Capítulo VIII. La oscuridad
—No te vendría mal un afeitado —se recomendó Naruto a sí mismo.
Frente a él, su reflejo se mesaba la incipiente pelusa que comenzaba a tapizar la mitad inferior de su cara. El espejo del baño mostraba a sus espaldas parte del lugar donde él y Sasuke dormirían esa noche, un agradable cuarto decorado al estilo tradicional y ocupado por dos futones, extendidos sobre el tatami de paja de arroz a lo largo del suelo de pulida madera oscura.
La habitación de un prostíbulo era la original ubicación elegida por el policía para su parada nocturna, tras pasar el día entero traqueteando en el interior de los túneles infernales. Recorrieron kilómetros y kilómetros en tren, saliendo esporádicamente a la superficie para comer o estirar las piernas. Hicieron el trayecto de pie, sentados o tumbados sobre las dos hileras de asientos de su cabina individual, compartiendo extensos y plácidos silencios, cabezadas para recobrar fuerzas, y amenas conversaciones acerca de las misiones más surrealistas de su infancia junto a Sakura y Kakashi. Por unas horas retomaron aquella corta etapa de sol en sus vidas, la época en la que las nubes negras se mantenían distantes, y les habría resultado inconcebible un futuro en el cual llegarían a luchar a muerte entre ellos y uno de los dos no sobreviviría.
Gradualmente, Naruto se trasladó con naturalidad al presente y al relato de las anécdotas cotidianas de la aldea que improvisaba cada atardecer frente a la lápida del Uchiha. Más adelante continuó narrando las nefastas consecuencias de la Cuarta Guerra Ninja: los sacrificios honorables de tantos, por contraposición a las deshonrosas partidas de unos pocos.
El vengador asentía o formulaba breves preguntas, evitando hacer referencia a su vida posterior a Konoha, sus tragedias o sus renuncias personales. No se sentía preparado para abrirse con la sencillez que demostraba Naruto y éste tampoco trató de presionarlo. Las cosas parecían rodar solas hacia delante. Necesitaban avanzar, aunque lo hacían despacio; daban pasos cortos y prudentes tanteando el camino, no fuera a ser que se les hundiese de repente bajo los pies.
Al irse aproximando el toque de queda, Sasuke le indicó al rubio que debían subir de nuevo y encontrar un refugio apropiado para pasar la noche. Ningún alma estaba autorizada a permanecer a la intemperie o en los trenes a partir de esa hora. Albergues y posadas con dormitorios comunales se sucedían por millares a lo largo del trayecto hacia la Torre, pero el Uchiha era renuente a usarlos. Naruto aceptó gustoso pernoctar en uno de esos antros de lenocinio tan del agrado de Sasuke. Al menos, disfrutarían de una habitación para ellos solos.
El próximo Hokage movió la cabeza, intentando observarse desde diferentes ángulos sobre el metal bruñido. Se había quedado sin su eficiente sistema de eliminación de vello facial, enseñanza del malogrado Asuma Sarutobi, insigne ninja de quien no llegó a aprender en la medida en que le hubiese gustado. En Konoha, una hojilla de chakra de viento, moldeada entre los dedos, convertía su afeitado semanal en una operación rápida e indolora. De ese modo, habría lucido una piel más suave que los pijamas de Sasuke durante otros seis o siete días; sin embargo, una semana era el tiempo que llevaba habitando en el Infierno, desprovisto de una gota de chakra con el que pelar barbas propias… o cuellos ajenos. El del mismo Orochimaru, por sacar a colación un inocente ejemplo. Le habría complacido tener a mano un utensilio afilado la mañana en la que el venenoso Sannin de las serpientes le estuvo implorando un afeitado de oreja a oreja.
Hablando de seres retorcidos, no le iba a quedar otra que recurrir a Sasuke para deshacerse de su problemilla barbudo, aunque dudaba que guardase en su mochila algo de provecho. El cuerpo del Uchiha poseía una piel inmaculada: podía afirmarlo tras haber explorado deliciosamente la mayor (y mejor) parte de su anatomía la noche anterior. La mejor opción para recuperar la tersura era acudir a la Númera en jefa del prostíbulo gay que los había acogido, por si alguno de sus subordinados podía proporcionarle instrumentos de rasurado masculino. Esa clase de establecimientos seguro que estaban debidamente provistos de cuanto era preciso para el afeitado de…
Integral.
Ugh.
A Naruto se le arrugaron hasta las uñas. Qué espanto. Recalcaría en su petición que todo se lo trajesen sin estrenar.
Sasuke estaba desaparecido. Se había escabullido con la encargada, pero aseguró que no tardaría. Muy singular, que las dirigentes supremas de los lupanares infernales fuesen siempre del género femenino… ¿Unos gramos de justicia poética?
En cuanto al moreno y sus misteriosos merodeos prostibularios, si Naruto fuese malpensado, pensaría mal. No obstante, sabía que se tomaba su trabajo y sus venganzas muy a pecho. Ergo, no había de qué preocuparse; reaparecería enseguida. Mientras tanto, el rubio se había aplicado con esmero a su higiene personal, a excepción de aquel pelillo molesto de la cara. Nunca se sabía lo que podía deparar una noche con el Uchiha; aunque se sentía bastante cansado, no desechaba posibilidad que contemplase "Sasuke" y "futón" dentro de una misma oración.
A ver si el miserable Sannin de lengua bífida estaba en lo cierto, y su obsesión por su amigo iba a ser enfermiza. Era pensar en él y ponerse como un…
Naruto bajó los ojos.
Calma, calma, bonita, no te entusiasmes.
Sonrisa ladina.
No aún.
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Sasuke penetró en la habitación con un objeto bajo el brazo. La vista del rubio tumbado sobre el futón cayó en picado. Era una bolsa de algodón de aspecto engañosamente inofensivo.
—¿Y eso?
—Nada que te incumba.
El Uchiha evadía su mirada y presentaba una extraña expresión. Fue hasta su mochila y la enigmática bolsa se perdió en el interior. Terminó de apretar las hebillas y se topó con que Naruto se había ido acercando como quien no quiere la cosa y se hallaba dentro de su área de peligro.
—Posa tus zarpas sobre mi mochila y eres zorro muerto —le advirtió.
—No tengo intención de rebuscar entre tus cosas. —Naruto alzó las manos en gesto de honradez angelical y retrocedió sobre sus talones—. Te doy mi palabra. Hasta que no me digas qué es, no lo sabré.
Sasuke emitió un resoplido escéptico y se introdujo en el baño dejando la puerta entreabierta, por lo que el rubio se lo pensó escasos minutos antes de seguirlo. Entró, bajó la tapa del inodoro, y se sentó a contemplar cómo su amigo hacía minuciosos preparativos para tomar una ducha. Le hacía gracia lo ordenado y meticuloso que era. Su ropa estaba doblada con esmero encima de la estantería de las toallas y en ese instante iba alineando en la repisa de la bañera su esponja marina natural, su pastilla de jabón de glicerina y su champú para pelo delicado.
—¿Vas a quedarte ahí? —refunfuñó por encima del hombro, notando aquel acecho de ave de rapiña sobre él.
—Ajá… —confirmó el de ojos azules, sonriendo beatíficamente y cruzando las manos que descansaban en sus rodillas—. Me comprometí a no escarbar en tu mochila, no hubo trato acerca de intentar sonsacarte.
La curiosidad roía sus sesos. ¿Qué habría en la dichosa bolsa? Y le escamaba más la razón por la que Sasuke traía esa cara al llegar. Rostro serio, actitud cabizbaja, mejillas ligeramente encarnadas…
—Ni te esfuerces. Lo sabrás a su debido tiempo. —El Uchiha giró las manecillas de acero para regular la temperatura del agua que empezaba a descender en finos hilos desde la alcachofa.
Naruto se encogió de hombros. Sasuke se había dado la vuelta para reclamarle y la exquisita desnudez pálida había concentrado su atención. El engreído moreno, consciente de su perfección física, admitió que se le hiciese un reconocimiento al detalle mientras retrocedía. Se sumergió de lleno bajo el chorro humeante e inclinó la cabeza hacia atrás para que el agua le empapase la cara.
—Espérame en el futón. Quiero lavarme en paz.
—De acuerdo. —El rubio se levantó—. Pero recuerda que Naruto Uzumaki siempre logra lo que se propone.
—Y tú procura acordarte de que mis ojos están encima de mi ombligo, dobe… —pronunció Sasuke sarcástico, mostrando una sonrisita de suficiencia desde su nido de agua vaporosa.
Naruto gruñó y abandonó el baño. Descubriría el contenido esa puñetera bolsa, aunque tuviese que torturar al Uchiha con sus propias manos.
Mmm… Ojalá no cediese demasiado rápido.
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Acostado sobre su barriga y abrazado a la almohada del futón, Naruto apretó los párpados para recrearse en la imagen de un Sasuke completamente desnudo y semiempalmado, grabada en sus retinas.
El monótono rumor de la caída de la ducha le estaba adormeciendo, pero el agua cesó de correr y se despejó. Transcurridos un par de minutos, un cremoso aroma a limpio impregnó la habitación.
—¿Cansado, usuratonkachi?
—Ven a que te enseñe lo cansado que estoy, teme —replicó el rubio, sin desenterrar su nariz de la almohada. Lo cierto era que se estaba comodísimo, allí tirado.
Oyó el sonido de los refriegues de la toalla aproximándose. Dobló el cuello y, al nivel del suelo, vio al Uchiha arrodillarse en su propio futón.
—No soy yo el que no puede con sus huesos. —Sasuke rió malicioso—. Creí que te sobraban energías y estabas dispuesto a lo que fuese para…
Naruto se precipitó sobre un desprevenido moreno que no llegó a ultimar su provocación, haciéndolo perder el equilibrio y arrojar lejos su toalla. Se encontró derribado encima del futón, con el Uzumaki encaramado a él a cuatro patas, estudiándolo divertido. Le chispeaban los ojos.
—¿Te describo qué cosas estaría dispuesto a hacer en abstracto, o cuáles te haría a ti en concreto? —preguntó en un susurro grave, bajando la cabeza y ladeándola para depositar un beso en la vena palpitante de su cuello.
Sasuke desplazó la cara hacia el lado contrario, facilitando la acción, y permaneció tendido sin resistirse. Pero su actitud sumisa contrastó con su respuesta:
—Lo que haces, lo haces porque yo te lo permito —aseguró, ronco por las sensaciones que las agradables atenciones le provocaban—. Y si… —jadeó ligeramente, al sentir leves mordiscos en su oreja—. Si… si fuese yo el que decidiera hacerte… algo, ¿qué pensarías?
—Me encantaría —musitó el otro junto a su pabellón auditivo. Su nariz ejerció como arma letal para hacer deliciosas cosquillas al Uchiha en la mandíbula inferior—. Puedes hacerme lo que quieras, Sasuke. Todo cuanto quieras… No me pidas autorización. Sólo házmelo.
—Naruto…
Pero antes de que el moreno completase su respuesta a la caliente y provocativa demanda, un alarido procedente del exterior casi les destrozó los tímpanos.
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No acababan de escuchar el grito del durmiente que soporta una cruel pesadilla, ni un grito de placer, o dolor y placer entremezclados. Era el de una persona que había recibido un susto de muerte.
El rubio se apartó bruscamente y Sasuke se incorporó también. Adiestrados desde niños para reaccionar por instinto, se abalanzaron sobre la puerta, empujaron la corredera y salieron corriendo en dirección al origen del ruido. No se oían más gritos, pero percibieron un barullo anormal proveniente del piso de arriba.
En tres zancadas ascendieron por las escaleras y concluyeron su apresurada carrera desembocando en un pasillo superior abarrotado de gente. Hombres de muy diferente edad y apariencia, en diversos estados de desnudez, cuchicheaban y clavaban la vista en un punto frente a ellos. Detectaron a los recién llegados y se separaron para abrirles hueco y acceder al foco de tanta agitación.
Encuadrados por un amplio ventanal sin cortinas, las siluetas de una mujer cubierta por una bata de encaje y un muchacho de pelo pajizo que temblaba y balbuceaba cosas incomprensibles, se perfilaban contra la noche.
El Uchiha anduvo hacia ellos para interrogar a la esbelta rubia que dirigía el prostíbulo:
—¿Quién ha gritado, Ocho?
—186684079375 ha visto una agresión por la ventana —explicó la mujer, refiriéndose al chico.
—¿Una agresión? No debería haber nadie en la calle a estas horas —se asombró el ninja.
El cerebro de Naruto estaba captando simultáneamente el desconcierto en la entonación de Sasuke y la glotonería con la que el grupo de oyentes los inspeccionaba. Iban descalzos y medio desnudos, el otro llevaba uno de sus sedosos pantalones de pijama negros y él unos calzoncillos azul cielo; lógico, resultar apetitosos para una horda viril con manifiesta inclinación por catarse a otros varones.
Hace unos segundos, estabas a dos pelos de catar a Sasuke a dentelladas, canturreó su conciencia con retintín. Y no tiene precisamente un jardín de rosas entre las piernas.
—Somos policías. Vuelvan a sus habitaciones, por favor… —ordenaba, entre tanto, el moreno a la masa nerviosa apelotonada en aquel pasillo—. Nosotros nos encargamos de este asunto.
La aglomeración se dispersó, envuelta en murmullos de preocupación, y Sasuke se dirigió con sequedad al joven que continuaba junto a la rubia.
—¿Qué viste? —indagó.
—Yo… iba a por… —El chico se secó las lágrimas con el dorso de la muñeca, y consiguió hablar sin que la voz le temblase—. El cliente pidió unas correas, así que bajé al almacén. Cuando venía de regreso, miré por la ventana y había dos personas corriendo por el callejón. Una alcanzó a la otra, la sujetó y la… golpeó. Cuando cargó el cuerpo inconsciente a la espalda, levantó la vista hacia aquí. —El chico volvía a tartamudear—. Me… me asusté y… grité. Pensé que entraría en la casa y vendría a por mí … y… y…
—¿Qué aspecto tenía? —lo interrumpió el Uchiha con una insólita ansiedad que inquietó un poco a Naruto.
—Pues… era alto y… delgado. Iba cubierto por la capa y con la capucha cerrada. No pude distinguirlo bien, porque no llevo las gafas. No me hará daño, ¿verdad? Él cree que yo lo vi… —repitió el chico, angustiado.
—No. Es improbable que te reconociese desde abajo.
Sasuke se arrimó al ventanal y echó una ojeada a través de los cristales. Divisó un callejón vagamente iluminado, muros desconchados, varios cubos de basura, y un suelo nevado que no conservaría rastros o huellas por mucho tiempo.
—Ocho, impide a tus clientes salir de aquí. Cerrad las puertas con llave y no las abráis hasta que regresemos.
—¿Dónde vais, Sasuke-kun?
El Uchiha intercambió una mirada fugaz con Naruto y éste asintió.
—Fuera.
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Se entretuvieron en su cuarto lo justo para enfundarse en varias capas de ropa de abrigo, a las que añadieron la protección de las corazas. Sasuke abrió un compartimento especial de su mochila y, extrayéndolo con cuidado, entregó a Naruto un peculiar kunai, alojado en una vaina de cuero. Tenía la longitud de una espada pequeña y el rubio, sorprendido, lo empuñó sin chistar. Después de apretar bien los cordones de su capa, acompañó a su amigo por los pasillos hacia la calle.
Una vez fuera, recorrieron el camino que supuestamente habría seguido el agresor hasta desaparecer por la bocacalle. Todavía se podían apreciar huellas frescas en la nieve de la acera, nítidas a consecuencia del peso del cuerpo inconsciente que arrastraba. La neblina infernal atenuaba la luz de los faroles de gas y las pistas se fueron haciendo confusas a medida que se adentraban en ella. Al final, llegaron a una zona donde era imposible detectar pisadas claras y se pararon. Su ruta los había conducido hasta una inmensa avenida desierta.
Esa noche el Infierno se complacía en revelar su faz más gélida y oscura. No su fachada diurna: calles llenas de almas apresuradas, estaciones a reventar de pasajeros, tenderetes de comida rápida, o vistosos prostíbulos que daban satisfacción a cualquier perversión imaginable. No esa máscara tranquila de normalidad urbana; no esa, sino la genuina. La auténtica cara del Infierno: una anterior a la misma Ciudad oscura. La Oscuridad, con mayúsculas.
Naruto sintió escalofríos, pero no por causa del viento helado que sacudía el pelo de sus capas.
—¿Y ahora qué? —preguntó, tiritando. A su alrededor, sólo había calles y edificios siniestros. Ni rastro de las personas que perseguían.
Inesperadamente, Sasuke viró la cabeza. Naruto trató de seguir la trayectoria, topándose con el arranque de una callejuela. A pesar de que allí no había nada, el rubio adoptó una posición defensiva. El kunai-espada resplandeció en lo alto, cortando por la mitad con su brillo la niebla y las sombras.
—¡Baja eso!
El susurro urgente del moreno le dejó boquiabierto. ¿Iban a esperar a un enemigo, desarmados?
Sasuke no desplazó los ojos del lugar, su rostro estaba demudado y su cuerpo era un arco a punto de lanzar diez flechas de un disparo. Naruto no entendía nada. El Uchiha estaba inmóvil y tenso. Y, con todo, no había desenvainado su arma y le había obligado a ocultar la suya.
De pronto, oyeron un tintineo a su espalda. Se giraron en redondo y Sasuke apuntó con el índice hacia un solar, ocupado por una inmensa grúa y una cordillera de cascotes. Naruto achicó los ojos y divisó un fulgor metálico junto a la base del pesado vehículo.
—¡Vamos! —lo instó el moreno, olvidado en apariencia el callejón y sus misterios.
Llegaron hasta la verja de alambre que rodeaba el perímetro y la saltaron. El Uchiha rodeó con cautela la base de la grúa y Naruto lo imitó, amoldándose a las maniobras del otro. Valiéndose de gestos para comunicarse, avanzaron hasta el bulto amorfo que resaltaba entre la nieve y los materiales de construcción.
Identificaron perfectamente el objeto acerado.
Una coraza, idéntica a la que ellos llevaban debajo de las capas, con una perforación en el centro, unos centímetros hacia la derecha.
Sasuke se colocó en cuclillas y deslizó un dedo por la superficie grisácea sobre la que reposaba el metal.
—Lo ha matado. Esto son cenizas —declaró.
Naruto estaba atónito.
—Pero, ¿por qué?
—No lo sé.
Imposible saber dónde se encontraría ya el asesino. El suelo pedregoso y helado del solar, y aquella luz mortecina que amortiguaba aún más la gigantesca grúa, impedían continuar el rastro.
Sasuke rescató la coraza del suelo y le hizo un último ademán desanimado a Naruto.
—Regresemos.
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Hallaron a los clientes y empleados del burdel, reunidos en el vestíbulo. Se mostraron espantados al ver la coraza en la mano del moreno. No eran tontos, y habían escuchado la truculenta historia del ataque. Ahora el resultado destellaba entre los dedos de Sasuke.
Éste cerró de un portazo, echó los candados a la puerta y se dio la vuelta.
—Márchense a dormir. Somos policías y pasaremos la noche aquí. No hay de qué preocuparse.
Hubo conatos de resistencia, pero Sasuke insistió en que el tema estaba bajo control y se fueron retirando. Sólo uno de ellos, militar de élite a juzgar por su apariencia y su frialdad, no se movió.
—Ese niñato llorón no para de temblar. Me habéis jodido la noche y exijo saber la razón.
Naruto vio la lenta rotación de la nuca de pelo puntiagudo y aquel cliente se encaró con unos ojos más profundos que la sima de un océano. Casi sintió lástima por él, absolutamente desconocedor del lío en el que se estaba metiendo. El Uchiha no estaba para bromas.
—De aquí no me largo hasta que me contéis qué pasa —decidió el osado individuo, aunque su voz había perdido fuelle.
—¿Ha escuchado lo que he dicho? —inquirió Sasuke, peligrosamente manso.
—Te recomiendo que no cabrees a mi amigo, hombre —intervino Naruto—. Te está mirando mal, y no imaginas las barbaridades que hacía antes con los ojos.
El tipo analizó a Naruto con bastante interés. Pese a su elevada estatura y su bien formada musculatura, el rubito bocazas desprendía un aura inocente y cándida muy atrayente.
—¿Te gustaría intercambiar puestos con la puta que gimotea en mi cuarto? Tienes unos ojos muy bonitos y me he encontrado pocos cuerpos como el tuyo. Aguantarás todo lo que te echen y más, en lugar de quejarte a cada rato que te duele y que pare…
—Me ha escuchado —confirmó Sasuke tras él—. Por lo tanto, su problema no es auditivo.
El hombre ignoró al moreno.
—Dile a tu novia —indicó a Naruto— que no tengo intención de marcharme hasta que se me garantice un polvo en condiciones.
Sasuke se le apareció de la nada. Delante de su cara. Cerca. Cerquísima.
Unos ojos no podían ser tan negros. No existía un color negro… tan negro.
—Bien… bien… No hace falta ponernos desagradables. Me voy.
Por si acaso el Uchiha se arrepentía de su clemencia, desapareció en un suspiro.
Naruto sonrió orgulloso. Su Sasuke era una visión cada vez que se cabreaba.
Que se lo dijesen a él.
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Naruto observaba al moreno mientras se desvestía.
Sus pensamientos flotaban y se deshacían, se recomponían para formar figuras sin sentido y volvían a deshacerse. Acababa de tener lugar un asesinato delante de sus narices. Y había más… Lo que fuese que había aterrado a Sasuke. ¿Qué podía ser tan pavoroso como para congelar en su sitio a un hombre que había habitado en el infierno incluso antes de su muerte?
El Uchiha apagó las luces. Sin quejas ni reclamos se metió en el futón de Naruto y se tendió junto a él. El rubio se puso de costado para hablarle, con el codo apoyado sobre el colchón y la cabeza en su mano.
—¿Y ahora?
—Nada. Tomé nota de lo que averiguamos hoy, y lo he unido a los apuntes que he ido tomando estas semanas. Mañana lo meteré todo en el buzón del burdel, antes de marcharnos. Es la única forma para comunicar noticias urgentes. Para suministrar información más compleja, debo ir personalmente.
—¿Y si hubiésemos atrapado a ese tipo?
—Habríamos tenido que llevarlo con nosotros.
—¿Atado? —se asombró Naruto—. Porque si no, no se iba a dejar…
—Se nos proporcionan grilletes y kunais para mantener el orden y protegernos. Llevo los grilletes en la mochila, pegados al arma.
—¿Por qué no vi el otro kunai en tu mano? No lo sacaste en ningún momento.
—No hay otro kunai y no debería haberte dado el mío. No se permite portar armas a los civiles.
—¿Me entregaste tu única arma, Sasuke?
El Uchiha se giró automáticamente hacia la pared, para esconder su leve sonrojo. Qué puta manía, la del rubio, de hacerle pasar vergüenza por cualquier tontería.
—Eres un torpe —bufó contra el cobertor—, y no sabía a qué nos enfrentábamos. Fue una medida precautoria.
—No me mientas. Estabas más preocupado por mí que por ti.
Sasuke sintió que lo abrazaban por detrás.
—Naruto… no… Es mejor que olvidemos las… distracciones por hoy.
La alegación fue firme, aunque Sasuke se acomodó entre los brazos del rubio con agrado y soltó un pequeñísimo suspiro.
—La puerta de la calle está atrancada, y el prostíbulo en pleno está escondido bajo su cama por miedo al asesino y a tu cólera. Nadie va a incordiarnos esta noche —afirmó Naruto convencido—. Estupendo momento para que cuentes qué cojones está pasando, pero primero voy agradecerte lo del kunai. Vuélvete… —pidió.
—No hay nada que agradecer —objetó el moreno sin cambiar de posición.
—Sasuke…
No había terminado de girarse y Naruto lo estaba atrayendo hacia su pecho. Lo encaró de frente y lo estrechó fuerte. Sus narices casi se tocaban. Sasuke habría podido contar una a una las pestañas rubias, si hubiese querido.
—¿Por qué lo hiciste?
Soplaba su aliento sobre los labios del Uchiha. Siempre que se encontraba tan cerca de la boca contraria, sobre todo cuando lo miraba con esa ternura, a Sasuke lo atenazaba una incómoda ansiedad. Igual que el día anterior, el muy usuratonkachi había cogido su mano en plena calle y sus palabras demoledoras aún rebotaban en el interior de su cabeza.
Maldito, maldito Naruto y la forma en que lograba conmoverlo sin proponérselo.
—No quería que te ocurriese nada… —le respondió llanamente.
—Sé cuidarme mejor que tú, y te consta. Soy yo el que no soportaría que te ocurriese algo.
—Estoy muerto, dobe. Te lo he repetido cientos de…
El Uzumaki inclinó la barbilla hasta que sus labios casi se rozaron. Pero ahí se detuvo.
—Eso no me importa. Estás aquí conmigo —susurró. Sus ojos eran abrasadores—. No quiero más.
Hizo lo que Sasuke esperaba, pero no dejó de maravillarle y hacer vibrar cada partícula de su cuerpo prestado. La boca suave, llena, cálida y prometedora del rubio se apretó contra la suya. Fue un beso dulce. Y corto, porque el Uzumaki se separó, sin dar tiempo a Sasuke a asimilarlo o a contribuir de algún modo.
Naruto creyó que le iba a estallar el corazón. Las demostraciones afectivas no eran el fuerte de su amigo y pensó que el moreno lo rechazaría, o se enfadaría con él. Al darse cuenta de que el beso había sido bien recibido, volvió a ceñir el cuerpo del otro entre sus brazos.
—Gracias —musitó, emocionado, al recordar el motivo verdadero por el que el Uchiha estaba allí. Su sacrificio para salvarlo—. Gracias por mi vida, Sasuke.
—Gracias a ti por la mía.
Sasuke correspondió al abrazo con la misma entrega. En su interior comenzaba a desatarse un incendio. Quería más… más besos y más Naruto.
E igualmente, entendía que el otro necesitaba respuestas, y ya era hora de que empezase a dárselas.
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El casto abrazo se prolongó cinco minutos, durante los cuales disfrutaron mucho de su calor mutuo. Pero el Uzumaki era incapaz de permanecer largo tiempo sin expresar su opinión sobre lo que fuese:
—Pobre diablo —se compadeció. Sobre el hombro de Sasuke avistaba la coraza vacía en el suelo— ¿Quién podría ser?
—Ni idea —habló el Uchiha contra su cuello—. Los únicos que saben cuántas almas hay y cómo se llaman, son los Números.
Naruto acariciaba su espalda. Las piernas de ambos estaban enredadas y podían sentir cada músculo y cada porción de la piel del otro como si fuesen suyos. Afortunadamente, ninguno se había desprendido de la ropa interior, pero aún así les costaba un mundo concentrarse en mantener aquella conversación imprescindible, que debían concluir antes de dormir o embarcarse en asuntos más carnales.
—Quizá fue un ajuste de cuentas —meditó el rubio—. A lo mejor el asesino sufrió algún tipo de maldad por parte del otro en vida. Si se encontraron aquí de casualidad, seguro que quiso vengarse.
—No.
—¿No?
Naruto se separó de su amigo y recostó la cabeza en la almohada.
—Y ahora viene el instante en que me cuentas qué cojones pasa, Uchiha. Antes de nada, dime qué viste en ese callejón. Me dio la impresión de que te asustaste, pero me ladraste que me guardase el kunai.
—No… —Sasuke tragó saliva—. No tiene que ver con la muerte de este hombre. Es sólo una leyenda, una superstición, una patraña para mantenernos controlados, igual que las pesadillas.
—Las pesadillas no son leyendas. Explícame de qué hablas.
—La gente rumorea que el toque de queda se impuso para evitar que alguien se encontrase con… eso.
—¿Eso? —La curiosidad de Naruto iba en aumento—. ¿Cómo el Coco o de hombre del saco? ¿Uno de esos monstruos de los cuentos?
—Sea lo que sea, es antiquísimo. Más viejo que los Números o la propia Ciudad. Mis jefes aseguran que son puras habladurías y que no les dé crédito. El toque de queda sirve para mantener a raya a la población y evitar los disturbios, nada más.
—No. Se equivocan —dijo Naruto—. Yo lo sentí.
—¿Qué? —Sasuke lo miró estupefacto—. ¿Hablas en serio?
—Sí. Y tú también. No querías llamar su atención, por eso me obligaste a guardar el kunai…
El moreno lo dudó, pero terminó asintiendo despacio.
—Noté una presencia maligna —agregó el rubio—. Y tengo experiencia, he vivido muchos años con un demonio dentro. ¿Qué viste tú, Sasuke?
—Nada que pueda explicar. Sólo… oscuridad. Pudo tratarse del asesino cuando huía.
—¿Y si el asesino es el monstruo?
—Deja de llamarlo monstruo. Dudo que esto se relacione con lo que investigo. Pero sí sospecho que esta noche nos hemos topado accidentalmente con la persona a la que buscamos. Aunque la he vuelto a perder, en definitiva tampoco hemos avanzado gran cosa. Bueno… —Sasuke meneó la cabeza y situó de espaldas, con las manos detrás de la nuca—. Al menos, sabemos que es hombre.
—A ver, rebobina porque me pierdo. ¿A quién se supone que estamos buscando? Volveré a repetirlo: ¿qué investigas exactamente, paseándote de burdel en burdel?
—Quién está matando almas.
