epicentro de la zona despejada de vegetación. Siguió andando hasta que el trozo de madera muerta se encontró a dos pasos de sus botas. Sin preocuparse del frío, se reclinó sobre el montón de nieve que lo coronaba, se dejó caer de rodillas y aproximó un guante a los bordes del orificio abierto junto las ramas heladas. El aparato se puso a pitar insistentemente, en cuanto los dedos rozaron la oscuridad del hueco. Raudo, retiró la mano.
Otro más. Pequeño, pero estable.
Se puso en pie, desplazó la imagen actual del panel con un roce de su dedo, marcó con un puntero de metal un nuevo lugar en otra pantalla y se aseguró de que permaneciese iluminado.
Encontraría alguno de la medida adecuada, sólo era cuestión de tiempo. Qué irónico. Tantos años de soportar tortuosos experimentos, para descubrir que el modo más eficaz de lograr tus propósitos era morirte sin cumplirlos…
Orochimaru siseó satisfecho.
Hora de irse. Se iba haciendo de día, sin embargo, siempre se sentía tenso en aquellos parajes, como si los árboles oscuros lo acecharan. Apagó la pantalla, la guardó en su bolsa y se dirigió hacia los márgenes del claro, para desaparecer por otra intrincada senda que lo llevaría a su siguiente destino.
